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Ryo no admitiría que estaba molesto. Él era Hell Kaiser, no un neonato cualquiera. No necesitaba estar pegado «a las faldas de su madre». Su actitud decía otra cosa. Desde que Camula lo había dejado dos noches atrás para volver a la Tierra y proseguir con sus labores como una de las Siete Estrellas, estaba peor que una bestia enjaulada, al grado de que otros monstruos, e incluso vampiros, se habían negado a aceptar su reto en el coliseo; incluso a costa de su honor. En otras circunstancias, Camula quizá lo habría llevado. Instintivamente sabía que no era normal que un vampiro dejara sola a su cría tan poco tiempo después de haberla engendrado, pero la situación en la que estaban no era común. Camula era una agente doble en las filas de los Asesinos, además, el Rey ordenó que se mantuviera en secreto su nueva condición de sus antiguos aliados y profesores de la Academia de Duelos. A Ryo no podía importarle menos lo que el Rey pensara. De hecho, no le importaría volver allá como un enemigo. Quería probar su nueva fuerza contra sus excompañeros de la Academia y contra sus profesores. Ver sus caras llenarse de horror cuando conocieran su nueva fuerza sería maravilloso. Deseaba sobre todo ver el horror en el rostro de Samejima con sus propios ojos, cuando le demostrara como por fin había roto las cadenas con las que intentó controlar su verdadera fuerza. Luego, arrancaría el Mazo del Inframundo de sus frías manos, para reclamar el poder que le negó. Después, iría tras Asuka y Fubuki, para mostrarles ese nuevo mundo. Compartiría su nueva fuerza con ellos. Había muy pocos que merecieran ese honor, y estaba seguro de que, con un poco de persuasión, abrazarían esa nueva existencia. Por ahora, caminaba como un animal enjaulado por la azotea de una casa viendo hacia la plaza del mercado de los establos dónde el ganado se movía, como si fueran insectos, aterrados de su propia sombra. Fue cuando un olor peculiar llegó a su nariz. Se detuvo, viendo hacia una de las calles principales, esa que llevaba a la zona más rica de los establos, donde los más poderosos e influyentes de ese mundo guardaban a sus esclavos. Una figura pequeña, cubierta con una capa, pero con la inconfundible seña de portar un disco de duelo, caminó con paso firme hacia el centro de la plaza, dónde estaba la fuente. A diferencia del resto del ganado allí, no caminaba con la mirada gacha y llena de resignada desesperanza. Al contrario, por su forma de andar, erguido y con la mirada alta, era fácil decir que estaba lleno de decisión. Sin duda su pequeño hermano distaba mucho del niño asustadizo y débil que había fallado en su examen de ingreso a la Academia la primavera pasada. Aun así, seguía siendo el duelista patético que siempre fue. Esa nueva confianza debía ser una fachada que se desmoronaría tan fácilmente como un castillo de naipes. La prueba estaba en la forma en la que había sido traído a ese mundo: para ser sirviente y ganado. Si el príncipe de verdad lo quisiera, no lo tendría oculto en medio de la comida, le habría dado el regalo de la sangre como su Madre había hecho con él. Ryo sonrió con malicia, al tiempo que usaba sus nuevos poderes para descender de un salto y aterrizar frente a su pequeño y tonto hermano de modo tan suave como la brisa. Sho se detuvo, mirándolo fijamente desde debajo de su capucha. El Ganado a su alrededor comenzó a retroceder. Algunos pocos emitiendo gritos ahogados, antes de alejarse lo más rápido que pudieron, sin atreverse a correr del todo, no fuera a ser que el temido Hell Kaiser decidiera matar a uno de ellos sin importar que no fueran el Ganado de su familia. Ninguno de ellos era importante. Sho bajó la capucha, y mostró el disco de duelo, mientras sacaba su mazo de su bolsillo, listo para colocarlo en el disco. Lo miró con más coraje en sus ojos del que recordaba haberle visto en los doce años que vivieron bajo el mismo techo. —Hell Kaiser, lucha conmigo. Ryo enarcó una ceja como si creyera que eso era una broma. —¿Luchar contigo? —se burló. —Quiero de vuelta a mi hermano —dio un paso al frente, sin titubear ni un solo instante—. Voy a recuperar a mi hermano, incluso si muero intentándolo. ¡Lucha conmigo! Hell Kaiser quiso reír. ¿De verdad iba en serio? Un segundo fue todo lo que necesitó para arrebatar el disco del brazo de su hermano y arrojarlo hacia la fuente, donde se hizo pedazos contra el borde de esta. El mazo de Sho, todavía la