La Venganza
23 de febrero de 2026, 16:44
Un gemido ahogado escapó de los labios de El Reclutador en cuanto la máquina se detuvo. Sus brazos y piernas comenzaron a temblar con fuerza hasta que, de un momento a otro, su torso se desplomó sobre la cama.
Ante la brusquedad de su movimiento, el consolador —ahora inmóvil— se deslizó fuera de su cuerpo, dejando tan solo la punta del mismo aún dentro del trasero, que se había mantenido alzado en su lugar.
—Buen chico… Gi-hun… —repitió El Reclutador temblorosamente—. Casi no lo consigues…
Gi-hun, lejos de responder, se limitó a quedarse en silencio, con su mano derecha aún apretando el control remoto y los ojos clavados en el cuerpo de su pareja. El corazón le apretaba con fuerza las costillas y podía notar como sus nervios se revolvían inquietamente bajo la piel.
Lo había logrado… ¿pero qué es lo que debía hacer ahora?
¿Cómo debía reaccionar ahora que tenía frente así a El Reclutador y podía hacerle pagar por lo que le había hecho?
¿Qué castigo resultaba apropiado para la situación?
—¿Q-qué te ocurre, Gi-hun?
La voz, pícara y juguetona, de El Reclutador le sacó repentinamente de sus pensamientos. Gi-hun clavó su vista en el rostro de su pareja: allí, una sonrisa divertida gobernaba sobre la expresión de El Reclutador, burlándose de él con una arrogancia demoledora.
Ese fue el pistoletazo de salida.
La motivación que Gi-hun necesitaba.
Sin decir una sola palabra, comenzó a caminar, acercándose con el paso pesado y lento —y terriblemente desesperante dada la tensión que navegaba por el aire— hacia El Reclutador. Al llegar junto a la cama, colocó su mano derecha sobre las nalgas de El Reclutador y la izquierda se lanzó para agarrar el brazo mecánico de la máquina.
—¿G-Gi-hun? —susurró El Reclutador, con cierto aire de desconcierto.
Pero Gi-hun siguió sin responder.
En cambio, comenzó a empujar las manos en direcciones contrarias hasta que, con un brusco movimiento separó la pequeña conexión que aún mantenían el cuerpo de El Reclutador y la máquina.
El Reclutador emitió un gemido cargado de sorpresa y bañado por los últimos trazos de placer que el juguete, en su movimiento hacia fuera, consiguió arrancarle de la piel. Pronto, se encontró tumbado sobre la cama y sus dedos se enredaron con fuerza sobre las sábanas en un intento desesperado de mantener el control de su tembloroso cuerpo.
Todo pareció quedar en calma por unos segundos pero, de pronto, El Reclutador pudo sentir como algo comenzaba a trepar sobre la cama y, poco después, una fuerte presión se asentaba sobre su espalda baja.
Justo cuando se disponía a girar un poco la cabeza para mirar hacia atrás, ésta se vio lanzada bruscamente hacia abajo, dejando su mejilla pegada con fuerza sobre el colchón.
Lo siguiente que pudo notar fue como unos dedos se cerraban con fuerza sobre su pelo y como la presión, que al inicio había sentido sobre la espalda baja, se extendía a toda velocidad por su columna vertebral, atrapando su cuerpo contra la cama y, poco después, un aliento cálido deslizándose peligrosamente por la piel de su nuca.
—Tienes suerte de que haya llegado a tiempo… —le susurró Gi-hun, con un tono evidentemente molesto e irritado—. Si llegas a…
—¿De verdad pensabas que iba a correrme sin ti? —le interrumpió El Reclutador.
Gi-hun sintió como su respiración se cortaba.
Aún le ardía la cabeza por la rabia, pero las palabras de su pareja habían asentado un nuevo sentimiento que quemaba mucho más.
La confusión.
Como si El Reclutador fuera consciente de cómo sus palabras le habían afectado, volvió a hablar:
—Tenía miedo de que te dieras cuenta, pero me alegra saber que te he sorprendido lo suficiente como para que no te fijaras en los detalles —confesó y, con una sonrisa pícara, añadió—. Estabas demasiado ocupado viendo como esa máquina me follaba en tu lugar…
Un fuerte tirón del pelo le hizo sisear, interrumpiendo sus burlas envenenadas de provocación.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Gi-hun.
Tenía los dientes apretados y no se esforzaba lo más mínimo en ocultar su rabia.
Porque quería que El Reclutador lo supiera; quería que fuera consciente de cómo la ira le estaba ahogando y de cómo aquel veneno podía alcanzarle.
—Llevo un… ah... a-anillo… —jadeó con dificultad El Reclutador.
Toda la sangre de Gi-hun pareció diluirse en aquel instante, dejándole a paralizado en el sitio. Aún así, permaneció con los dedos firmemente enredados en el pelo de El Reclutador y con la ira apretándole la mandíbula con fuerza.
Cuando las palabras parecieron asentarse en su cerebro, lanzó la mano que aún le quedaba libre hacia las caderas de El Reclutador y las alzó un poco para introducir su mano debajo. Sus dedos se deslizaron por el vientre, trazando con suavidad la línea de los abdominales hasta alcanzar la pelvis.
De forma cruel y fría, Gi-hun ignoró la prominente erección de su pareja y continuó su camino hacia abajo.
Una nueva oleada de ira le consumió al instante cuando la yema de sus dedos detectaron una pequeña tira de silicona rodeando la piel de la base.
—Yo nunca te he mentido… —susurró con maldad El Reclutador.
Y técnicamente era cierto.
Le había amenazado con correrse y no era una mentira pura porque el anillo no hacía imposible el orgasmo sino que lo retrasaba y lo hacía más difícil de lograr. Es decir, el nivel más alto de aquella máquina bien podía haber disparado el orgasmo aún con la presencia del anillo.
