Still, Life Goes On

Het
NC-17
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planificada Midi, escritos 75 páginas, 39.187 palabras, 6 capítulos
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2. Emociones reprimidas.

Ajustes
Si no fuera porque los coches seguían circulando bajo la pasarela peatonal, Yamato habría jurado que se había detenido el tiempo. Sora le acababa de confesar que era la hermana del asesino de Aki. –No lo entiendo. –fue lo único que fue capaz de decir. Necesitaba asimilar aquello, por lo que sin más, se marchó de allí hasta llegar al aparcamiento donde tenía aparcada la furgoneta. Mientras se quitaba la chaqueta y se deshacía la corbata, Sora llegó por detrás lentamente, como si se acercara a una animal herido. –Solías ir a mi casa a menudo. Incluso alguna vez te quedaste a cenar. Una vez me descuidé y te manché la camiseta con la salsa de la carne. Lloré un montón por lo mal que me sentí, aunque fuera una tontería. –dijo Sora para demostrarle que realmente era la hermana de Taichi. Aquello era cierto. Recordaba que Taichi tenía una hermana pelirroja pero a la que apenas prestó atención. Y desde la muerte de Aki había enterrado en lo más profundo de su mente cualquier cosa relacionada con Taichi, incluso con Aki. Hasta que gracias a su padre y los dibujos de su hermana comenzó a despertar. –¿Sabes dónde está Taichi? –preguntó Yamato fríamente. –No. Ni yo ni mi familia sabemos nada del paradero de mi hermano. Tienes que creerme. –dijo Sora afectada. –No sabemos nada de él. Después de que lo arrestaran no lo volvimos a ver. Hasta hoy. Es la primera vez que lo veo en quince años. –¿Por qué no lo habéis buscado durante todo este tiempo? –preguntó Yamato duramente, haciendo caso omiso a lo afectada que se sentía Sora. –Es un asesino y dejarlo solo ha sido una irresponsabilidad por vuestra parte. ¡Podría volver a matar a alguien!¡Si lo dejáis solo podría haber más víctimas!¡Quizás incluso sea demasiado tarde! Puede que en los ocho años que lleva en libertad se haya cargado a dos o tres personas. –Creo que estás exagerando. –dijo Sora al verse regañada. –¿Acaso no hay casos de niños desaparecidos? –preguntó Yamato. –¿Quién te dice que no esté implicado? –Me niego a creer eso. Sólo puedo decirte que lo siento. ¿De verdad pensabas matar a mi hermano? –Por supuesto. Si no te hubieras entrometido ten por seguro que lo habría hecho. –aseguró Yamato. –Yo no… –Suficiente. Ahora eres mi enemiga. –sentenció Yamato antes de subirse a la furgoneta. Cuando arrancó, Sora se puso en medio mientras sacaba un papel y bolígrafo de su bolso. –Aparta. ¿Quieres que te atropelle? –Espera. Este es mi número de teléfono. –dijo Sora metiendo el papel por la ventanilla antes de que Yamato emprendiera el camino de vuelta.

