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Estaba agotada, los últimos quince días habían sido infernales. La tienda en la que trabajaba había duplicado los clientes y su compañera había elegido aquel preciso momento para romperse la rodilla y dejarla sola ante la avalancha de gente. Por supuesto, su jefa ni se había planteado contratar a alguien temporalmente para que le echase una mano, ¿para qué? Allí estaba ella, la idiota mayor del reino, preparada para dejarse la vida por un sueldo miserable con el que apenas llegaba a fin de mes. Se dejó caer en el sofá después de fregar los platos y encendió la tele. No quería ver nada en concreto, de hecho, no quería tener que ver nada que la hiciera pensar en cualquier cosa, no tenía ni energía para eso. Dio con el principio de una película de sobremesa de título absurdo, subió el volumen, deseaba que fuese tan mala como su título vaticinaba porque así podría desconectarse y vaciar la mente. Ruido blanco, al menos así consideraba aquel tipo de películas, cortadas todas por el mismo patrón, con personajes planos, tramas lineales y exageradas. El niño de la pantalla subía las escaleras de su casa a toda pastilla para ir a despertar a sus padres, el matrimonio perfecto y amoroso con cuerpos esculturales. La típica escena de perfección que, a todas luces, ocultaba a un cónyuge infiel o con un secreto turbio. Sabía cómo iría la cosa, se levantarían, compartirían ducha mientras el crío volvía abajo para acabar los deberes, se vestirían, ella prepararía el desayuno como toda mujer abnegada, él diría que estaba todo delicioso, se llevaría al crío al colegio y después se dirigiría a su trabajo. Predecible, plano, perfecto para no tener que pensar en nada. El teléfono móvil sonó sobre la mesita de cristal frente a ella, lo miró como si fuera una animal exótico y peligroso que la amenazase con su sola presencia. Podría ignorarlo, lo sabía, era sábado, tenía derecho a no contestar, pero finalmente lo cogió y comprobó el nombre de la pantalla: Fany. Fany era su mejor amiga, habían crecido juntas puerta con puerta, aunque no iban a la misma escuela hacían juntas los deberes todos los días, también estudiaban juntas y hablaban de sus cosas durante horas. Fany era la única persona que quería para siempre en su vida. La adoraba. Siendo ella no entrañaba ningún peligro contestar, así pues, pulsó el icono verde para descolgar. —Hola. —¡Silvia! Empezaba a pensar que igual estabas echando la siesta. —No, no. Estoy viendo una película. —Su risita musical llenó la línea telefónica. Fany era así, tenía una facilidad increíble para reír y encontrarle el lado bueno y positivo a todo, tal vez por ese motivo era una persona tan valiosa para ella—. ¿Va todo bien? —Oh, sí. Es que Jordi nos ha invitado a ir de excursión con él. Silvia enarcó las cejas y se retrepó en el sofá. —¿Excursión? ¿Necesito la autorización firmada de mis padres? —preguntó con ironía. —¡No seas borde! —Ni que tuviéramos doce años de nuevo. La risita se dejó oír de nuevo, clara y sincera. Casi pudo verla con las mejillas sonrojadas, porque siempre que reía se le encendían las mejillas otorgándole aquel aspecto adorable e inocente, casi infantil. —Ya sabes lo que quiero decir —musitó con suavidad. Podía imaginársela encorvada hacia adelante con una expresión de seriedad dominando sus rasgos, dándolo todo para convencerla—. Excursión, paseo, ya me entiendes. Dice que hace mucho tiempo que no hacemos nada los tres juntos y tiene toda la razón del mundo. »Me ha hablado de un sitio en el que estuvo el otro día. Hay un lago enorme en el que la gente da paseos en canoa. Dice que es precioso y que vale la pena verlo. No sabía si tenía ganas ni fuerzas para ir de excursión a ningún lago por más bonito