Cómo nace una cazadora
El viento le revolvía el cabello rojo como el fuego con furia. Hacía tanto frío que su aliento se condensaba ante sus ojos. Cleo se arrebujó en las pieles de oso que cubrían sus hombros y que la mantenían lo suficientemente abrigada como para no morir congelada sobre un montón de nieve. Sabía que lo más prudente habría sido aplazar su ceremonia de cazadora, sin embargo, estaba demasiado impaciente y le preocupaba que, esperar a que el tiempo mejorase, fuese visto como un signo de debilidad por parte del resto de miembros del clan. Cleo no era una cobarde y se había esforzado mucho para que aceptasen que hiciera la prueba pese a ser una mujer. Cerró los ojos y olfateó el aire, el leve rastro almizclado delataba la presencia de un nido de dragón, seguramente a unos seiscientos lars de distancia. Se ajustó el arco a la espalda y acomodó el carcaj de flechas antes de avanzar. La nieve amortiguaba el sonido de sus pasos, aún y así, caminó agazapada. El viento soplaba en su dirección dificultando su avance, pero alejando su olor de los sensibles olfatos de los dragones. Cleo contuvo el aliento cuando una rama seca crujió bajo el manto blanco, nada se movió. Trató de no pensar en qué clase de dragón encontraría al final del rastro. Los más comunes en la zona eran los dragones aguja, lentos y agresivos, sus cuerpos enormes cubiertos de escamas plateadas duras como el mejor acero de los forjadores. Cleo lo sabía todo sobre ellos, los había estudiado desde niña leyendo los diarios de caza de su padre, el líder del clan. Sus entrenamientos de los últimos cinco meses los había enfocado en la trayectoria ascendente que debía adoptar la fecha para lograr herir a los dragones aguja. Los segundos más comunes eran los dragones verdes, rápidos, violentos y muy escurridizos; era fácil herirlos, sus escamas les protegían del frío, pero no de las flechas. Y, por último, los dragones anillados, gigantescos, inteligentes, agresivos y peligrosísimos. Esperaba no toparse con uno de ellos, no estaba preparada para enfrentarse a semejante bestia, rara vez se instalaban cerca de los asentamientos lo que hacía poco probable dar con uno de ellos en aquella salida. A unos veinte lars vio la entrada a una cueva semioculta por algunos arbustos maltratados. Manchas de sangre rompían el blanco puro de la nieve. Cleo se agachó tratando de ver a través de la entrada a la bestia oculta, por supuesto, no logró ver nada. Montó el arco de un movimiento preciso y colocó una flecha. Por un instante estuvo a punto de permitir que su mirada se desviara hacia la profundidad del bosque desde el que la estarían observando los maestros. No lo hizo. Era una falta leve y sabía que no afectaría al resultado si lograba herir al dragón, pero no quería que creyeran que estaba asustada. Alzó el arco, apuntó al interior de la cueva y espero a que la ráfaga de viento amainase un poco. Sentía los latidos de su corazón golpeando sus costillas y resonando en sus oídos. Sí, estaba nerviosa, también algo asustada. El viento se calmó dejó que la flecha volase de su arco hasta la oscuridad de la cueva. Por un momento no ocurrió nada. Cleo temió que la cueva estuviera vacía, que el dragón hubiese salido a cazar y la sorprendiera acercándosele por la espalda. De repente el suelo tembló, tragó saliva intimidada, aún y así cargó de nuevo el arco. Los arbustos crujieron cuando una gigantesca bestia de escamas rojas dejó la seguridad de su refugio. «Mierda, mierda» pensó. Se quedó paralizada por el pánico hasta que la cola con espinas dispuestas en anillos se balanceó ante sus ojos. Cargo otra flecha y disparó al tiempo que esquivaba rodando por la nieve. La cola se estampó a su lado lanzando nieve en todas direcciones. Se puso en pie, resbaló, pero logró mantener el equilibrio. Tenía que alejarse. No era tan estúpida ni tan imprudente como para creer, por un solo segundo, que podría herir a aquel depredador perfecto. Los dragones anillados eran una pesadilla incluso para los cazadores más experimentados. Ella había ido hasta allí con la única misión de herir a un dragón. En seguida vio de reojo a los demás acercándose para socorrerla. Cleo sabía que no tenía nada que hacer contra aquel monstruo, su única oportunidad de sobrevivir era su intervención, aunque eso significase no lograr su objetivo. —¡Cuidado! —gritó alguien. La cola del dragón se estrelló contra su frente. Cleo se sintió mareada al instante, pero no cayó. Tensó la cuerda de su arco y apuntó a la bestia que se lanzaba sobre ella con las fauces abiertas, la flecha voló. Su visión se nubló, el suelo se tambaleó y la oscuridad se cernió sobre ella. El dolor se abrió paso entre las tinieblas. Cleo abrió los ojos encontrándose con el techo de la clínica. Ya no estaba en el bosque. Había sobrevivido al encuentro con el dragón anillado. Le dolía muchísimo la cabeza. —Al fin despiertas. ¿Qué tal la cabeza, Dindi? —Me duele como el infierno, doctor —contestó con una sonrisa, desde niña, siempre la había llamado Dindi y a ella le encantaba que lo hiciera, contrastaba con la dureza con la que le trataban los demás por ser hija del líder del clan—. Supongo que no he pasado la prueba. —El sol saldrá pronto, Dindi. Si te sientes con fuerza deberías salir y comprobarlo. Apartó la manta a patadas fiel al ímpetu que la caracterizaba. Vio su ropa manchada de sangre, titubeó, la mano del doctor sobre su hombro la hizo levantarse. Cleo se tambaleó, ligeramente mareada, con la cabeza palpitándole con fuerza. Inspiró hondo para recomponerse y poder salir sin apoyarse en nada. Si no flaqueaba, tendría una nueva oportunidad de pasar la ceremonia para convertirse en cazadora. Abrió la puerta de la cabaña del doctor decidida a enfrentarse al veredicto. Los primeros rayos de sol teñían las siluetas de sus vecinos con tonos anaranjados. Urs, su padre, la señaló. Cleo se irguió ignorando la fuerte punzada de dolor en la cabeza, había llegado el momento. —Cleodolinda Rosengård, hija de Urs —tronó la voz de su padre—. Hoy renaces como cazadora. En este, tu primer amanecer, celebramos tu grandeza. Alcemos nuestras armas para celebrar el nacimiento de nuestra compañera. El clamor retumbó entre las cabañas del poblado. El sol del amanecer destelló en el filo de las armas. A pesar del dolor, Cleo, alzó su arco y se unió al clamor. Había renacido como una cazadora.Fin