Una tormenta se avecina
23 horas y 5 minutos hace
Avanzaba hacia la casa de su madre a pasos dubitativos e inciertos. Hizo a un lado una pijama que goteaba colgada en el tendal, formando un charco debajo de ella. Se embarró las zapatillas de lodo. El agua que escurría de un sostén le estorbaba la visión. Una tetera vieja hervía sobre la leña. Un perrito escuálido le ladraba con más fuerza de la que parecía tener. El ruido tenue de una radio con mala señal que narraba noticias:Una tormenta se avecina. Viene en camino. Causará daños. Guarde precauciones.Cuando la vio: Agachada en sus cuatro extremidades, tratando de callar a su pequeño perrito. El cabello castaño, abundante y alborotado. La piel bronceada, la cara sucia. Era tan joven. Y era su madre. Por fin, después de más de una década buscándola.
La madre esforzó la vista cuando, atraída por los ladridos de su pequeño can, vio acercarse una figura masculina. Era un hombre joven, fuerte, alto, de complexión atlética, de espaldas y hombros anchos, cabello castaño, bien parecido; se iba acercando, desconcertado.
Cuando estuvo a menos de un metro de su madre, ella se levantó, alborotada, y resbalandose con el lodo, cayó en los brazos del joven hombre, quien la sostuvo con firmeza y caballerosidad; luego se separó de él para verlo mejor: sus ojos rasgados, cafés, su mirada seria, pero dulce, su porte varonil. Le agarró el rostro con ambas manos. Lo miró de arriba para abajo y de abajo para arriba varias veces. No lo podía creer. —Mi niño… —se estremeció— Ryu…
…
Pasado el estupor inicial, la madre, Ryoko, los invitó a pasar a su humilde casa. Se sentaron los tres en el comedor.
—Por favor, discúlpenme la pequeñez —dijo a Ryu y a su novia, Sakura, ofreciéndoles una bandejita de pan y una jarrita de té. Ryu no podía dejar de observar, de soslayo, la pobreza a su alrededor, con una preocupación creciente.
La madre se mostraba nerviosa y emocionada, les cortaba el pan en sus platos, pero solo como algo acostumbrado a hacer con el pan, puesto que no había nada que echarle. Las migas caían sobre sus regazos y Sakura se sacudía discretamente y miraba de lado.
—Si hubiera sabido que vendrían, hubiera comprado algo de queso o jamón, ¿qué te gusta, hijito?
—Esto. Me gusta mucho el pan y el té. Gracias.
En silencio, se quedaron mirando sus tazas y revolviendo el té con sus cucharitas. Sus miradas guardaban una especie de luto. Por los años separados, por el tiempo a recuperar, por la precariedad evidente.
Sakura rompió la pesadez del momento con una curiosidad: —Ryoko-san, ¿cómo sabía que era Ryu quien llegó a visitarla? me imagino que está irreconocible…
Los pobladores le habían contado a Ryoko la noticia de que su hijo la andaba buscando. Así que sabía que en cualquier momento entraría por esa puerta. Aunque no se imaginaba tan pronto. Explicó.
La conversación hasta entonces era amena y ligera, y se evitaba tocar el tema de su parentesco, pues aún no se sentían preparados. Solo hablaban de los asuntos básicos, como a qué te dedicas, dónde vives, en qué trabajas; Ryu le contó acerca de su trabajo en la fábrica, y su dojo, donde impartía el Shotokan a las nuevas generaciones; y Ryoko les contó, con un brillo en los ojos, las travesuras de sus alumnos de la escuela primaria en la que enseñaba, y luego las inconveniencias a causa del recorte presupuestal del gobierno —Tenemos que poner de nuestro bolsillo para que esos niños coman algo —contó cómo cocinaban entre todas las maestras en ollones enormes, y que los niños amaban sus quakers con sabor a leña.
Ryu estaba admirado. Fascinado por la valentía de esa mujer que estaba conociendo, que daba lo poco que tenía por esos niños huérfanos, como él mismo.
—...Y bueno… como este pueblo es pequeño, como podrán ver, todos aquí nos conocemos, así que cuando podemos, nos ayudamos.
Finalmente llegó el momento incómodo. Del que no podían escapar… tocaba hablar del pasado. De los hechos que los separaron. De los hechos que determinaron su situación actual. De los hechos que separaron a una madre de su hijo…
Ryu escuchaba atentamente a su madre y Sakura la miraba con curiosidad.
