"Preciosa"
3 de abril de 2026, 19:31
Por primera vez en mucho tiempo me sentía muy animada.
Me levanté de la cama con muchas energías, soltando un pequeño chillido mientras me dirigía al baño.
Debe ser por la luz del sol que hoy pasa por mis ventanas y la brisa que hace volar las cortinas, que mi pieza de rosa pastel se ilumina por los reflejos dorados de los muebles. Al pasar por mi tocador me detengo frente al espejo y sonrío al verme en mi camisón con el pelo desaliñado.
Abro la puerta del baño y la tina ya está cargada. Una vez más, Lilian me sorprendía por lo bien que me conocía. Deslicé el camisón por encima de mi cuerpo y, ya completamente desnuda, me introduje a la tina.
Me encantaban estos días de paz, en donde no debía ir a la universidad por unas semanas. Aunque tenía que retomarlo en unos días, extrañaba darme tiempo para mí misma.
Suspiro reposando la cabeza y miro al techo. El aroma de la esencia de flores me relaja por lo que vuelvo a cerrar los ojos. Y de esa manera me hundo en el agua con tranquilidad, dándole un poco de atención a mi cuerpo que trabaja tan duro por tenerme andando todos los días.
Tres golpes en la puerta y sé que es Lilian —¿Susie?
—Sí, hola Lilian.
—Tu madre quiere que te alistes pronto. Tienen visitas.
¿Visitas? ¿Tan temprano? —Okay, estoy lista enseguida.
Supongo que continuaré mi ritual de paz en otro momento. Tomo el baño rápidamente y me cubro con una toalla para correr hacia mi armario. Cuando lo abro, no puedo evitar abrumarme ante la cantidad de vestidos, blusas, remeras, pantalones, shorts... No sé qué voy a ponerme.
Así que decido ir por lo más sencillo, una blusa lila y vaqueros. Total, estoy en casa.
Me hago una coleta alta y, después de cepillarme los dientes abro la puerta de mi dormitorio.
Lily ya está en el pasillo esperándome —¿Piensa ir así?
Miro hacia abajo, a mis prendas —¿Qué? ¿Está mal?
—Vámonos, ya no hay tiempo. Ya está conversando con tu madre y tu hermana.
—¿Quién?
No dice nada mientras apresura el paso y yo la sigo detrás. El golpe de sus zapatos por el piso me pone cada vez más nerviosa.
Cuando abre las puertas de la sala de estar, veo a mi madre y mi hermana en unos vestidos floreados, cómodos tomando té.
Genial, no fui advertida del código de vestimenta.
Veo a un muchacho sentado frente a ellas con un café sin tomar en la mesa baja frente a él. De cabello azul, de rostro muy serio con varias cicatrices y ojos indiferentes. Me observa con detenimiento, como si me evaluara.
Es muy, muy... intimidante.
—Buenos días —saludo rápidamente.
—Buenos días.
Espero no hayan tenido que esperarme tanto tiempo. No parece un chico muy paciente.
Tiene un uniforme extraño, de color azul y sin ningún escudo que ayude a saber de qué institución viene. Tragándome mi incomodidad me siento en el espacio libre entre los dos grupos.
—Ahora que ha llegado Susanne, podemos empezar.
Mi atención se regresa a él y no puedo evitar recorrer su rostro con la mirada. El peliazul comienza a hablar —Soy Fushiguro Megumi, exalumno del Colegio Técnico de Magia Metropolitana de Tokio. El colegio ha recibido su petición de ayuda y estoy aquí para asistirla.
Mi pecho se me encoge tanto que debo apretar el reposabrazos para que se me pase el dolor. Siento la atención de él en mis manos y me detengo al instante.
—Ah, sí —mamá deja su te en la mesita redonda a su derecha. Le hace señas a Lily para que se lo lleve—. Hemos tenido una situación desagradable estas semanas.
—Explíquelo —su voz sale baja y firme.
Doy un brinco ante su orden a mi mamá. Lo miro sorprendida unos segundos pero él ni se da el tiempo para fijarse en mí.
—Mi hija mayor Yenia —señala a mi hermana con la palma extendida— amanece con golpes y moretones en el cuerpo, que parece haberse producido durante la noche. Durante el día, los objetos tienden a caerse sobre ella o a veces es empujada por los pasillos. Últimamente ha sido más agresivo, pues a veces es rasguñada o cortada por algo filoso y no hay nada a su alrededor.
Finalmente el chico se inclina hacia su café y lo sujeta. Es el primer gesto que veo de él que no parece rígido.
—¿Esto empezó como usted dice hace pocas semanas?
