Un episodio incluso
Bajo el cielo nublado y gris la primer nevada del año se anunció, los primeros copos se extendieron desde lo alto con ayuda del viento cual brisa, tanto la gloriosa capital imperial como los bosques tras sus murallas se cubrieron de un manto frio, la temperatura desendio a tal grado que todo animal, criatura, noble u plebeyo fue obligado a resguardarse para sobrevivir. Así el parámetro permaneció desolado, pero en las afueras, al pie de montaña se divisó entre los altos pinos una mujer que encarnaba el mismo invierno; de cabello albino y encrespado, piel pálida casi traslucida e inquietantes ojos azules, cargaba como vestidura un viejo y sucio ropaje negro que apenas cubrio sus pies y manos desnudas, entre las cuales acuno con desespero la empuñadura de un estilete. Pese al frio que le desgarro la piel, que nublo su vista y con el cuerpo tiritando, continuo por la ladera, avanzando sin dirección, mirando fijamente a la nada. No obstante, todo esfuerzo se irrumpió en cuanto un desgarrador relinchido retumbo en medio de la ventisca. ¡Hiii! De inmediato se detuvo, su cabeza giro en todas direcciones, para su desgracia apenas logro distinguir algunos troncos y copas en medio de la densa neblina. Con sus sentidos en alerta máxima contuvo el aire y dio un paso lento hacia atrás, el crujido de la escarcha fue casi imperceptible, asi se animó a dar otro paso, uno tras otro... hasta que una raíz oculta tras los montículos le atrapó. —"¡Agh!" Cayo de espaldas impotente, el arma resbaló de entre sus dedos y un fuerte gemido se le escapó antes de que pudiera contenerlo, consiente del error que delató su posición, tardíamente mordió sus descoloridos labios para enmendarse mas pronto el incesante golpeteo de los cascos se mezclo con el retumbar de su inquietante corazón. Por instinto, rebuscó a toda prisa, rasco y rasco, debajo de las recientes capas de hielo, ramas, rocas y tierra, hasta tomar de regreso la cuchilla enterrada. Después, como pudo levantó su cuerpo ya entumecido y clamó en silencio. Solo para que quien estuviese al asecho no fuese capaz de encontrarla. Pero, cuando mas creia que sus plegarias habrian tenido efecto se presentó partiendo la bruma en dos y esta vez no era una de sus alucinaciones. Él jinete montado sobre el descomunal corcel plateado, aquel joven de cabellos cenizo y ojos celeste no era otro que… —"Ciel"—murmuro sin aire. El nudo que se le formo en el estómago le dolía, todo su ser pidio a gritos que huyera, pero sus piernas se clavaron en el suelo. Era tan extraño, el odio de aquel hombre, la forma en la que se enceguecian sus pupilas y la forma en la que azotaba las riendas como si fuesen latigos ignorando las marcas rojizas en la piel dura del animal. Solo podría existir una persona en todo el dominio con tales características y sin embargo no era él. Por ello, incluso si fue tarde no quiso enfrentarlo. Dio la vuelta y corrió casi arrastrándose. Ante el patético intento se azotaron violentamente las riendas. —"¡Eira!"— el nombre rechino entre dientes. El caballo gimió de dolor mas ni ninguno tuvo la intención de detenerse, aunque fue claro quien tenia ventaja. En un instante el caballo se encontraba frente a ella encabritado sobre sus patas traseras. Eira actuó por instinto, apenas pudo frenar sin caerse uso ambos brazos se cubrió la cabeza al sentir las pezuñas tan cerca del rostro, pero tal golpe nunca llegó, en su lugar Ciel bajó de su asiento y sin perder un solo segundo en explicacion la tomo del brazo arrastrándola sin piedad. El agarré era tan brutal que por un momento Eira realmente creyó que su hueso se partiría en dos. Ese solo era el primer aviso de su sentencia, de lo que le esperaba si volvia con él y fue tanto la claridad del hecho que sin pensar contraataco. El delgado filo fue lanzado hacia adelante, la carne se abrió de un tajo bajo la presión del metal y un hilo caliente brotó desde el rabillo del ojo al pómulo. Ciel se tambaleo hacia atrás. Confundido, frunció el ceño ante el tardío ardor punzante y llevándose la misma mano al rostro con la cual la hace instantes la aprisionaba se empapó los dedos, bajo la cabeza y lo vio, sangre. Sus puños apretaron lentamente en respuesta ante la vaina vacia en su cintura. Tuvo que reconocer su imprudencia, pero no pudo darse el lujo de retroceder y menos cuando ya la veia marcharse. Sin otra opción miro a la mujer que aun en guardia apuntándole y pregunto con calma antinatural: —"¿A donde vas?" —"…" —"Responde ¿Qué estas haciendo?" —"..." No habló, los pobres intentos de Ciel por mantenerla en su lugar fracasaron drásticamente. —"¿Por qué?"