***
El tintineo del metal se apagó tras la puerta del despacho donde el señor Namura revisaba cuentas y facturas. Levantó la vista tras las gafas que usaba usualmente para leer. — Arin, siéntate. — Dijo con una sonrisa suave, entrañable como la que le dedicaría a un hijo. Arin avanzó unos pasos y se sentó en la silla frente al escritorio. La mirada oscura de Arin mostraba tormento, algo pesado en su interior de lo que no quería hablar y que le hacía buscar la presencia segura de su única figura “paterna” sólida. — Estás tenso. — No fue una pregunta, la voz de Namura salió cargada de comprensión. El silencio se instaló entre ambos mientras el hombre mayor volvía su atención a los documentos, esperando a que Arin hablara. Arin se pasó una mano por el cabello azul, un gesto cargado de nerviosismo que no podía ocultar a veces, se sentía tan débil, una parte de sí mismo, la más oscura, le repetía que era un cobarde y que su lugar era al lado de Takiishi Chika. Pero al mirar los ojos castaños de Namura mirándolo como si fueran familia, no podía abandonar lo que había logrado. Ya se había deshecho de la carta. No tenía sentido. Sin embargo, en el fondo sabía que que Takiishi no es de los que dejan las cosas a medias y que esa carta solo era el principio. Una sentencia mal disimulada. — Solo... Es que han sido días raros. — Dijo sin revelar demasiado. — ¿Son las clases? — No, las clases van bien, como siempre, estudiar a distancia fue una buena opción porque no me quita tanto tiempo uy podré graduarme este año sin problemas. — Tranquilizó de inmediato. — ¿Entonces qué es es? Suéltalo, te hará bien. — Namura dejó de lado su tarea de revisar los documentos y miró a Arin, no presionándolo, solo mostrándole que puede confiar en él. Arin se preguntó si serviría de algo decirle la verdad, hablarle de un pasado que cree ya superado. Otra vez la parte oscura de Arin ganó, decidiendo guardar silencio acerca de todo lo que atormenta, como si no verbalizarlo no lo hiciera real... O como sidejara una puerta abierta a las sombras. — He estado durmiendo mal, el cambio de tiempo siempre me sienta mal. Namura enarcó una ceja no creyéndolo en absoluto, sonrió negando con la cabeza. — Vuelve cuando quieras consejo, por ahora hay una moto que espera tus cuidados. Arin se sintió aliviado de que no insistiera en saber la verdad. Se levantó como quien deja atrás un trono pesado, una carga que pesa sobre sus hombros y lo condena. Tal vez si hubiera hablado... Tal vez tendría salvación.***
El fuego no se puede apagar cuando aún quedan cenizas candentes. Puedes intentar extinguir eso que te hace sentir vivo, pero no sobrevivir en una huida eterna que te hiela la piel. Y el problema del hielo es que se deshace a la temperatura adecuada. Endo Yamato estaba dispuesto a prender en llamas a Arin, así tuviera que rociarlo con gasolina y tirar una cerilla. Su corazón blando ardería hasta ser simples cenizas sin opción a resucitar. ¿Resurgir como el ave fénix? Esa suerte no sería para Arin, ese desertor. Si Takiishi quiere a Arin, lo tendrá. El viento se levantó, ahora el tiempo parecía enturbiarse, diferente a la mañana en que aún brillaba el sol. En este momento el sol comenzaba a esconderse y los pasos de Endo hacían eco en las adoquinadas calles, con el rostro impasible en contraste a la alegría de los transeúntes. Endo iba vestido elegante, esa elegancia sobria de quien sabe a por lo que va o que mantiene una apariencia calculada, casi parecía ser alguien formal El jersey se cuello alto tapaba sus tatuajes de torso, brazos y cuello. Los guantes de cuero tapaban losde las manos. Era un lobo disfrazado. Tenía una sonrisa ladina solo de imaginar su próximo paso. Y su mirada era calculadora, analítica. Esta ciudad estaba alejada de Makochi, pero no tanto, sin duda era un buen lugar para buscar una vida pacífica, qué pena que no pudiera permitir aquello. Arin debía aprender que hay situaciones que no se pueden evitar y citas que no se deben posponer a no ser que quiera ver el mundo, su mundo, hecho trizas.***
El movimiento rítmico de la llave inglesa era como música para Arin. Le relajaba la rutina, el olor a motor. Sí, tal vez era raro, un gusto adquirido para escapar mentalmente de todo aquello que lo atormentó alguna vez. Ya no captaba el olor de la sangre,solo el del aceite y resultaba reconfortante. Se estremecía solo de pensar en las veces en que disfrutó de golpear, de romper huesos, de ser cruel. Se obligaba a pensar que podía ser diferente a eso, que podía elegir la calma por encima del caos. Agachado frente la moto que estaba arreglando se sentía concentrado, anclado al presente y eso era lo único que necesitaba. El señor Namura hacía una hora que se había ido y los otros dos mecánicos que trabajan allí estaban ya en los vestidores del almacén preparándose para irse a casa, ya era hora. Sin embargo, Arin seguía enfocado en la moto. Su atención estaba puesta en los arreglos que debía hacer, había un problema en el motor y debía comprobar también los frenos. Cuando escuchó el eco de unos pasos acercándose no le tomó importancia, sería alguno de sus compañeros para despedirse. Durante unos