Noche eterna

Slash
R
Finalizada
1
Tamaño:
264 páginas, 107.940 palabras, 31 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
1 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

Capítulo 1

Ajustes
Sho se miró en el espejo por tercera vez esa mañana. Su cabellera de color azul claro estaba por todos lados, como era común por las mañanas. Tomó el cepillo e hizo lo que pudo al para que se viera al menos un poco presentable, incluso cuando sabía que no había forma de arreglarlo. Era su primer día de colegio en su nueva escuela y quería pasar desapercibido lo más posible. En ese sentido, su cabellera llamaba demasiado la atención. Ya le había causado bastantes problemas el ciclo escolar anterior, su último año en secundaria y el primero que cursó en una escuela pública, y no quería que se repitiera. Trató de ignorar la punzada de molestia que le provocaba el saber que iba a una escuela preparatoria regular en lugar de a la Academia de Duelos, a diferencia de su hermano mayor, Ryo. «Es lo mejor», se repitió, como venía haciendo desde que falló el examen de ingreso un mes atrás. «Mamá no habría podido pagar una colegiatura como esa». El divorcio de sus padres fue un asunto complicado y traumático, como solían ser todos los divorcios. Y, como muchos otros niños y jóvenes, se sentía responsable por el fracaso del matrimonio de sus padres. Su padre se lo dejó en claro la última vez que lo vio: no tenía tiempo para un hijo mediocre. Así que lo arrojó a él y a su madre a la calle. Cuando su madre trató de luchar por una pensión alimenticia y la custodia de su hijo mayor, los sepultó bajo el peso de sus abogados caros y sobornando a quien fuera necesario. Además, consiguió hacer parecer a su madre como la villana de todo ese drama familiar ante el escrutinio del ojo público. Por supuesto, tras eso, lo repudió a él legalmente, haciendo que su nombre fuera eliminado de todos los documentos legales en los que le reconocía como su hijo. A causa de eso, se habían mudado a Ciudad Domino. Esa era la única ciudad en Japón en la cual la influencia de su padre era lo suficientemente baja como para permitirles escapar de la vergüenza. Terminaron viviendo en casa de sus abuelos, sepultados en deudas y con la constante amenaza de que Kyo Marufuji los hiciera desaparecer. Sin duda tenía el poder y los medios como para hacerlo y salirse con la suya. Incluso con todo lo anterior, su madre intentó pagarle una colegiatura en la Academia de Duelos. Este hecho sólo lo hizo sentir más culpable y responsable de su situación. En primer lugar, el divorcio fue su culpa. Si se pareciera más a su hermano mayor y no fuera tan débil, su padre no habría tenido motivos para despreciarlo; y su madre no habría tenido que meterse en tantas peleas con él para defenderlo. Su vida no sería el desastre que era ahora. «Si fueras un duelista más fuerte», se dijo, «en estos momentos estarías en la Academia de Duelos y podrías hacer sentir orgulloso a tu hermano». Sho arruinó su última oportunidad de hacer eso cuando falló el examen de ingreso de una forma tan patética. Pero eso había sido lo mejor, intentó convencerse. Ahora Ryo, el Kaiser de la Academia de Duelos, no tenía por qué soportar la vergüenza de tener allí a su torpe y débil hermanito para arruinar su reputación. Siendo ese el caso, era mejor para él que Sho asistiera a una escuela preparatoria regular. «No es como si alguien en la Academia hubiera podido relacionarlo contigo. Ya no eres Sho Marufuji, ahora eres Sho Fujita». Hizo una mueca de fastidio ante su último pensamiento. No tenía nada contra el apellido de sus abuelos. Tal vez no fueran una noble familia descendiente de un clan samurái, no obstante, eran por mucho más cálidos que la estricta y rígida familia Marufuji. Su madre siempre dijo que él había heredado el carácter amable y justo del abuelo. Él solía ser uno de los hombres más respetados por la comunidad de Ciudad Domino. Bueno, de la vieja Ciudad Domino. La actual era una ciudad moderna y agitada, la cual se movía al ritmo que Corporación Kaiba le marcaba. En esta ciudad moderna, los valores de amabilidad y respeto de los ancianos, como su abuelo, se perdieron mucho tiempo atrás. Salió del baño y volvió a entrar