El Juego
23 de febrero de 2026, 16:41
Al instante, y como si se tratara de una coreografía ensayada, la muñeca de Gi-hun giró, arrancando el coche con una furia desmedida. Al mismo tiempo, el juguete comenzó a hundirse lentamente en las profundidades de El Reclutador.
Colocó la primera marcha y pisó el acelerador con fuerza. El rugido emitido por el coche casi pareció hacer coro a los pequeños gemidos de El Reclutador, que ya comenzaba a escapar en cascada desde los altavoces del móvil.
Gi-hun se apresuró a tomar el control del volante para evitar que la alta velocidad con la que había salido le hiciera estrellarse con alguno de los coches que también se encontraban allí aparcados.
Su atención se mantenía en las continuas curvas que conformaban el aparcamiento, pero su ejercicio de concentración se iba volviendo cada vez más difícil de mantener mientras sus oídos no dejaban de atormentarlo, recogiendo cada uno de los desquiciantes sonidos del teléfono.
Podía escuchar la humedad del lubricante, resbalando en aquel pequeño espacio entre la carne y el plástico del juguete. Un sonido que ya de por sí sonaba terriblemente obsceno y provocador pero que se volvía aún peor al añadirse la voz de El Reclutador.
Esa voz que atravesaba la garganta y fluía hacia el exterior mediante hermosos gemidos. Y su respiración entrecortada, esa que añadía a toda la mezcla un componente tan delicioso como desquiciante: vulnerabilidad.
Pero era una vulnerabilidad específica de El Reclutador.
No se trataba de la búsqueda de consuelo ni de desahogo. Era necesidad. Una necesidad salvaje e imparable. Un sentimiento que resultaba amenazante hasta resultar hipnótico.
La vulnerabilidad de mostrar sus instintos más primitivos pero presentarlos como un peligro.
El Reclutador —bien lo sabía Gi-hun— podía suplicar que se lo follaran más fuerte mientras sostenía un cuchillo sobre el cuello de quien lo estaba haciendo.
Y eso le hacía único.
Por fin, Gi-hun salió del aparcamiento y se incorporó a la autopista de Gangbyeonbuk-ro. Apretó con más fuerza el acelerador y subió las marchas una tras otra, ganando una velocidad cada vez mayor hasta que incluso pasó el límite de la legalidad.
¿Pero qué importaban las leyes?
Esas leyes que permitían que los Juegos que acababan con cientos de personas cada año siguieran trascurriendo con normalidad porque quienes los financiaban también contaban con el dinero suficiente para silenciarlas.
—No te estrelles antes de llegar...
Aquella voz tan burlona como reconocible le sacó de inmediato de sus pensamientos. Aprovechando la regularidad de la carretera, que indicaba un recorrido perfectamente recto, dirigió su mirada hacia el móvil.
En la pantalla aún podía verse la entrada de El Reclutador, siendo penetrada con cierta lentitud por el juguete de color rojo, alrededor del cual se enrollaban sus paredes arrugadas y sonrosadas.
—Cállate —bufó Gi-hun, antes de mirar de nuevo a la carretera.
—Si hubiera sabido que no me ibas a prestar la atención que merezco no me habría molestado en colocar otra cámara —protestó El Reclutador.
Gi-hun miró de reojo hacia la pantalla, solo para captar un pequeño puchero en los labios del otro hombre.
—Estoy conduciendo —respondió—. No puedo estarte mirando todo el rato.
Sus ojos volvieron al frente pero en su mente seguía flotando la imagen de su pantalla.
Joder, ¿por qué le estaba haciendo aquello?
Como mínimo, podía considerarse tortura.
Las reglas eran demasiado injustas: veinte minutos escuchando gemidos y observando la hermosa figura de su pareja retorcerse con un placer que él no le estaba proporcionando. Y peor aún, si se cumplía el tiempo establecido no solo serían gemidos de estimulación lo que escucharían sus oídos, sino también el grito de éxtasis que acompaña al orgasmo.
—U-una pena… —susurró El Reclutador, esbozando una sonrisa—. Aquí llega el nivel tres…
Gi-hun giró la cabeza bruscamente hacia la pantalla del móvil.
—¿¡Qué!? —exclamó—. ¿¡Cómo qué nivel tres!?
