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Hell Kaiser se paseó por la sala de la mansión Karnstein como si fuera un animal encerrado. En cierto sentido, era así: su bestia interior se debatía entre su necesidad de ir a cazar al causante de la muerte de su Madre y obedecer la orden del Rey Supremo de esperar. Por otro lado, una pequeña parte dentro de él que aún era humana y se resistía a morir, había despertado tras escuchar el nombre de Asuka: ella ganó un duelo en una guerra, juzgarla por eso no era correcto, sería una deshonra. «Además, se suponía que ella se uniría a nosotros», dijo una voz en su cabeza. Hell Kaiser sintió deseos de destrozar algo. —Joven maestro… Ryo se giró hacia la sirvienta que lo había interrumpido. Esta tembló de miedo al ser fulminaba por su mirada feroz, pero se obligó a seguir hablando con la voz más calmada que pudo: —El Príncipe desea que lo reciba. Ryo apretó los puños. No había tenido noticias de él desde que casi había logrado su objetivo de convertir a Sho y el desgraciado le había destrozado el antebrazo. Respiro profundamente, aunque sus pulmones ya no necesitaban aire, seguía siendo un gesto tranquilizador. —Qué pase. No podía rechazar al Príncipe. Tenía que mantener el nombre de la familia Karnstein. El Príncipe Judai, como todas las veces que lo había visto, era la imagen perfecta de un caballero europeo del siglo XIX: iba ataviado con una levita de satén negro, con bordados y botones de plata. De sus puños emergía el encaje blanco de su camisa de seda, y para la ocasión usaba una corbata de lazo de color negro. —¿A qué debo el placer? —preguntó con más sarcasmo del que pretendía. Judai lo miró un momento. Sus ojos estaban apagados, y todo ese brillo dorado furibundo que notó en ellos días atrás había desaparecido, reemplazado por el color del chocolate. —Dije que iba a castigarte —dijo Judai, sin furia en su voz, más bien pesar—. Pero, supongo que perder a una Madre es más que suficiente. Hell Kaiser apretó los puños. ¿Cómo se atrevía…? —Ella era mi Madre también. —Hell Kaiser se detuvo y miró al Príncipe con el ceño fruncido. No podía oler a Camula en él, sólo la sangre del Rey—. No de sangre, aunque sí de crianza. Me crío después de que mis padres humanos murieron. El príncipe suspiró en un gesto muy humano. —Supongo que, en cierto modo, eso hace que también seas mi hermano. Alzó los ojos, y Kaiser volvió a ver el brillo dorado en ellos. —Eso no significa que dejaré que te acerques a Sho de nuevo, no con esas intenciones. Eventualmente, cuando él esté listo, querrá verte de nuevo. Cuando llegue el momento, tienes prohibido volver a intentar lo que hiciste. Hell Kaiser volvió a sentir el miedo filtrándose en él. Había algo en este chico, algo que iba más allá del vampirismo. Cuando la furia de esos ojos dorados se dirigía a él, se sentía como si fuera un vendaval o un tornado de poder bruto que esperaba la menor provocación para liberarse. Aun así, Hell Kaiser se atrevió a desafiarlo: —Sho es mi hermano. Él es lo que es gracias a mí. —¿Tú destruiste su confianza? —preguntó Judai con la furia goteando en cada palabra—. Cuando lo conocí en el mundo de los humanos, Sho era un niño asustado y abusado. Temía de su propia sombra. Me tomó meses mostrarle que era más fuerte de lo que se daba el crédito. Y supe cuánto te admiraba. Judai cerró los ojos en un intento de tranquilizarse. —Él te admiraba, y como muchos hermanos menores, se hizo una imagen idealizada de ti. Pero ambos sabemos que el Ryo Marufuji que fuiste como humano era sólo una máscara. Te forzabas a ti mismo a ser bueno, y por más que no deseabas ser como tu padre mortal, en el fondo lo eres, porque cada una de sus enseñanzas caló profundamente en ti. Judai se dio media vuelta y comenzó