Néctar de mamá
23 horas y 12 minutos hace
Llegó a casa de Ryoko, encontrándola sentada en una banquita, con su sombrero y sus guantes de jardinero, podando las flores. Se quedó estático, observándola embelesado, un rato largo, sin atravesar aún la rejilla de madera del jardín. De pronto, ella notó su presencia y su mirada silenciosa, volteó a mirarlo y a sonreírle con dulzura. Es por eso, por esa mirada y esa ternura que mandaría la moral y el pecado a la misma mierda, pensó el hijo, cada vez más cautivado por ese poder mágico que ella era inconsciente que tenía. La madre tiró todo al suelo y corrió a recibirlo, y de un salto enredó sus piernas en la cintura de Ryu, haciéndolo casi perder el equilibrio. Él la sostuvo de las piernas como acto reflejo, y cuando se vio con sus manos puestas en los muslos de su madre, las soltó de inmediato sin saber qué hacer con ellas, mientras la madre seguía aferrada a su cuello llenándolo de besos en la mejilla, muy cerca de sus labios, pero no allí, nunca allí…
Toda la mañana trabajaron en el campo, delimitando el terreno con estacas, llenado cubetas enormes de agua, trasladando árboles, destruyendo rocas inmensas; cada vez el terreno iba quedando más aplanado para la siembra. Uno, dos, tres; era el aviso para que ella se cubriera los oídos y se escondiera, cada vez que él destruía, a punta de combazos, las enormes rocas; y el mismo llamado, cada vez que él derribaba un árbol, y ella corría a cubrirse los oídos y esconderse. Y así anduvieron, trabajando y conversando, bromeando y riendo, hasta que cayó la tarde.
Echados en el pasto, él, boca arriba con los brazos detrás de la cabeza; y ella, a su lado, boca abajo, la quijada apoyada en las manos. Una flor cayó de un árbol, él la recogió y la enredó en el cabello de Ryoko, acariciándola con una mirada seria. Ella sonrió, sonrojada, luego carraspeó y se levantó de un sobresalto a la cocina —Tengo por ahí un postre que te va a gustar…
Ryu le dio el encuentro en la cocina. Le sirvió el postre, se sentaron a comer.
La conversación del proyecto y los papeles inconclusos continuaba.
—Dices que le diste toda la documentación a ese tal tramitador… ¿y…?
—Y… que cada vez que voy a ver cómo sigue el avance de los trámites, me sale con que necesita más dinero para esto y aquello, le voy pagando diez armadas de mil dólares cada una; es mucho dinero que me he tenido que prestar de tres bancos diferentes, estoy endeudada hasta el cuello y el tramitador no avanza el papeleo, me dice “ya salen la otra semanita” y cada semanita que voy, resulta que no avanzó, pero me sigue sacando dinero, no se qué más hacer…
—Es un estafador.
—¿Cómo lo sabes?
Él la tomó de la mano —Vamos.
—¿A dónde?
—A romperle la cara a ese tramitador de mala muerte.
…
En el centro del pueblo había un complejo de viviendas, desordenado y caótico, donde dicho tramitador tenía su oficina. Entraron por unas escaleras oscuras y estrechas. A su lado, bajaron dos malandros de mal aspecto. Miraban a Ryu disimuladamente, con recelo, sin atreverse a retarlo. Ryoko se aferraba aún más al brazo de su hijo que tenía abrazándolo, protegiéndose. El ambiente daba la impresión de ser peligroso y hostil. Pero qué rico se sentía caminar del brazo de un hombre como Ryu. Un hombre que por lo general era tranquilo y pacífico, pero cuando estaba realmente enojado, podía ser realmente intimidante, y así es como lucía ahora. Se sentía protegida con él, hasta se sentía capaz de burlarse y sacarle la lengua a todo forajido que pasara por ahí, vengándose secretamente de todos los malos ratos que le hicieron pasar, a veces solo con mirarla.
