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El gimnasio improvisado quedaba casi vacío a esas horas, apenas iluminado por un par de lámparas altas que proyectaban sombras largas sobre las paredes. Matt se vendaba las manos con movimientos automáticos, como si cada vuelta de tela lo anclara al presente. El olor a cuero, sudor y metal oxidado formaba parte del paisaje que conocía desde niño; un refugio donde su mente podía trabajar mientras su cuerpo se agotaba. Se acercó al saco y apoyó la frente contra él durante un instante. Su respiración salía lenta, controlada. Luego dio un paso atrás y lanzó el primer golpe. El impacto resonó seco, firme, y el eco llenó el gimnasio. Matt siguió golpeando, primero despacio, luego con más fuerza. Cada puñetazo marcaba un pensamiento. Las piezas del caso aparecían en su mente como flashes dispersos: los informes alterados, los movimientos sospechosos, las fechas que no coincidían, los testimonios que parecían escritos por la misma mano. Sabía que algo no encajaba. Alguien estaba manipulando la investigación, guiando la narrativa en una dirección conveniente. Golpeó más fuerte. El saco se balanceó hacia atrás, regresó, y él lo recibió con otro directo. Su respiración empezó a acelerarse. —Los registros…—murmuró, ajustando el ritmo de sus golpes. Recordaba cifras que no coincidían, reportes omitidos, vacíos imposibles de justificar. Otro golpe. —Los vuelos… ¿por qué en aeronáutica civil no salen? El saco chirrió en la cadena. Matt lo detuvo con ambas manos, sintiendo el latido acelerado en sus palmas vendadas. Cerró los ojos, dejó que los sonidos del gimnasio lo envolvieran, y analizó el caso como si lo pudiera ver expandido en su mente, pieza por pieza. La Isla inevitablemente necesitaba permisos, y de altos funcionarios. Todo estaba conectado, pero los hilos estaban enterrados bajo capas de mentiras cuidadosamente construidas. Reanudó el ritmo, esta vez con combinación de jab y gancho. Cada golpe lo acercaba un poco más a la verdad, como si su cuerpo la entendiera antes que su razón. El sudor le corría por la espalda. El saco estaba hundido de un lado, pero él continuaba. —Necesito hablar con la jueza Reyes —pensó mientras lanzaba un cruzado que hizo vibrar la estructura metálica del techo—. Tal vez con una orden... Finalmente bajó los brazos, jadeante. El silencio volvió a imponerse, pesado, expectante. Matt apoyó la mano sobre el saco, respiró hondo y dejó que la certeza lo atravesara: todo encajaría tarde o temprano, y cuando lo hiciera, él estaría listo. —¿Desestresándote? —preguntó una voz desde el marco de la puerta, una voz que Matt identificaba incluso antes de que el olor a pólvora y cuero llegara hasta él—. Foggy debe andar loco buscándote. Matt no dejó de golpear. Sus puños seguían avanzando, marcando un ritmo frenético que apenas le permitía respirar. —Sabe dónde encontrarme cuando me pierdo —respondió, poniéndose en guardia cuando escuchó pasos acercarse. Frank Castle entró sin pedir permiso, como siempre. El suelo vibró apenas cuando se colocó frente a Matt. —Si no paras, Rojo, esto te va a consumir —dijo Frank en tono áspero, esquivando un golpe que Matt lanzó casi por reflejo. Matt gruñó. La cuerda interna que lo mantenía estable parecía tensarse con cada movimiento. —Si paro voy a ser consciente del infierno —respondió, atacando con una combinación rápida que Frank bloqueó con facilidad. Frank avanzó un paso, presionándolo. —Piensa en Foggy —dijo, sin elevar la voz. Ese nombre entró como un latigazo. Matt sintió cómo su ritmo se quebraba por un instante, lo suficiente para que el aire se volviera más pesado. —No tiene nada que ver en esto —gritó Matt, arremetiendo con más fuerza, como si pudiera golpear la culpa, la presión, el miedo, todo aquello que no podía decir. Frank bloqueó otro golpe y lo sostuvo por los antebrazos, obligándolo a detenerse. —Rojo, si te rompes, lo arrastras a él también —murmuró Frank—. Y sé que eso es lo último que quieres. Matt soltó un bufido y retrocedió un paso, ajustando su