⊹₊˚Febrero del 2016 ˚₊⊹
23 de febrero de 2026, 17:15
Ingresé a la correccional de menores de Tres Ríos la segunda semana de febrero del 2016.
¡Si no hubiera sido por esa maldita consola de mierda! No era tan buena de todas formas.
Me dictaron 2 semanas por “robo agravado”, todo por tirar al fuego a los otros dos coautores del ataque al cajero automático; seré un traicionero, pero no soy estúpido. Estoy seguro de que ambos me odian, pero cumplirán una condena tan larga que se les olvidará quién los entregó en primer lugar.
Llegué pasadas las seis de la mañana al reformatorio. Me recibió una psicopedagoga en la entrada que me llevó hasta la “celda” donde me quedaría por esas dos semanas.
La celda era un espacio de 4x4m con un baño completo, dos literas y un escritorio. Había una ventana pequeña que daba hasta los jardines y, durante la primera media hora, creí que iba a estar solo.
Entonces llegó la psicopedagoga con otro parásito de la mano.
—Joseph, ésta va a ser tu celda, y los dos van a ser compañeros. ¿Entendido? Él es algo tímido, tendrás que darle tiempo.
Era un niño de no más de 13, con una camiseta holgada y pantalones de mezclilla rotos. Pelirrojo, bajito y muy delgado.
Fui algo antipático con él los dos primeros días, porque ni siquiera le dirigí la palabra. Fue hasta el tercer día que, seguramente por pura curiosidad y aburrimiento, decidió acercarse y averiguar si yo era mudo o algo.
Había terminado el turno de ducharse, yo había entrado primero a la celda y me estaba cepillando el cabello con un fijador que traía entre mis pertenencias.
—¿Por qué haces eso?
—¿Te importa?
—Sólo pregunto. No entiendo esas modas.
—No es una moda, ¿de qué estás hablando?
—¿Ah, no? Estoy casi seguro de haber visto en más de una ocasión a gente rizada alisando sólo su flequillo.
Exhalé con fuerza, y, sin mucho alboroto, le contesté.
—No me gustan mis rizos, ya está.
Joseph se encogió de hombros.
—No están mal, creo que se te ven bien.
Ignoré la respuesta, esperando a que se alejara. Joseph se sentó en su litera y sin dejar pasar un par de minutos, habló de nuevo.
—¿Por qué estás aquí? Te vi en el instituto la semana de inducción; no parecías alguien que terminaría encontrando en la prisión juvenil.
—¿Qué parezco?
Joseph se mordió el labio. Pasó un minuto.
—Te hice una pregunta, animal.
—Un ño-
Me le fui encima tomándolo del cuello de la camisa. Joseph explotó en carcajadas y yo lo solté de la impresión.
—¿¡Qué es tan gracioso!?
—¡Nada! ¡Nada! Me acordé de una película que me gusta mucho, el niño de la película se vestía igual que tú, pero era un completo malnacido.
» Aunque bueno, el de la película era pelirrojo como yo, pero sí se vestía como un nerd, cosa rara porque no lo era y seg—
Le tapé la boca colocándole los dedos sobre los labios.
—Manipulé un cajero automático y lavé el dinero con criptomonedas. Por eso estoy aquí. Me dieron dos semanas porque no lo hice solo, no pudieron rastrear las transacciones en efectivo.
Joseph se quedó callado observando mientras yo le confesaba lo que había hecho. Sentía la obligación de ser sincero para ese punto, no me había molestado los dos días anteriores, sólo aceptando cómo lo ignoraba. Eso me hizo pensar que no era la primera vez que alguien le había recetado ese tratamiento.
Después de una explicación a medias él sonrió y respondió cuando yo ya me había dado la vuelta.
—Eso es cool, es decir, sigue siendo algo que un nerd haría, pero está genial. ¿Cómo te descubrieron?
—Mis padres me delataron por la consola.
—¿La compraste nueva?
—No, de segunda. Pero ellos no sabían de dónde había sacado yo el dinero.
—Bueno, no debe ser la primera vez si pudieron atar cabos con una consola de segunda y un cajero automático vacío.
—¿Tú qué hiciste?
—Le disloque la quijada al hijo de un profesor.
—¿Por qué?