Además, no suponía una opción menos probable el hecho de que, con un movimiento rápido, El Reclutador se deshiciese de aquel objeto y permitiese a su cuerpo liberarse de toda tensión.
Era lo de siempre: no había mentiras pero, si se trataba de sorprender o hacer cualquier cosa que no supusiera algún daño para el otro o la relación, estaba permitido.
No mentiras.
Solo juegos.
Gi-hun suspiró con fuerza, como si aquello le permitiera mantenerse bajo control.
—Está bien —susurró junto al oído de El Reclutador—. ¿Quieres jugar?
Por toda respuesta, su pareja esbozó una gran sonrisa.
—Pues juguemos —añadió Gi-hun con los dientes apretados.
Acto seguido, El Reclutador pudo notar como todo el peso que había estado cargando sobre su espalda y el agarre en su pelo desaparecían de forma repentina, aunque no el de sus caderas.
Trató de girar la cabeza para mirar a Gi-hun pero, de pronto, unas manos se enredaron sobre sus muñecas y, con un rápido movimiento, sus hombros se vieron obligados a girar hacia atrás, permitiendo que sus manos quedaran sobre la espalda.
Un gemido escapó de sus labios con urgencia mientras una pequeña oleada de placer le atravesaba la pelvis.
—¿Cuál es tu gesto de seguridad?
El Reclutador giró un poco los ojos tratando de encontrar a Gi-hun tras él. Pero, antes de que pudiera hacerlo, notó como una de las manos de Gi-hun desaparecía del agarre en sus muñecas (que aún se encontraban pegadas a su espalda) y, acto seguido, ésta se colocaba sobre su cabeza.
Las uñas se arrastraron por el cuero cabelludo, arañándolo con ira y agarrando a su paso el pelo. Pronto, un fuerte tirón hizo que el torso de El Reclutador se levantara bruscamente del colchón.
El Reclutador apretó los dientes y siseó cuando las pequeñas descargas de dolor comenzaron a extenderse por la cabeza, haciéndola hervir.
Por su parte, Gi-hun volvió a inclinarse ligeramente hacia adelante y su boca quedó de nuevo junto a la oreja derecha de El Reclutador.
—Hazlo —le susurró en tono amenazante.
Luego, dio otro tirón.
—Ahora —insistió, con un tono cargado de peligro.
—¿Es enserio, Gi-hun? —jadeó molesto El Reclutador.
Tenía los dientes apretados, el ceño fruncido y los ojos girados hasta las comisuras en un intento desesperado de enfrentar directamente a su pareja.
—Ya tienes mi palabra de seguridad —siguió replicando.
Un bufido divertido escapó de los labios de Gi-hun.
—Créeme —susurró éste, acercando aún más su boca a la oreja de El Reclutador—, quizás hoy necesites ambas para estar a salvo.
El Reclutador se estremeció al notar como una oleada de sangre le apretaba la polla.
Sabía perfectamente que Gi-hun sería totalmente incapaz de hacerle un daño que él no deseara…
Pero existía un problema.
Nunca había dejado claros sus límites, porque ni siquiera él mismo los conocía en su totalidad y, por lo mismo, desde el inicio de su relación, habían marcado muy claramente una palabra y un gesto para garantizar la seguridad de sus encuentros.
El gesto jamás había sido utilizado y la palabra en ocasiones muy contadas porque Gi-hun, a pesar de contar con la tranquilidad de ser avisado si cruzaba los límites desconocidos, procuraba ser prudente en cada una de sus acciones.
Por eso, el comportamiento de Gi-hun en aquel momento resultaba tan excitante.
Había roto la barrera.
Gi-hun escucharía los límites, pero estaba dispuesto a acariciarlos y llenarlos de saliva y semen.
No había vuelta atrás ni recorrido que él quisieran seguir.
Esta vez… la había jodido bien.
De pronto, un chispazo pareció desgarrar el aire.
Un chasqueo de dedos.
El gesto de seguridad.
Una sonrisa apareció en los labios de Gi-hun y, poco a poco, comenzó a incorporarse. Retiró su mano del pelo de El Reclutador, permitiendo que éste apoyara nuevamente su mejilla sobre el colchón. Luego, colocó su mano ahora libre sobre el cinturón de su propio pantalón y comenzó a desatarlo con agilidad.
—Buen chico… —susurró.
El Reclutador jadeó con fuerza ante el cumplido.
Muy pronto, Gi-hun sacó el cinturón, lo acercó hacia las manos de El Reclutador y comenzó a atarle las muñecas.
El Reclutador pudo notar como todos sus sentidos se agudizaban conforme el cinturón se apretaba contra su carne. Cada roce retumbaba en sus oídos como si se tratara de una avalancha cayendo directamente sobre su cabeza y el tintineo de la hebilla sonaba como mil campanas golpeando su cráneo.
Resultaba atronador.
Violento.
Doloroso.
Y excitante.
Por fin, las manos de El Reclutador se encontraron perfectamente aseguradas.
Y entonces, contra todo lo que podría tener sentido dada la situación, Gi-hun no volvió a abalanzarse sobre El Reclutador. En cambio, alzo su cuerpo, aflojando la presión de su peso de la espalda de su pareja, y se deslizó fuera de la cama.
El Reclutador, quien tenía la cabeza aún sobre el colchón y los ojos mirando hacia el borde de la cama por el que Gi-hun había salido, le miró con curiosidad. Al notar la separación había probado la fuerza de la atadura casi al instante y, como imaginaba, resultaba imposible liberarse.
—Ahora —dijo Gi-hun con calma—, te vas a poner de rodillas aquí —ordenó, apuntando con el dedo índice hacia el extremo de la cama.