guardia. La rabia seguía latiendo en sus brazos y piernas, en cada músculo que se tensaba mientras sus oídos buscaban una apertura. No había pausa real; la pelea continuaba en un vaivén constante de golpes, esquivas y contragolpes. —No puedo dejar que se me escape —dijo Matt entre respiraciones, lanzando un gancho que Frank apenas desvió—. Todo tiene que encajar. Frank bloqueó y devolvió un cruzado al costado de Matt, obligándolo a girar y recalcular en fracciones de segundo. —Rojo, estás golpeando sin pensar, y eso te va a dejar abierto —dijo Frank, moviéndose con precisión para esquivar la siguiente serie de Matt—. Controla el fuego que tienes dentro. —No quiero pensar… quiero sentirlo —gruñó Matt, arremetiendo con una combinación que golpeaba el saco imaginario y a Frank a la vez, buscando descargar todo lo que lo consumía—. ¡Cada pieza! ¡Cada conexión! Frank retrocedió, esquivando y bloqueando, sus movimientos un reflejo de paciencia y fuerza contenida. La tensión entre ellos se mantenía, eléctrica y peligrosa, un combate que no solo medía fuerza física, sino voluntad y resistencia mental. Matt inhaló hondo, sentía el dolor en los brazos, las piernas vibrando con cada giro, pero no se detenía. Cada golpe era un intento de ordenar la maraña de información que lo perseguía, de darle forma al caos que amenazaba con devorarlo. —Rojo… ¡escuchame! —gritó Frank, lanzando un directo que lo obligó a retroceder—. Concéntrate, no dejes que te domine el caos. Matt apenas esquivó, sintiendo la fuerza del impacto pasar rozando su cuerpo, y volvió al ataque con más determinación, la tensión explotando en cada movimiento, cada respiración y cada golpe que dejaba un rastro de frustración y necesidad de control. Matt inhaló hondo, sintiendo cada músculo en alerta, cada golpe enviado y bloqueado, mientras su mente repasaba frenéticamente los puntos de la investigación. Cada conexión que buscaba parecía escurrirse entre sus dedos, y la frustración crecía con cada impacto contra Frank, cada choque del saco y del cuerpo de su amigo. —¡Maldita sea! —gruñó, lanzando una serie de ganchos que golpeaban con fuerza, aunque su mente estaba en otra parte, en cada registro manipulado, en cada vació que no encajaba. Frank esquivaba con precisión, bloqueando y empujando con firmeza cuando era necesario, pero la intensidad de Matt comenzaba a sobrepasar la capacidad de control del combate físico. Cada movimiento era más rápido, más impulsivo, más desordenado; la tensión vibraba en el aire entre ellos como un hilo a punto de romperse. —¡Basta, Rojo! —gritó Frank, retrocediendo apenas y levantando las manos para bloquear otro gancho, notando que la furia de Matt ya no podía ser contenida con fuerza física sola—. ¡No vas a salir de esto golpeando! Matt no escuchó. Su respiración era entrecortada, sus ojos ardían de frustración y obsesión; cada golpe lanzado estaba cargado de la necesidad de ordenar el caos que lo consumía. Frank apenas pudo sostener un bloqueo más, sintiendo cómo la intensidad de su amigo se le escapaba de las manos. Y entonces, de manera inesperada, Frank se inclinó hacia él, cerrando la distancia con rapidez calculada y lo sorprendió con un beso firme, directo y sin previo aviso. Los brazos de Matt se detuvieron en el aire, los puños suspendidos, su cuerpo entero temblando de la sorpresa y la proximidad. —¡Frank…! —musitó, atrapado, mientras sus ojos se abrían con incredulidad y una mezcla de rabia y confusión. Frank apenas apartó los labios unos instantes, manteniendo su frente contra la de Matt, respirando en sincronía con él. —Escúchame, bonito —susurró, con voz grave, controlando cada palabra—. Cálmate. Ahora. Arreglaremos todo esto juntos, pero no pongas en riesgo lo verdaderamente importante. Foggy Matt, aun con el corazón latiendo con fuerza y los puños temblorosos, sintió cómo el golpe inesperado del contacto físico lo obligaba a pausar, dejando que la tensión que lo consumía se disipara, aunque solo un instante. La furia seguía allí, pero por primera vez en minutos, su