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–Me pregunto si hay algún videoclub cerca de la casa del tío. –dijo Hikari mientras la familia Takenouchi se dirigía por carretera a su nueva casa, que pertenecía al hermano de Toshiko. –Creo que sí que hay uno, aunque no es una gran cadena comercial. –dijo Toshiko. La mujer sabía que así era porque volvían a mudarse muy cerca de la casa en la que vivieron cuando Taichi cometió aquel macabro crimen. –Entonces me apuesto lo que sea a que no tienen la cuarta temporada de la serie que estoy viendo. –dijo Hikari, que como en aquel entonces no había nacido cuando la familia vivió en la zona, nunca había estado allí. –Si quieres te la busco cuando vaya a hacer el reparto. –dijo Haruhiko, que había conseguido un empleo de repartidor en una lavandería industrial. –Sólo espero que no me hagan la vida imposible, que no me echen cuando consiga un trabajo ni que me dejen los novios cuando consiga uno. –dijo Hikari describiendo lo que prácticamente había sido la vida de su hermana Sora, que permanecía callada mientras miraba por la ventanilla de la furgoneta. –Hikari, no te pases. –le advirtió Toshiko. La mujer sabía que Sora no tenía culpa de todo lo que le había ocurrido ni quiso ahondar más en aquello, por lo que decidió cambiar de tema. –Hacía mucho que no pasábamos por esta carretera. Sora seguía sin mencionar una sola palabra. Tan sólo seguía sumida en sus recuerdos. Flashback. Era verano y Sora paseaba con una amiga mientras veían cómo los lugareños engalanaban las calles para el matsuri de aquel año, aunque el ambiente era un poco molesto porque un par de helicópteros no paraban de sobrevolar la zona. La noticia de que Aki, la hija pequeña de los Ishida había aparecido muerta fue sobrecogedora para el pueblo de Matsumidai. –Mi abuela me ha traído un yukata. Es rosa claro y tiene un estampado de hortensias. –dijo Sora ilusionada por vestir aquella prenda. – Dice mi madre que quizás se cancele el matsuri por la muerte de esa niña. –dijo la amiga de Sora. Entonces, ambas vieron un gran despliegue de medios de comunicación y policía por la zona. –Pues si se cancela, el asesino se merece la pena de muerte. –dijo Sora, ignorando que hablaba de su propio hermano. Una vez que se despidió de su amiga y llegó a su casa, vio que estaba custodiada por un montón de policías que interrumpieron su entrada, puesto que debían comprobar quién intentaba entrar en el domicilio. –¡Espere, señorita! –dijo el policía a cargo. –Hemos asegurado la zona y vamos a llevarnos al sospechoso. –dijo otro policía. Entonces vio cómo sacaron a Taichi esposado y lo llevaban hacia un furgón policial. –¡Taichi! –dijo Sora sin dar crédito. Taichi la miró antes de que los subieran al furgón y esa fue la última vez que vio a su hermano. Una vez que se lo llevaron, Sora entró en casa. –¿Ha notado algo anormal en el comportamiento de su hijo? Cualquier cosa, aunque piense que es algo trivial. –preguntó uno de los detectives a Haruhiko. Su madre estaba sentada en el sofá con la mirada perdida y sin poder creer lo que había hecho Taichi mientras se tocaba su abultado vientre. No podía creer que la recta final de su embarazo fuera a ser tan amarga debido a la detención de su hijo y la muerte de esa pobre niña. –Mamá, ¿a dónde han llevado a Taichi? –preguntó Sora. Aunque en el fondo intuía la respuesta, Toshiko no contestó. Que medio cuerpo policial estuviera en tu casa no podía significar nada bueno. –¿Sabe lo que hizo su hijo el ocho de agosto? –seguía preguntando el detective. –¿Taichi volverá? –interrumpió Sora al detective y a su padre. –¡Hemos encontrado el arma! –exclamó uno de los oficiales que participaban en el registro. Sora fue hacia donde venía la voz. El oficial sacó un martillo del falso techo del dormitorio de Taichi. –¡Que alguien traiga una bolsa de plástico! Fin del flasback. Cuando por fin llegaron, todos se pusieron a descargar la furgoneta. Era una casa muy pequeña y algo vieja, pero dada la situación en la que vivían desde hacía quince años, no podían aspirar a algo mejor y de alguna manera, habían aprendido a conformarse. En la lejanía se escuchaban los tambores y flautas típicas de los matsuris veraniegos. –Parece que el festival de verano se acerca. –dijo Toshiko. –¿Todo bien? –preguntó el hermano de Toshiko llegando hacia la familia. –Sí. Gracias por ayudarnos en todo. –agradeció Haruhiko. Su cuñado no sólo le había dado alojamiento sino que también le había conseguido el empleo de repartidor en la lavandería industrial. –La hemos limpiado durante esta semana. –dijo el hombre refiriéndose a la casa. –Gracias también por el empleo. –Es una pena que un fabricante de relojes como tú haya acabado en un trabajo tan poco cualificado. –dijo el hombre, haciendo referencia a la época en la que todo iba bien en su familia. –En absoluto. –dijo Haruhiko. –Gracias, hermano. –dijo Toshiko. Entonces se acercó un policía en bicicleta con unos carteles. –¿Puedes poner este cartel en tu negocio? Una niña de ocho años ha desaparecido. –preguntó el oficial. –Sí. Recuerdo que salió en el periódico el otro día. –dijo el hermano de Toshiko. –¿Vive cerca de aquí? –preguntó Toshiko. –Sí. Una cámara de seguridad grabó cómo un joven con una gorra se la llevó. –dijo el policía. Al decir aquello, la familia Takenouchi se removió incómoda. Era como una advertencia de que su nueva vida allí no sería fácil. Sora miró al cielo. Dos helicópteros sobrevolaban la zona. Era igual que el día que se llevaron a Taichi detenido.

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–Sólo queda media hora. –dijo Takeru vestido con traje negro a su hermano, que estaba sentado en un bordillo, también vestido de luto mientras comía unos fideos instantáneos mientras esperaba a que comenzara el funeral de su padre. –Esto es para ti. Takeru le ofreció un fajo de billetes para colaborar en los gastos del funeral de su padre, pero Yamato no lo cogió, por lo que Takeru, simplemente lo metió en el bolsillo de la chaqueta de su hermano. –Dame, tienen buena pinta. –dijo Takeru quitándole el bote de comida, a lo que Yamato no opuso ninguna resistencia. –¿Sabes? Mi suegro me ha preguntado si quieres venir a cenar antes de volver a casa. –¿Por qué? –Me ha dicho que mamá está preocupada por ti. –dijo Takeru con la boca llena. –Lo he visto. –dijo Yamato sin más. –¿A quién? –preguntó Takeru concentrado en los fideos. –A Taichi Takenouchi. –cuando Yamato dijo aquel nombre, Takeru lo miró sin poder creerlo. –¿No está en la cárcel? –Parecía estar bastante bien. –No le digas nada de esto a mamá. –dijo Takeru. –Devuélveme mis fideos.

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Cuando casi habían terminado de realizar la mudanza, Sora ojeaba los periódicos buscando detalles de la niña que había desaparecido. Necesitaba comprobar que Taichi no estuviera implicado en aquella desaparición. Lo cierto es que Yamato la había hecho dudar con lo que le dijo. –Sora, ¿sabes dónde están mis gafas? –preguntó Haruhiko mientras Sora recogía los diarios apresurada. Si había algo que no quería era preocupar a sus padres, por eso ni siquiera había mencionado que había visto a Taichi después de tanto tiempo. –Ni idea. –¿Mamá y Hikari han ido al instituto? –preguntó Haruhiko. –Sí. A pesar de no querer preocupar a nadie, Sora decidió preguntar a su padre. –Papá, ¿cuándo fue la última vez que viste a la otra parte? –preguntó Sora mientras colocaba unos platos en un armario de la cocina. –¿A qué te refieres con la otra parte? –preguntó Haruhiko mientras buscaba sus gafas entre el desorden. –A la familia de Aki Ishida. –aclaró Sora. –¿Por qué lo preguntas? –preguntó Haruhiko, aunque Sora no dijo nada. –No los hemos visto desde que ocurrió todo. ¿Los has visto? –No. Claro que no. –mintió Sora. –Pero este lugar no está lejos de allí. ¿Y si nos encontramos en la estación? –Fingiremos no conocerlos y seguiremos nuestro camino. –respondió Haruhiko. –¿No crees que si habláramos con ellos nos comprenderían? –preguntó Sora. –Al fin y al cabo, ya han pasado quince años. Las cosas han cambiado desde entonces. Quizás acepten nuestras disculpas. –¡Sora! –interrumpió Haruhiko al ver que su hija iba a volver a hablar. –No podemos esperar eso. Somos la familia del asesino de su hija. Nada de lo que digamos podrá ayudarles a sobrellevar el dolor. –Está bien. –aceptó Sora, que no quiso insistir más con eso, pero todavía quería preguntarle algo más. –Quizás me haya dejado las gafas arriba. –dijo Haruhiko para sí. –¿Qué harías si Taichi volviera a casa? –preguntó Sora. –Bueno, no importa. No tenemos suficientes habitaciones. Pero aunque no contestara, a Haruhiko aquella pregunta sí le afectó.

