La Isla

Slash
NC-17
En progreso
2
Fandom:
Tamaño:
planificada Midi, escritos 277 páginas, 104.467 palabras, 14 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

Descubrimiento

Ajustes
La noche caía sobre La Isla con un brillo artificial que transformaba cada espacio en una versión impecable de lujo y control. Bajo las luces cuidadosamente distribuidas, los jardines, las piscinas y los senderos parecían perfectos, casi teatrales, pero la elegancia ocultaba una vigilancia constante. Los corredores técnicos y las áreas restringidas recorrían el subsuelo como venas de metal y electricidad, frías y silenciosas, diseñadas para detectar y neutralizar cualquier desviación. En ese ambiente donde cada sombra parecía observar y cada sonido podía delatar un movimiento, Scott Lang se movía con cautela por un corredor técnico. Sus pasos apenas hacían ruido sobre el metal frío del piso. La respiración se le volvía pesada y el corazón le latía con fuerza mientras intentaba mantenerse fuera del alcance de los sensores que barrían cada tramo del pasillo. Recordaba, como un eco persistente, cómo desde joven había sentido la necesidad de construir, crear y modificar todo lo que lo rodeaba, y cómo esa curiosidad lo había llevado a convertirse en un innovador creativo y empresario de entretenimiento y ocio. Mientras avanzaba, sus pensamientos se cruzaban con un recuerdo reciente que le oprimía el pecho: el correo electrónico que había recibido dos días antes, con pruebas de los acuerdos que había falsificado para atraer inversores. Veía cada firma alterada, cada fecha cambiada, y sentía cómo la culpa y el miedo se le acumulaban en el cuerpo. Sabía que, si esos errores salían a la luz, se convertían en un arma perfecta para controlarlo. El corredor parecía estrecharse a cada paso. El peso de Cassie se le imponía sobre cada decisión. Recordaba sus risas, sus juegos, los intentos torpes por ser un buen padre a pesar de los problemas que lo rodeaban. Cada atajo que había tomado estaba ligado a la vida que quería darle, y esa urgencia lo empujaba hacia adelante. La activación fue inmediata. Los sensores lo detectaron y el corredor cambió de comportamiento. Luces rojas comenzaron a parpadear y paneles móviles descendieron con un zumbido seco. Scott reaccionó por instinto. Corrió. Se lanzó contra una compuerta lateral, forzó el panel con las manos y arrancó cables a ciegas. Un chispazo apagó parte de la iluminación y, durante unos segundos, creyó que todavía podía escapar. Los guardias aparecieron desde ambos extremos. Scott los vio reflejados en el metal pulido y no se detuvo. Empujó al primero con el hombro, se soltó de un agarre y golpeó con desesperación, sin técnica ni cálculo. El segundo lo sujetó por detrás; Scott forcejeó, lanzó un codazo, gritó que lo soltaran. Lo derribaron contra el suelo y él siguió resistiéndose, con los músculos ardiendo y la respiración rota. No lo golpearon. Lo inmovilizaron con precisión, bloqueando brazos y piernas hasta que el cansancio le venció el cuerpo. Cuando dejó de luchar, no fue por rendición, sino porque ya no podía moverse. Lo sacaron del corredor técnico a la fuerza. Scott se resistía incluso cuando ya no tenía margen real de escape. Durante el trayecto forcejeaba, tensaba el cuerpo y trataba de soltarse, aunque los guardias lo mantenían controlado con una eficacia humillante. Protestaba en voz alta, exigía explicaciones, preguntaba a gritos a dónde lo llevaban. Su voz resonaba en el pasillo amplio y silencioso, rompiendo la calma artificial del lugar. Intentó apoyarse en las paredes, frenar con los pies, torcerse para caer al suelo y obligarlos a soltarlo. No lo logró. Dos de ellos lo levantaron sin esfuerzo aparente, uno sujetándole los hombros y el otro las piernas, cargándolo como si no pesara nada, como si su cuerpo ya no le perteneciera. Scott se debatía, apretaba los dientes, insultaba, repetía el nombre de su hija entre respiraciones agitadas, más como ancla que como súplica. Mientras avanzaban, la resistencia se volvía cada vez más torpe. El cansancio le pesaba en los brazos, y la adrenalina comenzaba a disiparse, dejándole una sensación de derrota que le oprimía el pecho. Aun así, no dejó de moverse hasta que lo depositaron bruscamente de pie frente a una puerta que se abrió sin ruido. Lo condujeron por un pasillo más amplio y silencioso hasta una habitación que parecía la suite de un resort. Los muebles de maderas oscuras, las luces suaves y las cortinas pesadas contrastaban de forma casi obscena con su estado. La cama enorme, impecable, ocupaba el centro del espacio. Ese lujo ordenado le cerró la garganta más que cualquier amenaza explícita. Sin darle tiempo a recomponerse, uno de los guardias colocó el vaso frente a él. Dentro había una pastilla. Scott negó con la cabeza y dio un paso atrás por reflejo, pero no avanzó más. Dos manos lo sujetaron con firmeza. Uno de los guardias le inmovilizó los brazos contra el torso mientras el otro le tomó el rostro, presionándole la mandíbula hasta obligarlo a abrir la boca. Scott intentó resistirse, giró la cabeza, murmuró una negativa ahogada, pero la fuerza fue precisa y constante. La pastilla entró y un vaso de agua le fue volcado sin cuidado, obligándolo a tragar. El sabor amargo le descendió por la garganta mientras la presión no cedía hasta que el reflejo confirmó que había ingerido todo. Solo entonces lo soltaron, dejándolo de pie, con la respiración alterada y una sensación extraña comenzando a extenderse por su mente. La sensación no tardó en aparecer. Algo denso y extraño comenzó a asentarse en su mente, apagando los bordes del miedo y debilitando la resistencia que aún intentaba sostener, mientras la puerta se cerraba a su espalda con un sonido suave y definitivo. Luego le indicaron que debía cambiarse. Sobre la silla elegante, cuidadosamente doblada, estaba la ropa femenina que debía ponerse. La orden no estaba acompañada de explicaciones ni advertencias; era absoluta. Scott miró la tela, sintiendo una mezcla de rabia contenida y resignación. Entendió que en minutos su resistencia estaría quebrada y subordinar su voluntad a quienes controlaban la situación. —Cassie — susurro Mientras se cambiaba, el lujo del entorno no calmaba su mente: los recuerdos de sus errores, los acuerdos falsificados y la preocupación por Cassie se mezclaban con la incomodidad y la humillación que le imponían. Sabía que la pastilla haría que obedeciera sin cuestionar

