ID de la obra: 1621

La Isla

Slash
NC-17
En progreso
2
Fandom:
Tamaño:
planificada Midi, escritos 110 páginas, 45.192 palabras, 5 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
Compartir:
2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección Descargar

El Testigo

Ajustes de texto
Matt se sentó frente a su escritorio, inclinado sobre el teclado braille mientras sus dedos se movían con una precisión casi automática. La oficina estaba en silencio, apenas interrumpida por el murmullo lejano de la ciudad. En la pantalla, los registros de La Isla se desplegaban como un entramado oscuro que parecía esconder más de lo que mostraba. En la llamada grupal, las voces de Karen y Foggy llenaban el espacio. —Matt, revisé los registros de La Isla —decía Karen—. Surgían múltiples referencias a contactos financieros conectados con figuras poderosas en Nueva York. Uno de los nombres que aparecía repetidamente era… Weasley. La mano derecha de Fisk. Aunque su nombre no figuraba formalmente en ningún documento oficial. Matt frunció el ceño, enfocando toda su atención en la vibración de la voz. —Eso no necesariamente lo vinculaba directamente —respondió—. Pero sí indica conexiones importantes. necesitamos ver la red completa. —Exacto —intervino Foggy—, pero definitivamente está cerca de quienes sí podían estar involucrados. Matt asintió lentamente mientras desplazaba información con la punta de los dedos. —Karen, prioriza patrones no obvios —pidió—. Le pediré a Frank que busque movimientos recientes de empresas vinculadas. Foggy, registra cualquier conexión legal que pueda servir más adelante. Foggy sonreía desde la videollamada, aunque en su voz había un cansancio cálido. —Tranquilo, Matt. Vamos a armar este rompecabezas. Todo tiene su lógica. Matt respiraba hondo. Los hilos empezaban a unirse; La Isla dejaba rastros, aunque intentara ocultarlos. Entonces Karen guardó un silencio extraño. Uno que Matt detectó de inmediato. —Karen —dijo él con suavidad—. ¿Qué pasó? —Matt… —la voz de ella bajó un tono—. Hay algo más. Algo urgente. Foggy enderezó la postura. Frank apagó un cigarrillo para concentrarse. El aire cambió. —Acaba de confirmarse —continuó Karen—… Vanessa Fisk murió hace una hora. Oficialmente por una complicación cardíaca. Pero los reportes que recibí no coinciden. Todo esta demasiado rápido. Demasiado limpio. Matt dejó de mover las manos. Foggy se recargó contra el respaldo, aturdido. —¿Vanessa? —susurró—. ¿La esposa de Fisk? —Sí —respondió Karen—. Y Matt… creo que no fue natural. Un silencio pesado cayó sobre todos. Matt sentía la tensión en cada fibra del aire, como si la verdad vibrara en la habitación. ­ Foggy soltó un bufido oscuro. —Esto va a despertar a un monstruo. Matt asintió. Lo sabía. Lo sentía. Fisk no sería el mismo. Y el caso de La Isla acababa de volverse mucho más peligroso. Foggy murmuró, casi con miedo: —Si Fisk se entera de que estamos investigando esto… —Ya lo sabe —dijo Matt en voz baja—. O lo sabrá pronto. Karen juntó varios documentos en la pantalla. —Matt, su nombre aparece en los registros cruzados. No hay evidencia directa, pero… algo estaba pasando entre Vanessa y la gente detrás de La Isla antes de su muerte. Quizá ella sabía demasiado. Matt apoyó los dedos sobre la mesa, respirando lento. Foggy estiró el brazo como si quisiera tocarlo a través de la pantalla. —Estamos contigo, Matt —dijo Foggy—. No importa lo que pase. Matt abrió la boca para responderle, pero otra presencia llenó el umbral de la puerta. Era Frank. Había escuchado suficiente para entender que la noche acababa de oscurecerse aún más. Matt apagó la llamada. Foggy se despidió preocupado, Karen con tensión en la voz. Quedaron solos. Frank cerró la puerta detrás de él, se acercó despacio y habló con una serenidad que contrastaba con la tormenta recién desatada. —¿Estás bien? Matt negó con la cabeza. —Vanessa murió. Y esto… esto cambia todo lo que estábamos siguiendo. Frank se acercó un poco más. —Ven —murmuró. Matt dio un paso, y otro, hasta que su frente descansó en el hombro de Frank. Él lo abrazó por la espalda, sosteniéndolo con firmeza. —Me duele mentirle a Foggy —susurró Matt, con la voz partida. Frank apoyó la mejilla contra su cabello. —Es lo mejor por ahora. Ese dolor no es suyo. Matt levantó el rostro y lo buscó sin pensarlo. No había desesperación, ni un impulso romántico. Solo dos almas cansadas buscándose un respiro. El beso que compartieron fue lento, suave, íntimo. Apenas un instante robado en medio de la oscuridad. Nada más. Cuando se separaron, Frank deslizó su mano por la nuca de Matt. —No estás solo —dijo. Matt respiró hondo… y volvió a la mesa. Porque ahora, más que nunca, la Isla tenía que caer. Y Fisk también. Matt revisaba documentos dispersos sobre su escritorio, el murmullo distante de la ciudad llegaba apenas como un eco que no lograba distraerlo. El ambiente de la oficina se sentía denso, como si el aire cargara con la misma tensión que pesaba sobre sus hombros desde que el caso había comenzado. Su bastón descansaba contra un archivador, y las yemas de sus dedos recorrían líneas en braille sobre un informe reciente, buscando una coherencia que aún no encontraba. El golpeteo brusco en la puerta lo hizo alzar la cabeza. —Adelante —dijo con calma, percibiendo el ritmo irregular de los pasos que se acercaban. La puerta se abrió de golpe y una respiración agitada llenó la oficina. La voz temblorosa rompió el silencio: —Fiscal Murdock… necesito… necesito protección. Matt no reconoció al instante al visitante. El pánico en la voz y el temblor de cada palabra le indicaban urgencia, pero nada le decía el nombre. —¿Quién habla? —preguntó Matt con voz firme, estirando la mano hacia donde intuyó que podría dejar sus documentos a salvo. —Soy… soy Erik Selvig —dijo finalmente el hombre, con dificultad para controlar la respiración—. Profesor Selvig. Astrofísico. Escuche que esta investigando sobre la Isla… Yo sé cosas… cosas que no debería saber y que pueden destruirlos a todos. Ahora Matt comprendió. Selvig, conocido en artículos, conferencias y reportajes científicos que él había leído muchas veces, estaba allí mismo frente a él, pidiendo ayuda. Nunca se habían coincidido en persona, pero su voz era inconfundible en la memoria de Matt. —Profesor Selvig —respondió Matt, manteniendo la calma—. Siéntese. ¿Qué ocurrió? Selvig no lo hizo. Caminaba de un lado a otro, sus pasos marcando un ritmo irregular, su respiración entrecortada llenando la oficina. —Me vigilaban. Me usaban. Pero cometieron un error. Me dejaron ver demasiado. Y ahora… quieren silenciarme. El corazón de Selvig latía rápido, pero su miedo era auténtico, medido, nada de paranoia ficticia. —Traje documentos —añadió, sacando un sobre arrugado de dentro del abrigo—. No abrí nada. No quiero morir. Matt extendió la mano, y Selvig depositó el sobre con cuidado. —Profesor —dijo Matt con voz serena—, nadie va a hacerle daño mientras esté conmigo. Pero necesito que me diga exactamente qué está pasando. Selvig tragó saliva, temblando ligeramente, y sus ojos buscaron un punto fijo en la oficina como si necesitara anclarse a algo real. —La Isla… —comenzó con un hilo de voz—. No es solo un lugar. Es… un sistema. Observan, controlan, manipulan a todos los que llegan allí. No importa quién seas: políticos, empresarios, científicos… cualquiera puede convertirse en presa. Matt mantuvo la calma, dejando que Selvig hablara sin interrumpirlo. —Y… me usaron a mí —continuó Selvig, con la voz quebrándose—. Documentos, registros, fotografías… de un… todo lo que podía afectar mi reputación, la reputación de las personas que algún poderoso quiere a su merced. Si te niegas, desapareces; si cedes, quedas atrapado. El temblor en sus manos se intensificó, y Selvig se abrazó a sí mismo, como si eso pudiera protegerlo. —Ellos… controlan todo. Incluso tu reputación, tus movimientos, tus contactos. Y saben cómo usar eso contra ti… —tragó saliva con dificultad—. Por eso necesito protección. Porque si vuelvo a equivocarme, no quiero volver a la isla. Matt respiró hondo, sus dedos recorriendo las líneas de braille mientras procesaba cada palabra. La magnitud de la amenaza, la forma deliberada en que manipulaban a sus víctimas y la extensión del control eran mayores de lo que había imaginado. —Está bien —dijo finalmente—. Nadie le hará daño mientras yo esté aquí. Pero necesito que me des todo lo que tenga, cada documento, cada prueba. Selvig asintió lentamente, tembloroso, pero con un atisbo de alivio: había encontrado alguien que podía escucharlo y protegerlo, al menos por ahora.

