Still, Life Goes On

Het
NC-17
Finalizada
0
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130 páginas, 66.685 palabras, 11 capítulos
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10. Confrontación.

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Tras haberse dirigido a la zona costera de la Prefactura de Hiroshima, Sora llegó al puente que conectaba la gran isla de Honshu con la isla de Innoshima. Tras cruzar con el coche, llegó al puerto de Shigei.

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Tres niñas vestidas con yukata iban corriendo por el pueblo, donde casi todo el mundo se conocía. Era un lugar muy rural, especialmente en las afueras, donde era evidente que cada vez había menos gente joven porque se marchaba a la ciudad en busca de más oportunidades de progresar. Pero en verano solía haber siempre más gente por la celebración de los matsuri. –Hola, Sabu. –saludó una de de las niñas a un perro. –Hola, ¿vas a ir al matsuri? –Lo intentaré. –dijo una señora ya entrada en años que limpiaba junto a su marido unos bidones con unas mangueras. Las niñas se marcharon corriendo. –Espero que dure el buen tiempo. –No creo que dure hasta la tarde. –comentó el hombre mirando al cielo. Entonces, la señora percibió una sombra. Cuando alzó la mirada, vio a un chico de pelo castaño algo revuelto. –¿Sí? –preguntó la señora, no muy acostumbrada a recibir visitantes en esa parte del pueblo. –Soy Taichi Takenouchi. –dijo Taichi. La mujer pareció reconocer ese nombre porque le cambió el semblante. –¿Eres el hijo de Yuuko Yagami? –preguntó la mujer. Taichi asintió.

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Cuando Yamato supo que Sora le había robado el cuchillo, fue directamente a su casa, pero no encontró a nadie, por lo que decidió volver a la mañana siguiente, donde encontró a Haruhiko. Sora seguía sin responderle a las llamadas. –Hemos decidido vivir separados. –dijo Haruhiko sirviéndole un té a Yamato. –Estoy preocupado por Sora. Toshiko dice que no ha ido al nuevo apartamento. –Parece que Taichi le dijo algo que la perturbó. Por lo visto la culpó por la agresión a Miyako. –dijo Yamato. Haruhiko fue a abrir una ventana para que pasara algo de corriente ante el intenso calor del día. –Taichi le habló de su madre biológica. Le dijo que no murió por un accidente, sino que se suicidó. –explicó Haruhiko. –Entonces él sólo tenía cinco años y creo que tiene recuerdos difusos. Entonces, Yamato recordó la conversación que mantuvo con Sora en su furgoneta. Flashback. –Cuando estuve con mi hermano me habló del lugar de donde es nuestra verdadera madre. –dijo Sora. –Él me pidió ir con él. Fin del flashback. Fue entonces cuando supo a dónde había ido Sora. –¿De dónde es su madre biológica? –preguntó Yamato.

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–Así que Yamato se ha ido. –dijo Takeru a su madre, que se encontraba junto al altar dedicado a Hiroaki. Takeru le dejó unas revistas que volvían a hablar de la nueva agresión de Taichi. De una de ellas se veía la foto de Toshiko y Hikari entrando en su nuevo apartamento. –Me pregunto si no te he presionado demasiado para que siguieras adelante. –¿Qué? –Cuando estaba en el instituto o en la universidad, todo el mundo iba al karaoke y en las letras siempre hablaban de esperanza y sueños. Yo también cantaba, pero mientras lo hacía, me preguntaba qué eran esas cosas. ¿Qué es exactamente la esperanza? ¿Qué son los sueños? Me preguntaba si los demás lo sabían, pero no es que les pudiera preguntar. No quería ser un aguafiestas. Además, como alguien que ha perdido a su hermana, la gente podía pensar que era una persona triste y sombría, por lo que nunca dije nada. Sintiéndome como me sentía y con esos pensamientos en mi cabeza, yo te animaba a seguir. –dijo Takeru. –Takeru. Tú sólo pretendías animarme, y lo hiciste. –dijo Natsuko. No quería que su hijo se sintiera mal. –No creo que la gente que canta en el karaoke sepa lo que es la esperanza ni cómo animarte. –dijo Takeru. –Eso es algo que nadie puede entender. –dijo Natsuko. –¿Y Yamato? –Yamato. –dijo Natsuko suspirando. –Me pregunto cómo le irá.

