Still, Life Goes On

Het
NC-17
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planificada Midi, escritos 75 páginas, 39.187 palabras, 6 capítulos
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1. Encuentro prohibido.

Ajustes
8 de agosto de 1996. Si algo caracteriza al verano japonés era el calor y la insoportable humedad. Eso, y el sonido constante de los insectos que cantaban cada vez que las temperaturas eran altas. También era así en el pueblo de Matsumidai, en la Prefactura de Shizuoka, cerca del Monte Fuji. A pesar del calor, la pequeña Aki Ishida volaba su cometa aprovechando que aquel día hacía algo de viento. A la niña le gustaba ir junto al lago Mikazuki a jugar porque estaba rodeada de naturaleza y no quedaba lejos de su casa. –¡Vuela, cometa!¡Vuela más alto! –exclamó la niña de siete años contenta mientras soltaba hilo. No muy lejos de allí, un joven de catorce años y pelo castaño bastante alborotado extrajo un martillo que guardaba en la cintura del pantalón.

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–Siento llegar tarde. –se disculpó Natsuko Ishida al llegar a la peluquería en la que ayudaba durante unas horas cuando su dueña se lo pedía. Natsuko era una mujer de mediana edad bastante atractiva y con unos bonitos ojos azules. –Perdóname a mí por llamarte con tan poca antelación. Dicen que no se qué famoso viene al centro cultural y de repente la peluquería se ha llenado. –dijo la propietaria de la peluquería mientras le ponía los rulos a una clienta. –No te preocupes. –le restó importancia Natsuko. –¿La pequeña Aki está en casa?¿Está bien que se quede sola?–preguntó la peluquera. –Sí, no te preocupes. Está con su hermano. –contestó Natsuko mientras se enfundaba el delantal. Lo que Natsuko ignoraba era que ni Aki ni su hermano estaban en casa, ni juntos.

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En un videoclub del barrio, Yamato Ishida, junto con un amigo intentaban escoger una película. Siempre era menos vergonzoso hacerlo acompañado que solo, especialmente porque a sus catorce años las hormonas comenzaban a manifestarse y no estaban en una sección precisamente inocente. Los dos llevaban una gorra, como si eso pudiera ocultar su juventud y la indecencia que pudiera probar lo que estaban haciendo a los ojos de los demás. Una vez que eligieron la película con una carátula que mostraba una mujer algo ligera de ropa y con una postura provocadora, la llevaron hasta el mostrador. –¿Tienes tarjeta de socio? –preguntó la dependienta, que parecía importarle más bien poco que los que alquilaran esa película de adultos fueran un par de adolescentes. Yamato le pasó la tarjeta de socio. –¿Yamato Ishida? –Sí. –dijo el chico girándose un poco para no ser pillado y evitar la vergüenza que le producía aquello. –Espera un momento. –dijo la dependienta levantándose para buscar la película. Al verse fuera de peligro, Yamato y su amigo Jou Kido se dirigieron una leve pero aliviada sonrisa cómplice.

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Hiroaki Ishida, un hombre de mediana edad estaba en un pachinko tras salir del trabajo. Le gustaba ir allí de vez en cuando a desestresarse, a pesar de que el ruido ensordecedor de las máquinas era de todo menos desestresante. –Hoy en día las niñas son muy caprichosas. Dice mi niña que quiere los mismos zapatos rojos que tu hija. –explicaba Hiroaki al compañero que tenía al lado.

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Yamato y Jou salieron del videoclub muy contentos. Al fin y al cabo, habían conseguido lo que querían después de tanto tiempo, pero que hasta hoy no se habían atrevido a hacer. Al salir, se dirigieron a la casa de Taichi para mostrarle su nueva adquisición, pero cuando tocaron en su casa no había nadie, por lo que decidieron esperar un poco más. –Déjame verle las tetas. –dijo Jou mientras intentaba abrir la bolsa del videoclub y se ajustaba las gafas para poder ver la carátula que estaba en el interior. Entonces, en bicicleta, llegó una chica pelirroja unos años menor que ellos. –¡Eh! ¿Dónde está tu hermano? –preguntó Yamato un poco brusco mientras la joven aparcaba la bicicleta. Pero la joven hizo caso omiso del rubio y entró en casa. –Oye, ¿y por qué no vamos a verla a tu casa? –preguntó Jou, al ver que el intento de ver la película en casa de Taichi no había tenido los resultados esperados. –Ni hablar. Mi hermana no pararía de entrar a mi habitación. –dijo Yamato. –¿Por qué no vamos a tu casa?

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Taichi se acercó caminando sin prisa hasta la pequeña niña rubia. –Aki. –la llamó Taichi.

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Cuando la chica pelirroja entró en casa suspiró. Era muy tímida y casi no se había atrevido a mirar a los amigos de su hermano. Por eso, sólo miró de refilón y a pesar de las gorras, supo que eran el amigo moreno de gafas y el rubio guapo de ojos azules, aunque estaba segura de que ellos apenas sabían de su existencia. Lo primero que hizo después de dejar lo que su madre le había encargado comprar fue subir a la habitación de su hermano para avisarle de que sus amigos estaban abajo. –Taichi, ¿sigues durmiendo? –preguntó la niña, cuyo nombre era Sora. Pero en el dormitorio no había ni rastro de Taichi. Tan sólo se encontró la cama deshecha y una torre de naipes perfectamente construida. Sora decidió fastidiar un poco a su hermano, así que, con una sonrisa maliciosa, fue hacia la torre y con un solo roce, la torre cayó.

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Al mismo tiempo, en otro lugar, la cometa que volaba la pequeña Aki fue perdiendo altura hasta caer al agua del lago, donde quedó flotando.

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Cuando Yamato llegó a casa ya estaba oscureciendo. –Ya estoy en casa. –anunció Yamato. –Hola, hijo. –saludó Hiroaki llevando entusiasmado una pequeña caja de zapatos. –¿Dónde está tu hermana? –No lo sé. –respondió Yamato. –¿No ibas a acompañarla a jugar fuera? –preguntó Natsuko, que dejó lo que estaba haciendo en la cocina para preguntarle a su hijo. Pero él negó con la cabeza. –¿No te pedí que te quedaras con ella? –Sí, lo siento. –admitió Yamato. –Y yo que quería sorprenderla con esto. –interrumpió Hiroaki abriendo la caja de zapatos, dejando ver los deseados zapatos rojos. –Quizás esté en casa de Mika. –cabiló Natsuko dejando un plato en la mesa. Takeru, el hijo mediano ya se había sentado a la mesa y alargó el brazo para coger algo de comida, pero su madre lo interrumpió. –Takeru, todavía no.