que este fuera, tampoco si tenía ganas de ver a Jordi. La última vez que había estado con él había discutido a grito limpio como nunca antes lo habían hecho. Ambos tenían un carácter fuerte, pero solían ser capaces de llegar a un punto medio antes de pisar el desastre. Desde aquel día, hacía unos cuatro meses, no habían vuelto a hablar por teléfono ni se habían enviado un simple mensaje para ver si el otro estaba bien o disculparse. Silencio, doloroso silencio. —Si te digo la verdad estoy agotada, no me apetece mucho hacer nada. —¡No me digas eso, mujer! Es sábado y mañana no tienes que trabajar —soltó como si le estuviera soltando una regañina de madre—. Salir un rato y airearte te hará bien. El aire es mejor que las pelis cutres de sobremesa. Además, haremos noche allí y Jordi nos paga el alojamiento, ¿crees que semejante milagro volverá a repetirse alguna vez en la vida? No, no contestes, ya te lo digo yo: nunca, jamás. »Hay que aprovechar la ocasión. Vamos Silvia, anímate a venir, por fa, no me dejes sola. —Está bien —contestó, aunque se sentía tentada a hacerle suplicar un poquito más—. ¿Cuándo y dónde habéis quedado? —Pasamos a recogerte en media hora. ¡Hasta ahora! Antes de que pudiera replicar, Fany, colgó. Era obvio que le habían tendido una trampa y que había caído en ella como toda una pardilla, pero ya no podía hacer nada por evitarlo. Claro que podría fingir no oír el timbre de casa cuando pasasen a buscarla, sin embargo, si lo hiciera picarían insistentemente hasta que abriera, se quemase el timbre o algún vecino llamase a la policía, lo que llegase antes. Se levantó del sofá, maldiciéndose a sí misma por no haber ignorado la llamada y se vistió con unos tejanos y una camiseta de Queen. En una mochila pequeña guardó una muda de ropa interior limpia, otra camiseta y su neceser con lo necesario para pasar una noche fuera. No sabía en qué tipo de lugar iban a alojarse, aunque viniendo de Jordi podía ser perfectamente una tienda de campaña en un camping, por lo que sacó su cazadora del armario por si acaso hacía frío. Dejó las cosas en la entrada y esperó preguntándose por qué no le devolvía la llamada a Fany para decirle que no quería ir, que mejor dejarlo para otro día. El timbre sonó antes de que tuviera tiempo de plantearse seriamente aquella opción, abrió la puerta, se cargó la mochila al hombro y bajó las escaleras al trote. Fany y Jordi estaban frente a la puerta acristalada de la portería conversando animadamente. Él con ropa deportiva y su eterna gorra, luciendo aquel envidiable bronceado que le caracterizaba. Ella con unos pantalones cortos, una camiseta blanca y la larga cabellera rubia recogida en una coleta alta. Como ella ambos llevaban mochila. Fue recibida con besos y abrazos, la risita de Fany y una mirada divertida de Jordi. —Cuánto tiempo, niña —soltó Jordi acomodándose la mochila al hombro. —Sí, mucho. —¡Vamos a pasárnoslo genial! —exclamó Fany colgándose de su brazo evitando con ello que el ambiente se tornara tenso o incómodo—. Hace siglos que no vamos a ningún lado los tres juntos, será como volver al insti. —El insti. No fue una buena época para todos. Mal que le pesase tenía que estar de acuerdo con Jordi. Fany había brillado durante su época en el instituto, se había adaptado a la perfección, había hecho grandes amigos y sus notas eran altísimas. La envidia de todo el mundo, todos querían tenerla cerca ya fuera como amiga o como novia. No obstante, para Jordi y ella había sido una etapa tortuosa e incómoda, nada de destacar, nada de deslumbrar. En lo personal, sus recuerdos del instituto incluían humillaciones, bromitas estúpidas y un paso sin pena ni gloria. —Ya que me vais a arrastrar con vosotros a la aventura agradecería saber a dónde demonios vamos. —A