Almas susurrantes

Slash
NC-17
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planificada Mini, escritos 12 páginas, 4.274 palabras, 2 capítulos
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Capítulo 2: ¿Quién... ?

Ajustes
El sol se hundía en el horizonte como si supiera que no debía quedarse a presenciar lo que venía. El cielo se tiñó de un naranja intenso, casi sangriento, y la ciudad empezó a encender sus luces artificiales una a una, como si intentara fingir que la noche no era tan oscura. La nefasta tormenta había finalizado hace unos minutos, dejando como evidencia la humedad danzarina del ambiente, la ventisca friolenta que arruyaba todo a su paso. Killua y Gon habían quedado en el viejo restaurante de la infancia —el que en más de una ocasión cenaron en su aventura en York New—, pero apenas pusieron el primer paso en el local, algo en el aire se torció. Las mesas eran las mismas, pero las sillas crujían diferente bajo su peso adultos, las palabras se volvieron testarudas, las risas forzadas, con un suspiro de derrota terminaron abandonando el lugar sin pedir algo de comida reinados por el pulcro silencio mutuo. Killua no podía soportarlo, desde que lo volvió a ver sus ojos lo traicionaban, se desviaban una y otra vez al cuerpo de Gon. Ya no era el chico que corría en sus recuerdos. Era... un dios encarnado. Un dios griego que había bajado a la tierra solo para recordarle a Killua lo pequeño que seguía siendo su corazón. Ahora estaban en un bar pequeño, casi escondido, a tres calles de distancia. Mesas bajas, luces ámbar tenues, jazz suave que nadie escuchaba de verdad. El mismo olor a madera vieja y licor añejo que Killua había soñado la noche anterior. El mismo rincón oscuro en el fondo donde, en su fantasía, Gon lo había besado y luego se había entregado sin arrepentimientos. Killua sostenía el vaso de whisky entre los dedos como si fuera un salvavidas. El hielo se había derretido hacía rato; el líquido ámbar ya no quemaba al bajar. Solo quedaba el frío en el estómago. Gon había ido al baño hacía unos minutos. Killua aprovechó para respirar. Apoyó los codos en la mesa, se pasó una mano por el cabello plateado y cerró los ojos un segundo. “Solo mantén la calma. Es Gon. El mismo de siempre. Nada ha cambiado.” Mentira. Todo había cambiado. Cuando Gon regresó, Killua lo vio antes de que llegara a la mesa. La silueta ancha de hombros, la forma en que la camiseta negra se adhería a su torso por la humedad del ambiente, los músculos que se movían con cada paso como si el mundo entero se hubiera diseñado para resaltar lo que antes solo era una falsedad. Gon ya no era el chico salvaje y delgado. Era… imponente. Hermoso de una manera que dolía mirar directamente. Killua había decidido, desde el primer segundo que se encontraron en la estación, no bajar la vista más allá del cuello. No podía permitirse notar cómo los jeans marcaban sus muslos, cómo los antebrazos se tensaban al apoyar las manos en la mesa. No podía. Si Gon supiera los pensamientos que estaba teniendo... No quería pensar que sucedería. Pero entonces algo llamo su atención. Un destello plateado en la mano derecha de Gon cuando levantó el brazo para apartarse el flequillo húmedo de la frente. Un anillo. Simple. Plata mate. En el dedo anular. Killua sintió que el suelo se abría bajo la silla. El ruido del bar —vasos chocando, risas lejanas, el saxofón— se apagó de golpe. Solo quedó el latido ensordecedor en sus oídos y una náusea fría subiendo por la garganta. No. No podía ser. Gon se sentó frente a él, sonriendo como siempre, esa sonrisa que antes iluminaba todo y ahora solo le cortaba más profundo. —Perdón por la demora —dijo, y su voz sonó lejana, como si hablara desde otro país—. El baño estaba ocupado. Killua forzó una media sonrisa. Asintió. Tomó un sorbo de whisky que ya no sabía a nada. Gon siguió hablando. Contó que ya no vivía en Isla Ballena. Que se había mudado a una ciudad más grande, que trabajaba en rescates marítimos con un equipo, que le gustaba el trabajo porque le recordaba a las aventuras que tuvieron de niños, pero con menos locuras incluidas. Hablaba con entusiasmo, gesticulando con las manos. El anillo brillaba cada vez que la luz lo rozaba. Killua escuchaba a medias. Cada palabra era un clavo más. Cada vez que Gon reía —esa risa ronca, adulta, que ya no era la carcajada infantil— sentía que algo dentro de él se astillaba un poco más. ¿Quién? ¿Quién llevaba el anillo complementario? ¿Quién había conseguido lo que él nunca