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El matrimonio Ishida pasó la noche sentado en el sofá a la espera de noticias. Una vez que sus hijos cenaron, los mandaron a la cama mientras que ellos llamaban a todas las casas de las amigas de su hija, pero la búsqueda fue infructuosa. Finalmente, decidieron denunciar su desaparición llamando a la policía. Una vez que pusieron la desaparición de la niña en conocimiento de las autoridades, sólo les quedaba esperar, una espera que se hizo eterna, especialmente al escuchar el paso de cada segundo del reloj en el silencio de la noche. Ya habiendo amanecido, el sonido del timbre de la puerta despertó a los hermanos. Yamato fue el primero en levantarse y se asomó a la habitación de su hermana, que seguía vacía. Tan sólo había un dibujo a medio hacer. Después miró hacia abajo, desde donde podía ver a su madre atendiendo a los agentes. Takeru apareció por detrás mientras se frotaba el ojo todavía algo adormilado. –Somos de la Policía de la Prefactura de Shizuoka. –dijo el agente ataviado con un traje negro y corbata cuando Hiroaki abrió la puerta. –¿Pueden ayudarnos con estas fotografías? –Claro. –dijo Hiroaki. –¿Estos objetos son de su hija? –preguntó el agente mientras los preocupados padres se acercaban para ver. Ambos asintieron con la cabeza. –Siento decirles que hemos encontrado su cuerpo en el lago Mikazuki. Lo siguiente que vio Yamato fue a su madre cayendo de rodillas. –No puede ser. Debe de ser mentira. ¡Mentira!¡Mentira! –exclamaba Natsuko resistiéndose a creer aquello. Mientras, Hiroaki permaneció con la cabeza gacha. De repente, el sonido del reloj marcando los segundos se hizo ensordecedor.

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Principios del verano del 2011. No muy lejos de donde tuvo lugar aquel trágico suceso de hacía quince años, Hiroaki Ishida salía de la recepción de su negocio con unos guantes y botas de trabajo para recibir a unos clientes. La muerte de Aki supuso un antes y un después en la vida de toda la familia, por lo que dejó su antiguo trabajo y compró un negocio junto al lago Mifune en un intento de buscar paz y tranquilidad. Aquel lugar rodeado de naturaleza era bastante transitado por pescadores. En la parte de abajo tenía el negocio en sí, mientras que la parte de arriba le servía de vivienda. En aquel paraje podía hospedar a excursionistas y alquilar botes y cañas, debido a que contaba con un embarcadero. A pesar del marco incomparable y de las continuas reparaciones que él y su hijo Yamato hacían cada día, el aspecto del embarcadero y las casetas seguía siendo tan viejo como cuando adquirieron aquel negocio. Entonces llegó el coche con los clientes que esperaba. –¿Habéis pillado tráfico? –dijo Hiroaki recibiendo a los pescadores. –Sí, un poco. –dijeron entrando. –Necesitamos sedal del tipo 3B. –Ahora se lo llevará mi hijo. Ya tenéis el bote preparado. Es el número 6. –¿Sabes? Este hombre perdió a una hija. –cotilleó uno de los pescadores cuando llegaron y cargaban la barca con la equipación de pesca. –¿En serio? –Sí. ¿No lo recuerdas? Un chico de secundaria la mató. La niña acababa de empezar la primaria. –Oh, sí, ahora me acuerdo. La niña que apareció en el lago Mikazuki. –Calla, que viene su hijo. –Aquí tienen. –dijo Yamato dándole el sedal que habían pedido. –Gracias. –Tenemos otra reserva con tres personas para esta tarde. –dijo Hiroaki cuando su hijo volvió del embarcadero. El padre puso dos platos de comida en la alargada mesa donde los clientes podían comer si así lo pedían. Hiroaki echó bastante salsa de soja a su plato, pero cuando se disponía a echarle al de su hijo, éste lo cogió para salir fuera. –Por cierto, mañana es el cumpleaños de Aki. Aunque su padre iba a seguir hablando, Yamato no quería escuchar nada más y se salió con el plato de comida al embarcadero, donde se sentó a comer. Flashback. –Hermanito. –dijo la dulce e infantil voz de Aki. –¿Qué? –dijo Yamato mientras comía un poco de sandía. –¿Qué sentido tiene el “Perro de Flandes”? –preguntó la niña con el libro de esa trágica historia encima de la mesa. –Los padres de Nello mueren y él es engañado y maltratado. Y al final muere con su perro. –¿Qué sentido tiene, dices? –preguntó Yamato ante la extraña pregunta de su hermana. –¿No habría sido mejor que Nello no hubiera nacido? –preguntó la niña. –¿Qué piensas? Fin del flashback. A veces Yamato rememoraba aquella conversación con su hermana pequeña y con el trágico final que tuvo, no podía evitar preguntarse aquello que ella misma le había preguntado sobre “El perro de Flandes”. Para acabar así, ¿no habría sido mejor que su hermana simplemente no hubiera nacido? Pero enseguida se sentía mal de sólo pensarlo. Era una mezcla de sentimientos contradictorios. Desde que nació adoró a su hermana aunque a partir de cierta edad casi nunca se lo demostraba. De hecho solía mostrarse indiferente y frío. Pero desde que ocurrió la desgracia no podía evitar sentirse culpable porque si no la hubiera dejado sola, quizás su hermana seguiría allí y su familia no se habría roto. Además, también se sentía culpable porque según iba pasando el tiempo, cada vez que la recordaba, el rostro de su hermana se volvía cada vez más borroso y difuso. Cuando Yamato volvió adentro encontró a su padre tosiendo como si se quedara sin aire. Su plato de comida estaba hecho añicos en el suelo con toda la comida esparcida.

