Still, Life Goes On

Het
NC-17
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planificada Midi, escritos 75 páginas, 39.187 palabras, 6 capítulos
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6. Los no invitados.

Ajustes
Por más que no apartara su mirada de él, Sora todavía no podía creer que Taichi estuviera ahí en carne y hueso. El castaño dejó otro pez de papel encima de la mesa de la cama. Con ese hacían cuatro, más uno que la abuela tenía en su mano. Tras dejarlo, salió al balcón, desde el cual se podía ver el mar. Taichi estaba más alto que la última vez que lo vio y su voz también era algo más grave. Su cuerpo estaba bastante bien formado debido al trabajo físico que debía realizar cada día en el huerto. Lo que seguía prácticamente igual era su revuelto pelo castaño, aunque lo llevaba algo más corto que cuando era adolescente. –Si hubiera sabido que ibas a estar aquí habría comprado manzanas de caramelo en un matsurique había de camino aquí. –dijo Taichi. –Recuerdo que te gustaban mucho. Siempre que ibas a un festival te atiborrabas a manzanas de caramelo y la boca se te quedaba llena de manchas rojas. Sora no pudo contener la emoción y comenzó a llorar. A pesar de todo lo que había ocurrido y el tiempo que había pasado, Taichi seguía acordándose de detalles así. –¿Qué pasa, Sora? ¿Te apetece comerlas? –preguntó Taichi. Su hermana se limpió las lágrimas. –Bienvenido a casa, Taichi. –dijo Sora sonriendo.

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A pesar de estar frente a frente, tan sólo se escuchaba el cantar de las chicharras del verano. Era como si nadie supiera qué decir ni cómo reaccionar. –Hola. –saludó Natsuko. –Hola. –saludó Toshiko. –Haré un poco de té. –dijo Natsuko. –No se preocupe. Estoy bien. –dijo Toshiko. Aunque Natsuko no sólo lo dijo por hospitalidad, sino por tener algo de tiempo para asimilar que la madre del asesino de su hija estaba frente a ella. Así que se marchó a la cocina igualmente para hacer la infusión, dejando a solas a Toshiko y a Yamato. –Disculpa, ¿ha venido Sora por aquí? –No. ¿Ha desaparecido? –preguntó Yamato con un deje de preocupación. –No, no te preocupes. –dijo Toshiko. –Llamó a su hermana para avisar que no llegaría a dormir. –Su marido trajo esto el otro día. –dijo Yamato sacando una caja de bombones. Pensó que lo podría acompañar con el té que estaba haciendo su madre. –Oh, sí. Me preguntó qué podría llevar a unos clientes habituales, pero parece que no se trataba de clientes. No tenía ni idea de que vino de visita. –dijo Toshiko reconociendo la caja. Entonces salió Toshiko con una bandeja con vasos de té. Todavía se encontraba como desorientada. Tanto que cuando llegó a la cocina para preparar el té abrió el grifo del agua sin poner la tetera. –Hace calor afuera, ¿verdad? –comentó Natsuko con evidente incomodidad. –Sí. Bastante. –¿No hay nada mejor? –preguntó Natsuko a su hijo al ver que puso la caja de bombones ya abierta sobre la mesa. –La verdad es que no. –¿Cómo ha venido hasta aquí? –preguntó entonces Natsuko. –En autobús. –respondió Toshiko. –¿En la línea Minobu? –Sí. Hacía tiempo que no nos veíamos. –dijo Toshiko. –Sí. La última vez fue con el Profesor Osaki. –dijo Natsuko. –Sí, en el edificio de la estación. –Tercera planta. –La que olía a moho. –¿De qué estáis hablando? –preguntó Yamato, que se había perdido en la extraña conversación. –Solíamos pasar bastante tiempo juntas cuando íbamos a clases de costura. –respondió Natsuko. –Sí, en el centro cultural, frente a la estación de trenes. –añadió Toshiko. Entonces el sonido de su teléfono la sobresaltó. –Lo siento. –Adelante. –dijo Natsuko. –No importa. Debe de ser mi marido. –Cójalo. –Está bien. Disculpad. –dijo Toshiko saliendo fuera para hablar. Entonces Natsuko se sentó y soltó aire, como si hubiese estado todo el tiempo sin respirar. –¿De dónde has sacado esto? –preguntó Natsuko, refiriéndose a la caja de bombones. Cada bombón estaba en una bolsita y tenían forma de galletas de jengibre. –Me lo dio su marido. –respondió Yamato. –¿Por qué sacas algo que nos han dado ellos mismos? –preguntó su madre. –Perdonad. –dijo Toshiko interrumpiendo. –Mi marido dice que también le gustaría hacer una visita. –Claro, adelante. –dijo Natsuko medio aturdida por la situación. Toshiko volvió a salir para seguir hablando con su marido. –¿No hay otra cosa que ofrecer? –Cacahuetes. –dijo Yamato cogiendo una bolsa que estaba allí mismo. Su madre le lanzó una mirada inquisidora. –¿Qué quieres que haga si no tengo otra cosa? –Disculpad. Enseguida viene. –dijo Toshiko.