respiración encontró un ritmo propio. Frank no se movió; mantuvo los labios sobre los de Matt con la firmeza de alguien que no buscaba un gesto romántico, sino cerrar la pelea, tomar el control del caos que lo desbordaba. La resistencia de Matt, aunque fuerte, empezó a ceder. Sus manos bajaron lentamente de la guardia, su cuerpo se relajó apenas, y por un instante, se rindió al contacto. Respondió al beso con un impulso silencioso, un acto casi instintivo que era parte de la pelea, una rendición momentánea que no significaba derrota emocional, sino aceptación de la fuerza que Frank ejercía en ese instante. El movimiento fue breve, intenso y cargado de tensión; el beso se convirtió en una extensión de la pelea misma. Frank sentía cada temblor, cada respiración acelerada, cada intento de Matt por mantener el control. Con precisión, aprovechó el momento, guiándolo hasta que Matt quedó inmóvil, sobrepasado por la intensidad de ambos cuerpos y la estrategia silenciosa de su amigo. Matt se separó apenas un segundo, respirando con dificultad, pero entonces sus ojos se abrieron de golpe. En el marco de la puerta, apenas visible entre las sombras, estaba Foggy. El recuerdo de su amigo y la conciencia de que lo observaba lo hicieron reaccionar instantáneamente. —¡Foggy…! —gritó Matt, el instante de rendición y entrega desvaneciéndose como niebla. Frank se apartó, sin perder la compostura: había ganado la pelea, había calmado el fuego interno de Matt, aunque solo por unos instantes. Matt, por su parte, quedó temblando, atrapado entre la tensión que aún recorría su cuerpo y la urgencia de recomponerse antes de que Foggy entrara del todo en la habitación. Sin embargo, en el último momento, Foggy se giró y se fue. Matt no se movió; no lo siguió ni intentó explicarle. No hizo nada. —Ve —lo instó Frank, todavía con la respiración agitada por la intensidad del enfrentamiento. —No —respondió Matt con una determinación que contrastaba con el temblor que aún recorría su cuerpo. —¿Cómo que no? —preguntó Frank, genuinamente sorprendido. —Esto es lo mejor para él —dijo Matt, manteniendo la mirada clavada en el suelo, como si cada palabra le pesara. —¡Tu novio…! —gritó Frank, incrédulo. —¡Exacto! Cree. Respira. Y es como pretendo que siga —respondió Matt mientras se alejaba hacia los camerinos, cada paso cargado de una mezcla de culpa y decisión fría. Frank no lo dejó avanzar demasiado; lo tomó del brazo con fuerza. —¿A costa de su corazón? —bramó, intentando girarlo hacia él. —¡A costa de mi vida si es preciso! —gritó Matt, casi arrancándose del agarre antes de desaparecer en dirección a los camerinos, dejando a Frank solo en medio del gimnasio, con la rabia y la impotencia golpeando el aire a su alrededor. Matt llegó a los camerinos sin mirar atrás. Cerró la puerta de un empujón y se apoyó contra el casillero, dejando que el metal frío le sostuviera el peso que su cuerpo ya no quería cargar. Su respiración todavía era irregular; sentía el pulso golpeándole en las sienes, el sabor metálico del esfuerzo mezclado con la culpa que lo atravesaba. Se saco los guantes y los tiro sobre su bolso. Se pasó las manos por el rostro, tratando de ordenar el torbellino que todavía le recorría el cuerpo, cuando el sonido agudo de su celular vibró sobre la banca metálica. Matt dudó un instante, conocía el tono, pero finalmente deslizó el dedo y contestó. Al principio no escuchó más que silencio, apenas un murmullo distante, como interferencia. Luego llegó una voz baja, casi susurrada, pronunciando unas pocas palabras que lo hicieron tensarse de inmediato. No habló. Solo escuchó. Cuando terminó, Matt apretó la mandíbula y murmuró: —Entiendo. Colgó. El teléfono quedó en su mano apenas un segundo más antes de que lo arrojara contra la pared con un movimiento seco. El impacto resonó en la habitación, abrupto, violento, liberando de golpe todo lo que se había contenido. El dispositivo cayó al suelo en pedazos. Matt cerró los ojos y exhaló, sintiendo cómo el mundo volvía a encogerse alrededor de él, una vez más.___________________