segundos solo hubo silencio salvo por el ruido de los movimientos de Arin. El ruido de una risa seca, sin humor, heló la sangre de Arin. Siguió enfocado en el trabajo, no quería aceptar que quien estaba allí no era ningún aliado o compañero: era el mismo titiritero que recordaba tan bien. — Así que... En esto te has convertido, en un chico formal y dedicado a la mecánica. Esa voz que Arin desearía no reconocer pesó en el espacio entre ellos. No lo miró, epro supo que Endo se apoyó en la mesa de herramientas. — ¿A qué has venido? — La voz de Arin salió calmada, más de lo que realmente sentía por dentro, una calma fría calculada. Escuchó el tintineo de algo, Endo jugando con los tornillos entre sus dedos. — No te hagas el tonto. Está mal rechazar una invitación. — Dijo con mirada analítica. Arin seguía sin mirarlo, seguía fingiendo que podía esconderse en su trabajo, que la moto lo anclaba a la realidad y no a la pesadilla. — Pues rechacé, que tu dueño lo acepte. —La voz le sonó amarga. Endo soltó otra risa, más maniática. — Oh, pero Chika no acepta tu rechazo. Y yo tampoco. Arin se giró apenas para mirar por encima del hombro, estaba conteniendo rabia y ganas de partirle la cara a Endo. Pero no. Él ya no era ese tipo de persona. No quería serlo. — Pues deberá aceptarlo. Y tú también. A voz de Arin fue clara, concisa, dejando claro que no cedería. Endo admiró esa fortaleza, de verdad que sí, pero incluso la fortaleza más grande se puede romper y Arin no era la excepción, nunca lo sería. — Qué pena, yo que quería hacerlo fácil para ti. Pero hablemos de ti, te alejaste de nosotros, tu tío desde luego no te echa de menos. Arin se tensó. — ¿Y qué?— La voz le salió como un gruñido, su ira creciendo al mencionar a su única familia biológica. — Solo digo que sería una pena que ese señor... Namura, ¿cierto? Se enterara de tu pasado. Que el chico al que protege es un asesino, bueno, casi ¿verdad? — Endo soltó esto con voz melosa, casi como una caricia que hizo a Arin sentir náuseas. — No vuelvas a nombrarlo, no te acerques a él, no lo metas en esto. La sonrisa de Endo se ensanchó sabiendo que dio en el clavo. — Entonces acude a ver a Chika. Porque la próxima vez no seré tan amable de advertirte solo con palabras y... Sería una pena que este taller arda. Arin se incorporó totalmente, mirándolo frente a frente esta vez. Estaba furioso, quería quebrarle todos los huesos, pero no podía, no aquí, no con la amenaza implícita. Su mandíbula estaba en tensión y sus puños apretados. No quería darle la satisfacción a Endo de perder los estribos, pero estaba perdiendo. Endo sacó una tarjeta de visita de su chaqueta. — Ven a esta dirección mañana a las seis en punto de la tarde, no faltes querido. Arin arrancó la tarjeta de la mano de Endo con brusquedad y le dio la espalda para seguir con su trabajo aunque su mundo ahora se tambaleaba. Endo por su parte salió del taller como una sombra sigilosa, nadie supo que el mundo de Arin estaba siendo corrompido. Una vez solo, Arin soltó un grito frustrado. Mantener la compostura no era fácil si te presionan los fantasmas del pasado. Decidió no mencionar nada al señor Namura, aunque sabía que no podía mantenerlo al margen eternamente, y que el único modo de mantenerlo a salvo era hacer lo que sea que Takiishi quisiera ahora de él. Pero Arin no tenía idea de qué mierda quería Takiishi y era lo que más le inquietaba. En dos años no lo buscó. Su pregunta era “¿Por qué ahora?” Su mente estaba sumida en caos, en miedo visceral por no saber cómo proteger a lo que considera importante. A su mente regresaron recuerdos de su primer año de preparatoria. Golpes, lucha desenfrenada, su propia mirada desenfrenada. Sintió la bilis subir por su garganta. Tal vez nunca estuvo a salvo, tal vez nunca pudo huir de quien era realmente. Pero aún se negaba a ceder. No quería rendirse. Aún podía ser alguien mejor. Cerró el taller y fue hacia el callejón donde había aparcado por la mañana su moto. Sabía que la velocidad lo ayudaría a despejar la mente, no era lo correcto, no era lo más seguro. Sentía grilletes en sus muñecas, grilletes que aún no lo aprisionaban deltodo, que eran un recordatorio silencioso, pero si miraba no había nada. El eco de las palabras de Endo aún lo perseguían, demasiado reciente todo, demasiado fresco en su mente. Lo odiaba por recordarle a su tío, no necesitaba que nadie le recordara ese incidente. Prefería fingir que fue un incidente aislado. No quería entrar en detalles, pensar en la sangre, el ruido de huesos romperse y los gritos desesperados. No. No podía pensar en aquello. Tal vez no merecía ser libre ni tener una nueva oportunidad. Y ese pensamiento lo atormentaba, le desgarraba por dentro. Pero con el casco amortiguando sus sentidos, el viento golpeando su cuerpo y la velocidad sosteniéndole la mirada en un pulso brutal, no era capaz de sentir más que la adrenalina. Ese furor que perdió cuando se fue de Makochi parecía regresar en este momento y su mente combatía por su dualidad: la parte que quiere paz y la que ansía un caos desbocado. No sabía qué parte ganaría. O quizá sí lo sabía, porque en este pulso contra su destino, estaba solo.