La Isla

Slash
NC-17
En progreso
2
Fandom:
Tamaño:
planificada Midi, escritos 277 páginas, 104.467 palabras, 14 capítulos
Descripción:
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Ecos

Ajustes
Matt avanzaba por las calles todavía húmedas después de la llovizna, con el bastón marcando el ritmo cansado de su respiración. Desde hacía días, el caso de La Isla lo consumía por dentro. Cada paso le pesaba como si llevara el cansancio en los huesos. Necesitaba silencio, un lugar donde nada lo persiguiera. La puerta de la iglesia estaba entreabierta. Matt la empujó con cautela, y el olor a incienso lo envolvió como un recuerdo antiguo. Adentro, la misa ya había comenzado. El murmullo grave del sacerdote llenaba el espacio, y las voces del pequeño coro flotaban sobre las bancas como un bálsamo tibio. Matt se sentó en la última fila. Permanecía inmóvil, escuchando cómo la liturgia avanzaba, cómo las palabras sobre culpa, redención y testimonio se mezclaban con su respiración inquieta. Cerró los ojos y dejó que el eco del órgano se deslizara por su mente, como si pudiera ordenar todo lo que en su vida se había vuelto un caos. Cuando la misa terminó y la gente comenzó a levantarse, él permaneció sentado unos segundos más. Luego se puso de pie y caminó hacia el confesionario. El simple acto de tocar la madera pulida hizo que algo en su pecho se aflojara. Entró. Se arrodilló. La rejilla se abrió con un ligero chasquido, y la voz del sacerdote lo saludó con la serenidad ritual de siempre. Matt respiró hondo, dejando que el silencio lo abrazara por primera vez en días. —Padre —dijo él, con la voz baja pero firme—, he pecado. El sacerdote no respondió enseguida. Esperó, dejando que Matt continuara cuando estuviera listo. Matt apretó las manos juntas. —He guardado secretos. He mentido. He dejado que el miedo guíe mis decisiones. Y… —la voz se le quebró apenas— he lastimado a… quienes amo. Las palabras caían despacio, como si estuvieran hechas de peso. Habló del caso, sin revelar nombres; habló del cansancio que lo consumía, de cómo la Isla parecía crecer como una sombra detrás de todo lo que hacía. Confesó su rabia, su culpa y el dolor por Foggy. Todo salía con la cadencia tranquila del imperfecto, como si su vida entera hubiera sido un único acto continuo de dudas y decisiones difíciles. Cuando terminó, el sacerdote guardó unos segundos de silencio. Luego ofreció palabras simples, sin juicio, recordándole que el perdón existía, pero que la verdad también tenía un costo. —Comprendo, hijo —dijo el sacerdote— ¿Los secretos eran tuyos? —Algunos –dijo Matt— otros no me pertenecen —Mentir es romper un mandamiento...pero ¿fue por un bien mayor? —quiero creer que lo es, padre –dijo Matt —Lastimaste queriendo o fue consecuencias de acciones? —pregunto el sacerdote —Fue mi silencio. Mi rabia… —La rabia y el resentimiento solo te dañan a ti, debes dejarlo ir. Debes tratar, en lo posible, de enmendar el daño hecho. Pide perdón. —para recibirlo… me piden algo que no puedo entregar – dijo Matt— honestidad, pero me domina el miedo a perderlo —Libera tu alma y tu mente del miedo y de la culpa —dijo el sacerdote— ¿Algo más que desees confesar? —No padre —Tu penitencia será meditar y rezar el Santo Rosario. Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Vete y no peques más Matt aceptó la penitencia en silencio. Salió del confesionario con el corazón todavía tenso, pero más liviano. Por un momento, solo por ese instante, la iglesia se sentía como un refugio en medio de todo lo que estaba por romperse. Al bajar los escalones de la iglesia, Matt escuchó primero risas ahogadas, como si dos hombres intentaran hablar sin llamar la atención. Iban caminando por la vereda, demasiado cerca de donde él estaba, y sus voces tenían ese matiz de gente que compartía un secreto sucio creyendo que nadie más los oía. Matt inclinó apenas la cabeza. —Te juro que pensé que era una chica —decía uno, entre dientes—. Mi jefe no paraba de presumirla cuando volvió de la Isla. Decía que la había pasado “como nunca en su vida”. El otro río con complicidad. —Sí, sí, ya me contaste. Pero al final, ¿cómo supiste quién era? Hubo un silencio breve, cargado. El primer hombre bajó la voz, pero para Matt era como si la aumentara. —Porque vi una de las fotos en su celular. La miré bien… y reconocí al chico. Era Peter Parker. Matt se detuvo por completo. El tráfico, las voces lejanas, incluso la brisa fría parecía quedar suspendidos por un segundo. —¿Parker? ¿El influencer? —preguntó el segundo, incrédulo. —El mismo. Pero allá… allá lo vistieron de mujer. Lo maquillaron, le pusieron peluca, ropa, todo. Mi jefe decía que “la chica” era perfecta. Que no había visto nada igual en ninguno de sus viajes. Y ha ido varias veces. Cuando vi bien la foto… —el hombre chistó con la lengua, asqueado o impresionado—. Era él. El pobre ni parecía él. El otro soltó una carcajada corta, incómoda. —¿Y él sabía lo que estaba pasando? —Todo. Se lo veía bastante a gusto. Toda una… Las risas se alejaron mientras caminaban, pero Matt no oyó más. Se quedó quieto, respirando lento, sintiendo cómo cada palabra encajaba con el resto de su investigación como una pieza final que él no quería encontrar. Peter Parker. Disfrazado. Exhibido. Usado en un “paquete recreativo”. Todo eso no coincidía con un simple resort de lujo. Era tráfico humano disfrazado de entretenimiento exclusivo, y ahora había un nombre concreto, un testimonio accidental que abría una puerta completamente nueva. Matt tensó la mandíbula. Su corazón latía rápido, no por miedo, sino por la certeza brutal de que acababa de oír mucho más de lo que cualquiera