—Sí. Solicité un hechicero al colegio porque me preocupa la integridad de mi hija, pedí por uno de los mejores así que debe ser excepcional.
Los halagos de mamá no le afectan en lo absoluto. Un ligero tick en su ceja casi imperceptible hace que me plantee que más bien está molesto.
Devuelve el café a la mesa frente a él. No lo ha tomado.
—¿Desde entonces la actividad ha aumentado?
Mamá asiente, y por un segundo creo que la conversación seguirá igual... hasta que la mirada de él se desvía.
No hacia mi hermana.
Hacia mí.
Solo un instante. Pero suficiente para que me sienta arder en mi lugar.
—¿Sólo ha sido ella? ¿Alguien más en la casa ha notado cosas inusuales por la noche? —pregunta de pronto, volviendo su atención a mamá.
Ella parpadea, confundida —No que yo sepa...
La atención de todos cae sobre mí y yo no sé exactamente a quién mirar —Eh... A mí no me ha sucedido nada —la mirada de él hace que sienta las orejas calientes—. No he tenido experiencias extrañas.
Ha redirigido la conversación hacia mí. Sus ojos me atraviesan mientras el silencio se instala en la sala. Su ceño se frunce apenas como si estuviera intentando escuchar algo que yo no puedo oír.
—...Entiendo.
Se me eriza la piel. Él quizás sabe que estoy mintiendo.
—Volveré dentro de dos horas y registraré la casa. Necesito tener acceso a todas las habitaciones y cobertizos. También deberé quedarme aquí por la noche.
—¡Por supuesto! Lo tendremos todo listo.
Voltea hacia mi hermana —Necesito que me diga qué hace durante el día y por dónde se mueve en la casa.
—Está bien —responde mi hermana indiferente.
—Entonces me retiro —dice poniéndose de pie. Ignora a todos los presentes mientras sigue a Lily hasta la puerta.
En cuanto la cruza, mi madre se frota la sien —Es un chico particular.
—¿Crees que se quedará mucho tiempo? Necesito volver a trabajar pronto.
—Esperemos que no —mamá se percata que la estoy mirando—. ¿Y tú cuándo regresas a la universidad?
—El lunes —y pensar que me quedan cinco días de libertad.
—Okay. Por lo que dure esta situación, quiero que se queden en casa, donde ese chico pueda cuidarlas ¿de acuerdo?
Ambas asentimos y con eso nos retiramos de la sala, dejando a mamá concentrarse en su celular por su trabajo.
Mi hermana se pasa la mano por el cabello y suspira. El cansancio notándosele por sus ojeras —Nos vemos después.
—¿Por qué no me dijeron que un hechicero vendría? —le cuestioné. Siempre me entero a último momento.
Resopla —¿Cuál es el problema? Ya sabías que tenía este problema. Era obvio que en algún momento pediríamos uno.
—¡No lo sabía! ¡Tú nunca me dices nada!
—Dios, qué dramática eres. ¿En qué te afecta? De todas maneras no haces nada más que estudiar. Ibas a estar encerrada en tu habitación. No te afecta en nada. No eres tú la que no puede dormir por las noches ni hacer su día normal.
—No es eso.
—Bueno, me tengo que ir a reorganizar mi semana— me corta— Nos vemos para el almuerzo.
Y sin decir nada más, se aleja mientras marca un número en su celular.
Es ahora. Camino con prisa hacia las escaleras que van a los pisos superiores y doy pasos de a dos escalones, tratando de ir lo más rápido posible.
Llego al cobertizo de la casa y azoto la puerta al entrar. Los muebles estaban cubiertos por sábanas blancas y el polvo de años se extendía por todo el piso de parquet viejo. Cerré la puerta detrás de mí lentamente y observé por todos lados.
Debía estar escondido en alguna parte.
—¿Preciosa?
No había movimiento por ninguna parte.
—¿Preciosa dónde estás?
Empiezo a levantar las sábanas para buscarla y me arrodillo para ver por debajo de los muebles. Debajo de la mesa y el tocador no está.
—Preciosa, soy yo. ¿Dónde estás?
Squick... Squick...
Me quedo estática ante el sonido. Me levanto del suelo y limpio mis manos por mis vaqueros. —¿Preciosa?
Escucho golpecitos por el piso y me acerco hacia el sonido.
Mi pequeña criatura con manchitas de café y negro en su pelaje se encuentra temblando acurrucada en una esquina. Sus tres ojitos pequeños cerrados y ocultando su carita entre sus patitas.
Me puse de cuclillas frente a ella —Soy yo. Tranquila.
