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Peter Parker era un joven empresario tecnológico e influencer urbano que vivía entre cables, cámaras y prototipos a medio armar. Su ingenio y su creatividad lo impulsaban a diseñar dispositivos caseros, trucos de edición y pequeños experimentos que mostraba en sus redes, donde hablaba de tecnología accesible y soluciones prácticas para la vida diaria. A simple vista parecía seguro, energético y siempre listo para el siguiente proyecto, pero la realidad era más pesada de lo que él dejaba ver. Sus problemas habían comenzado años atrás, cuando decidió costear su educación universitaria sin cargar a su tía May con más responsabilidades. Aceptó un préstamo rápido, con intereses que “no parecían tan malos” al inicio, pero que pronto se volvieron impagables. Peter pagaba mes a mes, enviaba dinero a May y trataba de mantener su vida en orden, aunque la cifra apenas bajaba. Esa deuda lo atrapaba y le recordaba que le podían exigirle cualquier cosa en cualquier momento. Wade Wilson, su novio, era lo más parecido a un descanso en medio del caos. Compartían risas, series y comidas improvisadas; Wade lo apoyaba sin saber cuán profunda era la presión que Peter ocultaba. El secreto pesaba, pero Peter prefería cargarlo antes que ver a Wade involucrado. Aquella mañana, después de revisar estados de cuenta y sentir otra vez el nudo en el estómago, Peter encendió las luces del estudio y preparó su cámara. Ajustó el trípode, respiró hondo y sonrió como siempre. Cuando presionó el botón de grabar, su voz salió ligera, entusiasta: —¡Hey, gente! Hoy les traigo algo que me pidieron un montón. —Alzó un pequeño dispositivo plateado—. Este miniestabilizador casero lo armé anoche con piezas que probablemente ya tienen en su casa. No necesitan gastar cientos de dólares en equipo profesional. Mostró cómo se deslizaba el mecanismo y agregó: —Miren esto… ¿lo ven? Mantiene el movimiento suave incluso si tiemblan un poco. Perfecto para grabar en exteriores o cuando su mano decide no cooperar… como la mía en las mañanas. Soltó una risa que sonaba natural frente a la cámara, aunque por dentro solo quería terminar rápido. —Les dejo el paso a paso al final del video, ¿sí? Y si quieren que pruebe más inventos raros, me lo dejan en los comentarios. Los leo siempre. Cuando detuvo la grabación, bajó la mano lentamente y dejó la sonrisa caer. Subió el clip a sus redes, revisó la edición automática y apagó la luz del estudio. Nadie veía ese momento en que se quedaba quieto, respirando hondo para seguir adelante. Para sus seguidores, Peter era un creador brillante y un influencer juvenil urbano lleno de ideas. Para la isla, era un deudor útil. Y para sí mismo, era un joven atrapado entre la presión financiera, la necesidad de mantener su fachada intacta y el deseo de proteger lo que más quería, su relación con Wade. Cuando Peter terminó el en vivo, dejó el teléfono sobre la mesa y se frotó los ojos. La habitación quedó en silencio, iluminada solo por el aro de luz que todavía parpadeaba. Se dirigió a la computadora para cerrar las últimas ventanas abiertas, pero un sonido puntual lo detuvo: la notificación de un nuevo correo. Abrió la bandeja de entrada sin pensarlo demasiado. El remitente no necesitaba presentación. Isla – Asunto: Itinerario confirmado. Peter sintió un peso frío en el estómago. Hizo clic. El mensaje detallaba cada paso del viaje con una precisión que lo incomodaba: Hora exacta de salida: 04:10 a. m. Lugar del encuentro privado: estacionamiento subterráneo del complejo industrial abandonado del límite este de la ciudad, acceso por rampa lateral, nivel −2, plaza sin numeración, tercera columna desde la entrada. Número de avión asignado: HX—27A. Normas de comportamiento: puntualidad absoluta; obediencia inmediata al personal de la Isla; confidencialidad total; prohibido desviarse del itinerario; prohibido hacer preguntas; actitud discreta y cooperativa en todo momento. Monto descontado en la última visita a la Isla: USD 18 500, aplicado directamente a la deuda pendiente. Advertencia final: cualquier retraso, intento de evasión o incumplimiento sería considerado resistencia y tendría consecuencias inmediatas. No se aceptarían explicaciones. Peter lo leyó en silencio, con la luz de la pantalla reflejada en sus ojos. El texto terminaba con una línea que ya conocía demasiado bien: “Su presencia es obligatoria. Prohibido auto dilatarse. Evite inconvenientes.” Exhaló lentamente, guardó el teléfono en el bolsillo y se quedó mirando su estudio, aún desordenado por la grabación. Todo lo que mostraba ahí —la energía, las ideas, la sonrisa— parecía pertenecer a otra vida. Abrió su agenda digital y revisó los detalles: debía tomar un transporte discreto desde un estacionamiento subterráneo a las afueras de la ciudad; de allí, un chofer lo llevaría hasta la pista privada donde lo esperaba el avión que usaría para llegar a la Isla. La pantalla mostraba el mapa, la ruta, la hora. No había espacio para improvisar. Peter apagó las luces del estudio, tomó su mochila y murmuró para sí, casi en un suspiro resignado: —Ojalá Wade no note nada… La idea de levantarse a las tres de la mañana para un viaje que no podía rechazar lo hizo dar vueltas en la cama, incapaz de dormir. Entre la adrenalina y el cansancio, calculaba mentalmente la ruta hasta el punto de encuentro, repasando el mapa del correo: un estacionamiento subterráneo sin numeración, acceso restringido, vehículo privado y helicóptero asignado. Cuando el despertador sonó, Peter se levantó con movimientos mecánicos. La ciudad dormía todavía, y solo el viento frío de la madrugada entraba por la ventana. Preparó su mochila con lo esencial, apagó luces, cerró su departamento y se dirigió al punto de encuentro con pasos silenciosos. Cada sombra parecía mirarlo, cada sonido le erizaba la piel. El estacionamiento subterráneo estaba desierto, iluminado solo por las luces automáticas. Peter sintió un escalofrío al ver un vehículo negro sin identificación esperando exactamente donde decía el correo. Subió con cuidado, sin mirar a los lados, y el conductor asintió una sola vez, sin una palabra. El motor rugió suavemente y el auto se deslizó hacia la pista privada, donde lo esperaba el avión HX—27A. Durante el trayecto, Peter pensaba en Wade, en su tía May, en la deuda que no disminuía y en lo que le esperaba en la Isla. Cada minuto hacía que su estómago se retorciera con una mezcla de miedo y adrenalina. Finalmente, el avión apareció, recortándose contra la neblina de la madrugada, y Peter subió con manos ligeramente temblorosas. Mientras el rotor comenzaba a girar y el avión despegaba, la ciudad quedó atrás. Peter observaba las luces desde arriba, sintiendo la inmensidad del espacio vacío bajo él y la certeza de que cada movimiento estaba siendo controlado. El viaje era corto, pero suficiente para que cada pensamiento de libertad se mezclara con la presión y la ansiedad de la deuda que lo seguía a cada instante. El avión de la Isla rodó unos metros antes de detenerse. Eran las cuatro de la mañana y el cielo todavía estaba completamente oscuro. Peter descendió con sueño acumulado y un temblor involuntario en las manos, tratando de mantener la expresión neutra que sabía que debía tener en ese lugar. Apenas bajó la escalerilla, alguien se ubicó a su lado con precisión militar. —Señor Parker —dijo Alexander Pierce con voz tranquila, casi amable—. Me asignaron a recibirlo. Peter tragó saliva. No contestó. Solo asintió. Pierce hizo un gesto leve para que caminara a su lado. Apenas dieron los primeros pasos, la mano de Pierce se deslizó sobre la parte baja de la espalda de Peter, guiándolo como si fuera un gesto protector… pero presionando apenas un punto sensible, justo encima del glúteo, lo suficiente para que Peter sintiera el mensaje. —Su itinerario para hoy será sencillo —explicó mientras avanzaban entre luces bajas y pasillos silenciosos—. A las siete debe presentarse en el comedor. Sea puntual. Mientras hablaba, el pulgar de Pierce se movió un poco más abajo, rozando el inicio del glúteo “al acomodar la postura”. Peter se tensó, pero no se apartó. Pierce continuó caminando con él, ahora apoyando una mano en el hombro. Sus dedos envolvieron un momento el cuello de Peter, ascendiendo con un roce apenas perceptible, como si quitara un cabello imaginario. —Después del desayuno, lo esperan en la piscina —siguió—. Será una actividad externa. El clima estará a su favor. Peter miró al frente, respirando hondo para no reaccionar al dedo de Pierce que descendía lentamente por la nuca antes de retirarse. —Allí conocerá a su cliente asignado del día —añadió Pierce, con un tono que dejaba claro que no había opción de negarse—. Pasearán por el jardín, conversarán unos minutos y evaluará sus solicitudes. No se retrase. No se aparte. No llame la atención sin permiso. Mientras doblaban hacia el pasillo residencial, Pierce aprovechó el cambio de dirección para colocar una mano en la cadera de Peter. El gesto parecía un simple acompañamiento… pero el pulgar se hundió un instante en la curva del glúteo, como si midiera