Still, Life Goes On

Het
NC-17
Finalizada
0
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130 páginas, 66.685 palabras, 11 capítulos
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7. En la oscuridad de su corazón.

Ajustes
La salida de su trabajo fue de lo más accidentada. De repente, un hombre y una mujer jóvenes se plantaron frente a ella pidiéndole hablar sobre Taichi Takenouchi y, aunque intentó huir, fue alcanzada sin mayores problemas por el chico rubio. –¿Sabes quién es Aki Ishida? –preguntó él. Meiko pareció reaccionar ante ese nombre. –Yo soy su hermano mayor. Aunque Yamato tenía una mirada fría y dura, también vio desesperación en sus ojos.

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Goro decidió ir a hablar con su hija. Sabía que conocer la verdad sobre Kenji la había alterado sobremanera, y no la culpaba. Acababa de enterarse de que el chico con el que prácticamente habían estado conviviendo había matado a una niña sólo dos años mayor que su nieta Rika. –Miyako, voy a entrar. –avisó su padre. Pero al intentar abrir la puerta de la habitación, se percató de que estaba bloqueada con todo tipo de muebles y trastos. –¿Qué estás haciendo? Goro consiguió ver a su hija por un hueco que había conseguido generar entre tanto obstáculo. Miyako velaba el sueño tranquilo de su hija, que parecía ajena a todo. –¿Estás solo? –Sí. Tras asegurarse de que el castaño no rondaba por allí, permitió entrar a su padre quitando algunas cosas de en medio para desbloquear la puerta corredera. –¿Por qué no me dijiste que Taichi Takenouchi era un asesino cuando traje a Rika aquí? –preguntó Miyako. –Es Kenji Yagami. –rectificó Goro. –¿Y qué más da? Mató a una niña de siete años. –argumentó Miyako. –Él ya pagó por su crimen y es un buen trabajador. –lo defendió el hombre. –Incluso a ti te gusta Kenji. –No me tomes el pelo. Ante todo, soy madre. La madre de Rika. –dijo Miyako. –Estoy asustada. Muy asustada. –Lo sé. Por su parte, Taichi se encerró en su cuarto y se puso a hacer uno de sus característicos dibujos.

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Después del trabajo, Takeru fue a hacer unas compras y se dirigió al lago Mifune. Cuando bajó del coche miró con duda la casa donde ahora vivía su madre. Sería la primera vez que la visitara desde que se trasladara allí. Se le hacía extraño no verla por casa, pero ella lo había querido así. –Hola, Takeru. –saludó Natsuko, que estaba recogiendo unas revistas que habían dejado unos clientes sobre la mesa. –Hola. –dijo él dejando las bolsas encima de la mesa. –Creo que has comprado demasiado. –dijo ella al ver el volumen de las bolsas. –¿Dónde está Yamato? –preguntó él. Natsuko percibió que el tono de Takeru era más frío de lo que para él era lo habitual. Para Natsuko no pasó desapercibido que la relación entre los hermanos se había deteriorado desde que Yamato comenzara a actuar y a tener un papel más activo. –Ha ido a hacer una visita. –¿A quién? –A una enfermera que trabajó en un correccional de Tokio. –dijo Natsuko. –Pero no creo que tarde en volver. Entonces, justo en ese momento, entró Yamato seguido de una chica de pelo negro largo con gafas. La mezcla de sensaciones que percibió Meiko en los ojos de Yamato, más el hecho de conocer que era el hermano de Aki, la convencieron para hablar con él. Además, quizás, si contaba todo, podría cerrar aquel horrible capítulo de su vida. Así que, accedió a irse con él hasta el lago Mifune. Tras pedir el día libre, ambos viajaron hasta la casa de Yamato. –Esta es Meiko Mochizuki. –presentó Yamato.

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–Me pregunto si Sora está comiendo como es debido. –dijo Toshiko a su marido mientras servía la comida. –Me ha enviado un mensaje. –dijo Hikari bajando a toda velocidad de su habitación. Sabía lo preocupados que estaban sus padres, por lo que no quiso demorar la noticia. –Dice que volverá pronto.