El Reclutador no respondió. En cambio, clavó su mirada llena de malicia en la cámara y sus labios se curvaron en una sonrisa burlona. Ante los ojos de Gi-hun, la máquina volvió a embestir, ahora con una pequeña pero reconocible fuerza añadida, tanto para el hombre que observaba la escena como para el que la estaba representando.
El juguete se hundió hasta la empuñadura en las entrañas de El Reclutador y este, en respuesta, expulsó un gemido mucho más alto que los que le habían precedido. Su espalda se arqueó y, gracias al ángulo de la cámara, Gi-hun pudo reconocer un ligero temblor en las piernas de su pareja.
Aquello era desquiciante.
El lubricante chorreaba desde la entrada de El Reclutador y embadurnaba cada rincón de su trasero, haciéndolo brillar como un espejo a la luz del sol. Sus manos se encontraban aferradas a las sábanas de la cama y los dedos se enredaban en la tela con una ferocidad que resultaba salvaje.
De pronto, el ángulo de la cámara cambió.
Gi-hun dio un pequeño bote en su asiento por el susto, pero no tuvo tiempo siquiera de maldecir o protestar porque la imagen de la pantalla le arrebató el aire:
“15.00”
Eso era lo que marcaba ahora el reloj que había visto al inicio, cuando El Reclutador le estaba explicando las reglas de su macabro juego.
«Pero no te preocupes —le había dicho— iré mostrándote la otra cámara cada cinco minutos para que puedas ver cuánto tiempo te queda».
—Mierda… —murmuró Gi-hun.
Apenas estaba a la mitad del camino hasta el Motel Rosa y solo le quedaban quince minutos del tiempo establecido.
Era imposible que llegara a tiempo.
¡Sobre todo si los minutos seguían pasando tan rápido!
Estaba a punto de protestar pero algo, una vez más, le detuvo: un reflejo verde.
Instintivamente, alzó la vista y miró a la carretera. Allí estaba, un cartel enorme de color verde que rezaba “Achasan‑ro”.
La salida que debía tomar.
Sus ojos se abrieron hasta casi salirse de las órbitas y sus manos se movieron de forma brusca para hacer girar el volante. El movimiento fue tan repentino que poco le faltó para estrellarse contra uno de los coches que ya estaba dentro del carril —y, por supuesto, éste se lo hizo saber mediante una generosa ristra de pitidos enfurecidos— pero, por suerte, la distancia aún era suficiente para incorporarse.
—¡Joder! —gritó, una vez estuvo dentro del carril, al tiempo que golpeaba con sus manos el volante.
El corazón retumbaba en su pecho con tanta fuerza que, si no fuera porque se trataba de algo casi imposible, habría podido jurar que iba a partirle las costillas en cualquier momento. Su respiración estaba agitada y era tan superficial que resultaba insuficiente para llenarle los pulmones.
—Lo de que no te estrelles iba en serio, Gi-hun…
Gi-hun dirigió la mirada hacia la pantalla de su móvil, en la cual volvía a verse el cuerpo de El Reclutador y el juguete rojo deslizándose una y otra vez en su interior. En su rostro aún se mantenía aquella sonrisa tan arrogante y tranquila que le había acompañado desde el inicio de la videollamada.
—¡Casi me salgo de la puta carretera! —escupió Gi-hun con rabia.
Aquellas palabras tan solo lograron ensanchar la sonrisa en la cara de su pareja.
—¿Q-qué pasa, Gi-hun? —gimió temblorosamente El Reclutador. Su cuerpo se retorcía sobre las sábanas pero sus ojos se mantenían fijos en la cámara, cubiertos por un interés perverso—. ¿Te estás poniendo nervioso… ah… porque no vas a llegar?
Al decir aquellas palabras, su sonrisa se ensanchó aún más. Era evidente que estaba disfrutando de todo aquello. Y Gi-hun tampoco podía culparle. Debía de estar siendo un espectáculo fascinante verle conducir de una forma tan temeraria.
Porque ambos sabían lo que eso significaba.
Estaba desesperado.
—Te juro que cuando llegue lo vas a pagar muy caro… —respondió Gi-hun con los dientes apretados, al tiempo que volvía a mirar hacia la carretera.
Ya se encontraba en Achasan-ro, una larga avenida cuyo trayecto no suponía mayor complicación que la de conducir en línea recta y mantenerse en un carril fijo hasta que fuera el momento de girar.
Larga, aburrida… y compasiva con las distracciones.