En el silencio espeso de la isla, la madrugada encontró a Visión despierto, con el peso de otra clase de derrota apretándole el pecho mientras observaba el cuerpo dormido de Thanosen la cama. La luz de la luna se filtraba entre las cortinas, dibujando sombras sobre la piel del hombre que lo mantenía atado a una rutina de obediencia y entrega. Respiró hondo, intentando aferrarse a la serenidad que su cuerpo le exigía, pero la presión interna era más fuerte. Con movimientos silenciosos, se levantó, deslizándose fuera de la cama sin hacer ruido. Tomó la bata semitransparente que siempre guardaba para estos momentos, la colocó sobre sus hombros y ajustó el cinturón, cubriendo su cuerpo de manera ligera, pero dejando ver la forma que Thanos había marcado con su control. Cada hilo de la tela parecía un recordatorio de la tensión que vivía desde que había puesto un pie en la isla. Caminó hacia el balcón con pasos lentos, casi temblorosos, y apoyó las manos sobre la baranda fría. Afuera, el viento levantaba la bruma sobre el mar cercano, y la isla permanecía silenciosa, como si el mundo entero le concediera unos minutos de respiro. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas sin que se diera cuenta. No había sollozos ni gritos, solo un llanto contenido que hablaba de añoranza y responsabilidad. Pensó en Wanda, en la conversación que les esperaba una vez el terminará su obligación en la isla, en cómo ambos enfrentarían la realidad de este encierro temporal y compartido. Aunque la isla lo mantenía bajo control, su vida con Wanda, su hogar, su amor, le daba fuerzas para sostener la cabeza en alto y cumplir con lo que se esperaba de él, sabiendo que pronto regresarían juntos y se aferrarían a su libertad compartida. Respiró hondo, cerrando los ojos contra las lágrimas que el viento levantaba la bruma sobre el mar cercano, y la isla permanecía silenciosa, como si el mundo entero le concediera unos minutos de respiro. La mezcla de sumisión y esperanza lo mantenía firme: cada instante en la isla era un sacrificio temporal, y el regreso con Wanda lo esperaba como una promesa de que su verdadera vida, aunque marcada por la obligación, aún pertenecía a ellos. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas sin que se diera cuenta. No había sollozos ni gritos, solo un llanto contenido que hablaba de añoranza y responsabilidad. Pensó en Wanda, en los días que pasará con ella una vez terminara su obligación en la isla, en cómo ambos enfrentarían la realidad de este encierro temporal y compartido. Aunque la isla lo mantenía bajo control, sabia que le aguardaba en Nueva York, y empezaba a creer que mas que la pastilla, lo dominaba el miedo de descubrir que lo había perdido todo El avión privado de Thanos despegó al mediodía, cortando el cielo con un rugido constante que parecía envolver todo en una cápsula de aislamiento. Visión se sentó frente a la ventana, y dejó que sus pensamientos vagaran entre el recuerdo del fin de semana y la certeza de que aquel encierro duraría solo un par de días más. Thanos se acomodó a su lado, con un gesto lento y seguro, rozando sin prisa la parte superior del muslo de Visión. La mano era firme, controlada, y cada roce llevaba implícito un recordatorio silencioso de autoridad. Visión contuvo la respiración, los ojos fijos en el horizonte que se extendía más allá del cristal, intentando encontrar una sensación de libertad que parecía siempre escapar. —Mira —dijo Thanos, la voz grave y cálida—. Dentro de quince días volveré a llamarte. Esta vez será por más días. Debes estar preparado. Visión asintió sin girarse. Su mirada permanecía fija en el paisaje que se movía lentamente, pero sentía cada contacto como un ancla que lo ataba al hombre a su lado. La presión suave, insistente, en su muslo lo recordaba de la obligación que no podía eludir. —Sí… lo estaré —respondió, la voz baja, casi un susurro, mientras sus manos descansaban sobre sus piernas, tensas y obedientes. Thanos deslizó la mano un poco más arriba y luego volvió a dejarla descansar, sin apresurarse, como si cada movimiento midiera la paciencia y la entrega de Visión. El silencio del avión, roto solo por el zumbido de los motores, se convirtió en un espacio de cercanía controlada, donde el tiempo parecía estirarse, y cada instante reforzaba la dependencia y la obediencia que Visión había aprendido a aceptar desde su primer día en la isla.________________