—insistió. Nuevamente hubo silencio. Esperó mas, a medida que pasaba el tiempo y la distancia entre Eira y él se hacia mas evidente perdió por completo los estribos. —"¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?!" Dejo de lado la cautela, el miedo u las consecuencias, hasta que la rabia se diluyo en tristeza, y cual hombre asfixiado cuestiono una última vez: —"¿Por qué… Dalia?" Solo asi Eira se detuvo, la cuchilla temblo visiblemente en sus manos, esta vez no era por el frio. «Dalia…Dalia…» Aquel nombre atravesó su cabeza como una maldición, todo a su alrededor se desmorono, ahi volvio entonces a aquel lugar, aquella celda donde la luz apenas podia filtrarse tras las grietas de la opresiva pared de hormigón. Vacío, ni siquiera un hueco o cadenas en la pareded, nada más que polvo, piedra y el confortante olor de la comida insípida que hacia ya rato desapareció, solo quedaba el sonido; pasos y voces lejanas, el soplido del viento, el trinido de un pájaro, el choque de las ramas, el barbullo de un rio... Todos los dias eran absolutamente iguales y aquella noche no era diferente, pero en lugar del estruendoso choque metálico de la armadura, el pasillo fue cubierto por el frágil e inconfundible eco de un tacón. No podia dormir, su sentido del tiempo estaba echo trizas, pero actuo con cautela, a tientas Eira se arrastró sigilosamente hacia los barrotes y observó como una pequeña sombra acompañada de un cálido fulgor se posó detrás de la pesada puerta de hierro y tras unos segundos llenos de intriga, la entrada se abrió. ¡Chiiik! La habitación se alumbro con un destello flameante y su atención se clavo de inmediato en el intruso, una la fragil mujer que sujetaba firmemente el asa de un farol. Su apariencia demasiado vistosa, cualquiera pensaria que se perdió antes de llegar al baile; el vestido rosa para la gala tan pálido como si estuviese hilado a partir de pétalos contrasto directamente con sus ojos verde azulado, su cabello apenas recogido en una corona sencilla del mismo tono rosado, caía sobre su espalda lacio y suave cual tallo, como último detalle era embellecida con un par de pendientes dorados en forma de la flor que le daba nombre. Pese a la inofensiva apariencia, un escalofrió le recorrió la espalda.—"¿Dalia?"—pregunto Eira en shock. No existía manera, ella no podía estar ahí. La habia visto morir, ahogarse en sangre bajo sus pies. La puerta se cerró de golpe. Dalia, ignorante del caos, se acerco sin miedo alguno. Una vez se encontro frente a frente, no dudo en arrodillarse a su altura sobre el suelo mugriento, puso la linterna de cobre a un lado, en secuencia saco una llave de su bolsillo, su mano traspasó las rejillas para tomar tímidamente la mano de Eira, donde deposito la misma sobre su palma. Seguido, le cerró el puño, obligándole a aceptarla: —"Por favor úsala." —"..." Pese a no obtener respuesta, dio por terminado su objetivo. Recogió la lámpara y se levantó dispuesta a irse. Antes de siquiera dar un paso, Eira se colgó de su muñeca, el tintineo de la llave cayendo al piso resonó en un fuerte eco pero no fue eso lo que sorprendio a Dalia si no la pregunta que vino después:—"¿Qué es esto?" Inhalo profundamente. Enseguida, dejo la linterna y volvió a hincarse. —"Es la llave de tu celda"—explicó. —"¿La llave? ¿Por qué?" —"Te perdono…" Expresó sincera mas no conto que su bondad, no alcanzaría el ya mallugado corazón de Eira. —"¿Tu... perdonarme? ¡Tiene que ser una puta broma!" Independiente del insulto, Dalia se mantuvo serena:—"Se que tu no me perdonaras aunque te lo diga, pero yo si te perdono." ¿Era ingenua o estúpida? La línea era delgada, tanto que solo pudo burlase. —"¡Ja! ¡ja! ¡ja!" La risa no seso incluso cuando se fue quedando sin aliento y el carcajeo forzado se trastorno hasta fundirse en un quejido casi inhumano como los gimoteos de un criatura herida. Dalia trato de apartase, su corazón temblo no solo por la incomodidad, habia otro tipo de advertencia para su desgracia tarde cayo en cuenta, Eira en ningún momento la había soltado. Solo permanecio ahi, encogida sobre si misma con los rulos cubriendole el rostro, agarrandose el estómago por el dolor, pero ni tras el forcejeo consiguio safarse. —"Eir-"—el llamado permanecio incompleto, las torpes palabras de Dalia se las trago un silencio escabroso y repentino. La respiración