Tienes Veinte Minutos (El Reclutador x Gi-hun) Smut

Slash
NC-17
Finalizada
1
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
51 páginas, 18.941 palabras, 3 capítulos
Descripción:
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Tienes Veinte Minutos

Ajustes
Las luces de la ciudad se reflejaban en el río Han como miles de pequeñas estrellas. Hacía ya varias horas que la noche había expulsado, con su oscuridad y su frescor veraniego, a todas las familias que se habían acercado por la tarde a las orillas para disfrutar de las hermosas vistas que ofrecía aquel paisaje. Sin embargo, la belleza de aquellas aguas no se había escapado entre las sombras. Y de tal forma podrían jurarlo los pocos valientes que se mantenían aún junto los bordes llenos de hierba que lo flanqueaban, ofreciendo la hermosa vista que ahora podía contemplar Gi-hun. Se encontraba sentado en el suelo, sobre ese pasto que resplandecía por el rocío de la condensación nocturna, justo al lado del puente Guri-Amsa, con aquellos enormes pilares de hormigón blanco que se clavaban con ferocidad en las entrañas del río. Gi-hun acercó el vaso de café —ya frío— que había traído consigo hacia sus labios y observó cómo el enorme arco de acero, que se alzaba con orgullo a la mitad del puente, partía el cielo sin piedad. Luego, apartó la vista, como si tratara de alejarse de aquella violencia petrificada, y centró su atención de nuevo en el río que, con el movimiento natural de sus aguas, parecía componerle una tierna canción capaz de relajarle los nervios. Hacía más de una hora (dos tal vez) que había recibido el mensaje de rutina, ese que había convertido en su martirio personal desde que se descubrió cómodo entre manos manchadas de sangre y susurros cargados de oscuridad. «La búsqueda de hoy ha acabado» Suspiró con fuerza y cerró los ojos, mientras aquellas palabras volvían a golpear su mente como los azotes de un martillo judicial que dicta sentencia. Culpable. Sin lugar a duda era culpable. ¿Qué otra cosa podía ser un hombre que, tras vivir los horrores que él había vivido, permitía a su corazón sentir amor por quién le había enviado, y a muchos otros, a un infierno lleno de sufrimiento, dolor y muerte? Abrió los ojos y el agua brillante volvió a recibirlo con aquella calma que parecía perpetua, como el suave abrazo de una madre o el cálido beso que se recibe de quien marca el ritmo de los latidos del corazón. No había justificación posible… ¿Pero qué podía hacer él? Dicen que el amor es ciego y él podría decir que la sangre y las lágrimas eran las responsables de empañar sus ojos y crear tal ceguera. Pero sus manos seguían allí, tan despiertas y conscientes como el primer día (aunque en ellas se pudieran ver los rastros de cicatrices nuevas), revelándole cuánto ansiaban la piel de aquel que significaba su mayor pecado. Y también su nariz, mostrándole lo mucho que amaba aquel cabello empapado por una gomina especial que hacía que toda la cabeza desprendiera un olor floral que se filtraba hasta sus pulmones, enredándose a lo largo de toda su tráquea y embriagándole de la forma más mortífera que hubiera experimentado jamás. Volvió a acercar el vaso de café a los labios y dio un pequeño sorbo mientras su mirada seguía contemplando el agua sembrada de relucientes puntos de brillo. Un brillo que parecía tan cercano a aquellos ojos… aunque con menos hermosura. Una sonrisa cruzó sus labios espontáneamente, sin pedir permiso a nadie y asentándose de forma natural sobre el rostro. Cuando salió de aquellos horribles juegos su boca casi pareció jurarle no volver a curvarse de aquel modo que en otros tiempos había sido tan habitual… Pero allí estaba, recordando unos ojos marrones que brillaban con toda la luz que la sangre y la oscuridad pudieran llevar impregnados a su ser. Definitivamente, no había forma —o, si la había, no quería encontrarla— de escapar de aquel hombre. Ese hombre que no poseía nombre alguno al que dirigirse. El que se había convertido en el inicio de toda la locura que había experimentado en los juegos que le habían otorgado una enorme fortuna. Ojos marrones… Gomina floral… Pelo negro… Traje a medida… Corbata apretada… El Reclutador. De pronto, un brusco zumbido le sacó de sus pensamientos. Miró hacia abajo y pudo ver cómo el bolsillo de su chaqueta se estaba iluminando continuamente. Apartó el vaso de café de la boca y metió la mano dentro para sacar el móvil que allí había guardado. Al hacerlo, pulsó un botón para encender la pantalla y entró en la aplicación de mensajería. El chat que había dejado abierto se desplegó ante sus ojos y tres nuevos mensajes brillaron