a su habitación, para ponerse el saco del uniforme escolar y tomar su mochila. Su mirada se desvió hacia su mazo de duelo, el cual había estado sobre su escritorio desde que llegara a la ciudad dos semanas atrás. Siempre le gustaron los vehículos a escala, así que, cuando niño, la idea de armar una baraja con ese tema le pareció lo más genial del mundo. El apoyo de su hermano a dicha decisión terminó por convencerlo. La aprobación de su hermano siempre fue lo más importante para él. «Van muy bien contigo», le dijo y, dado que era una baraja de máquinas como el estilo ciber que él practicaba, le obsequió algunas cartas de apoyo que iban muy bien con la mayoría de las estrategias basadas en monstruos de ese tipo. Ahora, después de todos esos años, se dio cuenta del gran error que cometió al quedarse estancado con su vieja baraja de la infancia. Recordó el examen práctico. El profesor Chronos, su examinador para esa prueba se burló de sus cartas: las llamó infantiles y para jugadores principiantes. Tuvo razón. Sho no pudo siquiera tocar sus puntos de vida, y para colmo, gritó de forma patética como un niño pequeño cuando el «Golem de Mecanismo Antiguo» del profesor aplastó sus puntos de vida. Así fue como perdió su última oportunidad de ingresar a la Academia de Duelos Central. Abrió el cajón del escritorio y arrojó su mazo allí. Ya no era un duelista, por lo tanto, no necesitaba más de esas cartas. Iría a una escuela preparatoria regular y, con algo de suerte, conseguiría graduarse. Tal vez luego de eso asistiría a la escuela vocacional, y tras eso obtendría algún trabajo mediocre. Ese era el futuro que se merecía un duelista fracasado como él. Sin volver la mirada atrás, salió de su habitación y bajó a desayunar.

- GX -

Sho se sintió intimidado ante el tamaño de la Escuela Preparatoria N.º 2 de Ciudad Domino. Al ser escuela pública, era grande, muy grande. En especial desde que Seto Kaiba donó varios millones de yenes para su remodelación y modernización. Después de todo, él estudió en dicha escuela. También fue allí en donde estudiaron el Rey de los Duelistas, Yugi Muto, y Katsuya Jonouchi, el actual campeón mundial de duelo. Saber eso no lo ayudó en absoluto a sentirse mejor. ¿De qué le servía? Él no era como ellos. Su única oportunidad real de lograr algo como duelista desapareció cuando fracasó en su intento de entrar en la Academia de Duelos. Sacudió la cabeza para volver a su realidad. Tenía que enfrentarse a la escuela de nuevo siendo el más bajo de su clase. Los otros estudiantes de primer grado le sacaban por lo menos una cabeza de altura. Parecía un niño de primaria comparado con todos ellos. Y, por lo que veía en los rostros, el comportamiento y la forma de vestir de los otros alumnos, no le cabían dudas de que algunos de ellos eran parte de pandillas. Tal vez debió quedarse en casa, envuelto en las mantas de su cama y protegido del mundo exterior. «Sigues siendo un bebé llorón», escuchó la voz de su padre en su mente. Tragó saliva, se llevó la mano al bolsillo y sacó la copia arrugada de su carta de asignación de grupo. Estaba en el aula 1-3, ubicada en la primera planta del edificio principal. Al menos sería fácil encontrarla. Respiró profundamente y, teniendo cuidado de no hacer contacto visual con los otros estudiantes, comenzó a caminar en dirección a la puerta de entrada. Eran apenas las ocho cuarenta de la mañana, y las clases comenzaban a las nueve. Tenía suficiente tiempo para llegar a su salón y encontrar un buen lugar en el cual sentarse. No quería meterse en problemas por llegar tarde en su primer día. Su madre ya tenía suficientes, así que no quería agregarle más. Lo que menos necesitaba ahora era que su hijo comenzara a fallar en la escuela. Solamente había una persona más en el salón cuando entró. Un chico sentado en la última fila, en la hilera junto a la ventana. No podía ver su rostro, puesto que estaba recostado sobre su escritorio durmiendo plácidamente usando sus brazos como almohada. Aunque sí que notó su peculiar cabellera castaña, la cual por alguna razón le recordó a un Kuriboh. Sho se sentó en uno de los escritorios del centro. No muy atrás como para estar cerca de los chicos problemáticos que había en todo