Capítulo 1
21 de marzo de 2026, 16:45
Las primeras misiones contra los Núcleos Negros fueron, por decir lo menos, casi mortales. Estas criaturas amorfas de materia oscura que devoraban todo a su paso podían estar descerebradas, pero eso no significaba que fueran fáciles de vencer.
Por fortuna, tras un año de misiones contra los Núcleos, Shane e Ilya habían desarrollado una sincronización que incluso los veteranos envidiaban. A través del enlace neuronal al que se conectaban cada vez que pilotaban, Shane podía sentir el pulso errático y salvaje de Ilya como un eco en la base de su cráneo. Ese eco le decía lo que su compañero pensaba hacer incluso antes de que este lo verbalizara, si es que lo hacía.
A la inversa, el enlace se sentía como una invasión por parte de su compañero que le llegaba en oleadas de calor e interfería con la frialdad de sus propios cálculos. Sin embargo, curiosamente, en lugar de afectar su eficiencia, la afilaba. Shane marcaba los objetivos con precisión quirúrgica mientras establecía perímetros de contención. Al mismo tiempo, Ilya lanzaba su nave a través de los huecos más imposibles e incineraba el centro de la biomasa alienígena antes de que esta pudiera reaccionar.
Era temprano en su carrera, pero ya eran leyendas en la base. Los carteles de reclutamiento usaban sus rostros mientras los generales daban palmaditas en el hombro de Shane para felicitarlo por su liderazgo y a Ilya por su valor. Eran el dúo ejemplar de la Flota de Defensa.
Sin embargo, dentro de su cabina, Shane vivía al borde del colapso nervioso.
—¡Rozanov, el escudo térmico está al doce por ciento! ¡Sal de ahí ahora mismo! —gritó Shane, con los nudillos blancos apretando los controles de navegación. Veía a través de su parabrisas cómo Ilya seguía apenas un diez por ciento de su plan inicial.
—Relájate, Hollander. Si no nos acercamos un poco, no podrán ver el rostro de quien los desintegró —respondió la voz de Ilya, cargada de una diversión irritante mientras hacía girar su nave en un ángulo que, si bien no desafiaba la física, parecía desearlo.
Vencieron, como siempre, y como siempre, cuando aterrizaron sus respectivas naves, Shane salió de su cabina como una tormenta de furia contenida y sin dirigirle una mirada a Ilya. Los mecánicos y el personal de apoyo estallaron en vítores al verlos. Las misiones de los miembros de la Unidad de Intercepción de Vanguardia siempre eran agotadoras, así que, aunque los asistentes fueron efusivos, no esperaban nada más que un agradecimiento corto.
Sin embargo, Shane, fiel a su naturaleza, borró su expresión de enfado. No pudo evitar detenerse a agradecer por su nombre a quienes lo reconocían y después, con Ilya a su espalda, caminó hacia su habitación.
—¡Pudiste habernos matado! —estalló Shane en cuanto llegó a la puerta. Se giró para señalar a Ilya con el dedo y, aprovechando que no había nadie cerca, continuó reprendiéndolo—. Te saltaste tres protocolos de aprobación. Si ese núcleo se hubiera expandido un segundo antes, seríamos ceniza espacial.
Ilya no retrocedió. Al contrario, avanzó hasta que el pecho de su traje de vuelo chocó contra el de Shane. Para este último, el calor que el otro desprendía se sentía como una amenaza constante a su autocontrol.
—Pero no se expandió, ¿verdad? —susurró Ilya y apoyó ambas manos a los lados de la cabeza de Shane para atraparlo en su espacio personal. El dominio era físico y absoluto, pero su mirada era juguetona y casi predatoria.
—Estás enojado porque te asusté —dijo Ilya, inclinándose hasta que sus narices casi se rozaron—, o estás enojado porque te encanta que yo sea el único que te hace sentir que ese corazoncito todavía late.
Shane apretó los dientes mientras sostenía la mirada con la respiración errática. Por fuera, sus cejas fruncidas y su mandíbula tensa fingían una indignación profesional que se desmoronaba por dentro. Debajo de la rabia, había una electricidad que lo recorría cada vez que Ilya lo dominaba así. Estaba enamorado hasta la médula de la forma en que Ilya lo desafiaba y de cómo lo conocía tan bien que sabía que el orden de Shane necesitaba su caos.
—Quítate de encima, Rozanov —masulló, aunque no hizo ningún movimiento para empujarlo.
Ilya soltó una risa baja.
—Como digas, compañero. —Le dio un último golpecito juguetón en la mejilla antes de alejarse y dejar a Shane solo con el eco de su corazón latiendo contra las costillas.
Shane se quedó inmóvil, mirando la figura de Ilya perderse en el pasillo. Esperó un segundo, dos, cinco a que Ilya se volviera o le dijera que era broma. Esperaba que no pensara retirarse e invadiera su espacio hasta que la rigidez de Shane se quebrara y terminara cediendo, permitiendo que el caos de Rozanov lo consumiera sobre las sábanas.
Pero Ilya no se giró.
La tensión entre ellos no era algo que hubiera surgido una vez que establecieron un enlace, sino algo que venía persiguiéndolos desde la academia. En todo caso, el enlace solo aceleró lo inevitable. En aquel entonces, eran solo miradas robadas y choques de hombros en los pasillos que duraban un segundo de más. Durante los primeros meses como pilotos parecía que seguiría así, que se mirarían sin que ninguno se atreviera a dar el primer paso real.