frente a sus ojos: Reclutador: “Oye” Reclutador: “¿Te encuentras bien?” Reclutador: “¿Dónde estás?” Gi-hun volvió a sonreír. Su pareja, hasta dónde sabía, no era una persona que se pudiera calificar como “celoso”, pero si tremendamente posesivo. No sufría con la idea de que otros coquetearan con él —sabía demasiado bien lo que valía como para pensar siquiera en hacerlo—, pero existía una naturaleza demasiado instintiva y animal dentro de su ser que le hacía querer señalarlo como suyo. Gi-hun podría jurar, sin el más mínimo temor a equivocarse que, de permitírselo, El Reclutador le habría marcado hacía ya mucho tiempo con un hierro candente en el pecho mientras follaban. Mientras aquel cuerpo rebotaba una y otra vez encima de él. Sacudió la cabeza y se concentró de nuevo en la pantalla de su móvil, que aún mantenía aquellos tres mensajes gritando con insistencia y exigiendo una respuesta. Dejó el vaso de café en el suelo y tomó el teléfono con ambas manos para comenzar a teclear: Gi-hun: “Estoy en el río Han” Gi-hun: “Junto al puente Guri-Amsa” Observó sus mensajes con detenimiento y, tras releerlos un par de veces sin obtener aún una respuesta de El Reclutador, pudo sentir como sus manos vacilaban. Aquello parecía demasiado seco y directo. Rápidamente, volvió a colocar sus pulgares sobre la pantalla y escribió un nuevo mensaje que mandó de inmediato: Gi-hun: “No hace falta que me esperes despierto, no tardaré mucho en llegar” Tras releer el nuevo mensaje, asintió con la cabeza. Hacía más de un año que El Reclutador y él compartían la habitación 410 en el Motel Rosa, lugar que se había convertido en su residencia “oficial”. El Reclutador dormía allí cada noche con él pero, tras el desayuno, insistía en salir y, al hacerlo, pasaban todo el día juntos fuera del edificio. Y siempre encontraba alguna forma para arrancarle de aquel espacio que se había convertido en un refugio tras su salida de los Juegos. Al principio, Gi-hun había pensado que dicha acción formaba parte de un siniestro plan dirigido a hacerle perder los nervios y volverle completamente loco, pero pronto se dio cuenta de que aquello se alejaba muchísimo de la realidad. Mientras su relación crecía, la insistencia de El Reclutador por sacarle del Motel Rosa y llevarle a conocer nuevos restaurantes y lugares secretos de la ciudad, le hizo comprender que lo único que buscaba era evitar que se encerrara tras aquellas rosadas paredes. En una ocasión, El Reclutador le había confesado que, a lo largo de los años, había visto como muchos de los ganadores de los Juegos se encerraban en sus antiguas casas y no abrían las cortinas de las ventanas ni una sola vez al día para dejar pasar la luz del sol. No salían para hacer la compra ni se molestaban en usar los servicios a domicilio. Tampoco se duchaban ni lavaban la ropa. De esta forma, mantenían puesta la ropa que llevaban tras salir de los Juegos, como si el hecho de limpiarla tuviera una mayor dificultad que la de cargarla constantemente. Así, día tras día. Se confinaban en aquellas paredes que les otorgaban cierta sensación de seguridad y se iban marchitando con el paso del tiempo hasta que, por fin, la falta de comida y agua, junto con las continuas pesadillas que experimentaban, les volvía completamente locos. A partir de ahí, tan solo faltaba esperar a que eligieran el método que iban a utilizar para suicidarse. Un disparo en la cabeza. Lanzarse a las vías de un tren o por un acantilado. O cortarse las venas. El Reclutador podría escribir un libro entero sobre todas las formas que habían utilizado la gran mayoría de los ganadores para terminar con sus vidas. Una de ellas había sido protagonizada por un joven de unos veinticinco años. Según le había contado, éste había metido todo el dinero del premio en una furgoneta y había conducido hasta el barrio marginal de Guryong, conocido por ser uno de los asentamientos más pobres de Seúl. Al parecer, el chico había nacido en aquel lugar y, como buena parte de sus habitantes, había terminado enredado en múltiples problemas con el juego que le habían acarreado serias dudas y su caída en las drogas. No tenía familia ni amigos y solo le quedaba la esperanza de sobrevivir el día a día. Y precisamente eso, esa necesidad de vivir en un mundo al que había aprendido a despreciar desde su más tierna edad, había sido lo que le había impulsado a tomar la decisión de morir de la forma en que lo hizo. Al llegar con su camioneta llena de dinero al barrio que le había visto crecer y recibir cientos de palizas por parte de sus acreedores, abrió las compuertas traseras de la misma y disfrutó de observar como