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Cuando Mimi se enteró de que Taichi había sido atrapado, realizó una visita al lago Mifune, encontrando a Yamato trabajando en el embarcadero. –Entonces, ¿van a encerrar a Taichi en prisión? –preguntó Mimi. –Estaría bien que fuera juzgado como dios manda y que no saliera. –Se acabó. –dijo Yamato.00000000
Sora se dirigió al hospital de Chiba en el que Miyako estaba ingresada y esperó a que el señor Inoue saliera de la habitación, pero no salió solo. Con él estaba su nieta, que se alegró de verla. –¡Sora! –exclamó la niña. –Hola. –saludó Sora mientras. –Sólo porque tu padre ya no venga por aquí no significa que tengas que venir tú. –dijo Goro. Entonces la invitó a entrar, dejando a la niña fuera. Sora vio a Miyako yacer en la cama completamente inmóvil. En la pared, había un dibujo de Miyako y su hija que evidentemente había dibujado la niña. –Parece la misma vieja historia. La honestidad de tu familia no durará ni un mes. Ya no utiliza respirador artificial. En unos días, dejará de respirar. No vengas más. Sería un problema que Rika te cogiera cariño. Entonces, Sora vio cómo a Miyako se le escapaba una lágrima.00000000
Haruhiko estaba en un restaurante esperando su comida. Mientras le servían, se quedó mirando una pecera con dos peces rojos que había sobre un mueble. Al ver la pecera, no pudo evitar recordar a Taichi.00000000
Natsuko, Takeru y Yamato iban de camino al cementerio para limpiar y depositar flores al lugar en el que Aki y Hiroaki descansaban. Finalmente, hicieron que las cenizas de él descansaran junto a su hija. Cuando se dirigían al camposanto, se encontraron de frente a Toshiko, Hikari y Sora. Toshiko y Sora iban ataviadas completamente de negro, mientras que Hikari llevaba una falda oscura y camisa blanca. La familia Takenouchi hizo una respetuosa reverencia. –¿Por qué están aquí? –preguntó Takeru a su madre, que no parecía sorprendida por su presencia. –Les he dado permiso para que vengan. –reconoció Toshiko. Tras responder, siguieron hasta llegar al lugar donde yacía Aki. Las Takenouchi se quedaron a varios metros de distancia para no molestarlos. –¿De qué crees que hablarán papá y Aki? –preguntó Takeru mientras Yamato echaba agua para limpiar la lápida. –¿Crees que viven despreocupados estén donde estén? –Los dos son muy pícaros. En eso se parecían. –dijo Toshiko, dejando un vaso de cerveza por su marido y un obento con deliciosa comida con aspecto infantil para su hija. Tras arreglar la lápida y colocar sus flores, encendieron incienso, juntaron sus manos, cerraron los ojos y rezaron por sus almas. Cuando terminaron, se encaminaron hacia las Takenouchi. –Tengo que pediros un favor. –dijo Natsuko antes de que las tres fueran hacia la tumba de Aki. –No le pidáis disculpas a Aki. Le he dicho que vivió bien. Que vivió poco y que encontró su final demasiado pronto, pero que el tiempo que vivió, fue feliz. Por eso no quiero que le pidáis perdón ni ningún castigo. Sólo quiero que recéis por su alma. Las tres se inclinaron en señal de profundo respeto, haciéndole saber a Natsuko que respetarían su deseo. Tras la inclinación, se dirigieron a la tumba de Aki, se arrodillaron, dejaron sus flores y rezaron por su alma ante la mirada de su familia. Mientras lo hacían, Natsuko se dio la vuelta para marcharse, seguido de Takeru. Sólo Yamato se quedó allí un poco más. –Sorprendentemente parecen buena gente, ¿no crees? –le comentó Takeru a su madre, que se había sentado en un banco cubierto por un techado, mirando al horizonte, mientras esperaba a