un lago fantástico que hay cerca de Barcelona. Barcelona, por lo menos iban a estar cerca de la civilización, podría volver en tren o autobús si el ambiente se tornaba extraño. Tener una vía rápida de huida la tranquilizó. —¿Vamos de campin? —interrogó con curiosidad sincera. —No, nos quedaremos en el hostal de Aleix, un amigo mío —contestó Jordi con una mueca de orgullo—. Pero ya hablaremos de eso. Señoritas suban al coche que nos vamos. El coche de Jordi era un viejo Toyota Land Cruiser que tenía la etiqueta ambiental totalmente de milagro, estaba lleno de golpes y salpicaduras de barro porque el pobre vehículo pasaba más tiempo circulando por caminos de montaña embarrados e imposibles que por la ciudad, su pintura granate estaba descolorida a causa de la sobreexposición al sol. Aún y así, era un coche vistoso y bonito que a Silvia le despertaba buenos recuerdos. —Tendréis que sentaros atrás, el cinturón del asiento del copiloto no funciona. En cuanto arrancó el motor los acordes de Wind of Changede los Scorpions llenó la cabina del cuatro por cuatro. Con los cinturones de seguridad bien abrochados se pusieron en marcha. La conversación era un murmullo blando y simple que discurría a través de temas insulsos esquivando, de manera constante, el motivo de la discusión que les había hecho alejarse. Había algo en la actitud de Fany que dejaba en evidencia que sabía a ciencia cierta lo que había pasado, pero era prudente y no iba a sacar ese tema a menos que uno de los dos le diese pie a ello. Si en algún momento Silvia había albergado la esperanza de circular durante todo el trayecto por carreteras normales vio rota su fantasía al enfilar el primer camino terroso. Conociendo a Jordi como lo hacía haberlo pensado por un sólo instante era absurdo. La conversación quedó salpicada, no sólo por la música de la radio, sino que también por la risita alegre de Fany cada vez que el vehículo se sacudía con fuerza al toparse con un gran bache. En otros tiempos ella también había disfrutado de aquella sensación, incluso había reído sintiéndose libre, en aquel momento no lo hacía. La sombra del resentimiento aún tenía mucha fuerza en ella, le pesaba como una losa sobre los hombros y la empujaba a mantenerse en un silencio inusual. Por ello se limitó a oírle parlotear y reír concentrada en las sacudidas y bandazos que les hacía dar el terreno irregular. El Toyota se detuvo en un parquin de tierra que, según Jordi, estaba a unos quinientos metros de distancia del lago que iban a visitar. Bajaron del vehículo dejando en él las mochilas, Jordi la arrastró con él a un lado mientras Fany, que siempre se sentía entumecida tras un trayecto en coche, hacía algunos estiramientos. —Enterremos el hacha de guerra —le rogó él que recibió una mirada enfurruñada a modo de respuesta—. Ha pasado mucho tiempo, somos adultos, comportémonos como tal. Quiso chillarle que se comportarse él como un adulto y que comenzase por pedirle perdón por haber etiquetado de ridículos sus esfuerzos por abrirse camino en algo que le gustaba en vez de conformarse con ser explotada, de manera constante y sin escrúpulos, en una tienda a cambio de un sueldo irrisorio. No lo hizo, eso sólo habría convertido la situación en algo más incómodo y violento. —Ya veremos. Por ahora vamos a ver ese lago por el que me habéis arrancado del sofá. Jordi le sonrió. Era aquel tipo de sonrisa que esbozaba cuando creía que se había salido con la suya lo que significaba, sin lugar a dudas, que había malinterpretado sus palabras. No iba a ponerse a discutir, no con Fany por allí, ella no tenía culpa alguna y hacerla sentir incómoda no sería justo, así pues, lo dejaría pasar hasta que estuvieran solos. —Perfecto, vamos allá, estoy seguro de que os encantará. Fany