Almas susurrantes

Slash
NC-17
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planificada Mini, escritos 12 páginas, 4.274 palabras, 2 capítulos
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Capítulo 1: ¿Somos...?

Ajustes
La lluvia caía fina pero constante, convirtiendo el callejón en un espejo negro y brillante. Las luces de neón de la calle principal se filtraban en tonos rosados y azules eléctricos, reflejándose en los charcos y en las paredes cubiertas de grafitis descoloridos. El aire olía a asfalto mojado, cerveza derramada y algo más… algo eléctrico, como el ozono antes de un relámpago. Gon y Killua habían salido del bar hacía apenas diez minutos. Habían bebido lo justo para que las palabras salieran más fáciles, pero no tanto como para que las mentiras volvieran a colarse entre ellos. Habían hablado de todo y de nada a la vez. Primero fue el entrenamiento de Gon para recuperar su Nen en aquella isla remota, después los desafíos solitarios de Killua que nunca mencionaba del todo, después de algunas cicatrices nuevas que ninguno de los dos enseñaba con orgullo. Pero debajo de cada frase había un silencio que pesaba toneladas. Killua caminaba un paso atrás, las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta oscura, el cabello plateado pegado a la frente por la humedad. Había crecido. Ya no era el niño afilado de antes; ahora tenía hombros más anchos, la mandíbula más marcada, y una mirada que parecía haber visto demasiadas cosas que no quería recordar. Gon, en cambio, seguía irradiando esa energía imposible de contener, aunque sus ojos ya no eran tan inocentes. A los 18 años, ambos eran oficialmente adultos… y eso lo cambiaba todo. —Killua… —Gon se detuvo de golpe al doblar la esquina hacia el callejón más estrecho, uno que olía húmedad y a libertad prohibida—. Espera. Killua se detuvo también, pero no se giró del todo. Su corazón latía tan fuerte que temía que Gon lo oyera por encima de la lluvia. —¿Qué? —preguntó, su voz baja, casi ahogada por la lluvia. Gon dio un paso. Luego otro. Hasta que estuvo tan cerca que Killua pudo oler su aroma: sal marina, tierra húmeda y ese shampoo que siempre usó cuando estuvieron en aventura de pequeños. El mismo de siempre. Y eso dolió en su corazón más que cualquier golpe. —No puedo seguir fingiendo —dijo Gon, voz ronca por el alcohol y por algo más profundo—. No contigo. Killua soltó una risa seca, amarga. —¿Fingiendo qué, exactamente? ¿Que somos los mismos de antes? Porque ya no lo somos. Tú lo sabes. Yo lo sé. Después de todo, habían estado separados por varios años. Gon levantó la vista. Sus ojos brillaban bajo la luz melancólica de una farola lejana. —No acerca de eso..—El pelinegro tomo una pequeña pausa para que el aire y la valentía lo dominarán. —Es sobre.. que solo somos amigos. Killua sintió que el mundo se detenía. El agua goteaba de su flequillo, resbalaba por su cuello, pero no se movió. No podía asimilar esas palabras. Era imposible que estuviera hablando de sentimientos... No para con él. —Gon… —empezó con la duda en su mirada, pero la palabra se le quebró con solo querer decir que solamente eso eran. Y entonces Gon actuó. No hubo aviso. Solo un movimiento rápido, decidido, como cuando Gon saltaba al vacío sin pensarlo dos veces. Sus manos encontraron el rostro de Killua —una en la mejilla, la otra en la nuca— y tiró de él hacia si mismo. Sus labios chocaron con fuerza, casi con violencia. No fue dulce al principio. Fue desesperado. Hambriento. Como si todos los años separados, todas las noches en las que Killua se había convencido de que Gon nunca lo miraría así, se derramaran en ese beso. Killua se quedó congelado por medio segundo. Luego algo dentro de él se rompió. Sus manos salieron de los bolsillos como resortes. Una se enredó en el cabello húmedo de Gon, tirando para acercarlo más; la otra bajó por su espalda, apretándolo contra la