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Ante la insistencia de su hermano, Yamato finalmente aceptó la invitación a cenar. Cuando llegaron, el suegro de Takeru, el señor Hiragi estaba jugando con Ryota, el hijo de Takeru, que apenas tenía un año. Un velatorio no era lugar para un niño, por lo que él se quedó a cargo. El padre de Kasumi era un hombre de edad similar a la de Natsuko, pero enviudó hacía unos años y también vivía con la familia de su hija y Natsuko. Lo que no se esperaba era que el hijo mayor de Natsuko también llegara con ellos. En sus manos llevaba la urna con las cenizas de Hiroaki. –Siéntate, por favor, Yamato. –le pidió su cuñada Kasumi con amabilidad. Mientras tanto, Natsuko ponía la mesa y Takeru cogió los restos de su padre para ponerlos en un lugar donde no molestaran para cenar. –¿Hay alguna comida que no te guste? –preguntó el padre de Kasumi. –No. Una vez que se pusieron a cenar, el silencio reinó en la mesa. Un silencio que se tornó bastante incómodo. –Dime, ¿has pensado en cerrar el negocio? –preguntó el señor Hiragi para romper el hielo. –He oído que no se te dan mal las matemáticas. Quizás podrías ayudarnos en la administración de mi empresa. –Creo que abriré mañana. –dijo Yamato, haciendo ver que no estaba interesado en aquella oferta. –¿Vas a llevar aquello tú sólo? Es imposible. –opinó Takeru. –Si no quieres trabajar para nosotros, podría presentarte a gente para otros trabajos. –insistió el señor Hiragi. –Yamato, aunque en nuestra empresa hay suficiente personal, te está ofreciendo un buen trabajo. –le dijo Takeru, que trabajaba en la misma empresa que su suegro. Fue al entrar a trabajar en esa empresa que conoció a Kasumi. –Papá se disculpó antes de morir. Estaba arrepentido por las cosas horribles que te dijo. –le dijo Yamato a su madre, que estaba enfrente y haciendo caso omiso a su hermano. Lo que menos le preocupaba en aquel momento era su trabajo, que apenas le daba para sobrevivir. –De alguna manera, papá… –¿Traigo vino? –interrumpió Natsuko visiblemente incómoda con la conversación que había iniciado su hijo mayor. –Sí, claro. –dijo el señor Hiragi. –El vino blanco está en la nevera. –dijo Kasumi, que intentaba darle de cenar a su hijo, que estaba en la trona. –¡Si estás resentida, que no sea con papá! –estalló Yamato, harto de ver cómo su madre no hacía más que evadir el tema. Aquella intervención hizo que Natsuko se detuviera. –¿No deberías dirigir tu enfado hacia el asesino de Aki, Taichi Takenouchi? Viendo el cariz que estaba tomando la velada, Kasumi decidió levantarse para marcharse con su hijo a otra parte de la casa, pero con los nervios, lo único que consiguió fue tirar una copa y derramar restos de bebida. –¡Lo siento! –se disculpó Kasumi. –¡No menciones ese nombre aquí! –le advirtió Takeru. –Sigue vivo. –le informó el rubio. –¿Acaso no quieres saber qué hace el asesino de Aki? Papá… –Yamato, deberías seguir con tu vida. No sólo por ti, sino también por tu padre. –intervino el señor Hiragi. –Mi padre no quería eso. Será mejor que me vaya. Siento el revuelo. –dijo Yamato. El chico cogió la urna de su padre y fue hasta la furgoneta, donde la depositó en el asiento del copiloto. Mientras lo hacía, Takeru salió afuera para hablar con su hermano. –¿Sabes? En las navidades del año en el que murió Aki, mamá y yo fuimos de compras y de camino a casa, mientras veíamos las luces, decidimos ir a buscar a papá al trabajo para volver juntos. Y entonces, en la pastelería que había frente a la estación estaba su familia. El padre, la madre y la hermana de ese asesino compraron una tarta navideña allí. Mientras les miraba pensé en todo lo que yo haría si Aki estuviera viva. Yo también pienso como tú. Pero ya lo dijo Jinbe, de One Piece, ¿no? “No pienses en lo que has perdido. Debes pensar en lo que aún tienes”. –¿Quién es Jinbe? –preguntó Yamato. –¿No has leído One Piece? –preguntó Takeru indignado. Mientras, Natsuko se acercó a ellos cargada con una bolsa. –¿Tienes horno? –preguntó Natsuko. –Sí. –respondió Yamato. –Toma esta comida. Sólo tienes que calentarla. –dijo ella. –¿Tú también los viste? –preguntó Yamato mientras aceptaba la bolsa. –¿A quién? –A la familia de Taichi comprando una tarta. –cuanto Yamato respondió, Natsuko miró a Takeru como un acto reflejo. –Ya lo había olvidado. Pasó hace mucho tiempo. –contestó Natsuko. –No creo que papá lo olvidara. Por eso estuvo buscando venganza hasta su último aliento. Natsuko elevó los ojos y rió con ironía. –¿He dicho algo divertido? ¡Porque no es para nada divertido! –exclamó Yamato harto de la actitud que mostraba su madre. –Sí, sí. Ten cuidado de camino a casa. –dijo Natsuko poniendo fin a la conversación. Cuando entró en la furgoneta, vio el papel con el número de Sora.