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Desde la barra de una cafetería se veía la silueta de una pareja por el efecto de contraluz que producía el gran ventanal que estaba junto a ellos. Pero no parecía que fuera una pareja que lo estuviera pasando bien. De hecho, la chica se quitó el anillo de compromiso y se lo devolvió hasta el que hacía tan sólo unos segundos era su pareja. –Borra mi número de teléfono. –dijo él fríamente y eliminando cualquier resquicio de reconciliación. Tras haberle pedido que le devolviera el anillo y que borrara su teléfono, el tipo se marchó sin dar oportunidad a cualquier intento de arreglar la relación. A pesar de sentirse dolida, a Sora no le pilló desprevenida la ruptura. Sabía que era cuestión de tiempo que aquel chico huyera de ella, especialmente después de saber quién era. Había tenido pocas relaciones en su vida, pero todas acababan igual, por una llamada anónima. Aunque le entristecía, eso le permitía saber si realmente la querían y si la pareja de turno era la indicada. Estaba visto que no. Sin nada más que hacer allí, decidió volver a casa mientras le daba patadas a una lata olvidada en el suelo. –Papá. –dijo Sora al ver a su padre sosteniendo una gorra de taxista. Estaba sentado en un banco de un parque de camino a casa. –¿Qué tal, hija? –preguntó Haruhiko Takenouchi. –Me ha dejado. –dijo Sora con la voz un poco afectada. –¿Y tú? –Me han despedido. –dijo Haruhiko. –Vamos a casa. Una vez en el apartamento, Haruhiko dio las explicaciones a la familia. –Parece que la empresa ha recibido una llamada anónima. –dijo Haruhiko mientras cenaban. –¿Tu novio también? –preguntó Toshiko Takenouchi. –Sí. –respondió Sora. –Creo que no tendré prestación de desempleo. –dijo Haruhiko de forma natural, como si estuviera acostumbrado a perder empleos. –El hermano de Minami me ha preguntado si iremos. –dijo Toshiko. –¿Soy la única que se va a quedar aquí? –preguntó Hikari, la más joven de la familia. –Si tus compañeros del instituto se enteran te harán la vida imposible. –dijo Sora. –¿Lo dices porque te pasó a ti? –preguntó Hikari. –Además, cuando ocurrió todo yo ni siquiera había nacido. –¿Entonces por qué no pruebas a contarles todo? No sólo a los alumnos, también al instituto entero. –preguntó Sora. –Nos mudaremos toda la familia. –dijo Toshiko poniendo fin al debate de que Hikari se quedara allí. –Si la abuela y yo no estuviéramos aquí, quizás las cosas habrían sido de otra manera. –dijo Haruhiko, recibiendo una mirada reprobatoria de su mujer. –Nos prometimos que nunca nos separaríamos. –dijo Toshiko con aire cansado. –¿Dónde habéis puesto los papeles de la residencia de ancianos? –preguntó Haruhiko cambiando de tema. –Pero dijiste que la residencia de aquí no era la más adecuada. –dijo Sora. –Ya no podemos hacernos cargo de la abuela. –admitió Haruhiko. Después de cenar, Sora fue hacia la cama de su abuela, que era totalmente dependiente y se puso a refrescarla un poco, puesto que el calor del verano comenzaba a dejarse notar. Tras refrescarla, la cogió cariñosamente de sus huesudas manos. –No te preocupes, abuela. Intentaré solucionar todo esto. –dijo Sora.

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En una sala de observación del hospital, Yamato estaba sentado junto a la cama en la que su padre descansaba algo más recuperado. –¿Sabes? No tenemos ahorros, pero tampoco tenemos deudas. –dijo Hiroaki Ishida. –Hazte cargo del negocio por mí. –¿Por qué pareces tan aliviado? –preguntó Yamato, después de conocer el poco esperanzador diagnóstico de su padre y que, por lo visto, él ya conocía de mucho antes. –Porque podré encontrarme con Aki. –respondió Hiroaki.