Visión abrió la puerta de su departamento con la sensación de que el aire estaba más denso de lo habitual. Wanda ya había llegado hacía días; el silencio en la sala se sintió pesado al instante. Ninguno necesitó palabras para reconocer que ambos habían sido obligados a cumplir en la isla, pero la culpa y la frustración no tardaron en aflorar. —No entiendo por qué no me dijiste nada —reclamó Wanda, la voz cargada de enojo y dolor—. Pensé que podía confiar en ti. Visión cerró los ojos por un instante, intentando calmar el nudo en su garganta. —Yo… tampoco supe cómo decírtelo. Pensé que sería más fácil si… si solo pasaba y volvía. Wanda dejó escapar un suspiro cargado de resentimiento. —¿Más fácil? —¡Tú tampoco me contaste nada! —dijo Visión, incapaz de contener la mezcla el dolor—. ¿Hace cuanto…? —Fue mi primera vez –susurró Wanda— pero algo me dice que no será la última. ¿tú…? —preguntó —Un año —dijo con la voz quebrada y Wanda cerro los ojos—. Yo… Se miraron fijamente, la respiración agitada, cada palabra un golpe que dolía y al mismo tiempo liberaba algo acumulado durante esos días. La tensión parecía llenar la habitación, saturando el espacio entre ellos con reproches y emociones contenidas. Wanda bajó la mirada, la voz quebrada: —Hay algo que debo decirte… estoy embarazada. El aire pareció congelarse. Visión se quedó inmóvil, el impacto de la noticia golpeando más fuerte que cualquier reproche anterior. Su corazón se agitó entre el miedo y la esperanza, mientras las emociones encontradas lo arrastraban: amor, responsabilidad, culpa y un dolor profundo por todo lo que habían pasado. —Entonces… —musitó Visión, con la voz temblorosa, apenas audible—. Esto… esto es real. Tenemos que enfrentarlo juntos. —Sí —respondió Wanda, con un hilo de voz—. Pero no podemos escapar de lo que vivimos. Ninguno de los dos. Y aún así… —sus ojos se llenaron de lágrimas— aún así te quiero. Visión respiró hondo, sintiendo cómo la mezcla de ira, amor y temor lo envolvía—. Yo también te quiero. Y… lo siento por todo lo que no te conté, por todo lo que ocultamos. Visión sintió que su teléfono vibraba sobre la mesa, un zumbido discreto que contrastaba con el silencio de la habitación. Tomó el dispositivo y leyó el mensaje: "Estimado Sr. Shade: Se le recuerda que su disponibilidad ante solicitudes del señor A’Lars debe mantenerse conforme a los términos previamente acordados. Se anticipa que podrá recibir un llamado en cualquier momento en los próximos días, por lo que se solicita que mantenga su agenda flexible y sus obligaciones organizativas listas para cumplir con la asistencia requerida. Agradecemos su cooperación y profesionalismo en este asunto. Atentamente, Administración de la Isla." El aviso figuraba aprobado por la administración central de la isla. El visto bueno final llevaba la firma de Norman Osborn. Visión reconocía ese nivel de exactitud. Era el mismo protocolo que Osborn había impuesto desde hacía meses.Visión dejó escapar un suspiro, miró a Wanda con ojos igual de llorosos. Ambos eran esclavos, y ninguno podía escapar. Guardó el teléfono lentamente, consciente de que, a pesar de regresar a casa y enfrentar a Wanda, su compromiso forzado con Thanos seguía marcando cada aspecto de su vida. Así como a partir de ahora alguien más marcaria el de ella____________________