se atrevió a pedir? Killua se obligó a responder. Frases cortas. “Qué bien.” “Suena genial.” “Me alegro por ti.” Cada una le costaba más que la anterior. Gon empezó a notar el hielo. Su sonrisa se fue apagando poco a poco. Frunció el ceño, inclinándose hacia adelante. —Killua… ¿estás bien? Estás muy callado. Killua levantó la mirada. Al menos algo no había cambiado. Los ojos de Gon eran los mismos: grandes, hermosos, honestos hasta el dolor. Pero aún así, existían expresiones sutiles y finas en las comisuras. Sin duda resultado de varias experiencias. una vida recorrida sin él. —Solo… un poco cansado —mintió Killua, y la voz le salió más ronca de lo que pretendía—. Ha sido un día largo. Gon lo observó un segundo más. Luego asintió lentamente, como si aceptara la excusa aunque no se la creyera. —Claro. Yo también estoy un poco… no sé. Killua sintió que el pecho se le apretaba hasta doler. “Decepcionado” pensó primero. "Después de todo, las cosas no eran como antes" los dos chicos se míraron sin decir palabras. Las risas sin fin, peleas desafiantes, aventuras, promesas tácitas que nunca se pronunciaban. “Como antes” no incluía anillos en dedos anulares ni silencios que pesaban como plomo. Terminaron la bebida en silencio. Pagaron. Salieron al aire fresco de la noche. La llovizna había parado sin duda, pero el asfalto todavía brillaba. Caminaron juntos hasta la esquina donde sus caminos se separaban —como siempre habían hecho. Gon se detuvo primero. —Oye… —empezó, rascándose la nuca con esa costumbre suya que nunca había perdido—. Me alegra haberte visto, Killua. De verdad. Killua asintió. No confiaba en su voz. Gon dudó un segundo más. Luego extendió la mano, como si fuera a tocarle el hombro, pero se detuvo a medio camino y la dejó caer. —Cuídate, ¿sí? No desaparezcas otra vez. Killua forzó una sonrisa que no llegó a los ojos. —Tú también. Se dieron la espalda. Killua caminó hacia el este, hacia su apartamento vacío. Gon hacia el oeste, hacia quienquiera que lo esperara con ese anillo complementario. Ninguno miró atrás. Cuando Killua llegó a su edificio, subió las escaleras sin encender la luz. Entró en la habitación oscura, se quitó la chaqueta empapada y se dejó caer sentado en el borde de la cama. El mismo borde donde había despertado esa mañana, soñando con besos que nunca llegarían. Sacó el teléfono. Abrió el chat con Gon. El último mensaje seguía siendo el de ayer: “Hey, Killua. Llego a las 3 pm al viejo punto de encuentro. ¿Sigues queriendo vernos? No puedo esperar 😄” Killua miró la pantalla hasta que los ojos le ardieron. Luego apagó el teléfono. Se tumbó de espaldas, mirando el techo. El neón de la calle entraba por las persianas y pintaba rayas azules y rosadas en su rostro. No lloró. Solo cerró los ojos y dejó que el silencio lo aplastara. Porque a veces, el peor dolor no es que te rechacen. Es darte cuenta de que nunca hubo oportunidad de que te eligieran. Y esa noche, Killua entendió —de verdad— que el sueño de la lluvia y el callejón había sido solo eso: un sueño. Uno que nunca se haría realidad. Cierto? .... Gon llegó a su apartamento cuando la noche ya se había tragado por completo el cielo. El edificio era viejo, con escaleras que crujían como huesos cansados y un pasillo que olía a sal y a madera húmeda. Abrió la puerta con la llave que colgaba de un cordón desgastado —el mismo que Mito le había regalado años atrás, cuando había decidido su independencia— y entró sin encender la luz principal. Solo la lámpara de la mesita de noche, esa que dejaba un resplandor ámbar tenue, como si supiera que no merecía más claridad. Se quitó los zapatos en la entrada, dejó caer la chaqueta sobre el respaldo de una silla. El silencio era pesado, interrumpido solo por el rumor lejano del mar que nunca dormía del todo. Se sentó en el borde de la cama, miró su mano derecha. El anillo plateado mate seguía allí, frío contra la piel aún caliente por la caminata bajo la llovizna residual. Lo hizo girar lentamente entre los dedos, como si pudiera borrar el peso que había cargado todo el día. Con un suspiro que sonó más a rendición que a alivio, se lo quitó. Lo sostuvo un momento entre el pulgar y el índice, mirándolo con una melancolía que nadie más había visto nunca. No era tristeza pura; era algo más profundo, más complejo. Era la certeza de que había esperado demasiado tiempo. Lo dejó sobre la mesita de noche, junto a la foto enmarcada que nunca había escondido: él y Killua, de doce años, sentados en la proa de un barco, riendo