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Hikari se maquillaba en su cuarto cuando entró Sora. –¿Qué haces? –preguntó la pelirroja. –Mañana empiezo las clases, así que estoy practicando. –dijo Hikari. –¿Te maquillas para ir al instituto? –preguntó Sora. –Es lo que se hace normalmente, ¿no? ¿Por qué nunca llevas maquillaje? –Porque no tengo ocasión y sin él estoy más cómoda. –Es por no llevar que no tienes ocasión. –dijo Hikari. –No seré como tú. Yo elegiré la forma en la que quiero vivir. Sinceramente, creo que tu vida está demasiado condicionada por Taichi. Cuando Hikari salió para bañarse, Sora cogió la barra de labios de su hermana y la miró por curiosidad. Mientras lo hacía sonó su teléfono.

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–¿Estará bien Hikari en el nuevo instituto? –preguntó Haruhiko a su mujer mientras ésta hacía la cena. –Espero que sí. Al menos espero que lo lleve mejor que Sora. –dijo Toshiko. –Bueno, si hay algo que Sora no ha perdido ha sido su corazón. –dijo Haruhiko. –Si hubiera sido Hikari, no creo que hubiese podido aguantar la vida que llevábamos entonces. Por suerte no había nacido y luego era demasiado pequeña como para recordar nada. –añadió Toshiko. –Gracias a Dios, su hermana menor era Sora.

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Un nuevo día llegó a la finca del señor Inoue. Era un campo de gran extensión con espacios con invernaderos. Pero no sólo era una tierra de labor y cultivo, allí mismo vivía el dueño de todo aquello, Goro Inoue, un hombre viudo al que comenzaba a notarse los signos de la edad. Goro era un hombre muy trabajador. El hecho de ser propietario de una finca y de tener varios empleados no le hizo perder la humildad, precisamente porque sabía lo que le costó levantar todo aquello. En cualquier caso, tampoco era un hombre rico. En la casa no sólo vivía él. También lo hacía su hija Miyako, que hacía no mucho se había separado de Ken Ichijouji, el padre de su hija Rika y que se desentendió totalmente. Pero además de ellas, que eran parte de su familia, también lo hacía Kenji Yagami, un joven castaño de pelo revuelto y empleado de la finca. Goro y su nieta Rika estaban desayunando cuando Kenji bajó. –Buenos días. –saludó Kenji. –Buenos días, Yagami. –saludó su jefe. –¿Saliste anoche? –Sí. –¿Adónde fuiste? –volvió a preguntar Goro. –Papá, deja de investigar cada cosa que hace. –se quejó Miyako, que estaba en la cocina abierta preparando algo. –Eras tú la que anoche estaba preocupada. –le recordó su padre. Tras hacer un gesto de disculpa con la cabeza, el castaño se dirigió al frigorífico y sacó una botella de té. –¿Qué es eso? –preguntó Miyako al verle una herida en el brazo. –¿Lo has desinfectado bien? Goro miró a su hija, preocupado por la excesiva preocupación que mostraba por el joven.

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A pesar de que Sora prácticamente le lanzó el papel con su número a Yamato, no pensaba que la llamaría. La última vez que estuvieron juntos el chico estaba doblemente enfadado con ella. Por una parte, por impedirle que alcanzara a su hermano; y por otra, por enterarse de la verdad. No obstante, Yamato la llamó para que se acercara a su casa. Cuando Sora llegó, se asomó con timidez, viendo que Yamato bebía agua del pitorro de la tetera. –Bonita mañana, ¿no? –dijo Sora en modo de saludo. –¿Puedo entrar? Yamato no la saludó, pero con un gesto de la cabeza le dio a entender que tenía permiso antes de sentarse. –¿Dónde has aparcado? –preguntó Yamato, extrañado de no haber escuchado el coche. –He venido en autobús. El coche de la otra vez era de alquiler. Han pasado cosas y mi familia y yo nos hemos mudado. Ahora vivimos en Shizuoka. –explicó Sora. Entonces la joven vio que Yamato estaba con la contabilidad del negocio y que parecía bloqueado. –¿Necesitas ayuda con la contabilidad? Pero cuando tomó la iniciativa de acercarse, se cayó un periódico y una barra de labios del bolso. Yamato la cogió y se la pasó. –Nunca habría creído que un familiar de un asesino llevara un pintalabios. –dijo Yamato. –Lo siento. En realidad se lo he cogido a mi hermana. –dijo ella. –¿Taichi ha contactado contigo? –preguntó Yamato, que en realidad le importaba muy poco el mundo de la cosmética. –No, te juro que no. Te lo prometo. –se apresuró a contestar Sora. –Sólo preguntaba. –dijo Yamato al ver la reacción nerviosa de la pelirroja. Tras una pausa, volvió a coger el periódico y lo extendió sobre la mesa, donde se podía leer la noticia de una niña desaparecida. –Pero he visto esto. Está muy cerca del monte Mikazuki. Y la silueta del secuestrador es parecida a la de Taichi.