enredó un brazo con Jordi y el otro con ella llena de alegría, optimismo y vitalidad. El camino era ancho por lo que recorrieron de aquella guisa los quinientos metros que los separaban del lago. No se cruzaron con un alma por el camino, algo que parecía extraño teniendo en cuenta que era sábado por la tarde y las familias con críos solían salir a pasear aprovechando las horas de luz y el buen tiempo. A pesar de ello no le dio importancia, ni se puso en alerta. Al llegar al mencionado lago vieron a un par de patos nadando perezosos en el agua cristalina y algunas canoas tumbadas boca abajo sobre la hierba. Parecía irreal, casi como un sueño, como si aquel pedazo de mundo no hubiera sido expuesto jamás a la mano del hombre. No había basura por el suelo, ni un simple envoltorio de chicle o una bolsa de plástico, y si eso no era lo más raro e inusual del universo que bajase Dios y lo viera. —¡Guau! ¡Se respira tanta paz! —exclamó Fany con aquella alegría rayando lo infantil—. Me quedaría a vivir aquí en una tienda de campaña. —¿A qué es genial? Sabía que os gustaría. Era un lago. Un simple lago. Aún y así, poseía algo mágico y atrayente que te hacía sentir como si estuvieras en casa. El rumor del agua parecía susurrar para que se acercara y sumergiese en sus aguas frescas y cristalinas. Podría haber avanzado obedeciendo aquella leve orden cósmica que parecía dictarle el agua, pero el brazo de Fany enredado con el suyo se lo impidió. Silvia logró despegar la mirada del agua y se sintió de repente vacía e intranquila, dos sensaciones que se esforzó en silenciar antes de que se volvieran molestas y alterasen su estado anímico convirtiéndola en un amasijo de mal humor. —Es muy bonito —musitó con suavidad deseando sonar calmada. —Es sorprendente que exista un lugar así tan cerca de la ciudad y que no esté totalmente invadido —declaró Jordi soltándose del brazo de Fany para caminar en dirección al agua—. Y aún lo es más que esté todo tan limpio. Es como un espejismo. —Pero ¿no es un poco raro? —inquirió Fany sin perder el tono alegre, aunque había una leve nota de preocupación desentonando—. En un sitio tan bonito y tranquilo debería de haber niños jugando o adolescentes pasando el rato. —Igual no es muy conocido. —Hay un parquin a cuatro pasos —intervino Silvia—. ¿Para qué hacer un parquin en un lugar que no visita nadie? Ambos la miraron casi como si hubiera perdido la cordura, aunque era una pregunta lógica, ¿para qué iba alguien a invertir en una infraestructura que no usaría nadie? Era absurdo. Jordi cambió de tema con habilidad desviando la atención a los patos que nadaban como si fuesen los reyes de aquel lugar. Se sentaron en la tierra y dejaron que el tiempo escapase sin preocupaciones hasta que empezó a oscurecer. Regresaron al Toyota y tras un breve recorrido llegaron al hostal del amigo de Jordi. Silvia salió del cuarto de baño de su habitación secándose el pelo con la toalla. Había pensado que el alojamiento sería un desastre absoluto, sin embargo, era muy agradable y todo se veía impecable. No se oía nada, algo sorprendente teniendo en cuenta que estaban en una ciudad tan ajetreada que parecía no dormir nunca. Empezaba a estar agradecida por que la hubiesen arrancado del sofá, se sentía desconectada, tanto que creía que podría dormir de un tirón por primera vez en meses. Se sentó sobre la cama y sintió como el cansancio bajaba por su columna y se extendía hacia sus extremidades otorgándoles un peso extra, como si en vez de hueso, músculo y piel estuvieran hechos de metal. —Ojalá no tuviera que ir a trabajar el lunes —susurró—. Ojalá pudiera quedarme aquí para siempre. Se tumbó y cerró los ojos. «Sólo un momento» pensó, tenía que peinarse y secarse el pelo antes de dormir. «Sólo