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Taichi y Sora bajaron hasta la playa. –¿Cómo sabías que la abuela estaba aquí? –preguntó Sora. –Preguntando en muchas residencias. –respondió Taichi. –¿Echabas de menos a la abuela? –preguntó de nuevo la chica. Pero él no contestó, por lo que intentó probar con otra pregunta. –¿Dónde vives?¿Cuál es tu número de teléfono?¿No puedo preguntarte? –Dime Sora. ¿Ya no te gustan las manzanas de caramelo? –preguntó Taichi sin responder ninguna de las preguntas de su hermana. –No demasiado. –Ya veo. –entonces le extendió un pez de origami y se sentó en la playa. –¿No quieres ver a papá y a los demás? –preguntó Sora. Pero Taichi seguía sin contestar. Por lo que decidió decirle la verdad. –El otro día me enteré de todo. Sé que tú y yo tenemos otra madre. Sé que lo sabes, pero te lo has guardado para ti. –Sora. –dijo Taichi volviendo a levantarse. –Me voy. –¡Iré contigo! –dijo Sora siguiéndole. –Llévame contigo.

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–Qué calor hace. –se quejó el señor Inoue entrando en casa. –Hola papá. ¿Kenji vuelve a hacer el reparto? –preguntó Miyako mientras preparaba bolas de arroz junto a su hija. –No. Me pidió el día libre. –dijo Goro. –Supongo que volverá a su casa. –dijo Miyako. –No. No tiene casa. –dijo Goro. –Así que no tiene familia. –comentó Miyako, algo que a su padre no le pasó desapercibido.

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Aprovechando que Kenji no estaba, Maki registraba los cajones y el armario de su habitación mientras hablaba por el móvil. –Ya te he dicho que lo sé. No, no estoy dudando. Ya te dije que encontraré la manera. Sí, yo también te quiero, Daigo. –dijo Maki mientras buscaba en una caja que había extraído de un armario. Sonrió al encontrar al fin lo que buscaba. Su cartilla de ahorros y una tarjeta de crédito.