Wanda Maximoff estaba en su apartamento, sentada frente a la computadora, con la espalda recta y las piernas cruzadas con una disciplina casi automática. Tenía el cabello rojo recogido de manera descuidada, mechones sueltos enmarcando un rostro de facciones finas y expresión contenida. Sus ojos claros recorrían la pantalla con una concentración que no admitía distracciones. Era una mujer acostumbrada al control: de su imagen, de su entorno, de cada gesto que ofrecía al mundo. Su figura esbelta, siempre impecablemente vestida incluso en la intimidad, reforzaba la impresión de alguien que nunca se permitía el desorden. Wanda no era impulsiva. Era metódica, calculadora, paciente. Había aprendido desde muy joven que el poder real no estaba en la exposición, sino en la administración silenciosa de la información y las relaciones. En el ámbito público, era conocida como filántropa y mecenas. Frecuentaba galas de fundaciones, subastas benéficas y conferencias sobre innovación tecnológica. Su fundación se enfocaba en educación y avances científicos; otorgaba becas, financiaba laboratorios y organizaba simposios cuidadosamente curados. Cada iniciativa estaba diseñada para consolidar una reputación impecable, casi intocable. Incluso su relación con Visión formaba parte de ese entramado: una pareja elegante, admirada, que proyectaba estabilidad, compromiso y ética. Sin embargo, Wanda también era consciente de la fragilidad de esa imagen. Sabía que todo equilibrio dependía de decisiones tomadas lejos de los reflectores. Había alterado información y resultados de proyectos tecnológicos para manipular mercados, beneficiando a ciertos inversionistas y perjudicando a otros sin dejar rastros visibles. No lo había hecho por descuido ni por ambición desmedida, sino por convencimiento. Creía saber qué resultados debían imponerse, qué avances merecían sobrevivir y cuáles podían sacrificarse. Cada modificación había sido precisa. Cada archivo intervenido, cuidadosamente camuflado. Durante años, nada había salido mal. Hasta ese correo. La notificación apareció sin dramatismo. Remitente desconocido. Asunto neutro. Wanda lo abrió con una calma estudiada, sin alterar su respiración. Sus ojos se deslizaron por el texto con rapidez, y aun así, algo se tensó en su mandíbula. El mensaje no recurría a amenazas explícitas. Enumeraba datos. Versiones preliminares de informes. Fechas exactas. Decisiones internas que jamás habían sido públicas. Al final, una sola línea cerraba el texto con una frialdad quirúrgica: *Sabemos lo que hiciste. Sabemos cuándo. Y sabemos cómo probarlo.* Wanda cerró el correo. No respondió. No mostró reacción alguna. Lo archivó. Decidió ignorarlo. Durante los días siguientes, nada estalló. No hubo titulares. No hubo acusaciones formales. Su nombre seguía intacto en los círculos que frecuentaba. Sin embargo, pequeñas grietas comenzaron a manifestarse, casi imperceptibles. Un correo interno de su fundación incluía, como adjunto anónimo, una versión alterada de un informe que ella había manipulado meses atrás. En una reunión privada, un inversor formuló una pregunta demasiado específica sobre un proyecto aún confidencial. Un blog menor, sin credibilidad aparente, citó fragmentos técnicos que solo podían provenir de documentos cerrados. No era una exposición directa. Era una advertencia. La Isla no revelaba nada por completo. Mostraba apenas lo suficiente para demostrar alcance. Para que Wanda entendiera que alguien la observaba desde hacía tiempo, que alguien tenía acceso, que alguien podía elegir cuándo y cuánto revelar. Ella mantuvo la compostura. Continuó asistiendo a eventos, reforzó su presencia pública, cuidó cada palabra. Pero en la soledad de su apartamento, revisaba su bandeja de entrada con una atención nueva, más tensa, más alerta. Cuando el segundo correo llegó, ya no lo leyó con desdén. Lo leyó con cuidado. Porque esta vez, la Isla no solo insinuaba lo que sabía. Esta vez, le indicaba exactamente qué debía hacer si quería que todo siguiera siendo solo una insinuación, adjuntando documentos que la involucraban y que ella había destruido personalmente. El correo incluía instrucciones precisas: presentarse en un hangar privado al día siguiente, a una hora determinada, y tomar un avión que la llevaría a un lugar donde pasaría todo el fin de semana. No le daban más detalles, solo la certeza de que su silencio y su reputación dependían de su obediencia. Wanda se quedó unos segundos mirando la pantalla, procesando la mezcla de miedo y curiosidad que la invadía. Su corazón latía rápido, y por un momento recordó todos los riesgos que había tomado para llegar hasta allí. Sabía que su vida pública, su fundación y su relación con Visión podían derrumbarse si no seguía las instrucciones. Wanda cerró el portátil y permaneció de pie junto a la ventana, observando la ciudad como si allí pudiera ordenar sus ideas. Cuando Visión le preguntó por el viaje, ella explicó que había surgido una reunión inesperada ligada a la fundación: un encuentro discreto con inversionistas internacionales interesados en financiar proyectos sensibles, de esos que no dejaban rastro escrito y exigían presencia personal para asegurar compromisos. Habló con serenidad, midiendo cada palabra, justificando la urgencia como una oportunidad que no podía delegar sin poner en riesgo años de trabajo y prestigio. No mencionó el origen real de la invitación ni el peso que le oprimía el pecho; se limitó a presentar el viaje como una obligación inevitable, convencida de que, al ocultar la verdad, estaba protegiendo no solo su imagen pública, sino también la estabilidad que había construido junto a él. Al día siguiente, Wanda llegó al hangar privado. El aire estaba frío y el espacio parecía más grande de lo que debería, lleno de sombras y ecos metálicos. Un avión la esperaba, silencioso y reluciente, como si supiera que su pasajera traía secretos que valían más que cualquier carga. Wanda subió a bordo, con la sensación de que ese viaje marcaría un antes y un después en su vida. Mientras el avión despegaba, observó la ciudad desaparecer bajo la niebla y sintió que entraba en un mundo donde las reglas eran diferentes, donde su pasado la seguía como una sombra y donde tendría que enfrentarse a fuerzas que no había previsto El avión aterrizó con un leve estremecimiento, como si el viento helado que rodeaba la Isla quisiera empujarlo de regreso al cielo. Wanda miró por la ventanilla y apenas distinguió el paisaje: una costa grisácea, árboles desnudos golpeados por el invierno y un sendero angosto cubierto de escarcha. El frío parecía envolverlo todo, incluso antes de que ella descendiera. Tienes razón en ambos puntos. Ajusto la escena para que sea coherente con el entorno, el clima y el nivel de la Isla, sin perder el tono ni el ritmo de la historia. Cuando puso un pie en la pista, una ráfaga helada la atravesó. El viento le golpeó el rostro y desordenó de inmediato su peinado, obligándola a sujetarse el cabello con una mano mientras el abrigo se ceñía a su cuerpo. Wanda vestía un conjunto sobrio y costoso, elegido con cuidado para no llamar la atención y, al mismo tiempo, no desentonar: un abrigo largo de lana oscura, cerrado hasta el cuello, guantes finos y zapatos elegantes pero firmes, pensados para caminar sobre superficies frías sin perder compostura. No había ostentación en su apariencia, solo una elegancia contenida, propia de alguien acostumbrada a moverse entre círculos de poder sin exponerse más de lo necesario. No había música ni recibimiento ceremonial. Solo silencio, bruma y un hombre que la esperaba a unos metros. El empleado vestía un abrigo impecable, de corte clásico, perfectamente adaptado al clima; llevaba el cabello prolijamente peinado, los guantes puestos y una postura recta, casi impersonal. Su elegancia no buscaba destacar, sino desaparecer en la función que cumplía: la de alguien entrenado para recibir a personas importantes sin mirarlas dos veces. Esa normalidad calculada, ese refinamiento sin calidez, le dejó claro a Wanda que estaba en un lugar donde el lujo no se exhibía y el control se ejercía sin necesidad de palabras. —Señora Maximoff —dijo él, inclinando la cabeza apenas—. Sígame, por favor. Wanda asintió sin hablar. El hombre caminó con paso firme, acostumbrado al clima, mientras ella avanzaba con cuidado para no resbalar sobre la fina capa de hielo. El recorrido fue breve pero desconcertante. La Isla parecía dormida, casi deshabitada. Wanda no veía visitantes, ni personal recorriendo los caminos, ni señales de actividad. El invierno había borrado el bullicio que quizás existía en otras estaciones. Solo se escuchaba el crujido de sus pasos y el viento que golpeaba las ramas secas. —No suele haber mucha gente en esta época —murmuró el empleado sin mirarla—. Es temporada baja. Ella no respondió, pero sintió que esa soledad tenía un propósito. El aislamiento no era casual. Finalmente llegaron a una cabaña apartada, situada entre pinos oscuros que parecían vigilar el entorno. A pesar de estar perdida en medio del bosque, la construcción mostraba un lujo discreto: madera pulida, ventanales amplios con vidrios térmicos y detalles modernos que contrastaban con el paisaje helado. La cabaña estaba equipada para ofrecer comodidad absoluta, pero su ubicación reforzaba la sensación de aislamiento. Se encontraba tan lejos de la mansión principal que apenas se distinguía el contorno del edificio mayor entre la neblina invernal. El empleado abrió la puerta. —Aquí pasará el fin de semana. Si necesita algo, hay un teléfono interno en la mesa. No debe salir sin autorización. Wanda sintió un ligero peso en el estómago. No era un hotel. No era una invitación. Era un confinamiento disfrazado de discreción. La cabaña era lujosa de un modo inquietante: pisos de madera pulida, una chimenea moderna de mármol negro, ventanales amplios, cortinas gruesas perfectamente planchadas, una cama amplia cubierta de mantas suaves, y una iluminación cálida que parecía diseñada para tranquilizar. Nada de eso la hacía sentir segura. Encendió la estufa de leña —más decorativa que funcional— y observó cómo la primera chispa tomaba forma. Mientras dejaba su bolso sobre la cama, se volvió hacia el empleado antes de que pudiera retirarse. —Antes de que se vaya… —murmuró, con firmeza—. Quiero saber por qué estoy aquí. ¿Qué es este lugar? ¿Qué se supone que debo hacer? Él bajó la mirada unos instantes, calibrando. —Lamento no poder ayudarla con eso, señora Maximoff. —¿No puede o no quiere? —No estoy autorizado a darle esa información —respondió con tono entrenado—. Solo debo asegurarme de que llegue y permanezca en su alojamiento. Un soplo helado entró por la puerta abierta. —¿Y quién sí está autorizado? —No puedo decirle más. Mis instrucciones terminan aquí. Se acercó entonces a la mesa de mármol junto a la ventana. Sacó un pequeño frasco blanco de su bolsillo y lo colocó con un movimiento medido, casi clínico. —Debe tomar una de estas cada noche. Es obligatorio. Lo registrarán. Wanda apretó los dientes. —No voy a tomar nada que no sé qué es. El empleado respiró hondo, como si hubiera estado esperando esa respuesta. —Le recomiendo cooperar, señora Maximoff —dijo sin dureza, pero sin margen para negociar. Wanda negó con la cabeza. —No. El silencio que siguió fue denso. Después, el empleado inclinó apenas la cabeza… una señal. La puerta se abrió de golpe. Tres hombres corpulentos entraron sin una palabra. Iban vestidos de negro, abrigos gruesos, guantes pesados. No parecían personal del lugar; parecían seguridad privada… o carceleros. —No se acerquen —advirtió Wanda, retrocediendo un paso. Dos de ellos se movieron al unísono. Ella alcanzó a levantar un brazo para defenderse, pero la sujetaron por los brazos con una fuerza firme, calculada, que evitaba lastimarla… pero