misma basura llena de juguetes para niños de cinco años, quedo esparcido por el suelo. —No vales la molestia —susurró a su oído, mientras lo levantaba. —Recuperaré a mi hermano —repitió Sho. A pesar de la demostración de la fuerza superior que la sangre le confería, se negaba a rendirse. Ryo lo miró fijamente, analizando su expresión llena de coraje y determinación. Este no podía ser el mismo mocoso llorón que se escondía detrás de sus piernas a cada oportunidad. Tal vez había algo en él que valiera la pena. Si unos pocos meses en ese mundo habían hecho eso por Sho, al igual que solamente tres tragos de la sangre de Camula lo convirtieron a él en la criatura poderosa y temible que era ahora, ¿qué haría esa misma sangre por su hermanito? Recordó esa primera noche, los pensamientos que había tenido. Sho era su hermano pequeño, por ese simple hecho le pertenecía a él y sólo a él. La orden de su Madre le había hecho olvidar eso, pero ahora Camula no estaba cerca para ordenarle nada. Y Sho estaba frente a él, con toda esa dulce y maravillosa sangre. Únicamente debía drenarlo, sin matarlo, y luego devolverle la sangre mezclada con la propia. Tres transfusiones de ese modo serían suficientes. Y entonces, no sólo sería el hermano mayor, también sería su padre, un padre que lo criaría de mejor forma en que ese bastardo a quien alguna vez llamaron así había hecho. Se deshizo de la capa, con la mirada fija en el cuello. Su mano derecha tomó a Sho por la barbilla. Solamente debía levantar su cabeza un poco, lo suficiente para tener acceso al cuello. Ryo gritó de dolor cuando, sin previo aviso, una mano lo sujetó por el antebrazo y apretó con fuerza, destrozando el hueso. Soltó a Sho, quien le miró con miedo y confusión. Sujetándose el antebrazo destrozado, Ryo alzó la mirada para enfrentar a quien se había atrevido a interferir. Sho estaba de pie, todavía mirándolo con miedo y confusión, mientras un adolescente lo abrazaba por la espalda, de forma protectora, con la mirada fija en Sho como buscando cualquier rastro de que estuviera herido. Ryo se paralizó. ¿Ese chico era el Rey? No, no podía serlo. Era casi su vivo retrato, pero era más joven. Le faltaba ese deje imponente que lo había intimidado un poco, aunque se negara a admitir eso para sí mismo y otros. El chico, una vez pareció satisfecho en su examen minucioso de Sho, alzó la mirada y lo fulminó con sus dos orbes dorados y llenos de furia. Ahora sí que se parecía al Rey, y únicamente era el hecho de que era más bajo y delgado que el Rey, estando obviamente en su adolescencia, lo que le indicó que no podía ser él. —Largo —ordenó con la autoridad goteando en cada letra—. Decidiré tu castigo más tarde. Hell Kaiser, a pesar de todo su orgullo, y de su brazo todavía destrozado, se alejó de allí lo más rápido que pudo.- GX -
Sho permaneció con la cabeza en el suelo negándose a mirarlo. Se había negado a hacerlo desde que lo había llevado de regreso al cuarto que le había asignado en la casa de sus sirvientes más fieles. —¿Por qué hiciste eso? —preguntó por quinta vez esa tarde, y Sho de nuevo sólo apretó sus manos sobre su regazo, negándose a hablar. Judai suspiró. Si no fuera mayor que Hell Kaiser por unas cuantas décadas, no habría podido salvar a Sho esa tarde. Si había una constante para los de su clase, era que la sangre era diferente para todos, pero a la vez se volvían más fuertes con el paso de las décadas. Incluso con el aspecto físico más fuerte de Hell Kaiser, no podía igualar a un vampiro que lo superaba por cuarenta años. Menos aún uno que había sido engendrado por el mismo Rey Supremo. —Sho, él pudo matarte. Sho no dijo nada. Judai estaba a punto de rendirse, cuando Sho apretó los puños, y luego suspiró. —Es mi hermano —susurró por fin—. El Ryo que conozco está allí en alguna parte, sé que… Se quebró. Sus hombros se contrajeron debido a un hipido, mientras el olor salado de las lágrimas llenaba la habitación. —Me mentiste… —lo acusó. Su voz estaba congestionada por el llanto que había estado reprimiendo por días, desde que escuchara los rumores sobre Hell Kaiser—. Dijiste que él estaría bien. —Sho… —¡Él no está bien! Mi hermano nunca… Sí él estuviera bien… —Se limpió las lágrimas con las mangas de su chaqueta en un gesto desesperado. Judai no supo qué hacer. ¿Cómo consolar a Sho? No había forma de saber lo que la sangre haría a un mortal. Algunos, como él, casi no cambiaban. Otros, como el hermano de Sho, habían vivido tanto tiempo usando