El Cadáver de la Muñeca de Porcelana

Slash
NC-21
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3
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planificada Maxi, escritos 67 páginas, 37.240 palabras, 9 capítulos
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Capítulo 1: Déjà Vu.

Ajustes
El tren que lo llevaría a la estación de Río Empedrado, la más cercana a Monse, saldría al amanecer. Anticipaba un viaje de 4 horas rodeados por un espeso bosque de árboles de hojas azuladas. Las líneas férreas atravesaban la montaña justo en el lugar donde se formaba una delgada catarata. Era un paisaje de ensueño, el sol comenzaba a iluminar suavemente el horizonte, tiñendo de un naranjo rosáceo todo aquello que se interponía en su camino. Un sinnúmero de preguntas giraba en su mente, la decisión de mudarse a esa pequeña localidad en medio de la nada no fue fácil, las memorias de una vida pasada y muy lejana le hacían presentir que no todo estaría bien. Siendo muy joven, junto a su madre, debió abandonar el pueblo en que vivían, contaba con apenas 5 años cuando llegaron a la Ciudad de Evanz, la que le parecía no distar a muchas horas del pueblo que incipientemente evocaba, cual fantasma del pasado. No obstante carecer de lucidez respecto a su vida en ese entonces, sí revivía con nitidez la infelicidad de su madre, lo aislados que estaban y esa profunda soledad marcada en el alma como hierro al ganado. Miedo, un persistente temor los obligaba a cerrar cada anochecer puertas y ventanas. Tampoco recordaba haber jugado con algún niño o asistido a la escuela ni parroquia, almacenes, calles o plaza; presentía esa parte de su niñez vivirla encerrado en aquella casona a las afueras. Escasamente recordaba haber oído que su abuelo fue uno de los hombres más ricos de la zona, ganadero y, por un tiempo, alcalde de aquel pueblo ilusorio, cuyo nombre era incapaz de recordar. Su padre fue de los primeros jóvenes en rechazar la vida apacible y estructurada de la comunidad para viajar a la ciudad y estudiar medicina. Le costó trabajo convencer a su familia de campo y de tradiciones el permitirle salir a forjar su propio futuro; por ser el único hijo, debía hacerse cargo de las tierras y el ganado el día que ese viejo necio dejara de existir. Cedieron bajo la condición, eso sí, de regresar a su hogar terminados sus estudios y casarse con la joven que habían escogido, una hermosa castaña de ojos verdes, hija del socio de su padre. Atrapado en esa especie de sortilegio, durante sus estudios fue pocas veces a visitar aquel pueblo lejano y ruinoso, el ambiente lo embriagaba y cada viaje se transformaba en una pesada carga debilitando sus fuerzas. Cuando cursaba el penúltimo año de su carrera estaba todo organizado, la boda con su prometida, Annette, sería a comienzos del verano previo a su internado. Las familias planearon todo, su único deber era dar el último examen y viajar a su pueblo natal para contraer nupcias. Sin embargo, el destino se interpuso fuertemente contra los planes de la familia Bramstock: un año antes de la gran fecha conoció a Rebecca, una estudiante de licenciatura en historia. Fue amor a primera vista, intenso y cegador, un amor desgraciado desde sus inicios. Salieron durante los meses siguientes y, luego del examen, no regresó a su hogar, hizo su internado y, al siguiente verano, se casaron en la sala de un juez del registro civil del centro de la ciudad. Por invitados solamente tenían a los dos testigos, los únicos amigos no escandalizados con su relación. No pasó mucho tiempo hasta que Rebecca quedara embarazada, el ahora médico, Thomas Bramstock, informaría formalmente a su familia de la decisión tomada; no obstante, preso de su cobardía, únicamente fue capaz de enviar una carta a su padre explicando brevemente las razones para no