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–Lo que voy a contaros no es algo que pueda aliviaros vuestra angustia. –comenzó a decir Meiko sentada frente a Yamato, Natsuko y Takeru. –Puede que incluso añada más dolor. Si aún así estáis dispuestos… –Adelante. –dijo Yamato. Takeru era el más reticente. Su apática postura en la que mantenía la mirada perdida y la mano sobre la cara, como si estuviera aburrido se lo decía. Aún así no dijo nada. Pero sabía que su madre sí estaba dispuesta a escuchar a pesar de la advertencia de Meiko. –Hace nueve años comencé a trabajar en la prisión juvenil de Tokio. Taichi Takenouchi ya estaba allí y sólo le quedaba un año para que lo pusieran en libertad. Cuando yo llegué su tratamiento estaba casi completado. –¿A qué te refieres con “completado”? –preguntó Yamato. –Significa que se arrepentía de su crimen y podría volver a integrarse en la sociedad como una persona normal. –explicó ella. –Taichi estaba prácticamente rehabilitado. O al menos, todo el mundo lo creía, excepto una persona. –¿Quién? –preguntó Yamato. –Él mismo. Flashback. Principios de verano del año 2002. Una horda de chicos jóvenes subía unas escaleras de la institución mientras dos enfermeras bajaban por ellas. –La segunda planta es para chicos con problemas mentales diagnosticados y la tercera para aquellos con algún problema psicológico. –explicaba la enfermera Kawato. Era la mayor de ellas y le estaba enseñando las instalaciones a Meiko. –La cuarta planta es para chicos que tienen que pasar aquí mucho tiempo. Los llamamos los “chicos especiales”. Meiko Muchizuki acababa de comenzar a trabajar en aquel correccional y le habían asignado el módulo masculino. Una vez abajo, llegaron a un patio. Como parte de su tratamiento, unos practicaban deportes de equipo mientras que otros hacían gimnasia. –Como ves, están separados en grupos para hacer ejercicio o para estudiar. –dijo Kawato. –Ponemos a los chicos con características, diagnósticos y tratamientos similares en el mismo grupo. –¡Eh, Enfermera Kawato! –la solicitó un joven. –¡Voy! Mientras su guía atendía al joven, Meiko echó un vistazo panorámico al lugar. Entonces, vio sentado y solo a un chico de pelo castaño alborotado. A diferencia de los demás, estaba dibujando en un cuaderno. Curiosa, se acercó a él. –¿Qué dibujas? –preguntó ella. –El lago Mikazuki. –contestó él. –No sé dónde está. ¿Por qué dibujas un lago? –volvió a preguntar ella. –No lo sé. –tras responder eso, el joven se levantó y se marchó de allí. –Ese chico es de la cuarta planta. –dijo Kawato acercándose a ella. –Aquí lo conocen como Kenji, pero no es su verdadero nombre. ¿Te acuerdas del asesinato de una niña de siete años en el lago Mikazuki? –¿En el lago Mikazuki? –preguntó Meiko. Era el lago que ese chico estaba dibujando hasta hacía unos instantes. –¿Es el asesino? –Pero no te preocupes. Está casi rehabilitado. –dijo Kawato. No quería que Meiko se asustara en su primer día de trabajo. Fin del Flashback

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Como Rika se estaba aburriendo, se plantó frente a la puerta de Kenji con un par de raquetas de bádminton y comenzó a llamar al joven. –¡Kenji, Kenji!¡Vamos a jugar! –comenzó a exclamar la niña. –¡Rika!¿Qué estás haciendo?¡Ven aquí! –le ordenó Miyako. Desde que supo la verdad tenía mucho cuidado de que su hija no se acercara a aquel asesino, pero la niña aprovechaba cualquier descuido en el que ella cocinaba o iba al baño para acercarse a Taichi. –Pero quiero jugar al bádminton. –se quejó la niña. –Olvídate de eso ahora. –dijo Miyako cogiéndola para bajarla. Mientras tanto, Taichi permanecía sentado con la espalda apoyada en la puerta del armario, sosteniendo uno de los dibujos que había estado haciendo. El suelo estaba lleno de folios con dibujos que había estado haciendo casi compulsivamente. Las voces sordas tras la puerta se iban alejando. Entonces se levantó, colocó las manos tras su cabeza y comenzó a hacer sentadillas, tal y como solía hacer en prisión. –1, 2, 3… Flashback. –…4, 5, 6. –¿No lo dirías verdad? –preguntó Kawato durante la formación de Meiko. Ambas miraban desde la ventana de uno de los pasillos como los chicos de la cuarta planta hacían sentadillas. –¿El qué? –Que un chico con esa cara de no haber roto un plato pudiera golpear hasta la muerte a una niña y lanzarla al lago. Según el diagnóstico del psiquiatra, tiene un trauma severo provocado por la negligencia de su padre hacia su familia y la muerte repentina de su estricta madre en un accidente de tráfico. Al final, él es el único que sabe por qué mató a la niña. Tras decir aquello, retomaron su camino para continuar con la ronda. –Dime, ¿es cierto el rumor que dice que gastaste tres millones de yenes para ayudar a un hombre del hospital en el que estabas antes? –preguntó Kawato. –No fueron tres millones. Fueron treinta. –dijo Meiko para sorpresa de Kawato. Tras el ejercicio físico, los chicos de la cuarta planta subieron a por su toalla y comenzaron a bajar para darse un baño, momento que aprovechó Meiko para abordar a Taichi, o a Kenji, tal y como lo llamaban allí. –Toma, coge esto y escóndela. –dijo Meiko ofreciéndole una pastilla de jabón. Pero el chico no hizo ni el más mínimo movimiento, por lo que Meiko le puso la pastilla en el bolsillo. –No te preocupes. Has despertado interés en mí y quiero ayudarte. ¿Realmente estás curado, tal y como se comenta por aquí?¿No estarás fingiendo estar curado? Bueno, como no hablas y te tienes que ir, dime si necesitas algo cuando tengas oportunidad. –Un pincel. –dijo él entonces cuando Meiko ya empezaba a marcharse. Y así lo hizo. Meiko le consiguió un pincel y unas acuarelas. Lo primero que hizo con ellas fue pintar unas amapolas. –Este pincel es de pelo de ardilla, pero también había de mapache. Si quieres te traigo otro día. –se ofreció Meiko. Entonces, Taichi sacó un pez de papel rojo hecho de origami y se lo dio a Meiko. –¿Esto es para agradecerme por el pincel?

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Otro día, Meiko estaba asistiendo al médico que hacía revisiones médicas. Tras varios internos, le tocó el turno a Taichi. –Tómale la tensión. –ordenó el médico tras la evaluación visual. –Sí, doctor. –aprovechando que el médico salió, Meiko le pasó un tubo de pintura, que Taichi le agradeció con otro pez de origami de color rosa. Aquella comenzó a ser su dinámica. En cuanto tenían oportunidad, aunque fuera durante un momento al cruzarse por un pasillo, Taichi le regalaba un pez de origami por los favores que Meiko le hacía desde que llegó allí a trabajar. Acumuló tantos peces y de tantos colores que en casa preparó una botella de plástico bastante ancha y los fue metiendo allí, como si fuera una pecera, con la ventaja de que no necesitaba agua, no tenía que limpiarla ni echarles de comer. Fin del flashback.

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Hacía ya un buen rato que Taichi no salía de su habitación, pero justo cuando el Señor Inoue iba a comprobar si estaba bien, Maki lo interrumpió diciéndole que tenía una llamada. Dentro de la habitación, Taichi observaba a Rika, que regaba contenta con una regadera unas coloridas flores de una jardinera junto a su madre.

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–¿Diga? –dijo el señor Inoue cuando atendió al teléfono. –Hola. Verá, estoy buscando a alguien. ¿Tiene usted un empleado de veintiocho años? –preguntó Haruhiko. Había recopilado una lista de fincas donde cultivaran frutas. Había realizado un montón de llamadas sin éxito, y esta vez llamó a la del Señor Inoue porque era la que tocaba. Mientras tanto, su mujer y su hija menor tendían la ropa fuera. Cuando llegó el momento de colgar una camisa de Sora, Toshiko se entristeció, lo que no pasó desapercibido para Hikari. –No es tu culpa que Sora se marchara de casa. –dijo Hikari para animar a su madre. –De todas formas, ya tiene veinticinco años. Toshiko sonrió. Tenía razón. Tarde o temprano se marcharía de casa para vivir por su cuenta. –Salgo. –dijo Haruhiko. –¿A dónde vas? –A un huerto de Chiba. –¿Has encontrado a Taichi? –preguntó Hikari. –Todavía no. –¿Y qué vas a hacer si lo encuentras? –volvió a preguntar su hija, pero Haruhiko no respondió. –Eres su padre. Lo sabrás cuando lo veas. –dijo Toshiko al ver las dudas en la mirada de su marido. –Cuando lo veas, sabrás la clase de persona que es. Su marido asintió, aunque lo cierto era que aunque Toshiko intentó animar a su marido, ella también tenía sus dudas. –Me marcho. –Vamos a confiar en papá. –le dijo Toshiko a su hija cuando vieron cómo la furgoneta de la lavandería se alejaba.

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Flashback. –33, 34, 35… –los internos iban repitiendo la contabilización de las sentadillas que iba indicando el monitor mientras Meiko y la enfermera Kawato los observaban desde el ventanal de un pasillo de un piso superior del edificio. Parecía haberse convertido en una costumbre colocarse allí para observar y charlar. –Hay rumores rondando sobre uno de los chicos. –dijo Kawato. –Dicen que Kenji y tú os veis a hurtadillas. Si eso se filtra y sale a la luz, tu vida se convertirá en un completo desastre. ¿Me estás escuchando? Pero no le quitaba el ojo a Taichi, y sólo reaccionó cuando el castaño pareció flaquear del cansancio de las interminables sentadillas. De hecho, el joven se sintió mareado y fue llevado a la enfermería. Una vez atendido y mientras descansaba en la camilla con los ojos cerrados, Meiko se sentó a su lado y le colocó un termómetro en la axila. –Pronto saldrás de aquí, ¿verdad? –comentó Meiko. –Sí. –respondió Taichi sin abrir los ojos. –¿Estás contento? –Sí. –volvió a responder con un monosílabo. –¿Estás contento porque vas a ser libre? –Estoy contento porque estoy curado. –¿Estás curado? –Sí. El doctor me dijo que estoy curado. –respondió él. –Comprendo. Entonces, ¿por qué estás feliz por estar curado? –insistió Meiko. Taichi abrió los ojos lentamente. –Porque matar a gente no está bien. –respondió él. Entonces, el termómetro comenzó a sonar, indicando que ya había hecho su trabajo. Meiko lo cogió para mirar la temperatura corporal del chico. –Cuando ya no estés aquí… –Tengo que pedirte un favor. –la interrumpió Taichi, mirándola por primera vez.

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Cuando el doctor le dio el alta de la enfermería, Meiko acompaño a Taichi a la biblioteca del correccional, tal y como le había pedido en la enfermería. Pero a esas horas la biblioteca estaba cerrada y no estaba permitido estar allí, por eso Meiko lo coló. La joven echaba un vistazo a las estanterías mientras Taichi, una vez que encontró lo que buscaba, se quedó mirando el libro. Curiosa por ver lo que Taichi miraba con tanta atención se acercó por atrás. –¿Rubens? –preguntó Meiko al ver en el libro una foto de la obra “La elevación de la cruz”, que mostraba la tensión existente entre una multitud de hombres musculosos tratando de levantar la cruz y el peso aparentemente insoportable de Cristo en la cruz. Taichi la miró un poco sorprendido de que conociera a Rubens. La gente joven no solía tener esos intereses e inquietudes. –En realidad no entiendo de arte. Pero lo conozco porque lo mencionaron en el último capítulo de “El perro de Flandes”. Eres igual que Nello, ¿verdad? ¿Te gusta este cuadro? –Aki me lo dijo. –dijo Taichi. –¿Aki?¿Te refieres a Aki Ishida? –preguntó Meiko, que ya estaba al corriente del nombre de la niña que perdió la vida en manos de Taichi. –Ella me dijo que habría sido mejor que no hubiera nacido. –dijo Taichi. –Entiendo. ¿Y tú pensaste que se refería a ella misma, y por eso,…la mataste? –preguntó cuidadosamente. Entonces, un golpe en la puerta de la biblioteca los interrumpió. –Mochizuki, ¿estás dentro?¿qué estás haciendo? –preguntó una compañera. –Abre la puerta. Con la interrupción, Taichi pareció alterarse porque apretaba un bolígrafo muy fuerte, como señal de frustración, lo que no pasó desapercibido para Meiko. –Tranquilo. Todo está bien. –dijo Meiko posando su mano sobre el puño que encerraba el bolígrafo y quitándoselo de la mano. Después le arrebató el libro. –Te regalaré el libro en otro momento. Meiko y Taichi salieron por otra puerta y bajaron al sótano, donde había maquinaria como calderas y bombas de presión de agua. –Hace un tiempo me pidieron que no me acercara a ti. –le dijo Meiko. –Lo intuía. –Mañana sales de aquí, ¿no? Si tienes cualquier problema…–pero el chico no la dejó terminar y le ofreció un papel enrollado. Cuando Meiko lo desplegó, vio el lago iluminado por rayos de sol que atravesaban las nubes y unas ondas redondas en el agua. –¿Le has enseñado esto a alguien? Taichi negó con la cabeza. –No debes enseñárselo a nadie o jamás te dejarán salir de aquí. –dijo Meiko. Entonces señaló con el dedo a las ondas del dibujo. –¿Aquí está Aki Ishida, verdad? –Es un pececillo. –respondió él. –Un triste pececillo.

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–Taichi Takenouchi. Aquí tienes el informe por escrito de la libertad condicional. Felicidades. –dijo el director del correccional solemnemente, como si fuera una graduación. –Cógelo, Taichi. –dijo el que sería su agente de la condicional, un hombre calvo y simpático al que se le notaba ya mucha experiencia con muchachos. –Muchas gracias. Unos minutos después, Taichi cogió su maleta y fue acompañado hasta la puerta del recinto por el director del correccional y su agente de la condicional, que llevaría su seguimiento en su reinserción en la sociedad. –Buena suerte, Takenouchi. –dijo el director a modo de despedida. Taichi y su agente se marcharon caminando. –¿Sabes? Todo el mundo está loco con el ramen. –dijo su agente de la condicional tras emprender el camino. –Tengo entendido que nunca comíais ramen ahí dentro. Taichi caminaba sin contestar, pero se fijó en un espejo que se ponen en los cruces de poca visibilidad y vio que Meiko caminaba por la acera opuesta varios metros más atrás, ataviada todavía con su uniforme de enfermera. Evidentemente, su agente de la condicional lo llevó a una taberna donde podrían comer ramen. –Delicioso, ¿verdad? –preguntó su agente una vez que salió del cuarto del aseo. –Sí. –se limitó a decir Taichi. –De ahora en adelante, deberás trabajar duro y vivir de forma honesta y sencilla. –dijo el agente. –Es lo mejor que puedes hacer, por la gloria de aquella niña. –Sí. –¿Nos vamos? –dijo el agente. En una mesa, de espaldas a ellos, Meiko escuchaba toda la conversación. Cuando salieron, Meiko miró al camarero que recogía entre dudas un pez de papel. La enfermera se apresuró a ir y le cogió el pez, hecho con una servilleta. Después volvió a su sitio y lo desplegó. Allí venía escrito que viviría en el barrio de Mitaka, en Tokio, y que continuaría con su nombre falso: Kenji Yagami.

