El Incendiario

Het
PG-13
Finalizada
1
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
31 páginas, 14.050 palabras, 8 capítulos
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Prólogo

Ajustes
La guerra terminó hace una década, pero el mundo todavía huele a quemado. No ese olor a carbón o leña que evoca nostalgia, sino el olor a carne calcinada y acero derretido, un aroma que se ha incrustado en las paredes de los edificios y en la memoria de quienes sobrevivieron. En los libros de historia, la derrota de la Nación del Fuego se narra como una victoria de la libertad y autosuficiencia porque que se logró sin ayuda del Avatar. En las calles de la Gran Metrópolis, sin embargo, se siente más como una vigilancia eterna. Las fronteras de la Nación del Fuego fueron selladas, sus ejércitos desmantelados y sus ciudadanos convertidos en parias globales. Poseer el don del fuego hoy no es una bendición, no podría serlo; es una marca de nacimiento que te pone en la mira de cada inspector y cada detector térmico de la ciudad. Zuko lo sabe mejor que nadie. Sentado en un rincón oscuro de un transporte público, con la capucha de su abrigo cubriendo la mitad de su rostro, observa sus propias manos. Son fuertes, curtidas por el trabajo duro, pero marcadas por algo que ningún guante puede ocultar por completo, su capacidad de generar fuego. Para el resto del mundo, él es solo "Lee", un refugiado silencioso que apenas levanta la vista, que nunca causa problemas y que probablemente no tiene pasado. Para su padre, el hombre que todavía gobierna las sombras de la Nación del Fuego desde su palacio aislado, es un "Perro de Caza". Ser un Perro de Caza es una condena, aunque Zuko ya no está seguro de si es la condena o la obediencia lo que más pesa. Significa ser los ojos y oídos de un régimen que se niega a morir, que respira con la lentitud de un animal herido pero aún peligroso. Significa sabotear, vigilar y esperar el momento en que el fuego vuelva a reclamar su lugar sobre las otras naciones. Zuko detesta cada segundo de su misión. Detesta la voz de su padre en sus pesadillas, recordándole que su cicatriz es el precio de su obediencia, que el dolor es un privilegio, que el arrepentimiento es para los débiles. Pero hay algo que Zuko teme más que a su padre, y es a sí mismo. A diferencia de otros maestros que han aprendido a sofocar su chispa hasta volverla una brasa inofensiva, domesticada y sumisa, su fuego parece alimentarse de su propio conflicto. Sabe que, tarde o temprano, querrá salir. Y cuando lo haga, no habrá perdón para él. No esta vez. No después de todo lo que el mundo ya le ha quitado.
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