que volviera Yamato. Entonces se destapó un botellín de agua. –No lo sé. –respondió su madre antes de darle un trago. –Entonces, ¿por qué les has dado permiso para visitar la tumba de Aki? –preguntó Takeru mientras Yamato aparecía por detrás. –Creo que ser amable te ayuda. –Aki es feliz, y vuestro padre lo está haciendo bien. Estoy agradecida aunque su asesino no se haya arrepentido de nada. –dijo Natsuko. Entonces miró a Yamato. –Yamato. No quiero que vuelvas a sentirte culpable. –Lo has hecho bien. –se sumó Takeru, reconociendo al fin todo lo que hizo su hermano.00000000
–Entonces, ¿te quedas con Takeru? –le preguntó Yamato a su madre por teléfono. Después de haber realizado la visita al cementerio, su madre se fue a ver a su nieto y aprovechó para quedarse allí a comer. Pero por lo visto decidió volver a quedarse a vivir con su hermano. –No te preocupes. Estaré bien. No te preocupes. Te llevaré tus cosas. Adiós. Mientras hablaba, vio a Sora allí plantada. Seguía vestida de negro. –¿Alguna novedad últimamente? –preguntó Sora. –Pues…, he cambiado la bombilla. –dijo Yamato. –Sí, ahora que lo dices se ve algo más iluminado. –¿Y qué me dices de ti? –preguntó Yamato. –He pisado un chicle. –respondió Sora. –¿Quieres quitártelo? –preguntó Yamato. –No, ya lo he hecho. –dijo Sora. –De todas formas no era en estos zapatos. Así que una bombilla… –Sí. Y también le he cambiado las pilas al mando de la tele. –dijo Yamato. –Has cambiado muchas cosas, entonces. –Sí, bueno. De casualidad. ¿Y tú has pisado más cosas? –preguntó Yamato. –Pues…, una línea amarilla en la estación. –respondió ella. –¿Te duele? –preguntó Yamato señalando la mano de Sora, donde todavía tenía la tirita con la herida. –No. –respondió ella. –Hay algo que quería decirte. –dijo Yamato, acabando por fin con aquel bucle de preguntas estúpidas y poniéndose un poco nervioso. –En realidad no he cambiado nada. Sólo he estado pensando en ti y…, en el futuro. Es un poco difícil por todo nuestro pasado pero, quiero proteger a quien considero importante para mí. Oh, no te he servido té. En realidad sólo te he dicho la mitad de lo que te quería decir. El ver a Yamato tan nervioso a Sora le pareció de lo más mono. En realidad ya lo había visto en prácticamente todos los estados anímicos posibles debido a todo lo que habían vivido y a pesar de los nervios que sabía que estaba sintiendo el rubio, el saber que Taichi estaba encerrado, lo tenía mucho más relajado, aunque como pez fuera del agua. Sora pensó que era porque estaba acostumbrado a estar en una tensión constante que por fin se había esfumado. –Está bien. Olvídate del té. Sentémonos. –dijo Sora. Yamato le apartó la silla y el fue a sentarse frente a ella, al otro lado de la mesa. Juntó sus manos, puso la espalda recta y puso cara de intentar mentalizarse sobre lo que le iba a decir. –Quiero estar siempre contigo. No quiero que el pasado nos estropee el futuro. Ya está dicho. –confesó Yamato. –No sé si tiene sentido lo que estoy diciendo. –Yo también he estado pensando en eso. Yo también quiero estar siempre contigo. Así que entiendo muy bien lo que quieres decir, y no sabes cuánto me alegro de oírtelo decir. Pero he venido para verte por última vez. –cuando Sora confesó que quería lo mismo que él, Yamato sonrió, pero lo último que dijo le borró la sonrisa sin comprender. –¿Recuerdas a la niña del huerto de Chiba? Se llama Rika. Sólo tiene cinco años. He decidido estar con ella y cumplir el papel de madre mientras la suya no pueda. Le he pedido al señor Inoue que no desconecten a su hija y me deje