regresar y, por consiguiente, por las cuales no se casaría con aquella joven. El escándalo fue de unas proporciones nunca vistas en la pequeña localidad, acabando con la reputación de dos familias, lanzando una maldición ignominiosa sobre su apellido. Eso a él no le importaba, había elegido a su familia, lo único que valía la pena. No mucho antes del nacimiento de su hijo recibió noticias urgentes, debía volver a aquel pueblo maldito, su padre agonizaba debido a una extraña enfermedad, llegaba el tiempo de enfrentar sus decisiones y presentar como correspondía a la mujer con quien formó una familia. Por muy en desacuerdo que estuviera con las ideas retrógradas de aquella comunidad, su padre era su padre y merecía respeto y compasión, de partir debía ser en paz, al menos, esas eran sus convicciones. En un principio había decidido viajar solo, el embarazo de Rebecca estaba avanzado y le preocupaba que su hijo naciera en un lugar sin condiciones mínimas sanitarias para atender un parto o, peor aún, una complicación. Después, pensó no era buena idea dejarla sola, ¿a quién acudiría si pasaba algo? No tenían a nadie más en el mundo, se sentiría horriblemente culpable si ocurría algo en su ausencia. Tras mucho analizarlo, considerando la opinión de Rebecca, el normal desarrollo del embarazo, la ausencia de complicaciones en las ecografías, además, del hecho que, aunque él no fuera obstetra, era médico y sabía cómo hacer una cesárea en caso de emergencia; decidieron ir juntos a enfrentar las consecuencias de sus decisiones. Y, si bien es cierto aquel pueblo era como un viaje al pasado, tampoco se perdía en la prehistoria. Quizás ser tan pesimista no vaticinaba nada bueno, la verdad no podía dejarla sola ni siquiera un instante, en ese momento eran todo para él. Llegaron a comienzos de la época estival a un pueblo sombrío y quieto. Por supuesto la noticia del quiebre de su compromiso y el casamiento con otra mujer fue para su familia una desgracia, una deshonra y, sobre todo, una gran decepción. Caminar por aquellas calles de adoquines parecía el desfilar como sospechosos de alguna brujería ante los ojos del tribunal de la Santa Inquisición, a donde quiera que viesen los lugareños les devolvían miradas de desprecio y desaprobación. Annette esperó todos esos años el regreso de Thomas, rechazando las propuestas de los jóvenes más prometedores de la región con la esperanza de que, al verla, se convencería de consumar el compromiso consagrado desde su niñez. Sin embargo, luego de la noticia del repentino matrimonio y la pronta llegada de un hijo, no pudo resistir la humillación a la que, por culpa de su propio capricho, fue sometida; desesperada por su orgullo herido, se quitó la vida colgándose del castaño más fuerte ubicado detrás de la casa de su ex prometido. La noticia de aquel fatídico suceso fue escandalosa, en un pueblo tan pequeño, cuyos habitantes a duras penas saben leer y escribir, viviendo bajo la sumisión de la ignorancia que impera en aquellas tierras congeladas en el tiempo; si hay algo que abunda y crea brechas entre ellos son las habladurías. Lógicamente para ellos la culpa era de Thomas, quien se suponía iba a casarse con aquella joven de ojos verdes. Se dijo tantas cosas sobre él, primero que se aprovechó de ella, luego que su ahora cónyuge fue su amante, embarazándose astutamente para escalar socialmente. Su familia no lo aceptó, no reconocieron su unión y, por poco, no lo desheredaron al recibir las noticias. La situación en aquel pueblo era insostenible, se gestó un odio hacia Rebecca que rayaba lejos de lo racional. Se detuvieron frente a una casona a las afueras del pueblo, los únicos que parecían alegrarse con la llegada de Thomas eran los sirvientes, cuyas sonrisas iluminaban sus rostros, quienes corrían a saludarlo y otorgarle sus