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El cielo que cubría la Finca Inoue se estaba encapotando. El sonido de tormenta parecía acercarse mientras Goro fumigaba. –Parece que va a llover bastante. Será mejor que me vaya a casa. –se dijo a sí mismo. Tomada la decisión, fue hasta la caseta del material que tenía casi al lado. –¡Yagami!¡Volvemos!¡¿Yagami?! Pero Yagami no estaba.

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Cuando Yamato vio la foto de una cámara de seguridad publicada en el periódico, se apresuró a encender la televisión. –Todavía se desconoce el paradero de Rinka. La policía ha extendido el perímetro de búsqueda de la pequeña. –decía la reportera de la televisión mientras mostraban imágenes de la preocupada madre. –Podría decirte lo que ocurre ahora mismo en esa familia. El tiempo pasa lentamente y reina el silencio. Pero no es un silencio tranquilo. Es un silencio tenso. Y luego viene el sonido de la puerta. Sólo es un sonido, pero hace que la familia entera se estremezca. –dijo Yamato, como si estuviera reviviendo aquel momento de quince años atrás. Sora incluso apreció cómo a Yamato le recorrió un escalofrío por la columna al dar un respingo. –Si Taichi está detrás de ese caso, quizás la niña esté también en el lago del monte Mikazuki. Sora lo miró sin saber si el chico hablaba en serio. ¿Estaba sugiriendo que su hermano había vuelto a actuar? No entendía por qué había llevado ese periódico. Quizás fue porque remotamente también pensaba así. No lo sabía a ciencia cierta. No quería que así fuera. Pero no podía negar la similitud con el caso de Aki. –No. Quizás es demasiado rebuscado. –dijo Yamato apagando la televisión al ver la reacción casi asustada de Sora. –¿Vamos al monte Mikazuki? –sugirió Sora, que ya tenía la duda en su cabeza.

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Después de recoger bolsas con ropa de multitud de lugares y llevarlas a la lavandería industrial, se dirigió con premura hacia su nueva casa. Estaba preocupado desde que hacía un par de horas había recibido una llamada de su mujer. –¿Estás segura de que no es un error? –preguntó Haruhiko a su preocupada esposa. –No. Ha sido así desde esta mañana. –explicó la mujer. –Pero vivimos aquí desde antes de ayer. –dijo Haruhiko sin encontrar explicación. Entonces, el teléfono de la casa sonó. Haruhiko contestó. –¿Diga? Pero nada más contestar, quien estuviera al otro lado de la línea colgó. Con aquello comprobó que lo que decía su mujer era cierto. –Llaman cada media hora y cuelgan. –dijo su mujer.