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–¿Qué hora es?¿Ponemos la televisión? –preguntó Natsuko mientras hacían tiempo hasta que llegara el señor Takenouchi. –Vale. –dijo su hijo. –Creo que va a empezar ya. –dijo Natsuko. –¿La telenovela? –preguntó Toshiko. –Sí. ¿La sigues? –Sí. –respondió Toshiko. –La protagonista se ha quedado embarazada. –comentó Natsuko. –Sí, me pregunto qué harán ahora. –dijo Toshiko. Yamato encendió la televisión y salió afuera al escuchar un vehículo. Era Haruhiko. –¿Dónde está mi mujer? Ambas mujeres estaban viendo cómo la protagonista le decía a un chico que era el padre de su hijo no nato pero que no podía seguir con él. Entonces, Yamato entró seguido de Haruhiko. –Hola. –dijo Haruhiko haciendo una inclinación para mostrarle sus respetos a Natsuko, que no le quitaba ojo a la televisión. –Está terminando la escena. –dijo Natsuko. –Haré té. –No se preocupe. –dijo Haruhiko, pero al igual que ocurrió cuando llegó Toshiko, Natsuko entró en la cocina seguida de su hijo. –Mejor hago café. –dijo Natsuko nerviosa. –Sólo tengo café en polvo. –dijo Yamato. –¿Por qué no compras nada para servir a tus invitados? –le recriminó Natsuko. –No son mis invitados. –dijo Yamato. –Quizás tengan hambre. –dijo Natsuko abriendo el frigorífico. –¿Tienes fideos? Yamato fue a buscarlos. Cuando cogió un paquete de fideos somen, vio a su madre que sostenía una verdura y un cuchillo de cocina, pero no se movía. –Yo lo cortaré. –dijo Yamato arrebatándole el cuchillo. Con los nervios a flor de piel como los tenía su madre prefería ser precavido. –No haría algo así. –dijo Natsuko, intuyendo que su hijo creía que podría reaccionar de cualquier manera con un cuchillo de esas dimensiones en la mano. Una vez que acabó de cortar la verdura, Yamato salió. –Mi madre está hirviendo fideos somen. –informó Yamato para justificar la tardanza. –No os molestéis. –dijo Haruhiko, pero Yamato casi se había esfumado. Unos minutos después, los cuatro comían los fideos en un incómodo silencio roto sólo por los sorbidos al comer. –Hay más. –dijo Natsuko al ver que Haruhiko y Toshiko dejaban de comer. –Estamos bien. –dijeron ellos. –Pues cómetelo tú, Yamato. –dijo Natsuko acercándole el bol con los restos. –Mi marido y mi hijo han vivido aquí solos todo el tiempo. No tiene nada más que esto. Lo siento. –No importa. –dijeron los Takenouchi. –Aunque tiene veintinueve años no le hace falta afeitarse cada día. –dijo Natsuko hablando de Yamato como si no estuviera allí. –El haber vivido con su padre lo ha hecho un poco descuidado en algunos aspectos. Dígame, señor Takenouchi. ¿Tiene usted buena salud? –Sí, supongo que sí. –dijo Haruhiko. –A mi marido le gustaba demasiado el sake. –dijo Natsuko. –A veces nos reuníamos en el pasado. –dijo Haruhiko. –¿En el snack-bar City Hall? –Exacto. –dijo él. –Lo regentaba una señora. Sé que de vez en cuando se escabullía para ir allí. –dijo Natsuko. –Un día le pregunté cómo se llamaba la dueña. ¿Cómo se llamaba? –Pues… –¿Ya no va allí? –No. –Mi marido no va a esa clase de lugares. –intervino Toshiko. Natsuko se levantó y se dirigió hacia la otra mesa, desde la cual se sirvió té helado de la jarra. Intuyendo que no podría evitar durante más tiempo el tema, se sentó dándole la espalda a todos. –Señora Ishida, nosotros queríamos… –No, ya no soy Ishida. Mi marido y yo nos divorciamos. Pero no fue porque frecuentara ese bar. –dijo Natsuko. –Ya han pasado quince años desde que ocurrió. –comenzó a decir Haruhiko. –¿Desde que ocurrió? –preguntó Natsuko. –Quería decir, desde que mi hijo causara el incidente. –rectificó Haruhiko. –¿Incidente? –Desde que mi hijo le arrebató la vida a su hija. –dijo Haruhiko, que hasta el tercer intento no atinó con las palabras. –No hemos olvidado lo que hizo nuestro hijo. Por supuesto, tampoco buscamos su perdón. –¿Sabe? Nuestra tortuga se resfrió. ¿Verdad, Yamato? –comenzó a decir Natsuko. –Sí. –¿Sabía que las tortugas pueden resfriarse? Pueden estornudar y tener neumonía. Después de que Aki muriera, a ninguno de nosotros le importó, así que la tortuga se resfrió. –¿Te acuerdas, hijo? –Sí. Fuimos a liberarla al río. –Cuando la soltamos, el agua estaba muy fría. Y entonces recordé que la mano de mi hija también lo estaba. Cuando fui a coger su mano, estaba helada. –dijo Natsuko. –¡Lo sentimos mucho! –exclamó Haruhiko, seguido de su mujer. –Siento mucho no haberme responsabilizado como padre. –¡¿Es que no lo entiende?!¡Esa no es la cuestión! –Natsuko se levantó de repente y alzó la mano para pegarle, aunque no lo hizo. De repente era como si la hubieran desconectado de alguna parte y recordara que tenía invitados. –Voy a cortar sandía. –No. No se preocupe. –dijo Toshiko. Pero Natsuko se fue a la cocina. –Por favor, cómanse la sandía. –les pidió Yamato. –Y después márchense. Creo que por hoy es más de lo que puede soportar. Los Takenouchi así lo hicieron. Una vez que se comieron el postre se marcharon y Yamato fue a la cocina para secar los platos que estaba lavando su madre. –¿Por qué no le pegaste? –quiso saber Yamato. –Habría sido mejor si lo hubiera hecho, ¿verdad? –Quién sabe. –Pero recordé algo sobre un bol de arroz. –¿Un bol de arroz? –Tu padre me dijo que una vez, yendo en coche pasó por su casa. Llovía y aquel día, en la entrada, había repartos de cuencos de ramen, boles de arroz, gyozas apiladas y la lluvia se iba acumulando. Al ver aquello tu padre pensó que para ellos también debía ser duro. Yo no podía creer que pensara así. –No tienes que compadecerte de ellos. –dijo Yamato. –¿Y me lo dices tú?¿Acaso no te llevas bien con la hermana del asesino? –dijo Natsuko. –No. –¿No? –preguntó extrañada. Natsuko incluso llegó a pensar que era su novia, hasta que descubrió quién era realmente y comprendió que aquello era mucho más complejo. Yamato no contestó.