un momento.» Fany saltó de su cama a penas el sol empezaba a entrar por su ventana. Había dormido a las mil maravillas. Sabía que podía confiar en Jordi, que elegiría un buen lugar, pero tenía que admitir que le había sorprendido gratamente descubrir que aquello era aún mejor de lo que ella había imaginado. Ahora sólo le quedaba esperar que aquel par de idiotas hicieran, al fin, las paces. Se vistió sin prisas porque no habían acordado ninguna hora para verse y desayunar, además, era muy temprano, dudaba que ninguno de los dos se hubiese despertado ya. Se entretuvo peinándose y cuando vio en la pantalla de su móvil que ya eran más de las ocho abrió la puerta de su habitación para salir a buscar a sus dos amigos. Dio dos toquecitos suaves sobre la madera de la puerta de al lado de la suya y esperó hasta que Jordi se asomó con cara de sueño, pero perfectamente vestido y listo para comerse el mundo. —Voy a despertar a Silvia —declaró caminado hacia la puerta que le quedaba justo en frente. Repitió la operación, aunque llamando con más fuerza porque Silvia era bastante dormilona aparte de estar cansada. Esperó, pero no abrió. Volvió a llamar aún más fuerte sintiendo un suave dolor en los nudillos, ella tampoco abrió ni contestó. —Qué raro... Se sacó el móvil del bolsillo y marcó el número de su amiga. Al otro lado de la puerta se oía el tono de llamada, pero nada más, saltó el contestador. Con el ceño fruncido llamó de nuevo con idéntico resultado. Miró a Jordi con preocupación. —Igual se está duchando —aventuró él encogiéndose de hombros. —A lo mejor sí. —Hagamos una cosa, vamos aquí al lado a ver si encontramos algún sitio que esté bien para desayunar y volvemos a por ella. Fany asintió. Jordi tenía razón, igual estaba en la ducha o se estaba secando el pelo con el secador y no les había oído. No había ningún motivo para preocuparse. Cuando viera las llamadas perdidas se pondría en contacto con ella, aunque igual regresaban antes a por ella, de todos modos, le envió un mensaje para que supiera que salían pero que volverían a por ella. Con energías renovadas siguió a Jordi escaleras abajo dispuesta a dar con el sitio perfecto para un desayuno tranquilo que propiciase un acercamiento entre aquel par. Al estar cerca del centro dieron con muchos lugares que les parecieron adecuados, finalmente se decidieron por una pequeña cafetería a calle y media de distancia. Fany revisó el móvil y se sorprendió de ver que Silvia no había dado señales de vida, no le había devuelto la llamada ni contestado a su mensaje. —¿Qué pasa? —Silvia no ha contestado al mensaje ni ha llamado. —Está bien, volvamos a buscarla. Pediré la llave en recepción. Inquieta siguió a Jordi de vuelta al hostal. Subió las escaleras mientras él pedía las llaves abajo. Llamó a la puerta golpeándola con fuerza, no hubo respuesta. Un nudo de ansiedad se ató en su garganta, no era normal, por mucho que quisiera decirse a sí misma que todo estaba bien y que abriría en seguida sentía que no pasaría. Los pasos por la escalera le hizo apartar los ojos de la puerta cerrada, era Jordi que iba acompañado por el encargado, su amigo, y la llave maestra en la mano. —¿Sigue sin contestar? —Sí. —¿Habéis probado a llamar por teléfono? —Sí, Fany la ha llamado varias veces, también le ha enviado un mensaje al que no ha respondido. Aleix, el amigo de Jordi, un chico alto y flaco de tez morena y pelo negro, asintió y metió la llave en la cerradura. La puerta cedió con facilidad mostrando una habitación desierta. Fany entró la primera, ignoró la cama perfectamente hecha y se dirigió al cuarto de baño del que no escapaba sonido alguno. Así pues, no se estaba duchando ni secando el pelo. Cerró la mano en torno al pomo y dudó. ¿Y si había resbalado al ir a salir