pared húmeda del callejón. Gon soltó un gemido bajo contra su boca y Killua sintió que se le incendiaba la sangre. El beso se volvió más profundo, más hambriento. Necesitaban recuperar todo el tiempo perdido. Sus lenguas se buscaban con mayor urgencia, dientes que rozaban labios rojizos, respiraciones entrecortadas que se mezclaban con el sonido de la lluvia. Killua mordió el labio inferior de Gon, no con fuerza suficiente para lastimar, pero sí para marcar. Gon respondió empujándolo contra la pared opuesta, invirtiendo las posiciones, sus caderas chocando en un roce que hizo que ambos jadearan. Aquel momento era para los dos jóvenes que se mintieron desde niños, que nunca lograron desafiar su timidez, sus dudas, dejando que sus sentimientos tomarán las riendas sueltas de sus cuerpos, todo por el temor de perder lo más apreciado que tenían. Ellos mismos. Cómo uno solo. Las manos de Gon bajaron por el pecho de Killua, resbalando bajo la chaqueta abierta, palpando sobre la camiseta mojada. Sintió los músculos tensos, el latido frenético del corazón debajo. Killua temblaba. Pero no a causa del frío. —Gon… —susurró contra su boca, con su voz rota suplicante—. ¿Estás seguro de esto? ¿De nosotros? Gon lo miró directo a los ojos, sin parpadear. El agua corría por su rostro como si infinitas lágrimas danzaran. —Nunca he estado más seguro de nada en mi vida. Killua cerró los ojos un instante, como si necesitara grabar esas palabras. Luego volvió a besarlo, esta vez más lento, más intencional. Sus manos subieron por los costados de Gon, metiéndose bajo la camiseta empapada, tocando piel caliente y cicatrices viejas. Gon arqueó la espalda ante el contacto, soltando un sonido ahogado que hizo que Killua perdiera el poco control que le quedaba. Para Gon, aquel albino siempre fue su perdición, además de su osadía desenfrenada, sin mencionar que no servía que en su organismo se desequilibrara por varias rondas de alcohol. Sus caderas se movieron por instinto, un roce deliberado, duro, que hizo que ambos gimieran al mismo tiempo. Las manos de Killua bajaron hasta las caderas del pelinegro, apretando, guiándolo en un ritmo lento y tortuoso sobre la tela mojada de los pantalones. Gon respondió empujando hacia adelante, buscando más fricción, más contacto, más de todo. —No pares —murmuró Gon contra el cuello de Killua, besando la piel sensible allí, mordiendo suavemente—. Por favor… no pares nunca. Killua soltó una risa temblorosa, casi un sollozo. —Idiota… como si pudiera. La lluvia seguía cayendo, pero ya no importaba. El mundo se había reducido a ese callejón estrecho: dos cuerpos pegados, respiraciones agitadas, manos que exploraban por primera vez sin miedo a ser rechazadas. Dedos que se colaban bajo cinturones sin desabrocharlos del todo, solo lo suficiente para rozar piel sensible y provocar jadeos. Besos que bajaban por mandíbulas, cuellos, clavículas. Mordidas que dejarían marcas mañana. Y en medio de todo, palabras susurradas que ninguno había dicho nunca en voz alta. —Te extrañé tanto… —Gon, con la voz quebrada. —Nunca dejé de pensar en ti —Killua, casi inaudible—. Ni un solo día. Se besaron otra vez, más suave ahora, pero igual de intenso. Las manos entrelazadas contra la pared. Frentes juntas. Respirando el mismo aire húmedo. La noche era larga. Y por primera vez en años, ninguno de los dos quería que terminara. ... Killua se incorporó de golpe, el pecho subiendo y bajando con respiraciones agitadas que no lograban calmarse. La habitación estaba sumida en una penumbra densa, solo rota por el brillo azul eléctrico que se filtraba desde la ciudad a través de las persianas entreabiertas. El neón de los anuncios lejanos pintaba rayas intermitentes en la pared opuesta, como venas pulsantes en la oscuridad. La vida era demasiado solitaria ahora. Alluka había insistido en mudarse a su propio apartamento hacía casi un año —"Necesito