Néctar de mamá

Het
NC-17
Finalizada
1
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52 páginas, 22.207 palabras, 6 capítulos
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Amor y escándalo

Ajustes
Ryu llegó con una vehemencia apasionada a la casa de Ryoko, tenía un nudo en el pecho, un sentimiento que quería salir a gritos. Entró sigiloso, por la cocina. Se acercó despacio, sin hacer ruido. Ella sabía que él estaba detrás y fingió no saberlo, seguía lavando trastes; no podía enfrentarlo, voltear y mirarlo era demasiado peligroso. Sin embargo podía sentir su proximidad y su jadeo entrecortado, lo que provocó en ella un escalofrío de placer que intentó menguar con el agua helada del fregadero. Pero él ya estaba demasiado cerca, justo detrás de ella. De pronto y bruscamente, Ryu le levantó la falda, le metió la mano por la entrepierna hasta tener bien agarrada su intimidad, mientras la aprisionaba contra el fregadero. Ella volteó y le dio una bofetada débil, que a él pareció no importarle porque la alzó de las nalgas y la sentó sobre la barra de la cocina, haciendo caer al suelo platos y comida que terminó toda en el piso, para besarla con violencia y desenfreno. Ella no pudo contra ese ataque y simplemente se rindió, se entregó a sus besos violentos, a su pasión, a su hombría, sintiéndose completamente mujer. —¿Crees que voy a aceptar tu carta esa de mierda?, ¿Ahh? —susurró a su oído, jadeando— ¿ahhh? —un profundo y violento empuje en la intimidad de la mujer le ahogó la respuesta— ¿ahhh? —se hundió más en ella, haciéndola gemir— ahh... —las palabras, por último, le salieron entrecortadas, no pudo hablar más, solo sentir, mientras ella se dejaba violentar, muerta de deseo. La voz de Ryu gimiendo delicioso con cada entrada que hacía en la femineidad de su madre, la volvía loca y ella sentía perder la cabeza. Los gemidos de Ryoko eran exuberantes, desesperados y ponían cada vez más duro a su hijo. En ese momento ella dejó de pensar, sintió transfigurarse en un ser hedonista, sublime, ligero. Entregándose a la pérdida del control, de los valores, de la moral, aceptando pisar terreno incierto, hermoso, salvaje, pleno, indecente, ilegal. En ese momento se amaron como si no hubiera mañana, y por supuesto, terminaron desnudos en la cama, amándose como dos leones en celo. … Después del amor, permanecieron rendidos, abrazados en la cama. Mamá sacó un cigarrillo y él descansaba aferrado a su cintura, cobijándose en su pecho. —¿Quieres? —le ofreció su cigarro. Él estiró la mano para recibirlo, cuando recibió un coscorrón en la cabeza —¡No se fuma! ¡Después te me enfermas! ¡Carambas, con los muchachos de hoy! Él se subió encima de ella. Le quitó el cigarrillo, le dio una pitada, y, desafiante, le sopló el humo en la cara —Pues mira qué malo soy. Mira qué rebelde es tu hijo… Ryoko le rogó, haciendo un puchero, que le diera el humo de sus labios. Ryu soltó el humo dentro de su boca mientras apretaba su nariz —Además te hago el amor cuando yo quiera… y tú, calladita, te dejas… —Dame el humo de tu boca, anda, que así me vuelves loca… —le imploró ella, abriendo su boca y sus piernas para recibirlo completito, lo apretó contra su pelvis, todito para ella; sudante, excitadísimo, riquísimo; y continuaron con la sesión amorosa que duró toda la noche. Se dieron cuenta de que el sexo, incestuoso o no, era algo muy maternal, puesto que consistía en entrar por donde alguna vez se salió, y ser mamada por donde alguna vez se dio el líquido vital, primero para alimentar, luego para seguir alimentando, pero de lujuria; con lo que se repetía el ciclo de entrar, salir y mamar. Este tipo de reflexiones locas los mantenía cómodos, buscándole lo racional a lo irracional. Un sesgo de confirmación tirado de los pelos que los hacía sentirse