el olor de la riqueza atraía de inmediato a las personas empobrecidas de la zona. Observó con frialdad como aquellas sombras ennegrecidas por la suciedad y la crueldad de una vida que no habían elegido se abalanzaba sobre los montones de dinero, agarrando cuantos billetes eran capaces de obtener y peleándose como perros rabiosos por ellos. Y, cuando el número de personas le pareció adecuado, accionó los explosivos que había escondido bajo la furgoneta, arrasando con cuantos se habían acercado a la zona y sin dejar un solo superviviente. Ni siquiera él mismo. Según la opinión de El Reclutador, aquella forma de suicidio había sido una de las más interesantes que había visto en su vida. El barrio de Guryong se encontraba situado, paradójicamente, en uno de los distritos más lujosos y ricos de Seúl: el de Gangnam. Por ello, aquel chico había crecido viendo las lujosas casas que allí se encontraban desde las casas ruinosas que conformaban su propio barrio. Para él, la forma en la que había crecido y vivido era tan detestable que, tras los Juegos, había comprendido que ni un solo millón de lo que había ganado le cambiaría a él o a aquellos que compartían su miseria pues siempre llevaría en la sangre los alimentos podridos que se había visto obligado a ingerir para sobrevivir y las drogas reaparecerían en su mente para exigirle que recayera. No había forma posible de huir… Al menos no estando vivo. Y es que, tras los Juegos, había asimilado la muerte como algo liberador y no como un mal del que se debiera de huir. Era lo único que podía salvarle a él y aquel barrio de vivir en el continuo tormento de observar la riqueza en la lejanía. Salvarles de la imaginación de grandes banquetes cuando lo único que podían llevarse a la boca eran ratas o raíces, y de soñar con suaves colchones y mantas limpias mientras se acurrucaban en sus camas viejas y llenas de orín. Por ello, había decidido hacerles conocer a los que compartían su suerte el tacto de la riqueza por una vez, antes de liberarles del dolor que les supondría saber que jamás sería algo que realmente les perteneciera. Según la opinión de El Reclutador aquella había sido una forma muy creativa de morir además de irónica ya que, de forma casi inconsciente, aquel joven había repetido la dinámica impuesta por los Juegos. La explosión había sido tan grande que las enormes columnas de humo y fuego lograron ser vistas por los adinerados residentes del barrio de Gangnam desde sus gigantescas mansiones y, al enterarse de que la misma había acabado con la vida de parte de la escoria con la que se veían obligados a compartir espacio y aire, brindaron por aquel muchacho con sus copas llenas de champán. Una vez más, aquellos que se encontraban abajo se convertían en el entretenimiento de los que estaban arriba. Una vez más, los caballos les daban el espectáculo que tanto ansiaban. Sin embargo, aquel caso fue tremendamente extraordinario ya que, de forma más habitual, los casos de suicidio de los ganadores se resolvían con un simple ahorcamiento. Y así, aquellos que se habían visto abrumados por la soledad y convencidos del alivio que la muerte supondría, esos que habían sucumbido ante la sensación de protección que alguna vez habían significado sus hogares y que ahora solo podían ver como una cámara de tortura, optaban por convertirla en su ataúd. Gi-hun no pudo evitar esbozar una ligera sonrisa al recordar la enorme confusión que le supuso darse cuenta de que el hombre que le había enviado a una posible muerte, ahora que había regresado y se habían enamorado, parecía ansiar su supervivencia. —Eres tan raro… —pensó en voz alta Gi-hun, aún mirando la pantalla del móvil y sin saber muy bien hacia quien dirigía sus palabras. Luego, aún con una sonrisa en la boca, volvió a escribir. O, más bien, su corazón lo hizo. Gi-hun: “Te amo” Tras pulsar el botón de enviar, sus ojos se mantuvieron pegados a la pantalla, ansiosos por encontrar una respuesta de su pareja. Anhelando el mismo afecto que se entregaba. Pasaron algunos segundos, que se sintieron como siglos de angustiosa espera, tras los cuales, en lugar de recibir el “yo también te amo” que deseaba, un confuso mensaje apareció sobre la pantalla: Reclutador: “Tienes veinte minutos” Gi-hun enarcó una ceja. Aquel mensaje resultaba demasiado extraño para las circunstancias. No tenía ningún sentido, para ser sinceros. ¿El Reclutador le estaba pidiendo que no tardara más de veinte minutos en llegar al Motel Rosa? No, aquello parecía una exigencia. O, más bien, una orden. Gi-hun entrecerró los ojos al tiempo que su boca se abría ligeramente. Su cerebro se había descolocado