quedarme en su finca para poder cuidar de su nieta. –¿Qué? No, no puede ser. ¿Por qué tú? –preguntó Yamato sin comprender nada. –El señor Inoue también estaba muy sorprendido por la petición y en estos días he sido bastante insistente. Después de explicárselo, finalmente aceptó y ha retirado el consentimiento para desconectarla. –explicó Sora. –Por lo menos vamos a ver cómo funciona, y con un poco de suerte, se recuperará. –Pero es muy poco probable que despierte. Eso no es vida. –dijo Yamato. –Lo sé. Y aunque le lleve diez o veinte años, mientras Rika me necesite, estaré para ella. –dijo Sora. –No creo que haya un final para eso. Creo que ser madre trata de eso. –¿Y cuando crezca?¿Qué pasará cuando descubra que eres la hermana de la persona que postró a su madre en una cama? –preguntó Yamato intentando de imponer un poco de cordura. –Seguramente te odie. –Lo aceptaré. –dijo Sora. –Además, así ella podrá decidir sobre qué hacer con su madre. Tendrá la oportunidad de elegir cuando sea lo suficientemente madura. –¡Pero no es tu culpa! ¡Es de Taichi! ¡Tú sólo eres su hermana! ¿Por qué tienes que ser tú quien cargue con ese peso? No tienes motivos para hacerlo. –dijo Yamato. –Los tengo. Tengo un motivo muy real. –¿Cuál? –Quiero empezar a vivir en serio. Quiero ser una persona seria, y no alguien que busque la compasión. –dijo Sora. –Eso ni siquiera es una razón. –Para mí lo es. –Pero algún día todo se olvidará. –dijo Yamato. –¿Acaso tú vas a olvidar el asesinato de Aki? –preguntó Sora. Para Yamato aquella pregunta fue un golpe bajo, pero tras unos segundos, Yamato suspiró y contestó. –Puedo olvidarlo. –respondió Yamato. –¿Puedes imaginarte a ti mismo olvidándolo? –preguntó Sora con lágrimas en los ojos. –Porque yo no lo creo. Algo así es imposible de olvidar. Yo también pensé que podría, pero no creo que pueda. Sora sabía que Yamato había mentido para intentar retenerla a su lado. Estaba claro que jamás olvidaría la muerte de su hermana, pero necesitaba convencerla para que se quedara. Pero con aquella respuesta supo que Sora se marcharía. Sus ojos también lo sabían, porque una lágrima rebelde se escapó de uno de sus ojos azules. –Siento haber tomado esta decisión. Pero esta será la última vez que nos veamos. –dijo Sora levantándose para marcharse. Pero antes de irse, se giró. –He sido muy feliz contigo. Normalmente no me lo paso tan bien. Esta vez la que mintió fue ella. Todo lo que habían vivido no había sido para nada divertido, pero era su forma de decirle que a pesar de todo lo que había pasado, se había sentido bien con él. Unos segundos después de marcharse, Yamato salió corriendo tras ella. –¡Espera! –dijo poniéndose delante de ella. –¿Estás libre la semana que viene? Aunque sólo sea un día. ¿Tienes libre un solo día? Podríamos ir a algún sitio como gente normal. –¿Me estás pidiendo una cita? –preguntó Sora. –Sí. Una cita. –dijo él. –Me encantaría. –aceptó Sora sonriendo. Era lo mínimo que podía hacer. Sabía que con su decisión lo había dejado hecho polvo y además, ella también lo deseaba. Retrasar un día su llegada a Chiba no supondría una gran diferencia.00000000