justificados, y ciertamente que a veces les daba la razón, por lo que solían divagar juntos, apoyadas sus cabezas en la del otro, este tipo de disparates forzados. Para el amanecer estaba ya muy inflamada. Una mastitis rogaba por los labios de su hijo. Se retiró el sostén, le dijo “Dame alivio…” mas la extracción de la leche con sus labios aún era cosa de madre e infante; entonces, decidido, arrebatado, excitado, amoroso, convirtió los senos de su mujer en un lienzo en el que el obsceno pintor hizo derramar su pincel en abundante tinta blanca, que confundiose con la leche de la mujer, en una obra de arte tan puramente sórdida que era de una belleza estremecedora. Su maternidad fue apagada bajo la sexualidad salvaje y hermosa de su hombre, y su confusión se revolvió en certeza. Los siguientes días fueron un derroche de amor, pasión, entrega. Se amaban con devoción. También, durante esos días estuvieron básicamente desnudos. La ropa era la misma que hace días, porque la usaban tan poco, apenas para salir a comprar comida. Ella cocinaba desnuda, tan solo con un delantal, que de espaldas a él, le regalaba una vista de sus nalgas como un precioso durazno, firmes, lisas y bronceadas, contrastando con una cintura pequeña que se ceñía, demasiado bella, demasiado sensual, atada con el cordón del delantal. Su espalda descubierta, adornada por su cabello castaño, lacio, y desordenado por la faena del amor, de pronto fue besada con ternura y deseo. Ella se volteó a recibir sus besos y otra vez, el desenfreno de sus ansias estremecían sus cuerpos, hasta que se olvidaban de comer, se olvidaban de dormir, entregándose al acto de amar el día entero, y en sus rostros gozosos se reflejaban, a través de la mampara, los colores del día: desde el azul del amanecer, pasando por el blanco de la media tarde, el anaranjado del atardecer, hasta el negro azulado de la noche. El mismo jean y camiseta azul y el mismo vestido floreado fueron los trajes designados por la inercia. El mercado del pueblo, lleno de gente y mercaderes, gritos, precios, silbidos, barullo; ellos caminaban de la mano, desbordando felicidad. Escogían la comida del día y algunos conocidos de por ahí los veían simplemente como madre e hijo agarrados de la mano. No eran capaces de leer el amor ferviente que delataban sus miradas. De regreso, con varias bolsas en las manos, Ryoko se palpó las mamas, otra vez parecían llenarse. Su escote pronunciado mostraba con insolencia ese bello busto salpicado de obscenas pequitas marrones, como chispas de chocolate. Él la miró, con la admiración y amor con que siempre la veía. Pero un tanto preocupado, le preguntó: —¿Sigues con tus… emmm… hinchados? —¿Tus qué? Vamos, dilo, no te oí… —Tus senos… ¿siguen hinchados? —¡Ja, ja, ja, lo dijiste! ¿Qué tiene de malo, por qué te ruborizas? Quiero oírte decirlo, dime “¿tus senos?” Senos, senos, dilo. —Senos, tuyos, ¿están hinchados? —Dilo otra vez. —Senos. —¡Mmmm! ¡Me encanta oírte decir eso, y que te ruborices! Ahora dime: clítoris, nalgas, pezones, chupar, mamar, ¡dímelo todo! —¡Ya basta, Ryoko! —¿Quieres mamarlos? ¿Aquí y ahora, delante de todos? ¿Y que todos vean que nos amamos? ¿Delante de esa vieja beatita que se persigna? ¿Y de ese calvo con cara de tonto? ¿Y de ese grupete de mequetrefes que juegan fulbito? Te apuesto a que nunca se han comido a una mujer, ¡dales cátedra, mi amor! ¡Enseñales como se tiene feliz a una hembra! Adelante, démosles ese espectáculo! —coqueteaba burlándose pícaramente con su hijo, abrazada de su brazo, dándole pequeñas mordidas, empezando a excitarse. —Ya vas a ver cuando lleguemos a casa… … Finalmente su luna de miel acabó con la llegada del lunes y el regreso a las jornadas laborales. Ella debía regresar a la escuela y él, a su trabajo y a sus alumnos del dojo. Un