Su rostro permanecía serio pero en sus ojos podía verse brillar la inconfundible luz del deseo de venganza.
Sin decir una palabra más, bajó un poco la vista al tiempo que sus manos se metían en los bolsillos de sus pantalones. Al sacarlas, su mano izquierda reveló una cajetilla de tabaco, mientras que la otra sostenía un mechero.
Después, abrió la tapa de la cajetilla con habilidad y tomó uno de los cigarrillos que había dentro directamente con su boca. Luego, lanzó la cajetilla a un lado y acercó el mechero. El fuego de la llama hizo arder la punta del cigarrillo. Pocos segundos después, el mechero salió volando hacia el mismo lado que la cajetilla.
Entonces, Gi-hun alzó su mirada para observar a El Reclutador, que se había quedado quieto en su lugar, observando con atención cada uno de sus movimientos.
El silencio dejó paso a una lucha encarnizada de sus miradas, que se recorrían una y otra vez, como si pudieran incendiarse mutuamente y convencer al otro de rendirse.
Pero, al final, ambos sabían quién estaba en desventaja.
Tras unos segundos, El Reclutador comenzó a revolverse sobre las sábanas. Clavó las rodillas en el colchón y apretó con fuerza su pecho, abdomen y hombros para mantener el equilibrio de su cuerpo.
Muy pronto, estaba de rodillas y, sin esperar más que un par de segundos —que utilizó para echar un nuevo vistazo a Gi-hun—, inició su lenta y tambaleante marcha hacia el borde de la cama. Conforme se acercaba, la mirada de Gi-hun iba bajando, siguiendo con una apariencia indiferente y altiva su avance.
Cuando llegó al extremo de la cama se detuvo, dejando sus rodillas a ras con el borde de la misma, y alzó la cabeza para enfrentar la mirada de Gi-hun. Éste no pareció inmutarse ante el gesto. En cambio, alzó nuevamente la mano para tomar el cigarrillo que aún pendía de sus labios y, tras dar una profunda calada —llenando sus pulmones con el mortal humo del tabaco—, lo separó de su boca.
Luego, alzó su propia cabeza, aunque mantuvo su mirada fija en El Reclutador, observándole con un gesto de superioridad, mientras dejaba escapar el humo.
—Ya que te ha gustado tanto el anillo —dijo, con un tono despreocupado que sonaba terriblemente peligroso—, había pensado dejarlo puesto.
El Reclutador notó como las tripas se le revolvían.
—No creo que merezcas correrte —añadió Gi-hun, como si tratará de responder a la pregunta que se estaba formando en la cabeza de El Reclutador.
Ahora que las manos de su pareja estaban inmovilizadas, la posibilidad de retirar el anillo que se encontraba en la base del pene se volvía nula y, en consecuencia, el cuerpo de El Reclutador debía enfrentarse en soledad a la presión del anillo, que casi imposibilitaba la eyaculación.
Ese hecho, convertía lo que había empezado siendo una forma de mantener el control ante la estimulación de la máquina, en una forma de tortura para castigar sus acciones.
—Pero puedes ganártelo… —susurró Gi-hun, esbozando una sonrisa divertida.
El Reclutador entrecerró ligeramente los ojos, como si con ello pudiera descubrir cuáles eran las condiciones que Gi-hun iba a proponerle para desprenderse del anillo.
Sin embargo, lejos de decir alguna palabra aclaratoria, Gi-hun se limitó a bajar la cabeza, transformando su mirada en algo mucho más fiero. Luego, colocó de nuevo el cigarrillo entre sus labios. Entonces sus manos, ahora libres, bajaron directamente hacia el cierre de su pantalón.
El Reclutador siguió instintivamente el recorrido de aquellas manos y fue testigo de cómo los dedos desabrochaban el botón de cierre y abrían la cremallera de la bragueta.
—¿Lo entiendes? —preguntó Gi-hun, con cuidado de no dejar caer el cigarrillo de los labios, al tiempo que agarraba la goma elástica de sus calzoncillos.
El Reclutador alzó la cabeza solo para asentir y, luego, su mirada volvió a bajar hacia la entrepierna de Gi-hun. Éste, esbozó una ligera sonrisa y tiró de su ropa interior, revelando su pene firme y erecto.
Los ojos de El Reclutador brillaron con una lujuria salvaje que amenazaba con hacerle saltar en cualquier momento.
Pero, antes de que pudiera hacerlo, los pantalones de Gi-hun cayeron por completo al suelo y, con un rápido movimiento, colocó su mano izquierda sobre la cabeza de El Reclutador y la empujó para que ésta se acercara. La velocidad de la acción le hizo imposible reaccionar, por lo que su mejilla chocó contra la pelvis contraria.
—Traga —le ordenó Gi-hun con voz firme, al tiempo que sus dedos se cerraban sobre el pelo de El Reclutador y tiraban con fuerza de él, tratando de redirigirlo.
De forma torpe pero ansiosa, El Reclutador abrió la boca y siguió la dirección de Gi-hun hasta que, por fin, sus labios encontraron el glande, rosa y húmedo por el líquido preseminal.
Cuando lo tuvo en su boca, trató de disfrutar del agradable sabor de aquella piel que tan familiar le era. Quería dibujar con su lengua cada línea y disfrutar de cada una de las arrugas que conformaban aquella zona.
Pero Gi-hun no se lo permitió.
En cuanto el calor de la boca ajena se asentó sobre la cabeza de su pene, se apresuró a afianzar su agarre y, de inmediato, dio un tirón seco hacia adelante.
—Traga… —jadeó temblorosamente.
El movimiento resultó tan brusco que El Reclutador pudo sentir como todo el aire en sus pulmones escapaba violentamente. Las oleadas de tos y arcadas comenzaron a sucederse sin pausa por su garganta, arrebatándole las pocas oportunidades de respirar que aún le quedaban y provocando que sus ojos se llenaran de lágrimas.