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Taichi Takenouchi, o mejor dicho, Kenji Yagami comenzó su nueva vida como hombre libre. Su agente de la condicional lo incluyó en un programa de reinserción que le permitía trabajar en un taller mecánico donde hacía pequeñas reparaciones como aprendiz y lavaba los coches de los clientes. Unos días después de comenzar con ese trabajo, vio a Meiko Mochizuki de espaldas. Parecía esperarlo. Estaba claro que había leído el mensaje que le dejó en la servilleta. En pocos días se fueron a vivir juntos y llevaban una vida de lo más sencilla y tranquila. Meiko había sacado los peces de papel de la botella y los colgó por el salón, porque ya eran libres como su creador. –¿Sabes? Me hace muy feliz ver que te tomas tu trabajo tan en serio. –le dijo Meiko estando acostados en el futón. –Has cambiado, y conocerte también me ha cambiado a mí. –¿Estoy curado? –preguntó él. –Sí. Estás curado. –respondió ella. –¿Desaparecerá?¿Desaparecerá mi imagen de asesino? –volvió a preguntar él. –Ya ha desaparecido. Ya no eres un “chico especial”. Ya no matarás a nadie. –dijo ella. Él le regaló una sonrisa y ella se acercó a él para besarlo. Aquella noche se entregaron el uno al otro.

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Meiko se extrañó de no encontrar a Kenji junto a ella. Ni si quiera había amanecido. Se vistió y abrió la puerta para comprobar si estaba afuera. Efectivamente, estaba abajo haciendo sentadillas como las que solían hacer en el correccional. Meiko pensó que eran muchos años. Era difícil de borrar una rutina tan marcada.