máscaras y disfraces, que eran como camisas de fuerza con las que inconscientemente ocultaban sus verdaderas personalidades, que luego la sangre hacía emerger como una llamarada que los consumía por completo. ¿Cómo decirle a Sho que posiblemente el hermano que conoció, al que idolatraba y respetaba, quizá siempre fue una mentira? —¿Por qué nosotros? —preguntó Sho de pronto—. ¿Por qué vinieron tras nosotros? —Fue una coincidencia… —¡Deja de mentirme! Ella le hizo esto a mi hermano… Y tú… tú quieres hacerme lo mismo. Quieres que sea un monstruo como él… como esa cosa que lleva el rostro de mi hermano… Judai negó con la cabeza. ¿Cómo explicarle? Sho no podía creer que de verdad él había planeado todo. —Sho, yo nunca… —Él negó con la cabeza. —¡Vete! ¡No quiero verte! ¡Largo de aquí! Judai hizo amago de acercarse a Sho. Tenía que explicarle. Hacer que lo entendiera. No pudo: dio media vuelta, y salió de la habitación. Se recargó contra la puerta, escuchando los berridos desesperados de Sho. Lloraba como si estuviera muriendo. Y Judai no podía evitar pensar que era su culpa. Lo último de lo que fue consciente antes de abandonar ese lugar, viajando a través de las sombras, fue que Rei lo miraba desde el final del pasillo con los ojos llenos de angustia.- GX -
Hell Kaiser gruñó con rabia mientras arrojaba una copa contra el espejo y ambos se hacían añicos. Había huido como un cobarde ante una simple mirada. Jamás se había sentido tan humillado en su vida. Lo haría pagar, príncipe o no, nadie lo hacía sentir de esa forma (nadie le arrebataba lo que era suyo por derecho) sin que pagara el precio. Sintió su antebrazo derecho todavía palpitando con el fantasma del dolor, incluso cuando había matado a tres para recuperar la sangre que le costó sanar la herida. Sentía que podía matar a tres más, y aun así no estaría satisfecho. No lo estaría hasta que bebiera cada gota de la sangre del príncipe. Acabaría con él, y luego reclamaría a Sho como su premio. Hell Kaiser se detuvo de pronto. Algo dentro de él se rompió, como si alguien hubiera desconectado un cable de red en su consciencia. Un dolor abrumador llenó su pecho. El dolor de la pérdida. Sin importarle el dolor palpitante en su antebrazo todavía herido, salió de su habitación en dirección a la sala de mensajes, dónde los familiares vampiros entraban y salían para llevar y traer noticias de todas partes del reino. Su Madre era uno de los generales más confiables del Rey, era obvio que no había noticia en el reino que no pasara por ella. En la sala de mensajes sólo había un familiar vampiro con un sobre en color blanco atado en la pata. El sobre tenía el sello de la Casa Real. —¿Qué es eso? —preguntó al encargado de los mensajes, un hombrecillo calvo y de aspecto desagradable. —Lo siento mucho, joven maestro. Ese tipo de mensajes solamente se entregan para presentar respetos. Me temo que la Ama Camula… Ryo no quiso escuchar el resto. Salió del nido hecho un vendaval de furia. Quien hubiera hecho eso pagaría con su propia sangre y alma. Sin respetar protocolo alguno, irrumpió en el castillo real, abriéndose paso hasta la sala del trono. El Rey tenía que saber quién lo hizo. Fue él quien le ordenó regresar a la Academia después de todo. Los héroes malvados que siempre custodiaban la sala del trono intentaron evitar que entrara. Forcejeó con ellos, antes de que las puertas se abrieran por si solas (ante la orden del Rey, más bien). —¿Quién lo hizo? —espetó sin siquiera molestarse en inclinarse. Estaba demasiado furioso para preocuparse por un estúpido protocolo. —¿No has tenido suficiente con el desastre que hiciste esta tarde? —inquirió el Rey. Ryo apretó los puños. —¡Quiero la sangre de quien hizo esto! —exigió. El Rey sonrió con cruel diversión. —¿Estás seguro? —¡Dime! El Rey se tomó su tiempo, como regodeándose de la desesperación cada vez mayor de Hell Kaiser. Casi como si lo estuviera castigando por sus exabruptos de ese día. —Cuando el momento llegue, traerás al culpable ante mí para juzgarlo —le ordenó—. No tienes permitido tomar justicia por tu propia mano. —¡Ella era…! —Mi más fiel general —le recordó el Rey. Ryo apretó los dientes, y luego aceptó la condición del Rey. —Quien hizo esto fue otro de los guardianes de las llaves. —Ryo resopló. No podía ser alguien más. Ella fue enviada allí a terminar el trabajo. El rey ensanchó su sonrisa cruel antes de decir el nombre: —Asuka Tenjouin. Hell Kaiser sintió como si el karma estuviera castigándolo.