no le dejaba ninguna posibilidad de escapar. —¡Suéltenme! —protestó, luchando, sintiendo la tensión recorrerle los hombros. El tercer hombre se acercó, sacando una pastilla del frasco. —Abra la boca —ordenó con voz baja. —Ni lo sueñen —soltó Wanda, intentando girar la cabeza. Los dos que la sujetaban la inmovilizaron con mayor presión. No era violencia descontrolada; era eficiencia. El tercer hombre tomó su mandíbula con firmeza. Wanda intentó cerrar los labios, pero él esperó, paciente, hasta encontrar un pequeño espacio. Con un movimiento brusco y preciso, le introdujo la pastilla. Ella trató de escupirla, pero él le tapó la boca y la nariz con una mano, forzándola a tragar. El reflejo fue inevitable. La pastilla cayó por su garganta. Cuando la soltaron, Wanda jadeó con rabia y humillación. El empleado volvió a hablar, como si todo hubiera sido parte de un protocolo estándar. —Le recomiendo no repetir esto, señora Maximoff. Nadie desea usar la fuerza. Wanda lo miró con furia, con respiración temblorosa. —Supongo que tampoco puede decirme cuándo vendrá alguien más —escupió entre dientes. —No, señora. Solo sé que debe quedarse. Eso es todo. El hombre inclinó la cabeza, los tres guardias salieron sin una palabra y la puerta se cerró. El sonido resonó en el interior lujoso y silencioso de la cabaña, amplificando la sensación de encierro. Wanda se puso de pie lentamente, la garganta ardiendo por el trago forzado, el corazón latiendo con furia y miedo. Miró la ventana empañada. No veía a nadie afuera… pero sabía que no estaba sola. Había llegado a La Isla. Y ya no tenía control sobre nada. A medida que los minutos pasaban, Wanda empezó a sentirse extraña. Al principio creyó que era el estrés, pero el calor que la recorrió no tenía nada de normal. Le subía desde el pecho hacia el cuello, como si una oleada interna estuviera rompiendo cada equilibrio de su cuerpo. El aire se volvió insoportablemente pesado. Su respiración se aceleraba sin que pudiera controlarlo. El pulso le latía con fuerza en las sienes. La piel le ardía, como si la temperatura hubiera aumentado de golpe. —¿Qué me hicieron…? —murmuró, tambaleándose un poco. Trató de mantener la compostura, pero el calor la envolvía por completo, sofocándola. Sentía que la ropa le quemaba la piel, que cada fibra la apretaba y la hacía perder la capacidad de pensar con claridad. Las manos le temblaban mientras intentaba aflojarse el abrigo, pero el impulso era más fuerte que la razón. En pocos segundos, se quitó la chaqueta, luego el suéter, luego todo lo demás. La necesidad de liberarse del calor la dominaba, casi como una orden que su cuerpo imponía. La habitación estaba helada, pero ella se sentía en llamas. Tropezó con la alfombra y cayó sobre la cama, hundiéndose entre las mantas suaves. Los músculos le temblaban, y el calor seguía creciendo sin freno, empujándola a moverse, a buscar alivio en la textura de la tela, en el colchón que parecía absorber parte de su desesperación. Se restregaba sobre las sábanas, respirando entrecortado, con una necesidad que no entendía y que no podía frenar. Cada pensamiento coherente se deshacía, sustituido por esa urgencia que se intensificaba más y más, como si la pastilla hubiera despertado algo que la sobrepasaba. La mente de Wanda se nublaba. El calor no cedía. Y ella se movía, instintiva, perdida, buscando cualquier tipo de alivio en medio del frío de la cabaña y la tormenta que ardía dentro de su cuerpo. Ni siquiera en los viajes interminables en los que Visión la dejaba sola por semanas, Wanda había sentido algo parecido. Aquellas ausencias podían producirle ansiedad, insomnio, incluso un nudo de frustración… pero nunca esto. Esto era distinto. Esto era químico, invasivo, abrasador. Mientras el calor seguía recorriéndole la piel, Wanda apenas podía ordenar un pensamiento coherente. Recordaba noches frías en su penthouse, o habitaciones de hotel en ciudades que cambiaban demasiado rápido. Recordaba la soledad que a veces la acompañaba mientras Visión viajaba por su trabajo, la tensión acumulada, la incomodidad. Pero jamás, jamás un fuego como ese, tan inmediato, tan absoluto que la obligaba a retorcerse buscando un alivio imposible. Lo que estaba sintiendo no tenía comparación con nada en su vida. No era emocional. No era psicológico. Pero era deseo. Un deseo que la sobrepasaba y que la hacía respirar como si el aire se escapara del mundo. Y en medio de la cama, desnuda, agitada, Wanda solo podía gemir desesperadamente. El calor seguía creciendo dentro de Wanda, sofocándola desde la base del estómago hasta la garganta, como si algo invisible la envolviera por completo. La piel le vibraba, hipersensible, y cada respiración era profunda, temblorosa, arrastrada por impulsos que no podía controlar. Apoyó la frente contra las sábanas frías, que parecían evaporarse apenas tocaban su piel ardiente. Se movía sin pensar, guiada por esa necesidad que nublaba su juicio, los dedos crispándose sobre la tela mientras intentaba encontrar alivio en la presión, en el contacto, en cualquier cosa que la hiciera sentir que recuperaba el control. Pero no lo hacía. Su cuerpo seguía respondiendo por encima de su voluntad. Y entonces lo sintió. Una presencia. Un cambio casi imperceptible en el aire helado de la cabaña. Wanda levantó la mirada con un sobresalto, su respiración aún entrecortada… y lo vio. Alguien estaba sentado frente a la cama. No había ruido. No había palabras. Solo la figura inmóvil, relajada, como si llevara un buen rato allí, observándola en silencio. El contraste era brutal: ella jadeante, desordenada, vulnerable… y esa persona sentada con absoluta calma, como si contemplara una escena que le pertenecía. La sombra apoyaba un codo en la rodilla y tenía la cabeza ligeramente inclinada, estudiándola. No había burla ni prisa en la mirada; había algo más oscuro, más controlado… algo que vibraba entre deseo y dominio, como quien disfruta de un espectáculo del que no piensa apartar los ojos. Wanda tragó saliva, sintiendo cómo el calor interno se mezclaba con una punzada de conciencia. Intentó cubrirse apenas con una sábana, pero sus manos temblaban, y el movimiento solo pareció aumentar la intensidad del momento. —¿Quién…? —susurró, sin fuerza, sin aire. La figura no respondió. Solo siguió observándola. Como si ya supiera exactamente quién era ella. Como si la estuviera esperando. El calor seguía subiéndole por la piel, envolviéndola como si el aire mismo la empujara hacia la cama. Wanda respiraba con dificultad, intentando aferrarse a algún resto de claridad, pero cada intento se disolvía entre pulsaciones ardientes que la dejaban sin fuerza. La presencia frente a ella permanecía inmóvil, un ancla silenciosa en medio de su caos. La figura finalmente se levantó. El movimiento fue lento, deliberado, casi elegante. Wanda lo percibió como un cambio en la atmósfera, como si la temperatura del cuarto hubiera descendido apenas cuando esa sombra se irguió. Sus pasos resonaron suavemente sobre la madera, un ritmo pausado que hizo que el corazón de Wanda latiera más rápido, sin saber si era por miedo, por vergüenza o por el impulso incontrolable que seguía recorriéndole el cuerpo. La figura se acercó al borde de la cama. Wanda, tumbada de lado, sentía cómo la vulnerabilidad se mezclaba con la necesidad de entender qué estaba pasando. Su respiración se hizo más corta cuando unas botas negras aparecieron en su línea de visión, tan cerca que casi podía sentir el olor del frío que traían del exterior. La persona no dijo una palabra. Solo la observaba. Desde arriba. Con esa calma inquietante que parecía desmenuzar cada gesto, cada espasmo involuntario, cada intento fallido de cubrirse. Wanda apretó la sábana contra su cuerpo, pero el calor seguía dominándola. La garganta se le cerraba mientras intentaba forzar una frase coherente. —¿Qué… qué quiere? —susurró, apenas audible. Silencio. La figura inclinó levemente la cabeza, como estudiando cómo reaccionaba, como memorizando la mezcla de confusión y deseo que se desbordaba en ella sin control. El calor volvió a atravesarle el abdomen, ahogándole el pensamiento durante unos segundos. Wanda cerró los ojos y apretó las sábanas, tratando de no perderse del todo en la sensación que la arrastraba. Cuando volvió a abrirlos, la figura había dado un paso más. Apenas uno. Suficiente para que Wanda sintiera su presencia como un peso sobre la piel. La sombra se quedó allí, inmóvil, paciente, como si estuviera esperando a que la tormenta interna de Wanda hiciera su trabajo. El silencio se volvió denso, casi tangible, y por un momento Wanda sintió que la habitación entera giraba lentamente a su alrededor. Fue entonces cuando algo en su mente, ahogada entre impulsos y respiración agitada, hizo clic. Un detalle. Un gesto. La forma en que la figura posaba la mano sobre su propia muñeca, un movimiento suave, cargado de una autoridad silenciosa que Wanda reconoció al instante, aunque estuviera nublada por el calor. Sus ojos se abrieron un poco más, llenándose de una mezcla de incredulidad y temor. Porque esa postura… Esa mirada contenida… Esa presencia firme, controlada, casi ceremonial… Ella la conocía. La figura inclinó apenas la cabeza, como si confirmara su sospecha sin pronunciar una palabra. Y Wanda, respirando entrecortado, sintió que un escalofrío la atravesaba incluso en medio del fuego que seguía consumiéndola. — Harkness — logro decir Agatha Harkness no era una desconocida para Wanda. En los círculos sociales donde reinaban los trajes a medida, las cenas benéficas y los mecenas que levantaban imperios con una sonrisa impecable, Agatha había sido siempre su sombra más incómoda. O su rival más peligrosa. Aunque ambas trabajaban en el mismo mundo—fundaciones, financiamiento de proyectos, manejo de información privilegiada y eventos donde la filantropía era un disfraz para juegos de poder—Agatha jugaba distinto. Mientras Wanda buscaba controlar datos y moldear narrativas detrás de una fachada delicada, Agatha prefería maniobrar desde las sombras, con una discreción tan afilada que incluso los más experimentados evitaban cruzar su camino. Ambas competían por donantes, por proyectos, por influencia. Y aunque públicamente mantenían una cordialidad impecable, en privado Wanda sabía que Agatha era la única persona que podía igualarla… y superarla. Porque Agatha no solo caminaba con más aplomo. No solo hablaba con esa seguridad glacial que hacía callar salas enteras. No solo manejaba información como si fuera una extensión natural de su mano. Agatha sabía cosas. Cosas que nadie más sabía. Información que nunca dejaba ver, pero que usaba para inclinar voluntades sin necesidad de levantar la voz. Ese era su verdadero poder: la lectura silenciosa de las debilidades ajenas. Por eso, al verla allí, en esa cabaña, observándola en silencio mientras la pastilla hacía efecto, Wanda sintió que la realidad se ordenaba con una frialdad dolorosa. No era un empleado anónimo. No era un guardia. No era un observador accidental. Era su rival. La mujer que siempre había estado un paso detrás de ella… o un paso adelante. La única que podía haber sabido tanto. La única que, por supuesto, habría disfrutado verla caer. Agatha Harkness, la mente más peligrosa del mundo filantrópico. La que siempre había querido algo de Wanda, aunque nunca hubiera dicho qué. Y ahora, por primera vez, parecía tenerla exactamente donde quería. Wanda respiraba con dificultad, su cuerpo aún enredado en ese calor frenético que la obligaba a arquearse sobre las sábanas. Cuando alzó la vista, la vio. Agatha seguía parada a su lado, el teléfono en alto. Un destello. Otro. Y otro más. El sonido de la cámara era suave, casi elegante, pero cada clic caía como un golpe en el pecho de Wanda. —No… —susurró, forzando la voz en medio del ahogo—. No