El día de la cita llegó y Yamato y Sora se montaron en un tren que los llevaría cerca de un parque de atracciones. –Bonito día, ¿verdad? –dijo Yamato. –Espectacular. –dijo Sora. Ella le ofreció un caramelo que él aceptó. –¿Hace mucho que no vienes a un parque de atracciones? –preguntó Yamato una vez que llegaron al parque de atracciones. –Sí, varios años. ¿Y tú cuánto hace que no vienes? –preguntó Sora. –Un montón. Ni me acuerdo. Unos dieciséis años. –dijo Yamato echando cuentas. Sora miró a una de las montañas rusas. –Uf, ese ángulo es imposible. –dijo Sora viendo la verticalidad de la atracción. –Sí. Si llevas gafas de sol seguro que se caen. –dijo Yamato. Una vez entraron, montaron en varias atracciones: el carrusel, atracciones acuáticas, etc. Tras salir de una atracción que parecía un templo, Sora se fijó que en la puerta, en un panel con alambres había omikujis, papeles doblados y atados que predicen el futuro y la fortuna. Cuando a alguien le tocaba un mal augurio, se doblaba y se ataba en alambres o árboles para que la mala suerte se quedara allí. –Nunca fui capaz de dejar los malos augurios en el árbol del santuario de mi vecindario porque pensaba que era como un buzón. –explicó Sora mientras jugaban al frisbieen una explanada de césped. –Pensaba que era algún tipo de sistema de reparto. Como un árbol de cartas mágicas. Me alegro de que me invitaras. –Entonces, ¿quieres repetir la semana que viene? –preguntó Yamato con la esperanza de que le dijera que sí. Pero Sora negó con la cabeza. –¿No puedes reconsiderarlo? No tienes por qué llevar esa vida. –No digas eso, Yamato. Sólo espero que tengas a alguien a quien extrañar. –dijo Sora sonriendo. –De ahora en adelante voy a ser la mamá de Rika. Es lo único que te voy a decir. –Pero sólo tienes veinticinco años. Seguro que hay muchas cosas que quieres hacer. –dijo Yamato. –Calla y pásame el frisbie. –dijo Sora. Yamato sólo sonrió con ternura. Pero como venganza, le lanzó el frisbie desviado y lejos. –¡¿A dónde tiras?! Cuando Sora se giró para ir por él, a Yamato se le borró la sonrisa. No quería que lo viera triste, aunque realmente lo estaba. En realidad Yamato pensaba que Sora, con lo que estaba dispuesta a hacer era la persona más generosa que había conocido jamás, pero le dolía que se marchara, porque como ella mismo le confesó, los dos querían estar juntos. Pero estaba dispuesta a sacrificar su felicidad por estar con aquella víctima inocente de su hermano.00000000
Haruhiko miraba el pase de la cárcel mientras esperaba sentado a que le dieran permiso para ver a su hijo, hasta que el guardia le pidió que pasara al cuarto número tres. Una vez dentro, se sentó frente al cristal. Cuando Taichi entró y se sentó al otro lado del cristal, Haruhiko cogió una bolsa que llevaba consigo. –No sabía qué necesitabas, así que te he traído algo de ropa, toallas y pasta de dientes. –dijo Haruhiko bastante nervioso. Pero dejó de hablar al ver que no le interesaba lo que había traído, por lo que decidió cambiar de tema. Entonces, sus ojos comenzaron a humedecerse. – No te imaginas lo mono que eras cuando naciste. Cuando te cogía en brazos me prometí a mí mismo llevarte a la montaña cuando crecieras. La muerte de Aki Ishida fue culpa mía. Y lo que le ha ocurrido a Miyako Inoue también. Es todo porque cargas contigo un gran rencor hacia mí. Porque me odias. Yo he dejado que llegues tan lejos. Te he arruinado la vida. Yo…, no lo entendía. No intenté comprenderte. –Papá. –dijo Taichi a su lloroso y atormentado padre. –¿Sí? –Taichi puso su mano derecha sobre el cristal. Al verlo, Haruhiko también llevó su mano izquierda. Era el contacto más cercano que iba a tener con su hijo, pero entonces, Taichi comenzó a hablar y Haruhiko se frenó. –No recuerdo el rostro de mamá. ¿Por qué? –preguntó Taichi levantándose y entrando en desesperación. –¿Por qué, papá?¿Por qué?