Cuando Sakura los veía hablar, podía comprobar en esos cabellos castaños, en esos ojos cafés, en esas miradas cálidas y esas cejas pobladas, en sus tonos de voz; que eran tal cual, de la misma sangre. Madre e hijo, nada más y nada menos. Se notaba a gritos.
Era curioso que esos mismos rasgos físicos alternaban una cualidad femenina o masculina en cuanto provenían de ella o de él. Unas cejas pobladas, que en él lucían masculinas, en ella terminaban siendo su toque femenino y salvaje; a su vez que aquella nariz fina, que en ella resultaba un toque delicado, en él resultaba armonioso y elegante.
Tenía trece años cuando lo alumbró. Destinada a casarse con el heredero de las artes marciales ancestrales, debía concebir a un varón y así lo hizo. El que fue su esposo también era muy joven, de quince años, pero ya cargaba el legado del Shotokan a sus espaldas y debía guardarlo con suma responsabilidad. Ryoko tuvo que madurar a esa edad. Su cuerpo y su mente tenían que pensar y verse como de treinta y picos. Y así lo hizo hasta ahora, que ya tenía sus treinta y cinco.
—Tu papá te amaba y debía enseñarte los caminos del Shotokan con rigor, pero un día…
Un día lo asesinaron delante de ella y de su pequeño, Ryu. Aunque era un recién nacido, algo le quedó grabado en su mente. La mafia quería la cabeza de su padre porque, al ser él un importante artista marcial, sentían que amenazaba la hegemonía de su jefe. Y así es que lo mataron. Y ahora irían por ella y por su único hijo varón, Ryu.
—Salí huyendo contigo en brazos…
Anduvieron huyendo, quedándose no muchos días en casa de algún familiar, y a veces en la calle, escondidos.
Cuando encontró por fin un lugar tranquilo donde alimentarlo, donde llevar a cabo ese intercambio amoroso y sublime que llaman lactancia, donde la madre ofrece el líquido vital que crece dentro de ella, y donde el niño se entrega completamente vulnerable, con apego y amor.
Aquel precioso intercambio de intimidad entre madre e hijo fue interrumpido violentamente por los matones que los encontraron y separaron al bebé de su madre, arrastrandola de los pelos y arrojándola contra la pared, mientras le arrancaban al niño que lloraba desesperadamente. Lo tiraron a una camioneta y ella corría tras de esta, hasta que la distancia se hizo enorme, la madre se detuvo y solo lloró en silencio y muerta de dolor por unos pechos que empezaban a inflamarse, hincharse y enrojecer. Aunque Ryu era un recién nacido, algo quedó fijado en su mente…
Lo capturaron con el fin de formarlo en la mafia. Necesitaban nuevos miembros jóvenes, completamente maleables. Pero el niño, unos cuatro años después, logró escapar de alguna manera.
—Huí, y luego…
Lo encontró el maestro legendario Gouken, único individuo vivo que podía transmitir el legado del Shotokan, quien vio una nobleza, un poder y un carácter admirables en aquel muchachito, con lo que, sin dudarlo, decidió adoptarlo y volverlo heredero de la filosofía Shotokan.
—Me adoptó un señor muy respetable, mi sensei, mi padre. Me crió bajo el lineamiento del Shotokan. Con él no me faltó nada, le estoy muy agradecido.
La madre quedó admirada y sorprendida —Yo también le estoy muy agradecida —susurró ensimismada.
Sakura escuchaba en silencio y se comía las uñas.
—Y ahora, transmito ese legado a mis alumnos del dojo. Es una forma de perpetuar a mi padre.
Ryoko y Sakura quedaron arrobadas. Sentimientos confusos nacían en la madre…
Hubo un silencio solemne y tenso. Por las revelaciones, por ese pasado tan duro para ambos. De pronto, con la urgencia de romper con aquella tensión, la madre se levantó cambiando el tono de la conversación —¡Ah sí, recuerdo que tengo unos tamalitos por ahí… espérenme que se los sirvo en seguida! —se levantó de un sobresalto y se fue a la cocina a prepararles una mezcolanza de sobras que fue encontrando a medida que hurgaba en su cocina. Al rato les trajo una pequeña bandeja con medio tamal recalentado, un trozo de chancho que acababa de freír, una aceituna ya bien arrugada, y un huevo que batió rapidísimo, haciéndolo tortilla, y le agregó unas verduritas que encontró por ahí y que se puso a picar. En seguida puso el austero menú en medio de la mesa, pero humeaba y sabía a hogar. Los chicos se devoraron la comida, más por complacerla que por antojo.