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La lluvia comenzó a caer con relativa fuerza, por lo que Sora se refugió en una cabina de teléfono que había en el mismo puerto. De todas formas no sabía por dónde empezar, por lo que ojeó la guía que había en la cabina para ver si le surgía alguna idea. Después, sacó su móvil, donde vio que tenía un mensaje. Nada más escuchar la voz de Yamato, cortó sin escuchar el mensaje completo. Temía que si escuchaba más comenzara a dudar.

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Haruhiko, de nuevo vestido de negro y asfixiado por el intenso calor, se presentó en el huerto de Chiba. Al ver entrar la camioneta del señor Inoue, Haruhiko hizo su reverencia, pero este seguía haciendo caso omiso. Una vez dentro, Goro le sirvió un poco de té fresquito a su nieta. –Gracias, abuelo. –dijo la niña cogiendo el vaso y marchándose con su conejito. –¿Tú también quieres, Terriermon? Una vez que su nieta se marchó a jugar, fue al lugar donde solía llevar las cuentas del negocio. Se sentó y abrió un cajón del que sacó una hoja con el consentimiento para retirar a su hija el soporte vital que la mantenía con vida. Aunque en un principio pulsó el botón del bolígrafo para dar su consentimiento, se levantó con rabia, hizo la solicitud una bola y la tiró a la basura. Entonces entró Maki. –Señor Inoue, puedo decirle a uno de mis amigos que le dé una lección a Taichi. –le ofreció Maki. –No, déjalo. No quiero más problemas. –dijo Goro. –¿Va a continuar cosechando la próxima temporada? –preguntó Maki. Era evidente para ella que tener a Miyako en el hospital suponía unos gastos. También el tener que pagar a sus trabajadores y cuidar de su nieta. La situación comenzaba a ser insostenible y le preocupaba cuánto tiempo podría el hombre asumir todo aquel peso. –A este paso, me veré obligado a vender la mitad de la tierra. –dijo Goro. –Entiendo. –dijo Maki.

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Toshiko y Hikari se habían instalado en su nuevo apartamento. Toshiko se atusaba el pelo preparándose para salir cuando llegó su hija menor. –Hola, hija. –Hola, mamá. –¿Sabes algo de Sora? –preguntó Toshiko. –No. –Volveré sobre las siete y mañana veremos los papeles para el traslado del expediente a tu nuevo instituto. –dijo la mayor. –Vale. –dijo Hikari. Cuando su madre salió, Hikari abrió la revista en la cual salía ella al fondo y su madre intentando parar al fotógrafo. Por las leyes de protección japonesas, los medios se veían obligados a taparles los ojos, lo cual lo consideraba una idiotez, puesto que eran perfectamente reconocibles. No sabía cómo se las arreglaban, pero a pesar de la mudanza, habían dado con ellas igualmente.