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Sora y Taichi se fueron al zoo. Era una forma de recuperar un poco del tiempo perdido entre hermanos. Sora, muy contenta, saludaba a un gorila, cuando su hermano llegó por detrás y le ofreció un helado. –Aquí tienes. –dijo él pasándole el cucurucho. –Gracias. ¿Dónde está el tuyo? –preguntó al ver que él no tenía helado. –No me apetece. –dijo él. Tras acabar con el gorila, siguieron paseando. –¿Trabajas? –Hace poco he empezado a trabajar en un bar-cafetería a media jornada. –explicó Sora. –Entiendo. Tienes dificultades para encontrar trabajo. Y me imagino que en el instituto tampoco lo debiste pasar muy bien. –dedujo Taichi. –En absoluto. –negó ella nerviosa para evitar que Taichi se culpara. Pero entonces se le cayó el helado y se apresuró a cogerlo del suelo. –Tranquila, Sora. Te compraré otro. –dijo él, arrebatándole el cucurucho del suelo. –Lo siento. –se disculpó ella por su torpeza. –No te preocupes. Estoy trabajando y tengo unos ahorros. –dijo él mientras tiraba el helado a la basura. –¿Ahorros? –Sólo un poco. –dijo él. –No es mucho, pero comprar un helado no me va a hacer más pobre. Taichi sacó su cartera y le extendió algo a Sora. –¿Qué es esto? –Sora desplegó el papel. Era publicidad. –¿Un ferri? –Sí. A Innoshima. Está en el mar interior de Seto, en la Prefactura de Hiroshima. –especificó él. –Están contratando gente. Bueno, encontré esto hace dos años, así que las contrataciones habrán acabado ya. Pero si viviera allí, podría encontrar otro trabajo. –¿Por qué allí? –Porque fue donde nació nuestra madre. También sé dónde está enterrada. Sora, ¿vendrías conmigo? –preguntó Taichi. –¿Cómo llegaremos allí? –preguntó Sora después de varios segundos de silencio. –Podemos ir como queramos. En coche, en barco, en tren o en avión. –Prefiero el avión. Nunca he montado en uno. –respondió ella. –Estaría bien ir en avión. Taichi sonrió por el motivo que planteó su hermana. Entonces, el teléfono de Sora comenzó a sonar. Sora suspiró un poco molesta al ser interrumpida, pero Taichi empezó a hablar y no lo cogió. –No hay tiempo que perder. –dijo Taichi. –¿Qué? –Nos vamos mañana.

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Yamato agotó todos los tonos de llamada, pero Sora no se lo cogía. Nada más colgar, le sonó a él, pero no era Sora, sino Mimi. –Meiko Mochizuki está viva. –le informó Mimi. –Bien. Iré a Tokio mañana mismo y podremos ir juntos. –dijo Yamato. –También quería decirte que Satsuwaka, la enfermera del otro día me ha enseñado una foto de Meiko de hace ocho años. Te la enviaré. –dijo Mimi. Tras quedar y colgar, el rubio recibió la foto. Tenía el uniforme blanco de enfermera, el pelo negro largo pero recogido. Tenía semblante serio, llevaba gafas y sostenía una carpeta con una mano, de la cual sobresalía lo que parecía un papel rojo.

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Rika jugaba en el jardín a hacerle la merienda a su conejo de peluche bajo la atenta mirada orgullosa de su abuelo. –Tú también eras muy mona de pequeña. –le dijo Goro a su hija en un rato de descanso. –Sí, pero el campo era la mitad de lo que es ahora. –dijo Miyako. –Es verdad. –Te esforzaste mucho para poder cuidar de mí. –dijo su hija reconociendo la importancia de lo que hizo su padre cuando ella tan sólo era una niña. –Porque eres el tesoro más importante que tu madre me confió antes de morir. –dijo Goro. –No digas esas cosas, que me pongo roja. –Je, je. –rió Goro mientras iba a colocarse unos guantes para seguir trabajando. –Dime, papá, ¿qué puedo hacer para hacerte feliz? –preguntó entonces Miyako. –¿Qué quieres decir? –Ya sabes, para que mamá se sintiera orgullosa. –concretó Miyako. –Como casarme con un jugador de béisbol famoso. –Ja, ja, ja. En realidad, es muy fácil hacer felices a unos padres. –dijo Goro. –¿Cómo? –Viviendo más que nosotros, o casándote con alguien que ames. –contestó Goro. Pero Miyako tenía la duda de que a su padre le gustara esa persona que ella tenía en mente.

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En la habitación de Taichi, Maki seguía registrando su habitación. Ya tenía en su poder su cuenta de ahorros y una tarjeta, pero necesitaba las claves, así que siguió buscando, hasta que encontró una fotocopia de una tarjeta con su clave bancaria.

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–Takeru, el juguete del niño ya no se mueve. Tenemos que comprar pilas. –le dijo Kasumi a su marido. Takeru estaba sentado en la cama, cabizbajo y en completa oscuridad. –Vale. –se limitó a contestar él. –Takeru. –dijo ella al verlo tan ausente. –Lo siento. –se disculpó él. –Me parece terrible que remuevan todo después de quince años. –comentó Kasumi, consciente de que su marido estaba así por los recientes acontecimientos en su familia. –No eres quién para decir nada. –dijo Takeru fríamente. –¿Qué? –preguntó extrañada por una frialdad que jamás había visto en él. –Perdona. Olvida lo que he dicho. –dijo él, percatándose de la dureza de sus palabras. Además, su mujer había estado con él durante mucho tiempo, había vivido con su madre y también había tenido que soportar lo suyo.