de la ducha y se encontraba con una escena repleta de sangre? La mano le tembló tanto que llegó a preguntarse si podría girar el pomo. Tenía miedo, mucho miedo, aún y así, logró reunir el valor suficiente como para abrir. Nada. Ni rastro de Silvia. Como si nunca hubiera estado allí —No está aquí —musitó sintiendo un alivio que se esfumó a tanta velocidad como había llegado. ¿Si no estaba allí dónde estaba? La gente no se evaporaba en mitad de la noche sin dejar rastro—. No está. —¿Habrá salido? —Jordi lanzó la pregunta al aire, pero al ver el móvil sobre la cama supo que no lo habría hecho. —Sois los únicos inquilinos. He llegado a las seis y media y no la he visto salir, pero si me dais cinco minutos llamaré a la chica que está aquí durante el turno de noche. Se sentaron en la cama con la intranquilidad extendiéndose por la habitación amenazando con desbordarse. Cabía la posibilidad de que hubiera salido al amanecer, aunque era muy improbable teniendo en cuenta que todas sus cosas seguían allí. Además, era poco probable que no hubiese mandado un simple mensaje a Fany para evitar que se preocupase, aunque planease volver pronto, sabiendo que podría perderse o tener algún problema. Silvia era una persona cauta, jamás habría hecho nada como eso sin avisar y, desde luego, habría llevado el móvil con ella. Desde el pasillo oían la voz amortiguada del encargado mientras hablaba por teléfono con su empleada, su tono que empezó siendo sereno se tornó en un susurro preocupado de repente. Ninguno de los dos lo dijo en voz alta, pero entendieron que eso significaba que aquella chica no había visto salir a Silvia. Jordi llamó a los Mossos d'Esquadra para denunciar la desaparición de su amiga insistiendo en que había algo raro en todo aquello. A los veinte minutos llegaba una patrulla de las que había por la zona que saludaron con indiferencia a las tres personas apiñadas en la recepción. Eran dos agentes con sus uniformes impecables uno de ellos era muy alto y el otro más bajo y con una barba pelirroja. —Entonces dicen que su amiga ha desaparecido. —Eso mismo —pronunció Jordi que, de los dos amigos, era el que estaba más sereno. —Ha podido salir sin que la vieran, es mayor de edad. —No es posible —intervino el encargado. El agente alto de los Mossos d'Esquadra le miró con el ceño fruncido. —¿Y usted es...? —Aleix Aranda, el dueño del hostal. El agente pelirrojo apuntó el nombre en una libretita negra que sacó del bolsillo trasero de sus pantalones. —¿En qué se basa para decir que no es posible, señor Aranda? —Siempre hay alguien en recepción. Yo he llegado a las seis y media y le he tomado el relevo a Lídia que hace el turno de noche —explicó resuelto, hinchó en pecho orgulloso de lo bien organizado que tenía aquel pequeño negocio—. Lídia no la ha visto salir en toda la noche y desde que yo he llegado nadie, aparte de Jordi, Fany y ustedes dos, ha salido o entrado por esa puerta. —Aún y así, no pueden garantizarlo —continuó el agente más alto, que suponían era el de mayor rango—. Imagino que tanto su trabajadora como usted se habrán levantado en algún momento para ir al baño o comer algo. Eso era cierto, era imposible estar las ocho horas sentado sin moverse. Le echó una rápida mirada a Jordi y volvió a hinchar el pecho orgulloso. —Tenemos una cámara de seguridad en la entrada —pronunció señalando la esquina de la que colgaba— y no se le ve salir en ningún momento. Hubo un breve destello de interés en los ojos del pelirrojo que se extinguió en cuanto volvió a clavar la vista en la libretita para apuntar algo. —Y antes de que me lo pregunte, tampoco se ve entrar a nadie. Los dos Mossos d'Esquadra intercambiaron miradas. El alto se irguió y el pelirrojo guardó la libreta en el bolsillo. —En ese caso