—¿Ah, sí? —insistió El Reclutador—. ¿Y qué es lo que piensas hacer conmigo?
—Ya lo descubrirás cuando llegue.
El Reclutador enarcó una ceja con arrogancia.
—Eso diría alguien que no tiene un plan —canturreó.
—No todos somos unos psicópatas como tú —escupió Gi-hun.
—Y eso hace del mundo un lugar muy aburrido —se defendió El Reclutador, con un tono de burla.
Gi-hun gruñó.
El Reclutador le sacaba de quicio, pero no podía negar que tenía razón. Tanto en el hecho de que no contaba con ningún plan en lo absoluto, como respecto a que la psicopatía podía hacer del mundo algo mucho más divertido.
Él mismo podía asegurarlo.
Obviamente, era consciente de que no todos los casos existentes eran siquiera parecido al suyo, pero desde su experiencia tratando con gente rara y loca (y puede que siendo él mismo miembro de ese grupo), la vida se convertía en algo mucho más interesante e intrigante cuando se inyectaba un poco de peligro y sorpresa.
Planes macabros y la necesidad de hacerles frente.
El riesgo de perder y la imposibilidad de saber qué ocurriría al llegar la victoria.
El temor de la derrota y lo que ésta supondría.
La adrenalina de la incertidumbre.
—No necesito un plan —volvió a hablar Gi-hun, mirando directamente hacia la pantalla—. Pero si puedo asegurarte que vas a estar acordándote de esto por un buen tiempo.
—Suena interesante… —susurró El Reclutador—. Me muero de ganas de ver… ah… lo que tienes para ofrecer…
Gi-hun esbozó una ligera sonrisa.
La arrogancia y la confianza de su pareja siempre le habían resultado, de una forma que apenas sí podía encontrarle algún sentido incluso para sí mismo, terriblemente adorable.
Se dispuso añadir algo más pero, de pronto, el ruido del brazo mecánico se intensificó.
Un nuevo nivel.
Un gemido agudo e histérico atravesó la garganta de El Reclutador y partió el silencio como un latigazo en el aire.
Gi-hun abrió los ojos y contempló con sorpresa como el juguete se hundía con fuerza renovada en el cuerpo de su pareja, arrancándole de forma constante gemidos que le impedían hablar.
Apartó la vista, negándose a observar aquel espectáculo que sólo contribuía a arrebatarle los pocos restos que le quedaban de cordura. Sus dientes se apretaban entre sí y los dedos de sus manos se estrujaban con fuerza en el volante como si quisieran partirlo en dos.
Todo, tan solo significaba un vano intento de redirigir la atención de su mente y sus oídos hacia otra parte, alejada del bullicio erótico que le llegaba desde el teléfono y que hacia que su polla se apretara con desesperación contra sus pantalones.
Dolía.
Y dolía mucho.
No solo podía notar la tensión de su pene suplicándole por la liberación o por un poco de alivio de parte de sus manos (a falta del cuerpo de El Reclutador), sino también un fuego interno.
Esa abrasadora sensación que le quemaba en lo más hondo de sus entrañas y le estaba deshaciendo los nervios de un forma tremendamente lenta y exasperante.
—E-es el… ah… nivel cinco —tartamudeó sin fuerzas El Reclutador.
Una vez más, los planes de Gi-hun se derrumbaron de golpe.
Con un único y brusco movimiento de su cuello, apartó la vista de la carretera y centró toda su atención en la pantalla del móvil.
—¿¡Nivel 5!? —chilló con frustración—. ¡Es imposible que hayan pasado dos niveles!
El Reclutador miró hacia la cámara, mostrando una visión más clara de su rostro: las lágrimas en sus ojos y el tono rojizo de su piel, que se extendía hasta llegar al cuello, hacían evidente el enorme placer que estaba experimentando y, con ello, la dificultad de mantener el control.
Algunas gotas de sudor ya brillaban en su piel, pegando el pelo contra su frente y haciendo relucir los músculos de su cuerpo con una intensidad que parecía casi divina.
—Espera… ah… dos minutos, Gi-hun —susurró éste con esfuerzo. Luego, esbozó una sonrisa cansada, aunque bañada por la arrogancia, y añadió—: E-entonces… ah… podrás ver el reloj...
Los nervios de Gi-hun explotaron bajo su piel, atravesando cada músculo como si estuviera hecho de pólvora.
Si era cierto que era el nivel cinco, eso significaba que ya llevaban ocho minutos en la videollamada.
