"A quien esté dispuesto a escuchar y cumplir mi solicitud.
Le saludo cordialmente en condición de invocador, para ofrecer mi obediencia y reconocimiento en virtud de que se me sea cumplido un deseo de mi preferencia.
Solicito que quien acepte mi demanda, se aparezca en forma humana para que el trato sea firmado una vez que yo haya decidido sobre lo que deseo.
No tengo ningún temor pero si gran curiosidad por las artes oscuras de ser todas estas comprobables, además de una fuerte convicción.Ofrezco mi fe a quien sea capaz de despertarla por sobre mi escepticismo. Acepto también desligarme de todo aquello que no sea del agrado del invocado.
Espero mi respuesta antes del final de este viaje, para entonces concluir si estoy en lo correcto o no.
Firma deseoso de un acuerdo
Agustín Vinicio Flores Solís"
Agustín se abrió una pequeña herida en el dedo índice para firmar justo debajo de su nombre con la gota de sangre que salió a través del corte. —¿Y ahora qué hago con esto? Todos se volvieron a ver, ninguno estaba seguro de qué hacer con ella, y francamente ni siquiera esperaban que Agustín se tomara todo eso tan en serio. —Tiene que... entregar el pacto. —¿Y a quién? Si no hay nadie aquí. —Bueno —agregó Mayté— ya que sólo dejó esa solicitud abierta, ¿por qué no la entierra? Supongo que lo que sea que acepte, va a agarrarla, ¿no? Agustín asintió con la cabeza y se levantó de nuevo para ir a enterrar la carta entre los árboles, ayudándose con una linterna. Así pasaron dos días más y el paseo se acercaba al final. Se levantaron un domingo de madrugada para partir antes de que saliera el sol, subieron las cosas al pick up, Dagoberto, Mayté y Marley en los asientos y Agustín en el cajón, sentado sobre la hielera con la mirada perdida en la flora que dibujaba una frontera entre la ruta 36 y la línea costera. Pasando los cacaotales cercanos a Hone Creek, Dagoberto distinguió a alguien adelante en la carretera pidiendo un ride, así que decidió bajar la velocidad. —¿Qué hace alguien pidiendo ride a esta hora? —¿Vendrá de Hone Creek? Parece un gringo —agregó Marley. —Voy a orillarme y habla usted con él, Marley. Agustín sólo notó que el auto se detenía, dio media vuelta para ver a Marley del lado del acompañante preguntándole al extraño en patuá si hablaba español y a dónde necesitaba llegar. Era un hombre que podría tener una edad similar a la de ellos,de cabello a la altura de los hombros, ondulado y con un color que salía caramelo desde la raíz y se convertía en dorado hacia las puntas. Vestía un pantalón de mezclilla y una camisa de vestir a rayas abierta al pecho, collares de cuencas y piedras artesanales por abajo. Tenía una voz grave pero amable, hablaba en un español neutro sin ningún acento aparente. Mencionó que no iba muy lejos, pero que estaba lo suficientemente ajustado de tiempo como para preferir no caminar. Nadie hizo preguntas a pesar de tan rara explicación; supusieron que debía ser hijo de extranjeros, tal vez de alguna familia de gringos de los que aún trabajaban para la UFCO o Chiquita. Eran las 4 de la mañana apenas y el cielo comenzaba a teñirse con un tono morado, anunciando el amanecer. El hombre se subió al cajón del carro, sentándose sobre el cobertor de la llanta, frente a Agustín. El muchacho le sonrió, levantando el mentón como forma de saludo, y el hombre le correspondió la sonrisa; Dagoberto tomó la carretera nuevamente y Agustín volvió a perderse en el firmamento. —El cielo es hermoso a esta hora, ¿verdad? —preguntó el hombre, interrumpiendo el pensamiento de Agustín. —Ah, sí, es verdad. Muchas estrellas, aún al amanecer. —Se puede ver a Orión, Pegaso, Andrómeda en algunos lugares, Tauro también. —¿Conoce mucho de astronomía? —No soy un experto. Sólo me gustan mucho las estrellas, pero tengo un amigo que sí lo es. —Entiendo…¿Usted es de por acá? —No, tengo que viajar seguido por trabajo. —Ya veo. Hicieron contacto visual un momento, los ojos del hombre parecían brillar, eran amarillos y profundos.