su amiga debe de seguir en el edificio. —¡No está! —chilló Fany, sus ojos estaban rojos de tanto llorar, todo su cuerpo mostraba una tensión extrema a causa de la preocupación que embargaba cada célula de su cuerpo—. ¡Hemos mirado en todas las habitaciones! ¡No está! ¿Es que no lo entienden? —Señorita, cálmese. Su amiga no ha podido desvanecerse, si no ha salido por esa puerta como ustedes afirman, debe de seguir en el interior del edificio. Jordi, con gesto rápido y preciso, detuvo a Fany que parecía dispuesta a abalanzarse sobre los dos policías que no daban muestras de estarse tomando aquello demasiado en serio. —Si quieren puedo mostrarles las imágenes de la cámara de seguridad. —Enséñenoslas. Los policías se habían marchado haciendo hincapié en que su amiga era una persona adulta y que no podían denunciar su desaparición hasta pasadas las cuarenta y ocho horas de rigor. No les había importado comprobar en las imágenes de la cámara que no había salido del edificio. Ni siquiera habían revisado hostal para comprobarlo por ellos mismos. Fany sentía la rabia burbujeando en su interior, retorciéndose. Le arrancó la llave maestra de las manos Aleix y subió las escaleras pisando con fuerza. Sabía que Silvia no estaba allí, estaba presente cuando habían abiertos las habitaciones, una a una, pero necesitaba comprobarlo de nuevo. Si la policía no pensaba hacer nada, lo haría ella. Abrió una a una todas y cada una de las habitaciones, todas eran idéntica en distribución y decoración, revisó los cuartos de baño, pero no había nadie, ni rastro de Silvia. Miró con agonía el último tramo de escaleras, Aleix le había dicho que subía hasta la azotea, pero que la puerta siempre estaba cerrada con llave y que era imposible que estuviera allí. Decidida subió y tiró de la puerta de metal pintada de marrón que no cedió ni un milímetro, trató de abrirla con la llave maestra, pero está no encajaba en la cerradura. Estaba dispuesta a regresar abajo y exigirle que le diese la llave correcta cuando oyó los pasos de alguien que subía las escaleras. La esperanza la embargó, tenía que ser Silvia, ¿quién si no? Quizás sí que había salido y nadie la había visto hacerlo, tal vez la cámara de seguridad estaba estropeada y las imágenes que había visto, primero a solas y después con los Mossos d'Esquadra, eran del día anterior. Por supuesto, tenía que ser ella, iba a volver a verla. Fingiría estar muy enfadada y después se lanzaría a sus brazos para demostrar lo aliviada que se sentía por volver a verla. No obstante, su esperanza se hizo añicos cuando el dueño de los pasos asomó desde el rellano, era Aleix. —Ya te he dicho que ahí no puede estar —murmuró suspirando. Fany se preparó para gritarle que le diera la maldita llave, pero él la sacó del bolsillo y continuó subiendo—. Pero te abriré para que lo compruebes por ti misma. Se hizo a un lado atenta a como la llave encajaba en la cerradura y giraba con facilidad emitiendo un leve quejido. Aleix tiró de la puerta y la luz del sol de la mañana se derramó sobre los escalones. Fany saltó a la azotea y miró a todos lados desesperada. Era un espacio liso de suelo rojizo rodeado por un muro blanco manchado por la humedad que debía de llegarle, como mucho, a la altura de la cintura. Lo único que destacaba en el lugar era la antena de televisión. No había nada ni nadie, no existía lugar en el que esconderse o esconder algo. —¿Convencida? Atinó a asentir con desánimo. Regresó a las ahora soleadas escaleras e inició el descenso, la luz del sol se extinguió en cuanto Aleix cerró la puerta de la azotea con la llave, la asoló una densa sensación de frío que se acomodó en el centro de su pecho y que su corazón pareció extender con cada latido que daba. Le sorprendió ver una única puerta abierta, la de la habitación de Silvia, ya no le quedaban energías para el optimismo por lo que no se precipitó a la carrera, si no que caminó despacio y se asomó para encontrarse con Jordi sentado en la cama, la espalda arqueada y la cabeza colgando hacia adelante. Se acercó a él despacio, se sentó a su lado y él le dedicó una sonrisa desanimada. —Si no os hubiera invitado a venir... —¡No digas eso! Aún no sabemos qué... —Fany, su móvil está aquí como el resto de sus cosas, no la han visto salir, es un poco complicado mantener el optimismo. La muchacha recuperó el teléfono móvil abandonado sobre la cama, presionó el botón de encendido, la pantalla se iluminó mostrando sus llamadas perdidas y la notificación del mensaje. Pensó en la idoneidad de desbloquearlo y comprobar si había hablado con alguien después de meterse en la habitación. Conocía su código de bloqueo igual que Silvia conocía el suyo, tiempo atrás los habían intercambiado porque si les pasaba algo malo había cosas en las que no querían que hurgasen sus padres. Silvia no estaba allí, había desaparecido, en aquel aparato podría encontrar alguna pista. A Silvia no le importaría. Presionó de nuevo el botón de bloqueo, tecleó el código. En pantalla permanecía abierto Twitter, habría revisado sus mensajes o igual lo habría abierto por la fuerza de la costumbre. Cerró la aplicación. Desde el fondo de pantalla la saludó Mitjons el gato negro con las patas blancas que había tenido de niña y al que adoraba. Silvia siempre decía que tenía un gato con calcetines. Un sollozo escapó de su control, Mitjons había muerto por un tumor y ahora Silvia se había esfumado. —¿Estás bien? —inquirió Jordi acariciando sus cabellos. —No, tengo miedo. —¿Hay algo en el móvil? Revisó las llamadas, no había ninguna aparte de la que ella le había hecho al levantarse, tampoco encontró más mensajes que el suyo. —Nada —susurró, su voz dejaba ver la desesperación que sentía—. No habló con nadie, ni anoche ni esta mañana. Dios mío Jordi ¿cómo ha podido desaparecer sin dejar rastro? A pesar de que Fany no quería dejar el lugar en el que había desaparecido su mejor amiga, Jordi acabó convenciéndola para regresar al pueblo. Sabía que era imposible, pero la idea de que pudiera haber regresado a casa a saber cómo les dio una débil esperanza. El trayecto de regreso discurrió por carreteras bien asfaltadas y en silencio, la radio permanecía muda y ninguno de los dos tenía ganas de hablar. Jordi permanecía con la atención clavada en la carretera y Fany en la pantalla de su teléfono móvil. Estaba mirando las fotografías, todas aquellas en las que saliera Silvia. Le dolía alma, no podría soportar su pérdida, quedarse sin su mejor amiga sería tan terrible que no lograría reponerse. Tenían que encontrarla, si no ellos la policía, pero Silvia tenía que aparecer. Tenía que estar sana y salva porque aún había muchas cosas que debían de hacer juntas, sitios que visitar, personas que conocer. El viejo Toyota se detuvo frente al portal de Silvia, la puerta estaba perfectamente y a Fany se le antojó como la entrada a una fortaleza tras la que se esconde un gran tesoro. Con cierta ansiedad palpitando en su pecho se acercó a los timbres y presionó el de su amiga. Esperó, aunque no sabía por qué lo hacía, ya sabía que Silvia no iba a estar en casa, sabía que no contestaría al interfono ni abriría la puerta. Silvia había desaparecido en el interior de un edificio de Barcelona, tal como si la hubieran engullido las paredes sepultándola para siempre. Giró sobre sí misma derrotada. Jordi la miraba desde el interior del coche, con la ventanilla bajada y sin su inseparable gorra. Fany negó con la cabeza y él pareció sentirse tan derrotado como lo estaba ella.2
17 de enero de 2026, 12:23