Néctar de mamá

Het
NC-17
Finalizada
1
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52 páginas, 22.207 palabras, 6 capítulos
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Terreno peligroso

Ajustes
Domingo… era el día añorado por ambos. Ryoko corregía exámenes sentada en el comedor, cuando los ladridos de su pequeño perrito le avisaron de la llegada de un visitante. Se irguió emocionada, anticipando la excitación de imaginar a su hijo llegando. Era Ryu, trayendo varias bolsas del super. Verlo acercarse le provocaba una cascada de reacciones corporales y mentales: emoción, dicha, zozobra, anhelo, ansiedad, amor; se le erizaba la piel y sus pechos comenzaban a inflamarse y dolerle. Ryu acomodó las bolsas sobre la mesa, gran cantidad de alimentos para ella y los niños, y la mamá, sonriendo con gratitud, iba sacando uno a uno los víveres y los iba acomodando en la cocina, empinándose para llegar a los gabinetes, estilizándose en su intento de llegar arriba. Ahora que la veía detenidamente mientras estaba distraída con las bolsas, notó que su madre era bastante joven. Era difícil verla como su madre, más aún si no había crecido con ella. Esos lazos no se formaron. Era inevitable no notar desde ese ángulo, sus fuertes caderas que contrastaban con su cintura pequeña, y su cabello largo adornando su espalda. Se sacudió la cabeza, sintiéndose incómodo por el pensamiento que acababa de tener y prefirió poner su atención en las dificultades que estaba teniendo mamá en acomodar la alacena. Al ver su disfuerzo, Ryu le quitó las cosas y las acomodó él mismo. Era alto, llegaba arriba sin ninguna dificultad; acomodaba las cosas con esa expresión seria y misteriosa que la traía loca, pero calmado, amoroso. Ella no podía hacer más que mirarlo, capturada. Un olor suave a colonia se desprendió de él y llegó hasta ella quien cerró los ojos. Ryoko sintió una admiración inmediata. Se sacudió la cabeza… Ya caída la tarde, ella se permitió “aprovecharlo” para otros varios arreglos domésticos los cuales eran imposibles físicamente para ella, como mover muebles pesados, cambiar de lugar sofás, sembrar grandes árboles, traer leña, llenar cubetas enormes de agua, y demás trabajos indispensables para mantener la hacienda. Casi de noche, Ryu acomodó la última cubeta de agua, la que formaba una hilera de diez enormes cubetas, agua para todo el mes. —Gracias. ¿Cómo hubiese podido yo llenar todos esos contenedores? Eres un cielo. —le sonrió la madre. Su hijo le devolvió la sonrisa, sonrojado, la camiseta empapada de agua, su cuerpo caliente por el trabajo físico, lucía muy bien. Ryoko otra vez se perturbó. Entró apresurada a la casa a preparar té y ramen. —¿Qué te gusta, hijito? ¿ramen? en seguida te la preparo —se largó a la cocina a preparar; lo hacía más por evadir la tensión que sentía al estar cerca de él, por evadir la culpabilidad al disfrutar de la vista de su hijo con la camiseta mojada, que por cocinar en realidad. —La sopa ya está lista… —salió al campo a llamar a Ryu. Se permitió observarlo desde la puerta. Qué bien se veía haciendo esfuerzo físico, mojado, fornido, y la mirada tan seria que podía rendirla de tan preciosa masculinidad. Qué guapo era él. En ese momento no vio a un hijo sino a un hombre en toda regla, que la hacía sentir dispuesta. La angustia en su pecho la ganó… Lo que quedaba de la tarde la pasaron descansando juntos. Ella se acomodó al lado de su hijo en la hamaca, y por el peso, esta cedió, cayendo ella encima de él “Ja, ja, ja” rieron ambos, con ganas. Ryu seguía abrazándola en la posición de protegerla de la caída. La mujer sintió estremecerse por la sensación de protección de hombre, que