mejores deseos para la nueva vida que había comenzado. Entre ellos, un joven de más o menos su edad, observaba a la distancia con los ojos azules brillantes y cabellos dorados destellando bajo los rayos del sol. Tenía las mangas remangadas, dejando ver unos brazos bronceados y tonificados, su cara y manos estaban cubiertas de un aceite oscuro. No se acercó a saludarles, solo dirigió una sonrisa sombría, observó a Rebecca y siguió su camino. Thom apenas notó su extraño comportamiento, no darle la bienvenida ni acercarse a conocer a su mujer era algo impropio de él, mas sabía las razones para no hacerlo en aquel momento. El ambiente dentro de la casona era tan frío y espeso como en el pueblo. Las grandes y pesadas cortinas cubrían totalmente los ventanales impidiendo el ingreso del más mínimo atisbo de luz. Apenas poner un pie dentro del salón se escuchó desde las escaleras la voz de una mujer mayor llamando a Thomas. A los pies de esta encontraron a una mujer de cabello negro entrado en canas, recogido en un tomate a la altura de la nuca; de aspecto severo y rostro lleno de marcas producidas por el paso de los años, daba la apariencia de una persona mayor de lo que realmente era. Sus ojos negros no tenían brillo y sus labios finos predecían un carácter severo, frío y autoritario. Llevaba puesto un vestido largo color vino y en su piel clara se percibían manchas causadas por el sol. Su rostro se desencajó por completo al ver junto a su hijo a aquella mujer con barriga, aquella que había causado tantas desgracias a su familia, quien mancilló el apellido orgullosamente ostentaban hasta el día que apareció en su vida y lo engatusó por orden del Demonio. —¡¿Cómo te has atrevido traer a esta mujer a esta casa donde ilumina el Señor?! —gritó acercándose con furia hasta ellos. Thomas, casi como por un presentimiento, se interpuso entre ellas, pretendiendo protegerla de cualquier arrebato que su madre pudiera sufrir. —Madre, no digas esas… —Intentó decir. —¿Cómo pudiste ser tan ciego, mi amor? —Le decía su madre acariciando su rostro y mirándolo con una extraña ternura—. Tú, tan ingenuo, tan bueno, el blanco perfecto para que Satanás enviara a una de sus arpías—. Hizo una pausa, observó a aquella mujer de piel canela, cabello castaño y ojos almendra. Se notaba no era una mujer de clase, no poseía una belleza descomunal ni vestía como una dama refinada. Había posado sus manos sobre su vientre protegiendo instintivamente a la criatura que llevaba dentro—. Mi vida, tu padre agoniza, el terrible pecado que has cometido, ¡si supieras cariño en la miseria a la que has sometido nuestro noble apellido! —Hizo un gesto de desprecio hacia su nuera y volvió la mirada hacia su hijo—. Aún estás a tiempo, mi vida, esa criatura aún no ha nacido; tu padre ha enfermado por culpa de tus actos… ¿cómo piensas redimirte? ¡¿Cómo piensas devolverle la dignidad a esta familia?! —gritaba hiperventilada. Parecía aquella mujer sufrir un ataque de nervios, su hijo la sostuvo de los brazos y la llevó hasta un sofá. Llamaba a una de las sirvientas para llevarle un vaso con agua y su maletín. Le inyectó un calmante y, poco a poco, aquella mujer, quien lloraba desesperadamente, fue bajando la intensidad hasta quedarse profundamente dormida. Lo único que el médico pudo advertir fue la cara de horror de su mujer, sabían sería una afrenta difícil, sin embargo, no estaban preparados para vivir aquello. Decidieron regresar a Evanz una vez hubiera hablado con su padre, al menos, allí podría ejercer como médico y darle a su pequeña familia todo lo necesario para ser felices, a él nunca le interesó heredar nada de eso. No les agradaba la idea de seguir un día más en aquel lugar, la maldición recaída sobre ellos era más intensa de lo imaginable. Cuando el ambiente se hubo calmado y dejando a