a alejarse. —Tal vez no lastimaste a Sho de las formas en que tu padre lo hizo. Sin embargo, eso no quita el hecho de que tampoco hiciste nada para ayudarlo. No sé cuáles hayan sido tus motivos, si pensabas que de alguna manera esa era el mejor modo de protegerlo, no obstante, el hecho es que, como dicen los mortales, «el que calla otorga». A pesar de toda la admiración que él sentía por ti, nunca hiciste nada realmente para ayudarlo. De hecho, lo hiciste a un lado. Se giró a verlo una última vez antes de salir. —Si vuelves a lastimarlo de esa forma, voy a destruirte. Aunque Sho me odie por eso, y yo mismo pase siglos lamentándome por haber destruido el legado que mi Madre dejó tras de sí.- GX -
Tres días después de la reunión de Judai con Hell Kaiser, Rei se encontraba en las cocinas preparando la charola con el desayuno de Sho. Su madre, a unos pocos metros de ella, estaba ocupada preparando el pan que usarían durante toda la semana. Sus hermanas y hermanos menores, como de costumbre, ayudaban a fregar los platos y los pisos, y sus hermanas mayores acomodaban los víveres recién traídos del mercado en los estantes. Fue en ese momento que la puerta de la cocina se abrió y entró el Héroe Elemental Avian. Todos allí dejaron de hacer sus trabajos, para mostrar sus respetos al representante del Príncipe. Rei ya se había acostumbrado a verlo por allí más a menudo. Desde la pelea de Sho con el príncipe, él había dejado de frecuentar los establos, prefiriendo enviar a Avian a dar todas sus órdenes, como sucedía antes de que Sho apareciera e iluminara la sombría y aburrida vida que llevaba en ese reino. —Rei Saotome —la llamó Avian. Esto hizo que algunas miradas de preocupación se dirigieran a ella. Lo normal era que Avian se dirigiera a su madre—. El Rey solicita tu presencia ante él, y tu amo, el Príncipe Judai, ha accedido a su petición. Tienes una hora para vestirte adecuadamente y presentarte en el castillo. También, se ha solicitado que lleves tu mazo contigo. Te estaré esperando afuera en el carruaje. Avian salió tras decir eso. Los cuchicheos entre sus hermanos y hermanas estallaron en cuanto salió. ¿Qué había hecho para molestar al Rey? ¿Cómo se había atrevido a tener un mazo cuando estaba prohibido? Suficiente había hecho ya el Príncipe al permitirle tener una carta. Fue su madre quien hizo callar a todos. Sin dirigirle la mirada, ordenó que se preparara el baño lo más pronto posible, y se aseguraran que el mejor vestido formal de la talla de Rei estuviera listo. Ordenó a alguien más llevar el desayuno a Sho, y luego, con un tono un poco frío que no había notado en ella en años (al menos no desde que era una niña pequeña y estaba acostumbrándose a la vida más primitiva que los humanos llevaban en ese mundo), le pidió que fuera a buscar su mazo y estuviera lista. Cuarenta minutos más tarde, Rei descendió la escalinata de la puerta principal ataviada en un vestido que, si bien era de lana, no se parecía tanto al de una sirvienta. La única despedida fueron las miradas de lástima y reproche, así como los sollozos de algunos de sus hermanos más pequeños. Su madre no fue a despedirla. —¿Está todo listo? —le preguntó Avian. Rei asintió de forma afirmativa. El Héroe Elemental le hizo una señal para que subiera al carruaje. Avian se subió al frente con el Sirviente de la Calavera que hacía de chofer. La Doncella Enamorada apareció frente a ella, lo cual agradeció. Si tuviera que viajar todo el camino sola, no podría con los nervios. ¿El rey se había enterado de que Sho le había enseñado como ser un duelista? El príncipe dijo que no había estado molesto con ella, pero si el Rey se había enterado era posible que ni siquiera él pudiera protegerla después de que rompió una de las leyes más importantes