La doncella de las flores

Het
NC-17
En progreso
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Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Midi, escritos 9 páginas, 4.324 palabras, 2 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Permitido mencionando al autor/traductor con un enlace a la publicación original
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Capítulo 1

Ajustes

Viajero.

“Príncipes, Magia y Romance”

Enamora a cada uno de nuestros protagonistas y vive el sueño de convertirte en la heroína.

¡Aventúrate en un viaje lleno de amor y fantasía!

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La doncella de las flores es una Novela Visual del género Otome, desarrollada por un equipo indie. Pese a solo tener una demo, la recepción del público fue tan positiva que pronto se volvio bastante popular en el nicho. Quiza fue el diseño de los personajes, sus mecanicas recayeron en lo mas básico; diálogo, toma desiciones, regalos u eventos, atributos. Un sistema estrictamente echo para subir el nivel de afecto y reputación. Anudado a esto su premisa tampoco era excepcional, la protagonista es Dalia una plebeya huérfana quien, tras mudarse a la capital por mera "suerte" entra al palacio imperial como criada. Es allí donde su destino se entrelaza con el de los tres intereses masculinos; el príncipe heredero, el segundo príncipe y un joven marqués y hechicero. Si bien nada de esto podria haberla destacado sobre un estreno generico de temporada hubo una detalle que realmente le hizo brillar; el conflicto. Toda narrativa requiere uno, ya sea circunstancial, o opositorio representado por el villano u antagonista, hubo quienes señalarian sobre los demás a Eira de Aspen villana principal y en opinión de muchos quién cargaba con el destino mas fatídico de todos. Sin importar la ruta no habria cambios, nada alteria lo establecido. Sus acciones no podrian enmendarse ni mucho menos justificar bajo la premisa de un pasado cruel o una mente incomprendida. Siendo honestos poco podria importame, para empezar ni siquiera era fanática del juego, pero ahora aunque quisisese ignorarlo ya no podia y la razón es realmente complicada... ¡Toc! ¡Toc! Bastaron unos golpes para sacarme del ensimismo, encontrándome en esa habitación opulenta, rodeada de tapices floreados y molduras de oro en la pared, sentada sobre un sofá forrado en terciopelo rojo. —"Mi señorita, el baño esta listo"— el anuncio tan casual me llego desde el otro lado de la puerta, al fondo de la alcoba. No me movi ni un centímetro, aferrada a puños sobre la fina bata de seda que se pegaba al cuerpo, cerré ambos ojos e inhalé profundamente. Fue solo cuestión de segundos en los que sin respuesta la puerta se abrió con crujido. El rostro que solo debia existir a través de una pantalla se asomó. —"¿Se encuentra bien?"— pregunto ladeando la cabeza, mirandome con esas lunas de color miel, sus mechones castaños se agitaron bajo la confia. —"Si, Marian"— contesté, levantandome con aparente indiferencia. Muy poco convencida, esta torció sus labios y replicó:—"El agua esta caliente" Di un breve asentimiento antes de adentrarme al ridículo y espacioso sanitario en el que apenas lucia la letrina, un tocador, y la tina en medio. Se hubiera visto aun mas vacío de no ser por todas las criadas que habia alrededor. No tuve que levantar un dedo y las demas tampoco necesitaron una orden directa, sus movimientos eran ensallados, demasiado expertos e impersonales incluso cuando me arrebataron el camison dejandome al desnudo. Tan pronto me hundi en la bañera y el agua llego a los hombros el vapor no tardo en golpearme la nariz, el olor a rosas, jazmines y aceites perfumados por un momento resulto demasiado empalagoso. Sin oponer resistencia, bajo el toque profesional del que solo fingia acostumbrarme los paños humedos y se pasearon por toda la piel. No hubo respiro, apenas terminaron, me secaron de pies a cabeza y trajeron una gran variedad de vestidos; algunos enteramente de seda, otros llenos de brocados, vuelo y encaje, para rematar unos cuantos mas se adornaron de joyas incrustadas por todo el pecho. Cada uno con su respectivo juego de tacones y accesorios. Inclinándome a lo mas