—Gracias, madre, todo está perfecto.
—De nada, mi hijo.
Sakura golpeó la mesa soltando una carcajada. —¡Waaaa! ¡Por fin encontré de dónde me sacaste esa mirada —hizo una mueca seria y elegante, exagerada— toda seria y solemne! ¡De tu mamá! ¡Son idénticos! ¡Son dos gotas de agua! —exclamó, riendo con ternura.
Madre e hijo miraron las paredes sumamente sonrojados y carraspearon.
…
Ya acabada la noche, Ryu dejó a Sakura en su casa, y él anduvo a la suya caminando, tenía ganas de caminar simplemente.
Ese día fue demasiado para ambos. Para Ryu y para Ryoko. Cada quien quedó pensativo en su casa. Ella, recostada en su silla, con las pantuflas embarradas de lodo, miraba la lluvia por la ventana, con las palabras de su hijo en su mente. Y él, recostado en el balcón de su casa, con el eco de las palabras de mamá resonando una y mil veces… Se sirvió más café y siguió con sus pensamientos…
…
Toda esa semana no tuvieron más en mente que aquel encuentro.
Ryoko no podía dejar de pensar en Ryu, en lo que sucedió, en sus palabras, en su actitud, en su dulzura, en su voz. Se recreaban una y mil veces en su mente el
intercambio de miradas, la mayoría asolapadas, que se dieron ese día.
A pesar de las dificultades que vivió su hijo, le parecía admirable su dedicación al Shotokan y su lealtad en perpetuar el legado de su padre y de su maestro. No podía creer que su muchacho fuera un hombre ya, hecho y derecho, así de noble, así de fuerte, así de guapo. Pero al mismo tiempo, una duda golpeaba en su psiquis, atormentándola: ¿Por qué no puedo asimilarlo como mi hijo? ¿Por qué no puedo formar ese lazo filial tan necesario en estos momentos? Esa duda se convirtió en angustia con el paso de los días. Hasta que todo se volvió psicosomático, pues se encontró con que tenía los pechos inflamados, hinchados y enrojecidos. Un calostro tardío que le quemaba. Mas, las incomodidades físicas no eclipsaban la vorágine de sentimientos confusos que se iban formando. Le dolían los senos, pero no le dio importancia y siguió con sus labores domésticas, apresurada, como queriéndoles ganar a los sentimientos que se arremolinaban en su pecho.
…
Sakura discutió con Ryu porque se había olvidado de la gran boda de su amiga a la cual fueron invitados. Nunca se apareció. Cuando lo recordó, ya era tarde y no sabía como disculparse. Es que, por esos días, no había más en su mente que lo invadía todo el recuerdo de Ryoko. Sus palabras, su pasado, su amor por los niños de la escuela. Lo valiente y luchadora que fue, a pesar de sus adversidades. Lo joven que era. Su precariedad económica lo tenía pensándola todo el tiempo, buscando soluciones. Pensando: ¿Qué comerá hoy? ¿Qué cocinará para los niños? ¿Qué estará haciendo?... Y sin darse cuenta, Ryoko ya tenía secuestrada su mente y su anhelo.
El fin de semana llegó como remolino cargado de pensamientos, de dudas, de ansias y de zozobra. Todos sentimientos encontrados, por ese hombre que llegó a su vida de repente y era su hijo. Se encontró con que su hijo era una especie de obsesión, que le otorgaba un placer culposo venido de una especie de deseo, de curiosidad; sentimientos que ella trataba de menospreciar, creyendo que ya pasarían, que era solo la emoción del reencuentro; mas los días que pasaban, uno tras otro, no le daban la razón, y verlo llegar de visita, trayendo siempre algo para ella y los niños, hacían crecer en ella los sentimientos confusos que llegaban a angustiarla y obsesionarla.
Todas las tardes, sin falta, durante siete días, ella le daba el encuentro en el terminal de trenes que venían de la ciudad. Ryu no le decía por qué venía todos los días a verla, y a ella no le interesaba cuestionarlo. Hasta que las vacaciones de sus alumnos del dojo terminaron, y Ryu no pudo verla todos los días, pero sí todos los fines de semana, sin falta. Había tanto que trabajar en la hacienda de Ryoko, que el tiempo le quedaba corto. Ese era el motivo “oficial” con el que el hijo se autocomplacía, sin dar tregua a pensar demasiado en lo que implicaban sus acciones, y en los sentimientos extraños que empezaba a tener.