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Aunque al principio le sorprendió la propuesta de Sora, Yamato accedió a ir al monte Mikazuki. De todas formas no iban a perder nada por ir. –¿Hoy también lo traes? –preguntó Sora al adentrarse en el monte. –¿Te refieres al cuchillo? ¿Y qué si lo traigo? –preguntó Yamato. –Nada. –respondió Sora con la cabeza gacha. –¿Por qué Taichi mató a mi hermana? –preguntó Yamato. –Mi hermano era muy amable. –respondió Sora. –No hay manera de que lo fuera. –Lo era conmigo, al menos. Solía jugar conmigo y estábamos muy unidos. –¿Cómo te sentiste al enterarte de que tu querido hermano mató a una inocente e indefensa niña de siete años? –preguntó el rubio entonces. –¿Y eso importa? –preguntó Sora. Pero al ver la mirada de Yamato decidió contestar. –Mi mente se quedó en blanco. Yo tenía diez años. Y mi familia también se quedó en blanco. Por alguna razón sólo podía pensar en qué hacer de cenar. Y entonces llamaron y dijeron que había confesado. Luego vino mucha gente y dijeron que mi familia ya no podría seguir viviendo allí por la presión mediática y social. Mis padres me enviaron con mis abuelos en Odawara. Apenas me dio tiempo a recoger nada de lo rápido que se dio todo. De todas formas no sabía ni qué llevar. Al final cogí unas muñecas con las que nunca jugaba y un par de cosas inútiles. Mis padres dijeron que me recogerían pronto pero no fue así. Si miro atrás, lo único que hacía era hacer los deberes que no necesitaba hacer mientras esperaba. Un día, mientras hacía los deberes, mi padre apareció en televisión para disculparse. Su cara estaba pixelada. No veía su cara pero sabía que era él por su voz y porque estaban hablando del crimen de tu hermana. Entonces, Sora tropezó con la raíz de un árbol y cayó. Lo que no se esperó es que el chico extendiera su mano para ayudarla a levantarse. Su acto reflejo fue tomarla pero justo antes de aceptar su mano, la chica se detuvo. Sentía que debía levantarse sola. Que no merecía su ayuda. Bastante mal lo estaba pasando como para que encima aceptara su amabilidad. Por lo que decidió mantener algo de orgullo y acabó levantándose sola para seguir caminando por el bosque. –¿Te gustan los gatos? –preguntó Sora. –¿Qué? –Cuando estaba en el jardín de infancia mi hermano y yo solíamos ir al río a jugar. Un día había una caja de cartón flotando de la que se escuchaba un maullido. Había varios gatitos. Mi hermano se tiró al río y los salvó, pero sólo quedaba uno vivo. Nos apresuramos en llevarlo al veterinario, pero cuando llegamos, murió. Vi a mi hermano muy afectado y lloró durante casi una semana. Ni siquiera quería comer. Taichi adoraba a los animales y tenía buen corazón. Cuando en la televisión salían países pobres usaba el dinero del aguinaldo para donarlo a fundaciones. Era el tipo de persona que cedía su asiento a las personas mayores y siempre me decía que mi comida era deliciosa. Tan sólo recibí una carta suya una vez. –¿Una carta? –No he hablado con él desde entonces. –¿No se la envío a tus padres? –No. Estaba dirigida a mí. Fue un año después de que lo arrestaran. Creo que estaba en un correccional de Tokio. –¿Qué escribió en la carta? –Sólo había una línea. Decía “Siento que el matsuri se haya cancelado”. Sólo eso. El verano anterior mi abuela me había regalado un yukata. Taichi sabía la ilusión que me hacía llevarlo durante el matsuri. Pero con todo lo que ocurrió cancelaron el festival. Me sorprendió que lo recordara y que se disculpara. –¿Dices que se disculpó? ¿Incluso ahora quieres a tu hermano? –preguntó indignado. –¡Golpeó en la cabeza a una niña de siete años incontables veces con un martillo y luego la tiró al agua como si fuera un objeto y la abandonó! Cometió un crimen horrendo. –¡Eso no es verdad! –replicó Sora, defendiendo la inocencia de su hermano. –¡¿Qué no es verdad?! –le gritó Yamato indignado. –Bueno, podrían ser falsas acusaciones. –dijo Sora con la boca pequeña. En el fondo sabía que Taichi hizo aquellas cosas horribles a Aki, pero el Taichi que ella conocía distaba mucho de un asesino y se negaba con todas sus fuerzas a que Taichi hubiera cometido aquel crimen. –¿Qué? –Cabe la posibilidad de que esos cargos sean falsos, ¿no? Ocurre de vez en cuando. Quizás el asesino sea otro. –¿De qué hablas? –¡De que no hay forma de que Taichi hiciera eso! –dijo Sora intentando convencer al chico de que Taichi era buena persona. Yamato la cogió de los brazos y la empujó tirándola al suelo. –¡¿De qué diablos estás hablando?! –gritó Yamato. Entonces se acordó de lo que le contó su hermano Takeru. –¡¿Fue divertida la Navidad?!¡¿Estaba rica la tarta?! Tú y tu familia fuisteis a comprar una tarta la Navidad de ese año, ¿me equivoco? ¡No hubo Navidad para mi familia!¡Y no sólo Navidad!¡Tampoco tuvimos el Festival de las Niñas, Tanabata ni cumpleaños! ¡No tuvimos nada!¡No hemos tenido nada de eso en los últimos quince años! Los que sufrimos aquel crimen no podemos olvidar. Pero los que causan el daño sí. ¿Y si te hago experimentar lo mismo que experimentó Aki? Sin aguantar más, Yamato se abalanzó sobre ella, que seguía sentada en el suelo y la cogió del cuello. Sora se ahogaba mientras Yamato, que estaba fuera de sí le gritaba si lo entendía. Cuando Yamato fue consciente de que Sora se quedaba sin aire volvió en sí y la soltó, aunque seguía encima de ella. Sora intentaba recuperar el aliento. –Adelante. Hazlo. –dijo Sora una vez que recuperó un poco de aire. –Lo entiendo. Y mi familia también. Porque todo el mundo nos lo ha estado recordando desde entonces. No te haces una idea de cuánta gente le ha deseado la muerte a toda mi familia. Incluso nos han dicho que deberíamos suicidarnos todos para redimirnos. Yamato apretó las mandíbulas y se apartó, quedándose arrodillado a un lado. –No quiero morir, pero tampoco quiero vivir. Hasta mi hermana pequeña me restriega que no he elegido mi propia vida. Pero yo no pensaba así en absoluto. Elegí. Y este es el resultado de mi decisión. No me arrepiento ni nada. Soy quien soy y esta es mi vida. Adelante. Acaba lo que has empezado. No le diré a nadie que me has matado. Bueno, ¿cómo iba a decirlo estando muerta? Pero Yamato sólo descargó su frustración dando golpes en el suelo. Después se levantó para marcharse. –No comí de aquella tarta. –dijo Sora, haciendo que Yamato se detuviera. –El dueño de la pastelería me la regaló, pero cuando llegué a casa mi padre dijo que no podíamos comerla. Quizás lo que viste no fue a mi familia comprando una tarta, sino cuando fuimos a devolverla. Mi padre le dijo al pastelero que no podíamos comerla. Entonces se puso a llover y Yamato se marchó de allí. Sora ni siquiera hizo el intento de levantarse, quedándose allí tirada. Cuando Yamato llegó a su casa, la lluvia comenzó a caer más fuerte. Tras secarse un poco, encendió la televisión. En las noticias estaban contando las novedades de la niña desaparecida, por lo que decidió llamar a Sora. A pesar de escuchar su teléfono sonar, no lo cogió. Era como si la discusión con Yamato la hubiera dejado agotada y lo único que quisiera hacer era quedarse allí tirada mojándose con la lluvia. Suerte que era verano y el agua la refrescaba del intenso calor. Por su parte, la única voz que escuchó Yamato fue la del buzón de voz pidiéndole que dejara un mensaje. –Parece que han encontrado a la niña. –informó Yamato. –No fue un secuestro ni nada de eso. Estaba con su padre divorciado. No se trataba de Taichi.