Matt regresó a casa con la sensación de que cada paso pesaba más que el anterior. El departamento aún estaba en penumbra, apenas iluminado por la lámpara del pasillo. Había pasado la noche en un bar intentando reunir valor para enfrentar a Foggy. Cerró la puerta con suavidad, pero Foggy ya estaba sentado en el sillón, como si lo hubiera estado esperando desde hacía horas. —Llegaste —dijo Foggy sin levantar la voz, aunque el cansancio se le notaba en cada sílaba. Matt dejó las llaves sobre la mesa y se quedó quieto, tratando de medir el aire. El corazón de Foggy latía rápido, tenso. Él sabía que aquello no iba a ser una conversación simple. —No quería que fuera así —respondió Matt, avanzando despacio—. No quería que lo vieras. Foggy dejó escapar una risa breve, rota. —Matt… yo ya sabía. No era un misterio para nadie que tú y Frank… —se detuvo poniéndose de pie, buscando las palabras— …que ahí hay algo. El silencio se cargó, espeso. —Si vas a decirme que no era nada, no quiero escucharlo —añadió Foggy, más firme—. Lo que me molesta no es que a veces me engañes con él. No soy idiota, Matt. No estoy hecho de cristal. Matt apretó los labios. No esperaba eso. Foggy siguió: —Lo que me duele es que confíes más en mí tanto como en Frank. Que le cuentes cosas que yo ni siquiera sabía que te estaban pasando. Que corras hacia él cada vez que el mundo se te cae encima… y conmigo seas una pared. —Su voz temblaba, pero no por rabia—. Yo te vi en el gimnasio. Te vi besarlo como si fuera el único lugar donde te sentías seguro. Matt respiró hondo, con la culpa ardiéndole en el pecho. —No confío más en él —murmuró—. Sólo… sólo es distinto. —Claro que es distinto —respondió Foggy, mirándolo por fin—. Con él te permites ser un desastre. Conmigo siempre estás entero, siempre estás bien, siempre estás fuerte. Y si no lo estás… desapareces. Me dejas afuera. Me dejas solo. Matt sintió el golpe de esas palabras como un eco que venía desde años atrás, desde cada mentira pequeña, cada silencio acumulado. Foggy volvió a hablar, más bajo, como si lo que dijera le quebrara un poco la voz: —Yo puedo perdonarte haber besado a Frank. Puedo perdonarte que a veces… busques consuelo en él. Pero no puedo perdonarte que hayas decidido que él merecía saber lo que te pasa… y yo no. No puedo perdonarte que me tengas tan lejos. Matt quiso acercarse, pero Foggy negó con la cabeza. —No quiero excusas —dijo—. Quiero que entiendas que lo que me rompió no fue el beso… fue la confianza que elegiste no darme a mí. Matt se quedó ahí, inmóvil, sintiendo cómo lo que quedaba entre ellos temblaba en un borde peligroso. El silencio cayó otra vez, pero esta vez ya no era tensión: era una herida abierta. Foggy inhaló profundamente, como si necesitara reunir cada pedazo de valor que le quedaba antes de hablar. Matt escuchaba cómo el aire temblaba en su pecho, cómo las manos de su amigo —su compañero, su familia— se apretaban contra sus muslos para no quebrarse. —Matt… —empezó Foggy, con un temblor que no intentó disimular—. Yo te amo. Y te he amado durante años, incluso cuando no sabía cómo manejarlo, incluso cuando tú no estabas listo para lo que yo sentía. Pero… ya no puedo seguir así. Matt sintió que algo dentro de él se hundía. Dio un paso, pero Foggy levantó la mano para detenerlo. —No. Por favor, no te acerques. Si lo haces… no voy a poder decir nada de esto. Matt se quedó quieto, aunque sintió que el piso se le movía bajo los pies. Foggy continuó: —Nuestra relación… ya no funciona. Y no es culpa tuya. O sí. O tal vez es de los dos. Pero lo cierto es que estamos parados en mundos distintos. Tú necesitas a alguien que pueda seguirte, que pueda vivir con la oscuridad que cargas… y yo no puedo. Ya no. Matt abrió la boca para hablar, pero Foggy siguió antes de que pudiera emitir una palabra. —Y no sólo eso. La sociedad… el bufete… —tragó saliva, dolido—. Matt, yo no puedo seguir trabajando contigo como si nada hubiera pasado. Como si no estuviera esperando todos los días que confíes en mí otra vez. Eso no va a suceder. Y no puedo quedarme… viendo cómo te vas rompiendo mientras buscas refugio en alguien más. Matt sintió un golpe seco en el estómago. Era como si el aire dejara de circular. —¿Qué estás diciendo? —Susurró. Foggy bajó la mirada, y cuando volvió a levantarla, sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero la decisión