Los jadeos de Gi-hun y los gemidos desesperados de El Reclutador se entremezclaron en el aire.
Pero, por muy cruel que pudiera parecer la actitud de Gi-hun —y lo era a conciencia—, no se trataba de un acto imprudente ni cargado por el ansia de violentar sin propósito.
El Reclutador no lo sabía (aunque, en caso de poder pensar en algo más que no fuera el hecho de no ahogarse, podría intuirlo), pero las orejas de Gi-hun permanecían tensas y alerta, conscientes de todo lo que ocurría a su alrededor. Y no solo bajo el afán de recolectar cada uno de sus gemidos, que formaban parte de las pruebas de que su castigo estaba siendo debidamente cumplido.
Quería estar seguro en todo momento de que El Reclutador, ahora desprovisto de su capacidad de hablar, no realizara su gesto de seguridad.
Se trataba de cuidarlo.
Cuando la respiración de El Reclutador pareció estabilizarse un poco, Gi-hun volvió a tirar del pelo, guiándole poco a poco hacia atrás. Su pene volvió a aparecer ante sus ojos, brillante y húmedo por la saliva. Entonces, movió su mano derecha, que ahora estaba libre, y agarró de nuevo el cigarrillo de su boca.
Inhaló con fuerza, llenando sus pulmones de humo y manteniéndolo dentro de sí por unos instantes —casi como si quisiera coordinarse con la sensación de ahogo que hasta hacía unos instantes había inundado a su pareja—, antes de sacar el cigarrillo y expulsar todo el humo con un soplido.
—Lo estas haciendo bien… —susurró con delicadeza, empujando de nuevo la cabeza de El Reclutador hacia su pene, obligándole a tragarlo una vez más.
Esta vez, la acción fue mucho más suave, por lo que El Reclutador pudo hacerle frente con una relativa tranquilidad, aunque aún luchara con la angustia de sus pulmones insatisfechos. Poco a poco, el pene de Gi-hun volvió a encontrarse con su lengua, que se vio empapada por todo el líquido preseminal que tanto había ansiado saborear.
Era dulce y cálido.
Pero también dominante y lujurioso.
Como su Gi-hun.
Pasaron unos segundos en los que El Reclutador se mantuvo alerta, precavido en la idea de que Gi-hun volviera a emprender contra él algún gesto imprevisto y brusco. Pero esto no sucedió. En cambio, Gi-hun mantuvo sus caderas quietas y su mano, aunque continuaba aferrada a su cuero cabelludo, no se movió en lo absoluto.
Le estaba devolviendo el poder…
Para que se redimiera.
Pronto la cabeza de El Reclutador encontró un ritmo perfecto, en el que su cuerpo iba balanceándose sobre sus rodillas, permitiéndole usar el privilegio que, de forma silenciosa, Gi-hun le había entregado. Éste, desde su posición más elevada, podía ver como los músculos de los hombros de El Reclutador se contraían violentamente con cada movimiento, luchando de forma encarnizada contra la presión del cinturón en sus muñecas y la incomodidad de su postura.
Era una pelea fiera que, lejos de mostrar redención o sumisión, buscaba marcar un precedente claro que justificara el perdón de sus acciones.
Gi-hun no podía verlo, dado que el cuerpo de El Reclutador lo tapaba por completo, pero el pene de éste se había hinchado aún más y presionaba el anillo de la base con rabia, como si tratara de deshacerse de él a la fuerza.
Poco a poco, la velocidad fue aumentando, y los gemidos de Gi-hun, junto con los de El Reclutador, que ahora acompañaban de una forma más armoniosa el ambiente cargado de lujuria, flotaron por el aire y rebotaron de forma continua sobre las paredes, chocando una y otra vez contra sus tímpanos.
El Reclutador cargaba una y otra vez hacia adelante, encajándose el pene de Gi-hun con algo parecido a la desesperación. El glande golpeaba su garganta mientras los gemidos de ambos iban elevándose cada vez más.
De pronto, un fuerte tirón del pelo le hizo echarse hacia atrás, expulsándole de golpe de su lugar.
Con la boca ahora libre, su respiración entrecortada y errática fue lo único que llenó el silencio. Sus ojos estaban vidriosos y podía notar como la mandíbula se le resentía por el esfuerzo puesto en sus ansias de ganar el perdón.
Sin que nada se lo ordenara, alzó la cabeza un poco, enfrentando la fuerza de los dedos que aún tiraban de su pelo, y observó a Gi-hun. Éste, le devolvió la mirada. Tenía el cigarrillo sujeto entre los labios y sus ojos reflejaban el ligero brillo que emitía la llama de la punta, pero nada en su expresión parecía dispuesto a mostrar que estaba igual de ansioso que su pareja.
Pasaron tan solo unos segundos —aunque dada la tensión y la agitación del momento se sintieron como años para El Reclutador— hasta que Gi-hun decidió moverse.
Fue algo sutil, solo sus dedos pinzando el cigarrillo para alejarlo de su boca.
Sin apartar la mirada ni por un instante, y sin soltar de su agarre al Reclutador, Gi-hun dio un paso hacia atrás, extendiendo la distancia que los separaba y alejando su pene erecto del alcance de su pareja. Luego, se inclinó hacia adelante, dejando su cara junto al rostro sonrojado y aún jadeante de El Reclutador.
Entonces, entreabrió un poco los labios y, cuando su pareja casi se había convencido de que se lanzaría contra su boca para arrebatarle los últimos restos de oxígeno que quedaban en sus pulmones con un beso, comenzó a soplar.
Todo el humo que tenía guardado fue expulsado directamente contra la boca abierta de El Reclutador quien, sin la posibilidad de resistirse o de apartar la cara, se vio obligado a tragarlo.