de esos hombres entendía. Esa conversación le daba algo que no había tenido hasta ese momento: una víctima identificable, un testigo indirecto y una pista directa dentro del círculo de clientes de la Isla. Y él iba a seguirla, cueste lo que cueste. Matt retomo el paso, todavía con la conversación resonando en su mente, cuando el zumbido breve de su celular vibró en su bolsillo. Él lo sacó sin apuro; pensaba que sería un recordatorio del trabajo o un mensaje automático. Pero en cuanto escuchó la voz al otro lado de la línea, algo en su pecho se tensó otra vez. Era uno de los agentes con los que trabajaba en el caso. —Murdock… —dijo Bucky, la voz sonaba agitada, como si hubiera hablado demasiado rápido antes de llamar—. Tenemos una novedad. Encontraron a Selvig. Matt frunció el ceño. —¿Dónde? Hubo un silencio corto, incómodo. Uno que ya decía demasiado. —En el muelle treinta y cuatro. Tenía el auto estacionado como si hubiera ido a reunirse con alguien. Los paramédicos llegaron hace unos minutos. No… no lo lograron reanimar. Matt sintió una punzada en el estómago, seca, fría. —¿Qué pasó? —No hay signos de pelea visible. Ni robo. Ni nada que parezca un ataque directo. Pero el cuerpo estaba en el asiento del conductor. El motor seguía encendido cuando lo encontraron, y la ventana parcialmente abierta. Parece —Bucky bajó la voz, como si temiera que decirlo en voz alta convirtiera la sospecha en verdad— que inhaló algo. Tal vez un compuesto volátil. Es demasiado pronto para confirmarlo, pero… no parece un accidente. Matt permaneció quieto, con el bastón apoyado contra el suelo, escuchando cada microdetalle no dicho: la respiración tensa del agente, el ruido del viento en el fondo, el crujido de pasos cerca de la escena del crimen. Selvig no se enfermaba de la nada. No se dormía al volante. Y definitivamente no aparecía muerto a metros de un punto de entrega habitual usado por los clientes de la Isla. —¿Había alguien más en la zona? —preguntó Matt, con la voz más firme de lo que se sentía. —Un testigo dijo haber visto a un hombre acercarse al auto minutos antes de que alguien llamara al 911. No lo vio bien. Llevaba capucha. No se quedó mucho tiempo. Apenas se inclinó hacia la ventana del conductor… y se fue. Un soplo incrédulo salió de Matt. Eso no era un encuentro casual. No era tampoco una discusión que salía mal. Era un mensaje. —Estoy en camino —dijo él. —Murdock… —la voz de Bucky volvió a bajar—. Selvig iba a entregarte documentos hoy, ¿verdad? Matt no respondió enseguida. —Sí. —Entonces… esto no fue coincidencia. Matt apagó la llamada sin agregar nada más. El aire nocturno se sentía distinto ahora, más pesado, como si todo lo que había escuchado en la calle, en la iglesia, en su propia mente, estuviera convergiendo hacia un mismo punto oscuro. Selvig había aparecido muerto. Justo hoy. Justo cuando por fin tenía algo que entregarle. Justo cuando Matt empezaba a juntar piezas peligrosas. Y aunque él todavía no podía probarlo, ya lo sabía: la Isla había empezado a moverse. Y alguien, en silencio, acababa de borrar una huella. Matt ajustó el abrigo, respiró hondo y siguió caminando. No había descanso posible ahora. No con la sangre comenzando a salir a la superficie.

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Clint Barton trabajaba hacía años como experto en seguridad, alguien reconocido por su precisión, su disciplina y su capacidad para anticipar riesgos antes de que ocurrieran. Mantenía su vida familiar apartada del trabajo; Laura y los niños vivían tranquilos, y él hacía todo lo posible para preservar esa normalidad. El problema había comenzado meses atrás, durante un operativo extremadamente delicado. La noche estaba húmeda, la visibilidad era baja y el equipo se movía rápido entre contenedores metálicos. Clint recordaba el olor del aceite oxidado, los pasos calculados y la tensión constante en el aire. Él vio una sombra moverse detrás de una estructura. Creyó que era un hostil. Disparó. El cuerpo cayó sin siquiera gritar. Cuando se acercó, el aire se le congeló en los pulmones. No era un criminal. Era un civil que no debía estar allí. El protocolo era claro: reportarlo. Pero su superior, Thaddeus Ross, llegó antes que los altos mandos. Lo vio. Entendió la escena en segundos. Y sonrió. Esa sonrisa fue el inicio de todo. Ross lo convenció de encubrirlo. “Un error así arruina carreras”, le dijo. Y Clint aceptó, porque el miedo a perder a su familia era demasiado grande. Creyó que, si el secreto quedaba enterrado, podría seguir adelante. Grave error. Ross nunca enterraba nada. Solo guardaba armas. Las semanas siguientes, Clint comenzó a recibir llamadas irregulares, solicitudes pequeñas, favores “temporales”, apariciones en reuniones que no debía presenciar. Primero fueron favores pequeños, casi insignificantes: revisar expedientes, entregar un sobre en una dirección específica, acceder a bases de datos privadas. Clint obedecía porque cada vez que intentaba resistirse, la voz le recordaba que podía hundirlo con un clic. Cada vez que él intentaba negarse, Ross repetía la misma frase: —Yo sé lo que hiciste. Abominación, como llamaban al segundo al mando en los pasillos, también apareció, pidiéndole cosas que parecían coordinadas, como si ambos respondieran a un mismo patrón, empujándolo hacia un camino del que ya no podía escapar. La Isla apareció después. Clint recibió un sobre negro sin remitente. Dentro había una invitación a un “retiro recreativo de élite”, un contrato falso de seguridad para justificar su presencia… y una foto de su familia tomada esa misma mañana. La nota decía: “Vas a asistir. Vas a obedecer. Todo lo que se