tomes fotos… Agatha ladeó la cabeza, los labios curvándose apenas. —Claro que sí —respondió con calma—. Esto es para tu archivo personal, Wanda. O para el mío. A veces se confunden. El tono era cruel, pero refinado; un filo envuelto en terciopelo. Wanda, impulsada por una mezcla de vergüenza y rabia, se incorporó apenas. Con un movimiento instintivo, rápido y torpe, lanzó la mano hacia el teléfono que Agatha sostenía. Se lo arrebató—o más bien lo arrancó—con la poca coordinación que le dejaba el calor recorriéndole la piel. Y antes de que Agatha pudiera reaccionar, lo estrelló contra el suelo. El aparato se quebró en un estallido de vidrio. Agatha no se sobresaltó. Ni siquiera parpadeó. Simplemente bajó la mirada al teléfono destrozado, luego volvió a levantarla hacia Wanda. Ese silencio… ese silencio era peor que cualquier grito. Guardó las manos en los bolsillos del abrigo, la observo con una calma escalofriante y dio un paso hacia la cama. Wanda la miraba, atrapada entre la desesperación y la atracción involuntaria que le imponía el efecto de la pastilla. Sentía la piel demasiado sensible, cada respiración una caricia insoportable. Agatha caminó con la seguridad de alguien que sabía que nada podía detenerla allí dentro. Saco otro celular, se abrió el abrigo y lo dejó caer al suelo. La blusa fina salió después, revelando la fuerza de sus brazos, tensos como si contuvieran una furia antigua y al final la larga falda junto a la ropa intima. Wanda sintió un latido profundo entre el miedo y ese calor que ya no podía controlar. Su respiración se volvió errática. Agatha subió a la cama con un movimiento firme, hundiendo las rodillas en el colchón mientras la observaba desde arriba. No la tocó. No dijo nada. Solo la miró. Una mirada intensa, dominante, que parecía arrancarle el aire del pecho. Wanda se mordió el labio, incapaz de ocultar lo que el cuerpo le exigía. —¿Por qué…? —susurró, apenas consciente de sus palabras—. ¿Qué quieres de mí…? Agatha inclinó el rostro, su sombra cubriendo a Wanda como un manto. —Quiero que recuerdes —murmuró, con una calma peligrosa— que siempre estuve un paso por encima de ti. Incluso ahora. Wanda cerró los ojos, perdida en la mezcla insoportable de necesidad, humillación y deseo químico que la consumía sintiendo la suave caricia en su rostro. Y, aun dentro de esa neblina ardiente, una certeza se abrió paso: Agatha no había venido a hacerle daño físico. Había venido a reclamar poder. El tipo de poder que siempre había existido entre ellas. Solo que ahora, por primera vez, Wanda no podía se podía defender. Agatha permaneció inmóvil unos segundos, midiendo cada respiración de Wanda, cada estremecimiento de su cuerpo bajo el calor que la dominaba. Luego bajó lentamente la mano hacia la manta que cubría apenas a Wanda y la apartó con un gesto preciso, tan controlado que no parecía tocarla, pero lo suficiente para recordarle que todo allí estaba bajo su autoridad. Wanda se tensó, consciente de su desnudez absoluta. La presión no era física, pero cada mirada de Agatha, cada inclinación leve de la cabeza, parecía empujarla a rendirse, a ceder sin que hubiera contacto directo. Su cuerpo reaccionaba antes que su mente; la sumisión se filtraba por cada fibra de su ser, amplificada por la sensación febril que recorría su piel. Agatha bajo su mano por el cuello de su rival, recorrió su pecho, poniendo especial atención a los senos, delineando un límite invisible que Wanda no debía cruzar. No habló. No necesitaba hacerlo. El simple silencio, pesado y deliberado, retumbaba en los pensamientos de Wanda como un mandato. Cada segundo que pasaba bajo esa mirada era un recordatorio de que no había manera de escapar, de que la posición de poder de Agatha era absoluta y precisa. Bajo por su vientre plano, logrando un gemido de placer que hizo sonreír. La violencia no estaba en el contacto, sino en la manipulación del espacio, del aire, del tiempo. Agatha podía desarmarla solo con la forma de inclinarse, con el peso exacto de su presencia. Y Wanda lo sentía, ahogada y ardiente, incapaz de apartar la mirada, aunque quisiera, atrapada en ese juego invisible donde cada gesto de Agatha dictaba cómo debía sentirse, cómo debía reaccionar. Finalmente, Agatha llego a su entrepierna, sus ojos fijos en los de Wanda. Sonrió cuando Wanda volcó la cara con lágrimas en los ojos al ser descubierta la humedad entre sus piernas. La calma en su postura, la deliberación en cada movimiento, eran como un látigo invisible: un control absoluto que Wanda no podía desafiar. Cada respiración, cada temblor de su cuerpo, parecía confirmarle a Agatha que el efecto era completo. Y en medio de la confusión, el ardor y la humillación, Wanda entendió algo que su mente quería negar: no había fuerza bruta aquí. Solo había inteligencia y precisión. Agatha no necesitaba violencia física. Su poder residía en cómo podía doblar la voluntad de Wanda con un gesto, una mirada, un silencio premeditado que convertía cada reacción involuntaria en evidencia de su dominio. Wanda cerró los ojos, temblando, sabiendo que nunca había experimentado algo así: una sumisión nacida de la mente y del cuerpo al mismo tiempo, dirigida por alguien que siempre había sabido exactamente cómo hacerla sentir así. Wanda respiró hondo, intentando recuperar algo de claridad entre el calor que aún la consumía. Por un instante, cerró los ojos y sintió cómo el efecto de la pastilla comenzaba a ceder, como si un hilo invisible se aflojara y le devolviera control sobre su cuerpo. El ardor seguía, pero su mente volvió a tomar las riendas, y con él, una chispa de furia se encendió en su interior. —¡Basta! —gritó, empujando las sábanas con fuerza. Su voz retumbó en la cabaña, quebrando el silencio que Agatha había impuesto con tanta precisión. Agatha no reaccionó de inmediato, como si esperara ese desafío. Pero Wanda no se detuvo. Concentró cada fibra de su ser en recuperar espacio, en mover sus músculos, en imponerse sobre la presión invisible que la había tenido atrapada. Cada empujón, cada giro, cada respiración era un acto deliberado de resistencia. Con un esfuerzo brutal, se incorporó y empujó con ambas manos a Agatha, lo suficiente para crear un pequeño resquicio hacia la puerta. Sus piernas temblaban, pero la determinación era más fuerte que cualquier debilidad que la pastilla le hubiera impuesto. —¡No voy a quedarme aquí! —susurró entre jadeos, cargada de adrenalina. Agatha permaneció allí, serena, observándola, pero Wanda ya no se intimidaba. Cada paso que daba hacia la salida era una afirmación de que su voluntad era suya. Recogió el abrigo que había dejado tirado, se envolvió en él y abrió la puerta con un golpe decidido. Wanda avanzó tambaleándose fuera de la cabaña, aspirando el aire helado como si fuera la única medicina capaz de sostenerla. El suelo crujía bajo sus pies y la neblina espesa borraba cualquier punto de referencia. Necesitaba gente, voces, luces, algo que la alejara de ese encierro. Caminó apenas unos metros, respirando con dificultad, intentando orientarse entre los árboles ennegrecidos por el invierno. —Vamos… sigue… —se murmuró a sí misma, empujando el cuerpo a obedecer. Pero antes de que pudiera avanzar más, sintió un tirón brutal en el cuero cabelludo que la arrancó del momento. Un grito se escapó de su garganta cuando cayó de rodillas sobre la nieve helada. —¿Creíste que ibas a llegar muy lejos? —susurró una voz detrás de ella. Wanda forcejeó de inmediato, girando el cuerpo, arañando, empujando, pateando con toda la fuerza que le quedaba. El tirón de su cabello la obligó a inclinar la cabeza, pero ella siguió luchando, impulsada por una mezcla feroz de furia y desesperación. —¡Suéltame! —jadeó, logrando golpear un brazo ajeno. Otro tirón la hizo perder el equilibrio, pero se sostuvo, intentando ponerse de pie. Durante unos segundos, pareció que podía romper el agarre, que podía escapar otra vez. Respiró hondo, sintiendo un destello de claridad regresar… un breve instante donde su voluntad dominó su cuerpo. Pero entonces, sin aviso, el calor regresó. Primero como un latido profundo en el pecho. Luego, como una oleada ascendiendo por su piel. Después, una necesidad abrasadora que quebró su resistencia. —No… no ahora… —susurró, aferrándose a la nieve con los dedos, tratando de anclar su mente. Pero sus músculos se aflojaron. Su respiración se volvió irregular. Su fuerza se dispersó, traicionándola. El tirón de su cabello se aflojó, no por misericordia, sino porque ya no era necesaria la fuerza bruta. Wanda se giró con dificultad, intentando levantarse, pero el calor la dobló desde dentro. Su cuerpo tembló y un gemido entrecortado escapó de sus labios, no de dolor, sino del efecto químico que volvía a dominarla. Una sombra se inclinó sobre ella. Agatha. Apenas distinguible entre la neblina, pero sus ojos brillaban con una calma fría, satisfecha. —Te lo dije, Wanda —murmuró, sin necesidad de elevar la voz arrancándole el abrigo y tirándolo lejos—. Yo marco el ritmo. Tú solo sigues. Wanda apretó los dientes, odiando esa frase, odiándose por no poder luchar contra lo que sentía. La neblina giró a su alrededor. El calor la envolvió como un abrazo indeseado. Y mientras Agatha la levantaba del suelo con firmeza calculada, Wanda sintió la voluntad resbalársele entre los dedos una vez más. La isla, el invierno, el bosque… todo se desdibujaba. Solo quedaban dos cosas: el control implacable de Agatha y el cuerpo traicionero de Wanda, cediendo otra vez. Agatha la tomó del brazo con un agarre firme, casi elegante, pero imposible de resistir. La levantó sin esfuerzo, y Wanda apenas pudo sostenerse sobre las piernas, todavía temblorosas. La nieve helada mordía su piel desnuda, intensificando cada estremecimiento, cada respiro acelerado. Sentía el frío como agujas, y a la vez, el calor químico la envolvía desde dentro, creando un contraste insoportable que solo aumentaba su desorientación. Agatha comenzó a caminar, llevándola de regreso a la cabaña como si arrastrara a alguien que le pertenecía desde siempre. No necesitó aumentar la fuerza. Wanda no podía seguirle el ritmo ni escapar: su cuerpo estaba demasiado expuesto, demasiado vulnerable, demasiado caliente en medio de ese clima brutal. —Vas a caminar —dijo Agatha, sin mirar atrás—. No te caigas. No quiero cargar con todo tu peso. Wanda apretó los dientes, humillada por la forma en que su cuerpo respondía a cada palabra. La brisa helada se colaba por su piel desnuda, haciéndola temblar, obligándola a sentirse aún más indefensa. —Por favor… —alcanzó a murmurar—. Déjame… pensar… solo un segundo… Agatha soltó una breve risa, suave, casi indulgente. —No vas a pensar en nada hoy, Wanda. Solo vas a sentir La guiaba a través del bosque como si ya conociera cada árbol, cada sombra. Wanda reconoció el camino hacia la cabaña cuando la silueta de las luces cálidas apareció entre la neblina. —Desde que pusiste un pie en esta isla —continuó Agatha, sin levantar la voz—, tu agenda dejó de pertenecerte. Tus decisiones dejaron de ser tuyas. Tus prioridades quedaron… suspendidas. Wanda tragó saliva, sintiendo cómo el frío y la vergüenza la hacían encorvarse un poco más. Estar sin ropa solo intensificaba el dominio de Agatha; era imposible ocultar nada, ni su vulnerabilidad, ni la forma en que el calor inducido seguía atravesándola. —Yo voy a decidirlo todo por ti hoy —añadió Agatha, deteniéndose justo antes de la puerta—. Cada paso, cada minuto, cada respiración que necesites para no colapsar. Wanda alzó la mirada, sus ojos vidriosos por la mezcla cruel de frío y ese calor interno que quemaba sin permiso. —¿Por qué… haces esto…? —susurró, temblorosa. Agatha inclinó la cabeza, estudiándola como quien observa una pieza preciosa recién encontrada. —Porque puedo —respondió, sin rencor, sin prisa acariciándole un