¿Por qué no recuerdo su cara? El guardia que esperaba allí se levantó al ver que Taichi, que había estado impasible durante todo el tiempo que había permanecido en el centro penitenciario, comenzaba a alterarse. –Cálmate. –le dijo el guardia. Pero Taichi comenzaba a alterarse más y más. –¡¿Por qué?!¡¿Por qué?! –preguntaba Taichi sin dejar de mirar a su padre. –¡Silencio! –le ordenó el guardia que lo sujeto por detrás. Otro guardia entró al escuchar el escándalo y entre los dos comenzaron a arrastrarlo para sacarlo de allí. –¡La visita ha terminado! –¡Esperen, por favor! –pidió Haruhiko, que no podía hacer nada tras el cristal. –¡Ayúdame, papá! –exclamó Taichi. Pero Haruhiko, una vez más, no lo pudo ayudar, al desaparecer tras la puerta arrastrado por los guardias. Esta vez sí, Haruhiko colocó su mano izquierda donde la puso su hijo, pero al otro lado del cristal.00000000
Sora y Yamato pasaron necesariamente por la tienda de regalos para poder salir de la montaña rusa en la que se habían montado a pesar de su ángulo imposible. Era un paso obligatorio para que los clientes pudieran comprar las fotografías realizadas en la atracción. Una vez allí, miraron cómo salieron en la fotografía 264, en la que aparecían dos fotos. Una del vagón completo y otra en la que salían los dos bastante sonrientes y fotogénicos. Ambos se miraron y aunque Yamato se ofreció para comprarla, no la compró por insistencia de Sora. Tras pasar el día allí, se marcharon a un restaurante para tener juntos una última cena. Una cena muy diferente a las que habían tenido hasta ahora. Ambos brindaron con unas copas de champán. Era la primera vez que lo hacían, pero el restaurante, de luz tenue y ambiente tranquilo invitaba a ello. Tras el brindis, Sora percibió que Yamato quería decir algo, pero que tenía una lucha interna consigo mismo. Por lo que Sora decidió ayudarlo en su debate interno. –Dilo. –le animó Sora. –Olvídalo. –dijo Yamato que no quería enrarecer el ambiente. –Estas ocasiones no son muy frecuentes en nosotros, así que vamos a tratar de olvidar el tema. –Hoy es nuestro último día juntos. Así que, di lo que necesites decir. –le pidió Sora. –Está bien. ¿Taichi saldrá algún día de la cárcel? –preguntó Yamato. –Sí. Y por experiencia sabemos que cuando salga seguirá sin tener ninguna clase de remordimiento. Y podría volver a cometer otra locura. –dijo Sora, aceptando el problema mental de Taichi. –Entonces, iré a visitarlo. Muchas veces, si es necesario. Aunque me rechace. –dijo Yamato. –Pero seguirá igual. –dijo Sora. –Lo siento. Pero está decidido. –dijo Yamato. –Aunque sigamos caminos diferentes, siento que nuestro destino es el mismo. Suena triste, ¿verdad? Entonces se escucharon unos aplausos. Una joven se sentó al piano y comenzó a tocar una melodía que a Sora la trasportó a su pasado, porque aunque la perdió con tanta mudanza, era la misma melodía que sonaba en su cajita de música y a la que solía recurrir para tranquilizarse cuando sufría algún episodio de rechazo. –¿Qué pasa? –preguntó Yamato al ver la cara ausente de Sora. –A veces me he arrepentido por haberte buscado la primera vez, pero lo cierto es que me alegro de haberte conocido. –reconoció la pelirroja. Yamato sólo le sonrió con ternura. Tras la cena, se marcharon y se sentaron en un parque para estirar el día lo más posible, porque ninguno quería que acabara. –Si pudieras ir al extranjero, ¿dónde irías? –preguntó Yamato. –A la Isla de Pascua. –respondió Sora. –¿Por qué? –preguntó Yamato, pensando que diría un lugar como París, Roma o Los Ángeles. –Por los moái, esos grandes monolitos humanoides. –respondió Sora sin ningún atisbo de duda. –¿Y tú? –Ni idea. No sé mucho de otros países, pero quizás me gustaría