con el viento enredado en el cabello. Killua tenía los ojos entrecerrados por el sol, Gon lo miraba de reojo como si ya entonces supiera que esa mirada no era solo de dos amigos pasándola bien. Se tumbó boca arriba, sin quitarse la camiseta ni los jeans. El techo tenía manchas de humedad que dibujaban formas abstractas. Cerró los ojos. El sueño llegó rápido, casi con violencia, como si su mente hubiera estado esperando el momento exacto para soltarlo. Dos años atrás. Isla Ballena. La casa de Mito. Gon sentado en el suelo de su antigua habitación, espalda contra la pared, rodillas flexionadas. Frente a él, el teléfono abierto en la galería. La última foto que Killua le había enviado: una selfie borrosa tomada seguramente por Alluka en algún aeropuerto olvidado, con el cabello plateado revuelto y una media sonrisa cansada. “Llegamos. Todo bien. No te preocupes.” Eso había sido hacía seis meses. Después… nada. Ni ubicación, ni fotos absurdas de comida callejera, ni mensajes de voz diciendo “oye, encontré un lugar que te gustaría”. Solo silencio. Gon había dejado de comer bien. Había dejado de dormir bien. Se pasaba las noches mirando esa foto hasta que la pantalla se apagaba sola. Mito lo había notado. Una tarde entró sin llamar, se sentó a su lado en el suelo y esperó. —No me digas que estás bien —dijo ella, voz suave pero firme—. Porque no lo estás. Gon intentó sonreír. Falló rotundamente en el proceso. —Es Killua. Solo… se fue. Desapareció, y siento que está vez es para siempre. Mito lo miró un largo rato. —¿Solo es eso lo que te atormenta? Gon la miró con la duda reflejada en su mirada. —Sí... Es mi apreciado amigo.. La mujer apoyo su hombro levemente al chico —¿Estás seguro? ¿Crees que por eso te duele tanto que se haya ido esta vez? Gon se quedó callado. El pecho le subía y bajaba rápido. Las lágrimas no llegaron; solo un nudo que no se deshacía. —No lo sé —mintió. Mito suspiró. Se levantó, salió de la habitación y regresó minutos después con una cajita de madera antigua. La abrió. Dentro, un anillo de plata mate, sencillo, sin piedras. El que su abuela había usado toda la vida, el que había sobrevivido guerras, tormentas y pérdidas. —Este anillo —dijo Mito— siempre buscó unir corazones que estaban destinados. Tu abuela decía que no era magia, era solo… el destino haciendo lo suyo. Cuando lo ves en la mano correcta, lo sabrás inmediatamente. Sé que duele esperar, pero duele más no intentarlo. Gon lo tomó con dedos temblorosos. —¿Y si… no siente lo mismo? Mito sonrió con tristeza. Recordaba aquel albino que los visito hace años, y podía decir con certeza que aquellos ojos reflejaban muchos sentimientos complejos. —Entonces lo guardas. Pero no lo olvidas. Porque si es él, algún día lo sabrás. Y ese día… no querrás haberlo dejado pasar. Esa noche, solo en su habitación, Gon se puso el anillo en el dedo anular derecho. No era una promesa de matrimonio. Era una promesa a sí mismo. “Algún día este anillo estará en la mano de Killua. Porque él es el dueño de todo lo que siento. Y si tengo que esperar toda la vida… esperaré.” En el sueño, el tiempo saltó como una espesa neblina materializadose. Gon se vio a sí mismo en un futuro que aún no existía: una playa al atardecer, olas rompiendo suaves. Killua frente a él, nervioso, con el cabello plateado brillando bajo el sol poniente. Gon tomaba su mano izquierda con delicadeza, como si fuera de cristal. Besaba la palma abierta, una, dos, tres veces, lento, reverente. Luego deslizaba el anillo en su dedo anular. Killua lo miraba con los ojos muy abiertos, incrédulo, vulnerable. —¿Esto es…? Gon sonreía, pero las lágrimas le corrían por las mejillas. —Es lo que siempre quise. Desde que éramos niños. Desde que me salvaste. Desde que me miraste como si yo fuera suficiente. Killua se lanzaba a sus brazos. Se besaban bajo el cielo naranja, sal y lágrimas mezcladas. Y por ninguno de los chicos podía creerlo, ya que ninguno de los dos tenía miedo. El sueño se desvaneció despacio. Gon abrió los ojos en la oscuridad de su habitación. El pecho le dolía. La mano derecha estaba vacía, el anillo seguía en la mesita. Se giró de lado, abrazó la almohada como si fuera un cuerpo. Cerró los ojos otra vez. Mañana le escribiría a Killua. No le diría todo. Aún no. Pero le diría algo. Porque dos años de silencio eran suficientes. Porque el anillo no era una cadena. Era una promesa que aún latía. Y esta vez, Gon no iba a dejar que el miedo se la robara
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