seno—. Y porque quiero. Wanda… sabes perfectamente que no estás en posición de negarme nada. Wanda sintió un estremecimiento recorrerle la espalda desnuda, uno que no provenía del frío. Su mente peleaba contra la sensación agobiante de ser controlada, pero su cuerpo… su cuerpo ardía, traicionero, obligándola a seguir, a temblar, a respirar como si cada bocanada de aire dependiera de la voz de Agatha. Agatha abrió la puerta de la cabaña sin soltarla. —Entra —ordenó, suave pero implacable—. A partir de este momento, cada aspecto de tu cuerpo… me pertenece. Wanda avanzó, obligada por el agarre en su brazo, por el frío, por el calor, por su propia mente que ya no encontraba salida. Y mientras cruzaba el umbral, entendió que lo peor no era estar desnuda frente al invierno. Lo peor era estar desnuda frente a Agatha. —No te resistas —parada detrás suyo murmuró Agatha, casi en su oído—. Ya te dije que hoy decido por ti. Wanda tragó saliva, sintiendo el ardor regresar, ese calor implacable que la debilitaba. Cada tirón la obligaba a avanzar, y, aunque peleaba, aunque su mente gritaba que se liberara, el cuerpo no respondía con la misma fuerza. Al llegar a la cama, Agatha la empujó con un gesto seco, no violento, pero sí contundente, lo suficiente para recordarle que no tenía control. Wanda cayó sobre las sábanas frías, incorporándose con dificultad. Agatha, mientras tanto, se desabrochó el abrigo con movimientos lentos, casi ceremoniales. Lo dejó caer al suelo y, sin apartar la mirada de Wanda, tomó un cinturón oscuro que había dejado sobre una silla. Wanda sintió un vuelco en el estómago. ¡Se estaba colocando un cinturón unido a un miembro masculino de silicona! ¡Tenía que salir de allí a como diera lugar! Agatha lo sostuvo entre las manos, midiendo su peso, acomodándolo en su cintura como si fuera parte de su cuerpo. Autoritario. Ineludible. Agatha lo ajustó con un clic firme que resonó en la cabaña. —¿Ves esto? —dijo con voz baja, casi amable—. No es para castigarte… es para recordarte quién tiene el control. Es para que disfrutes realmente de estar en la cama de alguien Wanda se incorporó un poco, respirando con dificultad. La mente trataba de entender, pero el cuerpo ardía, se tensaba, reaccionaba con una mezcla insoportable de miedo y necesidad. No sabía si retroceder o acercarse. Agatha se subió a la cama con la misma calma con la que alguien ocupa un trono. La sombra que proyectaba parecía envolverlo todo. —por favor, no… —susurró, inclinándose apenas— Agatha por favor… Agatha sonreía. No era una sonrisa dulce. Era la sonrisa de quien ya ganó. —Hoy —añadió, rozando la hebilla del cinturón con los dedos— tú vas a aprender quien tiene el verdadero poder. Wanda con el horror dibujado en el rostro. Entendió que el cinturón no era un arma. Era un mensaje. Una declaración de dominio. Y ese entendimiento, mezclado con el calor que la consumía, la dejó sin aliento. —Agatha… —susurró, más como un ruego que como una protesta. Agatha se inclinó lo suficiente para que su sombra cubriera completamente a Wanda. —Buena chica. Empecemos —dijo con suavidad peligrosa Agatha avanzó sobre la cama con una lentitud que parecía calculada al milímetro, acercándose a Wanda como si la estuviera estudiando, como si cada respiración, cada temblor, fuera una pieza que debía encajar en su dominio. La hebilla del cinturón brillaba bajo la luz tenue de la lámpara, un recordatorio constante de quién tenía el control. Wanda intentaba recuperar aire, pero el calor la consumía desde dentro. El cuerpo la traicionaba, arqueándose apenas hacia ella, buscando contacto, buscando alivio, aunque la mente gritaba que no debía hacerlo. Agatha se acomodó a un lado, sentándose con la espalda recta, dueña absoluta del espacio. Su silencio pesaba más que cualquier palabra. —Mírame —ordenó con calma. Wanda levantó la vista, temblando. Los ojos de Agatha parecían leerlo todo: el miedo, la resistencia, y ese deseo químico que se enredaba como una cuerda alrededor del cuello de Wanda, apretando apenas cuando ella trataba de pensar con claridad. Agatha deslizó una mano por el borde del cinturón, como si marcara un ritmo invisible. —Así está mejor —susurró—. Te dije que hoy yo decidía… y lo estás entendiendo al fin. Wanda apretó los labios, sin saber si quería retroceder o rendirse. Cada músculo parecía responder a dos órdenes opuestas. El aire frío de la cabaña rozaba su piel desnuda y la hacía estremecerse más. Agatha lo notó. —¿Sientes frío? —preguntó, aunque no había compasión en su voz. Wanda asintió casi sin querer. Agatha inclinó la cabeza, acercándose apenas unos centímetros más. —Perfecto —murmuró—. Yo te hare entrar en calor. Le tomó la barbilla con dos dedos, con una firmeza que no dolía pero que no permitía escape. Wanda inhaló bruscamente, sintiendo cómo la presa la obligaba a mantener la mirada. —Quiero que entiendas algo —dijo Agatha—. No te estoy castigando. No vine a hacerte daño. Vine a recordarte tu lugar. El que siempre intentaste negar. Wanda tragó saliva, sintiendo el pulso desbocado. —¿Mi lugar…? —susurró. Agatha sonrió despacio, una sonrisa pequeña, pero tan segura que resultaba devastadora. —Abajo mío. Obediente. Sumisa. Wanda sintió un latigazo de vergüenza y deseo mezclados que la hizo cerrar los ojos un instante. Agatha acercó los labios a su oído, sin tocarla. —Y lo que te está pasando ahora… —dijo, con esa voz suave que desarmaba— no es debilidad. Es química. Y la química siempre se doblegaba ante mí. Igual que tú— y lamio su cuello y mejilla. El cuerpo de Wanda reaccionó al instante, un estremecimiento que la recorrió por completo. Intentó apartarse, pero Agatha la sujetó de la muñeca y la mantuvo en su sitio. No era una fuerza brutal; era una fuerza precisa, entrenada, que le decía sin palabras que luchar era inútil. —Yo controlo todo —añadió Agatha, bajando la voz—. Tu pulso, tu respiración… incluso esto que te está quemando por dentro. Wanda gimió suavemente, abrumada, incapaz de ocultar la mezcla explosiva que la dominaba. Agatha la empujó suavemente hacia atrás, haciéndola recostarse por completo sobre las sábanas. —Y ahora —murmuró, tocando la hebilla del cinturón como si invocara autoridad—, vas a hacer exactamente lo que te diga. Wanda abrió los ojos, jadeando, atrapada entre la resistencia y el deseo químico. Agatha la contempló desde arriba, imponente, dueña absoluta del momento. —Porque hoy —concluyó— soy tu dueña. Y Wanda entendió que no había escapatoria. No de Agatha. No de su propio cuerpo. No de lo que estaba a punto de suceder. —Hoy decidí algo, Wanda —murmuró mientras la empujaba hacia adelante—. Y lo vas a aceptar. Porque este día es mío. Y tú también. Wanda apretó los dientes, tratando de ignorar el tirón interno que la sacudía cada vez que Agatha hablaba con esa voz baja, casi tranquila. —Tú… no puedes decidir todo —intentó responder Wanda con un hilo de fuerza que apenas se sostenía. —Puedo. Y lo haré —susurró—. Voy a decidir dónde duermes, qué haces, qué piensas que puedes desafiarme… y qué parte de ti va a obedecer primero. El estómago de Wanda se contrajo. La mezcla de rabia y necesidad la quemaba desde dentro. —Tú no… —intentó protestar. La voz se le quebró. Agatha sonrió apenas, satisfecha con ese quiebre. —Ese cinturón que ves —rozó el cuero con la punta de los dedos, su voz descendiendo a un tono que vibraba en el aire— es para recordarte algo muy simple: no necesito ser nadie más para dominarte. No necesito fuerza… ni trucos. Solo necesito que tú sientas lo que sientes. Y lo sientes. Wanda cerró los ojos un segundo. La piel desnuda ardía; el pecho subía y bajaba de forma irregular. La vergüenza se mezclaba con una tensión insoportable que no lograba controlar. Agatha lamio su cuello bajando hasta sus despiertos y sensibles pechos. —Esta noche —continuó con una seguridad que no admitía discusión— voy a decidir cada aspecto de tu mundo. Y tú no vas a escapar más. Porque aunque pelees, aunque grites… tu cuerpo ya eligió por ti. Wanda arqueó el cuerpo, buscando distancia, luchando con todas sus fuerzas, pero la presión era exacta, dominadora, suficiente para inmovilizarla sin lastimarla físicamente. El cuerpo de Wanda temblaba bajo la fuerza contenida de Ágata, incapaz de reaccionar con eficacia, mientras el calor interno que la consumía volvía a subir, envolviéndola en una mezcla de tensión y desorientación. Ágata se quedó quieta unos segundos sobre ella, observando cómo cada respiración de Wanda se agitaba. No decía nada. Su silencio era pesado, absoluto, una presencia que dominaba todo el espacio, haciendo que Wanda sintiera cada segundo de vulnerabilidad y entrega forzada. —Recuerda —susurró Ágata finalmente, como si su voz fuera un látigo invisible—, hoy cada aspecto de tu mundo me pertenece. Y no hay nada que puedas hacer para cambiarlo. Wanda cerró los ojos, el pecho subiendo y bajando con fuerza, sintiendo cómo cada fibra de su cuerpo reaccionaba a las manos que la recorrían sin ningún pudor, sintiendo como se colaban en lugares que solo le pertenecían a ella y a… Visión. ¡estaba traicionando al hombre que amaba! ¡con el que había soñado formar una familia! La desnudez la hacía aún más consciente de su exposición, y el frío del invierno contra su piel mezclado con el calor interno la hacía estremecerse, incapaz de encontrar refugio en su propia resistencia. Su mente se deslizó hacia Visión, su compañero, su ancla en un mundo que parecía cada vez más cruel. Lo vio evaluando inversiones, revisando proyectos, siempre meticuloso, siempre calculador, protegiéndola a su manera incluso desde la distancia. Su corazón se apretó ante la idea de que él nunca sabría la intensidad de lo que estaba ocurriendo allí. Al mismo tiempo, recordó su propia vida pública: filántropa, mecenas, organizadora de eventos sociales de élite. Cada movimiento estaba planeado, cada palabra medida, cada sonrisa evaluada. Si alguien llegara a enterarse de que estaba siendo sometida a algo así… su reputación, su fundación, todo lo que había construido con esfuerzo, podría desmoronarse en un instante. La idea la llenó de miedo, mezclada con el ardor que Ágata provocaba en ella, una mezcla insoportable de vergüenza y necesidad. —No… no pueden saberlo —susurró internamente, como una oración silenciosa—. No puede… Cada pensamiento sobre Visión y la exposición pública de su vida la mantenía en tensión, reforzando una doble consciencia: por un lado, la presión física y emocional de Ágata; por otro, la obligación de sostener su imagen, de no dejar que nadie descubriera su vulnerabilidad. Su cuerpo reaccionaba de manera contradictoria, deseando liberarse pero al mismo tiempo temiendo lo que esa liberación podría revelar. Ágata, imperturbable, lo percibió todo, como si la mente de Wanda fuera un libro abierto. La sonrisa de la mujer se ensanchó ligeramente, satisfecha de ver cómo cada pensamiento de resistencia y cada recuerdo de control público se transformaban en una nueva capa de dependencia, en un reflejo de la dominación que ejercía sobre ella. Deslizo su mundo entre ambos cuerpos y alineo el arnés que llevaba puesto con la entrepierna de Wanda, quien se retorcía de placer no deseado, luchando por no entregarse al fuego abrazador que la consumía. Pero era una misión casi imposible. Parecía que su cuerpo le había dado todas las claves a las manos de Harkness para que la llevase a lugar que ni el propio Visión la llevaba en la intimidad —Tu mundo está en mis manos —susurró Ágata con calma peligrosa—. Y ahora sabes que cada decisión que tomes, cada pensamiento que tengas, incluso los que crees más privados, me pertenecen. Wanda se quedó quieta un instante, el corazón latiéndole con fuerza, atrapada entre el temor a la exposición, antes que sus sensaciones estallaran en mil colores tras sus ojos cerrados y su grito de placer.

