ID de la obra: 1598

El lago

Gen
R
En progreso
5
Tamaño:
planificada Midi, escritos 35 páginas, 17.416 palabras, 15 capítulos
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Abrió los ojos aturdida con una extraña sensación de desasosiego anudada en su pecho. Sentía la boca y la garganta tan secas que le ardían. No sabía dónde estaba más allá de lo que le mostraban sus ojos, parecía una habitación añeja en algún tipo de casa abandonada porque podía ver el cielo despejado y estrellado a través del gran agujero del tejado. Estaba rodeada de polvo y suciedad de todo tipo. Quiso levantarse, pero no pudo hacerlo, su cuerpo se negaba a obedecer sus órdenes. No estaba atada, lo sabía, no notada ningún tipo de presión más allá de su cuerpo reposando sobre la madera sucia y húmeda del suelo. ¿Dónde estaba? Aquel sitio no se parecía a ninguno en el que pudiera ubicarse a sí misma, en realidad, dudaba que alguna vez hubiera decidido ir a un lugar así por voluntad propia. Además, no había edificios abandonados donde vivía, ni habría entrado en uno de haberlo, y, sobre todo, donde vivía las estrellas a penas se veían a causa de la contaminación lumínica. El pánico empezaba a ganarle la batalla. Trató de hacer memoria, de recordar dónde estaba y cómo había llegado hasta allí encontrándose con un enorme espacio en blanco. No recordaba nada. Tomó una bocanada de aire y la retuvo en los pulmones tratando de tranquilizarse. El pánico no iba a ayudarla a recordar, todo lo contrario, le obstaculizaría la labor. De acuerdo, ¿qué era lo último que recordaba? El sofá de casa y un teléfono que sonaba. Sí, exacto. Estaba en casa, sentada en el sofá viendo una de aquellas aburridas películas de sobremesa que daban los fines de semana después del telediario de mediodía, entonces había sonado su teléfono móvil desde la mesita de cristal frente a ella. La tentación de ignorarlo y dejarlo sonar era fuerte, pero al final había contestado la llamada. Era una mujer, o eso creía. Intentó tragar saliva, pero no pudo. La garganta le ardía, reseca e irritada. Cerrando los ojos se concentró de nuevo en la voz al otro lado de la línea, en la cadencia suave, en el tono amable y alegre, en la risita musical que la acompañaba. El rostro de la mujer se dibujó tras sus párpados, una cara redonda enmarcada por una cabellera rubia, con las mejillas y la nariz salpicadas de pecas, los ojos grandes de un bonito color miel, unos labios pintados de rojo. La conocía, sabía quién era. «Fany» pensó. Su mejor amiga. La persona con la que había crecido y a la que adoraba.
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