era firme. —Me voy. Voy a aceptar un trabajo en otro estado. Me ofrecieron un puesto en la fiscalía de Chicago hace semanas… y no lo tomé porque pensé que todavía podía luchar por nosotros. Pensé que todavía podía alcanzarte —dijo, con la voz quebrada—. Pero ya entendí que no puedo seguir persiguiendo a alguien que nunca se detiene para verme. El silencio pesó como una sentencia. Matt dio un paso hacia él, incapaz de contenerse. —Foggy, no… no puedes hacer eso. No puedes dejarme así. Foggy sonrió con tristeza. —Matt, ya te dejé hace tiempo. Sólo que ninguno de los dos había querido decirlo en voz alta. Matt sintió el mundo estrecharse, como si la habitación se cerrara sobre él. Foggy tomó aire por última vez, sin ocultar el temblor de su mandíbula. —Mañana voy a presentar mi renuncia formal al bufete. En unas semanas… ya no voy a estar aquí. Necesito un lugar donde no me duela verte todos los días… y donde no tenga que fingir que estamos bien. Tomó su abrigo y se detuvo un instante junto a Matt, sin tocarlo. —Te deseo que encuentres a alguien que puedas compartir esa carga de verdad —susurró—. Yo ya no puedo. Matt no dijo nada. No podía. Las palabras se quedaban atoradas en la garganta, duras y secas. Foggy abrió la puerta y salió, sin mirar atrás. El departamento quedó en silencio, y Matt sintió por primera vez en mucho tiempo… que estaba realmente solo.____________
Weasley llegó temprano a la oficina, como cada mañana, y se sentó frente a su computadora. El café humeante permanecía a un lado, intacto, mientras él repasaba mentalmente los pasos del día. Sus dedos se movían con precisión sobre el teclado, borrando, alterando y reorganizando los informes que contenían información sobre la isla. Cada línea que modificaba era un acto calculado, una forma de sembrar confusión sin dejar pistas. Cada cambio le otorgaba ventaja: control, poder, información que podía usar a su favor. No sentía culpa; sentía eficacia. Introdujo datos contradictorios en los registros de las reuniones, cambió horarios de entregas, manipuló fotografías de vigilancia y eliminó referencias clave en los informes de auditoría. Todo debía desaparecer. Cada modificación lo acercaba a sus objetivos personales y reforzaba su posición dentro de la organización. Mientras trabajaba, sintió un escalofrío de sorpresa: Fisk había entrado silenciosamente en la oficina. Se inclinó sobre su escritorio, revisando un documento, y sin apartar la vista de él, preguntó: —Weasley, necesito que me actualices sobre el informe de gastos del trimestre. ¿Lo tienes listo? Weasley sintió cómo se le tensaban los hombros y cómo un hilo de nerviosismo recorría su espalda. Sus manos temblaron apenas, y un leve sonrojo se extendió por sus mejillas. Rápidamente enderezó la postura y sonrió, manteniendo la compostura. —Sí, señor. Todo está en orden —respondió con voz firme, aunque por dentro su corazón latía con rapidez. Fisk lo miró con curiosidad y, notando algo en su expresión, arqueó una ceja. —¿Te pasa algo, James? —preguntó, su tono calmado pero directo. Weasley respiró hondo y negó con la cabeza, escondiendo el leve temblor que todavía sentía. —Nada, señor. Solo estaba… concentrado en los detalles —mintió con naturalidad, ajustando los documentos frente a él. Una vez que Fisk se retiró, Weasley dejó escapar un suspiro silencioso. Su cuerpo se relajó ligeramente, pero sus dedos no dejaron de moverse sobre el teclado. Continuó manipulando los informes de la isla, reorganizando datos, cambiando fechas, introduciendo errores estratégicos y sembrando confusión. Cada acción lo beneficiaba, le daba ventaja y reforzaba su control. Se inclinó sobre los documentos, verificando que cada cambio fuera preciso. Cada línea alterada, cada evidencia confusa, era un paso más en su propio juego de poder. Mientras la ciudad brillaba detrás del ventanal de la oficina, Weasley sonrió levemente: nadie podía verlo, nadie podía detenerlo, y cada decisión que tomaba lo acercaba a sus objetivos. El beneficio era completo, y la satisfacción era suya.