beso en la mano y la promesa de regresar pronto, muy pronto, al despedirse en la puerta de la escuela, fueron el combustible con lo que empezaría la semana. Porque, no podían negarlo, el amor era un potenciador natural de todo, de la eficiencia en el trabajo, del aspecto físico, de la inteligencia; todo. Los niños notaban un brillo especial en sus ojos, en su tono de voz, y las otras maestras comentaban en el cotilleo de la tarde “¿Han visto cómo luce la Ryoko últimamente? Luce espléndida, ¿se ha retocado algo, el maquillaje, se ha puesto bubis? Algo, algo le ha pasado… ¿se habrá enamorado? ¿De quién? Solo la vemos venir con su hijo...” La semana acababa y volvía la ilusión de reencontrarse. Ella lo esperaba en la plaza del pueblo, lo veía venir entre la multitud, donde destacaba de los demás por su porte varonil, por su hermosura, y ella lo admiraba tanto, se deshacía de amor con verlo llegar, hasta que por fin se encontraban sus miradas la cuales se declaraban su amor tan solo con cruzarlas. Se daban un beso discreto en la mejilla y caminaban de la mano, sin mucho aspaviento, no podían levantar sospechas. Pero las ganas de comerse a besos los torturaba en todo el camino a casa. Hasta que por fin llegaron, tiró él sus cosas al suelo y se entregaron al amor, hasta que salió el sol al día siguiente. El sol de la mañana era perfecto para comenzar con los cultivos. Planificaron rotarlos en parcelas separadas para mantener la salud del suelo, y una vez aplanada la primera parcela, empezaron sus primeras siembras. El sol calentaba sus espaldas y abrigaba la vida de aquellas semillas que sembraban con tanto cariño, propiciando su crecimiento. Más allá, en otra parcela, construyeron un establo donde Ryoko trajo una familia de cabras: el macho, la hembra y tres cabritas bebés. Eran tan adorables, y ella les daba avena en biberones a los bebés. Él la observaba, la vió tan maternal y esbozó una sonrisa enternecida, en seguida se permitió bromear —Creo que si les dieras de tu pecho morirían de sobredosis —bromeó. —¡Tonto! —lo persiguió con el paño con que limpiaba a las cabras, y él corría de ella, muriéndose de risa. El ambiente era seco y de un silencio pacífico, que sin embargo se animaba con los sonidos de la tierra removerse, de las rocas siendo golpeadas por el metal del rastrillo, y algunas aves en el cielo; y por ahí la risa de ambos que soltaban por algunas de sus ocurrencias. En la tarde ya tenían todo coordinado y se repartieron el trabajo: Ryoko iría al centro a tramitar los papeles para la legalización de la futura escuela-albergue, y Ryu iría a la ciudad por materiales de construcción. Así, organizados, decididos y empeñosos, iban dando forma a ese sueño que ella había dibujado en su mente durante años, y que ahora, él venía a formar parte activamente, con el mismo empeño y cariño. El ocaso los reunió, cansados y felices, cada quien tuvo el éxito esperado en su parte del trabajo. Ryoko fue a traer un pedazo de pastel que había guardado en la refri, y se acomodaron juntos en la hamaca, entibiandose los rostros con los últimos rayos de sol. Echados, abrazados, ella comía y le iba dando trozos de pastel en su boca. Y entre que comían y conversaban tonterías, se jugaban de manos, risueños. Bertha, la vecina, calibraba el enfoque de sus binoculares para ver más nítido cómo jugueteaban madre e hijo. Se veían alegres, felices. —Mmmm la Ryoko y su hijo… —murmuró para sí misma, más que para su esposo que dormía a su lado. Y entre cosquillas y jugueteos cariñosos que parecían ser inocentes, de pronto se dieron un beso de lo más escandaloso y apasionado, mientras las manos del hijo se iban a tocar los puntos más íntimos de la madre. —¿¿Quéééé?? ¡¿Qué están viendo mis ojos?! ¡Leopoldo! ¡¡Despierta, despierta!! —le dió de