por primera vez sentía. Lo miró al rostro sin poder sacar la vista de él, como cautivada por un embrujo, una mirada extasiada y culpable que solo se rompió en cuanto él le devolvió la mirada, la cual ella no pudo resistir, desviándola con apremio. Carraspearon y se separaron. El rostro de Ryoko cambió con una expresión de dolor. Se tocó los pechos, adolorida. Él se preocupó. No es nada, dijo, y lo tomó de la mano con emoción —Ven, quiero enseñarte algo. De la mano lo llevó por un camino de malezas, hasta que se descubrió un enorme terreno delimitado con esteras. —Este es mi sueño. —¿Esto… es tu sueño? No entiendo. —Sí, mi sueño. Mira… —y sin soltar su mano, caminaron por un gran terreno accidentado, mientras ella señalaba con su dedo y le iba explicando: —Aquí voy a construir diez aulas de primaria para niños sin recursos —señaló más allá— Allá, donde estan esos cercos, va a ser un establo donde criaré ganado —continuó señalando— Y allá, voy a sembrar arroz, calabaza y trigo. Así, esos niños tendrán siempre que comer. Y luego lo llevó por otro lado donde había una especie de almacén. Abrió el portón, levantándose una gran polvareda. —Mira, ya compré algunos pupitres —le enseñó unos diez pupitres nuevos, embalados uno encima de otro— Me los dieron a crédito. Pienso asociarme con alguien que esté interesado en este proyecto y me ponga el capital, pero para eso, primero necesito formalizar los papeles de este terreno. Ryu se quedó perplejo ante tanta información. Maravillado por el amor y compromiso de ella hacia esos niños, y además, halagado de que su madre comparta algo tan importante con él. Su sueño era por los demás, por los niños pequeños, por los vulnerables. Era un afán tan altruista y desprendido. Que en Ryu terminó de consolidarse esa admiración profunda por esa mujer, hermosa en cuerpo y alma. Y decidido a involucrarse de lleno en el proyecto, le propuso que no era necesario meterse en líos con un asociado extraño, él pondría el dinero y el trabajo, además, también podría enseñarles Shotokan, si ella se lo permitía, a lo que Ryoko accedió encantada y lo abrazó de alegría. Ahora ese hermoso sueño era de los dos. El tiempo voló entre que iban planeando cómo hacer realidad el proyecto, alternando la conversación con bromas cómplices que emergían muy naturales, sin el más mínimo disfuerzo, las ideas fluían y se entendían a la perfección. Y sin darse cuenta, ya eran las 2am. —¿Te vas tan tarde? Mejor quédate a dormir… Él sintió una mezcla extraña de sensaciones que iban desde el morbo hasta la angustia. —¡No! Ryoko puso una expresión desconcertada. —Regresaré pronto… Se fue dejándole un beso en la mano. Un beso galante y respetuoso que la dejó con la promesa de un nuevo encuentro de amor y descubrimiento, con un deseo imperioso de explorar a ese hombre que acababa de conocer y moría de deseos por descubrir. Pero la emoción se empañó casi de inmediato por angustia “Qué estás pensando, Ryoko, ¡es tu hijo!” se mordió los labios, tembló de miedo y las lágrimas cayeron. … Efectivamente, regresó tan pronto como al día siguiente. Atraído por la dulce curiosidad por saber qué enseñaba Ryoko día a día a esos niños, por conocer las cosas que ella amaba y en las que entregaba su tiempo y su amor, como enseñar, cocinar, organizar a los pequeños. Ryu le pidió que le dejara acompañarla a su escuela, a lo que ella aceptó emocionada y halagada. Pasaron toda aquella tarde soleada en la escuela. La fascinación que sentía Ryu por Ryoko no hacía más que crecer al ir comprobando la clase de mujer que era ella, en cuanto asumía cada reto que representaba cada niño. Uno de ellos no quería aprender, lloraba por la