su reacción. Peter apretó los labios. —Tranquilo —dijo Pierce al oído, acercándose lo suficiente para que Peter sintiera el aliento caliente en la piel—. La Isla aprecia a quienes cooperan. Al llegar a la puerta asignada, Pierce se detuvo. Le acomodó la camiseta, tocando la clavícula y el inicio del cuello con una familiaridad que Peter no había autorizado. —Descanse lo que pueda —susurró—. Nos veremos más tarde. Le sonrió. Esa sonrisa que no tenía calidez. Luego se retiró sin esperar respuesta, dejándolo frente a la puerta, con el corazón acelerado y el cuerpo rígido por la incomodidad. Peter abrió la habitación con manos temblorosas y entró. Peter cerró la puerta de la recámara detrás de sí y soltó un suspiro que llevaba horas conteniéndose. Solo entonces pudo respirar de verdad. La oscuridad de la madrugada se filtraba por la ventana, mezclándose con el cansancio acumulado del viaje. Apenas unos minutos se permitió recostarse sobre la cama, intentando robar unas horas de sueño antes de que comenzara la rutina de la Isla. Un suave golpe en la puerta anunció la entrada del personal femenino asignado. Dos mujeres entraron con profesionalidad y sin palabras innecesarias. Una de ellas llevaba toallas y productos de higiene, mientras que la otra cargaba un pequeño blister con la pastilla que Peter debía tomar antes de cualquier actividad. —Buenos días, señor Parker —dijo una de ellas, con voz tranquila—. Primero, necesitamos que se duche para estar completamente preparado. Peter asintió, obediente. No había margen de discusión. Entró al baño mientras el personal lo esperaba justo fuera, supervisando de manera sutil. El agua tibia recorrió su piel, despertando los músculos tensos y limpiando el sudor del vuelo. La ducha fue rápida, pero suficiente para hacerlo sentir que su cuerpo y mente comenzaban a despertar. Al salir, con la piel todavía húmeda, la asistente más cercana le entregó la pastilla. Peter la tomó sin dudarlo, sabiendo que su efectividad le haría más dócil, más receptivo a las órdenes que seguirían. Tragarla fue un recordatorio silencioso de que su voluntad estaba parcialmente cedida a la Isla. Luego vino la ropa: un vestido de línea sencilla, corto, de estampado discreto y colores pastel, reminiscencia de los años 50 y 60. Sus movimientos eran supervisados; ajustaron los pliegues del vestido, acomodaron las medias hasta la rodilla y los zapatos bajos, completando su aire casi infantil pero cuidado, sofisticado. Cada toque, aunque profesional y necesario, le recordaba que estaba bajo control, que nadie estaba allí solo para ayudarlo. Finalmente, las mujeres se retiraron discretamente, dejando a Peter frente al espejo un instante para enderezarse, ajustar el cabello y tomar aire. La sensación de estar observado no lo abandonaba; incluso solo, sabía que cada gesto sería notado por los ojos invisibles de la Isla. Con pasos medidos, Peter salió al comedor, donde la luz de la mañana iluminaba las mesas perfectamente ordenadas con frutas, pan y jugo. Ajustó el vestido una última vez, consciente de que debía mantener la postura, la mirada y el aire juvenil que la Isla esperaba de él. Allí se sentó, respirando profundo, mientras el día comenzaba a desplegarse: desayuno, piscina, cliente… y la presión constante de estar bajo control. Todo parecía sencillo, pero cada instante llevaba consigo un recordatorio silencioso de que su libertad era limitada y que cada acción, incluso respirar, estaba vigilada. Peter llegó a la zona de la piscina todavía con el cuerpo tenso por el viaje y por la pastilla que había tomado en la habitación. Esa pastilla siempre lo volvía más dócil, más tranquilo, más receptivo. El sol de la mañana iluminaba el jardín, y el vestido celeste pastel de los años 50—falda amplia, cintura marcada, cuello discreto—se movía con cada paso, dándole un aire juvenil que destacaba demasiado entre los demás. Mientras caminaba, los recuerdos de su visita anterior aparecían sin permiso: Need Leed había sido directo, brusco, evaluador. Lo trató como un objeto que debía rendir. Peter intentó borrar esa sensación, pero el corazón le latía rápido. Cuando pasó la última fila de tumbonas, lo vio. Harry Osborn estaba reclinado en una silla de madera, con una camisa blanca abierta en el pecho y lentes oscuros. Su postura transmitía tranquilidad, pero también algo que Peter no supo definir. Cuando Peter se acercó, Harry se levantó despacio, como si lo hubiera estado esperando. —Peter Parker —dijo con una voz suave y segura. Peter se detuvo, respirando hondo. —Señor Osborn —respondió, porque no sabía cómo empezar. Harry sonrió, una sonrisa elegante que no mostraba nada desagradable, pero tampoco nada inocente. —No sabía que te verías así —comentó, bajando la mirada un momento hacia el vestido. Peter sintió que el estómago se le encogía, pero mantuvo la expresión amable. Harry dio un paso hacia él. El aire entre ambos se volvió extraño, cargado. —Ese estilo… te queda muy bien —añadió—. Es… llamativo. Peter asintió, incómodo. Harry levantó una mano, despacio, como si ofreciera un gesto cordial, y aun así rozó la tela cerca de su cintura. Fue un toque breve, aparentemente casual, pero suficiente para que Peter contuviera la respiración. —¿Descansaste algo después del viaje? —preguntó Harry con un tono casi preocupado. —Un poco —respondió Peter. —Me alegra. No quiero que empieces el día agotado —dijo Harry—. Ven, caminemos por el jardín. Quiero hablar contigo antes de que inicien las actividades. Le ofreció la mano. Peter la aceptó porque sabía que debía hacerlo. Harry colocó la otra mano en la parte baja de su espalda mientras avanzaban. No era un gesto vulgar ni descarado, pero la forma en que su pulgar rozaba la tela le provocaba un escalofrío de alerta. —Te ves muy bien esta mañana —murmuró Harry, lo bastante cerca como para que solo él lo escuchara. Peter bajó la mirada unos segundos. Harry sonreía con una mezcla de interés y cautela, estudiándolo como si tratara de descifrarlo. Peter no sabía qué esperaba ese hombre, ni qué clase de persona era. Solo sentía el peso de su mirada recorriéndolo, analizando cada detalle. Mientras caminaban, Peter recordaba la forma en que Need Leed lo había tratado. Harry Osborn era distinto. Aparentemente amable. Elegante. Tranquilo. Pero debajo de esa calma había algo que Peter no lograba identificar. Y esa incertidumbre era lo que más lo inquietaba. Harry lo guio por el sendero principal del jardín, un camino de piedras claras que rodeaba la piscina y bajaba entre arbustos perfectamente cuidados. Su mano permanecía en la parte baja de la espalda de Peter, marcando el ritmo de sus pasos con una suavidad que parecía cordial, pero que tenía un peso de control disfrazado. —La isla suele ser tranquila por las mañanas —comentó Harry, sin dejar de observarlo de reojo. Peter asintió, sintiendo cómo el sol calentaba la tela ligera del vestido, ese celeste suave que le daba un aire casi adolescente. Cada vez que Harry se inclinaba un poco para hablarle, Peter sentía una ligera presión de su mano, una guía casi imperceptible pero firme. Mientras avanzaban, el sonido de motores rompió la calma. Otro transporte de la isla había aterrizado. Las puertas se abrieron al otro extremo del área de piscina. Los nuevos extorsionados descendían con la misma mezcla de nervios y resignación que Peter recordaba demasiado bien. Algunos llevaban ropa deportiva, otros atuendos formales; sus rostros tenían ese brillo tenso de quienes no dormían lo suficiente y vivían con miedo a una orden equivocada. Peter los miraba de reojo mientras Harry continuaba el paseo, ignorando deliberadamente el caos de la llegada. —Veo que observas mucho —dijo Harry con una sonrisa apenas visible—. ¿Te sientes nervioso? —Un poco —admitió Peter. —Es normal. Todos pasan por lo mismo al llegar. Peter pensó en la pastilla que había tomado antes de irse de la habitación, en cómo le aflojaba los músculos, en cómo le borraba los impulsos de resistencia. Harry lo notó sin que Peter dijera una palabra. —Relájate —murmuró Harry, bajando apenas la voz—. No voy a apresurarte. Esa frase se sintió amable, pero la mano de Harry descendió un centímetro más, rozando la curva donde la tela del vestido caía sobre los glúteos. Un toque breve, suave, disfrazado de acompañamiento mientras caminaban… pero deliberado. Peter mantuvo la mirada al frente. A su derecha, un empleado de la isla acompañaba a tres nuevos llegados hacia la zona de vestidores. Uno de ellos evitaba mirar a cualquier persona; otro mordía el interior de su mejilla con evidente ansiedad. El tercero caminaba como si ya hubiera estado ahí demasiadas veces. —Los recién llegados siempre cambian el ambiente —comentó Harry mientras avanzaban hacia una zona de sombra donde los árboles filtraban la luz. Peter intentó concentrarse en los pasos, en el sonido del agua moviéndose en la piscina, en cualquier cosa que no fuera la presencia cercana y segura de Harry. —¿Te incomodan? —preguntó Harry, inclinándose un poco para verlo mejor. —No… solo recordaba mi primera vez aquí —respondió Peter. —Imagino que no fue grata —dijo Harry. La