—Pareces destrozado… —se burló Gi-hun. Había dejado salir la mayoría del humo y ahora esbozaba una media sonrisa—. Pero es lo que querías de mí, ¿no? —continuó.
El Reclutador no respondió. No podía hacerlo. Ahora que el humo había dejado de golpearle la lengua y la garganta, sus jadeos habían aumentado en intensidad, tratando no solo de recuperar el aliento sino de proveer a sus pulmones de aire limpio.
—¿Quieres decir algo? —continuó hablando Gi-hun, ahora marcando más el tono burlón en su voz.
El Reclutador entrecerró sus ojos, mostrando una expresión fastidiada pero no completamente furiosa o cerrada. Sabía que era lo que Gi-hun estaba haciendo. Lo que le estaba ofreciendo.
¿Pero estaba dispuesto a dárselo?
Tan sólo un par de segundos, en lo que lo único que flotó por el aire fueron las respiraciones entrecortadas y ansiosas de El Reclutador, Gi-hun volvió a acercar el cigarrillo a sus labios. Luego, los apretó con fuerza sobre el filtro y dio una fuerte calada que le inundó los pulmones de humo.
—Parece que no —dijo, tras sacar el cigarrillo de la boca.
El humo escapó de sus labios con cada palabra, formando pequeños torbellinos en el aire que se enredaban y bailaban en una danza silenciosa. Luego, se incorporó y dio un par de pasos hacia adelante, acercando de nuevo su pene hacia El Reclutador.
Pero, justo cuando ya podía notar los labios de su pareja rozando contra el glande, algo le detuvo abruptamente:
—Perdóname, Gi-hun —susurró de pronto una voz suave y cansada.
Gi-hun bajó la mirada, pero no se apartó ni un centímetro de su posición. De inmediato, sus ojos captaron una mirada vidriosa y llena por una súplica lo suficientemente sincera como para prestarle atención a la expresión de El Reclutador, que le observaba aún con los ojos entrecerrados.
—Por favor… —murmuró éste, con un tono aún más débil que el anterior.
Aquello fue suficiente para que Gi-hun retrocediera de nuevo, permitiendo a sus rostros situarse a la misma altura. Entonces, y sin decir una sola palabra, Gi-hun acercó de nuevo el cigarrillo hacia sus labios y dio una calada mientras sus ojos se movían rápidamente para examinar hasta el último rincón en las facciones de El Reclutador.
—¿Has dicho algo? —preguntó.
Su voz había sonado burlona, pero a la vez firme y autoritaria, como si formara parte de una advertencia que debía ser temida. El humo volvió a escapar de su boca, rodeando el rostro jadeante de El Reclutador.
Éste logró no asfixiarse con el humo y, cuando se dispersó un poco en los alrededores de su nariz, inhaló con fuerza antes de responder:
—Perdóname, por favor…
Una sonrisa traviesa se formó en los labios de Gi-hun. Tiró un poco más del pelo, acercando simultáneamente el rostro de su pareja y el suyo hasta que sus bocas quedaron casi la una sobre la otra.
—Repítelo —le susurró, rozando con delicadeza sus labios contra los de su pareja.
El calor de sus alientos se enredó en la pequeña distancia que los separaba, y la adrenalina de sus cuerpos explotó con rabia en sus venas. Cada músculo se tensó y la piel de ambos se erizó con ansiedad.
—Por favor, Gi-hun… —repitió El Reclutador en un susurro—. Perdóname…
Apenas logró terminar de pronunciar aquella última palabra cuando Gi-hun se lanzó hacia adelante, rompiendo de golpe el cruel abismo que separaba sus bocas. Las lenguas danzaron la una sobre la otra, reconociéndose y saboreándose mutuamente con ganas.
La de Gi-hun aún sabía al humo del cigarrillo y la de El Reclutador al lubricante de fresa que había usado para prepararse antes de iniciar la videollamada que lo había desencadenado todo.
El movimiento se mantuvo durante algunos minutos, que sirvieron para que la intensidad de sus besos aumentara hasta parecerse más a los mordiscos.
Por fin, comenzaron a separarse, con un movimiento pausado y lento, y sus jadeos volvieron a convertirse en la banda sonora principal que retumbaba en sus oídos. Sus respiraciones fueron calmándose poco a poco, rasgando con una peligrosa suavidad la espesa bruma que los rodeaba.
Pero, de pronto, un intenso dolor rompió la aparente tranquilidad.
El Reclutador gimió, al tiempo que notaba como su cuerpo se veía obligado a erguirse por completo sobre sus rodillas. Instintivamente, había cerrado los ojos, sorprendido ante el brusco movimiento pero, ahora que todo parecía mantenerse quieto, se permitió volver a abrirlos.
Allí estaban los ojos de Gi-hun, observándole con un brillo cargado de picardía y lujuria, y el cigarrillo con la punta llena de ceniza.
—Eres un buen chico… —susurró Gi-hun.
Tras decir aquello, se escuchó un chasquido y el cigarrillo desapareció repentinamente del campo de visión de El Reclutador. Un pequeño golpe, casi imperceptible, le informó de que este había caído al suelo. Luego, la mano ahora libre de Gi-hun se movió rápidamente hacia su entrepierna y, en pocos segundos, pudo notar como sus dedos se enredaban sobre los bordes del anillo.
—Te perdono —continuó.
Poco a poco el anillo fue deslizándose fuera del pene de El Reclutador y éste no pudo evitar soltar un suspiro de alivio cuando la presión comenzó a desaparecer de la zona. Cuando finalmente estuvo fuera, Gi-hun lo lanzó a un lado, quitándole toda la importancia que hasta el momento había tenido y sellando con su acción la culminación de aquel perdón tan deseado.