falta de sus padres, pero ella, armada de una mezcla de amor y rigor, le dijo unas cuantas palabras, “palabras mágicas” pensó Ryu, sonriendo satisfecho e impresionado, observando cómo ella le hablaba, le acariciaba la cabeza a ese niño que mágicamente se levantó, enérgico, correteó feliz, queriendo aprender los conocimientos que lo llevarían lejos, algún día; promesa de mamá Ryoko. El ocaso llegó anunciando el final de la tarde y la jornada académica, y ella les enseñaba con dulce rigor las últimas lecciones del día, y sus ojos brillantes y cafés buscaban furtivamente a Ryu, allá al otro extremo del aula, con otro grupo de niños; se sintió observado, volteó a sonreírle, ella se sonrojo; él tenía un niño colgado en su cuello, haciéndole travesuras, intentado golpearlo como un jugueteo a lo que él respondió con otro golpe suavísimo de karate, hasta que todos los niños se le subieron encima y comenzaron una batalla risueña a la que Ryoko se unió llena de ternura. Luego los llevó al comedor, todos ordenados en fila: el más bajito, adelante; el más alto, atrás; al más pequeño lo alzó en peso apretándolo contra su pecho. Ryu no podía quedar más deslumbrado, al observar, en un descuido de ella, cómo, al inclinarse con gracia, su escote se abrió demasiado y su cabello largo se le vino abajo, liso y castaño, adornando sus senos llenos de pequitas de sol. En ese momento, las sombras que creaba el ocaso, danzaban en el contorno de la dulce maestra, revelando solo destellos de su belleza, delineándola con sombras y misterio, dejando espacio para la imaginación de su furtivo observador. … En el desayuno, Sakura entró de golpe a la casa de Ryu, se apareció de mal humor. Quería empezar una bronca. —Estoy tarde para el dojo. Me estan esperando mis alumnos. Sakura se interpuso en la puerta. —¡De ninguna manera vas a vender el dojo solo para que tu madre haga realidad un sueño absurdo! La noche anterior él le había comentado su deseo de unirse a Ryoko para realizar su proyecto, ahora de los dos. —¡Más importante es nuestra economía! ¡¿Qué va a pasar cuando nos casemos, vas a trabajar doble turno?! ¡¿Nunca tendré a mi esposo a mi lado?! —¡Entiendeme! Esos niños son todos huérfanos. Ni siquiera tienen la suerte que yo tuve de que me adoptara mi padre ¡Sin Ryoko ellos no podrían estudiar ni siquiera sobrevivir! —¡¡Me valen una verga esos niños!! ¿Quiénes son? ¡¡Ni siquiera los conoces!! —Los conozco a todos y a cada uno de ellos. Te lo dije ayer toda la noche, pero parece que no me escuchas. —¡No te escucho porque todas son tonterías! Él la miró, no con odio ni reproche, solo con pena. Con mucha tristeza. Y se fue. … La muchacha necesitaba descargar su cólera, y además, hablar con alguien que pudiera servir de “mediador”, es así que decidió ir a ver a Ryoko. Llegó alterada a la casa de su suegra. Traía unos pastelitos muy finos y variados en una caja de cartón de la pastelería. Ryoko corrió a la entrada pensando que era su hijo. Se le cayó la cara de decepción cuando vio a su nuera. Se cubrió el escote con pudor, como acto reflejo. Un sentimiento horrible de vergüenza invadió su psiquis. Como cubriéndose una culpa, ¿de qué? No daba con el motivo de su vergüenza galopante, o tal vez no la quería reconocer. —Hola, Ryoko-san. Le traje estos pastelillos. Se sentaron en el comedor. Sakura le contó, discutí con Ryu. No compatibilizamos prioridades. Yo quiero una casa grande, buena vida, sabe, pero él quiere deshacerse de su principal fuente de ingreso por ayudarla a usted. Ryoko tragó saliva. No lo sabía. No se lo permitiría tampoco, chico necio. —Se ve muy reflejado en esos niños, ninguno tiene padres. Supongo que es una