—Me caía mal porque no me dejó entrar al equipo de fútbol del aula; además, me arruinó una tarea que luego me descontaron. La tiró a un inodoro. Por su culpa tuve que ir a la convocatoria a inicios de este año y prácticamente no tuve vacaciones.
No pude evitar reírme e imaginar la escena.
—¿En qué grupo estás?
—El 7-1. ¿Y tú?
—En el 8-5.
—¿Y cómo te llamas?
—Samuel... O sólo “Sam”, ese es preferible. ¿Y tú eres Joseph?
—Sí, Joseph Müller.
—¿Mueller? ¿Eres extranjero?
—Mi papá lo es. Yo nací aquí.
Vi a Joseph levantarse y extenderme la mano.
—Sam, ¿quieres que seamos amigos?
Observé la mano un instante. Con dedos cortos pero delgados; tenía una mano ligera, como de carterista.
—Como sea...
En la correccional no había mucho que hacer. Había actividades durante la mañana, usualmente actividad física y limpieza, luego venía el almuerzo y en la tarde había ratos para “estudiar” en donde nadie realmente hacía nada.
Durante esas tardes, aprovechaba para leer manga mientras podía. A Joseph le llamó la atención y uno de esos días se me acercó.
—¿Te gusta leer manga?
Asentí sin dirigir la mirada.
—¿Y te gusta el anime también? A mí me gustan los de terror.
—¿Te importa? Estoy leyendo.
—¿Qué lees?
—Ghost in the Shell.
—¿De qué trata?
—Ciencia ficción. Androides, esas cosas.
—¿Puedo leer contigo?
—Después te lo presto.
Joseph intentaba meter la cabeza entre mis brazos para leer también, hasta que chocamos frente con frente.
—¿¡Qué no te acabo de decir que no hagas eso!?
—Es que quiero—
—¡Solo toma otro de mi maleta! ¡Ni siquiera voy por el primero!
—¡Quiero leer contigo!
—Vete a la mierda, sólo quieres distraerme porque estás aburrido.
—Eres bueno para adivinar.
Cerré el manga y se lo entregué, le echó una ojeada y me lo devolvió rápidamente.
—Ten, te lo devuelvo.
—¿Eso era todo?
—¡Yo no lo entiendo y tú no quieres leerlo conmigo!
—¿Por qué querría? ¡Me gusta leer solo! Además, no lo vas a entender si no los lees en orden, zopenco.
—No voy a leerlos desde el principio, es mucho trabajo. ¿Por qué no me cuentas la historia?
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Joseph y yo nos hicimos más cercanos con el pasar de los días, habíamos intercambiado ideas, gustos y contado algunas cosas respecto a nuestras vidas. Joseph me había mencionado que vivía con su papá y que tenía varios años de no saber nada de su madre, que era común que lo suspendieran y que incluso ya había sido expulsado en una ocasión.
—¿Qué dice tu papá de eso?, ¿que acaso no le molesta?
—No se lo toma muy en serio, dice que él se portaba peor cuando tenía mi edad; y, francamente, creo que tiene cosas más importantes por las cuales preocuparse.
No pude evitar observar varias cicatrices en los brazos de Joseph, que había ocultado con avidez los primeros días, cuando había estado usando manga larga.
—¿Qué tienes en los brazos?
—Son quemaduras.
—¿De qué? ¿Cómo te las hiciste?
—Es... es una larga historia. Mi piel es sensible; pero ya se está curando.
—Claro, cualquier piel es sensible al fuego. Es obvio. ¿Cómo te hiciste esas quemaduras? —insistí.
—¿Prometes no decirle a nadie?
Asentí.
Joseph volvió a ver hacia la puerta de la celda, asegurándose de que nadie estaba pasando cerca de los barrotes. Cuando lo confirmó, se quitó la camiseta, mostrando más cicatrices. Algunas estaban prontas a desaparecer, otras parecían más frescas.
—¿Qué carajo...?
Por supuesto que cuando Joseph me explicó lo que era un demonio de segundo orden no se lo creí.
—¿¡Me estás diciendo que puedes simplemente salir de aquí sin dejar ningún rastro o hacer un completo desastre y la gente nunca lo va a averiguar!?