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Cuando comenzaba a oscurecer, Yamato volvió del hospital donde su padre pasaría unos días más. Al bajar de la pequeña furgoneta vio un coche blanco que no conocía y que probablemente fuera de algún cliente. Fue entonces que vio a una chica pelirroja y con la piel muy blanca en el embarcadero vestida de manera informal. –Disculpa, ¿ese coche es tuyo? –preguntó Yamato. Cuando Sora escuchó aquella voz grave y profunda se giró y vio a un chico rubio con aire atractivo pero de aspecto bastante desaliñado. La nuez de su cuello era bastante pronunciada y aunque se notaba que era algo lampiño, su dejadez hizo evidente que pronto necesitaría un afeitado. Se le veía algo más delgado de lo que pareciera saludable. Pero sin duda, lo que más llamaba la atención de él eran sus tristes ojos azules. –Oh, lo siento. –dijo Sora apresurándose para quitarlo de allí. –Tranquila, no te preocupes. Está bien ahí. –dijo Yamato. –¿Querías algo? –¿Eres de aquí? –preguntó Sora. –Sí, algo así. –dijo el rubio. –Bueno, si no quieres nada, creo que entraré. –En realidad… –comenzó a decir Sora. –¿Sí? –preguntó Yamato. –Nada, sólo que tengo hambre. –dijo la chica. Una vez que entraron, Yamato puso en la mesa una bandeja de fideos instantáneos y unos palillos. –¿Cuánto es? –preguntó Sora. –Nada. –Pero… –No es nada del otro mundo. –dijo Yamato restándole importancia mientras ponía el agua a hervir para poder cocinar los fideos de Sora. –¿Eres de Tokio? –Sí. –dijo Sora mientras echaba la salsa a los fideos. –Se supone que no debes echar la salsa hasta que no viertas el agua. –dijo Yamato. –No importa. Puedo comerlos igualmente. –No, ni hablar. Mejor te traigo unos onigiri. –dijo el rubio. –Iré a comprar. –De verdad. Está bien así. –¿Los quieres con láminas de bonito o con ciruela? –Si vas a insistir, con salmón. –claudicó Sora. –No sabía que hubiera de salmón. –dijo Yamato. Entonces, se escuchó llegar un coche que hizo sonar el claxon. Cuando Yamato se asomó, reconoció el utilitario de color plateado de su hermano Takeru Takaishi. Tras el divorcio de sus padres, su madre recuperó su apellido de soltera y él se marchó con ella, adoptando también su apellido, quizás en un intento de seguir adelante y no quedarse anclado en el pasado. Takeru creció, estudió, consiguió un trabajo con el que podía llegar a fin de mes sin problema y había formado su propia familia. Para no estar sola, Natsuko vivía con la familia que había formado su hijo Takeru, y también con el padre de su nuera, que había enviudado. –Hola, Yamato. –dijo Takeru abriendo la puerta trasera de su coche, dejando ver a Hiroaki durmiendo. –De repente se ha presentado en mi casa en taxi. Dijo que quería ver a mamá, pero fingimos que había salido. –¿Entonces no la ha visto? –No. Casi no podía ni tenerse en pie. –dijo Takeru. –Ya han pasado más de diez años del divorcio y la familia de mi mujer ha sido muy buena con nosotros. No quiero causarles problemas por su culpa. –¿Por qué quiere ver a mamá después de tantos años? –se preguntó Yamato. –Quería hablar de Aki porque hoy sería su cumpleaños. Incluso llevó una tarta. –dijo Takeru sacando un bolso y con lo que parecían ser cosas de su padre y el envoltorio de cartón de una tarta. –Ya no hacemos esas cosas. Después, intentó sacar a su padre del coche. Sora, escondida tras el coche que había alquilado para llegar hasta allí miraba la escena curiosa. Desde el principio había intuido que eran hermanos debido al gran parecido físico, cosa que acabó confirmando según había ido avanzando la conversación. –Venga, despierta. –dijo Takeru. Finalmente, entre los dos hermanos, consiguieron sacar a Hiroaki del coche y Yamato lo montó sobre su espalda. –Conduce con cuidado. –dijo Yamato. –¿Extiendo el futón? –preguntó Sora una vez que el chico consiguió llevar a su padre a la habitación de arriba. –Sí, por favor. –respondió Yamato. Cuando Sora abrió la puerta del armario, cayó una caja con trastos. –¡Lo siento! –se disculpó la chica. –No importa, está en la otra puerta. Una vez extendido el futón, Yamato depositó a su padre con mucho esfuerzo, le quitó los zapatos y lo tapó con una sábana mientras Sora volvía a introducir los objetos esparcidos dentro de la caja. –Son viejas cosas mías. –dijo Yamato. Sora se sonrojó cuando vio una cinta de vídeo para adultos. Rápidamente, Yamato se la quitó de las manos y la miró. Era la cinta que alquiló con su amigo Jou el mismo día que murió su hermana. –Debí haberla devuelto hace quince años. Me pregunto cuánto me costará la penalización. Entonces Hiroaki se retorció un poco en el futón. –¿Estás despierto? –preguntó su hijo. –¿Estoy en casa? –preguntó Hiroaki intentando incorporarse. El hombre miró extrañado la presencia de una chica que no conocía de nada. –Traeré un poco de agua. –dijo Sora un poco incómoda al sentirse una intrusa. –¿Quién es? –preguntó Hiroaki. –Alguien que quiere suicidarse, supongo. –dijo Yamato. –¿Qué? ¿Y qué vamos a hacer? –No armar un escándalo. –dijo Yamato con naturalidad. –¿Has llamado a alguien? –preguntó Hiroaki. –¿Por qué has ido a ver a mamá precisamente ahora? –preguntó Yamato haciendo caso omiso de la pregunta de su padre. Flashback. En el jardín de la familia Ishida, un tanto desesperado Hiroaki rompía fotos y recuerdos de su hija para echarlos al fuego mientras su mujer se dirigía hacia él con el objetivo de detenerlo. –¿Qué haces? –preguntó Natsuko agarrando a su marido de los brazos para que parara. –¡Déjame!¡Déjame! –exclamó Hiroaki, mientras un Yamato adolescente y su hermano Takeru, tres años menor presenciaban el forcejeo de sus padres. –¡No importa cuánto llores!¡Aki no va a volver!¡Lo mejor es que nos olvidemos de ella! –¡Ni hablar! –gritó Natsuko. –¡Podemos tener otro hijo! –exclamó Hiroaki. Con aquello, Natsuko dejó de hacer fuerza, pero no porque la tranquilizara, sino porque se sentía ofendida, especialmente con el poco tiempo que había pasado desde la tragedia. Natsuko miró a Takeru, que se limpiaba una lágrima. Después miró a Yamato, cuya expresión era neutra para finalmente, ver cómo los recuerdos de su hija se convertían en cenizas en aquel cubo metálico. Aquello no hizo más que contribuir a la ruptura de la familia Ishida. Fin del flashback. Mientras tanto, abajo, Sora cogió un vaso de agua. Sobre la mesa estaba la tarta cuyo envoltorio se quedó medio abierto por lo accidentado de la llegada de Hiroaki. Sora consiguió leer entonces el nombre achocolatado de Aki. Cuando Yamato bajó diciendo que su padre se había dormido, decidieron ir a cenar algo al Sun Lake, un restaurante familiar cercano al paraje, puesto que ninguno de los dos había comido nada durante bastantes horas. –Llámenme cuando hayan elegido. –dijo la camarera que vestía un uniforme rosa con el que parecía una doncella. –Hamburguesa al estilo japonés. –pidió Yamato sin dejar que se marchara. –Yo quiero pollo tandoori. –pidió Sora. –Muy bien. –dijo la camarera recogiendo los menús. –¿Te gusta el pollo tandoori? –preguntó Yamato tras unos segundos incómodos en los que ninguno de los dos sabía qué decir. –Lo cierto es que trabajé en un sitio parecido a este y también servíamos pollo tandoori. –respondió Sora. –Por cierto, soy Yamato Ishida. –se presentó Yamato, que con todo lo que había pasado apenas tuvo tiempo de presentarse. –Yo soy Sora. –hizo lo propio la pelirroja. –¿El sitio en el que trabajabas estaba tan vacío como este? –preguntó Yamato mirando alrededor del restaurante, en el que había pocos clientes. –Como en los alrededores había una universidad había veces que se llenaba bastante. –dijo Sora. –Aquí tienen. –llegó la camarera para dejarles las bebidas. –La camarera lleva un uniforme un poco ridículo. –comentó Yamato. –¿Te gusta que lleven uniforme? –No es eso. Seguro que piensas que soy un poco siniestro. –¿Por qué? No lo pienso en absoluto. –Es que…, nada. Olvídalo. –Eh, no puedes parar de decir algo que estabas a punto de decir. –Claro que puedo. –Pero ahora tengo curiosidad. –Verás, tengo veintinueve años y nunca antes había salido con una chica. –confesó Yamato. –Entiendo. –Es horrible, ¿verdad? –Bueno, creo que hay más gente así, aunque no lo reconozcan. –¿Recuerdas la cinta de vídeo de antes? –preguntó Yamato. –Sí. –dijo Sora un poco avergonzada. –Mi hermana fue asesinada el mismo día que la alquilé. –confesó Yamato. –En aquella época sólo pensaba en tetas. Y entonces…, no te interesa, ¿verdad? –No es eso. Más que no interesarme me pregunto por qué me cuentas esto a mí. –Tienes razón. –Está bien. Puedes hablar de lo que quieras. –dijo Sora, que agachó la cabeza. –¿Qué estabas haciendo cuando ocurrió el terremoto? –preguntó Yamato intentando romper el hielo, refiriéndose al terremoto de ese mismo año 2011 que produjo el destructivo tsunami. –Yo estaba justo aquí, y entonces, aquel camarero hindú que se parece a Nicholas Cage… –Perdona. –lo interrumpió Sora de repente. –¿Sí? –¿Por qué tu hermana…, ya sabes? –¿Fue asesinada? –acabó Yamato la pregunta. –Sí. Entonces, aprovechando que la camarera pasaba por ahí, Yamato le pidió un bolígrafo que ella extrajo de su bolsillo. Después cogió una servilleta de papel y comenzó a dibujar mientras la ponía en situación. –Esta era la casa donde vivía cuando cursaba la secundaria. Aquí está la estación y aquí una calle comercial. Aquí hay un río, aquí el instituto de secundaria y aquí el colegio de primaria. Aquí hay una carretera y aquí el videoclub. En este lado está la montaña Mikazuki y justo aquí, un lago. Fue junto a este lago donde mataron a mi hermana. –dijo Yamato mientras escribía la fecha de aquel fatídico día. –Mi hermana se llamaba Aki. Aquel día me pidió que fuera con ella a volar la cometa. Flashback. Yamato hablaba alegremente por teléfono con Jou. Por fin habían quedado para ir a alquilar un vídeo para mayores, a pesar de que su madre le pidiera que se quedara con su hermana pequeña porque tuvo que salir a trabajar. –¡Yamato! –llamó la pequeña Aki con la cometa en la mano mientras éste salía para coger su bicicleta. –Si me sigues no volveré a jugar contigo. –dijo Yamato. –Vale. –dijo una resignada Aki. Fin del flashback. –Aquella fue la última vez que vi a mi hermana. Seguramente te preguntes que hacía mi hermana con su asesino. –Sí. –dijo Sora con timidez. –Lo cierto es que el asesino era un amigo del instituto. –confesó Yamato. –¿En serio? –preguntó Sora un poco incómoda. –Mi hermana fue hacia el lago a volar la cometa. El asesino fue hasta ella y la golpeó en la cabeza con un martillo. Cinco, seis o siete veces. Después lanzó su cuerpo al lago. –¡Para! –interrumpió Sora. No daba crédito a cómo Yamato podía contar algo así con un tono tan monótono y con tanta naturalidad. –Gracias por esperar. Aquí tienen: el pollo tandoori y la hamburguesa al estilo japonés. ¿Es correcto? –sirvió la camarera. Pero ninguno contestó y la camarera se marchó. –El pollo tiene buena pinta. –dijo Yamato. Pero a Sora se le había quitado el hambre de repente. Apurada y sin querer mirar a Yamato, dejó algo de dinero, le dio las gracias y salió de allí. Pero Yamato la siguió sin comprender su actitud. –¿Qué haces? –preguntó Sora cuando Yamato la alcanzó. –Lo siento. –¿Crees que puedo comer después de escuchar una historia así? –le recriminó Sora. –Normalmente eso es algo muy duro de sobrellevar. ¿No crees que eres muy frío y que lo cuentas con demasiada normalidad? –Eso es porque no soy normal. Al igual que tampoco es normal que mi hermana muriera asesinada. Ante aquello, Sora no pudo replicar nada. A continuación, Yamato se sentó en el bordillo de la zona ajardinada del restaurante. Sora lo siguió a cierta distancia para escuchar lo que tenía que decir. –Ya no recuerdo la cara de Aki. No hay ni una sola foto de ella en casa. Así que, cada vez soy más incapaz de recordar cómo era su rostro. Es todo muy borroso. Siempre fui bastante frío con ella. Creo que sólo fui amable con ella en contadas ocasiones. Y a pesar de todo, siempre me seguía y me llamaba con su dulce voz infantil. Pero no recuerdo su cara. –lo que Sora vio en Yamato cuando le contó aquello era mucha culpa. –¿Por qué me has contado todo esto sin conocernos? –preguntó Sora. –Porque tengo la corazonada de que de alguna manera, te sientes igual que yo. –dijo Yamato. –Como si también fueras una víctima. Sora pensó que Yamato no podía haber dado más en el clavo.