grupo, y no muy adelante como para que el profesor notara su presencia. El sitio perfecto para pasar desapercibido, al menos durante las primeras semanas. Poco a poco la clase comenzó a llenarse. Algunos de sus nuevos compañeros se saludaron efusivamente entre sí, sin duda aquellos que habían compartido clases en secundaria. Mientras más se llenaba el aula, como era de esperarse, más ruidoso se volvía todo. El sonido de las sillas al ser arrastradas, de la conversación casual entre los pocos que se conocían y de los gritos de uno que otro alumno, acabaron con la tranquilidad de la mañana en poco tiempo. —¡Oye, mocoso, estás en mi lugar! —escuchó Sho detrás de él. Con curiosidad volvió la cabeza, tratando de ser discreto. Normalmente, para los chicos débiles como él, era peligroso ver esas cosas: cuatro de cinco veces, los matones terminaban desquitándose con los débiles si salían mal parados en la confrontación. Pero su curiosidad pudo más que su sentido común, como siempre. Vio a uno de esos tipos con pinta de pandilleros que notó al entrar (era una sorpresa que estuviera en primer año, puesto que era casi del doble de su tamaño). Estaba de pie frente al escritorio del chico dormido. El joven alzó la cabeza y miró al grandullón con un gesto aburrido. —¿Ya comenzó la clase? —preguntó en medio de un bostezo. Todos guardaron silencio, mientras el tipo enorme se veía cada vez más enfadado. —Estás en mi asiento —repitió con tono peligroso. El chico con cabello de Kuriboh se golpeó las mejillas para terminar de despertarse. La expresión despreocupada de su rostro dejaba en claro que no le preocupaba en lo más mínimo la amenaza del grandullón. Se puso de pie, estirándose de tal forma que a Sho le recordó a un gato desperezándose tras tomar una siesta bajo los rayos del sol. Era un tipo delgado, de estatura promedio y llevaba el uniforme de un modo descuidado. Ni siquiera se tomó la molestia de abotonarse el saco. De hecho, su saco estaba muy arrugado, como si nadie se tomara la molestia de pasarle una plancha de vez en cuando. —No veo tu nombre en la silla —le respondió al grandullón. El silencio que siguió fue tal que parecía como si el resto de la escuela estuviera vacía. El tipo enorme estaba tan enfadado que emitía un aura peligrosa. —¿Te crees muy gracioso? —gruñó, mientras usaba su enorme mano derecha para agarrar al chico cabello de Kuriboh por el cuello del saco y lo levantaba algunos centímetros del suelo. Algo sucedió entonces. Por un momento Sho sintió que algo cambiaba en la atmósfera del salón. Se estremeció, como si de pronto la temperatura hubiera caído diez grados de golpe. El chico enorme soltó al chico cabello de Kuriboh y trastabilló unos pasos hacia atrás, tropezó con la silla detrás de él y cayó de sentón al suelo. El chico cabello de Kuriboh sacudió el saco antes de hablar con tono tranquilo: —Me gusta estar junto a la ventana. Si no te molesta, creo que mejor deberías sentarte al otro extremo del aula. A pesar de su tono aparentemente amable, Sho no pudo evitar sentir un escalofrío. El grandullón asintió de acuerdo, claramente intimidado. Se puso de pie y, casi tropezándose de nuevo, fue a sentarse a la esquina opuesta del salón. Sho lo siguió con la mirada. Se le notaba completamente aterrado, pero, además de él, parecía que nadie más se daba cuenta de ese detalle. De hecho, los demás comenzaron a centrarse en sus propios asuntos, lo cual no era normal en una clase llena de adolescentes en el primer día de preparatoria. Poco a poco, el salón de clases volvió a llenarse con la charla casual de los estudiantes, como si el incidente jamás hubiera pasado. Sho no pudo apartar la mirada del chico con cabellera de Kuriboh, quien se ajustó el saco antes de volver a sentarse. Por un breve momento, las miradas de ambos se encontraron. Sho se sobresaltó, mientras que el otro chico sólo le sonrió amistosamente. Sin embargo, tuvo el efecto contrario, enviando una nueva ola de escalofríos por la espalda de Sho. Como si no se diera cuenta de esto, el chico se acomodó en su lugar para seguir durmiendo. Tras ese incidente, Sho se giró hacia el frente y mantuvo la mirada fija en la pizarra. Estaba decidido a mantener el perfil bajo hasta que llegara