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Cuando Yamato llegó a Tokio al día siguiente, Mimi lo condujo hasta la misma puerta de Meiko Mochizuki, la enfermera que estuvo a cargo de Taichi, entre otros presos. –Es aquí. –dijo Mimi. Era un edificio de apartamentos básico, sin grandes lujos y algo antiguo. –No me veo capaz de hacerlo solo. –dijo Yamato inseguro. Lo cierto es que Mimi tenía el desparpajo y las habilidades para tratar con la gente que le faltaban a él. Ya con la compañera de Meiko había llevado la voz cantante en la entrevista, por lo que se sentía diminuto a su lado. –Está bien. Déjame a mí. –dijo Mimi al verlo sentirse tan indefenso. Entonces, una mujer algo desaliñada abrió la puerta sin esperar encontrarse allí a dos jóvenes. –Señora Mochizuki, este es Yamato Ishida, la persona de la que le hablé ayer. ¿Podríamos hablar con su hija? –Mañana es la boda de mi hijo. Lo siento, pero tengo prisa. –dijo la mujer apresurándose a cerrar la puerta con llave. –Felicidades. –dijo Mimi. –Entonces su hija también irá, ¿no? –Claro que no. Ya no tenemos relación. –dijo la mujer. –Perdone. –dijo Yamato poniéndose delante para que no se marchara. –Si no nos dice el paradero de su hija, estropearemos la ceremonia de su hijo. Ni la señora Mochizuki ni Mimi esperaban aquella declaración de intenciones, pero sobretodo Mimi, que por lo que conocía a Yamato, era una persona tímida. De hecho antes le había dicho que no lo dejara solo casi con cara de corderito degollado y le provocó tanta lástima que decidió ayudarle. Pero al menos funcionó, porque si había algo que quería evitar la señora Mochizuki era que indirectamente, a través de esos dos, su hija estropeara el gran día de su hijo. Una vez que la mujer les dio un papel con la dirección donde trabajaba su hija, bajaron hasta la furgoneta de Yamato. –Debo reconocer que me has sorprendido al decirle eso a la señora Mochizuki. Me has dejado alucinada. –dijo Mimi. –Muchas gracias por todo. –dijo él haciendo una inclinación. –Me voy a hablar con ella. –Oye, Meiko Mochizuki debe de estar trabajando ahora mismo. –dijo Mimi. –Oh, es cierto. –Sí. Tenemos mucho tiempo muerto. Aunque vayamos a comer todavía nos sobraría. –dijo ella, aunque él se quedó medio paralizado. –¿Te ha molestado? –No. No me malinterpretes. –dijo él. –Tú y yo estamos en las mismas circunstancias, así que entiendo muy bien tu dolor. Puedo compartir tu tristeza, pero Sora puede doblar tu infelicidad. –dijo Mimi, que todavía no comprendía cómo podía relacionarse con la hermana del asesino que provocó todo aquello. Pero aquello pareció molestar al chico. –Lo siento. Nos vemos a las nueve en la dirección de Meiko. Como tenía mucho tiempo por delante, Yamato se compró algo de comer y se sentó en el banco de un parque. Probó a llamar de nuevo a Sora, pero su teléfono no hacía más que comunicar. Al no saber qué hacer, volvió a mirar la foto de Meiko que Mimi le envió el día anterior a su móvil, y entonces se fijó en un detalle. De la mano que sostenía la carpeta, sobresalía algo rojo. Fijándose, vio que era un pez hecho con la técnica del origami. Mientras estaba atento al detalle, entró una llamada de Sora. –¿Diga? –contestó él.

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–¿Por qué tengo que ir yo? –preguntó Maki a Daigo, un hombre castaño que no le quitaba el ojo al móvil mientras fumaba un cigarro. Ambos estaban en un coche aparcados frente a un combini. –Es tu dinero, ¿no? –se limitó a contestar él antes de darle una calada al cigarro. –Pero eres tú el que lo va a utilizar. –argumentó ella. Pero él no dijo nada. –Siempre me haces hacerlo todo a mí. Maki se puso una gorra y entró en la tienda, donde había un cajero. Daigo seguía con el móvil. Se había acabado el cigarro y ahora mascaba chicle. Entonces escuchó alboroto procedente de la tienda. Algunos empleados sostenían a Maki, que pedía que la soltaran. Sin pensarlo, arrancó y se marchó de allí, lo que no pasó desapercibido para Maki, que se sintió traicionada.

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Cuando Taichi llegó a su habitación, se puso a recoger las pocas pertenencias que tenía, pero no encontraba lo más importante: ni su cartilla de ahorros ni su tarjeta. Entonces, escuchó a Miyako llamando a su padre porque la policía estaba al teléfono. Taichi supo de inmediato quién le había robado su cartilla.