te pida será por el bien de los tuyos.” Él entendió que ya no tenía elección. Lo que Clint no sabía era que ese viaje no era un castigo, sino una pieza más de un plan mucho más grande; un plan donde él, sin quererlo, ya estaba atrapado desde la noche del disparo. Llegó a la Isla con la misma resignación con la que siempre cumplía sus encargos. Pensaba que solo debía realizar un favor más, nada distinto a las veces anteriores. Esta vez fue Abominación quien lo recibió en pista de aterrizaje con calma inquietante, ofreciéndole una gaseosa y deslizando una pastilla en su mano, diciendo que era “para la calor”. Clint la tomó sin rechistar, acostumbrado a seguir órdenes, aunque un pequeño escalofrío le recorrió la espalda. Después lo guio con gestos sutiles: le tomo la mano para dirigirlo, le coloco la mano en la espalda baja para indicarle hacia dónde ir, o le guiñaba un ojo como recordándole y por alguna razón no pudo evitar sonreír como adolescente. No necesitaba gritar ni amenazar con palabras; cada toque, cada gesto era suficiente para que Clint obedeciera sin rechistar, incluso cuando… El empleado lo recibió en la pista de aterrizaje con una cortesía medida, casi automática, como si no tuviera ninguna emoción propia. Clint se limitó a seguirlo, con la cabeza baja y las manos en los bolsillos, consciente de que cada paso estaba siendo observado. Caminaban por pasillos amplios, iluminados con luces cálidas, que olían a limpieza y perfumes caros. La música flotaba en el aire, discreta, como un telón de fondo que no podía ignorarse. Cada sala que pasaban parecía más lujosa que la anterior: alfombras finas, obras de arte en las paredes, ventanales que dejaban ver jardines perfectamente cuidados. El empleado no decía mucho, pero cada indicación era clara: “Por aquí”, “A la derecha”, “Espere un momento”. Clint obedecía sin hablar, sintiendo que la rutina se repetía de forma mecánica. Cada gesto del guía parecía reforzar la idea de que no había opción: la Isla lo dirigía, lo colocaba en un camino que ya estaba trazado para él. Finalmente llegaron al departamento exclusivo, un espacio diseñado para aparentar privacidad y comodidad. La puerta se abrió y el entro, allí lo esperaba una habitación amplia con cama grande, escritorio, minibar surtido, baño privado y un pequeño balcón con vista al mar. Cada detalle parecía pensado para que Clint se sintiera a gusto, pero él sentía el peso invisible de la vigilancia, como si cada objeto estuviera allí para recordarle que no estaba libre. El empleado colocó sus pertenencias en un armario, arregló su ropa y le indicó dónde podía descansar o sentarse mientras alguien más llegaría para “darle instrucciones”. No hubo palabras de advertencia ni gestos agresivos; solo la sensación de que cada movimiento estaba registrado, y que la Isla lo había colocado exactamente donde quería. Clint se quedó parado en mitad de la sala, respiró hondo y observó el lujo alrededor. Todo era cómodo, todo era bonito… y nada de eso era para él. Era parte de la trampa, del juego de control que Abominación y Ross manejaban detrás de las sombras. Trataba de organizar sus pensamientos, cuando Abominación apareció. Sus pasos eran tranquilos, seguros, pero había algo en su mirada que hacía que Clint sintiera cada músculo tenso. Se acercó con calma, le puso una mano firme sobre el hombro y lo abrazó por un instante, como si evaluara su reacción. —Hola bonita, ve cambiarte —dijo con voz tranquila pero autoritaria—. Clint tragó saliva y asintió. Se levantó con cuidado, sintiendo cómo un cosquilleo de nervios le recorría la espalda, y caminó hacia la habitación. Sacó del ropero un par de shorts cortos y un top sin tirantes, junto con los tacones, sintiendo la incomodidad y la vergüenza de cada prenda. Sus lagrimas cayeron, pero no lo podía evitar. Se vistió con cuidado, cada movimiento marcado por la presión invisible que Abominación imponía solo con su presencia. Cuando volvió a la sala, encontró a Abominación y Ross sentados en el sofa, tomando una copa y conversando entre risas como si todo fuera cotidiano. La escena le hizo sentir un nudo en el estómago; el lujo, la tranquilidad aparente y la complicidad entre ellos no eran más que una máscara de control y manipulación. Abominación lo miró con un guiño y un leve movimiento de cabeza, como aprobando su obediencia, mientras Ross le dirigía una sonrisa que parecía medir cada reacción de Clint sin decir palabra. Clint sintió un rubor extraño subirle al rostro, mezclándose con el calor de la pastilla en el estómago. No era un mareo, ni una alteración brusca… era más bien una ligereza incómoda, como si una parte de él quisiera resistirse, pero otra —más cálida, más dócil— le susurrara que era más fácil simplemente seguir el ritmo. No era propio de él. Era la pastilla, el ambiente… y cómo lo observaban. Abominación sonrió, lento, satisfecho. —Ah… eso está mejor —comentó con un tono que no necesitaba ser explícito para dejar claro que estaba evaluándolo. Clint quiso cruzarse de brazos, cubrirse, decir algo… pero en lugar de eso solo pasó una mano por su propio costado, como si tratara de acomodarse, y terminó quedándose quieto. Ross inclinó la copa hacia él. —Siéntete cómodo, Clint. Nadie aquí está en tu contra. Clint sabía que era mentira. Lo sabía con total claridad… pero, aun así, la frase le provocó una exhalación suave, casi un asentimiento involuntario. Abominación se levantó y caminó hacia él. Clint sintió el impulso de retroceder, pero sus pies no se movieron. —Eso es —murmuró, casi complacido—. Mucho más receptivo que la última vez que te vi— ¿pasa algo? —y lo abrazo para besarle