forma en que lo dijo contradecía la sonrisa agradable que mantenía en el rostro. Parecía interesado, casi protector, pero había algo más profundo, algo que no se mostraba de inmediato. Mientras seguían caminando, otro grupo de extorsionados llegaba cargando pequeñas maletas. El personal de la isla los guiaba hacia las duchas exteriores para prepararlos para el “día recreativo”. Las voces se mezclaban con el sonido del agua y del viento. Harry se detuvo con suavidad, obligando a Peter a detenerse también. —Mírame un momento —pidió. Peter alzó la mirada. Los lentes oscuros de Harry reflejaban el jardín, pero detrás de ellos Peter sentía que el hombre lo evaluaba con una precisión incómoda. —No tienes que temerme —dijo Harry—. Pero quiero que estés conmigo este fin de semana. No con la cabeza en otra parte. Peter tragó saliva. —Haré lo que se requiera —respondió. Harry se acerco lentamente hasta rozar sus labios suavemente. sonrió satisfecho al ser correspondido, y volvió a colocarse a su lado. Mientras retomaban la caminata, los chantajeados recién llegados miraban en dirección a Peter, atraídos por la imagen del chico en vestido pastel, acompañado tan de cerca por un cliente poderoso. Peter sabía que en esa isla las miradas hablaban. Y que ninguna era inocente. El sendero principal del jardín, mientras el aire tibio de la mañana envolvía todo con un aroma a flores recién regadas. La falda amplia se movía con cada paso, y el borde del encaje rozaba sus piernas. Harry no dejaba de mirarlo; cada gesto suyo parecía estudiado, como si evaluara algo que sólo él comprendía. Peter sentía que su brazo temblaba ligeramente dentro del agarre suave de Harry. No sabía aún qué pretendía ese hombre; Harry sonreía, hablaba con cortesía, lo trataba como si fuera una visita especial… pero había algo más, una intención silenciosa que se asentaba entre palabra y palabra. En la zona de la piscina, otros jóvenes extorsionados ya se encontraban reunidos. Algunos estaban sentados en tumbonas, otros conversaban de pie mientras servidores les ofrecían bebidas frías. Llevaban ropa ligera, atuendos elegidos para agradar a quien los había “convocado” esa semana. Cada uno mantenía esa mezcla de nerviosismo y resignación que era tan común en ese lugar, aunque intentaban disimularla entre risas breves. El recorrido por el jardín se mezclaba de manera natural con aquella escena acuática. Los sonidos de la fuente, el murmullo del agua y las voces bajas de los presentes creaban una atmósfera casi relajada. Desde lejos, aquel ambiente parecía un retiro elegante; de cerca, escondía todo lo que nadie se atrevía a decir. Cuando llegaron al borde del área, Harry soltó el brazo de Peter con una delicadeza que contrastaba con el control que ejercía sobre él. Le acomodó un mechón detrás de la oreja, como si ese gesto fuera completamente apropiado entre dos desconocidos. —Te veías cansado —comentó, con una voz baja que casi sonaba a preocupación—. Pensé que te haría bien caminar un poco. Peter bajó la mirada. No sabía si debía agradecerle o alejarse. Harry lo trataba como a alguien que necesitaba ser cuidado, protegido… moldeado. Ese tipo de control que no se imponía con fuerza, sino con una confianza suave que hacía difícil rechazarla. Nada que ver con la brusquedad de Ned en su visita anterior. Ned Leeds había sido todo lo contrario a un caballero. En su visita, apenas había llegado, se mostró ansioso por presumir su poder y su dinero. Tenía la misma edad que Peter, pero actuaba como alguien que había tenido todo desde siempre y nunca escuchó un “no”. Quiso tocarlo sin permiso, quiso imponerse, quiso hacerle creer que su posición lo convertía en algo que Peter debía agradecer. Se frustró rápido cuando Peter no reaccionó como él esperaba. Ned era impulsivo, inseguro, insistente. Harry no. Harry era otra clase de peligro. Mientras avanzaban entre las sombras de los árboles, él mantenía una expresión tranquila, casi encantadora. Sin embargo, sus ojos observaban a Peter con una avidez que no intentaba ocultar. Quería poseerlo, disfrutarlo durante todo el fin de semana, convertirlo en algo suyo. Y aun así, prefería hacerlo lentamente, con elegancia, con esa paciencia que era más peligrosa que cualquier arrebato. —Me gusta cómo te ves con ese vestido —dijo de pronto, con una sinceridad que no sonaba forzada—. Pareces… alguien que necesita atención. Alguien que yo podría cuidar. Peter sintió que su corazón latía más fuerte. No sabía si debía sentirse halagado o atrapado. —No sé si… —intentó responder, pero Harry lo interrumpió sin levantar la voz, sin agresividad. —Tómate tu tiempo. No quiero asustarte —murmuró, como si realmente fuera un hombre gentil—. Sólo quiero que estés cómodo conmigo. Harry seguía sonriendo. Pero bajo esa sonrisa latía un lobo disfrazado de caballero. Los otros jóvenes en la piscina observaban de reojo, algunos con envidia silenciosa, otros con compasión. Peter lo notaba. Harry lo había elegido, y eso lo colocaba en un lugar distinto para esa semana. Mientras el sol caía sobre el agua, Peter comprendía que ese recorrido por el jardín no había sido casual. Harry quería que todos vieran a quién había escogido, a quién deseaba moldear. Y Peter, atrapado entre el vestido, la suavidad del ambiente y la mirada calculada de Harry, sabía que no podía huir… solo dejarse llevar. Mientras más avanzaban hacia el fondo del jardín, el sendero se estrechaba y los árboles crecían más juntos, formando un bosquecillo pequeño y apartado del resto de la mansión. El murmullo de la piscina quedaba atrás, reemplazado por el canto suave de los pájaros y el crujido de las hojas bajo los zapatos de Peter. El vestido celeste se movía con cada paso, y la brisa levantaba ligeramente la falda, como si quisiera desordenarlo sólo para llamar la atención de Harry. Harry no dejaba de observarlo. Caminaba a su lado con las manos en los bolsillos, pero su cuerpo irradiaba esa tensión elegante de un depredador que esperaba el momento adecuado. No había prisa en sus movimientos; parecía disfrutar cada segundo en el que Peter seguía caminando a su lado sin huir. —Nadie viene por aquí —comentó con voz baja mientras se apartaba una rama—. Es tranquilo. Me gusta este lugar. Peter asintió sin decir nada. Su respiración se volvía más corta, y trataba de mirar el suelo para no cruzarse con esa mirada que lo desarmaba. Sabía que estaba a punto de ocurrir; lo sentía en la forma en que Harry bajaba el paso, en la manera en que sus hombros se inclinaban hacia él. Llegaron a un claro pequeño donde el sol se filtraba entre las hojas. Harry se detuvo primero. Peter se frenó unos pasos después. El silencio se volvió denso. —Ven —dijo Harry, extendiendo una mano hacia él. Peter dudó sólo un instante. Aun así, dio un paso. Harry lo tomó de la cintura con una suavidad que no coincidía con la fuerza de sus dedos. Lo atrajo lentamente, como si estuviera guiando una coreografía que ya había imaginado muchas veces. Su mano subió por la tela del vestido, siguiendo la curva de la cintura hasta la espalda. Peter sintió cómo el contacto lo atravesaba por completo. —Te veía nervioso allá afuera —murmuró, acercando su rostro al suyo—. Quise darte un momento… sólo para ti. Peter cerró los ojos un segundo susurrando un “gracias”. No sabía si era miedo o expectativa. El corazón le golpeaba el pecho, y el aroma de colonia de Harry lo envolvía. Los dedos de Harry subieron hasta la nuca de Peter, rozando su piel con paciencia. No presionaba. No exigía. Sólo lo tocaba en círculos suaves, como si quisiera acostumbrarlo a su presencia. —No tienes que hablar —susurró él, inclinando la frente contra la de Peter—. Sólo déjame conocerte. La otra mano se deslizó por su brazo, bajó hasta su muñeca y la sostuvo con una firmeza casi protectora. Harry lo observaba desde tan cerca que Peter podía ver el brillo de deseo en sus ojos, ese brillo que no trataba de ocultar. —Eres hermosa así —dijo, rozando con el pulgar la línea de su mandíbula—. Tan femenina. Peter tragó saliva. —Yo… no sé qué esperar —admitió en voz baja. Harry sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa, encantadora. —No quiero que esperes nada. Quiero sorprenderte. Sus dedos bajaron por la espalda, recorriendo la tela del vestido, deteniéndose justo donde comenzaba la curva de la cadera. Lo acarició con la punta de los dedos, con una delicadeza que quemaba. Peter sintió que las rodillas casi le temblaban. Harry lo sostuvo más cerca. Sus labios no lo tocaban aún, pero la cercanía era suficiente para hacerle perder el aire. —Déjame acercarme —pidió él, aunque su tono hacía evidente que no estaba pidiendo permiso. Y lo hizo. Su boca rozó la mejilla de Peter, apenas un contacto, un beso que no era un beso. Sólo una caricia, suave, calculada, que lo dejó sin palabras. Otra caricia siguió en la línea del mentón, más lenta, más segura. Harry respiraba contra su piel, como si disfrutara el temblor que provocaba. —Así… —susurró, apoyando la mano en su cintura—. Quiero que te acostumbres a mí. El bosquecillo permanecía en silencio. Y Peter comprendía que ese había sido sólo el primer