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Sora se quedó en aquella cabina sentada a esperar a que la lluvia escampara, pero como se quedó medio dormida, no se dio cuenta de que la lluvia ya había dejado de caer. Entonces, alguien tocó en el cristal. Al alzar la mirada, vio a Yamato. Él intentó abrir la puerta, pero ella opuso resistencia. Entonces, el chico dejó de ejercer fuerza. –El mar es bonito, ¿verdad? –preguntó Yamato. –Supongo. –dijo ella. –¿No tienes calor ahí dentro? –preguntó él. –Supongo que se está calentita. –dijo ella. Entonces, Yamato vio que el bolso de Sora sobresalía por abajo, por lo que se agachó y empezó a tirar de él, mientras que Sora tiraba en dirección contraria. –¿Puedes devolverme lo que me has quitado? –preguntó Yamato mientras tiraba y dejando de disimular. –¿Devolverte? No te preocupes por eso. –dijo Sora. –Estaba en mi coche. Lo dejé en la guantera y tú te lo llevaste. Apuesto a que lo tienes tú. –dijo Yamato refiriéndose al cuchillo. –¡No sé de qué me hablas! –dijo ella tirando hacia ella. –¡Devuélvemelo! –¡Está bien! Voy a salir. –dijo Sora. Lo cierto es que estaba muy agobiada de estar dentro de la cabina. –¡Qué calor! Sora salió y comenzó a caminar mientras se apartaba el sudor de su frente y recuperaba un poco de aire puro. –¿Qué vas a hacer con lo que llevas en el bolso? –preguntó Yamato. –¿Esto es un interrogatorio? –preguntó Sora. Entonces Yamato la agarró del brazo para detenerla. –Devuélvemelo. –insistió Yamato. –¡Vete a casa!¡No te me acerques! –le pidió Sora librándose de su agarre. Entonces Yamato le cogió el bolso. Pero Sora también se enganchó a él. –¡No es algo que debas de hacer tú! –le dijo él. –¿Y es algo que tú si debes hacer? –preguntó Sora con ironía. Yamato soltó el bolso. –Matar a alguien no es nada fácil. Es un problema de mi familia y debe ser resuelto dentro de mi familia. –¿Es que no lo entiendes? Para mí es más difícil ver cómo te conviertes en una asesina que serlo yo mismo. –dijo Yamato. –Me molesta muchísimo. ¡Es desquiciante!¡Has elegido ese camino egoístamente!¿Tan frágil es nuestra amistad? ¡Creía que me tenías más confianza! ¿Es nuestra amistad tan superficial? –Yo siento lo mismo. No puedo ver cómo te conviertes en un asesino. Es más fácil hacerlo yo misma. –dijo Sora. Sin mediar palabra, Yamato cogió el bolso, pero esta vez, Sora no opuso resistencia alguna. Tras buscar, sacó el cuchillo y se lo metió en el bolsillo interior de su chaleco. –Toma. –dijo Yamato devolviéndole el bolso. –¿Has encontrado la dirección de Yagami? –¿De quién? –¿No sabías su apellido? –preguntó Yamato. –Tu padre me lo contó. Vuestra madre se apellidaba Yagami. –¿Yagami? –Sí, Yuuko Yagami. –dijo Yamato. –Por eso el nombre falso que adoptó tu hermano tenía ese apellido. Tras asumir la información sobre su origen, llegaron a un pequeño pueblo montañoso en el monte Shirataki, de donde según Taichi y Haruhiko, era originaria su verdadera madre. Una vez allí, se sentaron en unos escalones de un techado que llevaban a una plaza. Ante ellos, tenían un mapa de la zona desplegado. –Apenas tenía un año, así que, a diferencia de mi hermano, no me acuerdo de nada. –dijo Sora. –Para mí, mi madre es Toshiko Takenouchi. –Aquí es. Yagami. –dijo Yamato señalando en el mapa, donde venían reflejados los apellidos de las personas que habitaban allí. –Pero hay muchos. –Toda esa calle es de Yagamis. Parece un apellido bastante común aquí. –dijo Sora.

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La mujer de antes guió a Taichi y lo dejó en un trastero, donde el chico comenzó a buscar cosas. –Creo que Yuuko se lo llevó todo cuando se marchó de aquí. –dijo la mujer. –Creo que no queda nada. Entonces, el chico encontró una caja de metal que abrió. Allí había un pequeño álbum de fotos. –¿Y esta? –preguntó Taichi, mostrándole a la señora una foto en blanco y negro. –Es mi sobrina. ¿Por qué buscas una foto? –preguntó la mujer. Pero Taichi no contestó.

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Yamato y Sora comenzaron a alejarse de la zona urbana del pueblo y, siguiendo el mapa comenzaron a subir hacia la parte alta, donde las viviendas eran más antiguas y se veía menos gente. –Disculpe, estamos buscando la casa de los Yagami. –preguntó Sora a dos mujeres que cosían en la puerta de sus casas. A pesar de haber preguntado a varias personas y que a Yamato le persiguiera un perro en busca de pesquisas, la búsqueda resultó infructuosa, por lo que decidieron sentarse a descansar un poco.