Cerca de la mitad del tiempo límite.
—¡Joder! —gritó Gi-hun. Su mano derecha había comenzado a moverse de forma descontrolada, golpeando una y otra vez el volante—. ¡Joder! ¡Joder! ¡Joder!
—N-no estás yendo… ah… l-lo suficientemente… ah… rápido, Gi-hun —canturreó con dificultad El Reclutador.
—¡Vete a la mierda! —chilló en respuesta Gi-hun, sin atreverse a mirar a la pantalla—. ¡Seguro que me estás mintiendo! —añadió, volviendo a mirar, con sus ojos llenos del fuego de la desesperación, hacia la pantalla.
El Reclutador le devolvió la mirada con una sonrisa impresa en los labios, que conformaba una extraña mezcla entre la compasión, la ternura y la ofensa. Y, de pronto, su cuerpo pareció relajarse un poco. Dejó caer la cabeza hacia atrás, se acurrucó sobre las sábanas y cerró los ojos, sin desprenderse en ningún momento de su ligera sonrisa.
—Jamás… ah… lo he hecho… —susurró.
A pesar de que su voz había sonado suave y débil, había logrado atravesar el caótico sonido del brazo mecánico, que no cesaba su actividad e introducía una y otra vez el juguete en su interior.
Gi-hun sintió el pinchazo de la culpa perforándole el corazón como si de una daga envenenada se tratara. Lo que había dicho El Reclutador, por muy extraño que pareciera, no era nada más que la pura verdad.
Claro que se ocultaban cosas, esa era una de las bases que sostenían los pilares de su excéntrica relación, pero nunca existían mentiras de por medio.
Cuando uno de los dos, de forma siempre inconsciente, empujaba al otro a tratar de dar una respuesta sobre un tema del que no debía poseer información —como la ubicación de la isla en la que se desarrollaban los Juegos o el funcionamiento de los mismos en el caso de Gi-hun, y los pasos dados en los planes para destruir los Juegos en el caso de El Reclutador— simplemente dejaban en claro que era una respuesta que no podía ofrecerse.
Ambos habían estado de acuerdo en mantener esa “confidencialidad” en cuanto al trabajo se trataba. La vida personal (excepto en el caso del sexo, donde la mentira podía usarse para provocar) era muy diferente.
Compartían anécdotas de su infancia —las de El Reclutador, por supuesto, siempre resultaban macabras—, exploraban juntos sus gustos gastronómicos y sus ideas sobre la vida.
Podían ocultar cosas sobre aquello que trajera un conflicto de intereses que afectara a su relación pero no podían mentirse en lo demás pues, de hacerlo, terminarían destruyendo los únicos lazos sólidos que los unían.
De esa forma, el nombre del Reclutador seguía siendo un misterio, un secreto oculto que a esas alturas resultaba irrelevante y, del mismo modo, al excusarse para ir a recoger la máquina con la que ahora torturaba los nervios de Gi-hun, no había mentido en lo absoluto.
No había puesto una mentira absurda, sino que se había ocultado en la vaguedad de la información dada: simplemente, “se trataba de un asunto que requería de su presencia inmediata”.
—No tienes nada de lo que disculparte —volvió a hablar El Reclutador, como si hubiera adivinado el malestar reinante en su corazón—. Aunque puedes tomarte esto como un castigo…
Gi-hun miró a la pantalla casi de forma instintiva, tratando de aliviar la confusión que aquellas palabras habían sembrado repentinamente en su cerebro.
Todo parecía “normal” (atendiendo a que, desde hacía algunos minutos la normalidad se había convertido en algo perfectamente extraño): la pantalla seguía mostrando el obsceno movimiento del juguete, con su superficie roja y brillante de lubricante, penetrando en un movimiento constante la entrada de El Reclutador.
Antes de que Gi-hun pudiera decir algo, la cámara cambió de nuevo.
Ahora volvía a tener frente a sus ojos una vista más amplia de la cama, que mostraba el cuerpo de su pareja tendido boca arriba, con el sudor dominando cada rincón de su piel enrojecida por la excitación.
Y también, ese maldito reloj.
Ese estúpido artefacto con las luces rojas que traía, una vez más, malas noticias para su cordura:
“10.00”
Un escalofrío le recorrió toda la columna vertebral, azotándole con la intensidad de una descarga eléctrica.