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Cuando Sora lo llamó, se sorprendió que también estuviera en Tokio, por lo que quedaron en un karaoke. De hecho Sora había dormido allí. Cuando el chico llegó, Sora estaba a medias de su comida en una de las habitaciones. –Pasa. ¿Quieres tomar algo? –preguntó Sora, como si el chico acabara de llegar a su casa. –Tienes algo en la camisa. –se percató él a pesar de la luz tenue del lugar. –¡Oh, vaya!¡Ya me he manchado!¿Por qué me pondría una camisa blanca? Siempre acabo manchándome cuando voy de blanco. –se quejó ella mientras cogía un pañuelo para limpiar en lo posible la mancha. –¿Estabas cantando sola? –preguntó él, al ver el lugar en el que le había citado. –No. Bueno, sólo un par de canciones. –reconoció ella. –Así que has huido de casa. –¿Sólo porque haya huido no puedo cantar? –preguntó ella. –¿No decías el otro día que te gustaría ir a un karaoke? –¿Qué has cantado? –Sayuri Ishikawa. –respondió ella. –¿La “Travesía de Amagi”? –preguntó él. –No. “You&Night&Whisky”. –¿En serio? –preguntó con incredulidad. –Claro. ¿No puedo? –Claro. Sólo pensaba que eres más divertida de lo que aparentas. –dijo él. –¿Y la otra canción? –¿Y qué más da? –preguntó ella todavía concentrada en la limpieza de la mancha, que por suerte no era muy grande. –¿Por qué lo ocultas? –preguntó él. –“Me enamoro de ti otra vez”, de Fuyumi Sakamoto. –respondió ella. –¿No son canciones que la gente canta cuando bebe sake? –preguntó él. –Sí, supongo. Tras pensar qué decir, Yamato se sentó en el sofá. –¿Qué has estado haciendo desde que huiste? –preguntó Yamato. –¿Qué quieres beber? –preguntó ella evitando contestar. –¿Qué has estado haciendo? –insistió él. –Fui a ver a mi abuela a la residencia. –dijo Sora sentándose y abriendo el menú de las bebidas. –Tomaré té de Oolong. –dijo Yamato. –Vale, ahora lo pido, cuando me decida yo. –dijo ella. –Tus padres vinieron a mi casa y vieron a mi madre. –dijo él mientras Sora miraba el menú. –¿De verdad? –Estaban preocupados por ti. –Pero eso no tiene nada que ver contigo. –dijo Sora empezando a incomodarse. –Yo también estaba preocupado. No dejaba de preguntarme si te había pasado algo. –confesó él. –¿Te apetece ginger-ale? –preguntó ella en su conducta de evitación mientras iba al teléfono para las comandas. –¿Qué ha pasado? –preguntó Yamato, al que el comportamiento de Sora le parecía cada vez más sospechoso. –Hola, queríamos dos ginger-ales, unas patatas fritas y un sándwich mixto. –pidió Sora. Entonces algo llamó la atención de Yamato. Bajo el móvil de Sora había algo que le resultaba familiar porque lo había visto en una foto justo antes de ir al karaoke. Era un pez rojo hecho de origami. Yamato lo cogió y comprendió al menos, con quién había estado y por qué Sora se esforzaba por evitar sus preguntas. Entonces, Sora lo miró y vio una extraña mirada en el chico. –Cancele la comida, sólo los ginger-ales. Con la mirada que le echó Yamato supo que ya no tenía sentido ocultarle nada. –Ayer estuve con mi hermano. –confesó Sora. –Cuando estaba en la residencia con mi abuela apareció él. Fue una coincidencia. Pero… –¿Dónde está? –preguntó Yamato levantándose. –Yamato, me asusta tu mirada. –dijo Sora, al ver su mirada gélida. –Dímelo. ¡¿Dónde está?! –preguntó él con contundencia. –Por favor, cálmate y vamos a sentarnos. –¡¿Por qué me lo ocultas?! –preguntó él. –¿Ha mostrado algún signo de arrepentimiento? –Perdón por la espera. Aquí tienen sus bebidas. –dijo el camarero entrando en medio de la tensión. Tras dejar las bebidas, se marchó con rapidez. Estaba seguro de que esa pareja estaba rompiendo, ya que el ambiente que se respiraba era de lo más decadente. –¿Por qué ginger-ale? –preguntó Yamato volviendo a sentarse. Sora se sacó la entrada del zoo del bolsillo y la puso sobre la mesa. –¿Qué es eso? –Me gustan los gorilas. –¿Y? –Mi hermano se acordaba de eso y me llevó a verlos. –¿Y? –¿Cómo que “y”? Simplemente eso. –¿Simplemente eso? –Después nos despedimos, y ya está. –¿Es lo que me tengo que creer? –preguntó él. –Sí. Tras la respuesta de ella, Yamato cogió la bebida con desesperación y se la tomó de un solo trago. La nuez de Yamato subía y bajaba casi con rabia con cada trago. –Lo entiendo. Lo buscaré yo mismo. –dijo él con una mirada determinada, a la vez que fría. Yamato tenía muy claro que Sora estaba protegiendo a Taichi. –Lo siento. –¿Por qué? –preguntó Sora sin comprender por qué se disculpaba. Comprendía a Yamato, pero Taichi era su hermano y a pesar de que no aprobaba lo que había hecho, quería protegerlo. –Nuestras posiciones son diferentes desde el principio y no tenemos ninguna clase de relación. –dijo él como si le hubiera costado decir aquello. Se levantó, dejó dinero en la mesa y fue hacia la puerta para marcharse. –Espera. –dijo Sora cogiéndolo del antebrazo. –Perdóname. –Gracias. –dijo él antes de marcharse. Sora se sentía de lo peor cuando lo vio marcharse tan afectado. A pesar de su negativa a decirle el paradero de Taichi, Yamato se mostró generoso al pedirle perdón y darle las gracias. Pero, ¿qué podía hacer? Hiciera lo que hiciera, se sentía que estaba traicionando a uno de los dos. Por su parte, Yamato se sentía como desorientado. Tanto, que a la salida tiró unas cuantas bicicletas aparcadas sin darse cuenta. Pese a todo, las recogió. Era lo único que se sentía capaz de arreglar.