detrás de la oreja mientras sentía temblar al rubio. Clint tragó saliva. —No… no es nada. Solo… estoy tratando de hacer esto bien— sintiendo una mano acariciarle un muslo. Ross sonrió apenas, observándolo como quien mide una pieza nueva. —Y lo estás haciendo. De hecho, estás sorprendiendo— y subió su mano hasta su entrepierna sintiéndola mojada—. Alguien necesita un hombre dentro suyo con urgencia Clint no pudo reprimir un gemido Abominación extendió la mano, con un gesto suave pero indiscutible. —Ven aquí, Clint. Clint dudó… un segundo apenas. Un segundo donde su mente dijo esto está mal. Pero su cuerpo ya había empezado a moverse. Abominación lo tomó del mentón con dos dedos, guiándolo para que levantara la mirada. —Así. Obediente, pero todavía consciente, eres perfecto. —Entonces estamos listos— dijo con satisfacción—. Hay un pequeño torneo esta noche y queremos que vengas con nosotros. Quiero que nuestros invitados vean… tu disposición. La palabra “disposición” lo recorrió de una forma que lo confundió aún más. Debería haberse sentido humillado. En lugar de eso, solo sintió una necesidad ansiosa de seguir instrucciones, de no decepcionarlos. Clint asintió, casi sin pensarlo. —Sera un placer hacerlos quedar bien. Abominación acaricio su glúteo, suave pero firme. —Ya verás como te compensamos luego. Y con ese toque, Clint sintió cómo algo en su interior cedía un poco más. El camino hacia el ascensor se sintió más largo de lo que era. Clint avanzaba entre Ross y Abominación, consciente de cada paso sobre los tacones, de cómo la ropa ligera dejaba su piel expuesta al aire frío del pasillo. Una parte de él quería cubrirse, protestar, decir algo… pero apenas si podía ordenar sus pensamientos; la pastilla le dejaba una calma inquietante, como si las alarmas internas estuvieran amortiguadas bajo una capa espesa. Ross conversaba de manera casual, casi como si se tratara de un paseo entre viejos conocidos. —La Isla tiene una reputación exigente —comentó mientras presionaba el botón del ascensor—. Quienes vienen aquí deben demostrar valor, precisión… y cooperación. Tú tienes las tres cosas, ¿no es así, Clint? La pregunta tenía filo, pero Clint lo sintió como un halago que debía responder. —Sí… supongo que sí —murmuró, sintiendo un pequeño temblor en la voz que no esperaba. Abominación sonrió de costado. —No “supones”. Las tienes. Si no, no estarías aquí. El ascensor descendió rápido, con un zumbido leve. Clint se miró de reojo en el reflejo metálico: la ropa ajustada, la postura tensa, la expresión que intentaba mantener neutral y fallaba por milímetros. Ross lo observó también, fijándose en cada detalle. —Te ves adecuado para esta noche —dijo como si evaluara armamento—. Queremos que los demás participantes te miren y entiendan que sabes cuál es tu lugar. Clint sintió un calor extraño subirle al pecho. —Mi lugar es… hacerlos felices… a ambos. Abominación palmeó su glúteo. —Y lo estás haciendo bien. Mucho mejor que muchos que he visto en esta Isla. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, el ruido del lugar los envolvió: música lejana, voces mezcladas, el eco de actividad en distintos salones. El torneo se realizaba en una galería abierta al costado de un jardín interno iluminado. Se escuchaban disparos secos: ejercicio de tiro con armas de aire comprimido… por ahora. Clint reconoció el olor del metal y la pólvora ligera. Su instinto profesional quiso tomar control, ajustar la postura, analizar el entorno. Ese impulso le devolvió algo de claridad, pero antes de que pudiera centrarse, Ross pasó un brazo por su cintura, guiándolo hacia la entrada. —Recuerda —susurró—. Solo sigue nuestro ritmo. Abominación iba detrás, y su sola presencia hacía que cualquier idea de resistencia se evaporara. Cuando entraron al salón, varias personas voltearon a verlos. Sus miradas se detuvieron en Ross, luego en Abominación… y finalmente en Clint. Algunos levantaron las cejas; otros sonrieron con una mezcla de curiosidad y morbo. Clint tragó saliva y mantuvo la vista hacia adelante. La pastilla le hacía sentir que debía mantenerse cerca, debía seguir la guía, debía encajar. Ross se acercó al mostrador, donde había una bandeja con pequeñas tarjetas numeradas. Tomó una y se la entregó a Clint, deslizándola entre sus dedos. —Éste es tu número. Vas a participar. Clint parpadeó. —¿Yo? Pensé que solo iba a ver… Ross negó suavemente. —No. Te trajimos para que todos te observen. Para que sepan que estás aquí con nosotros. Y para que entiendan que eres una propiedad de exhibición. Abominación soltó una risa baja, divertida. —Además, eres un tirador excelente. ¿O acaso no quieres complacernos? Clint sintió la sangre subirle a las mejillas, una mezcla incómoda de orgullo herido, vergüenza y una docilidad que no podía apartar. Tomó la tarjeta con dedos temblorosos. —Está bien… participaré. Ross le acomodó el top por la espalda con un gesto casual, casi íntimo, que lo dejó inmóvil. —Eres perfecto. La primera ronda estaba por comenzar. Clint ya estaba en el centro del salón, atrapado por todas las miradas. Allí comprendió que, aunque había obedecido cada orden… recién estaba empezando lo que Ross y Abominación realmente querían de él. La galería de tiro estaba iluminada con luces cálidas que se reflejaban en las superficies metálicas. Cada estación ocupaba un pequeño espacio delimitado, y al fondo había una diana mecánica que se movía a intervalos irregulares. El murmullo de los participantes llenaba el lugar, mezclándose con el sonido seco de los disparos. Clint avanzaba hacia su puesto sintiendo el corazón acelerado. Los tacones hacían que cada paso se sintiera