___________________

La oficina de la policía estaba iluminada por luces frías, con pantallas y papeles dispersos sobre el escritorio central. T’Challa revisaba cada documento con meticulosidad, marcando patrones y anotando cada detalle que pudiera pasar desapercibido. Sam se mantenía de pie junto a un tablero con gráficos y carpetas, supervisando la organización de la información y asegurándose de que todo tuviera sentido. Bucky caminaba entre ellos, su mirada entrenada detectando inconsistencias que los demás dejaban pasar. Ross se encontraba detrás del escritorio principal, observando los movimientos del equipo con gesto sereno. —Asegúrense de documentar todo correctamente —dijo—. No quiero sorpresas más adelante. T’Challa levantó la vista y asintió. —No podemos ignorar la coincidencia entre estos incidentes —dijo, señalando un registro en la pantalla—. Todos los que han estado involucrados en La Isla parecen verse forzados a comportarse de manera específica, a entretener a otros. Hay un patrón de manipulación aquí. Ross frunció levemente el ceño y añadió: —Mantengan los registros actualizados y cualquier anomalía, notifíquenme de inmediato. No podemos permitir que se nos escape ningún detalle. Sam asintió, organizando varias carpetas sobre el escritorio. —Clasifique todos los reportes de los últimos tres meses. Cada caso de “obligación a divertir” coincide con amenazas o chantajes recibidos previamente. Es casi como si los controlaran psicológicamente antes de enviarlos a actuar. Bucky se inclinó sobre un documento arrugado, frunciendo el ceño. —Miren esto. Hay inconsistencias en los horarios y ubicaciones de los que se supone estaban bajo vigilancia. Alguien manipula los registros para que parezca que cumplen órdenes voluntariamente, pero los datos muestran que sus movimientos son demasiado precisos para ser coincidencia. —Exacto —intervino T’Challa—. Cada uno de ellos está bajo presión constante, pero no es solo física. Es un control psicológico: amenazas, chantajes, viajes forzados… todo encaminado a que obedezcan sin cuestionar. Ross dio un paso al frente, con la mirada firme sobre los mapas y reportes. —Cualquier desviación de los protocolos debe ser reportada. Confío en que todos entienden la importancia de esto. —¿Y los viajes? —preguntó Sam, apoyando las manos sobre el escritorio—. ¿Cómo encajan los desplazamientos que hemos registrado en todo esto? Bucky señaló el mapa extendido frente a ellos, donde varias rutas estaban marcadas con líneas y anotaciones. —No son viajes libres. Los mueven de la isla por solicitud explicita del cliente y, en algunos casos, fuera de ella, siempre bajo órdenes precisas. Cada traslado tiene un propósito: eventos privados, encuentros “sociales”, desplazamientos para cumplir funciones específicas. Todo estaba calendarizado, vigilado y registrado. Nadie decide cuándo irse ni adónde. Sam frunció el ceño. —Entonces no hablamos de simples traslados logísticos. —No —confirmó Bucky—. Son piezas dentro de un circuito. El movimiento es parte del control. T’Challa asintió lentamente, procesando la información. —Lo que vemos no es criminalidad aislada ni improvisada. Es una estructura de manipulación sistemática. El entretenimiento funciona como parte la rutina. Los viajes no son un beneficio, son otra forma de encierro. Sam suspiró y se recargó en la mesa. —Tenemos que descubrir quién está detrás de esto, y cómo logran mantener el control sobre ellos. No podemos permitir que nadie más sea usado de esa manera. Bucky cerró el puño ligeramente, con los ojos fijos en el mapa. —Y tenemos que hacerlo antes de que la próxima “actuación” ocurra. Cada hora cuenta. El silencio se instaló por unos segundos, roto solo por el zumbido de los monitores. Los tres sabían que estaban frente a algo más grande de lo que parecía, y que su única esperanza era combinar precisión, estrategia y atención a los detalles para descubrir cómo funcionaba la maquinaria de La Isla.

_________

Cuatro meses habían pasado desde que Foggy se había ido, y la rutina de Matt se había transformado por completo. Las mañanas empezaban antes del amanecer, como siempre, pero el silencio de su departamento ya no tenía la calidez de compartirlo con alguien más; ahora era un vacío que parecía envolverlo. Caminaba por las calles de la ciudad antes de que el tráfico y el ruido llenaran cada rincón, revisando casos y preparando argumentos, pero la sensación de soledad lo seguía como una sombra constante. Ser fiscal lo mantenía ocupado, pero también lo agotaba de maneras que nunca había anticipado. Cada audiencia y cada juicio eran un recordatorio de que debía luchar por la justicia en un mundo donde los grises eran más comunes que los blancos y negros. Se sentía más pesado, más vigilante, y a veces se sorprendía repasando mentalmente cada conversación pasada con Foggy, preguntándose si había hecho lo correcto dejándolo ir. Las noches eran las más difíciles. Después de un día entero lidiando con crímenes, testimonios y la burocracia, regresaba a un departamento silencioso. La mesa del comedor estaba intacta, las sillas en su lugar, pero la ausencia de Foggy se hacía notar en los pequeños detalles: la taza de café que siempre olvidaba lavar, el periódico que solían leer juntos, la simple presencia que lo acompañaba mientras trabajaba hasta tarde. A veces, mientras repasaba expedientes o analizaba pruebas para sus casos, Matt sentía que su trabajo lo absorbía demasiado, y que la ausencia de Foggy le recordaba que la vida personal podía desvanecerse bajo la presión de ser fiscal. Aun así, se obligaba a seguir adelante, apoyándose en la rutina y en la convicción de que la justicia debía prevalecer, aunque el costo fuera su propia compañía y la calidez de la amor que había perdido.