sencillo, opté por un vestido de algodón, liso de un verde obscuro, unos tacones bajos color crema y un par de aretes de esmeralda. Ajustada la ropa, continuo la tortura con el peinado y maquillaje. Hice mi mejor esfuerzo por mantenerme al margen pero, a este punto y conciente del infructuoso esfuerzo apenas pude tragarme la mueca y el soplido frustrado. —"No se preocupe, mi señorita"— aseguró Marian al notar mi estado. —"Ya casi acabamos." —"Claro…" Aplicaron unas cuantas capas de rubor antes de sellar el maquillaje, se ajusto una última vez el corsé, y tal como prometió Marian el trabajo fue oficialmente concluido. Orgullosas las jovenes doncellas me condujeron al espejo, todavía tenia las piernas entumecidas despues de pasar tanto tiempo en la silla, mas a regañadientes me las arregle para continuar hasta dar de frente con el cristal. Me tome un momento antes de levantar la vista de los zapatos, justo entonces frente a mi aparecieron esos ojos azules, tan profundos como dos zafiros, una expresión naturalmente fría con el ceño ligeramente fruncido, la piel pálida y lechosa, el cabello albino y rizado... Pese a que el atuendo era sencillo nadie podia negar que Eira era hermosa tanto que desde el reflejo pude ver a algunas criadas contener el aliento, admirando una especie de obra maestra. Pero para mi, quien apenas podia sostener su mirada, un fuerte nudo se me formo en la garganta, mi corazón se aplastó y las uñas se clavaron con tanta fuerza sobre las palmas que por poco las sentia sangrar. El pecho subia y bajaba, aunque abri la boca para tragar aire solo consegui asfixiarme. —"¡Vamos señorita sonría!"— incitó una de las sirvientas al observar mi aparente negativa. Mis pupilas temblaron, me aferre al dobladillo y sin querer arruinar el animo, forcé una sonrisa y les felicité: —"Buen trabajo." Por obvias razones, tanta planificación tenia un propósito. Una vez llegó la hora, las demas se abrieron paso a excepción de Marian, la doncella a cargo, quien como ya era costumbre me acompañó fuera. Siguiendo las normas de cualquier palacio, todos los pasillos eran inmensos, elegantes arcos enmarcaron los ventanales cuadriculados y el corredor al aire, sobre nuestras cabezas colgaron gigantescos candeleros llenos de cristales traslucidos que rebotaban la luz en todas direcciones, sus paredes se revestian de diversos paisajes al oleo o con los retratos de algun aristocrata, en sus muebles pulidos reposaron jarrones, pequeñas esculturas u candeleros de plata, laton o en su mejor momento de oro y jade, por último el piso marmoleado se encontraba cubierto por una tersa alfombra roja que a mi parecer no tenia fin. Marian se establecio siempre a dos pasos tras de mi como una sombra. Por donde pasaramos el personal se detuvo, hubo breves inclinaciones y saludos cordiales antes de que todos prosiguieran con sus labores, nadie se atrevio a mirarme directamente o a esperar respuesta ni siquiera los guardias aunque dudaba mucho que pudiesen ver algo con esos cascos puntiagudos en la cabeza. A continuación, el pesado porton fue abierto, traspasamos el umbral y el jardín se desplegó ante nosotros. Todo era magnificencia, los robles perfectamente dispuestos en hileras alzaron sus copas llenos de hojas puntiagudas que se desteñian en sus picos con tonos amarillos u carmin, ni una raiz se atrevio a alterar el sendero de piedra. Tras un corto instante de duda, me arme de valor y bajé el escalonado. —"Mi señorita…" No obstante, la voz de Marian a mis espaldas irrumpió el camino. —"Le aseguro que vendrá hoy"— habló con un tono cálido como si quisiese animarme. —"Eso espero"—. Respondí a secas y continué por el sendero empedrado. No mucho después, llegue a mi destino: un elegante pabellón de piedra pulida en medio del panorama. Al entrar, fui recibida con una reverencia por un grupo de sirvientes. Sin interés, ocupe uno de los dos asientos en la mesa ya preparada. Aunque yo ya tenía hambre, observé la charola llena de galletas y pasteles recién horneados. El olor era tentador, pero todavía faltaba un invitado. «Uno, dos, tres…» Me dispuse a contar y luego de quince minutos, tal como el resto de mis días desde que llegué aquí, mi “prometido” no se apareció. Ya sin paciencia