incierto, pero la pastilla suavizaba la incomodidad, dándole una calma falsa que se deslizaba como seda sobre sus pensamientos. Ross y Abominación lo observaban desde atrás, conversando entre ellos, riendo, como si todo aquello fuera una velada normal entre conocidos. —Concéntrate —le dijo Ross antes de que tomara el arma de aire comprimido—. Queremos que todos vean de qué eres capaz. Clint asintió, respirando hondo. Él conocía los tiros difíciles, las pruebas exigentes, la presión. Su cuerpo recordaba. Su mente también… aunque ahora pareciera funcionar envuelta en esa niebla dócil que no sabía cómo sacudirse. La diana empezó a moverse. Clint ajustó la postura sin pensarlo, inclinó la cabeza un poco, afianzó los pies. La gente alrededor comenzó a notar su técnica. Murmullos, miradas. Ross sonreía con la satisfacción de quien sabía exactamente qué había traído a exhibir. El objetivo se detuvo apenas un segundo en el centro. Clint disparó. El sonido seco rebotó en la sala. Un instante después, la pantalla mostró el impacto: el centro exacto. La sala estalló en murmullos sorprendidos. Algunos aplaudieron. Otros silbaron, impresionados. Clint bajó el arma lentamente, sintiendo un temblor recorrerle los brazos. Y antes de poder controlarlo, corrió hacia Ross y Abominación. Su cuerpo obedeció a un impulso que no alcanzó a analizar. Se lanzó hacia ellos como si buscara refugio después de una amenaza invisible. Abrazó primero a Abominación, rodeándolo con los brazos, y luego, casi con desesperación, buscó a Ross y lo besó en la mejilla, atrapando el borde de su barba. El público río, celebrando la escena como si fuera parte del espectáculo. Clint sintió un pinchazo de vergüenza inmediata. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué…? Sabía que no debía reaccionar así. Que no era él. Que jamás habría corrido para abrazarlos, ni menos para besarlos, pero la pastilla parecía convertir cada emoción en una cuerda que se tensaba hacia su obediencia. Sentía la contradicción como un nudo detrás del esternón, pero no podía dejar de aferrarse a ellos como si los dos fueran un ancla segura. Ross lo sostuvo por la cintura, sonriendo satisfecho. —Eso estuvo perfecto, Clint. Abominación le acarició la nuca con una mano pesada. —Te ves muy bien cuando haces lo que te pedimos. Las palabras lo hicieron estremecer. El ambiente se transformaba. La tensión del torneo daba paso a risas, música, copas que empezaban a circular por la sala. Algunos participantes se acercaban a felicitarlos, otros simplemente observaban con una mezcla de curiosidad y deseo. La iluminación bajó un poco. La música subió. La galería empezaba a convertirse en una fiesta. Ross llevó una mano a la espalda baja de Clint, guiándolo hacia el centro del salón como si lo presentara ante todos. —La noche recién comienza —le murmuró al oído—. Y todos ya vieron lo bien que sabes brillar. Clint tragó saliva. Sentía la contradicción arderle en el pecho: vergüenza, sumisión, miedo, y una docilidad inducida que lo empujaba a quedarse pegado a ellos. La fiesta estallaba a su alrededor, y él, atrapado entre Ross y Abominación, no sabía si estaba festejando… o hundiéndose cada vez más.

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Peter caminaba rápido, con la mochila apretada contra el pecho, como si solo quisiera desaparecer en cualquier esquina. Matt logró alcanzarlo a la salida del edificio administrativo, cuando el sol de la tarde caía sobre los pasillos de La Isla y las cámaras giraban con ese zumbido que parecía seguirlos a todas partes. —Peter Parker —dijo Matt con voz calmada, acercándose sin invadirlo—. Necesito hablar contigo un momento. Peter se detuvo apenas un segundo. Parpadeaba con confusión, como si buscara recordar de dónde conocía ese nombre. —¿Nos… conocemos? —preguntó. Su tono era cortés, pero había una inquietud flotando en él. —Soy Matt Murdock, fiscal en Hell’s Kitchen —respondió Matt—. Estoy investigando varios incidentes en… La Isla. Me dijeron que quizá podrías… ayudarme. Peter tragó saliva. Al principio intentaba mantener la expresión neutra, la postura tranquila. Pero apenas Matt mencionó La Isla, algo en el chico se tensó. Su respiración se volvió más superficial. —No… no sé de qué me habla —murmuró. Su mano temblaba ligeramente en el tirante de la mochila. Matt inclinó la cabeza, escuchando incluso lo que Peter intentaba ocultar: el ritmo acelerado del corazón, las microtensiones en la mandíbula, el pequeño golpe del pie contra el piso. —Solo quiero entender qué está pasando aquí —continuó Matt—. Y creo que tú lo viviste de primera mano. Peter dio un paso atrás. Su voz tembló, pero trató de disimularlo. —Yo… yo no debería hablar con nadie sobre eso. No… no quiero problemas. —No estás en problemas —aseguró Matt—. Solo necesito que me digas lo que viste. O lo que te hicieron. Peter apretó los labios y desvió la mirada hacia una de las cámaras, que giraba lentamente en su dirección. El simple movimiento pareció cortarle la respiración. —No puedo —susurró, casi implorando—. No puedo… por favor. Matt dio un paso más, manteniendo la voz suave. —Peter, si alguien te obligó… —¡No! —exclamó de golpe, demasiado rápido, demasiado fuerte. Luego bajó la voz de inmediato, alarmado por su propio estallido—. Lo siento. No sé de qué habla— retrocedió otro paso, como un animal acorralado que elegía huir antes que gritar.