codazos a su marido, que despertó malhumorado. —¿Qué pasa, mujer? —¡La Ryoko y su hijo! ¡Se besan! ¡Incesto! La vecina calibró frenéticamente sus binoculares para verlos mejor, y quedó más escandalizada aun, cuando pudo ver cómo la madre se abrió la blusa para mostrarle atrevidamente los senos a su hijo, y él los empezó a besar y succionar con una pasión y un deseo que sexualizaban hasta a los rayos de sol que caían sobre ellos. Escenario escabroso, morboso, y erótico hasta por demás; la vecina soltó los binoculares, indignada, herida en su sensiblidad, y Leopoldo no podía quitar la vista de aquel espectáculo ardiente e incorrecto. … La olla hervía y un olor a comida agradable llegaba hasta Ryu, que trabajaba en el campo. Ryoko lo llamó desde adentro de la casa ¡¡A comer!! Se sentó a la mesa, un vistoso almuerzo humeaba servido. Ryoko tomó su bolso y su chaqueta, lucía preciosa con esa ropa de calle. —¿Te vas? —Sí, me voy a recoger los resultados de mis análisis médicos. —¿De qué? ¿Estas enferma? Te acompaño. Ella le dio un beso y una caricia en la cabeza —No, no estoy enferma. —¿Entonces? —Entonces… si me confirman lo que sospecho, entonces, cuando regrese te daré una sorpresa —se despidió dulcemente y se fue. … Ya bien caída la tarde, de regreso del médico, Ryoko caminaba hacia a su casa, y estando a pocas cuadras de esta, de pronto una piedra de considerable tamaño cayó en sus pies. Se agarró el tobillo, adolorida. Cuando alzó la vista, una turba de pobladores armados con piedras en las manos le hacía frente, enardecidos, con miradas de odio, liderados por Bertha, la vecina de los binoculares. Esta le gritó: —¡Mujer inmoral! ¡Mujer incestuosa! Avanzaban, intimidándola, mientras ella retrocedía asustada, pálida, sudaba frío, hasta que fue arrinconada contra la pared de un terreno baldío, y ya no tuvo más pasos que dar hacia atrás; vio aterrorizada cómo levantaban los brazos con las piedras en las manos, y los ojos desorbitados y fuera de sí de los pobladores… —¿Y sabes cómo castigamos en el pueblo a las mujeres como tu? ¡¡Así!! Comenzaron a lanzarle una lluvia de piedras y escupitajos con ferocidad y violencia, y ella, agachada, se protegía el vientre más que la cabeza, cubriéndose con su folder de análisis médicos. —¡¡Auxilio!! ¡¡Auxilio!! —gritaba débilmente. —¿A quién llamas? ¿A tu hijo o a tu amante?¡ Ah pero qué digo, son la misma persona! —gritó Bertha, en contrapicado a Ryoko en el suelo, alzando la mano para arrojarle una piedra furiosa. En ese momento, llegó Ryu, abriéndose paso entre la multitud. Cargó a Ryoko en brazos y huyó con ella mientras las piedras le caían en la espalda. Ryoko se desmayó… “Hace 22 años, mi hijo, yo te cargaba en brazos y huíamos de los que nos querían hacer daño, y ahora, tantos años después, se repite la historia: tú me cargas a mi, y huimos… Huir y escondernos parece una constante en nuestro destino, hijo mío, perdóname…” Corrió cargando a su madre hasta la pequeña posta médica del pueblo. Llegó apresurado y angustiado, cuando le cerraron las puertas. Insistió: —¡Abran la puerta! ¡Tengo a una mujer herida! Pero las enfermeras los miraban silenciosas por la ventana y los otros pacientes los miraban con recelo, a través del vidrio. Intentó entrar por la puerta de atrás la cual le fue cerrada en las narices. … En el hospital de la ciudad, por fin dejaron entrar a Ryu a la habitación a ver a Ryoko, después de horas de aguardar en la sala de espera. —La señora está estable, solo fueron algunas contusiones superficiales, nada grave, y su embarazo está fuera de peligro. —dijo el doctor dándole un apretón amistoso en el hombro y se retiró. Ryu la miró aliviado pero desconcertado. —¿Embarazo? Ella le sonrió —Sí, mi amor. Estoy embarazada.
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