­­­­­­­­­­­­­__________________________

Las asistentes entraron en la suite sin hacer ruido, moviéndose con la precisión de quienes estaban acostumbradas a cumplir órdenes sin margen de error. Scott permanecía de pie cerca de la cama, aún mareado por los primeros efectos de la pastilla, sintiendo cómo su mente se aquietaba poco a poco hasta volverse más dócil, más vulnerable. Una de las mujeres abrió el armario elegante, donde la ropa esperaba perfectamente acomodada: blusas suaves, jeans ajustados, suéteres ligeros en tonos pastel. Otra colocaba sobre la cama accesorios discretos, como si preparara un conjunto cotidiano para una salida tranquila… salvo que nada de aquello era voluntario. Scott observaba, sintiendo cómo la tensión en su pecho fluctuaba. Él sabía que debía obedecer; la pastilla hacía que la resistencia se diluyera, que su voz interna se apagara hasta quedar casi en silencio. —Seño… rita Lang, levante los brazos por favor —dijo una de ellas, con un tono cálido pero firme. Él obedeció sin titubear. La mujer deslizó sobre su torso una camiseta de tela suave, de corte femenino, y acomodó las costuras con cuidado, como si vestirlo fuera parte de un protocolo delicado. Otra ajustó un pantalón ceñido, cuidando que calzara bien, mientras una tercera revisaba su cabello, peinándolo ligeramente para que combinara con el estilo que le estaban imponiendo. Cada prenda se sentía extraña en su piel, no por lo que era, sino por lo que significaba: una muestra más del control que La Isla ejercía sobre él. Podía sentir cómo sus recuerdos —los correos, los chantajes, los errores cometidos— se mezclaban con la docilidad impuesta por la pastilla, volviéndolo más quieto, más consciente de su vulnerabilidad. Las asistentes lo guiaban con suavidad, girándolo, acomodándolo, evaluando cada detalle como si prepararan un maniquí para una exhibición. Él no protestaba; simplemente seguía las instrucciones, atrapado entre la obediencia inducida y la vergüenza silenciosa que se aferraba a su pecho. Cuando terminaron, una de ellas se retiró un paso para observarlo de arriba abajo, como si marcara un punto más en una lista invisible. —Está lista —dijo—. Ahora debe esperar a que lleguen las indicaciones. Scott sintió que el mundo alrededor se volvía más pequeño, más cerrado. No tenía control. No tenía escape. Y cada segundo lo obligaba a aceptar, sin palabras, que La Isla no solo lo castigaba: lo moldeaba. Ulises Klaw llegó a la suite sin tocar, como si la puerta le perteneciera. El sonido de sus pasos pesados se adelantaba a su presencia, y Scott sintió cómo la pastilla amortiguaba cualquier intención de retroceder. Klaw lo observaba de arriba abajo, evaluándolo con una satisfacción fría, como si aquella versión dócil y vestida para complacer fuera justo lo que esperaba encontrar. —Vamos —ordenó simplemente. Scott lo siguió. La caminata por el pasillo tenía algo inquietante: las luces cálidas, la música suave que venía desde la zona de la piscina, y el contraste de su ropa femenina moviéndose con cada paso. Klaw avanzaba seguro, sin apuro, como si disfrutara del trayecto más que del destino. A mitad del recorrido, el dispositivo en su muñeca vibró. Klaw lo detuvo con un gesto de la mano y revisó el mensaje. Su expresión se transformó lentamente, dibujando una sonrisa maliciosa que no alcanzaba a mostrarse del todo… pero era suficiente para que Scott sintiera un escalofrío. Ulises guardó el aparato sin comentar nada. No dijo una palabra. Solo retomó la marcha, su postura un poco más satisfecha, un poco más ansiosa. El camino hacia la zona de la piscina estaba especialmente concurrido. Ese día, La Isla rebosaba de actividad. Scott distinguía a varios chantajeados acompañados por los clientes que los manipulaban. Algunos caminaban junto a ellos tomados del brazo, otros cargaban bolsas, otros reían de algo que claramente no era gracioso. Había música, movimiento, risas superficiales… y bajo todo eso, un aire tenso, como si cada persona supiera perfectamente cuál era su lugar y cuánto costaba salirse de él. Klaw avanzaba entre ellos con una seguridad arrogante, saludando a un par de conocidos con un gesto rápido, como si estuviera paseando a una pertenencia más que a un ser humano. Scott notaba las miradas fugaces de otros chantajeados: reconocimiento silencioso, vergüenza compartida, resignación. Cuando llegaron a la zona del bar, cerca de la piscina iluminada por luces turquesa, Klaw señaló un asiento alto junto a la barra. —Quédate ahí —ordenó, sin dureza, pero con la certeza de que sería obedecido. Scott tomó lugar. El aire olía a alcohol dulce, cloro y perfume caro. A su alrededor, otros chantajeados esperaban órdenes similares, acompañantes que reían demasiado fuerte o que los tocaban sin permiso. Kang llegó sin anunciarse, como si el espacio entero se acomodara para dejarle pasar. Su figura llamaba la atención aun entre la multitud: traje impecable, postura erguida, mirada calculadora que parecía diseccionar cada detalle sin esfuerzo. El tono azul de las luces de la piscina resaltaba los contornos afilados de su rostro, dándole un aire casi irreal mientras avanzaba hacia la barra. Scott lo vio acercarse y sintió cómo su respiración se tensaba, aunque la pastilla mantenía su cuerpo dócil, obediente, casi demasiado tranquilo para lo que su mente quería hacer. Kang se sentó frente a él, cruzando una pierna sobre la otra, como si la conversación ya hubiera empezado antes de abrir la boca. —Scott Lang —dijo con una voz suave, modulada, cargada de un interés que no pretendía ocultar—. Veo que decidiste venir. Scott asentó, aunque él sabía que no había decidido nada. —S… sí. Lamento el retraso. Kang inclinó la cabeza, evaluándolo con atención, como si midiera cada gesto, cada parpadeo, cada detalle de la ropa femenina que llevaba puesta. Sus ojos recorrían su postura, la tensión en sus hombros, la manera en que trataba de mantener la calma. —Te ves distinto —comentó Kang—. Pero debo admitir… te queda. Me llamoNathaniel Richards, pero para ti soy Kang Scott sonrió, porque su cuerpo respondía así, aunque por dentro deseaba apartar la mano que Kang, sin avisar, extendió sobre la barra y posó sobre la suya. El contacto lo recorrió con una mezcla de nervios y rechazo instintivo. Scott sintió que su garganta se cerraba un segundo; quería retirar la mano, quería encogerse, quería decirle que no. Pero la pastilla apagaba esos impulsos como si bajara un interruptor. Y lo único que su cuerpo podía hacer era sostener la sonrisa amable que no sentía. Kang notó la reacción sutil, como si la incomodidad le resultara entretenida. Con el pulgar acarició el dorso de la mano de Scott, muy despacio. —Tranquilo —murmuró—. Solo estoy… apreciando el esfuerzo. Scott mantenía la sonrisa, suave, obediente. —Gracias —logró decir, su voz sonando más controlada de lo que se sentía. Kang entrecerró los ojos, estudiándolo. —Dime, Scott… ¿estás listo para complacer hoy, como lo hiciste otras veces? Scott sintió un vértigo silencioso. El rechazo se asomaba dentro de él, queriendo empujar la mano de Kang lejos. Pero su brazo siguió quieto, dócil, y la sonrisa amable continuó adornando su rostro como si fuera parte natural de él. —Sí… estoy listo —respondió, mientras su estómago se apretaba. Kang sonrió apenas, satisfecho. —Bien. Será una noche interesante. Su mano seguía sobre la de Scott, atrapándolo con una calma que resultaba más inquietante que cualquier amenaza abierta. La música retumbaba en el bar junto a la piscina, y las luces de colores bañaban los cuerpos que se movían sin descanso. Scott bailaba con una sonrisa que no nacía de él, sino de la pastilla que todavía le adormecía la voluntad. Kang lo guiaba con una mano firme en su cintura, como si midiera cada reacción, cada gesto. A su alrededor, la concurrencia llenaba el lugar. Era uno de esos días en que La Isla rebalsaba de invitados y acompañantes obligados. Algunos reían, otros solo imitaban la alegría que se esperaba de ellos. Tony Stark aparecía entre la multitud con el cabello mojado por la humedad y un brillo en los ojos que no era auténtico. Bailaba pegado a Iván Vanko,un ingeniero brillante pero resentido,que habíacrecido a la sombra de injusticias que consideraba imperdonables, convencido de que el mundo le debía reconocimiento y poder. Su talento para la física aplicada y la ingeniería energética lo había llevado a desarrollar tecnología avanzada por su cuenta, siempre con un trasfondo de desafío y confrontación. Vanko miraba la forma en la el cuerpo de Tony se contorneaba, la cual parecía ensayada para complacer. Lo tomaba por la cintura con mano pesada, murmurando comentarios que Tony simplemente asentía como si no los escuchara realmente. En otro punto, Loki bailaba con Thor. Loki sonreía con suavidad extraña, dejando que Thor lo alzara un poco del suelo y lo hiciera girar, mientras él fingía estar encantado. Thor bebía de una copa enorme y reía con un entusiasmo que desentonaba con la mirada velada que Loki sostenía. Scott sentía todo eso a su alrededor como si lo observara desde lejos. Kang, en cambio, avanzaba con paciencia calculada. Primero rozaba su mano con la de Scott mientras se movían al ritmo de la música. Luego le acomodaba un mechón detrás de la oreja con un gesto sutil que parecía íntimo. Más tarde lo acercaba un poco más, reduciendo el espacio entre ambos apenas un centímetro cada vez. —Te ves relajado —comentó Kang, inclinándose para que solo Scott lo escuchara. —Sí… creo que sí —respondió Scott, aunque por dentro se tensaba. No podía decir “no”. No podía apartarse. La pastilla apagaba su resistencia como una llama privada de oxígeno. Kang aprovechaba esa quietud forzada. Le ofrecía otro trago, y Scott lo aceptaba sin poder evitarlo. —No te preocupes —decía Kang mientras brindaban—. Solo quiero que disfrutes. La mano de Kang se deslizaba con naturalidad hasta enlazar los dedos de Scott, y aunque el gesto era leve, en Scott despertaba un temblor que él intentaba ocultar. Su sonrisa salía, obediente, pero su estómago se anudaba. —Eres más encantador de lo que imaginaba —añadió Kang, estudiando su rostro como si buscara señales invisibles. Scott solo asintió, moviéndose con él, dejándose guiar. Mientras la fiesta estallaba alrededor, y otros chantajeados bailaban, reían o bebían para sobrevivir a la noche, Kang seguía acercándose, paso a paso, avance tras avance. Nada brusco. Nada evidente. Solo pequeñas invasiones que, acumuladas, envolvían a Scott hasta que ya no sabía dónde terminaba el baile y dónde empezaba la trampa.