especie de proyección, por eso sufre de verlos en esa situación. La semana pasada lo llevé a que conozca mi escuela. Al poco tiempo él era un niño más. Fue maravilloso. Ellos aprendían de él, y él, de ellos. Hasta ahora me preguntan por él, quieren que regrese. Sakura miró de lado. Cambió de tema. Cosas más relativas a la pareja. —Estamos mal, señora. Disculpe que le diga —se sonrojó— pero ya ni siquiera tenemos sexo. Ryoko se empezó a sentir incómoda y la cara le empezó a arder. Y Sakura seguía contándole las intimidades de alcoba, buscando desesperadamente descargar su frustración, aunque sea con la persona menos apropiada. —Encima, no ayuda el hecho de que mi ginecólogo me ha diagnosticado “cavidad vaginal estrecha” por no decir que mi vagina es más pequeña de lo normal, y precisamente, el miembro de Ryu es más grande de lo normal, digamos así —le indicó la medida con los dos dedos índices, bastante distanciados el uno del otro. Y suspirando, resignada, cogió la pequeña tetera— ¿Le sirvo más té? “¡Ron! Necesito un ron” pensó Ryoko. Se levantó impaciente a la cocina, rebuscó violentamente, tiró todo, hasta que encontró la preciosa botellita de ron puro y duro, la cual se bebió de un solo trago, sin diluirlo. Golpeó la mesa con la botella, se limpió la boca con la manga de su suéter, y luego eructó desvergonzadamente. Sakura oyó sorprendida, desde el comedor, el inelegante rugido estomacal de la señora. Ryoko, visiblemente perturbada, regresó a sentarse con Sakura. —¿Se encuentra bien, suegra? “¿Quieres ir al bar a embriagarnos y que me cuentes cómo la tiene y cómo te coge mi hijo?” Pensó Ryoko, sin filtros, sin contenerse, porque en su mente estaba a salvo de Sakura, mas no de ella misma… —Sí, sí, más té, por favor —respondió la suegra, con la mirada clavada en la mesa, con la expresión derrotada, cansada, restregándose la cara con las manos en un gesto de desesperación. —Me disculpas, voy a ver la comida, creo que algo se quema. Lo único que se quemaba en esa casa era un abrasador deseo; y también su estómago. Sakura olfateó, no sintiendo ningún olor a quemado —Siga, señora… Ryoko continuó con la comida, sirviendo los platos de manera errática mientras su mente pugnaba por reprimir esos pensamientos que la atormentaban, de curiosidad sensual por ese hombre prohibido que era su hijo. Ese hombre que conocía sus más íntimos anhelos, que conocía su corazón, que también amaba lo que ella amaba, que compartía sus sueños, y, también, lo podía sentir, compartían las mismas ansias… … Con sus pequeños pies remojados en el agua prístina del pequeño riachuelo de su finca, Ryoko pensaba, rumiaba… rumiaba, pensaba. En Ryu, su hijo. Estar cerca de él activaba elswitchequivocado. Esto tiene que parar, pensó, cada vez más consciente del poder fantástico que tenía Ryu sobre ella, de seducirla con su actitud noble pero desenfadada, con su aspecto varonil y serio, pero la mirada tierna, con algo de niño, y que además tenía una pasión y determinación consigo que la estremecía. Se encontró asustada, hallándose muy cerca de transgredir, un paso en falso y terminaría por ceder al deseo imperioso de corromperse, de pecar. Sacó un cigarrillo, sopló el humo hacia el agua cristalina, tornándose turbia. Tuvo una pequeña satisfacción en ensuciar aquel panorama, hasta entonces limpio y puro, con el humo pernicioso y placentero de su tabaco. Era una pequeña venganza, aunque sólo simbólica, a las normas morales imposibles de transgredir. …_______________________________________ En todo el pueblo ya se había esparcido el rumor de que la Ryoko había encontrado a su vástago, que la visitaba todos los días, que la ayudaba en todo y que