paso. Harry lo sostuvo más cerca en el pequeño claro del bosquecillo. Sus manos recorrían con suavidad la tela del vestido, rozando la cintura y la espalda de Peter de manera lenta, casi ceremoniosa. Cada caricia parecía casual, pero Peter sentía cómo su cuerpo reaccionaba, cómo su respiración se aceleraba, cómo un cosquilleo se extendía por su piel. —Eres más frágil de lo que imaginaba —susurró Harry, apoyando su frente contra la de Peter—. Pero también eres fuerte… de una manera que me intriga. Peter tragó saliva y bajó la mirada, consciente de la cercanía de Harry, de la seguridad con que lo rodeaba. Cada gesto del hombre era control, pero disfrazado de cuidado; cada roce le decía que estaba completamente a merced de esa calma elegante. Harry deslizó suavemente la mano por la curva del brazo de Peter, bajo a su cintura y continuo por su muslo, hasta colarse bajo su falda. Los dedos presionaban apenas, lo suficiente para mantenerlo quieto, para que sintiera la presencia de Harry sin escapatoria. —No tienes que hacer nada —murmuró—. Sólo déjame acercarme, quiero que me conozcas. Peter sintió un estremecimiento. Su cuerpo quería reaccionar, pero su mente todavía trataba de resistirse, de medir hasta dónde podía permitir esa cercanía. Harry lo notó, sonrió y bajó la mirada al hombro de Peter, apenas rozando la piel sobre la tela del vestido. —Así, tranquilo… —dijo—. Que sientas que estás seguro, soy un caballero. Peter quiso reír ante el descaro. El momento se prolongó en silencio, solo con el murmullo del viento entre los árboles y el canto distante de las aves. No hubo palabras más, solo caricias, roces calculados, y una cercanía que dejaba claro quién tenía el control. El beso suave en su cuello dejo claro que no tenia escapatoria —Ven –dijo Harry Se acomodó en un tronco ancho que había en el claro, todavía bajo la sombra de los árboles. Peter dudó un instante, con la respiración aún acelerada por el contacto anterior. Harry extendió una mano, invitándolo a acercarse sin decir nada. —Ven aquí —susurró con suavidad—. No te haré daño. Prometo tratarte como una dama Peter quería gritarle que era un hombre, no una ‘dama’, pero se sentó lentamente en su regazo, tratando de no inclinarse demasiado hacia él, consciente de la calidez que lo envolvía. Harry lo rodeó con un brazo, apenas apoyado sobre su cintura, mientras la otra mano volvió a colarse bajo su falda. —Así está bien —murmuró Harry, con la voz baja—. Solo déjate sentir… no tienes que pensar en nada más. Me encanta lo húmedo que estas— susurro acariciando la parte interna de su muslo —Harry— dijo Peter cerrando los ojos y entregándose a las sensaciones —Papi — corrigió el millonario —Papi — gimió¬¬ el otro hombre —Que hermosa niña – dijo Harry pasando sobre la completamente dormida entre pierna del chico que empezaba a retorcerse de placer Peter inhaló profundo, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza y cómo las caricias de Harry lo hacían dudar de cada pensamiento de resistencia. Cada roce, cada contacto era suave, elegante, pero dejaba claro quién tenía el control. El silencio entre ambos se prolongó, solo interrumpido por el viento y el canto lejano de las aves, y Peter, aunque no quería admitirlo, supo que iba a ser un fin de semana muy largo. Después de un rato, Harry lo ayudó a incorporarse, su sonrisa era cálida, pero en ella Peter percibió el mismo lobo disfrazado de caballero que lo había seguido desde el primer instante. —Ahora, vamos a la piscina —dijo Harry, levantándose y tendiéndole la mano—. Quiero que veas cómo se desarrolla el día. Peter tomó su mano, todavía sintiendo el eco de ese contacto íntimo, y caminó con él hacia la zona de la piscina, consciente de que su fin de semana apenas comenzaba. El camino hacia la piscina se abría entre árboles bajos y senderos de piedra clara. Después de lo ocurrido en el bosquecillo, Peter seguía caminando con un temblor leve en las piernas; el roce de Harry todavía le ardía en la piel, cálido y confuso. Harry no lo soltó ni un segundo. Le sostenía la mano con suavidad, como si fueran una pareja en una cita lujosa, pero cada tanto su pulgar se deslizaba sobre la muñeca de Peter, un recordatorio íntimo de quién marcaba el ritmo. Cuando llegaron a la zona de la piscina, el ambiente ya estaba activo. Otros extorsionados se acomodaban en camastros, recibían indicaciones del personal o trataban de aparentar normalidad detrás de sonrisas tensas. El agua resplandecía bajo el sol de la mañana, y el lujo del entorno contrastaba con la atmósfera silenciosa de vigilancia. Harry se inclinó hacia Peter, murmurando cerca de su oído: —Camina conmigo. Quiero que estemos visibles. Peter asintió, aunque su respiración seguía inestable. Harry pasó una mano por la cintura de Peter, guiándolo entre los demás. Ese gesto no era accidental: marcaba territorio, pero con cortesía; con ese estilo elegante que hacía que todo pareciera natural… hasta que uno sentía el filo debajo. Al pasar junto a algunos de los presentes, Peter reconoció un par de rostros tensos: un empresario extranjero que evitaba mirar directamente, una actriz que fingía estar de vacaciones, un político que dudó al ver a Harry tan cerca de él, como si temiera haber perdido el privilegio de elegir a quién agradar esa semana. Harry lo llevó hacia una mesa reservada, ubicada estratégicamente bajo una sombrilla blanca. Lo hizo sentarse primero, acomodándolo con suavidad, como si fuera algo precioso que se debía cuidar, mostrando un respeto que no era del todo inocente. —Peter —dijo Harry mientras se sentaba a su lado, demasiado cerca—, quiero que disfrutes este día. Yo estaré contigo. No tienes que preocuparte por nadie más. El tono sonaba amable, pero Peter entendió la frase de inmediato: “No tienes que agradarle a nadie más.” Una advertencia disfrazada de cariño. Mientras el personal ofrecía bebidas frías y frutas cortadas, Peter evitaba mirar fijamente al resto. Se sentía expuesto. Vulnerable. Y, aun así, una parte de él notaba cómo Harry no dejaba de observarlo. Cada gesto, cada respiración, cada mínimo movimiento era analizado con una mezcla peligrosa de afecto, deseo contenido y dominio estudiado. De repente, un grupo de tres chantajeados recién llegados cruzó la zona. Peter se tensó. Uno de ellos —un joven que parecía aterrorizado— lo miró como si buscara un aliado, pero Harry intervino antes de que Peter pudiera reaccionar. Le tomó la barbilla con dos dedos, obligándolo a mirarlo a él, y no a nadie más. —Tranquilo —dijo con una sonrisa suave—. Mientras estés conmigo, todo va a estar bien. Su pulgar rozó la piel de Peter en un gesto aparentemente tierno… pero no lo era. Ese toque, tan mínimo, le recordó todo lo que había pasado en el bosquecillo. Y también que Harry no lo había elegido para “graduarlo”, ni para moldearlo como un proyecto. Harry lo había elegido para poseerlo durante el fin de semana. Para tenerlo cerca, dócil, vestido como la muñeca delicada con la que quería jugar. Peter trató de respirar hondo. El día apenas comenzaba. Y Harry Osborn no tenía ninguna intención de dejarlo lejos de su alcance. La mañana avanzaba con un sol tibio que se extendía sobre la piscina y los jardines. Después de un momento de silencio junto a Harry, Peter recibió una notificación en la pulsera que le habían colocado al llegar: “Actividad obligatoria: Demostraciones tecnológicas – Zona Este.” Harry sonrió apenas, como si ya lo esperara. —Vamos —dijo—. Quiero ver qué tan brillante eres cuando te observan. Lo llevó tomado de la cintura, guiándolo entre camastros y senderos. A cada paso, Peter sentía que todos los presentes medían sus movimientos. Algunos chantajeados trataban de aparentar calma; otros miraban de reojo, incómodos al ver cómo Harry marcaba presencia detrás de él. La zona tecnológica estaba montada bajo carpas blancas. Pantallas, equipos desmontados, drones pequeños, tabletas con instrucciones. Era un ambiente preparado para mostrar talento… o para exhibir debilidades. Un asistente de la isla se acercó. —Señor Parker, su cliente ha solicitado que participe en los tres módulos —informó con tono neutro—. Evaluación de improvisación, ensamblaje rápido y reto con drones. Peter tragó saliva. Harry ni siquiera fingió sorpresa. —Hazlo bien —susurró cerca de su oído—. No me gustaría que alguien te vea fallar. No era una amenaza explícita, pero lo atravesó como una. Peter se colocó frente a una mesa llena de piezas desconocidas. Una pantalla mostraba un desafío: construir un dispositivo capaz de medir radiación ambiental en menos de diez minutos. Mientras trabajaba, dos chantajeados comentaban en voz baja a pocos metros. Un hombre alto lo miraba con una mezcla de envidia y resentimiento; su cliente no se presentaba, lo dejaba solo la mayoría del tiempo. Una mujer joven, asistente de un político, murmuraba algo sobre “los favoritos”. Peter sentía esas miradas clavándose en su nuca. Cuando terminó, el dispositivo funcionó. Harry aplaudió despacio, suave, como si premiara a un niño. —Muy bien —dijo—. Sabía que ibas a lograrlo. Pero sus ojos decían otra cosa: “No olvides que lo hiciste porque yo