_____________

Ulises Klaw avanzaba por el sendero oscuro que conducía a la cabaña aislada, lejos de las luces y del ruido de la piscina. La noche envolvía todo con un aire húmedo, y en esa parte de la isla solo el sonido de los grillos acompañaba sus pasos firmes. Él caminaba sin prisa, como quien ya sabía exactamente qué encontraría al llegar: obediencia, miedo y silencio. Mientras avanzaba, recordaba con precisión quirúrgica cómo había obtenido a Selvig, cómo lo había doblegado pieza por pieza hasta convertirlo en una herramienta dócil. Klaw había descubierto a Selvig casi por accidente. En medio de un análisis rutinario de información sensible, una carpeta digital mal protegida revelaba algo que nadie más había notado: una transferencia mensual, discreta pero continua, hacia una institución en las afueras de Oslo. Klaw olió el secreto antes incluso de confirmarlo. Siguió la pista, hackeó las cámaras, intervino comunicaciones, y finalmente localizó al niño: un adolescente brillante, reservado, con el mismo gesto preocupado que su padre. Cuando tuvo pruebas suficientes, contactó a Selvig. El científico recordaba perfectamente ese día. Klaw había aparecido en su laboratorio, sonriendo con esa calma que anunciaba destrucción. —Bonito muchacho —había dicho, dejando sobre la mesa una fotografía del chico caminando a la salida del colegio—. Se parece a ti. Selvig se congelaba cada vez que revivía ese momento. Él había intentado negarlo, tartamudeando, buscando explicaciones que no servían de nada. Klaw simplemente lo observaba con paciencia cruel, como un depredador que ya sabía que la presa estaba agotada. —No te preocupes —había continuado Klaw parándose detrás suyo y acariciándole la espalda—. Lo he estado cuidando. De hecho, yo financié su beca este año. Luego se inclinó hacia él, con el tono suave que siempre usaba antes de apretar el yugo, mientras su entrepierna rozaba los glúteos de Selvig, paralizándolo completamente. —Sería una lástima que dejara de recibirla. O peor… que alguien descubriera quién es realmente su padre. ¡Y las repercusiones que tendría en tu carrera! Selvig se derrumbó entonces, rendido, sin poder mirar a los ojos de aquel hombre que ya lo tenía atrapado. A partir de ese día, obedecía sin discutir. Klaw sonrió triste al recordar mientras seguía caminando por el sendero. Casi extrañaba ir a aquella cabaña que aparecía entre los árboles: pequeña, apartada, iluminada apenas por una lámpara cálida en la ventana a ver a su juguete favorito. Era el lugar perfecto para encuentros clandestinos. Selvig lo esperaba adentro. Ulises lo citado ahí porque decía que necesitaba “disciplina”, como lo llamaba él. Y porque le gustaba verlo en ese estado: nervioso, sumiso, atrapado en una red que no podía romper. Aun recordaba la última vez que lo había mandado llamar. Klaw abrió la puerta sin golpear. Selvig estaba de pie en el centro de la habitación, con los hombros tensos y las manos entrelazadas. Había estado mirando la cama, los documentos sobre la mesa, cualquier cosa que lo ayudara a no pensar. Cuando vio a Klaw entrar, dio un paso atrás casi involuntario. Y Klaw sonrió. —Veo que llegaste a tiempo —dijo con un tono tranquilo, casi amable—. Haz sido un niña muy desobediente Selvig. Papi tendrá que darte algunas nalgadas La puerta se cerraba detrás de ellos con un clic suave. Y el infierno empezaba para Selvig.