Cuarto piso, olor a orines, la voz del tramitador de pacotilla se oía detrás de la puerta, charlataneaba y soltaba risotadas falsas de vendedor de aceite de culebra. La madre tocó la puerta. Uno, dos golpes, nada. El hijo la hizo a un lado delicadamente y luego con toda brusquedad abrió la puerta de un golpe. Entraron a la fuerza. Ryu tomó al sujeto del cuello de la camisa y lo arrinconó contra la pared, exigiéndole los papeles. El sujeto soltó una risa nerviosa —Je, je emm… ya están saliendo la otra semanita —Ryu destruyó una estantería con el cuerpo del sujeto. Los objetos cayeron al suelo y diversos papeles salieron volando por todos lados. —¡¡Yaaaa, yaaaa por favor no me mates!! — cogió su teléfono a hacer llamadas al juzgado— ¡Ya están, ya están los papeles! En dos horitas están, o mejor regresen mañana y ya están…
—¡Ahora! ¡Vas a presionarlos para que te los den ahora mismo! —cogió el teléfono y se lo puso enfrente del sujeto, golpeando la mesa con dicho aparato.
—Sí, sí, ahorita… —hizo la famosa llamada. Esperaron dos minutos, el tipejo hizo unos cuantos click en su computadora, y ahí mismito, la impresora arrojó la resolución que tanto habían esperado.
—Listo, acá está la resolución. Ahora tengo que hacer firmar este documento por el notario.
—Vamos. ¡Ahora! —le dijo Ryu con una mirada intimidante que el hombre no puso ni un pero. No le dejó ni ponerse los zapatos.
—E… Es lejitos, el taxi nos va a cobrar cien dólares.
—No importa, tú pagas.
—Sí, sí, está bien. —dijo temblando, sacando cash de su cartera.
…
Esa misma noche ya tenían en sus manos el papel que los catapultaría al más alto de sus sueños. Por fin, Ryoko era la dueña legal de su casa, y del campo y sus hectáreas. Tan solo un papel, con un garabato del juez significaba la suerte de decenas de niños que comían, vivían y se instruían sobre los hombros de Ryoko. Y ahora, de Ryu también.
Salieron victoriosos y felices y chocaron las cinco. Quedaban pocos minutos para la media noche, pero ellos caminaban despacio, relajados, abrazados, recostando sus cabezas en la del otro. Ella siempre abrazada del brazo de su hijo. Y él, dejándose abrazar, se sentían en la dicha absoluta. Estaban realmente felices esa noche. Ryoko estaba tan agradecida, le ofreció invitarle a cenar y él dijo sí, aceptando su gratitud.
Ryu comprobó que la alegría a ella la ponía bellísima. Además, para él, esa noche, Ryoko lucía especialmente hermosa. Su escote y sus pantalones ceñidos delataban el buen paso de los años a sus treinta y cinco. Era tan bella, y en él convivía una mezcla de orgullo e incomodidad de que llamara tanto la atención a esas horas de la noche. Sentía que iba a pelearse con cualquiera que se atreviera a soltar palabras vulgares dirigidas a esa belleza que sentía de su propiedad. Y ella lo admiraba, aferrada a sus brazos fuertes, segura, protegida, entrelazados sus dedos; lo desconocía como su hijo pequeño, ahora todo un hombre hecho y derecho, tranquilo, pero dominante; angel, pero demonio; guapísimo hasta el cielo…
—¡En esta esquina hay un local de sopas ramen que te va a encantar!
…
—¿Qué van a pedir usted y su esposa? —dijo el mesero, a lo que Ryu respondió escandalizado:
—No es mi esposa, es mi…
Ryoko lo interrumpió —Shh shh, deja que hablen, que digan lo que quieran, así se van más rápido —susurró en la oreja de su hijo, con sus labios acariciando su oreja. Él pudo sentir la tibieza de su aliento, la humedad de sus labios, tan cercana que le dio un escalofrío de placer. Sus manos bajaban y subían por el brazo de su hijo, frotándolo, hasta llegar a su cuello, el cual ella acariciaba con devoción, y luego se acurrucaba enterrando el rostro en el cuello de su hijo, respirando de su olor, y discretamente, sin que nadie lo sospechara, embriagándose de su aroma, hasta excitarse.