te observaba.” El siguiente reto consistía en reconstruir un dron plegable. Peter avanzaba confiado, aunque el pulso aún le temblaba por la cercanía de Harry. A mitad del proceso, un chantajeado —un corredor de bolsa— tropezó a propósito contra su mesa. Las piezas cayeron al suelo. Peter se agachó para recogerlas, pero el hombre sonrió con una mueca cruel. —Ups… lo siento, chico. Quizás no estés tan acostumbrado a trabajar bajo presión. Harry dio un paso al frente, colocándose entre Peter y el intruso. No dijo nada. Solo lo miró. El corredor de bolsa retrocedió sin pensarlo. Nadie quería cruzar a un Osborn. Peter logró terminar el dron justo a tiempo. Harry lo tomó del mentón, obligándolo a levantar la cara. —Mírame. Nunca agaches la cabeza frente a gente así. —ordenó en voz baja antes de besarlo Era una enseñanza… y una prueba de dominio. El último reto exigía pilotear un pequeño dron a través de aros flotantes sobre la piscina. Sonaba divertido, pero el ambiente estaba cargado. Otros participantes esperaban, observando su desempeño como si fuera una competencia que no podían perder. Peter dirigió el dron con movimientos ágiles. La práctica que hacía para sus videos solía ayudarlo, aunque ahora sentía el peso de cien miradas sobre su espalda. Cuando terminó el recorrido, Harry le habló muy cerca, casi rozándole el cuello. —Perfecto. Aunque… —se inclinó un poco más—, quedaste segundo. ¿Sabes lo que significa? Peter parpadeó, inseguro. —¿Qué… qué debería hacer? Harry sonrió, pero no era una sonrisa amable. —Obedecer. No quiero verte desconcentrado. Esta tarde tendrás una instrucción mía. Y la vas a seguir sin cuestionar… ¿sí? Peter asintió, aunque el aire se le hacía pesado. Ese “sí” era parte de la prueba. Y Harry lo sabía. El resto del grupo comenzaba a dispersarse. Algunos chantajeados lo miraban con rencor, otros con compasión silenciosa, otros con interés calculado. En todos ellos, Peter percibía una misma verdad amarga: estaban atrapados, igual que él. Harry puso una mano en la parte baja de su espalda, guiándolo fuera de la zona tecnológica. —Muy bien, Peter. Ahora ven conmigo. El día todavía no termina. Y él no tenía alternativa. Peter caminaba por uno de los pasillos principales de la isla, con la mente dividida entre la cena que iba a tener con Harry Osborn y la rutina de obedecer cada indicación que le habían dado. Su vestido de inspiración juvenil de los años 60 rozaba suavemente sus piernas mientras trataba de mantener la compostura, y la ansiedad por encontrarse con su cliente hacía que sus pasos fueran más rápidos. Mientras se acercaba a su habitación, escuchó voces bajas provenientes de un pequeño ventanal abierto de servicio. Dos personas conversaban, sin notar que alguien más caminaba cerca. La primera voz decía: —No me sorprende —comentó—. Helmut Zemo siempre trabaja como estratega y observador; no se le escapaba nada. Happy Hogan terminó atrapado por completo, con su culpa y sus recuerdos manipulados durante años. —Sí —respondió la otra voz—. Y ahora todos los que tienen esa combinación de ingenuidad y necesidad de aprobación… —hizo una pausa—. Terminan controlados igual. Mira a Harry Osborn: esa personalidad suya, tan calculadora pero también tan fría, puede marcar el mismo destino. Peter se detuvo en seco, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza. Cada palabra retumbaba en su mente y lo llenaba de un miedo frío. La comparación entre Harry y Zemo le hizo comprender que cualquier error, cualquier gesto fuera de lugar, podía ser observado y manipulado con la misma precisión que Zemo había ejercido sobre Happy. El joven continuó hacia su habitación, pero su paso se volvió más cauteloso, y su respiración se aceleraba mientras recordaba cada mirada y cada sonrisa de Harry. La sensación de vulnerabilidad lo acompañaba, mezclada con la obligación de cumplir y la curiosidad que no podía reprimir. Al entrar a su habitación, Peter cerró la puerta suavemente, tratando de ordenar sus emociones antes de cambiarse para la cena. La historia de Happy se repetía en su mente como un eco: una advertencia silenciosa de lo que podía suceder si no seguía las reglas al pie de la letra. Mientras se quitaba el vestido y se preparaba para ponerse la ropa de la cena, tomó una pastilla que le indicaron para mantenerse receptivo y calmado, y su mirada se fijó en el reflejo del espejo: la imagen de un joven atrapado entre la obediencia y la cautela, consciente de que la influencia de Harry podía ser tan precisa y sutil como la de Zemo sobre Happy. Peter se quedó unos minutos frente al espejo, evaluando el vestido que le habían entregado para la cena. Era delicado, con vuelo y encajes, muy parecido al de una muñeca de una niña pequeña, con colores suaves que resaltaban su apariencia juvenil y su aire casi infantil. Cada detalle —los pliegues, el lazo en la cintura, las mangas ligeramente abullonadas— hacía que se sintiera expuesto, pero también extraño y cautivador al mismo tiempo. Mientras se acomodaba el vestido, una de las asistentes entró con una pequeña bandeja. Sobre ella reposaba una pastilla, similar a la que había tomado antes, destinada a mantenerlo calmado y más receptivo a las instrucciones de la isla y del cliente. Peter la tomó con una mano temblorosa, la deslizó con cuidado a la boca y la tragó, sintiendo cómo el efecto comenzaba a calmar su mente inquieta y sus nervios. Luego se dirigió a la mesa donde encontró los accesorios para el cabello y el maquillaje. Las manos de las asistentes trabajaban con precisión: le peinaban los rizos, ajustaban los lazos, y aplicaban un maquillaje discreto que resaltaba sus rasgos sin eliminar la sensación de juventud. Peter observaba todo con atención, consciente de que cada gesto era evaluado y que cualquier movimiento fuera de lugar podía ser percibido. Cuando finalizó de prepararse, se levantó de la silla y tomó un profundo respiro. La ansiedad y la tensión por la cena con Harry lo mantenían alerta, y el recuerdo de la historia de Happy Hogan y Zemo seguía rondando en su mente, como una advertencia silenciosa. Cada paso que daba hacia la puerta de la habitación de Harry lo hacía sentir vulnerable y al mismo tiempo consciente de que debía mostrar obediencia, compostura y disposición. Finalmente, Peter llegó frente a la puerta de Harry, levantó la mano y tocó suavemente. El eco del golpe se mezcló con el silencio del pasillo, y por un instante se quedó esperando, conteniendo la respiración, consciente de que ese toque marcaba el inicio de la cena y de la prueba que Harry iban a ponerle esa noche. La puerta se abrió apenas después del segundo toque, y Harry apareció con una sonrisa tranquila, casi amable, como si la tensión no existiera. —Pasa, mi niña —dijo, con esa voz suave que siempre parecía esconder algo más. Peter entró con cuidado. La habitación estaba iluminada por luces cálidas, y la mesa ya esperaba con una cena completa. Aun así, lo que más le llamó la atención fue la butaca amplia donde Harry se sentaba, relajado, observándolo como si evaluara cada gesto, cada respiración. —Ven aquí —ordenó, sin levantar la voz. Peter avanzó despacio. El corazón le latía demasiado fuerte, y la pastilla extra hacía que su cuerpo reaccionara con una obediencia automática, como si resistirse fuera imposible y, sobre todo, peligroso. Harry lo tomó por la muñeca y lo atrajo hacia él en un solo movimiento suave pero firme. Peter cayó sentado sobre su regazo, de lado, con las piernas recogidas, exactamente como él lo quería. El contacto le heló la piel; no era afecto, era posesión. Harry rodeó su cintura con un brazo, inmovilizándolo sin necesidad de fuerza. —Vas a alimentarme —murmuró, cerca de su oído—. Quiero ver cómo lo haces. Peter asintió, aunque la garganta se le cerraba. Su respiración temblaba, y cada músculo le pedía alejarse. Pero no lo hizo. Harry tomó el tenedor primero, lo levantó frente a él y lo dejó caer en la mesa, como si disfrutara el sonido. —Tú lo usas —dijo, acariciándole el muslo con los dedos por debajo del vestido, un gesto delicado que hacía más evidente el peligro. Peter extendió la mano, tomó el tenedor y cortó un pequeño trozo de comida. Sus dedos temblaban, el pulso golpeaba en sus muñecas, y sentía que cualquier error iba a costarle caro. Harry apoyó la mano libre en la parte baja de su espalda, guiándolo sin moverse, obligándolo a permanecer exactamente en esa posición, mientras la otra se movía peligrosamente a su entrepierna —Despacito —indicó—. Quiero que lo hagas bien. Peter acercó el tenedor a la boca del hombre. Harry lo recibió, manteniendo el contacto visual sin parpadear. Parecía estudiar cada milímetro de su reacción, cada sombra de miedo. —Muy bien —susurró, aunque su voz no traía consuelo y una mano que ya había encontrado el camino del valle mas allá de su entrepierna—. Eres más dócil de lo que pensé. Peter trató de no estremecerse, pero el temblor se le escapó, ligero, inevitable. Harry sonrió. Una sonrisa satisfecha. —Eso es —dijo, introduciendo los dedos lenta y dolorosamente, solo para demostrar que podía hacerlo—. Sigue así. Peter continuó, inmóvil, obediente, sintiendo