ID de la obra: 1655

Cadenas

Slash
NC-21
En progreso
2
Tamaño:
planificada Mini, escritos 13 páginas, 5.369 palabras, 3 capítulos
Descripción:
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1: La carta

Ajustes
La lluvia acariciaba la ciudad o lo que quedaba de esta como un alivio rítmico. Makochi había estado sumida en caos durante horas que se hicieron eternas, pero en ese instante reinaba la calma de quién espera una señal. Y esa señal llegó en forma de mensaje de Sakura Haruka“Umemiya ganó”. Las pandillas que se habían unido en el combate por defender lo que creen valioso estallaron en alegría. Seguía existiendo la sensación de inquietud, seguía estando la sombra sobre ellos, tal vez no era Noroshi lo que debían temer, sino lo que iba después. Pero en este momento se permitieron sonreír. Incluso Sakura se permitió sentir cómo se relajaban sus músculos. En la azotea del instituto Furin estaban solos Sakura y Umemiya. La batalla había sido voraz y brutal, no podían esperar menos de las leyendas de Furin. La sonrisa de Umemiya era sincera, aunque no llegaba a sus ojos. Había algo muy en el fondo que le resquemaba. La intuición de que algo más grande estaba por comenzar. Tal vez no tenía sentido preocuparse. Tal vez ahora solo importaba restaurar la ciudad. Sí. Pero Umemiya no estaba del todo tranquilo. No con el brillo en los ojos de Takiishi cuando le dio la idea de buscar alguien interesante, le daba la sensación de que tenía a alguien mente y no le daba un buen presentimiento.

***

La fiesta de agradecimiento ocurrió en la azotea de Furin. Ahora la ciudad estaba arreglada, como si nunca hubiera habido una especie de guerra de pandillas. Como si la violencia no tuviera cabida en esas calles nunca más. Umemiya lucía radiante, satisfecho con el trabajo que todos habían hecho y con los que ayudaron a Bofurin a proteger la ciudad. Todo se unieron por una razón. Sakura fue el pacto silencioso, el detonante de la causa y efecto. Fue quien se tragó el orgullo y pidió ayuda a sus aliados. No sabían que sería ahora de Endo y Takiishi. Había pasado un mes desde la pelea y Umemiya seguía teniendo una sensación que le oprimía el pecho, algo que le aseguraba que no todo estaba bien como él desearía. La barbacoa transcurrió entre risas y algún chisme. El caos de la alegría colectiva era reconfortante. Una dosis de familiaridad y compañerismo que Umemiya atesoraba. Su propósito era salvar a todos los que pudiera, tal como hicieron con él en el pasado. Los chicos de Shishitoren resultaba ruidosos llenando el lugar de vida mientras que Roppo-Ichiza resultaban una alegría más medida, en cualquier caso todos disfrutaban de ese momento juntos. Umemiya se permitió relajarse en ese momento, aunque por dentro sintiera la inquietud crecer.

***

La luz se filtraba en el taller mientras el sonido mecánico sonaba como una melodía de rutina y calma. — Arin, ya puedes tomarte un descanso. El chico lo hizo. Salió de debajo del coche que estaba arreglando, se limpió la grasa de las manos y sonrió al señor Namura, su jefe y el único en quién confiaba. Arin era un chico de ojos oscuros como el carbón y el pelo teñido de azul en una forma de rebeldía silenciosa. Le perseguía un pasado oscuro que no quería que regresara, y estaba seguro de que no lo haría. Se había ido lejos de Makochi con un propósito. Salió del taller y se apoyó en una pared cercana, sacando un cigarro para fumar. Era un mal hábito que nadie conseguía que dejara. Algo que le calmaba la ansiedad que a veces sentía por verse ajeno a un mundo que pretende ser armonioso. Arin amaba el taller, los coches y motos, la brisa que lo despeinaba cada mañana, incluso estudiar se estaba convirtiendo en algo no tan tedioso. Pero en el fondo él sabía que había un fuego en su interior, algo que había intentado apagar de mil maneras, que persistía a pesar de todo. Era consciente, no era tonto. Él era una bomba con los días contados para explotar. Una calada. Se negaba a explotar, si lo hacía sin remedio al menos lo retrasaría todo lo que pudiera. No quería regresar a esos momentos en los que la violencia era la única ley para él. No quería volver a ser considerado un monstruo. Otra calada. Inhalar, exhalar. No, esos tiempos no regresarían. No tenía sentido. Tiró la colilla al suelo pisándola con la tensión acumulada. Entró otra vez y se puso a seguir trabajando en el coche. Una tarea metódica era lo que necesitaba. No distracciones, no pensamientos sentimentales, no miedos absurdos. Solo necesitaba el olor de la gasolina, de los motores, de la grasa, el ruido de metal y herramientas. El mundo le daba igual mientras estuvieraen su propia burbuja. Mientras pudiera fingir ser alguien libre. — Ve a descansar. — Otra vez la voz de Namura, — Claro, pero si necesitas más ayuda avísame. El señor Namura le sonrió de manera amable, como un padre que ve a un hijo con orgullo. Arin no quería irse, pero sabía que solo era un aprendiz aún y que a Namura no le gustaba que se sobre esforzara. De todos modos se verían en casa, Namura era algo así como su tutor y era quien más lo conocía en este momento de su vida. Se limpió las manos y se cambió en un pequeño vestidor situado al lado de la almacén del taller. Se colocó su ropa casual, una camisa negra, la chaqueta de cuero y unos pantalones ajustados de un gris oscuro, sus botas y los guantes. Guardó su ropa de trabajo y salió colocándose el casco para montar en su moto. Le encantaba el viento golpeando contra su cuerpo mientras conducía. Era un momento perfecto, solo él, la velocidad y la carretera.