Fue la sopa ramen más dichosa que hacía tiempo no habían probado. Por la compañía, en primer lugar; por el éxito obtenido, por el buen equipo que formaban.
Regresaron a casa en el último tren de la noche.
Solo quedaba libre un asiento, en el que Ryoko se sentó. la mamá golpeó sus rodillas —Ven, siéntate en las piernas de mamá, no te pierdas esa experiencia.
Él la miró sonrojado.
—Madre, peso mucho más que tú.
—Bien… —se levantó y lo sentó en ese único asiento— Entonces mamá se sentará sobre su hijo.
Y sin que él pudiera reaccionar y a la vista de todos que creían que eran enamorados, la madre se sentó en sus rodillas, se aferró a su cuello, nuevamente deleitándose con ese olor prohibido para ella, pero que, en el anonimato de la multitud, se permitió dejarse llevar, acurrucada, cerrando los ojos, mientras él la abrazaba, y también se dejaba llevar dándole besos en la cabeza que tenía apoyada sobre él; besos ambiguos en los que él no quería reparar, ni diferenciar, ni racionalizar, solo disfrutar…
En casa, Ryoko ya no se sentía tan bien. Un malestar nacía en sus senos. El dolor hizo que quisiera deshacerse de inmediato de su ropa. Se fue a su habitación y regresó en bata. Se tocaba, se sobaba los pechos. Ryu se preocupó, quiso llamar a un doctor. Ella le quitó el teléfono.
—¡No! ¡No lo entiendes! Es psicológico. Mientras piense en ti, esto siempre sucederá.
Ryu pareció entender a qué se refería su madre, pero estaba confundido. Aun así sabía que un médico era indispensable. Insistió en llamar.
—No lo hagas. —le quitó el teléfono.
Él confió en su madre. Si ella decía que no, era que no.
La ayudó a acostarse en su cama.
—Dormiré aquí esta noche, en el sofá de la sala, por si te pones peor. Hasta mañana —se dio media vuelta.
La voz de su madre en tono débil y sensual le heló la sangre:—Ven aquí… —lo llamó.
Un escalofrío recorrió su espalda hasta su cabeza. Se acercó lentamente a la cama donde estaba su madre.
Se quedó atónito cuando ella empezó a abrir uno a uno los botones de su bata color rosa, hasta que la dejó caer al suelo, liberando sus senos y mostrándoselos casi con devoción. Hinchados, enrojecidos, pero hermosos y brillantes. —Ryu… hijo… solo tú puedes darme alivio… por favor —le rogó con la voz partida.
Un flujo de sangre remontó a su cabeza. Y lo peor, ya sentía la sangre allí, donde no debía sentirla. Esto está mal, pensó completamente contrariado. Se dio media vuelta, fingiendo no entender nada. Pero, al mismo tiempo, cómo iba a dejar a su madre adolorida…
Ella empezó a acariciarse los pechos, cerrando los ojos, si no fuera porque estaba enferma, podría decirse que hasta lo hacía con sensualidad. El clímax de la tensión llegó cuando, acariciando sus senos con cada vez mayor intensidad, hasta la lujuria, apretó sus pezones haciendo que derramaran leche. Un gesto de alivio endulzó su rostro. Alivio o excitación, todo era tan ambiguo, mientras él permanecía parado en la puerta, con la respiración entrecortada.
—Ven… ven, te necesito… solo tú puedes darme alivio completo… ¡Bebe de ellos, por favor! ¡Te lo ruego!
Era la encrucijada más intensa de su vida. ¿Me voy horrorizado ante esta petición irracional? Pensó, y se iba, mas, regresó sus pasos. ¿Pero cómo puedo actuar con tanta dureza? Ver a mi madre rogándome porque le dé el alivio que solo yo puedo darle, y ¿negárselo?
¿Por qué? ¿Porque la sociedad me dice que es mi madre y no puedo amarla como mujer?