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–Papá. Voy a comprar. ¿Puedes cuidar de Rika? –dijo Miyako a su padre, que estaba lidiando con las cuentas de su empresa. –Está montando en bicicleta delante de casa. –¿Con la bicicleta?¿Te refieres a la que está medio destartalada? –preguntó Goro preocupado de que su nieta se hiciera daño. –Kenji la ha arreglado. –dijo Miyako mientras metía su monedero en el bolso. –Parece que se hizo una herida y todo al arreglarla. Pero ahora está como nueva. –¿Ha conseguido arreglar ese trozo de chatarra? –preguntó Goro asombrado. –Oye, ¿no vas demasiado escotada? –¿Hago carne para cenar?¿O prefieres sukiyaki? Creo que mejor hago carne. Nos vemos luego. –preguntó Miyako cambiando de tema nerviosa. En realidad no le dejó ni contestar, y en cuanto se decidió por la carne, salió de casa prácticamente huyendo. Cuando acabó con la contabilidad, Goro se dirigió al huerto, donde su empleado, Kenji Yagami estaba recolectando los frutos de un árbol. Tras un rato, Goro se sentó en una de las cajas para descansar, ya que no tenía el mismo aguante que antaño. –¿Qué piensas de la idiota de mi hija? –preguntó Goro. –¿Perdón? –dijo Kenji al no esperar la pregunta, y menos que su propio padre la insultara. –Bueno, quizás yo haya cometido muchos errores en el pasado, y es por eso que quizás, para reparar mis errores, durante mucho tiempo he estado contratando a gente recién salida de prisión. Y lo cierto es que todos hicieron bien su trabajo. Nadie es malo por naturaleza. Pero sólo contigo tuve mis dudas. Cuando supe de tus circunstancias, pensé en rechazarte. Pero ahora es diferente. Incluso creo que quizás no fueras tú quien hiciera ese tipo de cosas. Es sólo que en lo concerniente a mi hija me siento un inepto. No puedo evitar preocuparme por ella. –confesó Goro. Para él era frustrante que pudiera ayudar a otras personas pero no a su propia hija. No sabía ni siquiera por qué le había dicho eso a su empleado. –Olvídalo. –Señor Inoue. No tiene que preocuparse por ella. No querré a nadie de nuevo. Ni dejaré que nadie me quiera en lo que me reste de vida. –dijo Kenji, intuyendo de que lo que le preocupara a su jefe fuera que Miyako se enamorara de él. Cuando Goro escuchó aquello, asintió con la cabeza y se marchó más tranquilo.

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La lluvia seguía cayendo sin descanso. Después de asomarse, Yamato vio que Sora se había dejado olvidada la barra de labios. Lo cogió, lo abrió y fue a pintar en el periódico también olvidado que ella había traído. Pero la pintura estaba seca.

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Con la mudanza era común no encontrar algo, y era lo que le estaba pasando a Hikari. La castaña buscaba algo, pero como no lo encontraba, decidió cogérselo prestado a su hermana. Cuando abrió una pequeña caja de zapatos, mientras buscaba, vio una carta de Sora dirigida a Taichi, sólo que ésta había sido devuelta porque el destinatario no fue encontrado. Parecía que la había enviado al correccional donde fue ingresado, pero por lo visto, Taichi ya había sido liberado, aunque Hikari no tenía ni idea de ello.

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Tras un rato mojándose bajo la lluvia, Sora decidió volver sin poder evitar pensar en momentos vividos con su hermano. Flashback. –Hermano, aquí tienes unas gachas de avena. –dijo Sora llevándole una bandeja a la habitación, donde Taichi permanecía acostado y tapado hasta las orejas. –Si no comes, no tendrás energía para ir al matsuri. Por cierto, ¿has visto mi yukata? Es precioso. Oye, ¿por qué sigues teniendo esto? Sora había cogido un sobre con una foto donde había amapolas rojas. Era un sobre con semillas. Taichi se giró para ponerse boca arriba, pero se mantuvo en silencio. Tan sólo miraba el falso techo, que estaba un poco abierto. Fin del flashback. En aquel entonces Sora no entendió por qué su hermano miraba con tanto detenimiento el techo de su habitación, ni tampoco sabía que le gustaran las amapolas. Pero aquel recuerdo se le vino a la mente al ver delante de ella unas amapolas de rojo intenso. Sora se arrodilló entre aquellas amapolas y comenzó a llorar, dándose cuenta de que aquello que se había esforzado en creer no era cierto. Yamato tenía razón.

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Tras encontrar la carta que Sora intentó enviar a su hermano, Hikari decidió dársela a sus padres, que la leían en la cocina. ¿Cómo estás, hermano? Estos días ha hecho mucho calor, ¿no te parece? ¿Estás comiendo bien?¿Estás bien de salud? Yo estoy bien. Cada día cojo el metro de la línea de Ginza para ir al trabajo. ¿Sabes lo que es el sistema de navegación de los coches? Sirve para guiar a los conductores. No había muchos cuando éramos niños, pero ahora estoy trabajando en una empresa que los fabrica. A día de hoy soy una oficinista de pleno derecho. También soy buena maquillándome y debo reconocer que no me veo mal con el traje de tipo ejecutiva. Te envío una fotografía para que veas cómo soy ahora. Es un trabajo que merece la pena y tengo la confianza de mis jefes. Mis compañeros también son muy amables. También me llevo bien con mis antiguos compañeros del instituto. En ocasiones comemos juntos. A veces me dicen que disfrutan de mi compañía. Y yo siempre respondo que mi hermano, que me adora, se parece a mí. Papá y mamá están bien de salud. Papá sigue trabajando en la fábrica de relojes. Este año lo han ascendido a jefe de departamento. Mamá ha mejorado sus habilidades con la costura para poder enseñar a sus alumnos. Y en cuanto a nuestra hermana Hikari, le gustas. Te preguntarás cómo puede ser eso si nunca te conoció. Por supuesto, es porque yo le he contado todo sobre ti. Todos esperamos que vuelvas a casa. Hasta que llegue el día en el que vuelvas, te esperaremos. No tienes que preocuparte de nada. Tan sólo vuelve a casa. Te esperaré. Incluso a día de hoy, pienso y siempre pensaré que eres inocente. P.S: ¿Hay ventanas donde estás? Cuando te sientas afligido, puedes mirar al sol de la mañana. Yo siempre lo hago. Cuando lo miro, mis esperanzas se renuevan para seguir adelante.