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A la hora convenida, Sora esperaba a Taichi en el puente peatonal que había frente a la estación de Ueno, en la que habían quedado. –Lo siento Sora, pero no podremos ir en avión. –dijo Taichi cuando llegó hasta su hermana. –Iremos a la estación e iremos en tren. He perdido parte de mi dinero, pero trabajaré para ganar más. Taichi comenzó a caminar pero Sora no se movió del sitio. –¿Qué pasa?¿Quieres ir en avión? –preguntó él al percatarse que su hermana no lo seguía. Pero ella negó con la cabeza. –¿Entonces? –Antes de irnos, quiero que vayamos a un sitio. –dijo Sora. –Vamos a ver a Yamato. Yamato quiere verte. Quiere hablar sobre su hermana. Ve a verle. Yo iré contigo; y si pasara algo, te protegeré. Pero por favor, vamos a verle. –¿Por qué?¿Por qué me hablas de Yamato? –preguntó Taichi. –Porque somos iguales. Aunque hemos estado en lados opuestos durante estos quince años, de alguna manera los dos hemos vivido en los mismos recuerdos. Es egoísta por mi parte que sólo yo pueda verte cuando él también quiere. Así que, te pido por favor que lo veas y muestres tu arrepentimiento por lo que hiciste. –le pidió Sora. –¿Que me arrepienta? –Sí, por lo de Aki. –dijo Sora. –¿Por qué tendría que arrepentirme? –preguntó Taichi de forma más fría. –Aunque seamos hermanos, ¿por qué me pides esto? Ante la ausencia de respuesta, Taichi volvió a emprender el camino, pero Sora se colocó delante para evitar que se marchara. –Mataste a Aki, ¿no? –dijo ella. –Aki se fue al cielo. –dijo él. –Era mejor que no hubiera nacido. Sora no comprendía cómo su hermano podía decir algo así, por lo que corrió hasta él para detenerlo cuando volvió a echar a andar. –¡Taichi!¡Aki quería vivir! –exclamó Sora mientras Taichi se deshacía de su agarre. –¡¿Cómo puedes decir que es mejor que no hubiera nacido?! Pero Taichi no hacía caso y siguió su camino bajando hasta que llegó a la camioneta del señor Inoue. Sora lo siguió hasta allí mientras intentaba sujetarlo. –¡Hay personas que viven en la más inmensa de las tristezas por eso! ¡Durante quince años viven con la pena! –exclamó Sora intentando convencer a Taichi. –¡Personas a las que ya no les caen más lágrimas porque las han agotado por la tristeza que tienen! Harto del agarre de Sora, Taichi la empujó tirándola al suelo. Mientras aprovechó para entrar en la camioneta. –¡¿Por qué?!¡¿Por qué?!¡Dime por qué, Taichi! –insistió ella desde el suelo, pero Taichi arrancó y se marchó.

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El cielo ya había oscurecido completamente, pero esa parte de la ciudad estaba bastante iluminada por los carteles publicitarios. Tal y como habían quedado, Yamato y Mimi se reunieron para hablar con Meiko Mochizuki. Con paso lento fueron acercándose al puesto de comida en el que Meiko trabajaba. –Estamos de suerte. Sigue ahí. –dijo Mimi, al ver a Meiko tras el mostrador. Entonces decidieron esperar para no molestarla. Entonces, un hombre que no quitaba el ojo a su teléfono chocó con Yamato. –¡No te quedes ahí en medio! –riñó el hombre. Yamato simplemente se apartó hacia la esquina como escondiéndose. –¿No te da vergüenza ir conmigo? –preguntó Yamato. –¿Por qué me preguntas eso? –preguntó Mimi, aunque intuía que el chico se sentía como pez fuera del agua en aquella inmensa ciudad. –Por nada. Creo que ya puedo manejar esto yo solo. –dijo él, intentando tragarse su timidez, aunque lo dijera de forma muy tímida. –Yamato, te estás esforzando mucho por tu familia y tu hermana y quiero ayudar a gente como tú. –explicó Mimi. –Sinceramente pienso que la gente que se esfuerza así merece que les echen una mano. –Mimi, creo que te has hecho una idea equivocada de mí. –dijo Yamato. –Nunca he sido un gran trabajador ni he hecho nada por nadie. Mi padre ha tenido que mantenerme porque pese a mi edad no tengo un trabajo de verdad. Llevo ropa de lo más sencilla y a pesar de eso, me siento el centro de atención cuando salgo. Me aferro a la casa del lago y para distraer mis deseos de morir leo manga o veo revistas con tías en pelotas. No valgo más que una babosa. Mimi sonrió ante aquel alarde repentino de sinceridad. –¿Te parece gracioso? No puedo hacer nada aunque diga que vaya a vengar a mi hermana. –dijo él. –Por más que hable de venganza luego sigo igual. Tengo la venganza en la cabeza todo el tiempo hasta que el sueño se apodera de mí. Pero en realidad siento que me oculto bajo tierra, como una babosa. –Entonces, ¿por qué? –preguntó Mimi. –¿Por qué, qué? –No es que seas un héroe, ni nada de eso, pero estás buscando al asesino, ¿no?¿Por qué lo buscas?¿No será que intentas conseguir tu vida de antes? No creo que tengas nada de lo que avergonzarte. –dijo Mimi. –No sé qué decir. –Pues dame la razón. –Tienes razón. –dijo Yamato con expresión contrariada. –Yamato. –¿Hay algo más que quieras decirme? –preguntó él. –Parece que Meiko está terminando. –dijo Mimi. Efectivamente, Meiko salió para recoger un cartel de la calle.