Mandó al diablo sus dudas impulsadas por la moral, y se entregó al sentimiento. Se acercó decidido a esos senos maravillosos y…
Le retiró el sostén, teniendo ambos senos descubiertos ante él. Acercó sus manos, el pecho de Ryoko subía y bajaba en una respiración ansiosa que hundía la piel entre sus clavículas. Tan solo la aproximación de sus manos la estremeció a tal punto que liberó un gemido que erizó la piel de su hijo.
Por fin tenía ambos senos en sus manos, preciosos, soñados, prohibidos; los cuales empezó a acariciar, tímido, deslumbrado, nervioso. Ryoko se arqueó discretamente, doblegando a su hijo que pretendía ser lo más frío posible, pretendía hacer solo lo necesario para calmar su dolor, mas su razonamiento lo traicionó, pues no pudo evitar que al instante todo se volviera tan erótico…
Acercó por fin sus labios, succionó delicadamente, comprobando en la expresión de Ryoko una satisfacción ambigua, alivio o placer; la ambivalencia lo mantenía en su zona de confort, sin obligarlo a reconocer el erotismo absoluto y prohibido del momento. El arqueo de la espalda de Ryoko se hacía más pronunciado, sus gemidos dejaban de ser ambiguos para confirmar su sensualidad tan evitada, y él, cada vez más entregado al placer sin remordimientos, iba cediendo a su excitación, hasta que las delicadas succiones del comienzo terminaron siendo desenfrenados chupeteos, lamidas, besos; repasaba con su lengua una y otra vez los pezones ardientes de deseo, derramándose el abundante líquido blancuzco entre sus dedos, su cuello, mojando su camiseta, y ella, al principio con los brazos en el aire sin atreverse a estrechar a su hijo, terminó por estrujar su espalda y revolotear su cabello castaño mientras él devoraba y hacía el amor a los senos hermosos de la mujer que tanto amaba, admiraba y deseaba.
Esa noche no pude ser más erótica, intensa, pasional, entregada… Se quedaron dormidos juntos, abrazados, unidos por una sensación de plenitud y felicidad. Ella desfallecía de una satisfacción voluptuosa, un alivio físico, psicológico, espiritual; acariciando el cabello de su hijo, estrechándolo con fuerza, arrullándolo mientras él era cobijado por un sueño profundo y maravilloso, abrazándola dulcemente, apretándose con ternura contra sus mamas, después de saciarse del fluido de esos senos fascinantes.
Pero cuando despertaron en la mañana, todo el rojo y luego el azul pastel, se tranformaron en negro.
Ryoko abrió los ojos, resaqueada de pura lujuria, y aun perezosa por el rico descanso de la noche. Se miró los senos, lucían desinflamados, saludables y hermosos. Miró todo a su alrededor, haciendo conciencia de lo que había sucedido anoche. Se cubrió el pecho, pudorosa, confundida; miró a su hijo acostado a su lado, con la ropa manchada, el calostro derramado por las líneas de sus músculos lo erotizaba realzando su sensualidad. Él despertó, miró a su alrededor, aturdido, a su madre a punto de una crisis de nervios.
Por unos segundos, sus miradas se encontraron. Pero esos segundos bastaron para condenarse a sí mismos por los límites que acababan de cruzar. Miradas que condenaban, pero a la vez compadecían, y muy en el fondo, se complacían en un amor que tarde o temprano, tenía que desatarse en algún modo de transgresión.
Esto está mal… muy mal… se repetía la madre, como un mantra de culpabilidad.
—¡Vete, por favor vete ya! —le gritó ella, y le dio la espalda, incapaz de seguir sosteniendo la mirada de su hijo. Se tapó la cara y lloró en silencio— ¡¡Vete!! ¡¡Vete!!
Ryu miró a su madre en ese estado nervioso, se miró a sí mismo, y, lleno de culpa y vergüenza, se levantó en silencio, tomó sus cosas y se fue.