ir a los San Fermines, para ver cómo los toros persiguen a gente. –dijo Yamato. –¿A España? Pero Yamato, podrías sufrir una cogida. –dijo Sora. –¿Crees que eso duele mucho? –Peor que doler. Podrían matarte. –dijo Sora sorprendida por la distorsionada percepción del peligro que tenía Yamato respecto al tema. –¿Tan peligroso es? –Sí. Recuerdo haber visto en la tele cómo un corredor sufrió una cornada en el vientre. –dijo Sora. –¿Lo pilló un toro? –Sí. Y lo lanzó hacia arriba. El corredor lo pasó mal, pero la caída fue muy cómica. Parecía un muñeco de trapo a merced del toro. –Entonces no estoy tan seguro de querer ir. –Hablando de animales. Siempre he querido trabajar en un zoo o un refugio. –dijo Sora. –Eso sí, no soporto a los koalas. No podría trabajar con ellos. –¿Qué? –preguntó Yamato con indignación. –Los koalas son muy graciosos. –¿Los has visto bien?¿Sabes cómo es la nariz de un koala? –preguntó Sora. –¿Qué hay de malo con su nariz? –Que me recuerda a la tapa de las pilas de un mando a distancia. –respondió Sora. –Pues simplemente, ponle pilas. –dijo Yamato. –Tienen que ser del tipo 2AA. –dijo Sora. –Creo que tengo de esas en casa. –dijo Yamato. –Háblame de ti. –dijo Sora cambiando de tema después de reír la ocurrencia del rubio. –No hay nada interesante sobre mí. –No me importa que no sea interesante. Oírte hablar me parece lo suficientemente interesante. –¿Es una broma? –Claro que no. Sé que hay muchas cosas buenas en ti. De verdad lo pienso. –dijo Sora. –Por ejemplo, creo que eres extremadamente amable. Cada vez que recuerdo tu amabilidad me emociono. –Gracias. –agradeció Yamato. –Bueno, creo que va siendo hora de irme. –dijo Sora con voz temblorosa y apartando la mirada, aunque percibía cómo el chico no dejaba de mirarla. –Me lo he pasado muy bien contigo. ¿Puedes mirar hacia otro lado un momento? –Está bien. –dijo Yamato girando un poco su cuerpo. Sora intentaba controlar su emoción y que él la mirara lo hacía más difícil, pero al escucharla sollozar, Yamato la miró. –No te gires todavía. –dijo Sora posando sus manos en la espalda de él. –No quieres ir, ¿verdad? –intuyó Yamato sin mirarla. –No. Pero tengo que hacerlo. –Podríamos haber comprado las fotos del parque de atracciones. –dijo Yamato intentando relajar el momento. –Costaban 700 yenes cada una. Habría sido tirar el dinero. –dijo Sora sonriendo. –No me gusta cómo salgo en las fotos. –¿Tú crees? Pues yo siempre te veo así. –dijo Yamato. –No seas cruel. –le recriminó Sora. –Me habría gustado recordarte con esas fotos. –dijo Yamato. –Todavía hay muchas cosas que pueden pasarte y que serían más dignas de recordar. Por ejemplo, podrías casarte con Miss Universo. –dijo Sora, a la que se le empezaban a humedecer los ojos. –No quiero casarme con Miss Universo. –¿No te gusta la corona? –No me interesan las coronas. Soy feliz simplemente estando contigo. –¿De verdad? Me haces sentir como si fuera alguien popular. –dijo Sora sonriendo con ternura. –Me alegro. Eres popular por donde vivo y a varios metros de aquí. –dijo Yamato. –Sí, tú también. –dijo Sora sonriendo afectada. A pesar de la conversación sin importancia que tenían, le sonaba demasiado a despedida. –Sora. –Déjalo ya. –dijo Sora cada vez más incapaz de contener la emoción por la despedida. Entonces se levantó. –Se acabó el día. Me lo he pasado realmente bien. Recordaré este día durante toda mi vida. Muchas gracias. Sora se despidió haciendo adiós con la mano, pero Yamato permaneció allí de pie sin moverse. –¿No me devuelves la despedida? –preguntó Sora. Pero Yamato no reaccionó. Sora