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Dejó las maletas desperdigadas por la habitación, aunque no ocupaban demasiado espacio porque eran dos bolsos con hechizo de amplificación en su interior. Solo le hacía falta uno, pero le gustaba tener dos para separar el trabajo de lo personal. Sako esperaba que fuera sencillo. Había pasado todos estos años formándose en soledad, solo acompañado por Togame y Tomiyama que fueron también quiénes le aconsejaron aceptar esta propuesta de trabajo. Ya se estaba arrepintiendo. En parte, su magia sentía este lugar como algo familiar. Se odiaba a sí mismo por las emociones tan contradictorias. Estar allí le afloraba sentimientos que prefería tener lejos de él.***
La mañana siguiente comenzó de lo más tranquila, al menos eso fue hasta el desayuno. En cuanto Sako entró en el comedor el silencio se hizo. Hasta que Umemiya levantó la mirada de su plato y miró a Sako, con una de esas miradas que podrían leerte el alma. Por un momento Sako se sintió intimidado, pero entonces Umemiya sonrió. — Bienvenido, Sako. Vamos, siéntate y desayuna con nosotros. — Dijo Umemiya. Sako, algo incómodo, avanzó posando su mirada en todos los presentes y tomando asiento finalmente al lado de Inugami Teruomi. — ¿Qué tal Sako? — Inugami con su energía usual se arrimó a Sako. — Cuando esto esté lleno de alumnos será genial. ¿Te imaginas la de aventuras y enseñanzas que habrán? Sako escuchaba a Inugami tratando de sobrevivir a su entusiasmo. No compartía ese sentimiento por desgracia. Se sirvió el desayuno y comenzó a comer pausado. No había rastro de Hiragi. Umemiya le lanzaba una mirada curiosa a Sako, y este se sentía sobre analizado. La magia de Sako vibraba de forma equilibrada, con templanza, intentando no dejarse llevar por el nerviosismo y la intuición de que había “gato encerrado” en todo esto.***
Hiragi estaba escondido. Bueno, no era así, no tanto. Quizá solo estaba cuidando su privacidad. Nada. Un eufemismo para decir que estaba aterrado de cruzarse con Sako. Dios, él no era así, Hiragi no era el tipo de hombre que se escondía y huía. Pero Sako sacaba lo peor - y lo mejor- de él. Tantos años alejados tenía sus consecuencias. No sabía qué esperar. Sako debía de estar molesto, tal vez no le dirigiría la palabra ni estaría a su lado. Se formó un nudo en su estómago de solo pensarlo. Y luego estaba el tema de ser un hombre lobo, Sako jamás lo aceptaría. Aún así tenía sentimientos encontrados porque en el fondo, muy en el fondo, sabía que su miedo no era solo por los posibles prejuicios del mago, sino por lo que le nacía en el corazón al pensar en Sako. Así que en su habitación Hiragi permanecía mirando al techo junto a una taza de té y sus pastillas para el estómago a un lado. Iba a ser difícil.