El Cadáver de la Muñeca de Porcelana

Slash
NC-21
En progreso
3
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 67 páginas, 37.240 palabras, 9 capítulos
Descripción:
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Prólogo

Ajustes
No había pasado mucho tiempo desde la llegada de aquel hombre de cabellos grises a la pequeña casa de Monse. Curiosamente, el aire de aquel pueblo, desde antes pestilente, se tornaba aún más denso, casi como un gas contaminante que mataba poco a poco a los más débiles de cuerpo. Los niños dejaron de asistir a la humilde escuela tímidamente erigida sobre una colina. Las misas del párroco eran cada vez menos concurridas, no precisamente por la falta de fe de sus feligreses, sino porque a medida que uno de ellos moría toda la familia quedaba “vetada”; una sombra de sospecha se posaba sobre ellos ante la posibilidad de ser portadores de la maldición que diezmaba la población. El Dr. Bramstock llegó en el momento que las personas más escépticas respecto a la medicina “moderna” volvían a profundizar en aquellas creencias ancestrales de magia, castigos divinos y maldiciones. Muchos de ellos, sin más educación que la obtenida arreando vacas y ovejas o cosechando sembrados, aún tenían fuertemente arraigados los conceptos de brujería que asolaron unos trescientos años atrás. Había vivido una parte de su vida en un pueblo no muy diferente a este. Las casas tipo, las calles de adoquines, la parroquia majestuosamente construida en el sector más céntrico frente a la plaza donde los fines de semana se ubicaba la feria local. Todos los edificios del municipio, de la gobernación y de los servicios se encontraban en aquel cuadrante. Imposible ignorar aquella distribución en forma de damero producto de la planificación llevada a cabo al construir Monse, el primer pueblo levantado por los colonos importados por el gobierno hacia 1835 con las promesas de un nuevo futuro para sus familias. Aquella zona, antes inhóspita y desolada, habitada por alguno que otro nativo furtivo, fue aprovechada en su totalidad. A punta de esfuerzo y camaradería fueron dando forma a uno de los parajes más apacibles e idílicos imaginable. Las nuevas generaciones de aquellos colonos se mantuvieron fieles a sus tradiciones. Viajar a Monse era como volver al pasado, a un país distante, al otro lado del océano, donde aquellas comunidades austeras se negaban a seguir los pasos del avance de la cultura occidental. No lo creerían sin haberlo visto, aquel lugar, que apenas alcanzaba a distinguirse en los mapas, bordeaba un tranquilo y azulado lago que bañaba las faldas de una cadena montañosa gobernada por volcanes inactivos. Un asentamiento de no más de mil quinientos habitantes en la zona urbana y unos setecientos en los alrededores. Llegar allí no era tanto así una proeza, empero muy poca gente conocía el sector; los visitantes en la época estival, por lo general, descendían de aquellos primeros inmigrantes que regresaban para descansar disfrutando de la tranquilidad del campo, la playa o las aguas termales camino a la montaña. Era el Edén del que las Sagradas Escrituras hablaban. Probablemente, si más personas hubieran conocido aquel pueblo idílico, la tranquilidad que lo caracterizaba y el ambiente que reinaba habrían sido pervertidos con cualquier clase de actos reprochables, totalmente, por los tradicionales habitantes. De cierta manera, los Monseínos vivían fieles a sus costumbres y creencias hasta el punto de valorar como pilar fundamental de su comunidad el hermetismo mantenido estos doscientos años. El Dr. Bramstock conocía muy bien ese tipo de ambiente, se es forastero desde el día que se llega y se es forastero hasta el día que te entierran; ya, con suerte, serán los hijos de aquellos invasores quienes probablemente puedan ostentar el título de habitante de Monse. Todo eso le recordaba a su pueblo natal. Si bien es cierto son pueblos que parecen haberse congelado en el tiempo negándose a aceptar los avances de la tecnología, a recibir las influencias de las grandes ciudades; había aspectos destacables que hacían el renunciar a algunas de las comodidades del siglo XXI no tan difícil. Aquella confianza con la que se podía caminar por las callejuelas y parajes era invaluable, en más de una década no hubo un homicidio, una agresión sexual o robo siquiera. Probablemente, uno que otro intento de hurto, aunque con la severidad con la que los padres criaban a los hijos y su potente hermetismo, se lograba encarrilar a las escasas ovejas negras intentando emerger. Según las estadísticas manejadas por el municipio, era mayor la cantidad de personas que abandonaban el pueblo que quienes llegaban a él. Y, en efecto, a nadie le gusta ser un extraño en el lugar donde vive, ser observado meticulosamente a donde se vaya, ser el tema de conversación de los vecinos aún por años. Ser visto como extraño insecto desagradable.
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