Efectivamente, El Reclutador no había mentido sobre los niveles y, por ende, tampoco sobre el tiempo. Pero resultaba desquiciante. Ya había transcurrido la mitad del tiempo y el seguía demasiado lejos de su destino.
¡Ni siquiera había salido aún de Achasan-ro!
Estaba a punto a ponerse a chillar de pura frustración cuando, de pronto, ante sus ojos —que se habían mantenido fijos y concentrados en la pantalla del móvil, observando a su pareja con impotencia—, el ángulo de la cámara volvió a cambiar, de la misma forma brusca que siempre.
El Reclutador volvía a ocupar cada rincón que la cámara lograba alcanzar, mostrando su hermoso cuerpo y su piel enrojecida brillando por el sudor y, en ciertas zonas, por el lubricante.
—¿Qué te ha parecido el castigo, Gi-hun? —preguntó burlonamente El Reclutador.
Gi-hun le lanzó una mirada que echaba chispas.
—Te juro que… —trató de decir, con los dientes apretados.
—Eso ya lo has dicho antes —le interrumpió El Reclutador—. Pero no estás siendo explícito.
Gi-hun continuó observando la pantalla, con la mirada ardiendo y la mandíbula apretada con fuerza.
Una vez más, El Reclutador tenía razón: no tenía la más mínima idea de lo que iba a hacer con él cuando llegara al Motel.
¿Cómo podía saberlo?
Las posibilidades eran infinitas y su cerebro estaba demasiado cargado de adrenalina y desconcierto como para procesarlas todas mientras su coche seguía circulando a toda velocidad por Achasan-ro.
—Siento que ya me estoy acostumbrando… —continuó hablando El Reclutador y, con un tono pícaro, añadió—. ¿No te parece que esto se está volviendo aburrido?
Gi-hun inconscientemente inclinó un poco la cabeza hacia un lado, en una actitud que casi parecía exigir una explicación más detallada.
—Quizás necesitas un poco de motivación… —susurró El Reclutador.
Esa fue toda la respuesta que recibió Gi-hun y, aún así, no sirvió para prepararle para lo que iba a suceder a continuación.
Sin decir una sola palabra más, El Reclutador se incorporó un poco y apoyó los antebrazos sobre el colchón, que se hundió ligeramente bajo su peso. Desde ahí, comenzó a retorcerse y su cuerpo, en un movimiento pausado pero constante, fue desapareciendo tras el ángulo más elevado que lograba alcanzar la cámara.
Instintivamente, Gi-hun fijó su mirada en la entrada de El Reclutador.
Allí, el juguete seguía manteniendo el ritmo de sus embestidas pero, conforme El Reclutador ascendía, la longitud que conseguía penetrarlo iba siendo cada vez menor.
—¿Qué… qué estás haciendo? —preguntó desconcertado Gi-hun.
—Motivarte —escuchó responder a El Reclutador desde fuera del cuadro.
Aunque no podía verle la cara, no fue difícil adivinar que tras aquella sencilla palabra se escondía la enorme y burlona sonrisa de su pareja. Gi-hun apretó los dientes, conteniendo sus ganas de responder.
—No te olvides de la carretera, Gi-hun.
Aquellas palabras parecieron atravesarle como una flecha. Había estado tan ensimismado tratando de no perderse ni un solo detalle de lo que su móvil le mostraba que se había olvidado por completo de que estaba conduciendo.
Era una suerte que las altas horas y la anchura de Achasan-ro hubieran minimizado las posibilidades de chocar (y estaba seguro de que en alguna ocasión, sin percatarse, había estado muy cerca de hacerlo).
Pero… ¿dónde estaba?
Alzó la cabeza y pudo ver que estaba a punto de llegar a un cruce, cuyo semáforo se encontraba en rojo. Se detuvo frente al semáforo y miró a su alrededor. Junto a las luces rojas, en un punto sobre la carretera, había un cartel de color azul que rezaba: Gyeongchun-ro.
Esa era su salida.
Gi-hun suspiró con alivio. Al menos en aquella ocasión no se había tenido que meter a la fuerza en el carril ni iba a recibir pitidos e insultos por ser brusco. Sus dedos tamborilearon sobre el volante y, mientras esperaba, volvió mirar hacia su móvil.