tanto por aquellas palabras que estaba convencido de que algo se le había escapado. Deslizó el dedo por el chat, adelantando una y otra la conversación para tratar de dar con una respuesta lógica. ¿Acaso había dicho algo que había molestado al Reclutador y por eso no le devolvía el “te amo” y le exigía regresar? ¿O tal vez había hecho algo a lo largo del día? Alzó la mirada y sus ojos volvieron a encontrarse con el agua del río. Su mente corrió a toda velocidad para recordar todos los sucesos de la mañana hasta el momento en el que se habían separado. Habían desayunado juntos y, aunque sí había notado algo pensativo a su pareja, éste lo había justificado rápidamente con el cansancio provocado por la falta de sueño que sus malos horarios le causaban. Luego, El Reclutador había insistido en salir a caminar un rato para ayudar a digerir la comida y durante todo el trayecto se había mostrado tan alegre y dispuesto a conversar como lo hacía de forma habitual. La verdad es que podía considerar que había sido una mañana bastante normal. Aunque… Gi-hun entrecerró un poco más los ojos. Era cierto que en el momento no le había dado importancia, pero ahora que su mente trataba de buscar cualquier indicio, por vago que fuera, de que algo había sucedido diferente en el comportamiento “normal” de El Reclutador, había algo que le llamaba la atención. Durante el paseo, éste se había detenido abruptamente en mitad de la calle al escuchar cómo su móvil vibraba y lo había sacado del bolsillo de su americana con una actitud que no podría describirse como otra cosa que agitación. Al terminar de responder al mensaje que le había llegado, se había disculpado y se había despedido de él con cierta rapidez, aludiendo a la necesidad de ocuparse de un asunto que requería de su presencia inmediata. No es que aquella actitud le hubiera sorprendido en sí misma ya que era habitual que se le reclamara acudir a un lugar de forma repentina. Además, debido a que aquellos “asuntos” que debía atender muy probablemente se encontraran relacionados con su trabajo en los Juegos, ambos habían pactado que El Reclutador no le diera información relacionada con ello, a fin de mantener su estabilidad mental. Por su parte, resultaba lógico para ambos que Gi-hun iba a continuar con su búsqueda de respuestas con respecto a los mismos Juegos. De esta forma, se había conformado un acuerdo mutuo en el que cada uno desempeñaba sus intereses o el trabajo de forma individual y separada del otro a fin de mantener su buena relación de pareja. Ninguno trataba de recabar información de las actividades del otro y lo consideraban un punto intocable dentro de sus conversaciones. A fin de cuentas, ¿en qué ayudaría lo que hacía el otro? ¿No era más probable que, al entorpecerse mutuamente consiguieran, no sólo romper la confianza y amor que habían forjado como pareja, sino también acabar con cualquier esperanza de realmente conseguir sus objetivos? Si ambos se enfadaban, harían lo que fuera por destruirse. Se atacarían no solo con la rabia de los enemigos, sino de los amantes que se unieron en fuego y pasión, y cuyos corazones habían sido apuñalados y sangraban cascadas de odio y dolor. Un odio cuyo ardor resultaba demasiado abrumador como para permitir la supervivencia porque su nacimiento se había dado en las entrañas del amor. El zumbido de su móvil le sacó bruscamente de sus cavilaciones. Sus ojos se movieron confusamente hacia la pantalla del móvil: estaba apagada. Rápidamente, apretó el botón que la encendía y pudo ver un nuevo mensaje escrito en el chat de El Reclutador: Reclutador: “Palabra de seguridad habitual: “Maletín”” Su ceja volvió a arquearse. Todo resultaba demasiado confuso y su mente no podía dejar de girar mientras sus ojos releían una y otra vez el nuevo mensaje, tratando desesperadamente de dar sentido a lo que parecía no tenerlo. «¿Qué significa esto?», pensó. Y, tal y como si quisiera responder a aquella pregunta, su móvil volvió a vibrar una vez más, aunque ahora de forma constante y más fuerte que antes. Videollamada entrante. Su cara se contrajo en un gesto de total confusión. Podía sentir su cabeza ardiendo, como si el roce de sus alocados y desenfrenados pensamientos le estuviera corroyendo las paredes del cráneo. ¿Qué demonios estaba pasando? La vibración del móvil continuó golpeándole la palma de la mano mientras él seguía embobado observando la pantalla, que seguía mostrando el apodo de su pareja junto a la solicitud de aceptar o denegar la videollamada. Gi-hun contuvo el aliento. No era la primera vez que El Reclutador y él hablaban por llamada claro está, pero una