3 años

Het
NC-17
En progreso
4
Fandom:
Tamaño:
planificada Mini, escritos 18 páginas, 6.559 palabras, 8 capítulos
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Capítulo 7 Club Nocturno

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CAPITULO 7 CLUB NOCTURNO

Bulma no esperaba que la vida le jugara tan sucio un jueves por la tarde. Unos minutos antes estaba emocionada, casi nerviosa, al llegar al estadio a recoger a Yamcha después del partido. Y lo vio. Claro que lo vio. A él… Y a ella. La rubia tonta, tenía la mano sobre el pecho de Yamcha, riendo con esa risa falsa que se te clava como alfiler. Yamcha no hacía nada indecente, no la tocaba, no la besaba. Pero estaba ahí. Muy ahí. Muy cómodo. Muy sonriente. Y eso bastó para romper algo que ella llevaba sosteniendo con hilos. Bulma no armó escena. No iba a regalarle ese espectáculo a nadie, ni a Yamcha, ni a la rubia, ni a la prensa escondida siempre en los alrededores. Se dio media vuelta, respiró por la nariz como si quisiera tragarse el orgullo, y manejó hasta perderse en la ciudad. No quería pensar. No podía. Se detuvo en una licorería y compró algo fuerte. No porque fuera su estilo, sino porque su corazón estaba quemándole el pecho. Y en su cabeza se repetía la misma frase: "¿Con qué cara le reclamo algo si yo también…?" El beso con Vegeta le caía encima como un ladrillo. Un ladrillo caliente. Bulma tomó un trago dentro del auto. Luego otro. Hasta que, sin planearlo, decidió que no quería llorar en un estacionamiento como adolescente despechada. Quería perderse un rato, respirar, moverse, sacar esa furia hecha nudo en el estómago. Y terminó en un Club nocturno. Esa noche, Bulma era imposible de ignorar. Mini vestido con cristales, cuello halter sin mangas, pedreria y mucho brillo. Se había vestido para que la llevaran a cenar a un restaurante lujoso y quería aparte llamar la atención. Así que cuando entró al Club, todas las miradas cayeron sobre ella. Bailaba sola. Y aun así parecía reinar el lugar. Hombres iban, hombres venían… todos rechazados con una elegancia casi cruel. Ella reía, ya más alegre de lo normal, sacudiéndose el dolor entre luces y música. Lo que no sabía era que un par de ojos la seguían desde lejos, con curiosidad y algo parecido a intriga. Jin. Socio nuevo de Capsule Corp. Inteligente, atractivo, millonario por talento propio y con la mala costumbre de que media ciudad lo persiguiera. La había visto antes con bata de laboratorio, el cabello recogido, mente brillante y un carácter que podía derribar a cualquiera. Pero así… vestida para conquistar el mundo, era otra cosa. Y decidió acercarse. Pero Jin era muchas cosas, menos tonto. Sabía que, si se acercaba con el típico comentario barato, terminaría bateado. Así que buscó palabras. Algo digno de ella. Y caminó hacia la pista. Mientras tanto, a kilómetros de ahí… En la Corporación Capsula, Vegeta estaba hecho un nudo. No veía a Bulma en la mesa, y eso rompía una de las reglas fundamentales de la casa. —¿Dónde está su hija? —preguntó al aire, para quien quisiera responderle. —Salió con el joven Yamcha —contestó la señora Briefs, con la naturalidad de quien anuncia el clima. ¿No se suponía que le había cancelado? ¿Por qué demonios estaba con él en lugar de seguir trabajando en la cámara de gravedad? No estaba molesto por la cámara. Estaba molesto porque Bulma no estaba ahí. Y en su mente la conclusión era inmediata, cruel y obsesiva: Bulma y Yamcha estaban juntos. Riéndose. Besándose. La imaginación empezó a torturarlo: las manos de Yamcha sobre ella, su boca, esa sonrisa confiada que siempre había detestado. Una furia desconocida le subió por el pecho. Furia… y algo más. Algo que no quería nombrar, pero que lo estaba consumiendo desde adentro. Celos. Celos en estado puro. Antes de perder la compostura frente a los padres de Bulma, se levantó de la mesa sin decir palabra y salió de la casa. Voló hacia un desierto remoto, lejos de todo, donde pudiera desahogar el incendio que llevaba dentro. Golpes al aire. Explosiones. El eco de su respiración entrecortada. No quería pensarlo. Pero pensaba en ella. Y eso lo enfurecía aún más. En otro punto de la ciudad, Yamcha ya estaba en su casa, sin enterarse de nada. Tranquilo, convencido de que no había hecho nada malo, pero pensando en esa rubia que, por momentos, le robaba el aliento. Terminando el juego, él se fue a su casa y la porrista regresó al estadio. De regreso a la disco… Bulma se movía con los ojos brillantes, entre la música y el efecto del alcohol. Se reía sola, intentando expulsar toda la frustración que llevaba dentro. Jin finalmente se acercó. No demasiado. Lo justo para no invadirla. —Perdón… ¿no eres Bulma Briefs? —preguntó con una voz segura, agradable. —Depende —respondió ella, sin dejar de moverse—. ¿Quién lo pregunta? —Alguien que admira tu mente —dijo él con naturalidad—. Y que promete no molestarte… a menos que tú quieras seguir escuchándome. Bulma lo observó un segundo. Tenía presencia. Tenía elegancia. Y no la miraba como los demás. —Habla —dijo ella finalmente—. Veamos si vale la pena escucharte. Jin sonrió. Había entrado al círculo. Y sin saberlo, se convertía en el nuevo rival en una historia donde nada estaba definido todavía.
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