—Lo siento… no puedo ayudarlo. No… no voy a hablar de La Isla. Y sin esperar respuesta, dio media vuelta y empezó a caminar rápido, casi corriendo, con los hombros tensos y la cabeza baja. Cada paso parecía salido de un impulso de autoprotección. Matt lo escuchó alejarse, sabiendo que aquello era apenas la superficie del terror que Peter cargaba encima. Peter seguía alejándose por el pasillo, casi corriendo, mientras Matt escuchaba cada respiración temblorosa perderse entre las paredes brillantes. Él estaba por dar unos pasos para alcanzarlo de nuevo, cuando percibió —antes que cualquier sonido— la presencia de alguien detrás de él. Un ligero cambio en el aire. Un perfume conocido. Un latido contenido. Matt giró apenas el rostro, con sorpresa. La voz llegó como un roce frío junto a su oído: —Piensa en Foggy. La frase lo atravesó como un filo. Su cuerpo se detuvo en seco, los músculos tensos, la mandíbula rígida. Parecía que el piso se inclinaba bajo sus pies. —No te conviene seguir al muchacho —continuó la voz, suave, casi amable—. Matt cerró los puños con fuerza. Su respiración se volvió pesada, como si cada inhalación cargara un recuerdo que no había querido revivir. Intentó mantener la calma. —No estoy haciendo nada ilegal —respondió en voz baja—. Solo hago preguntas. El hombre detrás de él soltó una risa breve, contenida, como si disfrutara del temblor invisible en los hombros de Matt. —Precisamente por eso te lo recuerdo. Piensa en Foggy… y piensa en lo que perderías si sigues insistiendo. Lo sintió inclinarse un poco más, como si buscara asegurarse de que cada palabra quedara clavada. —Quédate quieto, Murdock. Sé inteligente. Un silencio cargado se extendió entre ambos. Matt sentía que su corazón golpeaba como si quisiera romperle las costillas. Foggy… su voz, su risa, su confianza, se mezclaba con el peso de todas las amenazas veladas que Matt había acumulado desde que llegó. Finalmente, la presencia se apartó con la misma sutileza con la que había llegado. Unos pasos lentos se alejaron por el pasillo, disipándose como un susurro más entre los sonidos eléctricos del edificio. Matt permaneció inmóvil unos segundos, respirando hondo, recuperando el control que aquella voz había intentado arrebatarle. Su cuerpo seguía tenso, pero su mente ya buscaba rutas nuevas, alternativas para llegar a la verdad sin poner en riesgo a Foggy. Solo cuando estuvo completamente seguro de que nadie más lo vigilaba de cerca, se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la salida, con el pecho apretado y una determinación mucho más oscura que antes.

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La “competencia” nunca había sido realmente un torneo. Clint lo entendió recién cuando Ross y Abominación lo guiaron hacia el sector exterior del complejo. La noche lo envolvía todo con un brillo húmedo, y el vapor que salía de las piscinas termales ascendía como neblina iluminada por luces azuladas. Había música suave, risas mezcladas con murmullos, copas tintineando. Y, sobre todo, había cuerpos. Otros invitados —más bien, otras víctimas— caminaban o posaban alrededor de las piscinas, todos vistiendo bikinis diminutos que no disimulaban nada. Él reconocía a algunos: políticos, artistas, incluso un empresario famoso. Todos exhibidos con una naturalidad forzada, sonriendo apenas, como si sus rostros hubieran aprendido a actuar para no desmoronarse. Clint sentía un nudo en el estómago. La pastilla le hacía el pecho más blando, las emociones más expuestas, como si la vergüenza y el alivio fueran una combinación inevitable. Pero aún así, su mente luchaba. Él quería resistirse… y al mismo tiempo su cuerpo parecía adelantársele. Abominación se inclinó hacia él, sonriendo con satisfacción. —Tu turno, princesa —murmuró. Clint tragó saliva. Las palabras le encendieron las mejillas, pero no se apartó. Ross, sosteniendo una copa, observaba la escena como si evaluara un experimento. —Camina —ordenó en voz suave, casi amable—. Muéstrate un poco antes de entrar. Clint avanzó hacia el borde de la piscina. El bikini que habían elegido para él era ridículamente pequeño; el top apenas se sostenía y la parte inferior era más delgada que un suspiro. Sentía que cada mirada lo recorría, y sin embargo, la pastilla convertía la incomodidad en una extraña mezcla de nervios, timidez y una necesidad absurda de aprobación. Ross chasqueó los dedos. —Clint, cariño, aquí —dijo señalando el centro, donde las luces se concentraban. Clint obedeció con esa docilidad emocional que se volvía más fuerte cuando temblaba. Parado allí, bajo la luz, parecía una versión más delicada de sí mismo: respiración corta, hombros tensos, pero la mirada tratando de no desviar los ojos de quienes lo controlaban. Abominación lo rodeó lentamente, evaluándolo como si estuviera revisando un trofeo. —Perfecto —dijo con voz satisfecha apretándole un gluteo—. Ahora entra. Clint descendió por los escalones y se sumergió en el agua caliente. El vapor le cubría el cuerpo casi por completo, y por un segundo sintió un falso alivio. Pero Ross y Abominación bajaron con él, uno a cada lado, ahogando cualquier sensación de respiro. Ross pasó un brazo por su cintura, apretándolo contra su pecho. —Mira a tu alrededor, Barton —susurró—. Nadie aquí está sufriendo. Solo… se están dejando llevar. Abominación le tomó la barbilla y lo obligó a mirarlo. —Y tú eres el centro esta noche. Clint sintió cómo el pecho se le oprimía. No quería esa atención, pero la pastilla lo hacía más propenso a buscar contención. Por eso no se apartó cuando Ross lo beso, mientras Abominación le corría la tanga para penetrarlo lentamente Un grupo cercano comenzó a aplaudir suavemente, una mezcla de burla y admiración, mientras él se dejaba llevar para no sentir asco de su propio cuerpo. Asco de ser solo una muñeca inflable La fiesta recién empezaba. Y Clint era más que consciente, que ya no había