…
No se vieron los siguientes días. Ryu ya no entraba más por esa puerta a traerle alegría y dicha; solo entraba ella, regresaba después de la escuela a dormirse en esa cama que la sentía una tumba, en la que iban diluyéndose el olor del amor y los recuerdos de aquella noche apasionada. Y, recostada, se le escapaban las lágrimas por el dulce recuerdo del amor que fue y nunca sería. “Eres el cielo que jamás podré tocar”
A guardar luto por la sensación fantasma en sus senos, por el desesperado deseo que no hallaba desfogue. Por el amor que se reprimía en sus corazones. Por sus cuerpos anhelantes de las manos del otro. Por lo que nunca, nunca podría ser.
Y así, cada día y sus noches eran infinitos, insoportables…
Sakura llegó de improviso a casa de Ryoko, llorando amargamente. Se sentaron a conversar.
—Su hijo terminó conmigo. Andábamos muy mal últimamente. Me habló muchas cosas, muchas excusas, sabe, pero no soy tonta, sé que hay otra…
Ryoko tragó saliva. Agachó la cabeza.
—Cariño, lucha por él. Sé que aún te quiere, solo está confundido, le han pasado muchas cosas últimamente. Él es para ti y tú para él, así tiene que ser. —dijo y sintió como que las palabras no eran suyas, como si otro ser dentro de ella hablara en su reemplazo. Se encontró muy deprimida y derrotada.
—Ahora, cariño, discúlpame, no me siento bien; me voy a dormir.
—Sí, sí. Siga, señora…
…
Atribuía a algún tipo de milagro el poder mantener el enfoque en el entrenamiento del Shotokan y su trabajo en la fábrica, sin, como mínimo, tener un accidente letal. Y es que, apenas tenía un poco de tiempo libre, se entregaba de lleno al recuerdo de ese día, de cómo ella le rogó que la tomara y él lo hizo. Ese pensamiento avivaba la sed por su calostro, y un fuego de deseo inundaba su mente y su corazón.
No dejaba de pensar en ella ni un minuto. A estas alturas, sentía que ya había superado la vergüenza y la culpa, y estaba listo para estar con Ryoko, amarla, hacer su vida junto con ella. Sabía bien lo que quería y estaría dispuesto a ir contra la corriente.
Recién lo había notado: una carta debajo de la puerta. La abrió:
Querido hijo,
Te amo más que a nada en el mundo. Y este amor tan grande, no es solo filial, es en todos los sentidos. Te amo más que como hijo, como hombre, y ese es nuestro gran problema. He visto en ti al gran hombre que eres y eso me trae loca. Cuánto daría por besarte y que bebas de mi hasta hacerte cada vez más fuerte y más lindo. Despertarme a tu lado, después de haberte hecho el amor hasta que no puedas más y que me hagas tuya todas las noches, todos los días.
Si nos volvemos a encontrar en estos tiempos, te aseguro que no podremos resistirnos. Sé que tú también me amas de esa misma manera retorcida, somos iguales hasta en eso, mi hijo. Pero esto no solo es un pecado inmoral, también es un delito penado por ley. Si nos descubren, habré arruinado tu vida, y nunca me lo perdonaría.
Es por esto que te pido, te ruego, no nos veamos más. Si pudimos soportar veintidós años separados, unos cinco años más no nos matará literalmente, aunque yo muera por dentro. Estoy segura, en cinco años ya te habrás casado y tendrás hijos hermosos, y con suerte yo también, así todo se habrá solucionado. Regresa con esa niña bonita, Sakura, no eches a perder tu vida.
Cuando podamos amarnos como madre e hijo, todo estará bien.
Te amo con toda el alma, mi amor.
Hasta entonces,
Mamá
Leyó cada palabra con un nudo en la garganta y el corazón palpitando, furioso, arrugó el papel, lo tiró al suelo y se fue en busca de su madre…
Sakura llegaba de sorpresa, a conversar, a pedirle darse una oportunidad, cuando lo vio salir de prisa. Él no la vio, ella no lo detuvo, vio un papel arrugado en la puerta. Lo recogió del piso…