videollamada era algo mucho más inusual. Por lo general, y según lo que el propio Reclutador le había dicho, las videollamadas constituían —de forma demasiado habitual y con la excepción de casos contados— una forma barata de cumplir con la “obligación” de presentarse de forma visual con el resto de personas. Era algo demasiado frío y distante. Algo que, en su propia opinión, era una herramienta que muy pocos sabían aprovechar como era debido y que muchos otros simulaban como apropiado para escapar de las interacciones sociales que no querían que resultaran demasiado largas pues, como es bien sabido, es mucho más fácil fingir un fallo en la cobertura o un apagón repentino por falta de batería que lograr una salida triunfal y discreta durante una reunión presencial. Una vibración más fuerte que el resto volvió a sacarle de sus pensamientos. Al regresar su atención a la pantalla, tan solo pudo ver cómo ésta se cerraba sobre sí misma, colgando la videollamada y haciendo reaparecer el chat de El Reclutador. «Mierda», se dijo internamente Gi-hun, y corrió a recolocar el móvil en sus manos para escribir una disculpa. Pero, justo cuando iba a hacerlo, un nuevo mensaje de El Reclutador le detuvo: Reclutador: “Como no me contestes te daré solo diez minutos y lo vas a lamentar” Luego, sin darle tiempo a responder —o a protestar— la pantalla de videollamada entrante volvió a aparecer frente a sus ojos. Gi-hun apretó los labios. Estaba un poco ofendido por la exigencia que continuaba persistiendo en las palabras de su pareja, pero tampoco planeaba hacérselo saber en aquel momento. Ya se encargaría de castigarle por ello más adelante. Deslizó el dedo por la pantalla, descolgando con ello la videollamada. Al instante, la cara de El Reclutador apareció sobre la misma, llenándola por completo. La imagen revelaba la colocación de la cámara desde un plano elevado, lo que permitía no solo ver el rostro de su pareja, sino también sus hombros y su pecho. Y aquello fue lo que volvió a enardecer sus nervios. La piel de El Reclutador brillaba bajo unas tonalidades rojizas y azuladas, convirtiéndola en un lienzo en el que las sombras y las luces se entremezclaban alrededor de los músculos de su pecho y los huesos de sus clavículas. —¿Por qué has tardado tanto en contestar? —bufó El Reclutador. Luego, sin esperar una respuesta, esbozó una gran sonrisa y añadió—: He preparado algo para ti. Entonces, la imagen del móvil comenzó a tambalearse, convirtiéndose en una sucesión de colores revueltos que no permitían observar con claridad lo que sucedía e imitando a la perfección la sensación de un terremoto. —¿Se puede saber que estás…? —intervino Gi-hun, recuperando por un momento el habla. Aunque, rápidamente, volvió a quedarse callado. La imagen en la pantalla se había vuelto a estabilizar y ahora podía ver perfectamente el cuarto del Motel Rosa en el que ambos dormían, lo que explicaba las luces azules y rosadas que conformaban la tenue iluminación. El ángulo de la cámara se había modificado, permitiendo una visión más baja y amplia de la habitación con la cual se podía observar perfectamente la gran cama de matrimonio que compartían y a los pies de la cual se encontraba una estructura, tapada con un paño de lino negro que hacia imposible adivinar que es lo que escondía. Cuando El Reclutador entró nuevamente en el plano que la cámara alcanzaba a recoger, Gi-hun no pudo evitar que su mandíbula cayera de golpe hacia abajo, incapaz de sostenerse en su sitio ante la visión que sus ojos, incrédulamente, contemplaban en la pantalla. Estaba desnudo. Ni una sola zona de su cuerpo quedaba cubierta por tela alguna y las luces reinantes impactaban sobre su piel, dibujando con una sutileza infernal el contorno de sus músculos. Las clavículas marcaban unas elegantes líneas justo por debajo de su cuello, casi como si construyeran la percha perfecta para sus fuertes pectorales y sus prominentes abdominales. Sus brazos se balanceaban a sus costados mientras sus piernas continuaban avanzando hacia atrás, permitiéndole mantener la vista fija en la cámara —y, por ende, atenta a la reacción de Gi-hun— en todo momento. Los ojos de Gi-hun subieron desde la pelvis siguiendo la línea central del abdomen, luego el surco creado por el esternón en el pecho y, por último, la suave protuberancia que marcaba la nuez de Adán sobre la garganta, hasta que por fin llegó hasta el rostro de su pareja. El poco aire que aún resistía valerosamente en sus pulmones salió con un jadeo. El Reclutador le observaba con la más pura de las arrogancias impresa en el rostro, aquella que tan solo puede significar la comprensión