________________

La música seguía vibrando alrededor de la piscina, y las luces reflejaban destellos temblorosos sobre el agua mientras Scott y Kang se movían entre la multitud. Al principio, Scott mantenía cierta distancia: sus pasos eran tensos, su sonrisa apenas sostenida por la pastilla. Pero la noche avanzaba, y la combinación de estímulos —alcohol, música, risas, miradas— comenzaba a desdibujar los límites de su resistencia. Kang lo conducía con una naturalidad estudiada. Él se acercaba cada vez que Scott retrocedía; hablaba en voz baja, casi susurrando, como si solo existieran ellos dos. El imperio de su presencia era sutil y calculado. En un momento, Kang lo tomó de la cintura mientras bailaban. La mano se apoyó firme, demasiado confiada, demasiado segura para un encuentro casual. Scott sintió cómo su primera reacción —el impulso de apartarse— chocaba contra la obediencia impuesta por la pastilla. La sonrisa le salió automática, suave, casi dulce. —Te estás relajando —comentó Kang, inclinándose hacia él. Scott bajaba un poco la mirada. —Supongo que… estoy intentando pasarla bien. Kang sonreía como quien escucha exactamente lo que esperaba. A su alrededor, la fiesta se desarrollaba en una coreografía absurda y brillante. Tony bailaba pegado a Iván Vanko, moviéndose con una sensualidad que lo acariciaba con descaro absoluto. Loki giraba con Thor cerca de la barra; la escena parecía un choque de mundos, la elegancia retorcida de Loki junto a la fuerza despreocupada de Thor. Los cuerpos marcaban ritmos distintos, pero encajaban, atraídos por una tensión que nadie comentaba en voz alta. Scott volvió a mirar a Kang. El hombre sostenía dos vasos y le ofreció uno. —Brinda conmigo. Por una buena noche. Scott aceptó. La bebida bajó tibia y dulce, y la sonrisa —esa que él no elegía— se amplió. Con cada trago, Kang acortaba un poquito más la distancia. Sus dedos rozaban la mano de Scott cuando le quitaba el vaso, su brazo quedaba pegado al suyo cuando se inclinaba para hablarle al oído. Eran avances pequeños, casi imperceptibles… pero constantes, inevitables. Scott sentía el nudo en el estómago cada vez que Kang lo tocaba. La incomodidad se mezclaba con la imposibilidad de apartarse, con la obediencia suave que la pastilla imponía en su cuerpo. Cuando Kang tomó su mano otra vez, esta vez entrelazando los dedos, Scott sintió un estremecimiento. Quiso soltarla. Quiso retroceder. Pero sus labios formaron una sonrisa dócil, y su voz salió baja y tranquila: —¿Quieres seguir bailando? Kang lo observó con esa mirada que siempre parecía medirlo, evaluarlo, desmontarlo pieza por pieza. —Claro que sí —respondió—. Contigo, siempre. Y Scott, atrapado entre la música y la obediencia, siguió moviéndose con él, sintiendo cómo su voluntad se deslizaba poco a poco hacia un lugar donde ya no podía alcanzarla. Las luces azules y doradas se reflejaban en el agua, y Scott se dejaba guiar por Kang, moviéndose con él en círculos cortos, suaves, cada vez más cercanos. Kang lo sostenía de la cintura con una seguridad tranquila, mientras la otra mano permanecía aferrada a la de Scott, sus dedos todavía entrelazados. Scott sentía el calor del contacto subirle por el brazo; su respiración se agitaba un poco, aunque sus gestos seguían obedientes y dóciles bajo el efecto de la pastilla. —Bailas bien cuando te relajas —comentó Kang, inclinándose apenas para observarlo mejor. Scott desviaba la mirada, sonriendo con timidez que no terminaba de ser suya. —Supongo que… tú ayudas —respondió. El comentario hizo que Kang sonriera con una satisfacción silenciosa. Los cuerpos estaban lo suficientemente cerca como para que Scott sintiera cada movimiento del otro. El aire entre ellos era tibio, cargado de música, alcohol y una tensión que ya no podía ignorarse. Kang deslizó sus dedos desde la cintura hasta la espalda baja, un gesto tranquilo pero que hacía que Scott temblara ligeramente. Scott levantó la vista. La expresión de Kang era tranquila, calculada, como si estuviera esperando exactamente ese momento. Hubo un segundo suspendido entre ellos. La multitud seguía bailando, Tony seguía girando sensualmente con Vanko, Loki seguía riéndose contra el cuello de Thor… pero Scott solo escuchaba los latidos acelerados en sus propios oídos. Kang acercó su rostro, despacio, tan despacio que Scott pudo sentir antes el aliento que los labios. Scott quería retroceder. Quería decir “no”, pero no podía. Su cuerpo se movía bajo impulso propio. su resistencia estaba completamente apagaba, convirtiendo su cuerpo en algo dócil. Aunque no quería, sonrió. Una sonrisa dulce, tranquila… obediente. Y Kang aprovechó ese instante. Lo besó. Fue un beso suave al principio, casi exploratorio; pero firme, seguro, como quien ya había decidido que ese momento le pertenecía. Scott sintió cómo su pecho se tensaba, cómo su cuerpo obedecía pese al nerviosismo que se agitaba dentro de él. Sus labios respondieron de forma automática, lenta, amable… como si aceptaran algo que su mente rechazaba con todas sus fuerzas. Kang se separó apenas un centímetro, manteniendo su mano en la nuca de Scott. —Sabía que te gustaría —murmuró. Scott respiraba rápido, sus mejillas ligeramente encendidas, la música todavía vibrando alrededor. Y aunque por dentro hubiera querido decir otra cosa, lo único que salió de su boca, suave y casi tímido, fue: —Sí… supongo que sí. Kang lo tomó de la cintura y lo guio fuera del bullicio de la piscina. Scott caminaba a su lado con pasos suaves, casi flotando por efecto de la pastilla; su cuerpo obedecía mientras su mente permanecía en un murmullo inquieto. La música quedaba atrás, desvaneciéndose en ecos mientras atravesaban los senderos iluminados que rodeaban la zona de entretenimiento. El ambiente nocturno de La Isla tenía un brillo artificial que hacía que todo pareciera más pulido, más calculado. La brisa tibia movía las luces entre los jardines, y Scott seguía avanzando sin oponer resistencia. Kang lo observaba de reojo de vez en cuando, evaluando cada reacción, confirmando que la docilidad seguía en su sitio. Llegaron al edificio principal de residencias. El ascensor subió con un desliz elegante, y Kang apenas soltó la cintura de Scott, como si temiera que pudiera escapar aun sabiendo que eso ya no era posible. El departamento estaba en un piso alto. Cuando Kang abrió la puerta, Scott se detuvo un instante. El interior se extendía amplio y lujoso, decorado con líneas limpias y tonos oscuros que daban una sensación de poder silencioso. Todo parecía demasiado ordenado, demasiado perfecto. Kang lo invitó a entrar con un gesto suave. —Ven. Quiero seguir conociéndote. Scott avanzó despacio. Su respiración era ligera, casi temblorosa, y el beso todavía le ardía en los labios. La pastilla mantenía su cuerpo relajado, incluso receptivo, mientras su mente intentaba mantener algún rastro de alerta. Kang cerró la puerta y se acercó despacio, rodeándolo con una calma que parecía ensayar cada movimiento. Le acomodó un mechón de cabello que había caído sobre su frente. —¿Estás bien? —preguntó con una voz que sonaba amable, aunque sus ojos tenían un brillo calculador. —Sí… —respondió Scott, con aquella sonrisa tranquila que no podía evitar. Kang apoyó las manos en sus caderas, guiándolo hacia el interior. —Me alegra. No quiero que esta noche sea incómoda para ti. Scott sintió cómo su pulso se aceleraba mientras avanzaba por la sala. La vista desde la ventana era impresionante: la piscina a lo lejos, los caminos iluminados, y los autos de lujo estacionados en los puntos estratégicos donde otros chantajeados entretenían a sus acompañantes. Kang se colocó detrás de él, rozando apenas su espalda con las manos. —Me gustó cómo bailabas conmigo —comentó—. Y cómo respondiste a mi beso. Scott tragó saliva, su voz saliendo baja y suave: —Yo… intentaba mantener el ritmo. Kang sonrió, acercándose lo suficiente como para que su pecho tocara la espalda de Scott. —Lo hiciste muy bien. El departamento parecía envolverlos. El silencio, la luz tenue, la distancia de la fiesta… todo conspiraba para aislarlo. Kang deslizó una mano hasta su cintura, despacio, marcando apenas un avance más. —Quiero pasar un rato tranquilo contigo —murmuró—. Sin ruido. Sin distracciones. Scott respiraba despacio, atrapado entre la obediencia de su cuerpo y el nudo incómodo en su pecho. Y aun así, con una docilidad que no podía controlar, asintió suavemente. Scott se quedó quieto un instante mientras Kang seguía acercándose, su cuerpo obediente y su mente apenas manteniendo un hilo de resistencia. Una parte de él estaba absorbida por el momento, la pastilla suavizando cada impulso de rechazo, cada intento de apartarse. Pero otra parte —más profunda, más real— no podía evitar pensar en Cassie. Recordó su risa, su entusiasmo por las cosas más simples, la forma en que confiaba en él sin reservas. Cada gesto que había hecho por ella, cada intento de ser un buen padre, apareció en su mente como un flash doloroso y reconfortante a la vez. ¿Qué pensaría Cassie si lo viera ahora? ¿Cómo reaccionaría si supiera que estaba allí, bajo la influencia de alguien como Kang, cediendo sin poder realmente decidir? Ese pensamiento lo hizo vacilar un segundo, un pequeño nudo en el estómago que la pastilla apenas podía aplacar. Quiso apartarse, pero sus piernas no respondieron, sus manos seguían firmes, enlazadas con las de Kang, su cuerpo obediente a la voluntad ajena. Como si percibiera la duda mínima en su reacción, Kang se inclinó apenas hacia él, rozando sus labios con suavidad otra vez. —No tienes nada de qué preocuparte —susurró Kang—. Solo déjate llevar. Scott tragó saliva, sintiendo la mezcla de nervios y sumisión que lo recorría. Su pensamiento en Cassie le recordaba lo que realmente valoraba, pero la pastilla mantenía su cuerpo dócil, su sonrisa amable, su obediencia casi perfecta. Mientras Kang continuaba su avance, acariciando su brazo y rozando su espalda, Scott se obligaba a separar lo que sentía por Cassie de lo que su cuerpo estaba haciendo. Cada roce le recordaba su culpa silenciosa, la contradicción de querer resistirse y no poder, y la fuerza de la manipulación que lo tenía atrapado. Scott recordó su primera vez en la