Capítulo 3
28 de marzo de 2026, 17:41
Ambos sabían que se necesitaban, se deseaban y se pertenecían. Incluso si Shane seguía usando los manuales como escudo e Ilya las bromas como arma, sus peleas siempre terminaban igual. Terminaban con ambos demasiado cerca, pero nunca cruzando esa línea que los hacía vulnerables.
Si les hubieran preguntado, habrían dicho que su vida continuaría así hasta que ambos se retiraran, pero fue entonces cuando llegó la misión en el Sector 7. Al principio, el informe de inteligencia la calificó como estándar. Se suponía que sería una limpieza rutinaria de un grupo de Núcleos Negros que amenazaba una estación de suministro. Pero cuando sus naves emergieron del hiperespacio, la realidad resultó ser todo menos rutina. No era un grupo, era una masa colosal, una supercolonia que se movía con una coordinación nunca antes vista.
—Shane, el radar se está volviendo loco. Esa cosa es más grande que una luna pequeña —dijo Ilya, aunque su voz aún conservaba ese rastro de emoción peligrosa.
—¡Mantén la distancia, Ilya! El protocolo de contención dice que debemos esperar refuerzos para este tamaño —advirtió Shane, sintiendo un sudor frío bajo el casco.
—No hay tiempo. Si esa masa llega a la estación, consumirá a trescientas personas antes de que lleguen los refuerzos. Voy a entrar por el eje central. Prepárate para huir si es necesario.
—Claro que hay tiempo —Shane hizo los cálculos mentales tan rápido como pudo—. A la velocidad que van avanzando, los refuerzos llegarán cuarenta segundos antes de que la situación se vuelva crítica.
—Cuarenta segundos —Ilya se rió y arrancó motores a todo lo que daban en dirección a los núcleos.
—¡Es un suicidio! ¡Ilya, regresa!
Pero Ilya ya había desconectado los limitadores. La nave se convirtió en un dardo de fuego atravesando la oscuridad. Ilya volaba con una agresividad maníaca, esquivando los zarcillos de materia oscura que intentaban atraparlo. Estaba demasiado cerca, demasiado confiado en sus reflejos. Entonces, un pulso electromagnético emitido por el Núcleo colapsó sus escudos frontales justo cuando Ilya hacía un giro cerrado para disparar.
Un fragmento de materia negra, pesado y denso, impactó directamente en el ala lateral. El estallido de metal desgarrado llenó la cabina de Ilya.
—¡Ilya! ¡Estás perdiendo presión! —gritó Shane.
Vio a través de la cámara cómo la cabina de su compañero recibía el impacto de la onda de choque. El cuerpo de Ilya fue sacudido con violencia. Su cabeza golpeó el panel de control y quedó inerte, mientras su cabina empezaba a perder oxígeno. Justo en ese momento los refuerzos llegaron, con un margen de veinte segundos superior a lo que Shane había estimado. Diez naves se pusieron en formación y empezaron a atacar a los Núcleos.
El terror, puro y gélido, paralizó a Shane por un segundo. Con un grito de pura voluntad, tomó sus controles y se abalanzó al peligro forzando a la nave de Ilya a salir del eje de rotación. Sus propios paneles estallaron, enviando metralla hacia sus piernas, pero no le importó. Ignoró las alarmas de incendio y los indicadores de fallo de motor.
Después de esa maniobra desesperada ambos llegaron a una zona fuera de peligro y una nave remolcadora se encargó de llevarlos de vuelta a la base. Durante ese viaje, y mientras esperaban que los paramédicos pudieran ingresar a sus cabinas, el silencio engulló a Shane. Su entorno estaba bañado en una luz roja de emergencia. Él sangraba por un corte en el muslo y le faltaba el aire, pero sus ojos solo estaban fijos en la figura desplomada de Ilya.
—No te atrevas... —susurró Shane con la voz rota, mientras desabrochaba su arnés para pegar su rostro al parabrisas. No quería ver a Ilya a través de la pantalla, sino de la forma más directa posible—. No te atrevas a dejarme solo, Rozanov.
El traslado fue tan rápido como la tecnología se los permitía. Durante todo ese tiempo Shane no paraba de pensar en las veces que Ilya se burló de él, alegando que el simulador no era la vida real. Era verdad, el simulador no era la vida real. Esta vez había un peligro real, pero estaba seguro de que podrían haber evitado la tragedia si Ilya tan solo lo hubiera escuchado.
Shane recordaba cuando estaba en el simulador de vuelo, sudando mientras intentaba completar la "Prueba de los Tres Anillos" con una precisión del cien por ciento. Era el ejercicio más difícil del primer año. Cuando salió de la cápsula, satisfecho con su técnica impecable, se encontró con Ilya. Tenía el cabello revuelto, el uniforme desalineado y lo observaba con una sonrisa perezosa.
—Demasiado rígido, Hollander —había dicho Ilya, apoyado contra la pared.
—Se llama disciplina, Rozanov. Algo que claramente no conoces —respondió Shane, ajustándose los guantes.
Ilya entró en la cápsula y, en lugar de seguir la trayectoria marcada, aceleró hasta el fondo. Se saltó los puntos de control intermedios y realizó una pirueta lateral que el instructor habría calificado de locura. Terminó la prueba en la mitad del tiempo que Shane, aunque con una precisión del ochenta por ciento. Al salir, Ilya se acercó tanto que Shane pudo oler la menta de su chicle.
—Tu mundo es muy seguro, Shane —le susurró—. Algún día vas a necesitar a alguien que te enseñe a romper las reglas.
Shane había pensado que esa estupidez eventualmente mataría a Ilya y, en ese momento, creyó que cuando pasara no sería su problema. Cada quien encuentra lo que busca, pero ahora sí lo sentía como su problema. Lo sentía como si fuera su propia vida.
Cuando los médicos sacaron a Ilya de su cabina, el pánico en los ojos de Shane era evidente. Los generales intentaron acercarse para estrecharle la mano y hablar de "hazañas sin precedentes", pero Shane los apartó con el hombro para seguir la camilla por el pasillo. Cada paso hacia la enfermería era una agonía. Lo único que importaba era el sonido errático del monitor cardíaco y el hecho de que Ilya casi no vuelve a abrir los ojos por culpa de esa imprudencia.
Al llegar a las puertas dobles de cuidados intensivos, una enfermera le impidió el paso. Le ordenó que fuera a atender sus propias heridas, pero Shane no se movió. Se quedó allí, solo en el pasillo, temblando por la adrenalina que empezaba a abandonar su cuerpo. Solo quedaba un miedo gélido y un enojo que estaba a punto de ebullición.
Cuando por fin lo dejaron pasar a la habitación, el olor a antiséptico le golpeó la cara y le recordó lo cerca que habían estado de la morgue. Ilya estaba en la cama, con un vendaje rodeándole la cabeza y varios cables conectados a su torso. Se veía extrañamente pequeño bajo las sábanas blancas, sin esa energía cinética que solía llenar cada habitación.
Al sentir la presencia de Shane, Ilya parpadeó con pesadez. Sus ojos tardaron unos segundos en enfocar, pero cuando lo hicieron, una sonrisa débil y torcida apareció en sus labios.
—Vaya... Hollander... —su voz era un hilo ronco—. Tienes un aspecto terrible. ¿Te ha atropellado una nave o algo así?
Al escuchar esa voz, la primera reacción de Shane fue un alivio tan violento que sintió que las rodillas le flaqueaban. Por un segundo, la felicidad de saber que Ilya estaba vivo borró todo lo demás. Quiso acercarse, tomar su mano y confirmar que era real.
—Estás vivo —susurró Shane, y por un instante, su rostro se suavizó con una vulnerabilidad absoluta—. Dios, Ilya, creí que...
—¿Que te librarías de mí tan fácil? —Ilya soltó una risita seca que terminó en una mueca de dolor—. No llores, Shane. No me pegan las flores en el funeral. Además, ha sido una gran maniobra, ¿eh? La flota va a hablar de ese giro durante meses.
Esa frase fue el detonante. La chispa de felicidad en los ojos de Shane se extinguió, reemplazada por un fuego gélido y oscuro. El alivio se transformó en una furia que le quemaba la garganta. Dio un paso hacia la cama, pero no para consolarlo, sino para enfrentarlo.
—¿Una gran maniobra? —la voz de Shane temblaba de odio puro—. Casi te matas, Ilya. Por una maldita fanfarronada. Por llevarme la contraria a pesar de que la flota llegó a tiempo. Pero ¿por qué no me hiciste caso? ¿Tan importante es para ti llevarme la contraria? ¿Tan poco confías en mi juicio?
—Pero no pasó —respondió Ilya con tono defensivo, decidiendo ignorar las preguntas sobre cuánto le importaba el juicio de Shane—. Estamos aquí. Ganamos. Deja de ser tan dramático y disfruta de las medallas que nos van a dar.