de que el control y poder reside en las manos de quien así la expresa. Lo tenía atrapado. —Veo que aún sigues junto al río —habló El Reclutador, sacándole una vez más de sus pensamientos—. Es una lástima. Te había escrito para que te diera tiempo a llegar al coche —sus ojos brillaron con malicia al observar directamente hacia la cámara—. Aunque quizás sea lo mejor. No tienes solo diez minutos pero aún tienes que ir al coche si quieres llegar a tiempo… —¿A tiempo? —le interrumpió Gi-hun, mientras su cuerpo ya se movía para levantarse—. ¿A tiempo de qué? No sabía explicar siquiera por qué había reaccionado de aquella forma. Su cuerpo había decidido, sin pedir permiso previo al cerebro, dar un salto hacia arriba para dejarlo de pie. Luego, sin apartar la vista de la pantalla, comenzó a caminar hacia el aparcamiento del parque, donde había dejado su coche. Sin pretenderlo, sus pasos se volvieron acelerados. Ansiosos. Casi como si todo su ser supiera que así debía actuar si no quería lamentarlo más adelante. Desde la pantalla, El Reclutador llevó sus manos a la espalda, adoptando una posición rígida y formal que, bajo aquellas circunstancias, bien podía resultar hilarante. Se había quedado justo frente a uno de los laterales de la cama y la cámara lograba enfocar ya todo su cuerpo, desde la cabeza hasta los pies. —Pensaba ser bueno y esperar a que llegaras al coche para darte un poco más de ventaja… —Gi-hun tragó saliva con fuerza al notar la expresión pícara de El Reclutador—. Pero ya que insistes —continuó éste—, te lo explicaré. Entonces, extendió su brazo derecho hacia arriba y, sin apartar la vista del frente, tomó la tela de lino que tapaba aquella estructura a los pies de la cama. Con un rápido tirón, arrancó aquella cobertura que impedía la visión. Al mismo tiempo, el paso de Gi-hun se detuvo abruptamente. Frente a sus ojos, se alzaba una gran estructura de metal negro, apoyada sobre una base plana, también metálica, desde la que salían cuatro pequeñas ventosas que afianzaban el agarre a una mesita que llegaba a la altura de la cama. Sobre ésta se encontraba un gran brazo mecánico que formaba una diagonal hacia arriba y en cuya punta, para la sopresa de Gi-hun, se había encajado un consolador de color rojo. Gi-hun reconoció aquel juguete de inmediato. Lo había usado en múltiples ocasiones durante sus encuentros sexuales puesto que, según las propias palabras de El Reclutador, “era uno de sus favoritos porque encajaba casi a la perfección con las medidas de su pene”. Recordaba todas aquellas veces, esas noches en las que la oscuridad se había convertido en el único testigo —junto con El Reclutador— de cómo la lujuria le había consumido al escuchar los ruegos de su pareja para que usara aquel juguete durante los juegos previos al acto. Ruegos decadentes y llenos de gemidos incontrolables. —Siento haberme marchado tan repentinamente de nuestro agradable paseo —volvió a hablar El Reclutador, atrayendo una vez más su dispersa atención—. Esta preciosidad lleva encargada varias semanas y el dueño de la tienda me ha avisado justo hoy de que ya había llegado. —¿Q-qué es lo qué…? —titubeó Gi-hun sin apartar la vista ni por un instante. —¿Te gusta? —le interrumpió bruscamente El Reclutador. Luego, giró un poco la cabeza para observar aquel extraño artefacto y añadió—: Me han asegurado que posee la mejor de las calidades y que la empresa que las fabrica no ha tenido ni una sola queja por sus productos hasta ahora. Su voz sonaba orgullosa y altiva, demasiado ajena al fuego que la confusión estaba generando en la mente de Gi-hun, quien le observaba estupefacto desde el otro lado de la pantalla. —¿¡Qué se supone que estás haciendo!? —preguntó éste, visiblemente alterado. Los ojos de El Reclutador volvieron a mirar al frente. Ardían. Existía un brillo de maldad y ternura que se entremezclaban de forma peligrosa en lo más hondo de sus pupilas. Poco después, una sonrisa afilada apareció en sus labios. —Jugar un juego —respondió con simpleza. —¿Un juego? —repitió desconcertado Gi-hun—. ¿¡Pero de qué estás hablando!? El Reclutador giró de nuevo la cabeza hacia la máquina y dirigió su brazo hacia la punta del juguete que se encontraba en el extremo. Luego, con mucha suavidad, comenzó a empujar hacia abajo. —Como ya te he dicho —volvió a hablar, en un ritmo pausado y tranquilo, sin devolver en ningún momento su atención hacia la cámara—, tienes veinte minutos para llegar hasta el Motel Rosa. Y, sin dar tiempo a Gi-hun de formular una protesta, se sentó en el borde de la cama. Al mismo tiempo, con su brazo aún extendido, tomó un pequeño mando que se encontraba