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Como ya era muy tarde, los dos jóvenes volvieron al paraje para dormir. –Usa la caseta número 3. –dijo Yamato. –Espera. –dijo Sora. –¿Todavía detestas al asesino y a su familia? –El asesino se llamaba Taichi Takenouchi. –comenzó a explicar Yamato. –No tengo ni idea de por qué lo hizo o qué ha sido de él. En cualquier caso, sólo pienso que quien mató a mi hermana fui yo mismo. –Entiendo. –¿Conoces la historia de “El Perro de Flandes”? –preguntó Yamato de repente. –Al personaje principal nunca le ocurrían cosas buenas. ¿No habría sido mejor que no hubiera nacido? –¿Me estás hablando de tu hermana? –preguntó Sora, sin saber que aquella misma pregunta se la formuló la malograda Aki a su hermano. –¿De verdad piensas así de tu hermana? –Olvídalo. Buenas noches. –dijo Yamato tras unos segundos ensimismado. –Buenas noches. Cuando Yamato desapareció de su campo visual, Sora suspiró abatida.

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A la mañana siguiente, Sora llamó a sus padres desde el embarcadero, asegurándoles que estaba con una amiga para que no se preocuparan. Cuando terminó de hablar, fue hacia la recepción, de la que salía un apurado Yamato. –¿Qué pasa? –preguntó Sora al verlo un poco agitado. –Mi padre ha desaparecido. –dijo Yamato. Cuando se disponía a ir hacia la furgoneta para ir a buscarlo, sonó el teléfono. Cuando colgó, se dispuso a contarle a Sora. –Por alguna razón, ha cogido un cuchillo y se ha montado en un tren hacia Tokio. Dicen que está en comisaría.

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–Siento haberles causado problemas. –se disculpó Yamato por su padre en comisaría mientras Sora esperaba allí también. –Vámonos, papá. –Creo que lo he encontrado. –dijo Hiroaki. –¿A quién? –Al culpable. –Vamos al hospital. –dijo Yamato no muy seguro del estado de salud de su padre. –Vamos a casa. Vamos a casa en Matsumidai. –le pidió Hiroaki a su hijo.