cómo el miedo le recorría todo el cuerpo. Harry disfrutaba cada segundo de su agonía. Su necesidad. Necesidad de ser poseído. Y agonía de necesitarlo Peter era una masa de deseo sobre el regazo de Harry, con cada músculo tenso y la respiración temblando. Sus manos temblaban mientras intentaba servir los bocados con precisión. Cada mirada de Harry lo hacía sentir pequeño, atrapado, y el corazón le latía con fuerza. —Despacio —ordenó Harry, con voz firme y segura, sin levantarla demasiado—. Quiero que lo hagas bien. Peter asintió, tragando saliva, y cada movimiento era medido mientras algo grueso se abría paso atreves de él. La comida parecía pesada, y cada intento de alimentar a Harry lo hacía estremecerse más. Su mente recordaba la conversación sobre Happy y Zemo; el miedo se mezclaba con la obediencia, y el cuerpo se tensaba ante la idea de no cumplir perfectamente. Harry apoyó una mano sobre su hombro, no para lastimarlo, sino para guiarlo, para recordarle quién tenía el control. Peter intentaba mantener la calma, pero sus ojos buscaban cualquier señal de aprobación o descontento. Cada gesto de Harry era una prueba, y él lo sabía. La cena continuó, cada bocado y cada instrucción aumentaban la sensación de vigilancia. Peter ya no daba más de placer pero su cuerpo lo mostraba de manera abismalmente distinta La cena continuaba, y cada bocado y cada instrucción aumentaba la sensación de vigilancia que se aferraba al cuerpo de Peter. Harry no lo soltaba; lo mantenía firme sobre su regazo, una mano apoyada en su cadera como si marcara territorio. Sobre la mesa, el plato principal era un estofado suave, con trozos de carne tierna y verduras cortadas con precisión. Había también una guarnición de arroz cremoso y una copa de vino claro que brillaba bajo la luz cálida de la habitación. Peter tomó los cubiertos con manos que temblaban apenas. Cortó un trozo pequeño de carne, y mientras lo hacía, sentía cómo la respiración de Harry rozaba la base de su cuello, paciente, atenta, como si evaluara cada movimiento. Harry inclinó la cabeza hacia su oído. —Más lento —ordenó, apenas en un murmullo. Peter obedeció. El cuchillo avanzó con suavidad, separando cada parte del estofado. Cuando el trozo quedó listo, lo alzó con el tenedor y lo llevó a la boca de Harry. El hombre abrió los labios sin apartar los ojos de él. Peter sostenía la mirada porque no podía permitirse bajarla; sabía que sería peor. Esa fijación lo envolvía como un anzuelo, imposible de soltar. Harry masticó despacio, sin romper el contacto visual. Luego tomó el tenedor desde la mano de Peter, cortó un bocado idéntico, y se lo llevó a los labios. —Abre —dijo. Peter abrió. La carne entró tibia, con el aroma del vino y las especias. Él masticó mientras Harry lo observaba, como si ese acto cotidiano se transformara en una prueba íntima de voluntad y obediencia. El silencio entre ellos pesaba más que cualquier palabra. Así siguieron: Peter cortaba. Harry lo alimentaba. Harry cortaba. Peter recibía cada bocado bajo aquella mirada inmóvil, firme, casi devoradora en su intensidad. No había caricias explícitas, pero la mano de Harry seguía sujeta a su cadera, apretando ligeramente cada vez que percibía mínima resistencia, recordándole sin palabras quién tenía el control. Cada gesto era medido, estudiado, calculado para quebrarlo a un ritmo lento. El vino ayudaba a calentarle el cuerpo, pero también lo volvía más vulnerable, más torpe, más manejable. La pastilla previa lo mantenía dócil, con los sentidos amortiguados pero el miedo completamente despierto. A mitad de la cena, Harry tomó el borde del vestido con los dedos y lo deslizó un poco hacia arriba, como si lo evaluara, sin apuro. Peter tragó el último bocado que Harry le ofreció, y el silencio se extendió entre ambos como un hilo tenso que podía romperse en cualquier instante. Cuando la última cucharada se desvaneció entre ellos, Harry dejó los cubiertos sobre la mesa con una delicadeza que contrastaba cruelmente con la tensión que se acumulaba en la habitación. No dijo nada al principio; solo lo sostuvo más firme sobre su regazo, como si evaluara el ritmo de su respiración, la rigidez en sus hombros, la docilidad que aún buscaba moldear. Peter permanecía quieto, respirando hondo, sintiendo cómo la tela suave del vestido infantil se arrugaba ligeramente contra su pecho por la presión de la postura. Sabía que algo se acercaba; lo sentía en la manera en que Harry mantenía una calma demasiado perfecta. La mano del hombre subió lentamente por su costado, rozando la tela, estudiando su reacción. Los dedos se detuvieron en el borde del tirante izquierdo. —No necesitas esto para mí —murmuró, como si la frase fuera un regalo. —Este traje te quedaba perfecto —murmuró—. Pero creo que ya cumplió su función. No era un comentario sexual. Era un comentario de propiedad. De control. De algo inevitable. Su voz no sonaba brusca, ni violenta. Era tranquila, casi amable. Eso lo hacía mucho peor. Peter tragó, intentando mantener la respiración estable. Harry deslizó el tirante con suavidad, dejándolo caer por el brazo. La tela bajó sin resistencia. Luego hizo lo mismo con el otro, con un movimiento igual de lento, casi ceremonioso. El silencio lo envolvía todo. —Mírame —pidió Harry. Peter levantó la mirada, y en ese instante el hombre llevó ambas manos al borde superior del vestido. La tela era ligera, casi de muñeca, diseñada para verse delicada. Harry la sostuvo como si fuera a desvestir a alguien que le pertenecía desde hacía años. —Quiero ver cómo te sientes así… sin nada entre tú y mi mirada —dijo, sin perder el tono suave. Entonces tiró hacia abajo. El vestido descendió por el torso de Peter, deslizándose por su pecho y su abdomen con un susurro de tela que parecía llenar toda la habitación. El aire tocó su piel con una frialdad inesperada. Harry lo observaba con una fijación que quemaba, sin parpadear, sin apartar los ojos ni un segundo. Peter temblaba apenas. No por frío. Por la certeza de que él ya no controlaba nada. Harry pasó una mano por su espalda desnuda, lenta, deliberada, como si confirmara que lo tenía exactamente donde quería. —Perfecto —dijo finalmente, en un susurro complacido—. Así te quería ver. La tela quedó acumulada en su cintura, y Harry no hizo el menor intento por devolverla a su lugar. En cambio, sostuvo a Peter por la cadera, firme, posesivo, como si la cena hubiera sido solo el preludio para algo más profundo: un vínculo forzado que él planeaba moldear bocado a bocado, orden a orden, mirada a mirada. Peter respiraba rápido, atrapado entre el miedo y la obligación, sabiendo que debía seguir obedeciendo… aunque cada parte del momento lo empujara a preguntarse cuánto más podía soportar. Harry mantuvo el vestido arrugado en la cintura de Peter unos segundos más, como si disfrutara del contraste entre la vulnerabilidad expuesta y la obediencia que él había arrancado con tanta facilidad. No lo apresuraba; lo estudiaba, lo medía, lo saboreaba en silencio. Cuando consideró que ya había tenido suficiente, deslizó una mano por la espalda de Peter y le dio una indicación suave, apenas un murmullo: —Vamos. No fue una orden brusca, pero tampoco dejaba espacio para negarse. Peter asintió sin palabras, sintiendo cómo Harry lo guiaba desde el regazo hasta ponerse de pie. El vestido caído se balanceaba alrededor de sus piernas mientras él intentaba recuperar la estabilidad. Harry se levantó detrás de él, acomodando su propio ritmo para que Peter sintiera su presencia cerca, demasiado cerca. Su mano volvió a la cintura del chico, firme pero sin violencia, marcando territorio, guiándolo con un contacto del que Peter no podía escapar. Cruzaron la habitación en silencio. La iluminación tenue hacía que las sombras se movieran en las paredes, y cada paso parecía más lento, más calculado, más inevitable. El aire tenía un olor suave a madera y perfume caro; la mezcla perfecta para una habitación diseñada para encerrar y para impresionar. La cama los esperaba al otro extremo: amplia, perfectamente tendida, cubierta de sábanas claras que reflejaban un brillo tenue. Harry se detuvo detrás de Peter al llegar al borde. —Súbete —indicó, con la misma calma peligrosa. Peter respiró hondo. Obedeció. Se acomodó sobre la cama, aún con el vestido medio caído, con la piel expuesta donde Harry había decidido verla. Su corazón latía rápido, pero sus gestos seguían la pauta que se le había enseñado: silencio, docilidad, control aparente. Harry se sentó a su lado, sin tocarlo todavía. Él solo lo observaba desde arriba, como si evaluara el siguiente paso… el que aún no revelaba. La mano del hombre se apoyó finalmente sobre la sábana, cerca de la cadera de Peter, marcando territorio sin llegar a invadirlo por completo. —Así —murmuró—. No te muevas. Su voz sonó casi satisfecha, casi afectuosa… y eso hacía que la tensión fuera mucho más fuerte. Peter no respondió. Solo respiró hondo y mantuvo la postura, consciente de que la noche recién comenzaba, y que lo que viniera después quedaba suspendido en ese instante, a la espera de la voluntad de Harry. La puerta quedó cerrada. La