—Algo así. No es tan fácil como lo planteas, pero puedo intentarlo.
—Huh, qué conveniente. ¿Por qué no te vas entonces?
—Por dos razones. Primero, no tengo a dónde ir, porque si voy a casa mi papá se va a poner furioso; y segundo, porque no quiero dejarte solo. Me caes bien y ahora somos amigos.
—Ah, qué tontería. ¡Imagina la clase de cosas que puedes hacer! ¿Puedes volar o levitar?
—Puedo volar... No así, claro...
—¿Bromeas? ¿Puedes cambiar de forma también?
—Depende, ¿qué forma?
—¿Cómo otra persona?
—No, eso sólo lo hacen los skinwalkers. Yo no soy uno de esos, yo soy un íncubo.
No pude evitar soltar una carcajada.
—No me digas que eres como esos demonios en los mangas de hen...
Joseph se quedó quieto, viéndome fijamente.
—No me digas que...
—No exactamente —se encogió de hombros con una sonrisa a medias—, no diría que es un estereotipo, pero no funciona así. Los íncubos y súcubos son en realidad vampiros, se alimentan de muchos tipos de energía, no sólo de... Ya sabes. La gran mayoría de los espectros bajo astrales lo son, de hecho, la diferencia es que algunos se alimentan de cosas en específico, como el miedo, la ira o la lujuria, yo soy más un carroñero, porque puedo alimentarme de casi todo. Ahora, de nuevo, también soy un humano como tú; puedo sentir, oler, comer y también necesito dormir, aunque sea de vez en cuando.
—¿Es por eso que eres tan problemático entonces? ¿Te peleas con la gente para alimentarte de su enojo y de su miedo?
—Casi siempre, algunos sólo me caen mal.
—Bueno, de todas formas, conmigo te morirás de hambre.
Ese mismo día en la noche, Joseph me despertó de golpe.
—¿Quieres ver algo cool?
Al abrir los ojos, pude ver mi cuerpo aún tendido en la cama.
—Joseph... ¿qué...
—Ven, vamos, te voy a enseñar un lugar que descubrí.
Nos escapamos por la ventana como si sólo fuéramos un destello de luz, Joseph me iba guiando y nos dirigimos hasta afuera del perímetro del reformatorio, a un pequeño bosque que tenía vista hacia el río del distrito.
—¿Para qué me trajiste hasta acá?
—Quería que vieras las luces de la ciudad, se ve todo el valle.
Levanté una ceja.
—Podríamos escapar o averiguar dónde están las llaves de la celda y de los portones de afuera, ¿y tú me traes a la intemperie? Por un demonio...
—¿Por qué te interesa tanto salir? Son sólo dos semanas, es como tener vacaciones...
—¿Vacaciones? ¡No podemos hacer nada, no podemos salir y tú ni siquiera me dejas leer en paz!
—A mí me gusta pasar tiempo contigo. Casi no tengo amigos, de hecho, aparte de ti, sólo tengo una amiga más. Se llama Nadia, pero yo le digo Nana, nos conocimos en cuarto grado después de que me expulsaran de la última escuela en la que estuve. A ella le gusta colecci—
—Sí, qué lindo —lo interrumpí otra vez.
—¿Qué hacías cuando no estabas aquí en el reformatorio?
—Pues, ya sabes, ver anime, leer manga, jugar videojuegos, esas cosas...
—¿No sales con amigos?
—No tengo amigos.
—¿Y tu hermano?
—¿Bromeas? Mi hermano es un idiota.
—¿Cómo yo?
—No, no... tú eres simpático, él sólo es un imbécil doble cara.
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Los días transcurrieron y pude averiguar más cosas sobre Joseph. Sobre sus hábitos, las cosas que sabía hacer y sobre su papá. Ese día, habíamos vuelto a "salir".
—Tu papá se escucha como alguien interesante. Me gustaría que fuera así en mi caso.
—¿Cómo son tus papás?
—No hay mucho sobre ellos, están al borde del divorcio, pero no entiendo cómo terminaron juntos de todas formas. Son muy diferentes, mamá es algo floja y superficial, papá es una peste; nunca le he quedado bien a ninguno de los dos, pero a estas alturas ni me importa.
—¿Lo dices por el atraco del cajero automático?