de ese mundo. Cuando el carruaje se detuvo, Rei sentía que estaba a punto de asistir a su ejecución. La Doncella Enamorada le dirigió una última mirada que pretendía ser tranquilizadora, aunque podía ver que estaba tan aterrada como ella. La puerta se abrió, Avian la ayudó a bajar y luego la guio a través del enorme castillo. Era aterrador, como los castillos de los señores demonio que aparecían en los videojuegos de RPG que tanto les gustaban a sus primos en la Tierra. Tomó aire y levantó la mirada. No podía deshonrar a su Príncipe. Aceptaría el castigo que le impusiera el Rey con la cabeza en alto. Su única pena sería el no haber podido despedirse de Sho. En el amplio vestíbulo del castillo lo esperaba el Príncipe. Hizo una inclinación respetuosa ante él, pero antes de que pudiera decir nada, el Príncipe se le adelantó: —No estás en problemas. Mi padre quiere medir tus habilidades de duelo. Eso sacó a Rei de balance. Esperaba cualquier cosa, menos eso. —Sígueme —le indicó el Príncipe. La llevó a través de un intrincado laberinto de pasillos, escaleras y puertas. A veces estaba segura de que habían pasado por el mismo lugar varias veces, como si caminaran en círculos. Al final, llegaron a un amplio salón de altos ventanales y viejas armaduras medievales. En el centro había una mesa con dos sillas, en un balcón sobre esta, esperaba el Rey Supremo. Rei casi olvidó sus modales cuando vio al soberano. ¡Era como el clon perfecto de Judai! Se recompuso rápidamente y presentó sus respetos. Sin decir nada, el Rey Supremo hizo una señal con su mano. Al instante siguiente, un hombre alto, con anteojos de marcos cuadrados, entró en la habitación y le sonrió de forma que pretendía ser tranquilizadora. —Soy el profesor Daitokuji, joven Saotome. Su majestad me ha pedido que pruebe sus habilidades de duelo. No se preocupe: es un duelo sencillo en una mesa. Tampoco tiene que ganar, solamente dar lo mejor y demostrar cuál es su nivel. Rei asintió indicando que entendía. El hombre le señaló una de las sillas en la mesa. —Si está lista, podemos comenzar. Rei se sentó, barajó su mazo y lo puso en el lugar correspondiente. Se atrevió a ver al príncipe un momento, quien le sonrió para darle ánimos. Miró al profesor y le indicó que estaba lista. No iba a decepcionar al príncipe. Recordando todo lo que Sho le había enseñado, y los muchos duelos de práctica que tuvo con él, Rei dio su mejor esfuerzo. El profesor usaba un mazo defensivo con muchos monstruos débiles, pero de efectos molestos, y ni hablar de las trampas. Aun así, se las arregló para sobrevivir una docena de turnos, antes de perder todos sus puntos de vida. Rei se puso de pie para esperar el veredicto. De nuevo, todo el asunto se sentía como su juicio previo a su ejecución. —Rei Saotome —Rei no pudo evitar estremecerse cuando el Rey dijo su nombre—, desde este momento quedas relegada de tus funciones como sirviente del Príncipe Judai. A partir de ahora trabajas directamente bajo mis órdenes. —Es un honor, su Majestad —respondió como se esperaba de ella haciendo una reverencia. —Estarás bajo la tutela del profesor Daitokuji. Aprenderás todo lo necesario para desenvolverte de nuevo en el mundo de los humanos. Dentro de unos meses, cuando comience el nuevo curso en la Academia de Duelos Central, ingresarás como estudiante de primer año. Serás mis ojos y oídos allí. Vuelve triunfante de esta misión, y mi clan te recibirá orgullosamente como uno más de los nuestros. El fracaso no es opción. Rei vio al Príncipe una última vez, antes de que el profesor Daitokuji la condujera fuera de allí, y de vuelta al mundo de los humanos, mismo del que había sido secuestrada casi una década atrás. Pasaría más de un año antes de que volviera a ver al Príncipe Judai y a Sho.