—¡Me importa una mierda la medalla! —gritó Shane, golpeando la barandilla de la cama con el puño—. Estuve a un segundo de ver cómo tu cabina se desintegraba frente a mis ojos. Tuve que arrastrarte de vuelta mientras te desangrabas, rezando para que no te murieras. ¿Y tú solo piensas en lo bien que se va a ver en tu expediente?
—¡Es lo que hacemos, Shane! —Ilya se incorporó un poco e ignoró las alarmas de los monitores con los ojos brillando de terquedad—. Arriesgamos. Yo vuelo así porque soy el mejor, y tú estás conmigo porque puedes seguirme el ritmo. No me vengas con sermones de seguridad ahora.
Shane se mantuvo de pie junto a la cama con los puños tan apretados que las uñas se le clavaban en las palmas. La habitación se sentía pequeña, cargada con la estática de una tormenta. Antes de entrar, Shane recordó aquella vez que Ilya experimentó miedo por la vida de él. Pensó por un momento que podría dejar el orgullo de lado y decirle que entendía lo que había sentido. Pero incluso entonces, la verdad era que si Shane estuvo en peligro alguna vez, fue por algo inevitable y no porque lo hubiera buscado. Ilya lo había hecho sentir de esta manera deliberadamente, porque no le importaba el impacto que sus actos tenían en él.
—Ilya, escúchame bien —dijo Shane, bajando la voz hasta un tono peligrosamente calmado—. No voy a volver a ir en una misión contigo si no me prometes, aquí y ahora, que vas a seguir los protocolos. No más maniobras suicidas. No más ignorar lo que te digo. Necesito que te controles.
Ilya soltó una risa seca que carecía de su habitual calidez.
—¿Controlarme? Shane, lo que hacemos ahí arriba no se puede controlar. Tú pones la lógica y yo pongo el fuego. Eso es lo que nos mantiene vivos. Si me pides que vuele como un cadete de primer año, nos matarán en la primera emboscada porque seremos predecibles.
—¡Lo que casi nos mata fue tu imprudencia! —estalló Shane—. Si no cambias, voy a pedir el traslado a otro escuadrón. No voy a ser el espectador de tu funeral.
Ilya se incorporó lentamente, ignorando el pinchazo de los sueros. Sus ojos se clavaron en los de Shane con una intensidad feroz.
—No lo vas a hacer —dijo Ilya con una seguridad absoluta—. No puedes.
—Pruébame —desafió Shane, aunque su voz flaqueó un poco.
—Sabes que somos uno solo ahí arriba, Shane. Nuestras mentes están tan sincronizadas que ya ni siquiera necesito mirar el radar para saber dónde estás. Somos una sola unidad, un solo organismo —Ilya bajó el tono hasta volverlo algo íntimo y casi posesivo—. En la cabina, en el hangar y en todo. Estamos tan enredados que si te vas, sentirás que te han arrancado una pierna. Y yo me sentiré igual. No puedes separarte de mí porque ya no sabes dónde terminas tú y dónde empiezo yo.
A Shane le recorrió un escalofrío de puro pánico. Escuchar a Ilya decir en voz alta esa dependencia casi biológica le resultó aterrador. Le disgustaba reconocer que Ilya tenía razón, que estaba tan fusionado a él que la idea de volar con otro era como respirar a través de un filtro. Ese miedo fue el que le dio el impulso final para huir.
—Eso es exactamente por lo que tengo que irme —susurró Shane, retrocediendo hacia la puerta—. Estás loco, Ilya. Y me estás arrastrando contigo. Me voy. Mañana solicitaré el cambio de equipo.
La seguridad de Ilya se desmoronó en un instante. Su rostro se volvió pálido y la arrogancia desapareció.
—Shane... no —dijo Ilya con voz pequeña y suplicante—. No lo digas en serio. No lo hagas. Shane, espera...
Shane puso la mano en el panel de la puerta. Se detuvo, deseando quizás que Ilya dijera las palabras mágicas y prometiera cambiar. Pero Ilya, al sentir el rechazo, endureció el rostro de nuevo. Su orgullo se levantó como un muro de acero.
—Bien —escupió Ilya, girando la cabeza hacia el otro lado—. Vete entonces. Haz lo que quieras. Busca a alguien que vuele siguiendo las flechitas del manual. Al menos así no tendrás que preocuparte por sentir nada. Lárgate, no me haces falta.
Shane no respondió. Salió de la enfermería y la puerta se cerró tras él con un siseo hidráulico que sonó como un veredicto final.