se veía muy contenta —Vaya buen hijo que le salió a la Ryoko. ¡No como ustedes, par de vagos! —les gruñó Bertha, la vecina, a sus dos hijos adultos que yacían desparramados en el sofá rascándose las pelotas. Guardó el binocular en su mesa de noche, siempre a la mano para espiar a la Ryoko y a su hijo, como de costumbre, como entretenimiento para conciliar el sueño. … El día a día de Ryoko era cada vez más complicado, los quehaceres, las responsabilidades, los niños, y el poderoso deseo de querer hacerlo todo con su hijo, Ryu. En cada plan, en cada paso que daba, se multiplicaba su motivación en cuanto pensaba hacer las cosas a su lado, compartirlo todo. Los niños de Chikyu la necesitaban. Pensó en Ryu… lo hizo venir a su casa. —El fin de semana visitaré a los niños de la aldea Chikyu, los más necesitados, les llevaré víveres, haremos ciertos juegos didácticos y me gustaría que les enseñaras algo de Shotokan, ¿cuento contigo? Sonaba como un día perfecto al lado de Ryoko, ayudando a los niños, llevándoles algo de alegría, algo de conocimiento, y de paso, nutriéndose de la sabiduría de esa mujer que lo iluminaba todo con su presencia. Su nobleza era fuera de este mundo, y su belleza era cruel… demasiado bella, demasiado sensual, le provocaba, le provocaba mucho, le llegaba a desesperar, no sabía qué hacer… Pero precisamente ese fin de semana tenía un compromiso con Sakura, una boda de otra de las amigas de ella, a la cual esta vez, no podía fallar. —Tengo una boda el fin de semana. —Entiendo. Vas a estar tertuliando frivolidades… Que te diviertas. —No he dicho que no iré contigo. Solo que llegaré después. Cuenta conmigo entonces. Ryoko chocó sus manos con alegría. —Gracias, te am… eres un amor, gracias. Se quedaron hasta la madrugada preparando el almuerzo especial para los niños, luego lo dejaron todo listo y empacado en ollones y tapers, para partir al amanecer a Chikyu, además de las tantas bolsas de ropa, juguetes y víveres. Esa noche, Ryu durmió en el hospedaje del costado. Sin aceptar de ninguna manera el dormir en casa de Ryoko, era tan peligroso… Llegaron a la aldea al amanecer, cuando los niños aun dormían. Él corrió a la ciudad, a la boda que comenzaba a las 8am. Ryu estuvo en la boda con Sakura, y habiendo apenas acabado, corrió a donde los niños de Chikyu. Sakura se mostró incómoda,¿qué tanto con esos chibolos? pero no pudo evitar que él vaya a ayudarlos. Se apareció todo elegante, con el traje de la boda, a ese lugar arenoso. Los niños se burlaron y Ryoko se quedó deslumbrada, qué bello se veía en ese traje elegante de saco y corbata, sin embargo se unió a los niños en la burla y él los empezó a corretear a todos, incluída a Ryoko, se empezaron a arrojar lodo entre todos, inmediatamente su traje se hizo un desastre, mientras todos reían y jugaban. Al anochecer, los niños estaban cansados y felices, habían jugado y aprendido tanto, sus cabecitas eran una esponja deseosa de conocimiento, y las cosas que les enseñaron fueron agua para el fuego de su curiosidad. Bajo las estrellas, la noche era tibia y se escuchaba a los niños reír y algunas madres hablaban tímidamente, una olla gigante hervía encima de la leña, agua para bañar a los niños que estaban todos embarrados de lodo. Ryoko estaba sentada en un banquito detrás de un biombo improvisado, iba bañando a cada uno de los niños sobre un taburete, iban entrando uno por uno detrás del biombo, ella les limpiaba los bracitos, la carita, masajeaba con el champú sus cabellos resecos; después los vestía con ropa nueva que les trajo por montones y así, limpios y vestidos, los iba entregando a Ryu, quien los acomodaba a cada uno en su sitio en la