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–¿Sigue ahí? –preguntó el hombre al sacar unas cajas. Como no sabían si aquel muchacho se había marchado, entraron al trastero. Taichi seguía allí después de un rato. –Hey. –En mi casa estaba mi madre, yo y un bebé. –comenzó a relatar Taichi. –Cuando el bebé comenzaba a llorar, mi madre se lamentaba y decía que no podía sola. Mi madre dijo que mi padre no volvería nunca a casa. Yo me escondí en el armario. El interior era oscuro como la noche. Mis padres hablaban una y otra vez de cuando fueron a Hawái. De cómo comían manjares en su lujosa suite y de que si no hubiéramos nacido, podrían volver a ir otra vez. De que podrían ir muchas veces. Mi madre salió al balcón a recoger la ropa que estaba tendida. Yo le pregunté que a dónde iba. Y me respondió que se iba al cielo. Me voy a Hawái en el cielo. El hombre y la mujer se miraron por lo que estaban escuchando. Ni siquiera sabían cómo reaccionar. Entonces, la señora salió. Necesitaba buscar ayuda. –Lo siento. Yuuko Yagami vivió su vida egoístamente y murió egoístamente. Ella ya no tiene nada que ver con nosotros. –dijo el hombre. –A menudo soñaba con matar a mi hermana Sora, a mi padre y a nuestra nueva madre y que, entonces, moriría. –continuó Taichi. –Pensé en coger un martillo y en cruzar la valla del lago Mikazuki. Y entonces, recordé un día a la hermana pequeña de Yamato paseando conmigo. Flashback. –¿No habría sido mejor que Nello no hubiera nacido? Al final no hay más que tristeza. ¿Por qué nació? –preguntaba Aki cogida de la mano de Taichi. Fin del flashback. –Sólo le pedía ayuda a mi madre, pero no la recordaba. No recordaba su cara en absoluto. –continuó relatando Taichi. –Y cuando abrí los ojos, la hermana de Yamato flotaba en el lago. –¿Mataste a esa niña? –preguntó el hombre. –Exacto. Y lo próximo será acabar con mi propia vida.

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Cuando Goro salió hacia su camioneta, Haruhiko Takenouchi seguía allí en busca de su perdón. –Sube. –acabó diciendo Goro.

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Sora y Yamato retomaron la búsqueda. Mientras subían una cuesta, Yamato se detuvo al ver un hyuganatsu. –Me pregunto si estamos cerca. –dijo Yamato. Entonces escucharon unos gritos. –¡Miyo!¡¿Qué ha pasado?! –preguntó el agente de policía que iba arrastrando su bicicleta siguiendo a una anciana. –¡Venga rápido! –dijo la mujer, que dejó a su marido mientras ella se acercaba al puesto policial. –¡¿Tan urgente es?! –preguntó el policía, que parecía que le costaba seguir a la mujer, que para su edad, era sorprendentemente rápida. –Sí. –respondió ella. Una vez que llegaron donde estaba el anciano, le contaron lo del muchacho que había estado en la caseta. –Así que había alguien en el trastero pero ya no está. –recapituló el policía cuando los dos ancianos le contaron lo sucedido. Yamato y Sora se acercaron por si la urgencia estaba relacionada con Taichi. –Dijo que mató a una niña. –explicó el hombre. –¿Dónde ha ido? –preguntó el oficial. –Quizás haya ido al matsuri. –respondió la mujer. –Creemos que buscaba algo. –Sí, y también dijo que pretendía suicidarse. –añadió el hombre.

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–Hikari, siento que me hayan puesto este turno. –se disculpó Toshiko mientras terminaba de lavarse las manos en el fregador. –No podré ir a tramitar tu traslado al instituto. –No me importa el instituto. –dijo Hikari deprimida. –Quizás pueda escaparme para la hora de comer, así que podríamos quedar en la puerta del ayuntamiento. –dijo Toshiko mientras se terminaba de abotonar un botón de su uniforme de trabajo. La joven no contestó y Toshiko ya había intuido el desánimo y el bajo estado anímico de su hija. Además, no dejaba de mirar lo que había publicado la prensa. –¡Deja de torturarte con esto! –exclamó Toshiko cerrando la revista, que estaba abierta por la página que mostraba sus fotos entrando a su nueva casa. –¡¿Cómo quieres que vaya al instituto?! –gritó Hikari. –Lo siento mucho, Hikari. –dijo Toshiko abrazándose a la castaña. El abrazo fue roto cuando tocaron a la puerta. –Señora Takenouchi. –escucharon madre e hija. Lo último que esperaba era escuchar aquella voz. Toshiko abrió la puerta intentando asumir todavía que tras ella se encontrara Natsuko.