Me mira asustada y no se mueve. Así que le acaricio la cabeza suavemente y va cediendo de a poquito.
—Ven —digo levantándola por los costados y sus cuatro patitas quedan al aire. Su cola se enreda por mi brazo. La acuno entre mis brazos.
Soy consciente que no es una perrita, pero es muy adorable y tranquila. Su lengua larga me lo recuerda cuando me lame la mejilla y hace su sonido característico animado.
—Buena chica —digo acariciándole la cabecita.
Ahora, ¿qué voy a hacer? Tengo que evitar que ese hechicero la encuentre. La levanto sobre sus dos patitas frente a mí y la veo parpadear varias veces.
—¿Qué estuviste haciéndole a mi hermana? Lo que te contaba era entre tú y yo. Ya sé que no es muy agradable y te sientes mal por mi pero no quiero que la lastimes.
Squirk, squirk.
Me muerdo el labio inferior por la ternura. Era como tener mi pequeño pokemón.
—Tienes que parar o van a... —¿qué exactamente le hacen? ¿Van a matarla? —no lo hagas más, ¿escuchaste? —inhalo y exhalo profundamente—. No quiero perderte.
Me lame la punta de la nariz y me río. Tengo que llevármela a alguna parte, no quiero que la encuentre.
—Vuelvo enseguida. Iré por un bolsón.
Lo dejo de vuelta en el suelo y sus ojos parpadean a destiempo. Cuando me acerco a la puerta me sigue hasta aquí.
—Quédate aquí.
Se sienta y baja sus orejas de conejo para atrás. Me despido con la mano y cierro la puerta detrás de mí.
Bajando por las escaleras escucho voces en la planta baja y cuando llego al piso de mi habitación él está de pie allí.
Me detengo a un escalón atónita. Sus ojos fríos parecían juzgarme de repente.
—Ya has vuelto... eh... ¿Cuál era tu nombre?
No dice nada por unos segundos, así que golpeo despacio con mis uñas el pasamanos de las escaleras.
—Fushiguro.
—Fushiguro —lo repito sonriéndole nerviosa. Él no me responde la sonrisa—. Lo siento, no soy buena recordando nombres.
—Tienes energía maldita emanando de ti —se cruza de brazos—. ¿Puedes explicarlo?
Disimula. Disimula.
—No sé de qué estás hablando.
Percibe las manchas de polvo en mis pantalones de cuando me arrastré en el cobertizo buscando a mi pequeña.
—¿Cómo te llamas?
Escuchamos la caída de algo pesado en los pisos superiores. Desvía su vista a los escalones detrás de mí para después posarse en mis ojos.
¿Por qué volvió tan rápido? Dijo que dentro de dos horas. No fueron ni diez minutos.
Me hace a un lado y sube las escaleras, yo lo sigo de cerca con el corazón ametrallando mi pecho.
No, no, no. La va a encontrar.
Se la va a llevar.
Puedo llevarla a otra parte, aislarlo y no causará problemas.
—Fushiguro —no estoy segura de por qué le estoy llamando.
No se detiene. Veo que observa el pasillo, recorriendo la alfombra como si pudiera ver el rastro de Preciosa. ¿Es eso posible? ¿Puede sentirla? Ocultarla mientras él ande por aquí será imposible. Camina hacia la puerta del ático.
—¡Espera! —digo interponiéndome entre él y la puerta.
—Quítate.
—¡Escúchame por un momento!
Le estoy quitando de quicio, trago nerviosa.
—¿Qué quieres?
—Estoy ocultando a mi familia que tengo una mascota aquí. No suelen estar en casa así que no lo han sabido hasta ahora.
Da un paso hacia mí —Apártate.
Me hago a un lado ante su frialdad. Lo veo de pie en el umbral, luego ingresando y empiezo a rezar.
—¿La encontraste? —digo luego de unos segundos, entrando al cobertizo.
Lo veo mirando las huellas de Preciosa que resaltan por el polvo. Va hacia el mueble caído y retira la sábana.
El tocador viejo fue mordido y cortado con garras, la pared detrás de esta tenía un hoyo profundo que parecía curvarse para abajo.
—Eso no es una mascota —espeta enderezándose esperando una explicación. Su mirada se endurece.
—No es como parece...
—Lo que sea que estás ocultando, ten en cuenta que está afectando la salud de tu hermana —no espera que diga nada más. La decepción que percibo en el me cierra la boca.
Hace un gesto con los dedos e invoca a un perro enorme obligándome a retroceder de la impresión a la pared. Es monstruoso y aterrador, con una sola mordida podrían arrancarme un brazo.
—Rastréalo.