espacio para ser yo, Killua"—, y aunque él la había apoyado con una sonrisa fingida, el vacío se había instalado como un huésped permanente. Las sábanas estaban frías en el lado que nadie ocupaba. Frías como el sueño que acababa de arrancarle el aliento. En el sueño, Gon lo había besado otra vez. Cómo en tantos sueños que le robaban el aliento. Las manos de Gon habían sido firmes, seguras, deslizándose por su espalda como si supiera exactamente dónde tocar para hacerlo temblar. Había susurrado su nombre contra su cuello, "Killua…", y el sonido había sido tan real que aún le dolía el pecho al darse cuenta que solo había sido un sueño. La felicidad se había roto como un vidrio lanzado a varios kilómetros de altura, quedando solamente fragmentos irreconocibles. La alarma del teléfono seguía sonando, un pitido insistente y cruel. Killua extendió la mano y la apagó de un golpe seco, como si pudiera silenciar también lo que sentía. La pantalla marcaba las 7:12 a.m. Hoy. Era el gran día. El día en que volvería a verlo. Se pasó las manos por el rostro, los dedos temblorosos rozando las ojeras que nunca desaparecían del todo. El cabello plateado le caía desordenado sobre los ojos, húmedo de sudor frío. Era un adulto legalmente, ya no era el niño que huía de su familia ni el adolescente que se convencía de que "solo era admiración". Había crecido, había vivido, había avanzado, había sobrevivido. Pero Gon Freecss seguía siendo la única herida que no cerraba. Se levantó despacio, los pies descalzos tocando el suelo helado. Caminó hasta la ventana y apartó un poco la persiana. La ciudad de Yorknew —o lo que quedaba de ella después de tantos avances tecnológicos— se extendía bajo un cielo gris plomizo. Lluvia prevista, como se esperaba de esa época del año. Perfecto. Así nadie notaría si sus ojos cedian al diluvio de su alma. Se miró en el reflejo del vidrio. Más alto, más delgado pero con músculos definidos por años de batallas solitarias. La cicatriz en el antebrazo —cortesía de un nen bestial dos años atrás— parecía burlarse de él. "¿Sigues pensando en él?", parecía decir. Sí. Siempre. No podía evitar pensar en aquellos ojos avellana, esa piel sombreada, y aquel cabello negro. Se vistió mecánicamente: pantalones negros ajustados, camiseta gris oscura, la chaqueta larga con capucha que usaba para pasar desapercibido. Se miró al espejo del baño, se pasó los dedos por el cabello para ordenarlo un poco. Inútil. Siempre parecía recién salido de una tormenta. El mensaje de Gon seguía en la pantalla del teléfono, sin leer desde anoche: "Hey, Killua. Llego a las 3 pm al viejo punto de encuentro. ¿Sigues queriendo vernos? No puedo esperar 😄" Ese emoji. Ese maldito emoji sonriente. Gon seguía siendo el mismo. O al menos lo fingía muy bien. Killua sintió una punzada en el estómago. Miserable. Así se sentía. Miserable por no haberlo superado. Por seguir soñando con besos que nunca habían pasado de un callejón imaginario. Por tener miedo de que, al verlo de nuevo, todo volviera a explotar: el deseo, el miedo, la certeza de que Gon nunca lo miraría de la misma forma en que él lo hacía. Apoyó la frente contra la puerta fría. Cerró los ojos. —Solo… mantén la calma —se dijo en voz baja—. Eres Killua Zoldyck. Has enfrentado cosas peores que un reencuentro. Pero ninguna había dolido tanto. ¿Cierto? Se apartó, respiró hondo. Guardó el teléfono en el bolsillo. Miró una última vez la cama vacía, el espacio donde en sus sueños Gon había estado tendido a su lado, respirando tranquilo. Hoy lo vería. Hoy sabría si esos sueños eran solo crueldad de su mente… o si, tal vez, había una mínima posibilidad de que no lo fueran. Salió de la habitación sin mirar atrás. La puerta se cerró con un clic suave. La lluvia empezó a caer afuera. Y su corazón latía como si estuviera a punto de correr hacia algo inevitable.
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