torneo. Había propiedad, exhibición y control. Y él había sido elegido para sobresalir. El vapor cálido de las piscinas termales se elevaba en columnas suaves, mezclándose con las luces doradas que tenían la piel de todos con un brillo artificial. Algunos parecían más confiados, otros apenas podían mantener la cabeza erguida. Entre ellos, notaba hombres y mujeres que lucían dóciles, aunque vigilados, obedientes. Sus movimientos eran calculados, suaves, como si cada gesto fuera medido para no provocar reproche. Clint permanecía entre Ross y Abominación, tratando de controlar su respiración mientras el sonido de la fiesta se volvía cada vez más envolvente. Fue entonces cuando lo notó: una figura conocida, pero fuera de lugar en el otro extremo del complejo. James Rhodes. Rhodes caminaba por el borde de la piscina, con una elegancia mecánica, como quien llevaba demasiado tiempo practicando la misma rutina, como si cada paso estuviera calculado de antemano. Su bikini oscuro, discreto en comparación con el resto, pero no por elección, sino por orden, contrastaba con la seguridad que solía irradiar fuera de ese lugar. En el mundo real, el coronel de ejército de los Estados Unidos , un hombre respetado en círculos militares y gubernamentales. Era el tipo de persona a la que la gente escuchaba cuando hablaba, el tipo de profesional que resolvía crisis, que evaluaba riesgos, que protegía vidas. Pero en La Isla no era más que un “juguete”. Obadiah Stane avanzaba unos pasos detrás de él con una copa en la mano, manteniendo ese porte de empresario frío y impecable que lo caracterizaba con una expresión calculada que no necesitaba palabras para imponerse. Su presencia cortaba el ambiente como una sombra vertical. Su sonrisa jamás alcanzaba los ojos. Obadiah se detenía cada tantos pasos, saludando a invitados, estrechando manos, dejando instrucciones. Era evidente que no era un invitado más. Era el coordinador de logística. Uno de los hombres a los que nadie decía que no. Y Rodhes lo sabía mejor que nadie. Formaba parte de su inventario. Clint observaba esa dinámica sin comprenderla del todo, pero el resto de los presentes conocía la historia y murmuraba siempre que aparecía. James Rhodes había caído en un problema profundo de juego clandestino. Había perdido dinero que no podía justificar, había firmado pagarés imposibles de saldar, y en un intento desesperado por cubrir sus propios errores, había aceptado la ayuda de Obadiah. Pero esa ayuda venía acompañada de pruebas: Videos. Recibos. Pagos hechos por él mismo para cubrirlo… y, al mismo tiempo, para encadenarlo. Todo lo necesario para destruir su reputación militar y su carrera entera. Obadiah no lo chantajeaba gritándole. No tenía que hacerlo. Un solo dedo sobre su espalda, una mano llevándolo por la cintura, una mirada fría… y Rhodes obedecía. Fuera de la isla él era un estratega disciplinado, un líder respetado. Dentro de la isla era solo una pieza más. Un hombre que se sometía para mantener intacto todo lo que había construido en su vida pública. Clint lo vio detenerse cuando Obadiah rozó su hombro y le indicó con un gesto que entrara en la piscina lateral. Ahí ya esperaban otros tres hombres en bikini, sentados como adornos. Rhodes asentía a cada indicación, ajustándose el top con delicadeza. Todo en él parecía estar contenido, como si un movimiento fuera de lugar pudiera costarle algo más que la dignidad. Ross notó en qué dirección estaba mirando Clint y le apretó la cadera con un gesto firme, obligándolo a volver la atención a donde debía. Abominación sonrió con aprobación, como si la simple distracción fuera parte del entretenimiento. La música subía. El vapor ocultaba rostros. Rhodes se hundió en el agua caliente con la mirada vacía. Clint sabia mejor que nadie para que. Clint quedaba atrapado entre Ross y Abominación. —Tu cara dice que mueres por comer algo parecido —le susurro Ross, logrando estremecerlo. Quería gritar que no. Correr lo más lejos posible. Pero solo se sonrojo y bajo el rostro —Bueno, ­—dijo Abominación colocándole las manos sobre los hombros para indicarle que sumergiera la cabeza— quienes somos nosotros para negarle algo a esta diosa Ross cerro los ojos y se relajó sintiendo la boca de Clint tomando su hombría entre su boca, mientras Abominación por detrás le corría su diminuta tanga hacia un lado y entrando lentamente en el rubio La fiesta iba apagándose poco a poco. Las risas, que antes llenaban cada rincón de la zona de piscinas, comenzaban a mezclarse con murmullos cansados y el sonido constante del agua caliente que seguía brotando en oleadas suaves. Clint permanecía cerca del borde, todavía con el corazón acelerado por todo lo ocurrido, sintiendo cómo la música se volvía cada vez más lenta, casi hipnótica. Ross y Abominación conversaban aparte, inclinados entre copas y sombras. De vez en cuando, uno de los dos lo miraba, evaluándolo, comprobando que seguía exactamente donde lo habían dejado. La pastilla todavía le nublaba los límites entre incomodidad y obediencia; Clint lo sabía, y aun así no podía luchar contra la calma forzada que lo mantenía quieto. Cuando la fiesta terminó, Ross nado hasta el, le tomó el mentón con una firmeza casi amistosa y dijo: —Hiciste un buen trabajo hoy. Eso era todo lo que queríamos. Abominación añadió un gesto aprobado, una sonrisa que no mostraba alegría sino control. —Ve a la habitación. En un rato te alcanzamos—le aseguró Ross—. —Espéranos como sabes que nos gusta —acariciándole el trasero y arrancándole un gemido bajo— ¡Dios, como me encanta como gimes necesitada! —Concéntrate. Luego seguimos con esto— dijo Ross ayudando a