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A pesar de no estar muy seguro de que aquello fuera bueno para la salud mental de su padre, Yamato accedió a darle el gusto y llevarlo a la casa en la que una vez fueron una familia feliz, pero que todavía no habían conseguido vender. Cuando llegaron, Hiroaki se bajó con prisa. El jardín estaba lleno de maleza y la casa estaba oscura, aunque por la puerta y las ventanas entraba suficiente luz. Cuando entró, se sentó muy cansado en las escaleras que llevaban al piso de arriba. –¿Se encuentra bien? –preguntó Sora preocupada. –Suficiente. Vámonos. –dijo Yamato después de haber revisado la planta baja. –Es extraño, ¿verdad? –comentó Hiroaki sin moverse. –Cada vez que vengo aquí siento como si pudiera encontrarme con Aki. El otro día recordé la vez en la que fui a recolectar uvas con ella. –¡Lo he entendido!¿No es suficiente? –preguntó Yamato bruscamente. Sabía que su padre iba allí de vez en cuando. Pero a él aquel lugar le hacía daño. Y de alguna manera, también sabía que a su padre también. –¡Eres el único que habla de Aki!¡¿Acaso no fuiste tú el que dijiste que nos olvidáramos de ella?! –Pero como ves, es imposible. –dijo Hiroaki. –¿Sabes? Aquel día, cuando salí del pachinko estaba muy contento porque previamente le había comprado los zapatos rojos que quería por su cumpleaños. Antes de montar en el coche, vi la cometa blanca que Aki estaba volando en aquel cielo veraniego. Pero entonces, la cometa comenzó a descender. Entonces no sabía qué había ocurrido, pero algo se removió dentro de mí y mi corazón comenzó a acelerarse. Pensé en ir hasta allí, pero hacía muchísimo calor y decidí volver a casa. No fui capaz de salvarla. Cuando llegó la noche y Aki no aparecía me arrepentí de no haber ido hasta el lago. Después de aquella noche le siguió un largo día. –¿Qué sentido tiene que digas todo esto ahora? –preguntó Yamato, mientras que Sora se limpiaba las lágrimas al ver el dolor de aquel padre. –También es mi culpa. –Aunque te he ocultado mi enfermedad durante un tiempo, en este último año mi cáncer ha ido avanzando mucho. Con él podré por fin encontrarme con tu hermana. –dijo Hiroaki, como si su enfermedad fuera más una bendición que un castigo. –La vida sólo es un parpadeo con un largo día en medio. Mi vida va a ser corta, pero el día está siendo eterno. Y eso se va a terminar muy pronto. Pero todavía hay algo que necesito hacer. Hiroaki se levantó y subió hasta la habitación que fue de su hija, seguido por su hijo y aquella desconocida. Entró y se sentó en la silla del escritorio de la niña que estaba junto a la cama. –Antes de morir hay algo que quiero saber. Quiero saber dónde está el culpable y qué está haciendo. Quiero verle y preguntarle por qué hizo lo que hizo. Quiero saber la verdad. –Pero no hay forma de que nos digan su paradero. –dijo Yamato. –Encontré a una enfermera que trabajó en el correccional al que lo llevaron. Esa enfermera me contó cosas que ocurrieron cuando estuvo en esa institución. –confeso Hiroaki. –¿Ya está libre? –Desde hace ocho años. –dijo Hiroaki para sorpresa de Yamato, y también de Sora, que se mantenía callada en el umbral de la puerta. –Yo también pienso que estuvo poco tiempo. La enfermera me dio este dibujo. Es el dibujo que hizo antes de que lo liberaran. Es muy bonito. Hiroaki sacó un papel de su cartera, lo desplegó, le echó un vistazo y se lo pasó a su hijo. Era un dibujo en blanco y negro, sólo que el negro era azul. Los rayos del sol atravesaban el cielo azul hasta llegar a un lago. En el lago, cerca de la orilla cubierta de hierba había una parte con ondas circulares, como si hubiera algo allí. Se notaba que era un dibujo triste y melancólico. –Aki. –musitó Yamato, intuyendo qué significaban esas ondas. –Parece que no se arrepiente de sus actos. Para ese chico, eso no es más que un bonito recuerdo. –reflexionó Hiroaki, que también sabía qué significaban esas ondas. Fue entonces cuando el hombre se llenó de rabia y comenzó a golpear el colchón donde durante sus escasos siete años había dormido su hija. –¡¿Por qué?!¡¿Por qué tiene que seguir vivo el que mató a mi hijita?!¡Aki no va a volver y él sigue con su vida!¡¿Cómo lo han dejado libre después de sólo siete años?!¡¿Cómo puede tener la conciencia tranquila?! Sora, testigo de todo aquel dolor, se llevó las manos a la cara con agobio. –¡Todavía no ha pagado por lo que hizo!¡Ni siquiera se arrepiente ni un poco!¡Ahora es un hombre sin antecedentes y está en libertad! –gritó Hiroaki frustrado. –¡En alguna parte va por la calle como si no hubiera pasado nada! Pero…, pero estoy seguro de que lo volverá a hacer. Volverá a matar otra vez. Yamato se arrodilló junto a su padre. –Entonces, ¿el motivo por el que has intentado ir a Tokio con un cuchillo es…?–comenzó a decir Yamato. –Para matarlo. –admitió Hiroaki. –He investigado y me he enterado de que el agente de la condicional que supervisaba su caso murió la semana pasada. El funeral se realizará mañana en el templo Zenen de Tokio. Yamato, yo ya no tengo fuerzas. Llévame allí. Y entonces, lo mataré con la poca energía que me queda. ¡Tengo que vengar la muerte de Aki!¡Es tan frustrante que aunque me muera no seré capaz de cerrar los ojos! Sora no pudo soportar más la desesperación de aquel hombre y se marchó de allí. Entonces, Hiroaki comenzó a retorcerse de dolor, probablemente acelerado por el estado de excitación e histeria en el que estaba. –¿Papá? –dijo Yamato intuyendo que algo andaba mal en su padre. –¡Papá, papá!