El ángulo de la cámara había cambiado, y ahora estaba un poco más alto por lo que se podía ver la pared junto a la cama, llena de espejos romboidales. Desde ese punto también se podía ver el brazo mecánico, que seguía moviéndose contra el aire. Frente a él, se encontraba El Reclutador, que ahora ya no estaba tumbado sobre la cama…
Sino a cuatro patas.
Gi-hun pudo notar como la mandíbula se le caía de forma inconsciente.
—Te he dado unos segundos de ventaja, Gi-hun —dijo de pronto El Reclutador.
Había girado la cabeza y ahora miraba hacia la cámara por encima de su propio hombro. Y, por supuesto, en sus labios había una sonrisa cargada de burla.
—¿Estás listo para que los recupere? —preguntó con picardía.
Sin esperar respuesta alguna, lanzó su brazo derecho hacia atrás y agarró el juguete. Luego, posicionó la punta del mismo hacia su entrada y se dejó caer lentamente.
Las paredes se estiraron de inmediato, dejando paso a las continuas y rápidas embestidas del juguete, que no tardaron en arrancar nuevos gemidos al Reclutador. Éste, volvió a apoyar su mano sobre la cama y enredó los dedos contra las sábanas.
—¡Gi-hun! —gritó con fuerza, al tiempo que su espalda se arqueaba y su cabeza caía hacia atrás.
El juguete se encargó del resto, penetrando una y otra vez el cuerpo de El Reclutador hasta lograr encajar toda la longitud que poseía.
—¡Gi-hun! —volvió a gritar.
El juguete parecía haber tomado nueva fuerza, como si tratara de recuperar el tiempo perdido.
Nivel 12.
De pronto, un fuerte bocinazo sobresaltó a Gi-hun quien, instintivamente (y en contra de todos los deseos de su cuerpo) apartó la vista para volver a fijar la mirada en la carretera.
El semáforo se había puesto en verde.
—¡No me jodas! —gruñó con furia, al tiempo que hundía el pie en el acelerador.
Casi de inmediato, hizo girar el volante con violencia hacia la derecha para tomar la curva hacia Gyeongchun-ro.
Con aquel gesto, El Reclutador destruía una vez más sus esperanzas de conducir con cierta “prudencia”.
—Eres un… ah… peligro, Gi-hun —gimió burlonamente El Reclutador—. ¿No te enseñaron nunca… ah… que los ojos no deben… ah… apartarse de la carretera?
Gi-hun miró de reojo a la pantalla. El Reclutador miraba a la cámara por encima del hombro, con unos ojos brillantes de lujuria y la ceja derecha alzada con arrogancia.
Riéndose de él.
—Ya que te gustan tanto los juguetes —respondió con los dientes apretados—, ¿por qué no te metes una mordaza en esa bocaza?
El Reclutador se mordió el labio inferior, tal y como si tratara de contener una enorme carcajada.
—Eso te lo dejo a ti —dijo al fin y, tras unos segundos de silencio, añadió en un susurro—: Si consigues llegar, claro.
Gi-hun bufó molesto y volvió a mirar hacia la carretera, tratando de concentrarse en la conducción mientras los gemidos de su pareja volvían a corear su nombre una y otra vez, continuando con la tarea de sacarle de quicio.
Trató de mantenerse tranquilo. Ahora que se encontraba en Gyeongchun-ro, llegar hasta el motel no parecía una tarea tan imposible, aunque seguía siendo extremadamente difícil teniendo en cuenta que le quedaban ocho minutos…
—¡Gi-hun! ¡Gi-hun! —chilló con desesperación El Reclutador, interrumpiendo sus pensamientos.
Nivel 7.
Ya no le quedaban ocho minutos, sino seis.
Sus dedos se enredaron con más furia sobre el plástico del volante y los nudillos se le pusieron blancos por la presión ejercida. Las encías le dolían por la fuerza que sus dientes estaban ejerciendo los unos sobre los otros en el interior de su boca.
Pero el peor dolor, sin duda alguna, era aquel que debía enfrentar contra su propia mente, que le suplicaba que, si muy posiblemente iba a perder, al menos no se perdiera el espectáculo que su propio móvil le estaba mostrando.
Que al menos viera ese cuerpo que adoraba retorciéndose en la cama, tiñéndose a cada segundo con un tono aún más rojizo conforme la excitación se expandía por toda su piel.
Que permitiera a sus oídos llenarse de todos los gemidos y los jadeos de El Reclutador, y llenara su mente con cada temblor de los músculos y la brillantez de la saliva escurriendo de la boca.