isla con MODOK. George Tarleton, conocido allí como MODOK, era uno de esos hombres que a simple vista parecían inofensivos, casi tímidos… hasta que alguien descubría qué disfrutaba realmente. Tenía una mente brillante para la ingeniería, y le gustaba hablar de circuitos, algoritmos y cálculos complejos como si fuera un juego; pero en cuanto entraba en intimidad, su carácter cambiaba. En la isla era famoso entre el personal por su crueldad silenciosa, por la forma en que medía cada reacción de quienes caían en sus manos. Sonreía poco, pero cuando lo hacía, Scott sentía que algo en su estómago se encogía. MODOK disfrutaba de ver nervios, de analizar los temblores, de empujar límites mientras fingía amabilidad. La primera vez que Scott quedó a solas con él, MODOK se acercó con una calma que asustaba más que cualquier arrebato. Lo tocó como si estuviera evaluando una pieza nueva, y no a una persona. Le habló con esa voz baja y calculadora, preguntándole qué tan obediente podía llegar a ser. Scott había intentado mantenerse firme, pero MODOK sabía exactamente dónde presionar para quebrar a alguien sin levantar la voz. Cuando lo besó, lo hizo con una seguridad perturbadora, como si ya hubiera decidido que Scott le pertenecía por esa noche. No buscaba ternura; buscaba control, precisión… una reacción que pudiera registrar como un dato más en la colección de comportamientos humanos que tanto le fascinaban. Scott recordaba esa sensación: esa mezcla de impotencia y resignación que lo acompañaba cada vez que un visitante lo escogía. Y ahora, con Kang tan cerca, sentía un eco de aquello… aunque Kang era otra clase de depredador. Más elegante, más paciente, más peligroso. Scott seguía sintiendo el peso del recuerdo de MODOK mientras Kang se inclinaba sobre él en el silencio del departamento. La música lejana de la piscina apenas llegaba como un murmullo, casi irreconocible, y las luces tenues del lugar proyectaban sombras largas que solo aumentaban su inquietud. Él quería apartarse, alejar a Kang con una excusa cualquiera, pero la pastilla seguía obrando en su cuerpo. Sus movimientos eran dóciles, suaves, obedientes. Sus sonrisas salían sin permiso, mecánicas pero creíbles. Y Kang, al verlo así, parecía disfrutar cada segundo. —Estás tenso —murmuró Kang, rozando su mejilla con los dedos. Scott intentaba dar un paso atrás, pero sus pies no respondían. Apenas inclinó la cabeza, como si aceptara el contacto. —No… estoy bien —respondió, aunque dentro de él se agitaba la misma alarma que sintió aquella noche con MODOK. Kang lo tomó suavemente por la mandíbula, estudiándolo con esos ojos que parecían leerlo todo. —No tienes por qué temerme —dijo con una calma peligrosa. Scott recordaba cómo MODOK le había dicho algo similar, usando exactamente ese tono. Y el eco de esa frase atravesaba su pecho ahora, haciéndole difícil respirar. En la isla, esas palabras casi nunca significaban protección. Significaban que alguien más había decidido lo que iba a pasar. Kang se aproximó un poco más, lo suficiente para que Scott sintiera su aliento cálido en la piel. —Quiero conocerte, Scott —continuó—. Quiero saber quién eres cuando nadie te obliga a crear espectáculos… cuando no tienes que impresionar a nadie. Scott parpadeaba rápido, intentando mantener el control. Quería pensar en otra cosa, en Cassie, en su vida fuera de ese lugar, en cualquier detalle que lo anclara. Pero la pastilla suavizaba sus defensas, lo volvía maleable. Kang deslizó los dedos por su cuello, lento, calculado. —¿Puedo quedarme cerca? —preguntó con una suavidad que no ocultaba la intención. Scott asintió, aunque en su mente gritaba que no. Dentro de él, el recuerdo de MODOK latía como una advertencia: esa noche también había comenzado con caricias suaves, con palabras calibradas, con una paciencia que solo escondía otra forma de dominio. Y ahora, el mismo patrón se repetía, envolviéndolo mientras Kang acercaba sus labios a los suyos. Scott sonreía, obediente, incapaz de retroceder. Pero por dentro, solo pensaba en Cassie. En cómo ella merecía un padre que pudiera volver a casa… y en cómo esta isla parecía empeñada en arrancarle incluso esa esperanza. Kang apoyó una mano en la parte baja de la espalda de Scott y lo guió lentamente hacia el interior del dormitorio del departamento. Scott sentía que cada paso pesaba, como si su cuerpo se moviera con un retraso extraño. La pastilla seguía actuando, envolviéndolo en una docilidad cálida que él no podía romper. Kang cerró la puerta con un gesto suave. —Quiero que estés cómodo —murmuró. Scott observaba el cuarto sin realmente verlo. Las paredes eran amplias, blancas, decoradas con detalles metálicos y líneas azules que parecían moverse con la luz. Todo daba esa sensación de lujo contenida, ese tipo de riqueza que jamás era ostentosa porque no tenía que demostrar nada. Kang se acercó por detrás y rodeó suavemente su cintura con las manos. —Bailaste increíble esta noche —comentó, casi susurrando junto a su oído—. No pensé que te soltarías así. Scott tragó saliva. Él quería decir que no había sido él, que la pastilla lo forzaba, que su cuerpo actuaba como un títere mientras su mente intentaba mantenerse despierta. Pero su boca respondió sola: —Me alegra que lo hayas disfrutado. Lo hice para tí Kang sonrió, esa sonrisa tranquila que escondía algo más oscuro. —Me gusta cuando los hombres inteligentes se permiten ser libres —dijo mientras deslizó los dedos por su brazo, lento, como si evaluara cada reacción. Scott se estremecía. No de deseo, sino de ese miedo silencioso que siempre aparecía cuando alguien en la isla decidía que él era su entretenimiento por la noche. Kang tomó su barbilla y la levantó, obligándolo a mirarlo. —Quiero que entiendas que conmigo no necesitas fingir —murmuró. Scott forzó una sonrisa, esa sonrisa dócil que la pastilla imponía. —Claro… —respondió. Kang acercó su rostro, apenas unos centímetros, sin besar aún, como si él saboreara la tensión. Sus dedos recorrieron la línea de la mandíbula de Scott, bajando luego por su pecho, hasta detenerse justo donde el latido se aceleraba. —Late rápido —observó—. ¿Estás nervioso? Scott intentó alejar la mirada, pero Kang la sostuvo con firmeza. —No… estoy bien —mintió. Kang acarició su cuello con el pulgar. —Scott, quiero que te relajes conmigo. Aquí no tienes que luchar —dijo con una suavidad que no ocultaba el dominio detrás. Luego lo guio hacia el borde de la cama y lo hizo sentarse. Él se ubicó frente a Scott, entre sus piernas, inclinándose un poco. —Quiero conocerte más… profundamente —susurró. Scott respiraba con dificultad. La pastilla empujaba sus músculos hacia la calma, lo convencía de asentir, de mostrarse receptivo. Y aun así, en su mente, el nombre de Cassie parpadeaba como un faro desesperado. Él sonrió, obediente, justo cuando Kang tomó suavemente sus labios en un beso lento, controlado, inevitable. Kang profundizó el beso con una paciencia medida, como si él disfrutara cada segundo en el que Scott cedía un poco más. Sus manos subieron por los costados de su torso, explorándolo sin prisa, hasta apoyar ambas sobre sus hombros, guiándolo suavemente hacia atrás. Scott retrocedió apenas, no por decisión propia, sino porque el cuerpo ya respondía más a Kang que a él. La pastilla seguía moldeando cada gesto, cada reacción, cada temblor. Su respiración salía irregular, intentando no delatar el miedo que le recorría el pecho. Kang se inclinó sobre él, apoyando una rodilla en la cama para acercarse más. —Eso es… —murmuró contra su cuello—. Déjate llevar. Scott cerraba los ojos porque mirarlo de frente hacía que la realidad pesara más. La sensación de estar atrapado entre su voluntad y la obediencia impuesta lo rompía en silencio. Y aun así, su cuerpo respondió cuando Kang besó la piel de su clavícula, lento, con un cariño calculado. Kang subió la mano hasta su rostro y acarició su mejilla con el dorso de los dedos. —No sabes cómo me gusta verte así —dijo con voz baja. Scott intentó moverse, un gesto mínimo, apenas un intento de apartar la mano. Pero sus músculos se relajaron solos, dejándolo quieto. —Kang… —susurró, casi sin aire. —Shh… —respondió él, apoyando la frente contra la de Scott—. No necesitas hablar. Kang rozó sus labios nuevamente, esta vez más firme, más seguro. Scott respondió al beso porque no podía hacer otra cosa, porque su cuerpo se movía hacia él como si esa fuera la única opción. Y cada avance de Kang lo empujaba un poco más adentro de esa falsa docilidad. Las manos de Kang bajaron por su cintura y lo acostaron suavemente sobre la cama. Scott sintió el colchón hundirse bajo su espalda, y el techo, con sus luces tenues, parecía difuminarse. Kang se acomodó sobre él, apoyando una mano junto a su cabeza, dejándolo atrapado entre su cuerpo y las sábanas. —Quiero verte sin miedo —murmuró. Scott respiraba rápido; por dentro seguía aferrándose a la imagen de Cassie, a su risa, a su voz, a cualquier cosa que lo mantuviera consciente de quién era él más allá de esa isla. —Estoy… contigo —dijo Scott, porque la pastilla obligaba siempre a la respuesta correcta. Kang sonrió, satisfecho, inclinándose para besarlo otra vez, más profundo, más posesivo. La noche avanzaba lenta dentro de ese departamento, y Scott sentía que cada minuto lo alejaba un poco más de su libertad, mientras Kang continuaba con una paciencia que solo hacía más claro que no pensaba dejarlo ir tan fácilmente. Kang descendió los labios por el cuello de Scott, marcando un camino lento, seguro, calculado. Cada contacto encendía una reacción que Scott no controlaba, como si su propio cuerpo se hubiera vuelto un espacio ajeno donde él apenas miraba desde lejos. La mano de Kang se deslizó por su costado, sosteniéndolo con una firmeza que siempre rozaba la posesión más que el afecto. Él sabía exactamente cómo moverse, cómo acercarse, cómo presionar la obediencia sin levantar la voz. —Relájate —susurró contra su piel, y la orden se hundió en Scott como una corriente tibia. Scott temblaba. No de frío, ni de deseo, sino de esa mezcla confusa que nacía cuando la pastilla bloqueaba su voluntad pero su mente seguía despierta. Cada roce, cada caricia, cada gesto de Kang lo llevaba un paso más adentro del