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Un rato después, Hiroaki estaba intubado bajo la atenta mirada de su hijo. Por un momento pensó que se moriría en sus brazos en la habitación que fue de su hermana. Con dificultad consiguió meterlo en la furgoneta y llevarlo al hospital, donde ahora mismo estaba monitorizado y le controlaban las constantes vitales. Yamato volvió a sacar el dibujo que había conseguido su padre y reflexionó sobre lo que le había contado. De repente se había sentido más cerca de su padre que en los últimos quince años. Cuando los sanitarios le dijeron que se marchara a casa ya que no podía quedarse allí, Yamato se fue directo a la habitación de su padre, que estaba tal cual la había dejado él por la mañana antes de escapar. Recogió el futón y lo metió en el armario. Entonces, al fondo, vio una caja blanca. Cuando la abrió, vio los zapatos rojos que su hermana ni siquiera tuvo la oportunidad de estrenar. Recordó entonces lo ilusionado que estaba su padre con el regalo. No podía creer que los hubiera conservado durante todos aquellos años. Al fin y al cabo, fue testigo de cómo destruía todo lo relacionado con Aki, o al menos, eso creía. Entonces vio que no sólo había una caja de zapatos, sino un montón. Hiroaki había estado comprando zapatos durante los últimos quince años. Cada año eran un poco más grandes, hasta llegar a unos zapatos con tacón, porque si su hermana viviera, sería una joven de veintidós años. Después de tener todas las cajas de zapatos desperdigadas, vio la mochila de primaria de Aki. La cogió y dentro había dos folios plegados en cuatro partes. El primero era un autorretrato de ella misma con trazos muy infantiles. El segundo era ella volando su cometa. Al verlo, Yamato escuchó la voz de su hermana. Flashback. –¡Yamato!¡Vamos a volar la cometa! –escuchó Yamato. Era una de tantas veces que le pedía ir a jugar con ella. –Otro día. –le dio largas Yamato. –¡Vamos a jugar hoy! –insistió ella. Fin del flashback. Después volvió a recordar cuando su hermana le preguntó qué sentido tenía la historia de “El Perro de Flandes”. Y de repente, el rostro de su hermana se volvió nítido. Su pelo rubio, su mirada azul y su tierna sonrisa. Yamato bajó y vio la olvidada tarta de cumpleaños que había traído su padre el día anterior. Aquello le hizo recordar el último cumpleaños de su hermana que celebraron. Toda la familia Ishida estaba unida y feliz mientras le cantaban el “Cumpleaños Feliz” para después soplar las velas. Después del desconcierto que le supuso recordar todo aquello, Yamato reaccionó y fue a buscar algunos materiales y se puso a fabricar una cometa mientras recordaba otros momentos felices vividos con su hermana, como cuando la ayudó a aprender a montar en bicicleta o la primera vez que fueron a volar la cometa. Era como si hubiera estado aletargado todo aquel tiempo. Comprendió que si a su hermana le gustaban tanto las cometas era porque él le fabricó su cometa y le enseñó a volarla. Comprendió cuánto lo admiraba su hermanita. Aki volvió a revivir en él. Cuando terminó de hacerla y se aseguró de que la cola estuviera seca, se montó en la furgoneta y fue hacia el lago en el que ocurrió todo. Empezó a correr mientras volaba la cometa. –Qué alta está. –dijo Aki sorprendida. Yamato giró la cabeza. Debía de estar loco porque estaba viendo a su hermana mirando hacia la cometa. –Hermano, eres genial. –¿Aki? –dijo Yamato. Al principio le sonrió, pero poco a poco fue bajando el brazo que sostenía la empuñadora de la cometa, sin dejar de mirar a su hermana. Yamato acabó de rodillas. De repente dejó de ver a su hermana y no pudo controlar más el llanto que pugnaba por salir. Cuando la cometa cayó al agua como aquel fatídico día, Yamato se quitó las zapatillas y se lanzó al lago. Estuvo nadando durante un buen rato con todas sus fuerzas. Era como si necesitara desgastar toda la energía y rabia que había estado conteniendo durante tantos años. Cuando ya no pudo aguantar más, se puso boca arriba mientras miraba el cielo. –Espérame, Aki.

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–Entiendo. Mañana a la una. –dijo Haruhiko antes de colgar el teléfono. Toshiko tiraba cosas que no necesitarían antes de la mudanza. Mientras tanto, Sora se sentó junto a su abuela con aire decepcionado. –Abuela. No fue él el que informó sobre nuestra familia. –dijo Sora intentando contener las lágrimas al sentir que le había fallado. –No he podido hacer nada. Lo siento, abuela. Sora le había dicho a su abuela que intentaría arreglar todo lo que estaba afectando a su familia. Por eso fue al lago Mifune. Tras algunas pesquisas, sabía que el padre de Aki se fue allí a vivir, pero lo que vivió con los Ishida no fue lo que ella esperaba. Y al día siguiente llevarían a su abuela a una residencia donde la podrían cuidar durante todo el día.

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Cuando Yamato volvió a casa no dejaba de pensar en su padre, en todo lo que le había contado y en la sed de venganza que tenía contra el que truncó la vida de su hermana, y por extensión, destrozó las suyas. Comprendió entonces que su padre quería pasarle el testigo consciente de que su enfermedad le impediría culminar aquel deseo de acabar con el asesino de Aki. Después de cenar, buscó en el cajón el cuchillo que su padre había cogido para llevarse a Tokio. Había decidido aceptar ese testigo. Fue entonces cuando llamaron por teléfono. Era la llamada que sabía que llegaría en cualquier momento.

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A la mañana siguiente Yamato se acercó a la casa de los Takaishi vestido con traje y corbata negra y se encontró con su madre justo cuando salía de casa. –Me has asustado. No esperaba verte. –dijo Natsuko aliviada de ver a su hijo, el cual heredó sus profundos ojos azules. –Papá ha muerto. –dijo Yamato sin preámbulos. –Iba a comprar algo de leche para Ryota. Kasumi está en casa. Entra y espérame. –dijo Natsuko, que se apresuró para ir a comprarle la leche a su nieto. –No tengo tiempo. Sólo he venido a decírtelo. –Entiendo. Ven a comer con nosotros de vez en cuando. –lo invitó Natsuko antes de girarse para marcharse. –¿Eso es todo lo que vas a hacer? –preguntó Yamato con ironía y haciendo que Natsuko volviera a mirarlo. –Puede que papá fuera débil, pero dentro de su debilidad, intentó a su manera proteger a la familia. Pero parece que eso no fue suficiente para ti. Estaba lleno de remordimientos. Murió después de decir que incluso después de morir, no sería capaz de descansar en paz. ¿Ir a comprar leche e invitarme a comer es lo único que puedes hacer? ¿Ni si quiera vas a llorar un poco por él? –Ya he perdido todas mis lágrimas. –dijo Natsuko seriamente. –Porque no hay nada más triste que perder una hija. Natsuko volvió a girarse para marcharse. –Mamá. –¿Qué? –Pese a todo, seguiré viviendo. –dijo Yamato. Sintió que se lo debía a Aki, y también a su padre.