Que se deleitara con las suaves contracciones rodeando el juguete y el suave chapoteo del semen sobre las sábanas…
Gi-hun sacudió su cabeza con fuerza, pero sin apartar en ningún momento su atención de la carretera.
Rendirse no estaba en sus planes.
Nunca lo había estado.
Para hacerlo, primero debería morir, y no estaba dispuesto a pagar ese precio.
Hundió su pie en el acelerador y el coche rugió con furia justo antes de lanzarse a toda velocidad hacia adelante. Gi-hun giraba con habilidad el volante, esquivando cada coche que se cruzaba en su camino.
Por fin, llegó a una intersección en la que giró a la derecha.
Mientras lo hacía, sus ojos giraron, de forma casi inconsciente, hacia la pantalla: la cámara había vuelto a cambiar, mostrando una vez más el infernal reloj con los números rojos.
“5.00”
—Vamos… —gruñó Gi-hun con impaciencia.
Sus ojos habían vuelto a la carretera, esquivando por completo el momento en el que la cámara volviera a enfocar el cuerpo de El Reclutador.
Recorrió apenas unos metros de la nueva calle y volvió a girar a la derecha.
Al instante, los gemidos que salían del teléfono parecieron retumbar aún más contra sus tímpanos, la adrenalina se expandió por cada uno de sus nervios, crispándoles de nerviosismo, y la sangre de su cuerpo bajó directamente hacia su polla.
Aquella era la calle del motel.
Sus sentidos se agudizaron, tratando de mantener el control del coche a lo largo de la estrecha callejuela en la que se había adentrado. Por suerte, al ser ya altas horas de la madrugada no había ni un solo transeúnte que pudiera entorpecer su marcha mientras conducía a toda velocidad.
Conforme avanzaba, el aire parecía rehusarse a entrar en los pulmones y una sensación de ahogamiento comenzó a inundarlo. Tenía la boca seca y sentía los ojos ardiendo con intensidad. Por momentos, los gemidos de El Reclutador llegaban suaves y tenues pero pocos segundos después explotaban contra sus tímpanos con una fuerza atronadora.
—Vamos… —susurró de forma inconsciente.
Y, de pronto, una fuerte ola pareció azotarlo con furia.
No sabía si describirlo como alivio, euforia o satisfacción, pero sí podía sentir la violencia de su intensidad recorriendo cada rincón de su cuerpo, revolviendo cada órgano y cada músculo.
Frente a él, estaba el Motel Rosa.
Movió su pie derecho para encajarlo con violencia en el freno y, de inmediato, las ruedas de su coche chirriaron contra el asfalto. Pocos segundos después, el movimiento se detuvo por completo y las luces rosáceas del cartel que se encontraba colocado en la fachada del enorme edificio le bañaron por completo.
—¡Gi-hun!
Aquel grito, cargado de lujuria y anhelo, le sobresaltó. Su mirada se dirigió rápidamente hacia la pantalla del móvil. Allí, el brazo mecánico con el consolador rojo seguía embistiendo el cuerpo de El Reclutador, hundiéndose hasta la profundidad de sus entrañas y añadiéndole gemidos y jadeos ahogados con cada nuevo golpe.
De pronto, éste giró levemente su cabeza hacia atrás, con lo que sus miradas se reconectaron. Gi-hun observó el rostro enrojecido y empapado de El Reclutador. Parecía agotado, aunque aún mantenía parte de esa sonrisa arrogante que siempre le acompañaba.
—Gi-hun… p-por favor… —susurró éste temblorosamente—. Te quiero a ti…
Y, antes de que pudiera decir algo más, la máquina volvió a embestirle con energía, arrancándole un potente gemido.
Nivel 8.
En un acto reflejo, Gi-hun tomó su teléfono, salió a toda velocidad del coche y echó a correr hacia el motel. Empujó las puertas de cristal, que amenazaron con romperse ante la fuerza utilizada y se adentró en la recepción.
Su mirada recorrió con rapidez la estancia hasta que sus ojos se detuvieron sobre el mostrador: allí, yacía un pequeño control remoto.
Se acercó a toda velocidad y lo tomó antes de lanzarse a correr por las escaleras. Sabía que aquel camino podía ser demasiado largo y lento de recorrer, pero no quería arriesgarse a perder los últimos minutos que le quedaban del tiempo establecido esperando al ascensor.