***

Llegó al bloque de apartamentos donde vivía junto a Namura. Ese señor era alguien muy tranquilo y ordenado, Arin deseaba que se le pegara algo de él porque se veía a sí mismo como un completo desastre. Subió en el ascensor y revisó el buzón, no esperaba ninguna carta, era solo por si había mensajería para el señor Namura. Pero se sorprendió al ver una carta con una caligrafía que reconocía levemente y que iba a su nombre. Se tensó. Solo una persona sería tan tétrico de contactarlo así. Con las cartas en la mano abrió la puerta y entró cerrando tras de él con llave. Pasó por el pasillo y vio las fotos de Namura con familiares, de Namura con el propio Arin cuando lo “adoptó”, Arin sintió que la carta con su nombre quemaba en sus manos. Dejó en la mesa del salón las cartas para Namura y se quedó con la que parecía una sentencia para sí mismo. Fue a su habitación con pasos de plomo. Todo parecía más tenso, más oscuro, como si esa carta fuera del mismo demonio, y es que tal vez era así para Arin. Cerro la puerta y se sentó en el borde de la cama y abrió la carta. Podría quemarla, romperla y olvidar el tema, pero sentía ansias de saber qué querían de él. La carta solo contenía una fecha, hora y lugar. Lo que más inquietó a Arin no fue eso, sino que iba firmada por su peor pesadilla:Takiishi Chika.

***

Era de madrugada, Arin se removía en la cama, su sueño lo encerraba en lo más profundo nublando sus sentidos. Aunque más que un sueño era una pesadilla. Podía ver la mirada ambarina de Takiishi. Podía incluso sentir el toque de sus manos como marcas invisibles sobre su piel y el sentimiento de traición cada vez que Takiishi miraba a Umemiya Hajime, porque incluso en sueños Arin era opacado por él. Escuchaba la risa de Endo y los insultos de su tío. Y eso fue suficiente para despertar con ojos atormentados, con el sudor perlando su frente y el corazón latiendo desbocado. Le costó unos segundos entender que solo era un sueño, pero... ¿Realmente era solo un sueño? Algo alimentado por recuerdos del pasado y sus miedos más viscerales no parecía solo un sueño. La carta seguía en su cajón y la fecha que esta sentenciaba se acercaba de forma peligrosa. Arin no estaba seguro de querer asistir. No quería. Pero una parte de él, la que alguna vez fue dependiente y obediente, le rogaba por acudir al llamado aunque supiera que era una trampa o una manera de arrastrarlo otra vez al abismo. Los días siguieron su curso. Todo estaba bien, el mundo seguía girando y eso debía ser suficiente, pero en el fondo Arin sentía que algo iba mal. No quería ser un monstruo, entonces... ¿Por qué los monstruos lo buscaban? Él no quería ser como Takiishi, noquería caer en sus garras otra vez, no quería perturbar la paz que tanto le había costado crear. Aunque fuera una ilusión. Aunque ni él mismo creyera que estaba a salvo. No era miedo, era saber que él mismo es alguien que Takiishi ve como una propiedad, como algo que es innegablemente suyo y que el propio Endo lo ve como una herramienta. Esos dos puntos de vista juntos eran un peligro, pero de cualquier manera Arin no estaba dispuesto a caer. No podía permitirse mirar al abismo otra vez porque sabía que si la oscuridad le devolvía la mirada no habría vuelta atrás. Tanto esfuerzo por mantenerse cuerdo no habría valido la pena si se dejaba arrastrar otra vez. No podía negar el efecto que causaba en él el simple hecho de saber que querían verlo. Podía escuchar la cuenta atrás.

***

Un golpe seco, otro y otro, en una danza violenta. Takiishi estaba molesto así que por supuesto que Endo se quedó observando cómo este golpeaba a pandilleros que tuvieron el descaro de pasar cerca de ellos. Endo sonreía de una manera maliciosa. Sabía el motivo del enfado de Takiishi. Arin no acudió a la cita. Bueno, Endo pensó que hubiera sido aburrido que obedeciera sin un poco de resistencia. No podía esperar menos de una leyenda que se fue sin decir “adiós”. Resultaba tan tierno para Endo la manera en que Arin trataba de mantenersealejado del caos, cuando este vive en su interior lo quiera o no. — Esto es tan inútil, no me llena. — Murmuró Takiishi observando con ojos vacíos la pila de hombres inconscientes. Endo se acercó unos pasos quedando a un metro de él. — Entonces te traeré algo que te llene. La promesa estaba cargada de una intención implícita, una sentencia de que Endo quemaría el mundo por darle a Takiishi lo que quiere, y si lo que quiere es a Arin, lo tendrá. Un ciclo de violencia no termina solo porque Arin haya huido o porque Umemiya haya vencido. Endo sabía cómo mover los hilos para que lo que él quería sucediera y lo que quería ahora era que Arin regresara. Porque Arin era el ancla, el canalizador del fuego de Takiishi. Y No importaba si se rompía, una herramienta está hecha para usarse y Endo no permitiría que eso se olvidara. Los ecos del pasado acechaban a Arin.
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