sobre la mesita que sostenía la máquina. Luego, pulsó un botón de aquel artefacto y, al momento, un enorme panel se encendió en la caja rectangular que precedía al brazo mecánico de la máquina. Allí, en una brillante luz roja, se podía leer claramente: “20:00” —Sólo veinte minutos o habrás perdido el juego —le advirtió El Reclutador. Los ojos de Gi-hun se alejaron del panel para volver a mirar a su pareja. Éste, al sentir su mirada de nuevo centrada en él, comenzó a moverse: giró hacia su derecha y, acompañando aquel movimiento, hizo que sus piernas subieran a la cama. —Confío en que sepas que es lo que hace esta máquina —dijo burlonamente, acomodándose sobre el colchón—. Tiene diez niveles de intensidad y la he programado para que suba a un nivel nuevo cada dos minutos —explicó. Su cuerpo ya se encontraba completamente tumbado y sus pies se habían apoyado sobre unos soportes que sobresalían de los laterales de la máquina. Así, podía alzar su trasero de forma más cómoda para que se enfrentara directamente a la máquina, armada con aquel juguete rojo en la punta. —Sabes que tengo una buena capacidad para aguantar la estimulación… —continuó hablando, aún manteniendo aquel tono burlesco—. Pero, la verdad, no creo poder aguantar hasta el último nivel así que, si no llegas en el plazo acordado… —No serás capaz… —le interrumpió de pronto Gi-hun. Tenía los dientes apretados y observaba con impotencia hacia la pantalla. Su cuerpo, que hasta entonces se había mantenido paralizado en su sitio, había comenzado a moverse de nuevo. El Reclutador giró su cabeza, apoyada aún sobre el colchón, y esbozó una amplia sonrisa. —Hay un control remoto idéntico a este en la recepción —dijo, ignorándole por completo y alzando su propio mando—. Con él puedes apagarla —su sonrisa se volvió más profunda—. Pero sólo funcionará si te acercas lo suficiente a la habitación como para que la máquina detecte las ondas. —Eres un hijo de puta… —escupió agitadamente Gi-hun. Al ver que El Reclutador no estaba bromeando con su actitud, se había echado a correr a toda velocidad hacia el aparcamiento donde su coche le esperaba. —Y tú eres un encanto —respondió socarronamente El Reclutador—. Por eso te he preparado una sorpresa más… Luego, volvió a apretar un botón de su mando. Repentinamente, el ángulo de la cámara cambió por completo. Ahora, Gi-hun tenía una vista enfocada desde arriba, justo sobre el brazo mecánico de aquel artefacto, lo que le ofrecía una vista directa y amplia de consolador rojo que apuntaba hacia el trasero de El Reclutador. Aquello casi fue suficiente para hacer que se detuviera de nuevo, pero sabía que la pausa solo significaría una pérdida para él. Un poco más arriba, podía aún ver el rostro de su pareja, que miraba directamente hacia la nueva cámara con los ojos entrecerrados y una sonrisa burlona impresa en los labios. —Pensé que no te gustaría perderte el espectáculo —le dijo éste con picardía—. Pero no te preocupes, iré mostrándote la otra cámara cada cinco minutos para que puedas ver cuánto tiempo te queda. —N-no puedes hacer esto… Gi-hun podía sentir sus piernas temblando por el cansancio y la adrenalina mientras no dejaba de correr. Había logrado reconocer su coche a lo lejos y no tardaría siquiera un par de minutos en llegar hasta él si mantenía el ritmo. ¿Pero acaso contaba con ese tiempo? Como reacción a sus palabras, El Reclutador había alzado una de sus brazos por encima de la cabeza, en un punto que la cámara no llegaba a cubrir, y su mano había vuelto a aparecer a los pocos segundos con una botella de color azul. Lubricante. Sin mucha ceremonia, abrió el bote y lo situó por encima de sus nalgas. Luego, dejó caer una buena cantidad del contenido sobre su sonrosada entrada que, al contacto con la fría sensación, palpitó ligeramente. —Me he preparado antes de llamarte, no tienes de qué preocuparte… —trató de tranquilizarle, esparciendo ahora el lubricante con su mano libre. Y, como si quisiera probar su punto, apretó tres dedos sobre aquella zona. Las paredes de la entrada se abrieron alrededor de sus dedos con suavidad y sin un ápice de resistencia. Definitivamente, se había preparado a conciencia. —¡No estoy hablando de eso! —chilló Gi-hun con desesperación. La sonrisa de El Reclutador se amplió hasta mostrar todos sus blancos y relucientes dientes. —Lo sé —respondió con confianza, al tiempo que dejaba a un lado la botella de lubricante—. Pero quería mostrartelo de todas formas. Gi-hun gruñó. —Sé que te preocupa —añadió El Reclutador con sutileza. Y aquello no era ninguna mentira porque, por muchas que fueran las ganas que Gi-hun estaba