Hasta hace seis meses, después de la misión en el Sector 4, todo cambió. Un Núcleo Negro se había expandido antes de tiempo y atrapó las naves de ambos en una onda expansiva que casi los desintegra. Shane recordaba el sonido del metal crujiendo y la alarma de soporte vital gritando en su oído.
Pero lo que lo dejó sin aliento no fue el impacto, sino el miedo puro de Ilya. Era una angustia desesperada que no buscaba la propia supervivencia del ruso, sino la de Shane. Al volver a la base, Shane estaba tan aturdido por esa vulnerabilidad que no pudo articular palabra. Caminó por el hangar como un autómata hasta que Ilya lo alcanzó, lo giró por el hombro y, sin decir nada porque Ilya jamás usaba el lenguaje para disculparse, lo besó con una urgencia que sabía a perdón y a alivio. Esa noche pasaron de los besos a la piel en un encuentro vergonzosamente natural que debería haberlo aclarado todo.
Pero a la mañana siguiente, cuando Ilya se duchó primero y no habló porque no pensaba ser el primero en dirigirle la palabra, el orgullo de Shane retomó el mando.
—¿Qué fue todo eso? —interrogó, pero Ilya solo lo miró de reojo.
—Sentí tu miedo en el enlace, Rozanov —había dicho Shane, forzando una sonrisa que hizo que le doliera la mandíbula cuando el silencio volvió a alargarse entre ellos—. Creí que por lo mucho que te gusta ponernos en peligro sabías lo que implicaba, pero no pareces dimensionar las consecuencias reales. Solo eres un temerario estúpido.
Habló con una brusquedad exagerada en un intento desesperado por ocultar que sus propias manos seguían temblando. Quería que Ilya lo negara, pero también quería que Ilya lo mirara y confesara que ese miedo era por él. Shane necesitaba que Ilya diera el primer paso porque él jamás podría decirlo primero. Ilya había sido el primero en besarlo y Shane pensaba que no importaba que diera un paso más.
Pero su actuación fue demasiado buena. Exageró tanto su desprecio que Ilya, herido en su rincón más profundo y necesitando salvar la cara, le devolvió el golpe con un veneno que Shane no esperaba.
—¿Miedo? —Ilya soltó una carcajada amarga con una mirada gélida que Shane nunca olvidaría—. Por supuesto que tenía miedo, Hollander. Tenía miedo de morir por culpa de tu rigidez. Eres un piloto tan mediocre y dependiente de tus manuales que si nos vaporizan, será porque no suspite reaccionar. Tu ineptitud es lo único que me aterra en este universo.
—¿Entonces? —no pudo evitar empezar a preguntar. Lo hizo sin pensar.
—Sirves para más que una cosa —dijo Ilya y lo abandonó.
Shane creyó cada palabra. Las frases encajaron perfectamente con sus propias inseguridades. Se convenció de que Ilya no lo amaba, que solo lo toleraba por la eficiencia de la sincronía y lo deseaba por la adrenalina del combate. Debieron haberse separado después de eso. La vergüenza y el dolor de su corazón debieron haber tenido algún efecto negativo, pero en cambio su sincronización en la nave mejoró. Era como si sus subconscientes buscaran al otro sabiendo que esa era la única conexión emocional que lograrían.
Después, el sexo se volvió un hecho tras cualquier situación estresante. Era una forma de desahogo que les permitía estar juntos aún sin admitir nada en voz alta. Ahora, solo en su habitación, Shane se sentó en el borde de la cama y hundió la cara en las manos.
Entonces, el silencio de la habitación se rompió con el sonido electrónico de la cerradura. Alguien estaba tecleando el código de acceso desde fuera. Shane se tensó con el corazón golpeándole las costillas porque solo Ilya tenía su código.
Cuando la puerta se abrió, Ilya se quedó bajo el marco todavía con el traje de vuelo desabrochado hasta la cintura. Revelaba la camiseta negra adherida a su pecho por el sudor de la misión. Shane lo miró desde el borde de la cama y, por un instante, su máscara de seriedad casi se rompió. Quería sonreír y gritar de felicidad porque Ilya no había renunciado a él esa noche.
Ilya cerró la puerta a sus espaldas sin apartar la vista de él. Dio dos pasos rápidos e invadió el espacio de Shane con la misma agresividad con la que pilotaba. Antes de que Shane pudiera articular una sola palabra de su habitual resistencia fingida, las manos de Ilya lo sujetaron por la nuca y lo arrastraron hacia un beso que sabía a adrenalina.
Shane respondió con la misma urgencia. Sus dedos se enterraron en el cabello de Ilya buscando anclarse en la única verdad que se permitían compartir. En ese contacto, la humillación de creerse el único obsesionado se adormeció, sustituida por el calor de la piel contra la piel.
Se dejaron caer sobre la cama en una maraña de uniformes a medio quitar y respiraciones entrecortadas. En la oscuridad de la habitación, mientras sus cuerpos recuperaban la sincronía que el orgullo les robaba durante el día, Shane cerró los ojos e ignoró que el hombre que lo sujetaba con tanta fuerza era el mismo que, al amanecer, volvería a ignorar todas sus indicaciones.