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El señor Inoue se pasó casi todo el día en comisaría por culpa de Maki. Cuando llegaron a casa, Goro estaba bastante enfadado. –¡Siéntate! –ordenó Goro a Maki, mientras Miyako presenciaba todo. Entonces Taichi llegó en aquel momento. –Oh, Kenji, ya estás aquí. Tus ahorros están a salvo. –dijo Miyako. Después, tanto Kenji como Maki se sentaron a la mesa uno frente a otro, mientras Miyako se marchó con su hija. –Pídele disculpas a Kenji. –le ordenó Goro. Pero Maki no abrió la boca. Tan sólo mantenía una mirada amenazadora. –¿Qué clase de modales son esos?¿Quieres volver a comisaría? –Señor Inoue, déjelo. –dijo Kenji. –Claro que no. No podemos dejar las cosas así. –dijo el hombre. –En serio, no importa. –insistió el castaño. –Está bien, como quieras. –dijo el hombre no muy conforme. –¡Kenji! –apareció la niña de repente con alegría de ver al castaño. –¡Rika!¡Todavía no puedes entrar!¡Están hablando los mayores! –dijo Miyako intentando detener a su hija. –Déjala, ya hemos terminado. –dijo Goro. –¿Ah, sí? –Sí. Kenji ha perdonado a Maki. –informó su padre. –No puedo creerlo. ¿Por qué? Ha intentado robarte. No puedo creerlo. –dijo Miyako. Después se dirigió a Maki. –Tienes suerte de que sea de esa naturaleza. –Kenji, ¿me tomas? –preguntó la niña. El chico complació a la niña. –¿Qué hay de malo en cogerle el dinero? –preguntó Maki con naturalidad. –¿Lo ves? No se arrepiente ni lo más mínimo. –dijo Miyako. –¡¿Qué hay de malo en coger el dinero de un asesino?! –exclamó Maki añadiendo aquel detalle. –¿Qué? –preguntó Miyako sin comprender a qué se refería. –Parece que eres la única que no lo sabe. –dijo Maki. –Su verdadero nombre es Taichi Takenouchi. Cuando estaba en secundaria mató a una niña de siete años. Miyako se quedó petrificada ante lo que escuchó. Entonces, se dio cuenta de que tenía a su hija tomada. –Rika, ven aquí. –dijo con apremio. –¡No! –se negó la niña sin comprender nada. Pero su madre fue hacia ella y la cogió de los brazos de Taichi. –¡Te he dicho que vengas! –dijo su madre mientras se la llevaba de allí. –¡Pero yo quiero estar con Kenji! –dijo la niña con inocencia, que para ella seguía siendo Kenji. Al ver la escena, Maki comenzó a reír de forma maliciosa.

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Tras un largo día de trabajo, Meiko lo único de lo que tenía ganas era de llegar a casa y echarse a dormir, pero no se esperaba la visita de aquellos jóvenes desconocidos nada más salir del trabajo. –Perdona. ¿Eres Meiko Mochizuki? –preguntó Yamato. La chica sólo asintió con la cabeza. –Me llamo Yamato Ishida. Quería preguntarte por Taichi Takenouchi. –Ah, entiendo. –dijo la chica tímidamente. –¿Podemos hablar un momento? –preguntó Mimi amablemente. –Eh, sí. Podemos ir a esa cafetería. –dijo Meiko señalando a la cafetería detrás de ellos. Pero la chica había mentido. Cuando se dieron la vuelta para mirar a la cafetería, Meiko aprovechó para huir, pero ellos la siguieron inmediatamente. Tras correr durante casi un minuto, Yamato la alcanzó. Meiko lo golpeó con el bolso, pero Yamato ejerció más fuerza en el forcejeo hasta que paró. Continuará…
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