de Eira se corto de golpe, su cabeza se hundió más, no fue casualidad, solo asi se sentia lo suficientemente segura como para quee Dalia no pudiese percatarse de hacia donde estaba mirando, muy de reojo en la esquina sombria el frio acero se asomó. Estaba a tan solo unos centímetros. Una gota de sudor resbaló por su frente, sus uñas se clavaron sobre la piel tersa, pero no se atrevió a usarla, antes de ello, en un arranque de lucidez, levanto la vista y se encontró a Dalia genuinamente atemorizada, de cierta forma confirmando el papel no habia elegido en su historia. La hipocresía no le paso por alto. Ella era la mala, mientras Dalia estaba del otro lado, libre, luciendo joyas y un vestido hecho a medida, lujo imposible para una simple sirvienta. No hubo mas duda. Reunió todas su fuerzas y de un solo movimiento la estampó contra barrotes. ¡Pum! Se escucho fuerte un estallido. —"¡Suéltame!" El forcejeó entre ambas hizo caer la lámpara. El cristal se rompió y la cera tintineo un poco antes de apagarse. —"¿Qué es lo que tratas de hacer? ¡¿Eh?! ¡¿Qué mierda?!"— los labios de Eira se torcieron en una macabra sonrisa, estiro el brazo y en cuanto sus dedos alcanzaron el mango inmediatamente levanto la daga apuntandole directo al pecho. De vuelta en el presente, confesó sin una pizca de remordimiento:—"Ella… me arrebato todo." —"¿Arrebatarte?"— las pupilas de Ciel se contrajeron—"¡Ella jamás te quito algo!" —"¡Ella es la única culpable! ¡Yo soy quien debería de ser la emperatriz!" —repitió, en un intento de convencerle y autoconverse:—"¡Soy yo!" El dolor era su pecho era tan insoportable que se quebró, las lagrimas comenzaron a desbordarse, frias y cristalizadas como la escarcha misma. Fue en ese instante en el que corazón de Ciel se encogió ante la visión lastimera del monstruo que lloraba como una niña, no obstante aquel sentimentalismo era infimo en comparación. —¡Detente! Eira quizo renegar, gritarle en la cara, pero en aquel joven vio algo mas que un príncipe cegado de odio, parecia perdido su mirada hueca, las ojeras profundas en sus ojos, la nieve se acumulaba sobre sus hombros traspasando las prendas demasiado ligeras, aunque aun no temblaba muy pronto lo haria. Sin darse cuenta ya habia bajado la guardia y en consecuencia Ciel avanzo directamente a ella. —"¡Aléjate!"— apuntó desesperada, pero sus advertencias no tuvieron el mismo efecto.—"¡He dicho que te alejes! ¡Si te acercas...!" Antes de que pudiese terminar Ciel se detuvo a una distancia segura, pero lo suficientemente cerca como para ver su aliento. Extendio una mano y lanzo una propuesta que no pudo ignorar. —"Vete... Dame la daga y vete." —"¿Qué?" Ni siquiera estaba segura de si lo que escucho fue real. —"Anda. Toma mi caballo." Entre la incredulidad y la sospecha, Eira se aferró al empuñadura. Miro la mano de Ciel flotando en el aire, la propuesta a cualquier le resultaria absurda, un claro engaño, pero no pudo leer sus intenciones, su rostro era indiferente y tan sereno que la hizo dudar hasta reconsiderarlo. Siendo claros, Eira era muy conciente de que no sobreviviria asi, sin rumbo, sin refugio, sin comida o abrigo, aunque sus posibilidades tampoco aumentarian tanto al menos... Fue entonces que la esperanza de libertad actuo sobre ella, el puñal no tardo en extenderse, sin esperar que este simple gesto terminara de sellar su destino. Con la daga en su posesión, Ciel, en un abrir y cerrar de ojos, evaporo la distancia entre ellos. El delicado cuerpo chocó contra el acero. Un grito silencioso le fue arrancado de los pulmones. Aturdida por el calor emanado de su interior solo pudo mirar el carmin goteando entre ellos, lentamente hasta profanar la impoluta capa de nieve. El tiempo se detuvo, carecio de sentido, Eira no sentia dolor o miedo, su corazón palpitaba a un ritmo lento, pero entonces, Ciel le trajo de nuevo a la realidad, retiro la aguja de su estómago y su cuerpo sedio al fin precipitandose hacia el suelo. El sonido del golpe fue sordo, la visión de Eira rápidamente fue distorsionandose, jadeo un par de veces hasta dar el último suspiro y desvanecerse en la obscuridad. No obstante, en un parpadeo, todo el escenario se desmorono y en su lugar una extraña yacía tendida sobre el asfalto, completamente inconsciente y llena de heridas. Sus pocas pertenencias, esparcidas por la carretera solitaria, entre ellas un teléfono con la pantalla rota mostró la imagen de Eira muerta tras ventana la opción:[¿Deseas salvar la partida?]
[Si/No]