—Te perdono… —repitió con delicadeza, mientras sus manos se movían hacia las muñecas de El Reclutador.
Éste se mantuvo quieto, tratando de procesar la libre circulación de sangre en su pene ahora que el anillo había desaparecido. Su respiración sonaba débil y abrumada por la sensación de descanso. Muy pronto, a aquel sentimiento se le unió la liberación de sus muñecas que, aunque no se encontraban excesivamente apretadas por el cinturón, si le revelaron un ligero resentimiento en los hombros, producto de la posición que había mantenido hasta el momento.
Sin embargo, la calma no duró demasiado.
De un momento a otro, su cuerpo se vio lanzado hacia atrás, y su espalda chocó con un sonido hueco contra el colchón. Su gemido de sorpresa se unió al emitido por la madera del soporte y los muelles de la cama, que sonaron ante el repentino cambio de pesos.
Al alzar un poco la cabeza, logró vislumbrar a Gi-hun, aún de pie junto a la cama y deshaciéndose de sus pantalones. No pasaron siquiera un par de segundos hasta que Gi-hun logró cumplir con su tarea y comenzó a trepar sobre la cama. Se acercó a él y terminó colocándose entre sus piernas.
Ante esto, El Reclutador no pudo evitar que sus brazos se abrieran de forma instintiva cuando el calor de las caderas de su pareja comenzó a rozarse por sus muslos, acariciándolos con ternura. Pronto, el pene de Gi-hun, tan erecto y duro como lo había sentido su boca, se reunió con el suyo, que estaba en una situación muy similar.
Las yemas de sus dedos al fin lograron agarrarse a los fuertes bíceps de Gi-hun y se arrastraron por toda su piel hasta engancharse en el cuello. Por su parte, las piernas no tardaron en enredarse sobre las caderas de Gi-hun, como si temieran que este decidiera retroceder.
Todo su cuerpo parecía aferrarse a él.
—Gi-hun… —susurró El Reclutador, con una voz que revelaba el ansia con el que había esperado aquel momento.
Pero Gi-hun no respondió. En cambio, permitió a sus labios curvarse en una sonrisa que, lejos de la ternura que su pareja podría esperar para aquel momento, se mostraba malvada.
Escurridiza.
Pícara.
Y oscura.
Antes de que lograra preguntar algo, El Reclutador notó como los hombros de Gi-hun se removían y cómo sus caderas se contraían hacia adelante, permitiendo que todo el peso de su cuerpo quedara equilibrado sobre sus rodillas. Por su parte, El Reclutador mantuvo en su lugar los brazos y piernas por lo que, siguiendo el movimiento del cuerpo de Gi-hun, El Reclutador notó como su torso y cabeza eran suspendidos a pocos centímetros del colchón.
Lo siguiente que notó fue el cuero.
Una tira de cuero que, sorpresivamente, estaba caliente y se arrastraba con delicadeza por la parte trasera de su cuello. En pocos segundos, el cuero cubrió los laterales y, con un tirón seco, terminó por cerrarse sobre su garganta. El gesto llevó consigo el tintineo de algo metálico.
Era el cinturón.
—Te perdono… —dijo una vez más Gi-hun, posiblemente respondiendo al pánico presente en los ojos de su pareja.
Luego, alzó su mano derecha, que sujetaba el extremo sobrante del cinturón, y se inclinó un poco hacia adelante, permitiendo a su cuerpo retomar la posición que había adoptado al subir a la cama. Su mano izquierda, junto con sus rodillas, se convirtieron en los únicos puntos de apoyo.
—Pero no quiero que esto se te olvide —susurró, tirando ligeramente de la correa.
El Reclutador notó como el aire dejaba de pasar por su garganta por unos instantes y cómo, a partir de ese momento, el paso de saliva se volvía más difícil. Pero también, pudo sentir como su pene se apretaba con más fuerza contra el de GI-hun, contrayéndose una y otra vez cuando su garganta se movía, luchando contra la correa del cinturón.
La excitación era innegable.
—No quiero que se te olvide… —continuó Gi-hun, y, con un tirón seco del cinturón, obligó al Reclutador a levantarse un poco más, acercando sus labios—. Que eres mío.
Tras aquellas palabras, El Reclutador no pudo aguantar más. Adelantándose a los acontecimientos, se lanzó hacia adelante para poder capturar los labios de su pareja con un beso feroz y hambriento.
Gi-hun aceptó el beso, pero aumentó la intensidad al introducir su lengua de forma brusca en la boca de su pareja, que no tardó en imitarle. La saliva pasó de un lado a otro y sus lenguas se atacaron mutuamente, luchando por el control.
Pronto, sus castigados pulmones les obligaron a parar el beso y sus alientos cansados volvieron a flotar por el pequeño espacio que los labios dejaron entre sus rostros.
—Por favor, Gi-hun… —jadeó sin fuerzas El Reclutador. Sus ojos estaban vidriosos y sus respiraciones sonaban entrecortadas y pesadas por la falta de oxígeno—. No puedo aguantar más… —añadió, con un tono tremendamente desesperado.
Ante esto, Gi-hun esbozó una ligera sonrisa y, tras darle otro pequeño beso en los labios, se incorporó un poco. La mano que aún sujetaba el cinturón se deslizó poco a poco por éste, hasta llegar al extremo, a la altura del cual se podía vislumbrar el pene Gi-hun.
Cuando este logró agarrar la punta de su pene, el cuero del cinturón se tensó, tirando levemente del cuello de El Reclutador.
—¿Estás preparado? —preguntó con un susurro Gi-hun.
Ya había alineado su polla con la entrada palpitante y sonrosada de El Reclutador, y presionaba ligeramente sobre la carne, a la espera de un confirmación. El Reclutador asintió frenéticamente pero, cuando vio que su pareja no se movía, miró directamente hacia los ojos de Gi-hun y susurró:
—Por favor… si…
Al instante, la presión en la entrada se intensificó y, poco a poco, el glande comenzó a entrar.