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Unos días después, Meiko salió del hospital tras hacerse una revisión médica. Nada más salir, cogió su teléfono y le dio la noticia a Kenji, que estaba trabajando en el taller. Ya en la oscurecida tarde, Kenji subió las escaleras para dirigirse al apartamento que compartía con Meiko. Llevaba una bolsa con un cartón de leche que acababa de comprar. Una vez arriba, miró a las escaleras que acaba de subir. –Hola. ¿Tienes hambre? –dijo Meiko, que ya había preparado la cena. Pero el chico no contestaba. Se limitó a poner el cartón de leche sobre el kotatsu. –¿Qué te pasa? –Cerveza. –¿Quieres una? –preguntó ella. Él sólo asintió. –Es raro en ti, pero no tenemos. Ya compraré mañana. –dijo ella. Pero él seguía inmóvil. –Está bien, iré ahora mismo. Tras coger su monedero, Meiko salió. Mientras, Kenji cogió el libro de arte que Meiko le prometió que le regalaría y buscó a Rubens. Pero esta vez, no se detuvo en “La elevación de la cruz”, sino en “El descendimiento de la cruz”. Al igual que el otro, era un óleo de estilo barroco en el que predominaba el claroscuro y todo giraba en torno a la figura contorsionada de Cristo ya muerto, que parecía deslizarse por una tela de lino blanco, ayudado por la Virgen María, María Magdalena y otros personajes de gran musculatura, característica propia de la pintura de Rubens. A pesar de ser un momento trágico, la escena parecía trasmitir serenidad y calma. Entonces, escuchó el golpe. Kenji se asomó y vio a Meiko tirada en el suelo, llevándose la mano a su vientre. Fin del flashback. Él puso aquella bolsa de plástico adrede cuando llegó de comprar la leche. La caída fue tan fuerte que sufrí un aborto. Seguía siendo el mismo chico de catorce años. Cuando me dieron el alta del hospital encontré un diario. En él había algunas ilustraciones. En cada una, el ser humano era un pez de cola roja. Para él, los seres humanos son tristes pececillos dentro de una pecera. Él siempre tuvo el impulso de sacarlos y destruirlos. –relató Meiko. Flashback. Meiko comenzó a leer el diario que encontró: 28 de junio He empezado a trabajar en un taller. Estoy a cargo del taladro. Es un poco diferente de lo que me enseñaron en el correccional, pero creo que mejoraré poco a poco. Cuando llegué al apartamento me comí las gyozas que Meiko había preparado. Meiko estaba muy contenta y yo trataba de desviar mi mente a otras cosas. Meiko pasó a otra página: 19 de julio. Hemos comido gambas fritas en un restaurante. Cuando Meiko fue al lavabo, una niña de primaria entró y se sentó en la mesa de al lado. Entonces dejé el tenedor que sostenía en ese momento y esperé a que Meiko volviera. Fui capaz de contenerme. Fin del flashback. Tuvo el impulso de matar a la niña que vio en el restaurante. Hubo un tiempo en el que comenzó a llegar a casa más tarde. Vio a una mujer en el tren y la siguió hasta su apartamento. Flashback. Meiko comenzó a leer una página en la que había una ilustración. Era un pez aunque parecía tener cabeza humana. Era un dibujo bastante difuminado, por lo que no se distinguían rasgos, pero sí se intuía que era un pez con alma humana. 5 de septiembre. He ido al apartamento de ayer. Pensé en que debía confirmar el color de las cortinas una vez más. No lo veía claramente, por lo que pensé en abrir la puerta, pero no lo hice. Subí al tejado y veía la calle claramente. Miré detenidamente en el agua dentro de mi cabeza, pero no había agua. Tenía sed. Quería echar agua. Estaba frustrado y quería morir. 1 de octubre. He tenido un sueño. En él golpeaba la cabeza de Meiko con un martillo una y otra vez. Ella no podía devolver los golpes, pero continuaba haciendo gyozas. Cuando desperté, Meiko estaba preparando el desayuno y me lo comí. No saboreé nada. Creo que lo volveré a hacer algún día. Ella no debió nacer. 9 de noviembre. Me siento realmente bien. El cielo es azul y la hierba es de un intenso verde. Meiko sonríe. La pecera está llena de agua. 9 de noviembre. Los humanos son tristes. No saben por qué nacen pero aún así, nacen. No saben cómo seguir viviendo, pero aún así, siguen viviendo. Así, sin más. Sin saber nada. Y sin saber nada, morirán. 9 de noviembre. Soy un asesino. Mi yo asesino seguramente mató a mi propio hijo. Yo sólo miré. Sólo miré a mi yo asesino matar a mi hijo. Aún así, seguiré viviendo. Meiko cerró el diario y comenzó a llorar, bajo la mirada de los peces de origami que había acumulado desde que lo conoció. Fin del flashback. Al leer su diario me di cuenta que para él no soy ni mujer, ni madre. Ni siquiera una persona. En aquel entonces sólo era una pecera. Una pecera que contenía a un triste pececillo y que se rompería al caer. Aquel día, antes de que él volviera del trabajo, dejé el apartamento y huí. No lo he visto desde entonces. Yo…, no pude salvarlo. Meiko finalizó su historia. Ni Yamato ni Natsuko ni Takeru sabían qué decir. Aquella estremecedora historia les confirmó que a pesar de haber pasado años en el correccional, seguía siendo un monstruo. Gracias por contarnos esto. –habló Yamato por fin. Meiko negó con la cabeza. Lo cierto es que a ella también le vino bien hablar de todo aquello. Jamás lo había verbalizado con nadie y, al fin y al cabo, eran la familia de la primera víctima. ¿Todavía queréis verlo? –preguntó Meiko. Sí. –respondió Yamato. Un día vi a su agente de la condicional y le pregunté por él. A día de hoy trabaja en un huerto de frutas en Chiba. –dijo Meiko. Voy a hacer más té. –dijo Yamato tras una larga pausa y visiblemente nervioso. En realidad el té era una excusa para salir de allí.

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Señor Inoue, ¿podemos hablar de mi sueldo? –preguntó Maki. Ya hablaremos cuando vuelva. –dijo Goro, que parecía andar con prisa. Cuando el hombre se fue, Maki vio a Rika corretear por allí con un par de raquetas de bádminton y un peluche. Mientras tanto, Miyako hablaba por teléfono rodeada de varias maletas. Sí. ¿Podemos quedarnos allí un tiempo? –preguntó Miyako. Sí, mi hija y yo. No, no es que haya ocurrido nada. Gracias. Cuando Miyako colgó pidiendo a una amiga que le dieran alojamiento durante un tiempo para que su hija no estuviera con aquel asesino, se percató de que no estaba allí. Con decisión, fue hasta la habitación de Taichi y la abrió, encontrando a Taichi haciendo sentadillas. ¿Dónde está Rika? –preguntó Miyako con dureza. Taichi paró y se giró, pero no dijo nada. Sólo se escuchaba respirar fuerte por el cansancio. –¿Dónde está?¿Dónde la has escondido? Miyako comenzó a mirar entre el armario, pero la niña no estaba allí. Entonces vio un dibujo en el suelo. En él se apreciaba una niña tirada en el suelo. A poca distancia de ella, había un hyuganatsu. Miyako se temió lo peor. ¿Quién diablos eres? –preguntó Miyako. –¿Dónde está Rika? Como Taichi no contestaba, Miyako salió corriendo para buscar a su hija.

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Haruhiko esperaba en el aparcamiento de la cafetería que el señor Inoue le había indicado. –¿Es usted el Señor Takenouchi? –preguntó Goro cuando llegó a través de la ventana de la camioneta. Haruhiko asintió con la cabeza.