habitación, en silencio. Y lo demás… La habitación había quedado envuelta en un silencio espeso, apenas interrumpido por la respiración inquieta de Peter. Harry permanecía sentado a su lado, recorriéndolo de punta a punta, como si disfrutara prolongar ese instante en el que control y expectativa se mezclaban en el aire. Peter seguía quieto sobre las sábanas claras, desnudo completamente, cansado por la intensidad de la noche, tal como Harry había querido exponerlo. Él mantenía la mirada baja, respirando con cuidado, pendiente de cada movimiento del hombre a su lado. Harry se inclinó finalmente, no para apresurarse, sino para acomodar una mano detrás de la espalda de Peter y guiarlo suavemente hacia el centro de la cama. —Así está mejor —murmuró, satisfecho. No había prisa. Solo intención. Peter sintió el colchón hundirse cuando Harry se acomodó a su lado. El peso, el calor, la presencia; todo estaba ahí, envolviéndolo. La tensión permanecía suspendida, respirando entre ambos, sin resolverse del todo. La noche continuó sin necesidad de palabras. Peter despertó con la luz tenue filtrándose por las cortinas. La habitación todavía conservaba el olor a madera cálida y a perfume caro. Por un instante, intentó ubicar su mente, y entonces recordó a grandes rasgos lo que había pasado la noche anterior: la cena en su regazo, la sensación de control absoluto que Harry ejercía sobre cada uno de sus movimientos, la manera en que lo había obligado a seguir instrucciones para comer, la mirada fija, la mano firme sobre su cadera. Todo había transcurrido sin prisa, con un ritmo lento que le había dejado claro quién decidía. Todavía sentía la presión de esa cercanía, la intensidad de la vigilancia silenciosa, y el eco de la voz de Harry en su mente: cada gesto, cada respiración, cada decisión había estado bajo control. El vestido que había llevado la noche anterior yacía arrugado a un lado de la cama, recordándole la vulnerabilidad que había sentido y el dominio que Harry ejercía con calma calculada. Peter se incorporó lentamente, aún afectado por la pastilla y por el cansancio acumulado. No había necesidad de moverse por pasillos ni tocar puertas; seguía en la habitación, aún bajo la sombra de Harry, y la historia continuaba allí mismo, entre ellos, en ese espacio donde cada gesto y cada respiración lo mantenían bajo un control absoluto. Por un instante, pensó que tendría un momento para respirar. Pero tres golpes suaves en la puerta lo devolvieron a la realidad. —Señor Parker, permiso —anunció una voz femenina. Las asistentes entraron sin esperar respuesta, como era costumbre en la isla. Dos mujeres impecablemente vestidas se movieron con una eficiencia casi coreografiada, abriendo cortinas, revisando la ropa preparada para él, ajustando la bandeja que llevaban. —Debe alistarse para el desayuno con el señor Osborn —indicó una de ellas. Sus manos ya traían la pastilla del día, pequeña, inofensiva en apariencia, inevitable en su obligación. Peter la tomó sin protestar. Era más fácil así. Mientras la pastilla se disolvía en su lengua, las mujeres lo guiaban hacia el baño. No hablaban más de lo necesario. Ajustaban la temperatura del agua, preparaban las toallas, controlaban cada detalle como si fueran parte de una rutina establecida desde hacía años. Cuando terminó, lo secaron con cuidado profesional, sin gestos indebidos, pero sin dejar espacio para la privacidad. Luego trajeron el atuendo para esa mañana: un vestido inspirado en los modelos de los años cincuenta, con falda amplia, lazo suave en la cintura, y colores pasteles que le daban un aire delicado, casi infantil sin serlo. El espejo devolvía la imagen que en la isla todos querían ver de él. Peter solo tragó saliva. —El señor Osborn lo espera —dijo la asistente más joven, ajustando el lazo final. El resto del fin de semana transcurrió dentro de la habitación y los espacios cercanos a la piscina. Harry mantuvo un control constante sobre Peter: cada comida, cada gesto, cada momento estaba sujeto a su mirada y sus instrucciones. Peter obedecía de manera automática, siguiendo indicaciones que mezclaban cuidado y posesión, aprendiendo rápidamente que cualquier resistencia mínima provocaba ajustes inmediatos en la atención de Harry. Pasaban horas juntos en la terraza, a la sombra de los árboles o sobre las tumbonas junto a la piscina, donde Peter realizaba pequeñas tareas que Harry le pedía, como cortar frutas, servir bebidas, o preparar objetos con la delicadeza que él imponía. Cada acción parecía trivial, pero Harry convertía todo en un juego de control y vigilancia silenciosa: miradas largas, toques calculados, instrucciones suaves pero firmes. Peter sentía constantemente la presión de cumplir exactamente como se esperaba, mientras trataba de no perder el equilibrio entre sumisión y dignidad. El resto del tiempo, Peter descansaba en la habitación bajo la supervisión de Harry. Las pastillas continuaban marcando sus ritmos, haciéndolo más receptivo a las órdenes, mientras la noche y el día se mezclaban con un hilo de ansiedad y excitación contenida. Cada momento reforzaba la sensación de vigilancia, la mezcla de miedo y atracción, la comprensión de que su semana en la isla estaba completamente bajo control del hombre que lo dominaba con calma y precisión. Era domingo por la tarde por fin, Peter estaba en el baño, revisando que todo estuviera en orden mientras guardaba sus cosas. La luz era suave, filtrándose por la ventana, y el eco de sus movimientos sobre los azulejos lo hacía sentir extraño, como si todo estuviera más grande de lo normal. El vestido caía por sus rodillas, ligeramente arrugado, y su respiración todavía era un poco lenta, inducida por la pastilla que seguía surtiendo efecto. De repente, sintió un peso cálido contra su espalda. Harry lo abrazó suavemente, apoyando el mentón sobre su hombro. El contacto lo hizo congelarse por un instante, su corazón latiendo más rápido, y no tuvo tiempo de reaccionar antes de que sintiera un beso suave en el cuello, mientras una mano subía por cada muslo bajo su falda y se dirigía directo a su trasero —Buenos días —murmuró Harry, con la voz baja, apenas un susurro que vibraba sobre su piel. Peter no respondió. Permaneció inmóvil, con la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante, atrapado entre la sorpresa y la sensación de vulnerabilidad que le provocaba el contacto. La pastilla lo mantenía adormecido, su juicio parcialmente anestesiado, y la sensación de sumisión aumentaba sin que pudiera hacer mucho más que respirar hondo y contenerse. —Te tengo un regalo – susurro contra su piel –, pero no puedes verlo aquí —no es necesario… papi – dijo Peter Harry dejó su abrazo un momento después, pero no se apartó del todo; aparto ligeramente la ropa íntima y Peter sintió como algo frio invadía su cuerpo —míralo en casa. Di ordenes específicas para que te acompañen hasta la puerta – dijo Harry – este será nuestro secreto, mi preciosa niña Peter se enderezó lentamente, todavía temblando levemente. Ajustó el vestido que caía por sus rodillas, intentando recomponerse, mientras Harry se mantenía a su lado, con esa calma silenciosa que imponía control sin necesidad de palabras. Harry lo acompañó personalmente hasta la escalinata del avión que lo llevaría fuera de la isla. La noche estaba tranquila, con el aire fresco acariciando la piel de Peter mientras descendían los últimos peldaños. Harry no habló demasiado; solo mantuvo su mano firme sobre el hombro de Peter, guiándolo y marcando una presencia que era a la vez protectora y dominante. Peter subió al avión, llevando consigo la sensación de haber estado bajo un control absoluto durante toda la semana. Se sentó, respiró hondo y vio cómo Harry permanecía en la escalinata un instante más, observándolo, hasta que finalmente asintió y regresó al interior de la isla. El avión despegó. Peter estaba sentado junto a la ventanilla, la isla debajo de él se desvanecía en la oscuridad, y el zumbido constante del avión lo acompañaba. Su corazón latía con fuerza; la fatiga del fin de semana en la isla todavía lo tenía aturdido, y la pastilla seguía ejerciendo su efecto, haciendo que disfrutase en contra de su voluntad de lo que fuese que Harry hubiese colocado en él. El sonido de un mensaje lo sobresaltó. Abrió su celular con cuidado y sus ojos se abrieron de par en par al leerlo: "Muero por verte y hacerte todo que sé que te gusta. Organizare todo para dentro de unas semanas. Prometo que no vamos a salir para nada de la habitación" Peter se estremeció de terror. No podía comprender cómo Need había conseguido su número personal. Una oleada de nerviosismo lo recorrió; la sorpresa y el miedo se mezclaban con la culpa de estar bajo vigilancia constante. Sentía que cualquier paso en falso podía ser notado y castigado, y que la información había cruzado un límite que no debería haberse cruzado. Pierce, sentado cerca de él, permanecía en silencio, observando cada uno de sus movimientos. Peter sabía que no podía escapar de su mirada; incluso mientras se cambiaba de ropa, acomodando una camisa y ajustando su cinturón, sentía los ojos