_______________________

La mañana avanzaba gris sobre la Isla cuando Matt revisaba por tercera vez los archivos que había logrado reunir. Foggy lo observaba desde el sofá, envuelto en una manta porque la calefacción de la pequeña oficina improvisada nunca funcionaba bien durante el invierno. —Esto no encaja —murmuraba Matt mientras deslizaba los dedos sobre los documentos—. Hay demasiadas personas importantes aquí al mismo tiempo. Y demasiados secretos corriendo bajo la superficie. Foggy se acercó, apoyando una taza humeante junto a él. —¿Quieres decir… que todo esto estaba planeado? ¿Que los invitaron a propósito? Matt asintió lentamente. —Alguien los reunió. Y ese alguien sabía exactamente qué les tenía agarrado el cuello a cada uno. Mientras hablaban, una notificación apareció en la tablet de Foggy: la confirmación de que podrían entrevistar a dos nuevos invitados. Thor Odinson y su hermano adoptivo, Loki. Foggy arqueó las cejas. —¿El dios del trueno? Matt soltó una leve sonrisa. Era un apodo que las redes ocupaban para referirse a Odinson —Aquí todos parecen tener títulos ridículos. Pero sí, ese Thor. Según los registros, es empresario, figura pública… demasiado visible para esconder algo grande. Pero lo hace. Foggy bajó la voz. —¿Y Loki? Matt frunció el ceño. —Ahí es donde empieza lo preocupante.

_____________________

Thor caminaba por el pasillo del hotel con los hombros tensos. Su corpulencia contrastaba con la rigidez nerviosa que lo atravesaba, como si cada paso fuera una carga. Loki lo seguía con calma felina, las manos en los bolsillos, el paso ligero, casi danzante. Una sonrisa suave, demasiado suave, adornaba su rostro. —Vamos, hermano —decía Loki con un tono que parecía afectuoso pero que tenía filo—. No te pongas así. Solo es una entrevista. Thor apretó los dientes. —Dijiste que no iban a hacer preguntas personales. —Y no lo harán —respondió Loki—. Siempre y cuando tú… cooperes. Thor se detuvo. No porque quisiera, sino porque Loki lo había tomado del antebrazo, con esa presión justa, calculada, que no lastimaba, pero sí controlaba. —No lo arruines, Thor. Ya sabes lo que está en juego —murmuró—. Sería una pena que ciertas fotografías… ciertas listas… ciertos videos… salieran a la luz. ¿No crees? Thor tragó saliva. Sus manos temblaron un instante. Recordaba perfectamente lo que intentaba enterrar: La época en que estudiaba ingeniería sin un centavo. La época en que aceptaba citas “especiales” para pagar la renta, cruzando límites que no quería recordar. La época en que Loki había descubierto todo… y nunca lo había dejado ir. Loki acercó los labios a su oído. —Comportarte es lo único que te pido. ¿Puedes hacerlo… o debo recordarte cómo terminan las personas que me desafían? Thor asintió, con la mandíbula tensa. —Bien —susurró Loki con una sonrisa victoriosa—. Entonces, vamos a nuestra entrevista.