con una mano sobre la mejilla y el codo sobre la mesa levanté la campanilla. Tras el tintineo, los incómodos empleados comenzaron a servir los platillos y el té, y tan pronto terminaron les pedí a todos incluida la doncella:—"Retírense." No hubo queja. Ya sola, contemplé la silla vacía frente a mi y, mientras bebía un sorbo de té recline sobre mi asiento y suspiré de alivio. Ha pasado un mes completo desde que llegué a este mundo bajo la piel de Eira. En resumen, conseguí adaptarme mejor de lo que yo misma hubiese esperado, los modales, la actitud, nadie mostro un signo de sospecha, anunado a ello, por el momento la suerte actuo en mi favor y no me había topado con ninguno de los protagonistas, ni siquiera con el que tenía más probabilidades. Quiza el único contacto que obtuve fue un mozo de cuarta, que siempre se acercaba después del almuerzo para darme la misma excusa:—"E-el príncipe está ocupado." —"Si, muy ocupado"— murmure en tono irónico. Lo que en verdad me me permitio sobrevivir aqui fue eso, el aislamiento no importaba si la historia seguia su curso bajo un rumbo cruel, muy en interior esperaba que todo esto pudiera mantenerse asi, cuanto menos el tiempo suficiente como para encontrar una manera de volver a casa. Deje la delicada taza sobre el plato de porcelana. Mire los pétalos rojizos y arrugados flotando sobre el ámbar, sin expresión. Me lleve unos cuantos bocados mas y concluí. Como aún era temprano pasé por la biblioteca, con un solo propósito: respuestas. Una hazaña que parecía casi imposible, dentro de esas laberínticas y gigantes estanterías que recubrian todas y cada una de las paredes, no habia ventanas, solo una copula de cristal que permitia cierta iluminación en los pasajes. Luego de ojear algunos títulos, seleccione los mas prometedores y me los llevé a la recámara, donde pude leerlos con calma… o esa era la intención. —"¡Mierda!"— grité furiosa arrojando uno de los tomos al piso. Me levanté de la silla de golpe, apretando los dientes, caminé de un lado a otro con ambas manos sobre la cabeza. Esos malditos libros no tenían más que disparates, cuentos sobre criaturas místicas, sin embargo nada de lo que necesitaba estaba ahí. «¡A este paso jamás voy a salir de aquí!» Di un fuerte pisotón y finalmente, me contuve. Sintiendo todo el peso del mundo sobre mi, fui hasta el sillón y me dejé caer de cara con profunda impotencia. —"Aun tengo tiempo"— me repetí, mi voz amortiguada poco me sirvio de autoayuda. «Haa… demos un paseo» Quizás asi podría despejarme. Nuevamente fuera y me dedique a deambular por los corredores, evitando constantemente las miradas y la vigila hasta que pude ver un prado solitario a lo lejos. El campo estaba vacio, el atardecer llegaba a su fin. Ya tenia que volver. Me dolían los pies, pero lejos de ponerme en marcha apoyé la cabeza contra uno de los pilares, decidida a contemplar el ocaso. El sol se despidió paulatinamente en el horizonte, desapareciendo detrás del imponente muro del palacio. El herbaje y los pequeños capullos bailaron con el aullido del viento. El azul se cubrió de rojo y violeta, revelando el telón estrellado. Aquel sereno y colorido escenario por un breve momento fue capaz de confortar mi ansioso corazón. No obstante, poco duro la paz cuando de entre la maleza un sirviente se escabulló, corro hasta esconderse detrás de una columna, casi de inmediato una fugaz luz rojiza le envolvió. Su cabello que hasta hace pocos segundos era de un cafe pardo paso a una melena rubia ceniza y el iris gris al inconfundible celeste, símbolo de la familia imperial. «No puede ser ¿El es…?» Di un paso atrás. —"¿Ciel?"— lo escupi sin darme cuenta. —"..." El silencio que le siguió fue casi sepulcral. En medio del corredor, el joven príncipe tenso el cuello, giro lentamente la cabeza, mirandome los ojos bien abiertos, como si me hubiese materializado frente a el. —"¿Lady… Aspen? ¿Cómo es que...?" Antes de que pudiese terminar le interrumpí—:"¡Lo siento!" Yo no tenia por que haber visto eso, para empezar yo no tenia que estar aqui. Antes de que pudiese pedirme explicaciones giré en dirección contraria y comencé a caminar lo más rápido que pude. «¡Carajo!»
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