El Reclutador emitió un grito, cargado de placer pero también de satisfacción al notar como su propio pene se contraía, ahora libre de cualquier restricción.
Su cuerpo reconocía el grosor. Era, tal y como le había dicho tantas veces a Gi-hun, muy similar al consolador que hasta hacía algunos minutos le había estado penetrando con la ayuda de la máquina.
Pero, al mismo tiempo, eran completamente diferentes.
No había nada en la penetración que ahora experimentaba que le resultara rígido o artificial. Podía sentir el calor de Gi-hun, avanzando de forma ansiosa y salvaje, pero a la vez consciente y amorosa, por sus entrañas.
Poco a poco, el pene de Gi-hun fue encajándose centímetro a centímetro en su cuerpo, dándole el suficiente tiempo para que se adaptara a la extensión hasta que, por fin, la punta rozó la próstata.
En aquel instante, un fuerte gemido salió de la garganta de El Reclutador, al tiempo que sus dientes se apretaban, sus ojos se cerraban y las uñas se clavaban sobre la carne de la espalda de Gi-hun.
—¿E-Estás bien? —preguntó Gi-hun, con su voz ligeramente temblorosa.
Era obvio que la excitación no era algo que estuviera atormentando solo al Reclutador, sino que también estaba causando estragos en la fortaleza de Gi-hun. En su mente y corazón aún reinaban las angustiosas imágenes de la videollamada y el temor de no llegar a tiempo para disfrutar del cuerpo que ahora volvía a reclamar como suyo.
—S-sí… —confirmó El Reclutador, aún sin abrir los ojos.
Pero Gi-hun no se movió ni un centímetro. Notaba cierta tensión en los músculos de su pareja, y el hecho de que éste tuviera los ojos aún cerrados y las uñas clavadas sobre sus omóplatos le hacía cuestionarse la veracidad con la que estaba respondiendo.
Como si fuera consciente de aquella inquietud, El Reclutador hizo un gran esfuerzo para alzar la cabeza y, por fin, abrió los ojos. Luego, añadió con la voz trémula:
—P-por favor…
Antes de que pudiera decir algo más, pudo notar como el pene de Gi-hun se ensanchaba dentro de su cuerpo, excitado ante sus ruegod. Aquello le hizo emitir un pequeño gemido al tiempo que su cabeza se inclinaba hacia atrás. Pero, de inmediato, su acción se vio frenada por un fuerte tirón del cinturón.
Por inercia, abrió los ojos, encontrándose la imagen de Gi-hun, que tenía la correa del cinturón enrollada sobre su puño derecho, y le observaba con una mirada oscura y penetrante.
—Mantén tu atención en mí —le dijo con voz firme.
Ahora fue el turno de El Reclutador de mostrar su excitación, apretando con las paredes de su entrada el pene de Gi-hun y obligándole a emitir un gruñido de placer.
—Joder… —jadeó.
El Reclutador pudo ver como su brazo izquierdo, que servía de único apoyo, comenzaba a temblar y temió por unos instantes que Gi-hun se desplomara. Pero pronto, éste apretó todo su brazo, aferrándose a las sábanas que se encontraban enredadas bajo sus dedos y equilibrando su postura.
Luego, sus caderas empezaron a retroceder, enviando pequeñas descargas de placer a través de los nervios de ambos. Cuando tan solo quedó la punta dentro de El Reclutador, empujó hacia adelante, encajándose de nuevo hasta rozar la próstata.
Ambos gimieron con fuerza.
Durante los siguientes segundos, repitió el mismo proceso, una y otra vez, con la mirada clavada en el rostro de El Reclutador, asegurándose de que el empuje y la penetración no resultaban dolorosos.
Pero, conforme pasaba el tiempo, los múltiples gemidos de El Reclutador junto con sus expresiones cargadas de placer y la presión de sus uñas aún clavadas en su lugar, le hizo ir envalentonándose y, poco a poco, el ritmo fue aumentando.
—¿Te gusta esto? —susurró, justo antes de marcar una estocada más profunda al tiempo que tiraba ligeramente del cinturón.
Había logrado que su voz no temblara por el esfuerzo pero, aún así, había sonado terriblemente cansada y necesitada.
El Reclutador le observó, con una mirada que reflejaba una chispeante lujuria acompañada por una ternura amable.
—Me… ah… encantas, Gi-hun… —dio como respuesta.
Una nueva oleada de sangre inundó la polla de Gi-hun y, de inmediato, pudo sentir como una carga de adrenalina le llenaba los músculos, revitalizándolos y ofreciéndoles una nueva fuerza.
De inmediato, las estocadas se volvieron más rápidas y profundas, y con cada una de ellas el pene de Gi-hun iba golpeando la próstata de El Reclutador.
Los gemidos de ambos se esparcieron por la habitación, cubriéndola con el aliento y la desesperación de sus voces.
Se habían esperado tanto que aquel momento parecía casi divino. No había nada que los separara ni que tuviera el poder para hacerlo.
Todo lo que sus narices olían era el aroma del otro.
Todo lo que sus oídos escuchaban eran los gemidos y las respiraciones marchitas de su pareja.
Todo lo que sus lenguas saboreaban era el remanente de sus bocas en unión.
Y todo lo que sentían era el choque y los roces constantes del uno contra el otro, permitiéndoles compartir el calor de sus cuerpos y refugiarse en la suavidad y ternura ajena.
Solo existían ellos.
—Gi-hun… p-por favor… —tartamudeó de pronto El Reclutador.