_______________________

Cuando la puerta se abrió, Foggy intentó sonreír profesionalmente. Matt, en cambio, evaluó el ambiente sin necesidad de ver: la tensión de Thor era casi física, densa, mientras que Loki irradiaba una calma peligrosa, perfectamente controlada. Foggy carraspeó. —Señor Odinson… señor Laufeyson. Gracias por venir. Loki inclinó la cabeza. —Por supuesto. Nos encanta cooperar. Thor permaneció rígido, casi inmóvil. Matt levantó el rostro hacia él. —¿Se encuentra bien, señor Odinson? Su pulso está… agitado. Thor abrió la boca para responder, pero Loki se adelantó con suavidad. —Mi hermano está cansado —dijo—. Los viajes, el clima. Ya sabe cómo es. Matt ladeó ligeramente la cabeza. Loki mentía. Lo hacía con elegancia, con un control entrenado, casi artístico… pero mentía. Foggy, siempre sensible a la dinámica interpersonal, murmuró: —Podemos empezar con algo simple. Solo preguntas generales. Thor tragó saliva y asintió. Pero Loki movió una mano, apenas un gesto, y Thor volvió a guardar silencio. Matt lo sintió. Foggy lo vio. Era claro: Thor quería hablar. Pero Loki no lo permitiría. —Entonces —dijo Loki con voz suave—. ¿Por dónde desean comenzar… caballeros? Mientras hablaban con Thor y Loki sobre asuntos financieros y vínculos con ciertos eventos de alto perfil, Loki captó inmediatamente la tensión en Thor: la forma en que se encogía, cómo evitaba responder algunas preguntas, los microgestos nerviosos. —¿Cuánto saben de la isla? —preguntó Matt—. Su hermano parece… preocupado. Thor trató de responder, pero sus palabras se trababan, su mirada se desviaba del contacto visual. Cada gesto delataba que había algo que no quería admitir. Matt y Foggy, ajenos a que Loki estaba leyendo cada reacción, continuaban con su estrategia de entrevista, enfocándose en detalles y dejando que Thor hablara lo suficiente como para delatarse solo. Loki sonrió levemente, comprendiendo sin necesidad de oír la palabra “isla”: los movimientos, la respiración entrecortada de Thor y la incomodidad que mostraba con cada pregunta eran suficientes para saber que algo importante estaba siendo ocultado, y que él podía usarlo a su favor. —Mi hermano es torpe con ciertos temas —dijo Loki, suavemente—. Pero no se preocupen, está conmigo y todo está bajo control. Thor asintió, incapaz de contradecirlo, mientras Matt y Foggy tomaban notas mentalmente, cada vez más conscientes de que la clave estaba en la dinámica entre los dos hermanos, más que en lo que decían. Cuando Matt y Foggy se retiraron, dejando la sala en silencio, a Thor se le aflojaron los hombros, como si al fin pudiera respirar. Loki cerró la puerta con un clic suave, casi elegante. —Qué desastre eres —murmuró con una sonrisa mínima, avanzando hacia él. Thor retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared. Loki no lo tocó… pero su proximidad era una mordaza. Su sombra lo cubría del mismo modo en que Agatha dominaba a Wanda: elegante, calculada, inevitable. —No fui yo quien habló de más —susurró Loki, inclinándose apenas, lo suficiente para que el aire se volviera espeso—. Fuiste tú, como siempre. Thor apretó los puños. —No dije nada, Loki. Solo… me puse nervioso. —Exacto. —Sus ojos brillaron con un filo de satisfacción—. Nervioso. Tembloroso. Culposo. ¿Y sabes qué piensan ahora esos dos? Que algo escondes. Y no se equivocan. Thor tragó saliva, tenso, sin saber a dónde mirar. Loki levantó una mano y, sin tocarlo, la dejó suspendida a centímetros de su rostro, como si acariciarlo fuese un privilegio que Thor ya no merecía. —Loki, por favor… no empieces. —Oh, ya empecé hace mucho —susurró él—. Desde la primera vez que te arrodillaste para pedirme que nadie descubriera en qué trabajabas antes. ¿Lo recuerdas? Thor cerró los ojos un segundo, avergonzado. —Necesitaba pagar mis estudios. —Y lo hiciste muy bien —respondió Loki, ladeando la cabeza—. Escort de lujo… con una lista de clientes tan interesante que aún la guardo. Fotografías. Fechas. Transacciones. Todo archivado. Thor sintió un golpe seco en el estómago que no venía de una mano: venía del miedo. —No… Loki, eso quedó atrás. —Para ti, quizá. Para mí… sigue muy útil. Loki dio un paso más, invadiendo completamente su espacio personal. Su aliento rozó la mandíbula de Thor sin llegar a tocarlo, una amenaza envuelta en intimidad. —Escúchame bien, hermano —murmuró con una suavidad venenosa—. Si vuelves a hacerme quedar como un idiota frente a alguien… si cometes un solo error más… Thor abrió los ojos, respirando rápido. —…publicaré todo. Las palabras cayeron como una sentencia. —Tus fotos. —Tus clientes. —Tus registros. —Tu vida entera. Loki sonrió, suave, peligroso, satisfecho. —Y cuando eso pase, no vas a poder caminar por Nueva York sin que la gente recuerde quién eras… y a quién pertenecías. Thor no respondió. Solo respiró, derrotado, atrapado en esa pared invisible que Loki movía a voluntad. Thor había crecido como el hijo mayor de Odin y Frigga Odinson, una familia de ascendencia nórdica con prestigio académico y social en Nueva York. Su vida parecía encaminada desde el principio: disciplina, estudios, una carrera impecable, una reputación limpia y el peso de llevar el apellido que abría puertas… y exigía perfección. Cuando Thor tenía catorce años, ocurrió algo que cambió para siempre el equilibrio de la casa. Laufey Laufeyson, el mejor amigo de Odin desde la universidad, murió junto con su esposa en un accidente automovilístico. Tenían un hijo: Loki, de ocho años. No había más familia cercana. El niño quedó huérfano en un abrir y cerrar de ojos. Frigga y Odin no lo dudaron. Adoptaron a Loki de inmediato. La llegada del pequeño no fue dramática, al menos no en apariencia. Loki era reservado, observador, silencioso. Miraba todo como si analizara una ecuación invisible, y respondía siempre con una educación impecable… demasiado impecable para un niño en duelo. Thor lo recordaba así: quieto, elegante, demasiado maduro, con una mirada que siempre parecía esconder un segundo pensamiento. Con el tiempo, Loki se integró en la familia, aunque nunca de la forma en que todos esperaban. No era cálido ni afectuoso, pero era brillante. Su inteligencia destacaba en todo, y eso generaba tanto admiración como incomodidad. Los profesores lo elogiaban, los adultos lo encontraban encantador… y Thor aprendió a tener cuidado. No porque Loki fuese cruel. Sino porque era sutil. Demasiado sutil. A los dieciséis, Thor empezó a desmoronarse en silencio. Quería estudiar, sí… pero la presión del apellido, las expectativas familiares y los costos crecientes de la carrera lo aplastaban. Su beca no cubría todo, y él se negaba a pedir ayuda a sus padres. No quería ser una carga. No quería fallar. Así fue como cayó en un círculo discreto —exclusivo, oculto, perfectamente organizado— donde los estudiantes con buena apariencia, discreción y necesidad podían trabajar como escorts de lujo. Era rápido, bien pagado y, sobre todo, confidencial. Thor aceptó. Al principio solo eran cenas privadas. Luego, acompañamientos a eventos sociales. Todo muy elegante. Todo muy controlado. Pero las cifras crecían, y sus problemas también. Había clientes poderosos, listas de nombres, fotografías, registros. Thor lo manejaba con cuidado, siempre prometiéndose que solo lo haría “hasta terminar el semestre”. Nunca sospechó que Loki lo descubriría. Un día, Loki apareció en su cuarto sosteniendo una carpeta. —Deberías ser más cuidadoso con tus contraseñas —le dijo con una sonrisa leve. Dentro estaban sus fotos, nombres de clientes, archivos, fechas, pagos. Thor sintió que el mundo se le venía abajo. Loki no gritó. No lo amenazó de inmediato. Solo lo miró con esa calma perfecta que siempre lo había caracterizado desde niño. —No voy a decírselo a Odin ni a Frigga —dijo—. Siempre y cuando entiendas que ahora tengo algo… muy interesante en mis manos. Y desde entonces, cada año, Loki encontraba la forma de recordarle ese detalle. A veces con insinuaciones. A veces con una sonrisa. A veces con un comentario aparentemente inocente frente a alguien importante. Nunca necesitaba amenazar directamente. El solo hecho de que Loki sabía, bastaba. Para cuando ambos fueron adultos, la relación ya estaba moldeada: Thor cargaba con una vergüenza secreta y un miedo constante; Loki cargaba con información y poder. Un equilibrio asimétrico. Impecable. Irrompible. Y, aunque Thor intentaba alejarse, Loki siempre encontraba la forma de volver a colocarse justo donde más le dolía. Con una palabra. Con un gesto. Con un simple “recuerdo lo que hiciste”. Thor y Loki salieron del despacho dejando atrás un silencio incómodo. El aire del pasillo tenía un peso distinto, como si algo invisible siguiera vibrando después de su partida. En ese instante, Norman apareció al final del pasillo, observando la escena con una sonrisa calculadora que nadie esperaba Matt ladeó la cabeza apenas unos milímetros, atento. Foggy lo observó también, frunciendo el ceño. —¿Lo sentiste? —murmuró Foggy. Matt asintió. —Thor estaba nervioso… demasiado. Y Loki… —su respiración se tensó— estaba controlando cada movimiento. Demasiado pulido. Demasiado atento a cómo se escuchaba todo. Foggy cruzó los brazos, inquieto. —Parecía que se iban a comer vivos ahí mismo… pero no en el sentido divertido. Thor actuaba como si Loki tuviera algo que pudiera destruirlo. Matt soltó un suspiro lento, procesando lo que había oído durante la entrevista: respiraciones aceleradas, cambios de peso, pequeños temblores en la voz de Thor, el ritmo inalterable del corazón de Loki. Había una relación ahí… una de dominio. Y no tenía nada que ver con simple tensión familiar. —No es solo un secreto —dijo Matt en voz baja—. Es algo sostenido durante años. Loki lo controla. Lo mantiene contenido. Foggy abrió los ojos un poco más, sorprendido. —¿Y eso qué tiene que ver con lo que investigamos? Matt inclinó el rostro hacia la puerta por la que habían salido. —Durante la entrevista, Thor se tensó cuando mencionamos “la organización”. No dijimos nada específico, no dimos nombres. Solo preguntamos si conocían “algún círculo cerrado donde personas influyentes pudieran estar siendo manipuladas”. —Y Loki respondió demasiado rápido —completó Foggy—. Demasiado limpio. Como si ya supiera lo que íbamos a preguntar. Matt asentía lentamente. —No quiso saber qué preguntábamos. Solo necesitaba cerrar el tema. Eso… es extraño. Y Thor… —hubo una pausa— Thor reaccionó como si temiera que dijéramos algo más. Foggy empezó a caminar de un lado a otro, pensando. —Entonces, ¿creés que Loki tiene información? ¿O que está involucrado? Matt negó despacio. —No necesariamente. Pero sabe algo. Algo que no debería saber si fuera un ciudadano común. Y Thor… —su voz se apagó un momento, como si escuchara un eco— Thor estaba conteniendo un derrumbe. Foggy se detuvo en seco. —Espera. Si Loki reaccionó así, y Thor casi se le sale el alma del cuerpo cuando mencionamos “círculos”… ¿y si no es coincidencia? ¿Y si ese “algo” se conecta con nuestras desapariciones, con los movimientos financieros raros que analizamos, con los vuelos privados? Matt dio un paso atrás, respirando hondo. —Este es el primer avance real que tenemos —dijo en voz baja—. No sabemos si están involucrados. Pero sí sabemos que saben. Foggy sonrió apenas, con esa chispa típica cuando veía una nueva pista. —Y eso significa que podemos presionarlos de otra forma. Matt apretó la mandíbula. —Sí. No de frente. Loki es demasiado hábil, Thor es demasiado vulnerable. Pero ya tenemos una dirección. Alguien muy cercano a ellos… o alguien que los usa… está conectado con lo que ocurre en las sombras. Foggy entrecerró los ojos. —¿La Isla? Matt no respondió de inmediato. Pero su silencio lo dijo todo. Era la primera vez que una conversación les abría una grieta clara hacia lo que estaban buscando.