sometimiento suave que la Isla favorecía. Kang subió su rostro y volvió a besarlo, más profundo, más directo, guiando la boca de Scott con una precisión que establecía claramente quién marcaba el ritmo. Scott respondía porque no podía hacer otra cosa; su cuerpo fluía hacia él como si fuera lo natural, mientras su pecho ardía por dentro de un miedo silencioso que nadie veía. —Eso es… Muy bien —murmuró Kang, satisfecho con la docilidad que él mismo había provocado. Scott intentó aferrarse mentalmente a algo real: la risa de Cassie, el olor de su cuarto, el sonido de su voz cuando era niña. Cada pequeño recuerdo actuaba como un ancla, sosteniéndolo en medio de ese instante que no le pertenecía. Kang tomó su mano, entrelazando los dedos con una suavidad engañosa, y descendió sobre él una vez más. El peso de su cuerpo lo atrapó, y el calor creciente llenó el espacio entre ambos mientras la luz tenue del departamento dibujaba sombras largas sobre la cama. Scott giró el rostro hacia un lado, respirando hondo, luchando por mantenerse presente. Pero la pastilla lo arrastraba, envolviéndolo en un velo cálido que apagaba cada intento de resistencia. Kang acarició su mejilla y habló con una voz baja, casi íntima: —Te quiero así… entregado… sin miedo. Scott parpadeó, sintiendo la garganta cerrarse. Y aun así, su cuerpo se relajó como respuesta automática, siguiendo el guion que la Isla le imponía. La noche transcurrió lenta en el departamento. Cada movimiento de Kang era medido, cada caricia y roce marcaba un territorio invisible que Scott no podía romper. Su cuerpo cedía, pero su mente no dejaba de recordar a Cassie, su vida fuera de la isla, su voluntad propia que había quedado en pausa. La pastilla seguía haciendo efecto, suavizando sus reflejos, sus impulsos de rechazo, su miedo, pero no lograba borrar los recuerdos ni las pequeñas punzadas de culpa que lo recorrían. Finalmente, la calma se instaló. Kang se recostó a su lado, apoyando suavemente la frente sobre la de Scott. Ambos respiraban con lentitud. Scott cerró los ojos, intentando digerir lo que había pasado, aunque cada sensación del cuerpo lo recordaba. No era un momento de placer completo, sino un acto de sumisión que dolía en silencio. —Descansa un poco —susurró Kang, con voz tranquila—. No tienes que moverte. Scott asintió, aunque la mente no dejaba de girar. Pensaba en Cassie, en su risa, en su casa, en cómo jamás querría que lo vieran así. Pensaba en la Isla y en la primera vez con MODOK, en cómo la manipulación siempre seguía el mismo patrón, disfrazada de cuidado, de atención, de cariño medido. Su pecho palpitaba rápido, lleno de tensión, miedo y una obediencia que no era suya. La madrugada avanzó sin palabras. Solo se escuchaba la respiración pausada de ambos, el murmullo lejano de la piscina y los autos estacionados afuera. Scott trataba de organizar sus pensamientos, de separarse de la realidad inmediata, de mantenerse consciente de quién era, mientras su cuerpo seguía obedeciendo los gestos suaves de Kang. Cuando finalmente el primer rayo de luz entró por las ventanas del departamento, la habitación parecía transformada: las sombras largas se volvieron cálidas, doradas. Scott se incorporó lentamente, apoyando las manos en la cama, intentando estirarse y recuperar algo de control sobre su propio cuerpo. Kang no se movió, solo lo observaba, su expresión serena, calculadora, pero sin prisa. —Buenos días —dijo Scott, la voz ronca, cargada de cansancio y tensión—. —Buenos días —respondió Kang, con la misma calma que había tenido toda la noche—. ¿Cómo te sientes? Scott tragó saliva. Su mente quería decir “mal”, “asustado”, “no quiero esto”, pero la pastilla todavía difuminaba la claridad de sus emociones. Solo pudo sonreír ligeramente, una sonrisa educada, amable, y asentir con la cabeza: —Bien… gracias. Kang se levantó primero y se acercó a la ventana. —Tómate tu tiempo —dijo—. Hoy no tenemos prisa. Scott se quedó sentado, mirando el amanecer sobre la isla. Sus pensamientos volvían a Cassie, a MODOK, a cada paso que lo había llevado hasta allí. Su cuerpo seguía obedeciendo, pero en su mente se dibujaba un hilo invisible de resistencia: la promesa de que, más allá de la Isla, más allá de las pastillas y los manipuladores, su voluntad todavía existía, pequeña, tenue, pero viva. Mientras la luz del sol llenaba la habitación, Scott se levantó con cuidado, intentando reorganizarse, mientras Kang lo observaba, evaluando, midiendo cada gesto, cada respiración. Y aunque esa mañana no prometía escape, ni alivio completo, le dio la primera certeza de que podía sobrevivir, seguir adelante, y, algún día, recuperar todo lo que le habían arrebatado. Los días siguientes transcurrieron lentos, marcados por una rutina que Scott no había imaginado. Cada mañana, acompañaba a Kang mientras desayunaban en la terraza del departamento o recorrían los pasillos de la isla, siempre en silencio, siempre observándolo, midiendo cada gesto. Scott seguía obediente, sus movimientos eran suaves, dóciles, como si la pastilla aún dictara cada reacción. Durante el día, Scott realizaba tareas menores: iban a la piscina, le cocinaba, y, en ocasiones, lo acompañaba mientras él conversaba con otros visitantes. Siempre había esa sensación de vigilancia silenciosa, la certeza de que cada mirada estaba evaluando su respuesta, cada sonrisa era medida. Y mientras su cuerpo obedecía, su mente volvía constantemente a Cassie, a los días fuera de la isla, a MODOK y a la primera vez que lo habían manipulado. Kang, por su parte, mostraba un interés silencioso, calculador, que nunca dejaba de hacer que Scott se sintiera atrapado, aún cuando lo acompañaba a caminar por los jardines o a asistir a cenas. Cada gesto de Kang era suave, como si intentara demostrar cuidado, pero siempre había una firmeza invisible que recordaba a Scott que allí, en la isla, nada era libre. Finalmente, llegó el momento de irse de la isla. Kang lo acompañó hasta el avión que lo llevaría de vuelta, siempre caminando unos pasos delante, marcando el camino, asegurándose de que Scott no se desviara ni un instante. Cuando Scott subió al avión, Kang lo miró por última vez antes de cerrar la puerta. Su expresión era serena, pero sus ojos brillaban con una intensidad que Scott no podía ignorar. —Ya hice los arreglos. A partir de hoy —dijo Kang, su voz baja y firme—, serás únicamente mío. Scott tragó saliva, sintiendo cómo esa declaración pesaba sobre su pecho. Quiso decir algo, negar, escapar, pero la pastilla seguía funcionando y sus labios solo esbozaron una sonrisa obediente. Su cuerpo respondía a la presencia de Kang, mientras su mente se aferraba a Cassie, recordándole que, aunque su cuerpo cediera, no todo en él estaba perdido.          El avión despegó, llevándolo lejos de la isla, y Scott se acomodó en su asiento, intentando procesar lo que acababa de suceder. Cada segundo estaba lleno de tensión: de obediencia, de miedo, de sumisión, y también de la certeza silenciosa de que, aunque Kang creyera tenerlo completamente, aún había un rincón de resistencia que pertenecía solo a él y a su hija. La isla desaparecía lentamente detrás de ellos, pero la sensación de control permanecía. Su celular sonó, Scott miro, era un SMS "Se informa que su deuda ha disminuido en un 1%. Saldo restante: $67,350. Las acciones ejecutadas durante su estadía en la isla incluyen: participación en actividades de obediencia, seguimiento estricto de instrucciones de clientes, y cooperación en retos tecnológicos supervisados. Su cumplimiento será evaluado continuamente." ¡Un uno por ciento! Prácticamente nada. Sus lágrimas cayeron. La humillación había sido por nada. No aguantó más y lloró. Lloró por todo lo que había pasado, y por lo que le faltaba aun Scott llegó finalmente a Nueva York, todavía bajo los efectos de la pastilla. El avión aterrizó en un hangar privado, silencioso y vigilado. A pesar de la ciudad que se extendía más allá de las paredes, allí dentro todo estaba controlado. Un par de empleados de la Isla, hombres acostumbrados a la obediencia y la discreción, lo esperaban. Sin pronunciar palabra, lo guiaron hacia una plataforma elevada, donde Scott se sintió expuesto, atrapado. Su cuerpo respondía automáticamente a cada indicación, cada toque, cada mirada, mientras su mente intentaba aferrarse a un hilo de control que ya no tenía. Le ordenaron bajar sus pantalones e inclinarse hacia adelante. ¿lo iban a azotar? Vio como empleado con guantes látex paso a su lado con una bandeja. Lo acomodaron con cuidado y, con precisión silenciosa, sintió como le introducían algo resbaloso entre sus glúteos, le colocaron un arnés especial con un dispositivo digital. El mecanismo no estaba para lastimarlo, pero sí para recordarle constantemente quién tenía el poder y hasta dónde llegaba su autonomía. Scott miró el teclado que se encontraba frente a él: un control mínimo, una ilusión de poder que nunca podía desafiar realmente. —Estees su castigo por su falta —dijo uno de los hombres, su voz calmada y firme—.Laobediencia debe ser total­­­. Debe mantener la cámara de su computadora o celular permanentemente, y enfocada en su rostro. El aparato se podrá activar un número indeterminado de veces, en cualquier momento. Se le permitirá retirárselo a las seis de la mañana y a las diez de la noche. Solo por diez minutos. Si pasado ese tiempo, el artefacto no está en su… lugar, las consecuencias pueden ser catastróficas… para Cassie. Que tenga una buena semana Scott asintió débilmente, incapaz de protestar. Su mirada buscaba cualquier posibilidad de escape, cualquier grieta en la vigilancia, pero los empleados de la Isla habían preparado todo de manera perfecta. La pastilla hacía su efecto, suavizando cada intento de resistencia, obligando a su cuerpo a obedecer incluso cuando su mente quería gritar. Scott cerró los ojos, dejando que la sensación de control absoluto lo envolviera. Recordó la isla, la primera vez con MODOK, la noche con Kang, y la certeza de que, por mucho que su mente intentara resistir, allí todo pertenecía a otros. Solo quedaba aferrarse a Cassie, al recuerdo de su vida afuera, a la esperanza de que, algún día, podría recuperar lo que le habían arrebatado.