Sus piernas, enrolladas sobre las caderas de Gi-hun, estaban temblando, junto con el resto de su cuerpo. Tenía la piel cubierta de sudor y los ojos lloriqueaban de placer.
Gi-hun, por su parte, también estaba empezando a notar que su cuerpo perdía las fuerzas de forma rápida y constante, y su brazo izquierdo comenzaba a resentirse ante ello, haciendo difícil mantener el equilibrio.
De pronto, tiró del cinturón con fuerza y sus miradas se reunieron una vez más.
—C-córrete… —ordenó.
Al instante, como si con aquella simple palabra hubiera destruido las últimas restricciones que El Reclutador se hubiera autoimpuesto, este soltó un grito feroz, que retumbó por las paredes de toda la habitación. Los muslos se apretaron con fuerza sobre las caderas de Gi-hun y las uñas se clavaron hasta el fondo de la piel, logrando atravesarla superficialmente.
Gi-hun gruñó y, mientras notaba como los pequeños chorros de semen de su pareja salían disparados entre sus abdominales y sus pelvis, comenzó a sentir la presión de sus propios testículos rogándole por la liberación.
Y esta vez, el cuerpo de El Reclutador fue el encargado de arrancarle un gemido puesto que la entrada del mismo, que se contraía en un ritmo indescifrable pero tremendamente excitante, se unió a la tormenta que la larga tortura sufrida durante la videollamada habían causado en él.
—N-no puedo —fue lo único que logró susurrar, con los dientes apretados y la voz ronca, antes de que el semen saliera disparado de su pene.
Emitió un gemido ahogado que se fue entrecortando a medida que los chorros blancos se estrellaban contra el interior de su pareja, llenándolo por completo.
Luego, cuando el temblor y el cansancio le hicieron imposible mantener aquella posición de equilibrio, soltó el cinturón y apoyó su mano derecha, ahora libre sobre el colchón y, de inmediato, comenzó a resoplar con fuerza, tratando de llenar sus pulmones.
—E-eres un… ah… hijo de puta… —jadeó con dificultad.
El Reclutador, con el aire igual de escaso en sus pulmones como él, no pudo evitar que estos se desinflaran de golpe para soltar una fuerte aunque cansada carcajada.
Después de todo lo que habían pasado, vivido y sentido juntos, eso era lo primero que Gi-hun había elegido para dirigirse a él ahora que los vapores del “enfado” y la excitación comenzaban a disiparse.
Y eran ese tipo de cosas las que lo hacían tan único.
—Yo también te amo —logró decir entre carcajada El Reclutador, observándole con una mirada divertida y luminosa.
Gi-hun hizo rodar sus ojos pero no pudo evitar que una media sonrisa se formara en sus labios al ver la expresión de su pareja.
—Te amo —susurró, con un tono burlón, mientras sacudía la cabeza. Luego, se inclinó un poco hacia adelante, forzando los músculos de sus brazos, y le besó suavemente en la punta de la nariz antes de añadir—: Aunque seas un hijo de puta.
El Reclutador bufó divertido.
💳🩸💳🩸💳🩸💳🩸💳🩸💳🩸💳🩸💳🩸💳🩸💳🩸💳🩸💳🩸💳🩸💳🩸💳🩸💳🩸💳🩸💳🩸
Un par de horas después, con el cinturón ya lejos del cuello de El Reclutador y con sus cuerpos recuperados y frescos gracias a una intensa sesión de limpieza en el baño, se encontraban bajo las suaves mantas de su cama.
Gi-hun abrazaba al Reclutador por detrás y este se dejaba mimar por el suave masaje que su pareja le estaba proporcionando en la cabeza, en un claro intento de compensar los brutales tirones que le había dado anteriormente.
—Tienes que reconocer que te has divertido… —susurró El Reclutador, con la voz adormilada.
—Duérmete —susurró a su vez Gi-hun, en un tono que casi parecía de advertencia.
El Reclutador sonrió.
Nunca en toda su vida habría podido imaginar que alguien como Gi-hun, tan tranquilo y amable, pudiera llegar a su vida y causar tantos estragos con la dulzura como única arma.
Gi-hun, por su parte, nunca había imaginado que su vida girara tanto como para entregarle el tornado que significaba El Reclutador y, mucho menos, habría podido creer que él, con su actitud burlona y descarada, y sus acciones sádicas y despreocupadas pudiera abrirse —a cuchillazos— un hueco en su corazón.
Así pues, Gi-hun siempre había sido la pólvora, y El Reclutador, la chispa destinada a hacerle arder.
Y ambos habían entendido que en eso consistía su relación: el calmado bosque que se deja infestar por las llamas hasta formar un hermoso paisaje rojizo y anaranjado, y el fuego que encuentra en la tranquilidad y suavidad del agua un azote mortal que lo ataca hasta dominarlo.
Dominio y control.
Astucia y estrategia.
Juegos y competencia.
Amor y peligro.
✒️✒️✒️
Solo había dos caminos posibles: o yo terminaba esta historia o esta historia terminaba conmigo…
Y como se puede ver, gané yo ✨
Es increíble el tiempo que me ha llevado hacer esta historia, pero es que las calles de Corea del Sur en serio son muy complicadas de entender (incluso sin tener en cuenta que, evidentemente, todas están señaladas en coreano). Además, mi cerebro decidió que era un gran momento para escribir poner demasiadas cosas que jamás había probado a escribir.
Todo ello, sumado a que la universidad se unió al bando de “acabar conmigo” la redacción de esta historia y mi constante necesidad de revisar y corregir me ha obligado a retrasar continuamente la publicación de esta historia.
Aun así, he disfrutado enormemente (excepto cuando quería lanzar el ordenador por la ventana 😝) mientras la escribía.
Espero que hayáis disfrutado mucho de la obra y espero estar próximamente más activa por aquí.
Hasta la próximaaa!!!