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La tarde comenzó a oscurecer para ir dando paso a la noche, por lo que los farolillos del matsuri ya estaban encendidos. De fondo se escuchaba un taiko que tocaba un joven desde una plataforma, rodeado por personas vestidas con sus yukatas realizando una danza tradicional. El lugar del festival, que estaba cerca del instituto comenzaba a llenarse de gente y otros ya participaban de los puestos, bien pescando peces, comprando comida o intentando averiguar la suerte que les depararía el futuro próximo. No muy lejos de allí, Taichi observaba a tres niñas que habían encendido unas bengalas mientras debatían cuál duraría más. Entonces, aprovechó la cercanía del instituto para ir hasta la piscina del centro educativo. Fue una suerte encontrar cinta aislante en el trastero de aquellos ancianos. Entonces se sentó y, con gran habilidad puso cinta alrededor de sus tobillos. Después, hizo lo mismo en sus muñecas. Cuando cortó la cinta sobrante con sus dientes, el rollo cayó al agua. –Tengo hambre. –dijo. Entonces, se dejó caer hacia atrás. El agua pronto le quitaría las ganas de comer.

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–Hace quince años vi tu foto en la prensa. Entonces estabas embarazada. –dijo Natsuko. –Sí, estaba embarazada de Hikari. –confirmó Toshiko señalándola con la mirada. –Cuando vi la foto, te odié. –confesó Natsuko. –Es comprensible. –dijo Toshiko. –¿No te sentías igual? Estoy segura de que entonces también nos odiabas. –dijo Natsuko. –Eso es una locura. –Seguramente notasteis que alguien de la familia de la víctima os atosigaba y aún así, vuestra familia seguía unida. –dijo Natsuko. –Eso es… –¿Para hacernos daño? –preguntó Natsuko. –Claro que no. En absoluto. –negó Toshiko. –He venido porque quería hablar contigo. –dijo Natsuko, que con la mirada le decía que confesara la verdad. –Sí. Te odié. –confesó Toshiko. –Durante estos quince años he pensado en vosotros. Después de lo que ocurrió pensé en quitarme la vida junto con mi hija no nata. Pero entonces, te recordé de cuando nos conocimos en aquel taller de costura. Tú tenías la compasión de la gente y a mí, el mensaje que me llegaba era que debía morir. Yo no comprendía cuál era la diferencia entre nosotras. Tu hija fue asesinada y mi hijo es un asesino. ¿Es nuestro sufrimiento tan diferente? Te despreciaba. He vivido cada día despreciándote. He sido muy egoísta. –Me alivia saber que tú también has sufrido durante estos quince años. –confesó Natsuko. –Yo también soy egoísta. Todavía no veo el día en el que sea capaz de perdonar a tu familia. Sólo que, esta mañana, al ver la fotografía en la revista, no me he sentido igual que hace tiempo. Son emociones extrañas. Quizás mi hijo Yamato también se sintiera así cuando conoció a Sora. Somos iguales que ellos dos. Aunque yo sea de la familia de la víctima y tú del asesino, estamos atrapadas en el mismo barco, y no hay forma de bajar de él. Debemos pensar en cómo bajar de ese barco…, juntas. –No tienes que decir eso. –dijo Toshiko con los ojos humedecidos. –Te odié demasiado. He vivido odiándote hasta hoy. Escucharte hablar de perdonarnos… Pero Toshiko se vio incapaz de seguir.