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Por fin dejó de llover. Sora no había vuelto a hacer acto de presencia y aunque le dejó un mensaje, seguía sin contestar al teléfono. A pesar de que no le debía nada a aquella chica, decidió ir a buscarla. No estaba en el lugar en el que estuvieron la última vez, por lo que siguió hasta llegar al lugar donde Aki murió. Allí, entre las amapolas, la vio sentada entre las flores. –¿No tienes frío? –Preguntó Yamato cuando llegó hasta ella. Pero ella no contestó. –¿Por qué no te vas a casa? Aunque vengas aquí no encontrarás ninguna prueba, por mucho que insistas en que es inocente. –Es mi hermano. –dijo ella. –¿Qué? –Mi hermano es un asesino. –dijo Sora llorando, pero aceptando la realidad que se esforzó en negar. –Mi hermano mató a Aki. –¿Por qué? –Taichi y yo plantamos muchas flores como estas en la tumba de los gatitos ahogados. –dijo Sora. –Son amapolas rojas. Lo siento mucho. –No necesito tus disculpas. –dijo Yamato duramente al ver que Sora no dejaba de disculparse una y otra vez. –Mi hermano podría matar otra vez. Quizás sea un asesino en serie. –dijo Sora utilizando los mismo argumentos que utilizó él. –¡Exageré! –dijo Yamato visiblemente incómodo. No sabía por qué, no gustaba ver a Sora llorar. –Probablemente le di demasiadas vueltas. La verdad es que no lo sé. –Yo sí lo sé. –¿Por qué? –Porque Taichi intentó matarme una vez. –confesó Sora. Aquella confesión sí que pilló desprevenido a Yamato. Flashback. Sora estaba durmiendo cuando un día, Taichi se puso encima de ella y le cubrió el cuello con una bufanda. Comenzó a tirar de los extremos, empezando a ahogarla. Sora se sorprendió al ver quién era el causante de que el oxígeno no llegara a sus pulmones. El muchacho mostraba una expresión neutra cuando estuvo a punto de culminar la tarea, se detuvo y se marchó como si nada hubiera pasado. Fin del flashback. –Si hubiera muerto aquel día, quizás Aki seguiría viva. –se lamentó Sora. Tras esa confesión, las cosas cambiaron para los dos.

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A pesar de que había oscurecido, Kenji le estaba dando unos retoques a la bicicleta rosa de Rika. –¿Sabes, Kenji? Aunque eres menor que yo, parece que tengas mucha experiencia. –dijo Miyako colocándose a su lado. –Dime, ¿dónde estabas antes de venir aquí? Pero el chico no contestaba. Cuando Miyako fue a tocarlo para llamar su atención, él la interceptó cogiéndola de la muñeca. –Es peligroso. –dijo él, haciendo referencia al martillo con el que golpeaba partes de la bicicleta. Pero ella no se dio por vencida y lo besó en los labios. Él la apartó bruscamente tirándola al suelo. Miyako sólo vio cómo Kenji se integraba en la oscuridad.

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Yamato acercó a Sora a la estación para volver a casa. El ambiente estaba animado. El sonido agudo de las flautas japonesas se escuchaba en el ambiente. –Muchas gracias por traerme. –dijo ella agradecida. –Parece que el matsuri está cerca. –dijo Yamato. –¿Quieres ir? Sora se sorprendió que Yamato le ofreciera ir al festival después de todo. Yamato tampoco supo por qué lo dijo, pero de alguna manera quería compensarla por no haber podido disfrutar del matsuri el verano en el que murió Aki. Sora aceptó y comenzaron a pasear tranquilamente hacia el festival. –¿Ya no te pones el yukataque te regaló tu abuela? –preguntó Yamato. –No. Y aunque me lo pusiera me llegaría por la rodilla. –respondió Sora. –No lo entiendo. En aquel entonces Taichi era mi amigo. –reflexionó Yamato cambiando de tema. –No sé nada de él, excepto lo que sabía de cuando éramos amigos. Al igual que tú no sabes nada de él, excepto que era un buen hermano. Sería mejor si te detestara, pero no pareces la clase de persona a la que odiaría. Bueno, cambiaré de tema. ¿Viste la Copa del Mundo el año pasado? –¿Perdón? –preguntó Sora, que no se esperaba aquel drástico cambio de tema. –Ya sabes, el mundial de fútbol. –Sólo lo que capté de la televisión del sitio en el que trabajaba a tiempo parcial. –respondió Sora. –¿Conoces a un jugador que se llama Endo? –preguntó Yamato. –¿Uno rubio? –No, ese es Honda. Endo marcó un golazo de penalti. Todos los jugadores se abrazaron y se creó ese sentimiento de “lo hemos logrado” por todo el país. –dijo Yamato. –Sí. Recuerdo que donde trabajaba también se creó esa atmósfera. –¿Tú también lo sentiste, entonces? –preguntó Yamato. –La verdad es que no. –Yo tampoco. Creo que en eso nos parecemos. No hay mucha diferencia entre nosotros. Yo soy familiar de la víctima y tú del asesino. ¿Vamos a hacer esto de ahora en adelante? –preguntó Yamato mientras se adentraban entre la gente que recorría el matsuri. –¿El qué? –¿Seremos capaces de sentir que lo hemos logrado mientras posamos así? –preguntó Yamato levantando los brazos como si hubiera ganado algún juego. Aquello hizo que ambos sonrieran, pero la pelirroja percibió que a Yamato le duró poco la sonrisa al ver a una mujer ataviada con un yukata. Continuará...
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