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–¡Rika!¡Rika! –gritaba Miyako buscando a su hija por el huerto. Lo que Miyako no sabía era que la niña estaba jugando al bádminton con Maki en una explanada de campo al acabar la zona de cultivo del señor Inoue. –Tienes que inclinar la raqueta un poco más y entonces, golpeas el volante con la raqueta. ¿De acuerdo? –le indicaba Maki a la niña. Maki golpeó el volante, la niña también consiguió darle, pero al hacerlo, perdió el equilibrio y cayó al suelo. –¿Estás bien? –preguntó Maki yendo hacia ella. –Sí. Pero creo que tengo una herida en la rodilla. –dijo la niña. –¿Quieres volver? –preguntó Maki. –Estoy bien. Vamos a seguir. –dijo la niña. –Eres muy valiente. Está bien. Voy a por el volante. –dijo Maki con orgullo. Cuando encontró el volante entre unos arbustos, Maki se encontró de frente con Taichi. –Me has asustado. Pero Maki percibió una actitud extraña. –¿Qué pasa? ¿Qué estás sujetando? –preguntó Maki. Entonces vio que era un martillo. –Deja eso. Es peligroso. –¡Maki!¿Lo has encontrado? –se oyó a la niña. –¡Rika!¡Vuelve con tu madre!¡Rápido! –le gritó Maki para poner a salvo a la niña. –¡¿Por qué?! –preguntó la niña. –¡Sólo corre!¡Rápido! –insistió Maki. –¡No quiero! –¡Vete! –gritó Maki mientras retrocedía. Taichi la sujetó y con el forcejeo, el volante cayó al suelo.

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–Seguramente se estará preguntando por qué no lo he buscado después de tanto tiempo. –le dijo Haruhiko al señor Inoue. –Bueno. No importa lo que yo piense. Tan sólo le diré que Kenji, quiero decir, su hijo quizás no quiera verle. –dijo Goro rectificando. –Lo sé. –Nunca habla de sí mismo o de su familia. Pero si insiste en verle, no debería abandonarle. –dijo Goro. –Si no puede hacer eso, será mejor que se marche sin verle. –Déjeme verlo, por favor. –le pidió Haruhiko.

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Rika vio salir de detrás de los arbustos a Kenji. –¡Kenji!¿Vas a sustituir a Maki? –preguntó la niña con inocencia. Ni siquiera se había percatado de que sostenía un martillo.

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Yamato llevó a Meiko hasta la estación para que pudiera volver a Tokio. –Muchas gracias por todo. –le agradeció Yamato. –Sé que no debería decir esto pero, sácalo de su miseria, por favor. –dijo Meiko. Tras decir aquello y hacer una reverencia, Meiko se marchó. Yamato volvió a la furgoneta, donde lo esperaba Takeru. –¿Qué te ha dicho? –preguntó Takeru. –Nada en particular. –Yo también soy el hermano de Aki. Si no hay nada que te detenga, si te conviertes en un asesino, estaré en problemas. Tras dejar a Meiko en la estación, Yamato y Takeru emprendieron ruta hacia Chiba.

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Tras su periplo por Tokio, Sora se fue directamente a casa de Yamato, pero allí, en el lugar donde se solía recibir a los clientes no había nadie, por lo que decidió tocar. –¿Quién es? –preguntó Natsuko saliendo y parándose en seco al ver a la pelirroja. –Sora. Entra y siéntate.

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Taichi tenía a la niña a varios metros. Como no había contestado, comenzó a entretenerse con algunas flores mientras él luchaba contra sí mismo para contenerse. La niña comenzó a quejarse de que le escocía la herida que se había hecho antes jugando con Maki. –Rika. –Kenji, me duele. –se quejó la niña. –Entonces, vamos a volver con tu madre. –dijo él. –Vale. –dijo la niña comenzando a caminar. Mientras Taichi, con el brazo estirado y sujetando el martillo daba unos golpes al aire. Cuando comenzó a sentir que perdía el control de sí mismo, se sujetó la muñeca y por fin, tiró el martillo.

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–¿Dónde está Yamato? –preguntó Sora. –Ha ido a un huerto de Chiba. –respondió Natsuko. –Puede que tu hermano esté allí. Sora se levantó y se inclinó formando un ángulo recto. –Lo siento. Mi hermano no está arrepentido. –dijo Sora una vez erguida. –Lo he confirmado tras encontrarme con él. Mi hermano…Esa persona…, no ha mostrado ni un ápice de remordimientos por llevarse la vida de Aki. Lo siento mucho.