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Después de la decepcionante visita a su madre, Yamato se fue directamente al templo Zenen en Tokio, donde su padre le dijo que se celebraría el funeral del agente de la condicional del asesino de su hermana. Debió ser alguien bastante respetado, puesto que había bastantes jóvenes con apariencia de haber tenido problemas. Yamato supuso que aquellos ex delincuentes estarían agradecidos al difunto si les ayudó a cambiar sus problemáticos estilos de vida. No le costaría pasar como uno de ellos. Él no conocía de nada a ese hombre, pero tenía la esperanza de encontrar también a Taichi. Esperaba que aquel hombre hubiera sido lo suficientemente importante para él como para ir a su funeral.

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–Mamá, todo irá bien. –dijo Haruhiko a su madre una vez que la montaron en la furgoneta que la llevaría a la residencia de ancianos. –No te sientas mal, Haruhiko. Has hecho todo lo que estaba en tu mano. –dijo Toshiko, mientras unas vecinas cuchicheaban sin disimulo sobre ellos. Incluso tenían unas octavillas. Parece que ya se habían enterado de lo que ocurrió hacía quince años. –Estoy enviando a mi madre a una residencia. ¿No crees que me preferiría a su lado? –Sí, pero sólo lo haces por proteger al resto de la familia. Ingresada podrá estar al margen de todos los problemas. –dijo Toshiko apretando la mano de su esposo en señal de apoyo.

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Yamato entró dentro del templo donde los monjes realizaban sus rezos por el alma del difunto, pero al no ver a nadie que se pareciera a Taichi volvió a salir fuera. Fue deambulando fijándose en todos los chicos de su edad con la esperanza de verlo, pero no había ni rastro de él, aunque evidentemente, había pasado mucho tiempo y probablemente habría cambiado. Ya no sabía hacia dónde mirar, por lo que salió fuera del recinto del templo. Entonces escuchó una voz familiar. –Yamato. –dijo Sora vestida de luto riguroso sin comprender por qué estaba allí. –Ayer desapareciste de repente. ¿Qué haces aquí? –dijo Yamato sin que se le ocurriera nada más que decir. –Lo siento. No pude evitar escuchar la conversación con tu padre. –No importa. Oye, aunque me alegra de que te preocupes por mí aunque apenas nos conozcamos, esto no tiene nada que ver contigo. –Yamato. ¿Vas a intentar matar al asesino de tu hermana? –preguntó Sora. –Acabo de decirte que esto no tiene nada que ver contigo. –insistió Yamato mientras seguía buscando con la mirada. –Sí que tiene que ver conmigo. –¿Qué? –Yo conocía a tu hermana. –¿Qué quieres decir? –Me dijiste que eras frío con tu hermana. Te diré lo que pienso. Para una hermana menor, aunque su hermano le haga miles de cosas horribles, si es amable con ella aunque sólo sea una vez, ella sentirá que por encima de todo es su hermano y querrá jugar siempre con él. Si ha experimentado su amabilidad aunque sea en contadas ocasiones, siempre piensa que volverá a ser amable. Por eso no creo que tu hermana te odiara. –¿Quién eres tú? –preguntó Yamato sin entender a qué venía todo aquello. Sora agachó la mirada en señal de disculpa. Entonces, Yamato vio en la pasarela peatonal del fondo un chico castaño muy familiar vestido de luto. Aquel cabello rebelde era inconfundible para él. –Soy… –pero Sora vio cómo la atención de Yamato se fue hacia otro lado. Sora lo fue siguiendo sin entender nada, hasta que ella también lo vio. –¿Taichi? –se dijo Yamato a sí mismo intentando asumir quién era. Entonces empezó a correr hacia los escalones que daban acceso a la pasarela mientras sacó el cuchillo del bolsillo interior de la chaqueta. Sora confirmó entonces las intenciones de Yamato y lo siguió. –¡Corre, hermano! –gritó Sora. Yamato casi cae de la impresión al escuchar lo que dijo la pelirroja. Tanto, que la chica consiguió atraparlo. Aquello puso en alerta a Taichi. –¡Suéltame! –le gritó Yamato mientras lo agarraba del pie. Cuando logró zafarse de su agarre y subió, Taichi ya no estaba allí. Había bajado por el otro lado. Yamato vio cómo se subía a un taxi y se alejaba. La única prueba de que Taichi había estado allí era algo parecido a una naranja que había dejado en la barandilla de la pasarela. Entonces, Sora llegó hacia donde estaba él. –Soy la hermana menor del asesino de Aki. –confesó Sora. Ya no tenía sentido ocultarlo más. –Soy Sora Takenouchi.

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En un huerto de Chiba, el señor Goro Inoue trabajaba afanosamente cuando apareció su empleado de pelo castaño revuelto. –Ya estoy aquí, señor Inoue. –dijo el empleado, que vestía con traje negro. –¿Has expresado tu gratitud como es debido? –preguntó el hombre, consciente de que el chico venía del funeral de su agente de la condicional. –Sí, señor. –Hola, Yagami. –dijo Miyako, la hija de de Goro. Tenía el pelo largo y llevaba gafas. –Deja de perder el tiempo con esa ropa. –dijo Goro al ver a su hija. –¿Es que una mujer divorciada no puede llevar falda? –preguntó Miyako. –¡Kenji!¡Mi cometa no vuela bien! –dijo Rika, una niña de unos seis años dirigiéndose hacia el chico con una cometa que era casi más grande que ella. El joven se agachó y le sonrió a la niña mientras le acariciaba el pelo. Unos minutos después, Kenji acompañó a la niña y a su madre a volar la cometa. Cuando consiguió hacer que la cometa volara, le dejó los hilos a la niña, que empezó a correr contenta por el prado. Mientras tanto, Miyako y el empleado de su padre se sentaron mientras el castaño dibujaba. –Ayer le leí a Rika el libro ilustrado que nos diste. –dijo Miyako. –¿“El Perro de Flandes”? –Sí. Pero es una historia poco esperanzadora. –dijo Miyako. –¿Por qué existe una historia tan triste? –Porque los seres humanos son seres tristes. –respondió Kenji sin apartar la vista de su dibujo. Era un dibujo idéntico al que estaba en poder de Yamato, con la única diferencia de que al fondo, estaba la silueta de una niña volando una cometa. Continuará…
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