Capítulo 1: Prólogo
8 de febrero de 2026, 0:37
Aquella raza en especial era conocida en gran parte del universo, que tenía el conocimiento de la vida en otros mundos. Era una casta reconocida por lo sanguinario que resultaban ser, su afán de luchar era sinónimo de su gran poder. Esa era la estirpe de los Sayayin.
Pero claro, por más fuertes que en un planeta se pudiera ser, existiría siempre alguien mucho más fuerte que los sometería. Ahí es donde apareció aquel pirata espacial reconocido incluso por los dioses, Frezzer, quién tomó a la raza de los Sayayin como sus soldados, siempre temiendo de ellos, ocultando su sentir al denominarse el emperador de la galaxia.
Los rumores de aquella estirpe siempre se extendían. Transmitidos de boca en boca de habitantes en diferentes mundos, que cada vez estaban más temerosos de sus vidas.
Eran fáciles de reconocer por los tonos rosáceos de sus pieles, además de aquella cola que les daba la habilidad de transformarse en monos gigantes cuando rayos Bruits eran apreciables a sus ojos.
Rumores habían por montones acerca de esta raza en especial, pero había un secreto del que nadie comentaba fuera del planeta en que habitaban.
Eran recelosos al contarlo debido a que aquella información podría cambiar la jerarquía de su propio planeta y su forma de vida, pero aquel secreto guardado con tanto esmero era de su propia genética.
La raza de los Sayayin tenía en sus filas lo que eran llamadas personas Alfa, Beta y Omega.
No había mucha diferencia entre los Alfas y los Beta, pero si con los Omegas, que siempre eran soldados denominado de clase baja, porque su poder de pelea nunca aumentaba más de lo que sería el poder de un infante de las otras estirpe realmente.
La familia real de los Sayayin siempre habían sido Alfas, en el caso del rey y Betas en el caso de la reina, o bien los hijos que vinieran después del primogénito. Esto era para que el nuevo heredero no fuera a tener la condición de Omega, lo cual sería realmente desastroso, después de todo sería un gran deshonor que el príncipe del planeta fuese un Omega de bajo poder de combate.
Aunque claro, el universo siempre tenía otros planes para todo, aunque uno intentara ir en contra de esa voluntad, parecía escupir la realidad inminente al rostro.
El primogénito del rey Vegeta III, aquel soberano que poseía el mismo nombre que su padre antes que él, fue un Omega.
Cualquiera pensaría que el consejo y el mismo rey tomarían la determinación de asesinar al bebé, liquidarlo como si no fuese nada, volverlo cenizas que esparcirían en el aire sin más, pero aquel bebé, que fue nombrado como Vegeta IV, nació con un poder de pelea con el que nacería cualquier alfa de elite.
Esa fue la razón por la cual la condición del príncipe primogénito fue mantenida en secreto, tomando el rey la determinación de alejar al niño de su mundo apenas salió de su incubadora bajo el mando de un Beta llamado Nappa, quién estaba encargado se la supervivencia del nuevo príncipe. Enseñarle a pelear, a sobrevivir y a conquistar por su raza.
El rey Vegeta había asumido que en algún momento de la vida del príncipe se debería decir la verdad, que el niño no había sido nada más que un Omega, pero aquel secreto aun era custodiado, pues aquello nunca había sucedido antes, sólo con aquel niño que podía conquistar un planeta utilizando su poder, sus técnicas aprendidas durante sus cortos años.
Pero la desgracia ocurrió en el planeta Vegita, el cual fue destruido por un meteorito, según les contó Frezzer a los tres Sayayines que quedaban a sus órdenes, pues otro que había sobrevivido había sido el hermano beta del príncipe y unos Sayayines rebeldes de los cuales no tendrían noticias, pero no le importaban.
Aquello fue una especie de alivio para el pequeño príncipe, que siempre tenía un gesto serio en su rostro y no debía preocuparse por los demás soldados, después de todo sólo los Sayayins notaban aquella condición, pero Nappa y Raditz no le harían nada, no les convenía a ninguno de los dos y lo sabían bien.
Ese pequeño niño fue creciendo, volviéndose cada vez más fuerte, como si la condición que determinaba su fuerza, aquella condición de Omega, no importase en él, que siempre se esforzaba en entrenar más, conquistar más planetas sin importar nada.
Pero claro, si habían cosas que importaban y una de aquellas fue una condición física que apareció durante su adolescencia.
Los Omegas solían entrar en algo llamado “celo”, donde su cuerpo ardería por la necesidad de ser llenados por la semilla de un alfa, con un lívido aumentado de una manera que no era remotamente posible.