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Desesperada por no haber encontrado a su hija, Miyako levantó el teléfono para llamar a la policía, cuando por fin escuchó su voz infantil. –¡Mamá! –exclamó la niña entrando. –¡Rika!¿Dónde has estado?¿Qué te ha pasado? –preguntó al verle la herida en la rodilla. –Me he caído. –¿A qué estabas jugando? –preguntó todavía muy nerviosa. Entonces vio entrar a Taichi. Como acto reflejo, Miyako abrazó a su hija y la apartó de Taichi. Éste, tras una pequeña inclinación con la cabeza, se fue directo a su habitación. En cuanto desapareció de su vista, Miyako comenzó a revisar a su hija. –Mamá, me duele. –Rika, ¿por qué estabas con él? Mientras tanto, Taichi comenzó a meter su ropa en un bolso. Pero Miyako no pensaba dejar las cosas así y fue hasta la habitación del castaño. –¿Qué le has hecho a Rika? –preguntó Miyako con un cuchillo de cocina en la mano. Él sólo negó con la cabeza pero no la miró en ningún momento. –Te he preguntado que qué le has hecho. Actúas como si nada hubiera pasado. ¿Cómo puede ser que una persona que haya matado a una niña pueda estar tan tranquila? Ni siquiera entiendo como sigues vivo. La niña que mataste también tenía madre. Una madre que la consideraría un tesoro y que la cuidaba con todo su amor. Incluso tú tienes una madre, ¿no?¿No lo entiendes?¿Cómo puedes estar tan tranquilo cuando le robaste lo más preciado? Habría sido mejor que una persona como tú no hubiese nacido. No deberías haber nacido. Tras decir aquello, Taichi levantó su vista hacia ella lentamente. Taichi comenzó a acercarse de forma pausada hacia Miyako, a la que le temblaba el pulso de la mano que sostenía el cuchillo, hasta que la acorraló.

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–He sido una idiota. –dijo Sora. –Me engañé a mí misma al pensar que quizás, por remotas que fueran las posibilidades, se arrepentiría. –¿Qué quieres decir? –Esperaba y deseaba que mi hermano volviera a casa y que mi familia volviera a reír, juntos. Y que algún día, llegaría el momento en el que pudiera reír con Yamato. Pero eso es imposible que ocurra. Definitivamente no va a ocurrir. –dijo Sora. –Oye. Está bien. –dijo Natsuko al ver a Sora tan afligida. –Está bien tener deseos de felicidad. Incluso tú y Yamato. No es seguro que vosotros dos encontréis la felicidad. Y para ello, tenéis que empezar a pensar en vosotros. –Yamato y yo…–musitó Sora para sí. Era como si su madre les diera su bendición. –Yamato tiene que pensar en tu felicidad. Y tú tienes que pensar en la suya. –dijo Natsuko. –Yo… –¿Sí? –Me gustaría comprarle calcetines y zapatos a Yamato. –dijo Sora. Natsuko sonrió. –Cuando está por aquí siempre anda con unas zapatillas casi andrajosas, y por alguna razón, la mayoría de sus calcetines tienen extraños colores. También me gustaría cocinarle de vez en cuando. Siempre es él el que cocina. ¿Cuál es su plato favorito? –Las reitou mikan, creo. –dijo Natsuko, refiriéndose a las mandarinas escarchadas. –Entonces no tiene mucho sentido que le cocine. –dijo Sora sonriendo. Natsuko también le sonrió con ternura. –Gracias por pensar así de Yamato. –dijo Natsuko. Sora sólo negó con la cabeza. –Dime Sora, ¿qué te gustaría que hiciera Yamato por ti? –Pues…, nada. –Algo debe de haber. –dijo Natsuko. –No. Nada en absoluto. –Entonces, sólo ten fe en Yamato. –dijo Natsuko.

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Haruhiko siguió en su furgoneta al señor Inoue, hasta que ambos hombres llegaron al huerto. –No creo que evite verte, pero seguro que se sorprenderá. –dijo Goro mientras caminaban entre los cultivos hasta llegar a la casa. –¡Abuelo! –exclamó Rika al ver entrar al hombre. –Hola, Rika. ¿Dónde está tu madre? –preguntó Goro. –Se fue arriba. –dijo la niña. –¿Puedes esperar un momento? –preguntó Goro a Haruhiko. –Por supuesto. –Kenji, ¿está Miyako ahí dentro? –preguntó Goro desde afuera. Pero no recibió respuesta. –Voy a entrar. ¡Miyako! Haruhiko escuchó el grito de apuro del señor Inoue.

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Yamato paró en un área de servicio. –Voy a mear. –dijo Takeru. –¿Quieres algo? –Lo que quieras. –dijo Yamato. Cuando su hermano se perdió dentro, Yamato abrió la guantera donde guardaba el cuchillo que una vez preparó su padre. Como vaina tenía un cartón que envolvía la hoja. Decidió entonces guardárselo en el bolsillo interior que tenía el chaleco de trabajo que solía llevar cuando estaba en el lago Mifune. Quizás no tuviera una oportunidad tan clara de ocultarlo sin llamar la atención. Mientras lo guardaba, Yamato tenía una mirada decidida. Continuará…
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