sintiendo de matarle por hacerle pasar aquel estrés, no podía negar que la simple idea de que El Reclutador, en su afán de locura y extremismo, se hiciera daño por no prepararse de forma correcta había pasado por su mente. —C-cállate —escupió Gi-hun sin aliento—. E-eres… un imbécil... El Reclutador sonrió pero no dijo nada. Sus tres dedos continuaban hundidos hasta los nudillos en su interior y se movían lentamente hacia dentro y fuera, bombeando con ligereza. No es que necesitara más preparación. Ya había demostrado además que no resultaba necesario… Y Gi-hun lo sabía. De esa forma tan escalofriante y perturbadora que poseía, había logrado leer en su expresión la esperanza. Aquella esperanza motivada por el hecho de que tan solo debía correr un poco más para alcanzar su coche. Y El Reclutador, en un acto de generosidad, le estaba ofreciendo algo maravilloso. Una última oportunidad. Gi-hun reunió las pocas fuerzas que le quedaban y aceleró, de una forma que casi resultaba imposible, el ritmo de su carrera. Era consciente de lo que El Reclutador estaba haciendo por él, pero también sabía que no iba a durar para siempre. Al fin, llegó hasta su coche… o, más bien, se estampó contra él dado que apenas le dio tiempo a calcular la distancia para frenar. Pero ni siquiera se permitió analizar el dolor que su cuerpo pudiera sentir. No tenía tiempo para eso. Rápidamente, empezó a rebuscar en cada bolsillo con su mano libre al tiempo que echaba pequeños vistazos a la pantalla para mantenerse al tanto de los movimientos de El Reclutador. Sus manos temblaban y se enredaban contra la tela de su ropa mientras los dedos trataban de encontrar las ansiadas llaves del coche. —Vamos… —gruñó con los dientes apretados por la desesperación. Podía escucharlas. Ese horrible tintineo metálico moviéndose por algún lugar indeterminado de su ropa que los nervios y la ansiedad no le dejaban detectar. —Parece que… ah… ya has llegado —ronroneó El Reclutador. Gi-hun miró de nuevo hacia la pantalla, pero sin detener en ningún momento su frenética búsqueda. —¡No! ¡Espera un momento! —exclamó—. ¡No encuentro las llaves! Pero sus palabras no encontraron misericordia alguna. Los dedos ya se estaban deslizando lentamente hacia fuera, arrancándole pequeños gemidos ahogados al Reclutador, quien continuaba con su mirada fija en la cámara. —Lo siento mucho, Gi-hun —dijo éste, con un tono que no dejaba en duda la falsedad de su disculpa—. Ya no puedo esperar más… Con un chasquido húmedo, los dedos salieron por completo y Gi-hun aún tuvo un breve instante para contemplar cómo las paredes del ano se cerraban ligeramente, como si protestaran por el vacío, antes de que sus dedos rozaran con una superficie metálica y fría en el bolsillo de su chaqueta. Las jodidas llaves. Rápidamente, las sacó y, sin atreverse a mirar de nuevo hacia la pantalla, introdujo una de ellas en el cerrojo de la puerta. Luego, agarró la manilla y tiró de ella —quizás con una fuerza excesiva— para poder abrirla. Una vez abierta, su cuerpo se movió de forma casi automática, entrando en el coche y sentándose en el asiento del piloto. Entonces, volvió a hacer frente a la pantalla de su móvil, que mostraba al Reclutador acariciando con cuidado el consolador rojo, ahora también impregnado hasta el extremo de lubricante. —¿Estás listo para jugar? —preguntó éste descaradamente. Sin responder, Gi-hun se inclinó hacia adelante y enganchó su teléfono sobre el soporte que allí tenía colocado, justo sobre el salpicadero. Luego, volvió a acomodarse en su asiento y metió la llave en el contacto. Tomó aire por la nariz, lo expulsó con toda la rapidez de la que fue capaz para tratar de aliviar la tensión de sus músculos y colocó su mano izquierda sobre el volante. Entonces, sus ojos giraron ligeramente hacia la pantalla de su móvil, donde se podía ver al Reclutador alineando la punta del juguete hacía su entrada. Pero no se movía. Tal y como había imaginado Gi-hun, la arrogancia de El Reclutador no le permitiría llevar a cabo aquel movimiento definitivo a no ser que contara con una respuesta de su parte por lo que, al no dársela, podía aún ganarse unos segundos de ventaja. Pero eso no le devolvía ni la mitad del poder que El Reclutador tenía ahora sobre él. Y lo sabía. —¿Y tú estás listo para perder? —preguntó al fin, con la respiración aún atragantada por el esfuerzo. La sonrisa de El Reclutador se ensanchó hasta casi llegar a las orejas. —Eso ya lo veremos… Luego, alzó su mano derecha, mostrando el control remoto. —Empieza el juego, jugador 456 —anunció con un orgullo malicioso.
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