se acercó y empezó a darle golpes en el pecho. –Despídete. ¿Por qué no dices nada? ¿Me estás ignorando? Despídete de mí. Yamato no aguantó más y la abrazó. –Yamato. –¿Qué? –Estaba deseando que me abrazaras. –reconoció Sora tras una larga pausa. A Yamato también se le humedecieron los ojos. –Nunca me había sentido tan feliz como ahora. Y hay otra cosa. –¿Qué? –Me estás pisando. –dijo Sora sonriendo. –Oh, lo siento. –dijo Yamato rompiendo el abrazo y quitando sus pies de encima de los de ella. –¿Por qué te vas? –Porque soy la hermana del agresor. –respondió Sora, sabiendo a qué se refería la pregunta. Sin pensar más, se giró y se alejó unos metros. Volvió a girarse y volvió a despedirse con la mano. –Adiós. Esta vez, Yamato sí le devolvió la despedida. Por lo que Sora se marchó corriendo para evitar la tentación de volver.00000000
Aquel día, Sora, cargada con una mochila y un par de bolsos, llegó a la finca del señor Inoue. –Señor Inoue, mire. –dijo Maki mientras cargaban la camioneta con cajas. –Al final ha venido. –¡Rika! –llamó Goro a su nieta, que estaba jugando cerca de allí. –¿Qué pasa, abuelo? –preguntó la niña acercándose y cargando conejo de peluche. Entonces, cuando la camioneta dejó de taparle la visibilidad, la niña vio a Sora y corrió hacia ella. –¡Sora! –Hola, pequeña. –dijo Sora.00000000
Yamato había recibido una carta de Haruhiko y decidió aprovechar el viaje para visitarlo. –Entonces, ¿ahora vives cerca de la cárcel? –preguntó Yamato a Haruhiko, que estaba trabajando en un taller. –Sí. Así puedo visitarlo más a menudo, pero sólo he podido verlo una vez. Cada vez que voy se niega a verme. –dijo el hombre. –Pero la última vez que le vi parecía pedirme ayuda. Era un hijo que necesitaba a su padre. Ahora mismo, es la única esperanza que albergo. –Este era el reloj de mi padre. –dijo Yamato sacando un reloj de su bolsillo y pasándoselo a Haruhiko. –Era un regalo del primer aniversario de aquel bar. ¿Puede quedárselo? –Yo no…–pero Yamato insistió y finalmente aceptó guardarlo. Aquel reloj era aquel con el que su hijo intentó ponerlo en evidencia. –¿Vas a visitarlo? –Sí. –Unos viejos amigos encontraron esto. –dijo Haruhiko entregándole un sobre.00000000
Tal y como le dijo a Haruhiko, Yamato se presentó en la cárcel para visitar a Taichi. La última vez que lo vio fue cuando lo entregaron a la policía en la isla de Innoshima. –La visita es de quince minutos. –avisó el guardia una vez que los dos estaban frente a frente, sólo separados por el cristal. –¿Cómo está mi hermana Sora? –preguntó Taichi. –Sora ya no es tu hermana. –respondió Yamato.00000000
Tras haber deshecho su equipaje, Sora fue al hospital para ver a Miyako. A pesar de estar inconsciente, sintió la necesidad de presentarse ante ella y explicarle sus intenciones para con su hija. –Me llamo Sora Takenouchi. Desde hoy hasta que te recuperes, me gustaría ejercer como la madre de Rika. –tras decir eso, agarró su mano con suavidad. –Protegeré a Rika siempre.00000000
Tras decir Yamato que Sora ya no era su hermana, ninguno de los dos habló durante toda la visita. Tan sólo se sostuvieron la mirada. –La visita ha terminado. –dijo el guardia, que había sido testigo de la visita más extraña de toda su carrera. Taichi se levantó. –No me culpes. –dijo Taichi antes de dirigirse a la puerta junto al guardia. –Taichi. –dijo Yamato antes de que saliera. Yamato sacó una foto del sobre que le había dado Haruhiko y la sostuvo en el cristal. Taichi se acercó para verla. Era él con su verdadera madre, Yuuko Yagami. –Es tu madre. Era una mujer castaña. Estaba