Clint a salir de la piscina Clint asintió. Cada palabra parecía un permiso para respirar. Un asistente de la Isla lo acompañó de vuelta por los pasillos iluminados. El lujo, tan abrumador como antes, parecía ahora aún más artificial después de la exhibición, la presión, las risas calculadas. Clint caminaba despacio, sintiendo cómo el cansancio lo alcanzaba finalmente. Sabía que la noche no había sido un simple favor… pero también sabía que no podía rebelarse, no todavía. Al llegar a su dormitorio, se quedó un instante en el umbral. La música se escuchaba lejana, igual que el agua de las piscinas. Cerró la puerta con suavidad, se quitó el bikini y se dejó caer sobre la cama, todavía temblando un poco. Pasó una mano por su rostro, tratando de ordenar las emociones que la pastilla había amplificado y deformado. Se dijo a sí mismo que en pocas horas estaría fuera de allí. Que en pocas horas volvería a casa. Pero mientras se quedaba dormido, con la luz tenue filtrándose por las cortinas, Clint entendía que ese viaje no había terminado. Ellos nunca daban algo por cerrado. Nunca. La Isla siempre terminaba cobrando lo suyo. Tres días después, el hangar privado tenía ese silencio frío que se sentía antes de cada despegue. El jet esperaba con la puerta abierta y los motores encendidos en un murmullo bajo. Clint avanzaba con paso firme, vestido con su ropa habitual y el rostro neutral, aunque por dentro todo le pesaba. Ross y Abominación ya estaban ahí, esperándolo como si todo formara parte de una ceremonia silenciosamente acordada. Ross llevaba una copa en la mano; Abominación, las manos en los bolsillos, sonriendo apenas. Cuando Clint se acercó, Ross colocó una mano en su espalda baja. Un toque suave, demasiado íntimo, que Clint soportó sin apartarse. Cada músculo se ponía tenso, pero él mantuvo la expresión tranquila que ellos esperaban ver. —Te ves descansado —murmuró Ross, acercándose un poco más, con ese tono que no dejaba espacio para retroceder. Abominación se inclinó lo suficiente para acomodarle el cuello de la camisa, como si fuera un gesto amistoso. Su mano permaneció un segundo más de lo necesario sobre la clavícula de Clint. —Fue agradable tenerte aquí —dijo con voz baja—. Sabes que siempre serás bienvenido. Clint tragó saliva, controlando el impulso de apartarse un paso. Su respuesta fue medida, correcta, sin permitir una sola grieta. —Gracias… por todo. Ross sonrió como si entendiera perfectamente lo que había detrás de esas palabras. O como si no le importara. —Buen viaje, Barton. La mano de Ross descendió por su espalda en una caricia lenta antes de retirarse. Clint no reaccionó; solo respiró hondo, manteniendo la compostura. Abominación le dio un leve toque en la mejilla, casi afectuoso, casi una advertencia. —Cuídate —y acerco uno de sus dedos a los labios de Clint, quien por instinto lo tomo con la boca y chuparlo sensualmente, con la mirada fija en el hambre— amo lo necesitada de hombre que vives —Vete ya —ordenó Ross Clint subió la escalerilla del jet con una calma que no sentía. No miró atrás. Ya adentro, se dejó caer en el asiento y cerró los ojos un instante, como si necesitara recuperar el aire que había estado reteniendo durante días. El avión empezó a moverse hacia la pista. El teléfono vibró. Un mensaje. “Gracias por tu estadía. Te esperamos pronto.” El aviso figuraba validado por la administración central. La autorización final correspondía a Norman Osborn. Clint sintió un nudo frío recorrerle la espalda. No había pastillas esta vez; la reacción era completamente suya. La mandíbula se le apretó, y sostuvo el teléfono con fuerza, casi hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No contestó. Tampoco lo borró. Sabía que estaban esperando eso, vigilando, midiendo. Simplemente apagó la pantalla y miró por la ventanilla mientras el jet despegaba. Afuera, La Isla quedaba atrás, pequeña, luminosa y falsa. Adentro, su respiración empezaba a recuperar un ritmo propio, aunque el peso del mensaje seguía allí, clavado como una sombra en la espalda.

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Matt estaba parado junto a su ventana, escuchando el ritmo de la ciudad que brillaba abajo, ajena, inclemente ante su dolor. Todo el peso de la separación de Foggy lo aplastaba: los recuerdos de risas compartidas, las conversaciones interrumpidas, los planes que nunca se habían cumplido. Respiraba con dificultad, intentando contener un nudo que no dejaba de crecer en la garganta. El sonido de la puerta interrumpió el silencio. caminó lentamente resistiendo las ganas de abrir. Lo hizo. Era Frank. Sin decir palabra, sintió su mirada sobre él. Luego, como si todo el peso del mundo pudiera concentrarse en ese gesto, lo abrazó. Primero con suavidad, como tanteando, y después con más firmeza, sosteniéndolo sin apuro, sin prisa. Matt permaneció inmóvil unos segundos, sorprendido, intentando ordenar sus pensamientos, pero la presencia de Frank le permitió bajar la guardia. Poco a poco, sintió cómo la tensión acumulada durante semanas se deshacía en su pecho. Y entonces lo dejó salir. Un llanto largo, desgarrador, lleno de rabia, tristeza y amor perdido. Matt sollozaba abrazado a Frank, mientras el mundo exterior desaparecía, y por un instante se permitió sentir toda la ausencia de Foggy sin barreras. Frank permaneció ahí, firme y silencioso, sosteniéndolo. Nada más importaba en ese instante. El apartamento se llenó de la calma que solo la presencia de alguien que realmente lo conocía podía traer. No era Foggy. Su otra mitad. Pero podía permitirse bajar la guardia por una noche
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