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El señor Inoue llevó a Haruhiko hasta el hospital, donde Miyako seguía en coma. La habitación estaría en completo silencio si no fuera por el sonido intermitente de los monitores que controlaban las constantes vitales de la paciente. –No tiene sentido tener las luces encendidas aquí, por eso las dejan apagadas. –explicó Goro sentándose junto a su hija, con la única luz que procedía del pasillo del hospital. –A este paso, pronto dejará de ser capaz de respirar por sí misma. Pero si la mantenemos con vida, no tendré nada que dejarle a mi nieta. –Haré lo que sea para ayudarle. –dijo Haruhiko, abrumado por el sufrimiento de aquel hombre, que no quería que se viera en la tesitura de tener que desconectar a su hija. –¡¿Acaso a esto se le puede llamar vida?! –le gritó levantándose. –Siéntate. Entonces Goro sacó un papel de un sobre y comenzó a alisarlo sobre la mesa que había a los pies de la cama. Era el consentimiento para quitarle el soporte vital a su hija que había recuperado de la papelera y que él mismo había tirado. –Voy a firmar esto ahora mismo. –dijo Goro, haciendo testigo a Haruhiko de aquella fatal firma. –Vas a ver a un padre rindiéndose con la vida de su hija. Quiero que veas su sentencia de muerte.

