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El despertar no fue amable. Zuko sintió primero el olor, una mezcla de lavanda, eucalipto y algo que recordaba vagamente a la brisa marina, un contraste violento con el azufre y el metal de la fundición. Intentó incorporarse de golpe, pero un dolor agudo le recorrió el pecho como si tuviera cristales rotos en los pulmones. —Ni se te ocurra —una voz firme lo detuvo. Zuko abrió los ojos y se encontró en una habitación pequeña pero impecable. Las paredes eran de un azul pálido y la luz de la mañana se filtraba suavemente por una ventana alta. Estaba acostado en una camilla, con el torso vendado y una extraña sensación de frescor recorriéndole la piel. Frente a él, Katara revisaba unos frascos de vidrio. Ya no llevaba el abrigo de lluvia, sino una túnica de enfermera que acentuaba su postura profesional. —¿Dónde estoy? —la voz de Zuko salió rasposa, casi un susurro. —En mi clínica. O lo más parecido a una que puedo permitirme en este distrito —respondió ella sin mirarlo—. Tuviste suerte de que pasara por ese callejón. Estás vivo de milagro. Zuko tensó los músculos, buscando inconscientemente su chispa interna. Estaba ahí, pero se sentía domesticada, rodeada por una barrera de energía fría que no reconocía. —¿Qué me hiciste? —preguntó, sus ojos dorados fijos en ella con una desconfianza letal. Katara finalmente se dio la vuelta. Se cruzó de brazos y lo observó con una mezcla de curiosidad científica y cautela. —Se llama sanación —dijo ella simplemente—. Tuve que encapsular el exceso de energía que absorbiste. Si no lo hubiera hecho, habrías explotado desde adentro. Lo que me intriga es cómo tu cuerpo soportó tal cantidad de calor sin carbonizarse. He visto a maestros fuego con décadas de experiencia morir por fallos térmicos mucho menores. Zuko guardó silencio. No podía decirle que era un "Perro de Caza", entrenado desde niño para soportar ese tipo de trato, que su cuerpo fue desarrollado por profesionales de la Nación del Fuego para eso. —Solo fue suerte —mintió él, intentando bajar de la camilla. —No fue suerte. Fue técnica —lo interrumpió Katara, acercándose un paso con una mirada intensa—. Trabajo con refugiados de la Nación del Fuego casi todas las noches. Hombres y mujeres que trabajan en las calderas y que, como tú, sufren accidentes. Pero nunca he visto a nadie absorber el fuego de una tubería industrial y salir caminando. Zuko detuvo la respiración. La desconfianza seguía ahí, pero la mención de otros refugiados lo descolocó. —¿Ayudas a los de mi clase? No deberías. —Sé lo que dicen de ustedes —respondió Katara con una calma que lo desarmó—. Pero mi madre me enseñó que el agua debe fluir para todos, sin importar de dónde vengan. He visto a muchos morir porque tienen miedo de ir a los hospitales públicos y ser deportados. Si tú sabes cómo procesar esa energía de esa manera, podrías ayudarme a salvar vidas. Zuko soltó una risa seca y carente de humor. —No soy un salvador, enfermera. Soy un peligro. —Eres el único que ha aguantado tanto calor sin quedar grave —insistió ella, ignorando su advertencia—. Enséñame cómo lo haces. No sé quién seas, pero si algo sé de los refugiados es que son agradecidos. Y yo te salvé. No te pediré dinero a cambio y si te niegas no hay manera en que pueda obligarte. Pero si eres como intuyo, compartirás tu conocimiento conmigo para que pueda ayudar a muchos más. Zuko la miró de arriba abajo. Ella era una extraña, una maestra agua que le parecía ingenua. Sin embargo, había algo en la forma en que ella sostenía su mirada. No era miedo. Era una determinación por ayudar que no veía casi nunca. —Está bien.. —comenzó Zuko, su voz volviéndose sombría—, pero no puedes hacer preguntas sobre quién me enseñó. —Trato hecho —asintió Katara con una pequeña sonrisa que iluminó sus ojos azules—. Pero primero, tienes que terminarte esta medicina. Sabe a rayos, pero evitará que vuelvas a echar humo por las orejas. Zuko tomó el cuenco que ella le ofrecía. Sus dedos rozaron los de Katara por un instante. Si se hacía un contraste entre ambos ella estaba fría como el hielo, y él caliente como el carbón. Por primera vez en su vida de fugitivo, la diferencia no se sintió como una amenaza, sino como un alivio.Capítulo 1: El Incendiario Ahogado
23 horas y 24 minutos hace
La fundición "El Dragón del Oeste" era lo más parecido al infierno que existía en la superficie de la Gran Metrópolis. El aire allí no se respiraba, se masticaba; una mezcla espesa de hollín, metal vaporizado y el calor constante de las calderas que rugían como bestias hambrientas.