gran mesa donde les servía la cena, una cena especial, la que habían preparado toda la madrugada; acabada la cena les entregaba un juguete, un libro, y a dormir, alrededor de una fogata en la que Ryoko les iba contando historias todas con un mensaje didáctico de fondo. Ryu también les contaba historias, pero no siempre tenían moraleja, entonces los niños se quedaban con una interrogación en sus cabezas. Ryoko moría de risa y cada vez sentía que lo amaba más, sin marcha atrás. Se imaginaba deslizándose a través de la arena, llegando hasta donde Ryu, probando sus labios, endulzados por cada historia extraña pero bien intencionada, era tan lindo… dios mio, ¿a donde irá a parar todo este amor? ¿Qué sucede con una bestia furiosa que se da encontronazos contra la pared? Al final muere desangrada… … Pasaron dos días sin saber el uno del otro. En el fondo era mejor guardar distancia. La angustia la mataba, aunque sabía que era lo correcto. Mejor no saber nada de él… o mejor sí. Finalmente, cedió a las ganas de verlo, aunque sea de oír su voz. Lo llamó por teléfono con la excusa simplona de la visita de su nuera de hace un par de días atrás. Ryu, al ver su número en el celular, corrió a contestar. —¿Aló? —Aló… soy yo, mamá. —Hola. —Sakura estuvo por aquí… me habló de ti, dice que no están bien… El guardó silencio. —¿Aló? —Sí… —Sabes que puedes contarme todo, hijo. —Está bien. Iré a verte mañana. No, mejor esta noche, espérame. Ryu colgó el teléfono. Sus ganas de verla lo llevaban a ver en cualquier excusa una oportunidad y siempre sus pasos lo llevaban hacia ella. Todos mis pasos me llevan hacia ti. Reflexionó. La moral me exige sentir amor filial por mi madre, pero… Me miras, tan fantástica y sé que me falta tanto para alcanzarte, aunque tú también tengas mucho que madurar. Voy detrás de ti tratando de alcanzar un poco de tu brillo, desnudándote a media luz, en mi mente, y tú ni te imaginas. Estoy solo en mi habitación, el calor, la oscuridad, y pienso en ti… Reparó en que pensaba muy seguido, casi obsesivamente, en cómo resolver cada uno de los tantos problemas de su madre. Tal vez, parte de la frustración por resolver ya mismo sus dificultades se confundía con ese anhelo extraño; es solo eso, pensó, dándose un alivio momentáneo. Pero entonces… por qué me quedé viéndote, a través de la puerta entreabierta de tu habitación, cómo terminabas de vestirte, y la tela de tu vestido floreado caía con gracia sobre tus senos sin brasier, endureciendo la piel sensible de tus pezones, tú no lo notabas, pero yo podía sentir cada sensación de tu cuerpo… Y luego empalideció haciendo cuenta de cómo solía recrear en su mente los momentos a su lado, descansando sobre el pasto, o en la hamaca, y sin darse cuenta, perdía el control de sus divagaciones hasta terminar siempre en la misma escena mental: Se subía encima de ella, la estrechaba de la cintura, y, sin avisarle ni dar explicaciones, la besaba violentamente mientras su boca perdía el control de los besos que se escapaban por el cuello, por el pecho, y ella lo estrechaba desesperada… Y de repente volvía a la realidad con la voz de Sakura, con sus pleitos y reclamos, que en el fondo le agradecía, porque lo sacaban de los insistentes pensamientos que solían terminar en un escenario prohibido. Ni te imaginas cómo te recreo desesperada por una caricia, ni te imaginas cuántas veces fuiste totalmente mía, cuántas veces te he desnudado, en mis sueños locos, que nadie puede juzgar. Conozco tu cuerpo y hasta tus puntos de ebullición, sin haber pecado. Ni te imaginas que en mi pensamiento eres dichosa y te liberas, te olvidas de todo y te erotizas en mi compañía; ni te imaginas, cuando