¿avellana? —se preguntó—Luego se movió de encima de la hielera y se dio la vuelta buscando desviar la mirada. —Eeh… ¿Quiere algo de tomar? —Sí, muy amable. Agustín buscó entre las botellas y el hielo derretido para entregarle una soda al hombre, que le agradeció inclinando la cabeza levemente. —Me dijo que viajaba mucho por trabajo, ¿puedo preguntar qué es lo que hace? Si no es mucha molestia. —Soy un consultor. —¿Consultor? Suena interesante. ¿Para qué clase de cosas lo contrata la gente? —Oh, bueno, todo tipo de cosas. Ayudo con una gran variedad de problemas o necesidades, todo depende de lo que pida el interesado. Problemas de negocios, relaciones, problemas financieros, algunas veces cosas más inusuales. —¿Inusuales? El hombre asintió. Agustín no quiso parecer metiche, así que no preguntó nada más. Pasaron varios kilómetros de plantaciones y bosque, cuando el hombre le pidió a Dagoberto que se orillara. Él le hizo caso y se orilló, el hombre se despidió de Agustín y de Dago, Mayté y Marley se habían quedado dormidas. —¿Para dónde iba? —preguntó Agustín acercándose al vidrio trasero del pick up cuando Dago echó a andar. —No sé, no nos dijo. ¿Por qué? —respondió Dagoberto. —No no, por nada… Es que me— Dagoberto no lo escuchó más, había subido el volumen de la radio y se había puesto a seguir la canción de Nino Bravo que alguien había pedido por la emisora. De día viviré Pensando en tus sonrisas De noche las estrellas me acompañarán Serás como una luz Que alumbre mi camino Me voy, pero, te juro que mañana volveré A la mitad del camino los amigos se bajaron en un restaurante a desayunar, eran cerca de las ocho de la mañana para entonces. Se sentaron todos juntos en una mesa con vista del mirador que tenía el restaurante, pocos kilómetros antes del centro de Turrialba. —¿Y el muchacho que venía con nosotros? ¿dónde se bajó? Yo me desperté ya cuando estábamos en el centro —preguntó Marley, mezclando el azúcar del café. —Se bajó como antes de la entrada a Cahuita, después de pasar el río Hone. —¿Ahí? Pero si ahí no hay nada. —Quién sabe, tal vez ocupaba entrar al parque o a alguna de las fincas de cacao que hay por ahí. —Pero, después del río no hay ninguna entrada hasta llegar a la caseta del parque en Puerto Jiménez. —Pues sí, yo sé, pero no me pidió que me metiera en ningún lado específico, sólo me dijo que ahí estaba bien, por Punta Riel. —¡Qué mae más raro! ¿Será que andaba buscando cómo entrar a Cahuita sin que lo vieran los guardabosques? —interrumpió Mayté, limpiándose las manos con una servilleta. —¿Para qué? —preguntó Dago mientras le pegaba un mordisco a un sanguche de carne mechada— ¿No vio cómo andaba vestido? ¿Quién va a andar metiéndose a esa jungla con pantalón de mezclilla? —Seguro es de esos que venden especies de plantas e insectos en el mercado negro, y nosotros ayudándole. —remató Marley. Agustín disintió con la cabeza mientras le daba un sorbo al café. —Él me dijo que era un consultor, que la gente lo contrataba de todas partes y que por eso viajaba tanto. Los cuatro se volvieron a ver, Agustín habló otra vez mientras le untaba mantequilla al pan. —Ay, no sé... pero tenía bonitos ojos.