del hombre siguiendo cada gesto, cada curva, cada movimiento con atención detallada. No era un acoso abierto, pero el control implícito estaba presente, y Peter se estremecía bajo esa vigilancia silenciosa. El avión continuaba su trayecto hacia Nueva York, y Peter se dio cuenta de que, aunque el fin de semana en la isla había terminado, la sensación de control y vigilancia no lo abandonaba. Peter caminaba por la terminal, arrastrando la maleta y revisando de reojo los mensajes en su teléfono. El cansancio del fin de semana en la isla todavía lo tenía adormecido, y su mente saltaba entre la ansiedad por los mensajes de Need y Harry y la sensación persistente de vigilancia que lo acompañaba desde la semana pasada. Pierce caminaba detrás de Peter por la acera, su paso medido, su presencia cercana. Peter llevaba la maleta y sentía cada zancada más pesada de lo habitual; el cansancio del vuelo todavía lo abrumaba, y la mezcla de la pastilla y la tensión del fin de semana lo mantenía alerta, pero vulnerable. Cuando llegaron al edificio, Pierce permanecía a su lado, comentando de manera casual sobre el tráfico, el clima, o cualquier detalle banal, pero sus manos encontraban excusas para rozar discretamente la espalda de Peter, deslizarse por la cadera, y tocar ligeramente los muslos mientras caminaban. Cada roce provocaba un estremecimiento en Peter; se obligaba a mantener la compostura, pero no podía evitar sentirse observado y atrapado por esa cercanía silenciosa. Al llegar a la puerta de su apartamento, Pierce se detuvo y ajustó la postura de Peter, colocando una mano firme sobre su hombro mientras la otra se deslizaba con sutileza por la cintura. —Listo, aquí es —dijo, con voz calmada, como si todo fuera natural. Peter respiró hondo, intentando recomponerse antes de abrir la puerta, sintiendo que cada centímetro de su cuerpo era deseado descaradamente sin que pudiera hacer nada para impedirlo. La sensación de vulnerabilidad lo acompañaba mientras giraba la llave y entraba al apartamento, dejando atrás la calle, pero no la impresión de control de Pierce. Cerró la puerta con un golpe suave y apoyando la frente contra ella un momento. Se armo de valor y se adentró en el lugar. Cada paso que daba por el pasillo parecía pesado, como si su propio cuerpo se negara a sostenerlo. Dejó caer la mochila en la mesa de la entrada y se desabrochó lentamente los botones de la camisa, notando cómo el roce de la tela contra su piel le provocaba un escalofrío desagradable. Cada prenda que se quitaba parecía dejarlo más desnudo emocionalmente que físicamente, recordándole todo lo que había soportado y lo vulnerable que se sentía. Avanzó hacia el baño con movimientos lentos, casi automáticos, abrió la ducha y se dejó caer bajo ella. El agua caliente caía sobre su cabeza, sobre los hombros, y sin embargo no podía limpiar la sensación de suciedad que sentía en su interior. Se pasó las manos por la cara, los brazos, intentando arrastrar con el agua el cansancio, la humillación y el miedo que le pesaban en el pecho, pero nada parecía suficiente. El agua caliente golpeaba su espalda y su cuerpo temblaba. Se sentó en el piso de la ducha, derrotado, los músculos relajados por completo, casi sin fuerzas para mantenerse erguido. Cada respiración le pesaba, y la sensación de control sobre su propio cuerpo había desaparecido. Se quedó allí, bajo el chorro constante, escuchando el sonido del agua golpeando la cerámica, mientras su respiración se aceleraba y su cuerpo, exhausto, temblaba de una mezcla de agotamiento y desesperanza. Por un instante, cerró los ojos y dejó que la cabeza cayera hacia atrás, esperando que el agua borrara al menos una parte de todo lo que llevaba dentro, aunque sabía que no lo haría del todo. En medio del temblor, sintió la vibración del teléfono sobre la repisa. Sus dedos, húmedos y temblorosos, alcanzaron el dispositivo. Un mensaje de Fisk lo esperaba: "Se informa que su deuda ha disminuido en un 5%. Saldo restante: $47,350. Las acciones ejecutadas durante su estadía en la isla incluyen: participación en actividades de obediencia, seguimiento estricto de instrucciones de clientes, y cooperación en retos tecnológicos supervisados. Su cumplimiento será evaluado continuamente." Peter leyó cada palabra con el corazón acelerado. Cada número, cada detalle, cada recordatorio de control lo hizo sentir aún más vulnerable, expuesto, pequeño. No había espacio para error; no había lugar donde pudiera refugiarse. La mezcla de la derrota física, la fatiga, la pastilla y la presión psicológica lo hacía sentir hackeado, incapaz de levantar cabeza. A su alrededor, el agua corría, tibia, mezclándose con sus lágrimas. Los números del saldo y las acciones ejecutadas se grababan en su mente como un recordatorio constante de que la isla, y todos los que lo vigilaban todavía tenían poder sobre él. Cada mensaje era una cadena invisible, y cada notificación que llegaba de sus videos y seguidores añadía otra capa de peso sobre su ya quebrado cuerpo. Peter dejó caer la cabeza contra la pared, cerró los ojos y se rindió por completo. Su cuerpo estaba vencido, su mente abrumada, y por primera vez en días, no intentó fingir control. La derrota era absoluta, y la sensación de que alguien siempre lo observaba, evaluaba y manipulaba lo acompañaría incluso después de que el agua dejara de caer sobre él.________________
Matt trabajaba en silencio en su despacho de su departamento, con los informes preliminares abiertos frente a él. El teclado sonaba lento, metódico. Había pasado horas conectando datos, ajustando hipótesis, clasificando patrones que todavía no terminaban de encajar. Afuera, la ciudad ya estaba oscura; él apenas lo notaba, pero sentía el cambio de temperatura, el ritmo distinto en la calle. Suspiró. La presión que llevaba acumulada le pesaba entre las cejas. Si seguía así iba a romperse antes de avanzar, pensó… aunque nunca lo admitiría en voz alta. Decidió salir un momento de su despacho y dirigirse a la comisaría para revisar los avances del caso. Al llegar, la recepción estaba silenciosa, iluminada por la luz fría de los fluorescentes. Se acercó al mostrador y pidió hablar con los investigadores asignados. T’Challa Udaku, sentado detrás de un escritorio, levantó la vista y asintió con calma: —Murdock, hemos recibido algunos nuevos informes. Nada concluyente aún, pero creemos que la información que compartiste nos ayudará a conectar los puntos. Sam, que revisaba unos documentos junto a él, añadió con una sonrisa tranquila: —Te mantendremos al tanto de cualquier novedad, Matt. Sabemos que cada detalle cuenta. Bucky, apoyado en el marco de la puerta, dijo simplemente: —Si necesitas algo más, avísanos. Estamos trabajando en esto. Matt asintió, agradeciendo la claridad y eficiencia de los tres. Solo intercambiaron esas pocas palabras, pero bastaron para recordarle que no estaba solo en la investigación. Tomó nota mental de los avances y regresó a su despacho, con la sensación de que cada pieza del caso seguía moviéndose, aunque él aún tuviera mucho por resolver. Se enterró en una montaña de papeles qué leer e intentar encontrar alguna pista de cómo avanzar. El sonido de la calle le Indicó que ya era tarde cuando sintió unos pasos acercarse por el corredor —¿Sigues despierto? —preguntó una voz suave en el marco de la puerta. Foggy estaba apoyado allí, con una taza de café entre las manos y expresión preocupada. —Estoy terminando algo —respondió Matt, sin mucho ánimo. Foggy caminó hacia él. Sus pasos tenían un ritmo familiar, tranquilo, como si fuesen un recordatorio constante de que había alguien más a su lado, incluso cuando Matt se encerraba demasiado en su cabeza. —"Terminando algo". —Foggy dejó la taza frente a él, junto a los papeles—. Dices eso cada noche cuando estás a dos centímetros de colapsar. Matt dejó escapar una sonrisa cansada. —No seas tan dramático. Foggy se inclinó un poco y, sin pedir permiso, se sentó en las piernas de Matt, acarició la mejilla con el dorso de los dedos. Un toque breve, íntimo, que lo anclaba a tierra cada vez. —Eres abogado, Matt, pero también eres humano. Y no quiero que lo olvides —dijo Foggy, con un tono que mezclaba afecto y reproche cariñoso. Matt cerró los ojos un segundo. El contacto lo calmaba más de lo que él mismo esperaba. —Solo… quiero estar un paso adelante. Esta vez no quiero fallar. —Lo sé. —Foggy apoyó su frente contra la de él—. Pero no vas a salvar a nadie si te destruyes en el proceso. El silencio se volvió cómodo. La respiración tranquila de Foggy llenaba el espacio donde antes solo había ansiedad. —Ven. —Foggy le tomó la mano, entrelazando los dedos—. Termina mañana. Quiero que vengas a la cama conmigo. Quiero que descanses. Matt sonrió, derrotado por la simple verdad del gesto. —Está bien —murmuró. Foggy apagó la lámpara del escritorio, dejó que el cuarto quedara en penumbras, y se lo llevó de la mano fuera del despacho, como si lo guiara lejos de un abismo invisible. Matt soltó un último pensamiento antes de dejar atrás los papeles: “Todavía hay luz. Todavía hay algo por lo que vale la pena pelear.” Y cerró la puerta.