conversamos, que tu querido hijo es tu amante, ni que, cuando nos miramos, en cualquier momento, te robo y nos vamos… … “Espérame…” El corazón de Ryoko latía rápido, pero no podía distinguir si era emoción o ansiedad, si era dicha o angustia… o si era todo eso junto lo que confundía su corazón. Ryu llegó tarde de noche, escondiéndose de los vecinos que podían verlo, escondiéndose como el enamorado fugitivo en que se había convertido, amándola en las sombras. Entró por un ingreso oculto que Ryoko le había enseñado, adrenalínica, una noche en la que él se había quedado hasta tarde, y en la que un beso en la mejilla, prófugo, la acercó al cielo. Llegó agitado, la tomó en sus brazos, luego la separó para tomarla del rostro con sus manos fuertes y cálidas, y con voz dulce le dijo: Ya estoy aquí... Ella lo abrazó y lloró en silencio mientras se embriagaba de su olor, mientras no quería soltarlo, ni él tampoco. No hablaron una sola palabra de Sakura, asunto por el que se supone, él había venido. Era obvio que solo fue una excusa barata. La obviedad era tácita, y ellos lo sabían en complicidad. En un impulso de cordura, se separaron. —Emmm… hablemos de tu dojo, ¿cómo sigue? Él la miró… se murieron de risa juntos, ante la tonta y nerviosa pregunta. El amor entre ellos estaba declarado de facto. Estaba declarado en sus miradas, en sus sonrisas, en sus gestos. No hablaron una sola palabra más y permanecieron recostados juntos en la hamaca, viendo las estrellas. Ryoko despertó acostada en su cama. Inmediatamente supo que Ryu se había ido durante la madrugada, dejándola acostada. Nunca se había quedado a dormir, pese a las insistencias de ella, sin ninguna intención más que cuidarlo de que no se fuera tan tarde de noche. Se tocó el cuerpo, los labios. Él nunca la había tocado, pero ella sentía que era el dueño de su cuerpo y sus labios. Se acarició todo, como desfogue a esa pasión desesperada, a esas ansias que no hallaban saciedad. La desolación en su pecho se derramó en llanto. Determinó que no podía verlo más, que cada experiencia a su lado hundía más la espada despiadada del amor imposible. Qué será de mí cuando en tus brazos yo descubra que tú eres el cielo que jamás podré tocar. Es imposible, lo sabemos. Cuando vienes y nos abrazamos en un saludo que pretendemos es filial, pero en el fondo sabemos que está muy lejos de ser así, jugamos con fuego. Cuando te tengo así de cerca me provocan tus labios, y se me escapa un beso que desvío rápidamente a tu mejilla, y tú me das el mismo beso y cierras los ojos; jugamos con fuego. Es muy peligroso estar a tu lado. Es peligroso conversar. Es peligroso mirarte y más peligroso aún, que me mires. Tu voz, tu presencia en cualquier momento desencadenan en mi la urgencia de amarte que nadie podrá detener, y podemos convertir este fuego entre los dos, en un infierno, porque olvidamos, corazón, que guardamos consanguinidad. Apretó los ojos y se sacudió la cabeza. Esto tiene que parar sino… si me vuelves a abrazar de esa manera, a besar tan despacito y sostenido en la mejilla… no me voy a contener… no nos vamos a contener… Porque estoy segura de que los afectos en la hamaca, que apretarte contra mi oliendo de mi cabello, entrecerrando tus ojos tiernamente, que entrelazar tus dedos con los mios, que darme un beso instintivo cuando descansamos sobre el pasto, y luego separarte de mí bruscamente sin decir por qué… delata el mismo sentimiento, la misma contención, la misma urgencia. Una llamada de Ryu por teléfono la sacó de todos esos pensamientos, y cedió otra vez, a su dulce y tortuosa debilidad. “Estoy llendo a verte…”
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