El Celo apareció en la adolescencia de aquel príncipe sin reino, donde tuvo que ser encerrado en una habitación, pues su cuerpo no le obedecía, sino que únicamente gritaría por ser llenado de placer.
Nappa fue el encargado de supervisar todo aquel proceso que el cuerpo de ese adolescente vivió. El aroma, que naturalmente los omegas exudaban, se había vuelto mucho más intenso, siendo que de haber estado en su planeta de origen, cualquier alfa hubiera pensado que era buena idea reclamarlo como propio.
Aunque fue un gran alivio para Vegeta, — después de haber estado dos semanas en una habitación, con su cuerpo caliente y fluidos saliendo de él, con su cuerpo rogando que alguien lo embistiera y lo llenara finalmente — que Nappa logró rescatar del extinto planeta unas pastillas supresoras para el ciclo de Celo, que esa vez no utilizaron, porque aquello debía declararse en el cuerpo del príncipe sí o sí.
Bajo muchas amenazas, hicieron que uno de los científicos de Frezzer reprodujera más, sin explicaciones, hasta que completo su trabajo, dando pie a su muerte, pues Vegeta no permitiría que alguien supiera o tuviera la remota idea de lo que pasaba su cuerpo.
Vegeta siempre cargaba con él supresores que permitían que su ciclo de celo no llegase en medio de la conquista de un planeta o algo así. Odiaba con su ser aquel maldito ciclo, aquella situación que había tenido que vivir una vez, sólo porque así debía ser, pues su ciclo debía declararse y vivirse, antes de poder ser suprimido con aquellas pastillas.
Fue durante su descanso, luego de conquistar un planeta, cuando por medio de sus rastreadores escucharon que el otro miembro de su raza, Raditz –que era un beta al igual que Nappa- se emprendió camino a la Tierra, un insignificante planeta el cual supuestamente debería haber sido conquistado por el hermano menor de Raditz.
Pero además aquel soldado de clase baja tenía algo en especial, siendo que era el último Alfa registrado que había quedado con vida, según los relatos de Raditz, aunque claro, no había sido tomado muy en cuenta cuando nació para grandes cosas, después de todo su poder de pelea había sido demasiado bajo, mucho más bajo que el de muchos Omegas.
Estuvieron conectado durante días a sus rastreadores, por si Raditz se comunicaba o algo, siendo que cuando finalmente tuvieron noticias de él y pudieron escuchar lo que ocurría, supieron que aquel Alfa, Kakarotto que Vegeta siempre pensaba que era un ser que no servía en realidad, luchó contra su hermano, el cual terminó muerto y la señal de comunicación perdida.
Esa situación llamó la atención del príncipe, pues a pesar de todo Raditz había sido un Sayaiyin fuerte, que acabo bajo la mano de su propia familia –como en muchos casos se daba en realidad con un beta–.
La muerte de Raditz fue una sorpresa, sí, pero pudo sacar algo bueno de aquello, que fue una información muy valiosa.
En el gran espacio siempre hubo rumores de unas esferas mágicas que concedían deseos, pero finalmente sabía un lugar donde las podría obtener. El planeta Tierra.
Con aquellas esferas del dragón pensó que podría sacar ese estado de su cuerpo, dejar de ser un maldito Omega que tuviera que depender de pastillas para no entrar en Celo cuando el momento del año llegase y poder vivir tranquilo, sin aquellos demonios que muchas veces lo atormentaban.
— Nappa, prepárate, iremos a la Tierra a buscar esas nombradas esferas del dragón — Le habló como si nada al Sayayin más alto, pues la realidad es que su condición de omega se veía reflejada en su estatura, pues estos siempre habían sido más pequeños que los Alfas y los Betas, siendo que en la verdad sea dicha con el paso del tiempo Vegeta se había transformado en un perfecto Omega.
Su naturaleza sería demasiado obvia para un ser que tuviera el conocimiento de esta condición en los Sayaiyin, pues su estatura no era algo que llamara la atención y sus rasgos no eran algo tosco, como los de Nappa o el mismo Raditz.
Para cualquier Alfa, Vegeta sería un Omega difícil, al cual hubieran tenido que someter por su carácter, pero se hubieran enfrentado a su furia, pues por su orgullo nunca se hubiera dejado intimidar.
Pero ya no habían Alfas – más que el hermano de Raditz – en el universo y el mismo Vegeta quería aquellas esferas para borrar su condición de Omega, por lo cual iniciaron aquel viaje a la Tierra que les traería más de una sorpresa realmente al llegar.
Aunque en aquellos seis meses que duro el viaje, sólo durmieron y Vegeta había tomado sus malditas pastillas, de las cuales deseaba realmente dejar de depender de una maldita vez al llegar a la Tierra.