el profesor. Cinco minutos más tarde, entró una profesora. Era una mujer alta, de piel clara y un llamativo cabello de color lila, el cual llevaba recogido en una cola de caballo. Vestía un traje formal de color gris. —Buenos días, clase —saludó mientras tomaba la tiza. Escribió su nombre en la pizarra—. Soy Miho Nosaka, y seré la titular de su clase el primer año. La profesora tomó la lista de alumnos y comenzó a pasar asistencia. Sho se relajó en espera a que lo llamara. —Yuki Judai —llamó cuando iba por la mitad de la lista. Nadie respondió. —¿Está aquí el joven Yuki? —preguntó en voz más alta. Sho escuchó un bostezo en la parte de atrás del aula y de inmediato supo que se trataba del chico de cabellera de Kuriboh. —Aquí estoy —respondió con voz desganada. La profesora frunció el ceño con molestia. Las risitas de los otros estudiantes llenaron el salón de clases. —Señor Yuki, debe tomarse sus clases con seriedad. Lo dejaré pasar por ser el primer día, pero si lo vuelvo a sorprender durmiendo… —La señorita Nosaka dejó de hablar de improviso. Sho volvió a sentir como si la temperatura bajara varios grados de golpe. Las risitas se apagaron, reemplazadas por un silencio tenso. —Puede seguir tomando la lista de asistencia, señorita Nosaka —dijo el chico con cabellera de Kuriboh con voz tranquila tras un par de minutos de silencio. A Sho le pareció como si hubiera una amenaza en sus palabras, a juzgar por el tono que usó al hablar. La señorita Nosaka asintió y volvió a lo que hacía. Las cosas regresaron a la normalidad una vez más. Contra todo su sentido común, Sho volvió a girar la cabeza. Judai, como ahora sabía que se llamaba ese chico tan extraño, estaba otra vez recostado en su escritorio, durmiendo de nuevo como si nada hubiera pasado. Esa fue la última vez que la profesora Nosaka llamó la atención a Judai por dormir en sus clases.

- GX -

Durante la hora del almuerzo, Sho buscó un lugar tranquilo en el cual comer su almuerzo en paz. El bento preparado por su abuela sabía mejor que los almuerzos de la cafetería de su escuela anterior. Incluso superaba a los que se servían en las cafeterías de las escuelas privadas a las que asistió cuando aún era un Marufuji. Cuando regresó al salón de clases, se encontró con que una de sus compañeras se había mudado a su escritorio. —¿Qué? —preguntó ella bruscamente cuando notó que Sho la miraba. Sho se sobresaltó. —Ese es mi… —comenzó a decir en voz baja. —Decidí que cambiaríamos —lo interrumpió ella—. Atrás hace mucho frío. Ahora piérdete, enano. Sho asintió y se apresuró a caminar en dirección al escritorio en el que antes había estado sentada esa chica. El asiento estaba justo al lado de Judai, quien al parecer no se molestó siquiera en salir a almorzar y seguía durmiendo en su lugar. Cuando Sho llegó al fondo del aula, se dio cuenta de que en verdad esa parte del salón se sentía más fría. No sólo eso: era la misma sensación que percibió esa mañana, cuando Judai confrontó al grandullón que intentó quitarle el escritorio; y más tarde, cuando la profesora Nosaka le llamó la atención por dormir en la clase. Sho sacó la silla y la arrastró para sentarse, haciendo más ruido del que pretendía. —Por favor, no hagas eso —le dijo Judai levantando la cabeza levemente y con un ojo abierto para verlo. —¡Lo siento! —se apresuró a decir Sho, mientras se inclinaba a modo de disculpas. Judai abrió los ojos por completo y enderezó la cabeza para verlo mejor. —Hueles diferente —dijo. Sho lo miró y parpadeó confundido. —¿Cómo dices? —preguntó creyendo que había escuchado mal. —Tú… Hueles diferente a los otros —repitió y luego agregó, al parecer para sí mismo—: No sé si me gusta eso. ¿Cómo te llamas? —preguntó al final. Sho no respondió de inmediato, todavía extrañado por la rara elección de palabras de Judai. ¿A qué se refería con eso de que olía diferente? ¿Acaso lo había olfateado como si tratase de un animal? —No entiendo… —Te pregunté cuál es tu nombre —le respondió Judai—. Si no tienes uno, entonces tendré que dártelo. —Sho —se apresuró a decir—. Sho Mar… Fujita. Mi nombre es Sho Fujita. Judai lo repitió un par de veces, usando varios tonos de voz. A Sho le pareció que estaba comprobando si era un buen nombre. —Me gusta —decidió por fin—. Eso es bueno. Pensar en un nombre nuevo sería demasiado esfuerzo. Sho miró a su alrededor. Ninguno de sus compañeros de clases parecía notar la extraña conversación que estaba teniendo con ese chico tan raro de cabellera con forma de Kuriboh. —¿Pasa algo? —le preguntó Judai. —Nada —se apresuró a responder. Judai lo miró un momento, lo cual lo puso algo nervioso. —¿Sabes?, es grosero no prestar atención cuando alguien te está hablando. —Lo siento. —Mejor que sí. —Esbozó una pequeña sonrisa que envió escalofríos por toda la espalda de Sho—. ¿Eres bueno tomando notas? —¿Perdón? Judai frunció el ceño y miró a Sho con un gesto de extrañeza. —Tal vez deberías ir a ver al médico —sugirió—. Parece que tienes problemas con tu oído. Te pregunté si eres bueno tomando notas, ya sabes, sobre los temas que estudiamos. Sho asintió con la cabeza. —Muy bien, a partir de ahora me prestarás tus apuntes. Se verá mal si no hago al menos lo mínimo para aprobar mis clases. Sho no supo cómo responder a eso. Judai no parecía ser de los típicos matones que le obligaban a hacer sus tareas. Se había encontrado con muchos de esos a lo largo de su vida escolar. Pero, a pesar de eso, no pudo evitar sentir que las palabras de Judai eran una especie de orden. Al menos no le estaba pidiendo que hiciera todo su trabajo escolar, sólo que le prestara sus apuntes para estudiarlos. —Deberías sentarte —la voz de Judai le hizo darse cuenta de que se había sumido en sus pensamientos—. La profesora está por volver al salón. Sho se apresuró a sentarse, arrastrando la silla. —Por favor, no hagas eso. El ruido me hace perder el sueño. —Lo siento. —Te disculpas demasiado. —Lo sien… —Ahí vas de nuevo. Al menos podrías tratar de no alzar mucho la voz cuando lo haces. Sho cerró la boca rápidamente y bajó la mirada, como si hubiera algo muy interesante en el suelo. Judai hizo un sonido de molestia. Sho estaba cada vez más nervioso. Podía sentir la mirada de Judai sobre él. Era una sensación muy peculiar, como si esos ojos pudieran ver a través de su mente. La profesora Nosaka entró al salón y anunció que estaban comenzando la clase de cálculo. —Detesto los números —se quejó Judai. Volvió a dirigirse a Sho—: Por favor, asegúrate de escribir con claridad. No quiero tener que trabajar más de lo necesario para descifrar tu escritura. Sho vio de reojo como Judai volvía a acomodarse en su escritorio para dormir. —¿Dormirás durante toda la clase? —preguntó. De inmediato se llevó las manos a la boca en un gesto asustado. No pretendía decir eso en voz alta. Había algo en Judai que lo hacía sentir extraño. Y no era sólo por su forma tan peculiar de ser, sino porque parecía haber algo en él que no era natural. —De verdad, eres muy ruidoso. —Yo… —El día es para dormir —contestó Judai sin darle tiempo a disculparse de nuevo. Sho, muy sorprendido, se giró una vez más en su dirección. Judai de nuevo alzó la cabeza de su escritorio y tenía la mirada fija en él. Notó sus ojos: eran de un color castaño ordinario, a juego con su cabello. El problema era su mirada: intensa, casi como si pudiera atravesarlo todo y ver al interior mismo de las almas. Aunque Sho no sabía por qué le dio esa sensación. —Creo que estás confundido. —Se mordió el labio. (¿Por qué no podía dejar de hablar?)—. Se supone que debes dormir por la noche. Judai hizo un gesto de molestia. —¿Sabes?, si no pones atención a la clase, no podrás tomar buenos apuntes. Sho miró hacia el frente, tratando de concentrarse en la clase. La señorita Nosaka estaba copiando uno de los ejemplos del libro en la pizarra. —En la noche pasa todo lo divertido —volvió a hablar Judai—. Además, no me gusta el día. Hay demasiada luz. Yo detesto la Luz. Sho se estremeció al escuchar el tono usado por Judai al decir esa última frase. Luego de eso, Sho decidió mantener la mirada al frente del salón. Trató de concentrarse en la voz de la profesora y evitar lo más posible el mirar hacia Judai. Aun así, su presencia seguía siendo un fuerte distractor. Al comienzo de la siguiente clase, caligrafía, Sho se atrevió a ver una vez más hacia Judai. Su peculiar compañero de clases estaba dormido una vez más.
1 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección