UNA MALDICIÓN
El encuentro había sido devastador. Una conquista más de un planeta que venderían a Freezer por muy buen precio. Otros días más de una larga lista de batallas ganadas. El príncipe se quitaba los guantes llenos de sangre de los guerreros que, aunque no fueron muchos, opusieron resistencia. Mientras eso pasaba, una mujer que se escondía con más mujeres en un rincón salió, llena de ira, a enfrentar a Vegeta. Los saiyajines que lo acompañaban le taparon el paso con violencia. —Aléjate de nosotros, mujer. Hemos terminado nuestro trabajo —voltea hacia ella para mirarla de frente—. No les haremos daño a ustedes. —¡Te vas a arrepentir de lo que hicieron aquí! —le gritaba desde lo más cerca que pudo acercarse al príncipe—. ¡Todos se arrepentirán! —seguía tratando de llegar al que ella distinguía como el líder de esos bárbaros. —No tenemos planeado matarte ni a las mujeres que se escondieron. Si no hubieran puesto resistencia para entregar su planeta, nada de esto hubiera pasado, mujer — respondió Vegeta con calma, sin una chispa de remordimiento —¡Mataron a todos nuestros hombres, padres, esposos…! — la voz de la mujer temblaba de rabia—. Todos morirán, pero tú, tú… —apuntaba con el dedo— ¡a ti te maldigo! Las carcajadas de los saiyajines llenaron el lugar mientras uno de ellos la sujetaba del brazo y la arrojaba al suelo. —Mejor ya cállate, mujer, o no querrás que acabemos también contigo y los sobrevivientes. —Déjala en paz, Raditz — ordenó Vegeta, girándose hacia su nave—. Tú y Nappa terminen de escanear el planeta y asegúrense de registrar todos los recursos aprovechables. Pasó junto a la mujer. Ella, con un último arrebato, se lanzó y le sujetó un pie, murmurando palabras en un idioma extraño, gutural. —¡Suéltame, bruja! — gruñó Vegeta, sacudiendo la pierna para soltarse. —¡Te he maldecido! —chilló ella, riendo y llorando a la vez—. ¡Vivirás entre mundos que no comprendes! Nunca tendrás paz, nunca sabrás a dónde perteneces... Enloquecerás, guerrero. Enloquecerás tanto que tú mismo buscarás tu muerte. —¡Raditz! Acaba con esa mujer de una vez —exclamaba Nappa, desconcertado al ver a la mujer reír como poseída—. Está loca. Raditz le asestó un golpe seco en la cabeza. La mujer cayó desmayada. Él la cargó y la llevó de vuelta al refugio donde se escondían las demás. —No está muerta —dijo a las mujeres que lo miraban aterradas desde debajo de los escombros—. Solo perdió el conocimiento. —La dejó caer al suelo, murmurándole como si pudiera oírlo—. Te dejaré viva para ver si tu maldición de bruja funciona. Y con suerte, ojalá se cumpla al pie de la letra. Era obvio que Raditz odiaba en secreto al príncipe. Y desde luego, había escuchado con atención las palabras de esa mujer deseando que se cumpliera al pie de la letra lo que sea que hubiera sido eso. —¿Acabaste con ella? —preguntó Vegeta. —No. La dejaré vivir para que sea testigo de cómo es invadido su planeta. Vegeta lo miró con fastidio. Nunca estuvo de acuerdo con esa forma de vida, pero las órdenes de Freezer no se discutían. De pronto, un dolor agudo le atravesó la cabeza y sintió un impulso de vómito que no pudo contener. Sus hombres lo observaron, dudando si acercarse. Defender al príncipe era su deber, pero un simple mareo no lo mataría. —Debiste haberte golpeado en la batalla —aventuró Nappa. —No lo creo. Quizá ya está haciendo efecto el hechizo de la bruja —dijo Raditz en tono burlón. —Cállense los dos —gruñó Vegeta, limpiándose la boca—. Volveré a palacio. Tómense el resto del día y mañana quiero un informe completo. —Lo tendrás, príncipe —asintió Nappa, obediente. El príncipe Vegeta subió a su nave y partió al planeta Vegeta para descansar. En el camino, el dolor de cabeza no cesó; por el contrario, aumentó. El trayecto sería largo, así que cerró los ojos para dormir, buscando engañar el dolor y el tedio.—EMPIEZA A CAER EN UN PROFUNDO SUEÑO—
—¿Y esta cicatriz, cómo te la hiciste? —preguntó una voz suave. Una mujer de cabellos azulados se acurrucaba junto a él, dibujando líneas sobre su pecho con un dedo. —Fue hace muchos años. No puedo acordarme de todas —respondió él, su voz baja, pero firme. —Aww, cuéntame —pidió ella, escondiéndose más en su pecho. Lo besó, susurrándole—dijo besándolo—. Me lo creeré. —¿Y si te digo que me la hice masacrando pueblos enteros? —replicó él, respondiendo el beso—. ¿Seguirías queriendo oírlo? —A mí me encanta escucharte. Podría dormir escuchando tus historias sobre sangre y muerte —le respondió hablando bajito, cerca de su rostro, cariñosa—. No me importa lo que hiciste antes. El príncipe la besa apasionadamente. Ella lo entiende, lo complementa como nadie más lo había hecho. Él se siente lleno, pleno, completo. No puede entenderlo; es desconcertante para él. No sabe cómo actuar ni qué decir ante ella. Solo atina a besarla de manera suave; es su forma de corresponder a lo desconocido y nuevo para él. —Estoy loca por ti… —susurró ella, casi quedándose dormida. —Duerme, mujer, ya desvarías. —¿Te quedarás a dormir conmigo? —balbuceó medio dormida. —Sí… Un pitido agudo lo arrancó de golpe del sueño. Está desconcertado; gira los ojos hacia todos lados y ya no ve más que su reducida nave alrededor de él. ¿Dónde está la mujer? ¿Qué hace él ahí? Hacía unos instantes estaba a punto de dormir abrazado a una hermosa mujer y ahora está en el espacio exterior, con un sonido chillante y repetitivo de una grabación. Se frotó los ojos intentando recordar, pero solo podía escuchar el sonido estridente de su nave. ATENCIÓN, ESTAMOS A PUNTO DE ATERRIZAR. ATENCIÓN, ESTAMOS A PUNTO DE ATERRIZAR. ATENCIÓN, ESTAMOS A PUNTO DE ATERRIZAR… CONTINUARÁ