Sincronía Crítica del Caos

Slash
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En progreso
5
El trabajo participa en el concurso «Entre el Hielo y el Fuego»
Fechas del concurso: 02.03.26 - 31.03.26
Inicio de la votación: 16.03.26
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planificada Midi, escritos 2 páginas, 782 palabras, 1 capítulo
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Prólogo

Ajustes
Shane Hollander se paró frente al podio del auditorio de la Academia Estelar. Se ajustó el cuello de su uniforme de gala, impecable hasta la última fibra, y barrió con la mirada al público que aguardaba expectante. Hoy se dirigía a los cientos de nuevos pilotos que, como él, se graduaban para enfrentar la amenaza de los Núcleos Negros. Empezó a dar su discurso con voz firme. Mientras hablaba, recorrió las filas de asistentes. Por un momento creyó que solo vería expresiones serias y cuerpos rígidos, pero entonces sus ojos llegaron a la tercera fila. Columna siete. Ahí estaba Ilya Rozanov. Él no estaba rígido. Estaba repantingado en su asiento con una mano en la nuca, luciendo como si el discurso de graduación fuera una sugerencia opcional. Ilya siempre le había generado una fijación a Shane, y lo mismo ocurría a la inversa. Sus mentes funcionaban en frecuencias opuestas: Shane era el producto de mil horas de estudio y de memorizar cada protocolo de seguridad; Ilya, en cambio, volaba por puro instinto, como si la nave fuera una extensión de su propio cuerpo arrogante. Eran el aceite y el agua del espacio profundo. Uno necesitaba el mapa; el otro prefería prenderle fuego para ver si el resplandor lo guiaba. —Como futuros pilotos de la Flota de Defensa, nuestra primera lealtad es hacia el orden y la preservación de la vida —continuó Shane, su voz resonando con una claridad ensayada—. Cada simulación y cada sacrificio nos ha traído hasta este umbral. Shane hizo una pausa dramática. Vio los rostros de sus compañeros que lo miraban con una mezcla de respeto y envidia. Esa adoración colectiva solía ser su combustible; se sentía invulnerable bajo el foco, sabiendo que se había esforzado más que nadie para ganar ese podio. Sin embargo, esa seguridad comenzó a resquebrajarse en cuanto su mirada regresó a la columna siete. Ilya no lo miraba con admiración, sino con un conocimiento insoportable. Para sus ojos, Shane no era el "Chico Dorado", sino el tipo que le había ganado el puesto de primer oficial por un margen de una décima de segundo en el simulador de órbita. Su mirada le gritaba que, en la vida real, los manuales no servían de nada si no tenías el estómago para quemar los motores. —Nuestra disciplina es lo que nos separa de la extinción —sentenció Shane, manteniendo el contacto visual. El ruso arqueó una ceja y sonrió de lado. Era un gesto minúsculo que decía que, ahora que las simulaciones habían terminado, Ilya se sabía mejor preparado para el caos exterior. A Shane le sudaron las manos. Odiaba esa sonrisa. Odiaba que Ilya creyera que ahí afuera sería diferente… porque amaría demostrarle que no sería así. Cuando la ceremonia terminó, Shane fue rodeado de inmediato por su familia. Su madre le apretaba el brazo con orgullo y alivio. —El mejor de tu clase, Shane. Siempre supe que llegarías aquí —dijo ella con los ojos empañados. Shane sonrió, pero su atención se desvió cuando un General de División se abrió paso entre la multitud y le extendió un sobre lacrado con el emblema de la Unidad de Intercepción de Vanguardia. —Su asignación, piloto Hollander. Preséntese en la Base Aeroespacial 01 el lunes a las 06:00. Shane tomó el sobre con dedos firmes. Al rasgarlo, sus ojos recorrieron las líneas con avidez: se le asignaba un puesto en una unidad de dupla operativa. El corazón le dio un vuelco. Las naves de vanguardia utilizaban el sistema de "Sincronía de Combate", un enlace donde dos pilotos debían fundir sus reflejos para maniobrar a velocidades que el cerebro humano no podía procesar solo. Era la asignación más prestigiosa y peligrosa de la flota. Al levantar la vista, vio a Ilya a unos metros. Estaba solo, sin familia que lo celebrara, simplemente apoyado contra una columna mientras jugaba con un sobre idéntico al de Shane. Ilya levantó el papel en un brindis silencioso y le dedicó una mirada cargada de desafío puro. Era una promesa: “Todavía no te has librado de mí”. Resultaba que estarían juntos. En la misma cabina. Compartiendo un enlace neuronal que los obligaría a conocer cada pensamiento del otro mientras luchaban por no morir. Shane sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Durante semanas se había convencido de que sus caminos se separarían y que, finalmente, superaría esa rivalidad agotadora. Pero, mientras guardaba el sobre en su chaqueta, Shane admitió la verdad en el rincón más oscuro de su mente: no le molestaba. Le emocionaba. La idea de un universo donde Ilya Rozanov no estuviera cerca para intentar superarlo le parecía, de repente, el lugar más aburrido de la galaxia.
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