Confiaba, además, en que la adrenalina que estaba empujando con tanta fiereza la sangre hacia su corazón y que estaba dotando a sus músculos de una potente energía le sirviera para llegar a tiempo.
Alcanzó el primer piso con relativa facilidad, al igual que el segundo, pero al llegar al tercero empezó a sentir como los músculos de sus piernas comenzaban a ceder ante el cansancio.
—A-ahora no… joder… —jadeó con cansancio.
—¡Gi-hun! —volvió a gritar El Reclutador desde la pantalla.
Sus ojos se giraron cansados hacia la pantalla y, a través de la neblina de cansancio pudo distinguir como el brazo mecánico tomaba aún más fuerza, embistiendo el cuerpo de El Reclutador con una furia que parecía capaz de atravesarlo.
Nivel 9.
Una nueva oleada de adrenalina le invadió los nervios y los músculos parecieron desprenderse por completo del agotamiento para inundarse con una potencia renovada. Gi-hun aprovechó ese nuevo rebote de energía para lanzarse a toda velocidad hacia las escaleras.
Así, subió el tercer piso sin casi inmutarse y, rápidamente, llegó al cuarto. El corazón comenzó a golpearle las costillas mientras seguía avanzando, con lo poco que le quedaba de fuerzas, a través del pasillo.
Las puertas pasaban ante sus ojos sin que apenas le diera tiempo de vislumbrar correctamente los números, pero aquello no le importaba.
Conocía bien la puerta que debía cruzar.
De pronto, sus ojos reconocieron el número de su habitación, inscrito sobre una placa de chapa dorada: 410.
Los gemidos tras la puerta, que se entremezclaban en una sintonía extraña —a la par que desquiciante— con los de su teléfono, le confirmaron que aquella era la habitación en la que se encontraba su pareja.
Se detuvo frente a ésta y comenzó a teclear el código para abrirla.
4-5-6.
Un agudo pitido precedió a la apertura de la puerta que fue azotada con violencia por Gi-hun, como producto de los nervios que lo estaban consumiendo. Al entrar, pudo observar el escenario que durante casi veinte minutos había estado reproduciéndose en su teléfono.
Allí estaba El Reclutador, apoyado sobre las palmas de sus manos y sus rodillas, con el trasero expuesto ante la máquina que no hacía más que empujar el brazo mecánico para que el consolador rojo le penetrara una y otra vez.
Junto a la cama, el reloj de los números rojos continuaba su cuenta regresiva.
El golpe de la puerta atrajo la atención de El Reclutador y sus ojos rebosantes de lágrimas de placer se encontraron con el fuego embravecido reinante en los de Gi-hun.
—No creía… ah… que fueras a llegar… —susurró con arrogancia, al tiempo que señalaba ligeramente con su cabeza hacia el reloj—. Eres un buen chico, Gi-hun…
Sin esperar un segundo más, Gi-hun alzó su propio control remoto y apretó el único botón que había en la superficie.
Al instante, la máquina y el reloj se detuvieron.
“1.00”
Ese era el tiempo que aún marcaba el reloj.
Lo había logrado.
✒️✒️✒️
Un dato por si alguien se ha desorientado mientras leía (o solo soy yo porque soy una loca obsesiva de los detalles): no he usado la dirección que dieron del Motel Rosa en la serie.
Me explico brevemente.
La dirección que dan en la serie (110-271 Banghak-dong, Dobong-gu, Seúl, Corea del Sur) no es la misma en la que se filmaron las escenas. Sé que esto puede no ser una sorpresa para muchos pero lo aclaro por si alguien no lo sabía. La dirección “real”, es decir, del edificio en el que grabaron, del Motel Rosa es 370-12 Sutaek-dong, Guri-si, provincia de Gyeonggi.
Durante mi planificación de esta historia busqué ambas direcciones (como se puede ver una está en Seúl y la otra en Guri, por lo que están en provincias diferentes) para ver cual convenía más a la narrativa y finalmente me decidí por Guri.
Aunque no se menciona directamente la ciudad de Guri, cualquiera que busque las carreteras mencionadas a lo largo del capítulo verá que se encuentran en dicha ciudad y que el recorrido es real (aprovecho para decir que las carreteras de Corea del Sur casi terminan con mi estabilidad mental xd).
Solo quería aclararlo para evitar malentendidos, volvamos con El Reclutador y Gi-hun :)