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Sora y Yamato llegaron al matsuri. Cualquiera que los viera diría que era una pareja que fue a disfrutar del festival, pero nadie intuía que lo que hacían realmente era buscar a Taichi. Si aquellos ancianos hablaban realmente de él, ya conocían sus verdaderas intenciones y querían encontrarlo. Siguieron caminando, llegando a una zona más apartada y oscura cerca del instituto, aunque el ruido del festival quedaba muy cerca. –Yamato. Si dejamos que se suicide, no tendremos que vengarnos. –dijo Sora entonces. –¿Es lo que quieres? –Si lo logra, no te convertirás en un asesino, y la familia Inoue también se quedará complacida, de alguna manera. –concluyó Sora. –Y también tu familia…, y la mía. Todos. Podremos descansar. Entonces, a pesar de la luz tenue, Yamato vio lo que le pareció un hyganatsuen un escalón. Cada vez que veía uno lo relacionaba con Taichi y automáticamente pensaba que estaba cerca. Entonces se dio cuenta de que aquellos escalones daban acceso a una piscina. Las conexiones mentales del rubio hicieron que comenzara a correr, intuyendo cuáles eran las intenciones de Taichi. Sora no entendía nada, pero lo siguió. –¡Ah! –gritó Sora al ver una mancha oscura en el fondo del agua. Enseguida supo que aquella mancha era su hermano. Yamato corrió hacia aquel lado de la piscina y se tiró de cabeza al agua. Lo cogió de los brazos y piernas y lo puso en la orilla. –¡Taichi!¡Taichi! –Sora lo puso en posición fetal y le golpeaba con desesperación mientras Yamato salía del agua. –¡Taichi!¡Taichi! A pesar de haberle planteado la posibilidad de dejar que Taichi cumpliera su amenaza de quitarse la vida, Yamato vio la desesperación de Sora al llamarlo y comprendió que en realidad no deseaba su muerte. Entonces, Yamato sacó el cuchillo. –¡Aparta!¡Aparta! –exclamó Yamato. Al ver el cuchillo, Sora pensó que Yamato lo remataría. –¡No!¡No! –gritó Sora. Pero Yamato sólo lo usó para soltarle la cinta aislante de las muñecas para poder iniciar maniobras de reanimación de forma más adecuada. Tras soltarlo, comenzó a realizar el masaje cardiaco mientras Sora se llevaba las manos a la cara temiendo el desenlace. –¡Vamos Taichi! –decía Yamato. –¡Venga Taichi!¡No huyas! Tras un primer turno de masaje, Yamato le abrió las vías aéreas y le insufló aire. Tras repetir el agónico proceso dos veces, Taichi expulsó agua de su boca y comenzó a toser. Sora respiró aliviada mientras que Yamato se quedó sentado agotado por el esfuerzo. Lo primero que dijo Taichi cuando se recuperó fue que tenía hambre. Una vez recuperados, los tres fueron a un izakaya que en ese momento no tenía clientes. Cuando entraron, el dueño, que llevaba una gorra de su equipo de béisbol favorito, estaba sentado en una mesa viendo el partido muy animado. –Bienvenidos. –dijo el dueño. –Hola. Mesa para tres. –dijo Sora. –Sí. Sentaos ahí mismo. –dijo el dueño indicando la mesa más cercana a la puerta. El primero en sentarse fue Yamato y después Taichi, que se sentó frente a él. Sora se planteó sentarse junto a su hermano, pero tras pensarlo un momento de duda, se sentó junto a Yamato. –¿Venís del matsuri? –preguntó el hostelero sirviéndoles agua. –Sí. –mintió Sora. –Parece que os habéis dado un baño. –dijo el dueño bastante animado al ver a los dos chicos empapados. –Omurice, por favor. –pidió Taichi. Tras pedir, Taichi se levantó. Yamato hizo lo mismo y le cogió del hombro. –¿A dónde vas? –preguntó. –Al baño. –dijo Taichi. –¿Hay ventana en el baño? –preguntó Yamato, que no le había quitado el ojo de encima durante todo el camino. –No. –respondió el camarero extrañado por el comportamiento de aquellos clientes. Tras la respuesta, Yamato lo soltó mientras el camarero se asustó por un bateo del equipo contrario y que podía acabar en home run. Para su alivio, no lo fue. –Entonces, ¿qué va a ser?¿Tres omurice? Nuestra ensalada de patata también está muy buena. –Vale, traiga eso también. –respondió Sora, que no tenía ganas de pensar en qué podían comer. –Muy bien. Tres omurice y una ensalada de patata. ¡Marchando! –exclamó el hombre yendo a la cocina para preparar la comanda. –¿Qué vamos a hacer? –preguntó Sora en voz baja aprovechando que el camarero y su hermano no estaban presentes. –¿Por qué le has salvado? Si lo hubieras dejado allí… –No lo sé. Simplemente lo hice. –dijo Yamato, sin querer admitir que no soportó ver a Sora sufriendo de aquella manera cuando vio su desesperación en la piscina. –¿Vamos a llamar a la policía? –preguntó Sora. –No lo sé. Pero estoy pensando en darle una oportunidad. –dijo Yamato. Entonces, Taichi salió del aseo y volvió a la mesa. –Taichi. Yamato te ha salvado. –dijo Sora. –Lo sé. –Si no lo hubiera hecho, habrías muerto. –añadió Sora. –Lo sé. –Estabas intentando acabar con tu vida, ¿verdad? –preguntó Sora. –Sí. Y lo volveré a hacer. –Entonces, te salvaré otra vez. –dijo Yamato con determinación. –No importa cuántas veces lo intentes. Te salvaré. No te dejaré escapar. –He oído hablar mucho de ti. –dijo Taichi. –Y yo sé que tienes miedo, incluso de ti mismo. Tienes tanto miedo y sientes tanta pena de ti mismo que incluso mataste a tu hijo antes de que naciera. Y que Aki te preguntó un día si merecía la