________________

Matt revisaba documentos en su oficina, rodeado de pilas de carpetas que sus dedos exploraban cuidadosamente, línea por línea. El silencio del amanecer solo se rompía por el zumbido tenue del ordenador y el roce del papel al pasar entre sus manos. Cada registro dudoso que encontraba era una pista, y cada pista se sumaba a un mapa mental que solo él podía construir. A su lado, el equipo lo apoyaba con precisión. T’Challa le dictaba análisis meticulosos, señalando patrones en las transcripciones de llamadas y contratos que Matt palpaba sobre la mesa. Sam organizaba la información en carpetas codificadas, describiendo el orden y la jerarquía de los documentos con voz firme y clara. Bucky detectaba irregularidades que otros pasaban por alto: errores sutiles en cifras, coincidencias imposibles entre nombres y cuentas bancarias, pistas que solo alguien con su instinto podía percibir. La puerta se abrió apenas un segundo. Natasha Romanov asomó la cabeza, dejando ver su expresión relajada. —Solo verificaba que todo siguiera en orden —dijo con suavidad. Sus ojos recorrieron las carpetas sobre la mesa antes de despedirse con un gesto leve y cerrar la puerta, como si nunca hubiera estado ahí. Mientras revisaba una carpeta más gruesa, Matt notó algo extraño en el borde de la pila: un sobre arrugado, sin remitente, que olía a tinta reciente y a papel barato. Sus dedos lo tomaron con cuidado, abriéndolo con movimientos medidos. Dentro había una nota anónima, escrita con letra irregular: “Deja de investigar antes de que sea demasiado tarde”. La amenaza resonó en su mente, y por un instante un escalofrío recorrió su espalda.Matt recordó a Selvig y sintió un nudo en el estómago. Temía que la Isla ya sospechara que tenía un informante y que cualquier descuido pudiera ponerlo en peligro a él y a su contacto.Sabía que detrás de esas palabras había alguien que no quería que siguiera escarbando, alguien capaz de hacer daño sin remordimientos. Matt respiró hondo y continuó. Sus manos buscaban otra carpeta, y entonces sus dedos tropezaron con algo distinto: un sello en relieve, frío bajo la yema de los dedos. Era el emblema de Stark Industries, grabado en cada hoja de manera imperceptible para ojos desprevenidos. Su corazón se aceleró mientras pasaba página tras página, confirmando que algunos negocios oscuros —información vendida a grupos sospechosos, operaciones financieras con terroristas— no provenían solo de la Isla. Stark Industries estaba involucrada, aunque de manera encubierta, mezclando contratos legítimos con operaciones ilegales que solo alguien con paciencia y concentración podía descubrir. T’Challa susurró: “Matt, esto no es cualquier registro. Hay conexiones que cruzan fronteras, compañías y gobiernos”. —Si —sintiendo Matt, sintiendo el peso de cada palabra—. Cada línea, cada número… tiene un patrón. Y alguien está intentando ocultarlo. Sam ordenó carpetas cercanas para que Matt pudiera ubicarlas rápidamente, mientras Bucky se inclinaba para escuchar las grabaciones de audio que Matt seguía con las manos, reconociendo nombres, tonos y pausas que revelaban más que cualquier texto. La oficina se llenaba de un murmullo constante: voces que describían, manos que tocaban, dedos que contaban cifras y documentos. Todo era un mapa invisible, una red de pistas que solo ellos, trabajando juntos, podían descifrar. Matt cerró los ojos un momento, respirando el aroma del café recién hecho y el papel envejecido. La nota anónima todavía estaba sobre la mesa, un recordatorio silencioso de que su investigación ya había llamado la atención de personas poderosas peligrosas. Sin embargo, haber encontrado las carpetas de Stark Industries lo llenó de determinación. Sabía que cada archivo era un paso más hacia la verdad, y que, aunque la amenaza pendía sobre él, su equipo estaba allí para sostenerlo.
2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección
Comentarios (0)