Zuko ajustó sus guantes de cuero reforzado mientras el sudor le bajaba por la nuca trazando surcos limpios sobre la piel sucia de carbón. Para cualquier otro hombre, trabajar el turno nocturno, por diez horas frente a los hornos de fundición de acero sería una tortura, pero para él era un refugio. El calor exterior ayudaba a camuflar el calor que emanaba de su propio núcleo, engañando a los sensores térmicos que el gobierno instalaba en los distritos industriales para detectar a los maestros fuego no registrados.
—¡Lee! ¡Asegura la válvula cuatro! ¡Está perdiendo presión! —le gritó el capataz sobre el estruendo de la maquinaria.
Zuko asintió sin decir palabra y se movió con una agilidad que desentonaba con su uniforme tosco. Al llegar a la válvula notó el peligro antes de verlo. La tubería principal estaba a punto de estallar y si la válvula cedía, el vapor a presión y el metal fundido arrasarían con los doce hombres que trabajaban en el nivel inferior.
No hubo tiempo para pensar. Zuko vio cómo una grieta roja se abría en el acero y, en lugar de retroceder, apoyó sus manos enguantadas directamente sobre la brecha.
—No lo dejes salir. Absorbe —se dijo.
Cerró los ojos y tiró de la energía. Sintió cómo el calor abrasador de la tubería no lo quemaba externamente, sino que era succionado hacia su interior, fluyendo por sus brazos como lava líquida. Sus pulmones ardieron. Sus venas se iluminaron por un breve segundo bajo la piel.
Un siseo violento recorrió el lugar mientras el metal se enfriaba de golpe, sellándose bajo la presión de su voluntad. La explosión no ocurrió.
—¿Lee? ¿Estás bien? —preguntó un compañero, acercándose, asumiendo que algo malo había ocurrido aunque no tenía idea realmente de nada.
Zuko no podía responder. El humo, un vapor negro y denso que olía a ozono y sangre, empezó a filtrarse por las costuras de sus guantes y por el cuello de su camisa. Había absorbido demasiada energía y no podía liberarla sin delatarse. Si hacía un solo movimiento de fuego control, las alarmas sonarían en segundos.
—Estoy... bien —gruñó con una voz que delató que no era cierto.
Empujó a su compañero y corrió hacia la salida de emergencia sintiendo que cada paso era una agonía. Su sangre estaba hirviendo, sus propios órganos se estaban cocinando en el exceso de energía que acababa de tragar para salvar a esos hombres.
Salió al callejón trasero. El aire frio de la noche al tocar su piel se convertía instantáneamente en vapor con un sonido siseante y él se desplomó contra unos contenedores de basura, oculto en las sombras, mientras sus manos temblaban violentamente. El humo negro nubló su visión. Estaba perdiendo el conocimiento.
No supo cuánto tiempo estuvo ahí, al borde de morir y no cuando escuchó una voz. Seguramente atraída por los gemidos que Zuko involuntariamente había dejado escapar.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
Zuko intentó arrastrarse para ocultarse mejor, pero apenas y logró mover los dedos. Una figura se recortó contra la luz de la calle, una mujer joven vestida con el uniforme azul de las clínicas de refugiados. Llevaba un maletín médico y una expresión que pasó de la cautela a la alarma profesional en el segundo que lo vió.
—Por los espíritus... —susurró ella, acercándose corriendo—. No te muevas. Estás sufriendo una combustión interna.
—Vete... —logró decir Zuko aunque su garganta se sentía como si hubiera tragado arena caliente—. Llama a los inspectores... termina con esto.
—No soy una inspectora —respondió ella con firmeza mientras sus manos se movían hacia una cantimplora en su cinturón—. Soy enfermera. Y si no te ayudo ahora mismo, vas a incendiar este callejón y a ti mismo con él.
Zuko sintió algo que no había sentido en años, el contacto de algo verdaderamente frío. La mujer no lo tocó con miedo, sino que extendió una lámina de agua que brillaba con una luz tenue y azulada envolviendo el torso de Zuko.
El alivio fue tan súbito que Zuko soltó un grito ahogado. El vapor se intensificó, ocultándolos a ambos en una niebla blanca. A través del sudor y el humo, Zuko fijó sus ojos dorados en los de ella. Eran azules, profundos como el océano y carentes de cualquier rastro de odio.
—Me llamo Katara —dijo ella, manteniendo la concentración mientras sus manos danzaban en el aire extrayendo el calor letal de su cuerpo—. Y vas a tener que confiar en mí si quieres ver el amanecer.
Zuko quiso desconfiar. Quiso huir. Pero mientras el agua de Katara calmaba el incendio de sus venas, supo que dejarse ayudar sería su única oportunidad de sobrevivir.