pena que Nello, de El perro de Flandes hubiera nacido. Y tú la mataste sólo por esas simples palabras. –dijo Yamato apretando sus puños y mandíbulas. Si las miradas matasen, Taichi estaría bajo tierra desde hacía un rato. –Me pregunto si tardará mucho en traer la comida. –dijo Taichi. A Sora le impresionaba la indiferencia que mostraba su hermano. –¿Sabes? Te he estado buscando desde hace un tiempo. –dijo Yamato. Entonces sacó el cuchillo enfundado en el cartón del bolsillo interior de su chaleco y lo puso encima de la mesa. Tras enseñarlo, volvió a guardárselo. –He pensado en matarte con esto, por eso lo llevo conmigo. Quizás, si Sora no me hubiese detenido aquel día, lo habría hecho. Te habría apuñalado, y te habría matado. Y ahora mismo estaría en prisión sin sentir absolutamente nada. Simplemente pensaría que mi destino era hacerlo. Pero he cambiado. Sora me detuvo. La conocí y quizás por eso he cambiado. Han ocurrido muchas cosas. Sora ha pasado por mucho. Y también mi madre y tus padres. Ha sido como desenredar una maraña. Y dolía. Era como recibir punzadas en el corazón. Probablemente ignorarlo habría sido más fácil, porque saber dolía más. Aguantaba la respiración cada vez que sabía algo, pero al mismo tiempo, necesitaba saber. Y cada vez deshacía más la maraña. He llegado a un punto en el que ya no sé ni qué quiero hacer. Incluso ahora mismo no lo sé, pero no creo que quiera matarte. Aki me preguntó en varias ocasiones por qué la gente inventaba historias tristes adrede. Aki murió asesinada en manos de mi propio amigo. Mi familia conoció el tormento y Sora, que también sufría, quería creer en tu inocencia por ser su hermano. No hay otra cosa más que tristeza en esta historia. Yo sólo quería huir, pero aunque lo hiciera, la tristeza me alcanzaría. Muriera o matara, la tristeza sólo aumentaría. Hiciera lo que hiciera, siempre habría alguien escribiendo historias tristes. En algún momento, recuperarás tu corazón humano y comenzarás de nuevo. O quizás no. Esta historia puede ir en cualquier dirección. Cualquier dirección está bien. –Yamato hizo una pausa. –Olvida lo que he dicho. Es sólo que…, no he dormido en toda la noche y cuando he ido al baño esta mañana, he mirado por la ventana y he visto el amanecer. Jamás me había sentido así. Ni una sola vez en todo el tiempo que llevo viviendo en el lago Mifune. Simplemente pensé que hoy empezaba todo de nuevo, sin importar si ese nuevo comienzo es triste, penoso, feliz, sin sentido, o si la vida tiene valor o no. Ha sido la primera vez en quince años que he mirado por la ventana y he entendido que siempre llega un nuevo día. Entonces, Yamato cogió las manos de Taichi. –No sé cómo explicarlo bien, Taichi, pero quiero que me escuches. Quiero ver cómo sale el sol contigo. –dijo Yamato. –Y eso será suficiente. Taichi había mantenido la mirada baja todo el tiempo. Entonces la levantó lentamente y miró hacia la cocina. –¿Todavía no está la comida? –preguntó Taichi. Las manos de Yamato que sujetaban con firmeza las de Taichi, perdieron esa firmeza de golpe mientras él y Sora lo miraban anonadados. Taichi las apartó como si nada. –Yo sólo tengo hambre. Yo sólo me entrego a mí mismo. Sora se tapó la boca sin poder creerlo. Yamato le había abierto su corazón y le estaba dando la oportunidad de un nuevo comienzo y Taichi sólo reaccionó con frialdad. –¿Debería disculparme? –preguntó Taichi mientras Sora sollozaba y se limpiaba las lágrimas. Entonces, Taichi los miró a los ojos. –Lo siento, Yamato. Lo siento, Sora. ¿Acaso estaba aceptando su destino? –¡Oh!¡Un home run! –exclamó el camarero mientras les llevaba la comida. –Aquí tenéis, tres omurice y una ensalada de pasta. ¿Qué pasa? –Hemos pedido ensalada de patata. –dijo Yamato ante la pregunta del camarero, que percibía el ambiente enrarecido. De hecho, la había recomendado él mismo. –¿No era de pasta? –preguntó el camarero. –No importa. Nos comeremos esta. –dijo Yamato. –Me parece bien. La pasta está deliciosa. –dijo el camarero. Finalmente, Taichi comenzó a comer su ansiada comida. Sora y Yamato también comieron, aunque realmente lo hacían casi por supervivencia. Llevaban muchas horas sin comer. Una vez que terminaron de cenar, los tres llegaron hasta una comisaría de policía. –Iré yo solo. –dijo Taichi a varios metros de la entrada de la comisaría. Entonces sacó su cartera y un billete. –Toma, por el omurice. Yamato tomó el billete. –Toma el cambio. –pero Taichi ya se había girado y se dirigía a comisaría. Sora lo siguió y le propinó una patada por la espalda que lo tiró al suelo. Cuando Taichi se giró, Sora se colocó encima de su hermano y le dio un puñetazo en la cara. –¡Para! –dijo Yamato agarrándola por detrás para detenerla. Pero Sora le dio un codazo y se deshizo de él. Después volvió a golpear con rabia a Taichi, que no opuso resistencia alguna. Al escuchar los gritos de rabia de una chica, un policía de la comisaría salió a ver qué ocurría. Cuando intentó detenerla, Sora, incontrolable, también se deshizo del oficial. Yamato volvió a agarrarla para tranquilizarla. Cuando consiguió apartarla de Taichi, otro policía salió y por fin controlaron la situación. Continuará…
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