3 años

Het
NC-17
En progreso
4
Fandom:
Tamaño:
planificada Mini, escritos 18 páginas, 6.559 palabras, 8 capítulos
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Capítulo 8 Gusano

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CAPITULO 8 GUSANO

El sol apenas se filtraba por las ventanas cuando Vegeta bajó a desayunar. Su expresión era una muralla: rígida, impenetrable. El silencio que traía encima era tan denso que hasta la tostadora parecía cuidarse de hacer ruido. La mesa estaba servida, humeante y perfecta, como siempre. La señora Briefs tarareaba una melodía alegre mientras el señor Briefs hojeaba un periódico lleno de anotaciones científicas garabateadas a mano. Pero Vegeta no estaba para triviales alegrías humanas. Se sentó sin decir una palabra. Tomó el tenedor con más fuerza de la necesaria. No levantó la mirada ni una sola vez. La señora Briefs, que conocía a la gente mejor de lo que aparentaba, ladeó la cabeza. —¿Todo bien, Vegeta? —Perfecto —gruñó él, aunque parecía cualquier cosa menos eso. Ella no estaba en la mesa nuevamente, y todo parecía indicar que no había dormido en la casa. Ni si quiera quería pensar en la idea de ellos dos pasando la noche juntos. Pero el señor Briefs ya había captado el detalle importante: Bulma no había dormido en la casa y si Vegeta estaba así, no era por el clima. La rabia le había hervido en el pecho toda la madrugada, empujándolo a entrenar hasta que el cielo se puso naranja. Aun así, no había logrado expulsar esa punzada punzante y nueva para él. Celos. La palabra todavía no tenía nombre en su mente, pero ardía igual. Mientras cortaba de mala gana un pedazo de panqueque, la puerta de la cocina se abrió de golpe. Y el mundo —o al menos, su mundo— se detuvo. Bulma entró caminando con el desparpajo de alguien que venía de una noche demasiado larga. Mini vestido, piernas infinitas, el maquillaje un poco corrido, el cabello suelto y alborotado de forma irresistiblemente natural. Su perfume dulzón, mezclado con champaña, llenó la habitación. Y detrás de ella… Un hombre. Elegante, alto, mandíbula afilada, traje caro ligeramente desarreglado, corbata floja… y un aura insoportablemente confiada. Otro gusano. Vegeta entrecerró los ojos como si una luz le hubiera golpeado de frente. Bulma ni siquiera lo miró primero; saludó a sus padres con voz alegre, como si fueran las siete de la noche y no las siete de la mañana. —Buenos días… o algo así —dijo con una risita suave—. Mamá, traje compañía. ¿Podrías invitarnos un café? La señora Briefs sonrió encantada. —¡Pero claro! ¡Qué emoción, Bulma, querida! ¿Quién es este joven tan guapo? El hombre se adelantó, seguro de sí mismo. —Jin Kisaragi, señora. Es un placer conocerla. Soy socio reciente de la corporación. El señor Briefs levantó las cejas, sorprendido. —¿El nuevo inversor del proyecto de cápsulas cuánticas? —Ese mismo —contestó Jin con tono educado y voz tranquila. Bulma se sentó en una de las sillas al lado de Vegeta, cruzando las piernas, discreta pero calculadamente creando una imagen… llamativa. Y, por primera vez en horas, miró a Vegeta. Un vistazo rápido. Un roce de miradas. Suficiente para que él sintiera un latigazo en el estómago. El príncipe no dijo ni una palabra. Solo lo observó. Primero a Jin. Luego a Bulma. Luego a Jin otra vez. Y nadie se dio cuenta de que sus manos habían apretado el borde de la mesa con tanta fuerza que la madera crujió. Jin, por supuesto, percibió la tensión. Pero lejos de intimidarse, sonrió. Un gesto pequeño, casi imperceptible, pero calculado como un jaque mate. Vegeta sintió cómo algo dentro de él se encendía. Una chispa peligrosa, oscura… que no tenía nada que ver con el orgullo saiyajin ni con la guerra. Era puro instinto. Era territorial. Era humano. Demasiado humano. La señora Briefs, ajena al campo de batalla emocional que se desarrollaba en su cocina, dejó las tazas llenas al centro de la mesa. —Vegeta, cariño, ¿quieres más café? Vegeta no respondió. No podía. Las palabras se le atoraban en la garganta. Bulma, divertida y con cierto veneno suave, decidió rematar: —¿Qué te pasa? Estás más callado que de costumbre. ¿No dormiste? Él la miró. Firme, helado, molesto… pero también con algo más. Algo que ella reconoció porque ya lo había visto antes en ojos ajenos. Celos. Y eso, aunque ella no lo admitiera en voz alta, la estremeció por dentro. Jin, notando el cruce invisible de sentidos, apoyó una mano en el respaldo de la silla de Bulma. Un gesto ligero… pero suficientemente cercano para ser una provocación elegante. Vegeta apretó la mandíbula. Y el señor Briefs, bebiendo un sorbo de café, murmuró bajito: —Vaya, vaya…
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