claro que él había sacado su cabello. En sus brazos, lo sostenía a él siendo sólo un bebé de pocos meses. A Taichi se le humedecieron los ojos, puso su mano en la foto que no podía coger y empezó a llorar. Gracias a esa foto, consiguió recordar el rostro de su madre y se sintió mucho mejor. Se había sentido muy atormentado por su olvido. Cuando Yamato salió de la visita en la cárcel, la lluvia lo empapó. Cuando llegó a casa, escribió a Sora. Sora, hoy está lloviendo de forma intensa. También he visto a un amigo al que le caían las lágrimas a borbotones, como la de esta lluvia. Cuando la lluvia paró, parecía haber limpiado el ambiente.00000000
En la finca de Goro, Sora se estaba tomando un descanso de la recolecta. No sólo se hizo cargo de Rika, sino que también comenzó a trabajar en la finca mientras la niña asistía al colegio. Sora aprovechaba los momentos de descanso para escribir a Yamato. Yamato. Aquí, en el huerto del señor Inoue, un gato ha tenido dos gatitos. Los he llamado Nazca y Moái. Mientras los veíamos, Rika y yo hemos hecho una promesa de meñiques. Nos hemos prometido estar siempre juntas.00000000
Sora. Últimamente me he estado levantando a las cinco y media de la mañana para barrer y recoger las hojas otoñales. Cada día noto cómo va cambiando la estación.00000000
Yamato. Ayer, mientras le leía un libro a Rika me quedé dormida y soñé que un elefante me llevaba en su trompa. Cuando desperté, el señor Inoue me dio una carta que había llegado de mi padre. Entonces me di cuenta de que teníamos una letra muy parecida. Luego recordé los fideos salteados que hace mi madre e intenté hacerlos yo también. Para mi sorpresa, sabían horriblemente mal, así que, los comí yo sola.00000000
Sora. Mi madre todavía llora en ocasiones, pero el otro día vio el recibo de una compra de 777 yenes y empezó a reírse. Los lunes y los jueves, llora. Y los martes y viernes, ríe. Creo que seguirá así.00000000
Yamato. Hoy Rika y yo hemos ido al hospital. Rika le ha llevado un dibujo a su madre y hemos escuchado el sonido de su corazón. Después hemos ido al centro comercial.00000000
Sora. Hoy me he detenido a ver amanecer. Era muy brillante. Me hizo pensar en ti todo el día.00000000
Yamato. ¿Por qué mientras veo el amanecer pienso en ti? De hecho, siempre estoy pensando en ti. Cuando alguien me toca la mano, deseo que alguien toque la tuya y sigamos adelante.00000000
Sora. Espero que cuando los sentimientos que albergo te alcancen, dejemos la tristeza y sigamos adelante.00000000
Tanto Sora como Yamato, cada vez que leían las cartas que recibían del otro, las plegaban y las ataban a un árbol: Yamato en el lago Mifune; y Sora en la finca del señor Inoue. Parecían los omikujisde los santuarios, donde la gente dejaba allí la mala suerte cuando le tocaba un mal pronóstico. Tal y como Sora le contó aquel día en el parque de atracciones, jamás fue capaz de hacerlo. Pero esta vez, para Sora sí era un árbol de cartas mágicas de verdad. Ambos albergaban la esperanza de que cuando llenaran los árboles de esas cartas, volverían a estar juntos.00000000
Un día, Yamato, mientras estaba relajándose en una de las barcas en medio del lago, se acordó de algo. Rápidamente, volvió a casa y una vez que encontró lo que buscaba, se marchó al videoclub al que fue con su amigo Jou hacía ya quince años. –Disculpe. –dijo Yamato con una cinta en la mano. –¿Sí? –Alquilé esta cinta hace mucho tiempo. –explicó Yamato. La dependienta miró la etiqueta del envoltorio. –¿1996? –dijo la dependienta sorprendida. –¿A cuánto asciende la penalización?Fin.