—No es la primera vez que lo hago, pero sí la primera vez que me traen por ello a la correccional. Aunque ese no es el problema, simplemente odio tener que escucharlos todo el día hablando de cómo “Esdras hizo esto”, “Esdras hizo aquello”, “Esdras es así y asá, ¿por qué no eres más como él?” “Tu hermano nos hace sentir orgullosos; tú eres esto y aquello”
Por segunda vez en esos días, pude ver cómo Joseph casi no pestañeaba cuando yo le contaba la historia.
—Entonces... ¿Lo quieren más a él porque tiene mejor conducta? No me parece tan descabellado si lo pones así.
—No es que realmente la tenga. Ni siquiera es tan bueno en las cosas que hace. Simplemente brilla porque es como un pedazo de vidrio tintado en el estiércol. Es un oportunista, así que, por más mediocres que sean sus logros, siempre saca algo a cambio si los presume después de que yo hice algo malo.
—Siento mucho que sea así.
—¡No importa si él hace algo malo porque yo siempre soy peor! Pero ¿sabes qué? Está bien, he tratado de mantener un perfil relativamente bajo, buenas notas y todo, para que al final yo sea el único malo. No estoy diciendo que no me equivoqué, porque maldita sea, tuve que haber hecho lo de las transacciones mejor, no sé, tal vez si no me hubiera fijado en esa maldita consola...
¡Y no empecemos con el colegio! ¡Maldición! Me suspendieron dos veces en un mismo año por peleas, ¡y dos de esos fueron para defenderlo del bullying que le hacían en tercer año! ¿Y sabes qué dijo papá? Que él podía defenderse solo y que yo estaba buscando quedar como el héroe, pero sólo estaba generando más violencia. ¿Puedes creerlo?
» En sexto grado gané una beca para un curso de robótica y programación, pero ellos prefirieron dejar que perdiera la beca para pagarle cursos musicales a él ¡que no tardaron más de tres meses porque todos los abandonó!
—Sam...
—¡No es justo! No es justo que siempre tenga que pisotearme para quedar bien con ellos, ¡ya sé que no soy el favorito, nunca lo he sido!
—Samuel...
—Pasan todo el tiempo diciendo cuán difíciles son las cosas ahora que somos dos, pero llevo trece años siendo el segundo ¿Qué no está trillado el chiste ya?
—¡Sam!
—Siempre pasa diciéndome que fui un error y que por eso pelean, y que papá y mamá llevan casi dos años alargando el divorcio porque ninguno de los dos quiere quedarse con mi custodia y—
Cuando Joseph me tapó la boca de la misma forma en la que yo lo había hecho con él antes, habíamos reaparecido en la celda.
Nos miramos un momento, Joseph estaba sentado a orillas de la cama, a la altura de mis hombros. Yo me senté de nuevo y me coloqué los lentes tan pronto como Joseph quitó su mano de mi boca.
—Perdón, no quería alterarme así...
Él se abalanzó sobre mí para abrazarme.
—No tienes por qué pedir perdón.
Intenté soltarme de su agarre, pero él sólo me abrazaba con más fuerza.
—Joseph, ya, está bien, no tienes que abrazarme...
—Siento mucho que lo que ellos te dijeran te llegara a afectar tanto. No olvides lo genial que eres, por favor. Aun si ellos no pueden ver más allá de tus errores, eres una persona valiosa y algunos otros sí somos capaces de captarlo.
Intenté empujar a Joseph atrás por última vez, cuando él finalmente cedió.
—De... ¿De qué blog de Tumblr sacaste esa frase...eh? —respondí yo, resoplando y tratando de normalizar mi respiración.
—No es una frase —respondió risueño—, lo digo en serio.
Sentí mi respiración cortándose de nuevo, me volví a quitar los lentes y me rasqué los ojos con disimulo.
—Gracias y... Buenas noches. Sí. Estoy cansado, pero... gracias por escucharme mientras me quejaba. Tu forma de... No sé, hacer eso que haces... De salir sin salir realmente, está genial. Sí. Descansa.
Me volví a acostar y me hundí en la cobija, viendo hacia la pared. Mi corazón corría a mil por hora; Joseph se quedó observándome un momento
—Buenas noches, Sam.