______________________

Los días en la Isla avanzaban con un ritmo extraño, casi irreal. El tiempo parecía estirarse, disolverse, quebrarse en fragmentos que Wanda apenas lograba atar entre sí. A ratos sentía que todo pasaba demasiado rápido; a ratos, que no pasaba nada en absoluto. Cada amanecer la encontraba distinta. La cabaña se encontraba rodeada de un invierno salvaje, con copos gruesos que golpeaban los ventanales como si quisieran entrar. Durante el primer día, Wanda caminaba de un lado a otro tratando de mantener la compostura. Intentaba convencerse de que solo debía resistir unas horas, que Agatha no podía tener tanto poder sobre ella. Preparaba el desayuno en silencio, cortando frutas con manos que temblaban apenas, mientras respiraba hondo para aparentar calma. Agatha permanecía detrás de ella, casi pegada, como una sombra inevitable. Sonreía tranquila, como si todo aquello le resultara un juego delicado. Acariciaba el cabello de Wanda con movimientos suaves que parecían amables a simple vista, pero que se sentían como una cadena acariciando la piel. Le deslizaba los dedos por la nuca, por la espalda, por el brazo, marcando territorio sin decir una palabra. Wanda fingía que no pasaba nada, pero cada roce la tensaba. Durante el segundo día, la nieve ya cubría el mundo entero y la cabaña parecía estar suspendida en otro plano. No había señal, no había forma de escapar. Wanda repetía los mismos movimientos: cocinaba, ordenaba, intentaba mantener su dignidad. Pero su voz se quebraba cuando hablaba. Su respiración se agitaba en momentos en que Agatha se acercaba demasiado. Ella lo sabía; sabía que Wanda se doblaba con facilidad si tocaba… ciertas partes. Agatha se paseaba por la cocina como si fuera su dueña. A veces se colocaba detrás de Wanda mientras esta preparaba la comida y le deslizaba las manos por la cintura, guiándola como si estuviera enseñándole a cocinar. Wanda se tensaba, pero no se apartaba. Su resistencia se deshacía como el hielo bajo sus pies. —Ya ves —decía Agatha con suavidad—. No te cuesta nada seguir instrucciones. Wanda apretaba los dientes y no respondía. Pero sus ojos ya no tenían el mismo brillo. Para la noche del segundo día, Wanda evitaba la mirada de Agatha. Se sentaba encorvada, hablaba poco, obedecía rápido. Temía cada silencio demasiado largo, cada pausa donde Agatha dejaba caer una frase ambigua. Todo el tiempo Wanda creía escuchar el sonido de un teléfono encendiéndose, una fotografía mostrándose, una risa contenida. Agatha no necesitaba exhibir nada; solo insinuarlo. El tercer día amanecía con un viento que gemía contra las paredes. Wanda apenas dormía. Tenía las ojeras profundas y el pulso acelerado. Cuando Agatha entraba en la cocina, Wanda ya estaba preparando café, como si quisiera evitar cualquier motivo de disgusto. Agatha se colocaba detrás de ella, una vez más, y esta vez la acariciaba con una lentitud casi ritual. Le tomaba el cabello y lo peinaba con los dedos. Le bajaba la mano por la espalda, por los omóplatos, por la cintura. Wanda temblaba. No lloraba, pero sus ojos se nublaban. —Mírate, Wanda —murmuró Agatha, inclinándose para hablarle al oído—. Qué lejos caíste de la mujer influyente que todos admiran. Wanda cerraba los ojos. —No vas a decirle a nadie… —susurró, casi sin voz. Agatha sonreía contra su mejilla, orgullosa de la rendición. —No, querida. No voy a decir nada. Y tampoco voy a mostrar las fotos. Ni tus grabaciones. Ni tus reacciones. Siempre y cuando… —la mano le apretaba suavemente la cintura bajando por el frente, como un recordatorio— …me entregues tus eventos principales este año. Los grandes. Los que te sostienen en tu pedestal. Tú empiezas a fallar, y yo brillo. Wanda tragaba saliva. Su respiración se quebraba. —Haré lo que quieras. Agatha se apartó apenas, pero sin romper el contacto. —Sabía que llegarías sola a esta conclusión. Tres días bastaron. Qué disciplinada eres cuando estás realmente asustada. Wanda ya no discutía. Ya no negaba. Ya no temblaba por indignación, sino por sumisión completa. Su ego, el que siempre mantenía su carrera en lo más alto, se hacía añicos bajo el peso del miedo. Cuando la nieve aflojó lo suficiente para que el avión regresara por ella, Wanda apenas podía sostenerse firme. Caminaba como si la hubieran vaciado por dentro. Agatha la acompañaba hasta la puerta, sonriendo con calma satisfecha. —Vuelve a tu vida, Wanda —murmuró acariciándole los labios—. Y no olvides las nuevas reglas del juego. A partir de ahora yo soy la organizadora de eventos de la ciudad, y tú el juguete que va venir a desestresarme cada vez que yo truene los dedos — y Wanda no pudo hacer otra cosa que cerrar los ojos mientras Agatha colaba su mano por debajo de su falda y la estimulaba, aunque la pastilla no fuese necesaria, Wanda sabia que no se podía apartar — saluda de mi parte a Vision — y lanzándole un beso se alejo

_________________

Matt estaba solo en su oficina, rodeado de carpetas abiertas, papeles subrayados y el brillo tenue de la lámpara que apenas iluminaba su mesa. Los registros de la isla estaban esparcidos frente a él como un rompecabezas imposible de armar. Escuchaba cada textura, cada trazo de tinta, cada marca de presión en el papel. Todo tenía un patrón, pero no terminaba de revelarse. Había vuelos sin declarar, identidades falsas, gastos encubiertos y anotaciones que parecían triviales… hasta que juntas dibujaban algo más oscuro. Matt pasaba los dedos sobre uno de los documentos con una tensión contenida, como si pudiera extraer la verdad con la yema de los dedos. La puerta se entreabrió con un golpecito suave. —¿Puedo? —preguntó Frank. —Pasa —dijo Matt, sin levantar la mirada. Frank entró, cerró la puerta, y se acercó al escritorio con pasos tranquilos. Llevaba un abrigo todavía húmedo por la llovizna, y tenía la respiración un poco agitada, como si hubiera caminado rápido. —Te estás encerrando demasiado aquí —comentó, mirando el caos de documentos—. Hasta Foggy se dio cuenta. Y cuando Foggy se da cuenta… es porque ya pasaron horas. Matt dejó el papel y por primera vez levantó el rostro hacia él. Sus facciones estaban tensas, pero no por el caso. —Foggy cree que estoy estresado —murmuró Matt—. Y tú… ayer tú dijiste que me veo mejor que antes. Frank sonrió apenas, del modo en que solo él podía hacerlo, sin presión, sin juicio. —Porque es verdad —respondió—. Estás… más sereno. Más tú. Foggy te conoce más tiempo, si, pero yo he visto más facetas Matt se quedó quieto unos segundos, como si esas palabras tocaran algo que intentaba esconder bajo varios nudos internos. —Frank… —su voz tembló apenas—. Me duele mentirle. Frank dio un paso más y se acercó al costado del escritorio. Matt se levantó despacio, como movido por un hilo invisible. Cuando estuvo frente a él, Frank alzó el brazo y, con total naturalidad, apoyó la mano en su espalda para acercarlo. Matt se dejó caer contra su hombro, respirando hondo, como si al fin pudiera soltar parte de esa carga. —Foggy no merece este peso —susurró Frank, con la voz más quebrada que cansada. Frank lo abrazó con suavidad, sin expectativas ni exigencias. —Por eso no se lo digo —respondió con un tono sereno, seguro, casi fraternal—. Porque es lo mejor. Algunos dolores no son para compartir con quien uno ama. No todavía. Matt cerró los ojos, apoyando la frente en el cuello de Frank. No había amor ahí, ni complicidad prohibida. Solo dos personas heridas sosteniéndose mutuamente en la oscuridad. Frank deslizó una mano por la nuca de Matt, calmándolo. —No estás solo, Matt —murmuró—. Nunca te dejo solo. Matt levantó el rostro apenas. No había dudas. No había culpa. Solo un silencio cálido que los envolvía. Y en ese silencio, sin prisa ni intensidad, se buscaron los labios. No fue un beso profundo, ni desesperado. Fue un roce lento, íntimo, casi triste. Dos bocas que se encontraban no por pasión, sino por compañía. Por necesidad. Por ese tipo de consuelo que no pide nada a cambio. Cuando se separaron, Frank apoyó suavemente su frente contra la de Matt. —Es solo esto —dijo en un susurro—. Y está bien. Matt asintió, con la respiración un poco agitada, pero más tranquilo que antes. Se quedó un momento más abrazado a Frank, hundido en ese instante que no era amor, ni traición, sino un refugio temporal. Luego Frank salió y Matt volvió a los papeles. Volvió a su misión. Pero no volvió solo.

__________________

Wanda permanecía de pie en la pista, con el abrigo cerrado hasta el cuello y las manos apretadas alrededor de su bolso. El viento helado levantaba la nieve acumulada, golpeándole las mejillas mientras el motor del avión que debía llevarla de regreso ya estaba encendido. Su respiración temblaba, pero mantenía la vista fija al frente, obligándose a no mirar atrás, obligándose a parecer entera. Cuando estaba a punto de subir la escalerilla, otro avión descendió sobre la pista con un rugido grave que agitó el aire a su alrededor. Wanda se quedó inmóvil, sintiendo cómo algo en su pecho se apretaba. Algo la obligaba a ver quién venía en ese vuelo. Sintió el miedo recorrerle el cuerpo desde el primer instante en que vio el fuselaje pintado con esos colores característicos. El avión se detuvo a pocos metros. La compuerta se abrió y Vision descendió primero. Él caminaba con ese porte sereno y elegante que siempre lo distinguía en público, el abrigo largo moviéndose con el viento y la postura recta, imponente, propia de alguien que cuidaba cada gesto ante los demás. Detrás de él bajó un hombre corpulento, de mirada dura y presencia peligrosa, que lo rodeó con un brazo por la cintura en un gesto claramente posesivo, como si marcara la propiedad frente a quien pudiera observarlos. Wanda sintió que el corazón le daba un vuelco. Vision levantó la vista. Aun a la distancia, aun con ruido, viento y nieve entre los dos, sus miradas se encontraron. Él se quedó quieto, con los labios apretados, como si algo dentro de él se fracturara al verla. Wanda sintió que la garganta se le cerraba; su respiración se hizo corta, irregular. Vision parecía querer avanzar, como si un impulso lo llamara hacia ella… pero el brazo que lo sujetaba lo retuvo sin palabras. Ella no podía escuchar nada, pero sí veía el leve tironeo en su abrigo, ese recordatorio físico que lo obligaba a permanecer donde estaba. Por un instante, Wanda creyó ver en su mirada un torbellino de emociones: dolor, culpa, impotencia. La nieve caía más fuerte, borrando contornos, difuminando detalles, haciéndolos parecer dos figuras atrapadas en un limbo helado. Wanda bajó la vista. Sabía que no podía sostener ese contacto por más tiempo. Sabía que, si lo hacía, el frágil hilo de autocontrol que conservaba después de esos tres días se rompería. Dio un paso hacia la escalerilla. Luego otro. Antes de entrar al avión, se giró apenas. Vision seguía mirándola, inmóvil… hasta que el hombre a su lado lo atrajo hacia sí con un gesto firme con su mano sobre su cadera, dominador. Vision inclinó la cabeza en señal de aceptación, resignado. Ese fue el último golpe: el que Wanda no pudo soportar. Sin permitir que nadie la viera quebrarse, subió al avión y desapareció en el interior, dejando la pista atrás mientras la nieve lo cubría todo como un velo que lo ocultaba incluso de su propia memoria.
2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección Descargar
Comentarios (0)