Rebecca en compañía de una de las jóvenes encargadas de la limpieza, subió a ver a su padre quien, para su horrenda sorpresa, yacía muerto en su propia cama desde hacía, al menos, una semana. El hedor era insoportable, la descomposición evidente… tenía el tórax hinchado y el tono de la piel pasó de ser blanca a volverse de un tono morado azulado. La expresión de su rostro, con la boca y los ojos en extremo abiertos, eran indicios de un intenso dolor impreso en él para siempre. No podía comprender, no cabía en su cabeza… ¿cómo era aquello posible? ———— El silbido del tren le hizo despertar de un profundo e inquietante sueño. Llegó a la estación y recogió las maletas que llevaba como equipaje con todo tipo de instrumentos médicos y científicos. Esperó a quien se suponía debía de ir por él, aún le quedaban unas 3 horas de viaje hasta Monse, según le comentaron. El tren prosiguió su camino, la estación sin vida evidenciaba que el auge de ese lugar había llegado a su fin. Los movimientos migratorios suscitados en el último tiempo cambiaron ampliamente la demografía del país. Localidades como aquella fueron abandonadas por las nuevas generaciones en busca de oportunidades para desarrollarse en oficios o carreras diferentes del trabajo de la tierra, atraídos por la seductora imagen de la ciudad. Un viejo boletero permanecía sentado tras una ventana, su cabello canoso y su piel profundamente surcada por arrugas y quemaduras, daban fe del extenuante trabajo que debió realizar en sus años mozos. Se preguntaba si el panorama sería similar en Monse. —Buenos días —una voz profunda lo sacó de su reflexión. Un hombre barrigón, con cara redonda y manos regordetas estaba de pie frente a él. Llevaba un traje formal a la medida—. Supongo que usted es el Dr. Johannes Bramstock —hizo un ademán quitándose el sombrero para presentarse—. Soy el Dr. Ryan Meyer, hablamos por teléfono hace unos días. —Gusto en conocerlo —respondió estrechándole la mano—. Por favor, dígame Johann. ¿Es usted el médico de la localidad de Monse? —Se sorprendió al verlo negar con la cabeza. —No, como le expliqué brevemente por teléfono, soy el superintendente del departamento de salud de este distrito, fui yo quien lo mandó a llamar. —Ah, entiendo, entonces, ¿quién es el médico del Pueblo? ¿Cuándo lo conoceré? —Jajaja —carcajeó un poco sujetándose su pronunciada panza—. Es ud. mi joven amigo —Hizo una pausa al notar la cara de desconcierto—. Lo he llamado porque el médico que iba mensualmente a atender a la población tuvo un accidente el mes pasado en uno de sus viajes de rutina. El vehículo en el que se movilizaba volcó a pocos kilómetros antes de llegar al pueblo. —¿Oh, él está bien? —preguntó asombrado. Era una tragedia, en lugares tan tranquilos como aquellos no suelen verse ese tipo de accidentes. —Nadie sabe. La verdad es que no se encontraron sus restos ni indicios de haberse desplazado fuera de la carretera. El vehículo se calcinó luego del vuelco y bueno, aun cuando no se encontraron restos, el forense determinó que la temperatura debió alcanzar tal magnitud que desintegró por completo sus huesos. —¿Ah? Me parece inusual. ¿Qué dijo la policía? —preguntó intrigado. ¿Cómo era posible que alguien desapareciera, quemarse hasta no dejar ningún rastro de su presencia en aquel lugar? —¿La policía? La verdad, mi joven amigo, en estas zonas las cosas no funcionan como en la ciudad. El Dr. Nielsen tenía sus años, hay rumores de que le gustaba envalentonarse de vez en cuando con un sorbo de whisky, quizás dos. ¿Quién sabe a ciencia cierta? Ud. sabe cómo es la gente del campo, “curados manejan mejor”, no le hacen caso a sus médicos, con suerte al cura. Fue una noticia impactante, desde luego —su semblante se endureció—. Costó mucho trabajo encontrar a quien estuviera dispuesto a tomar este trabajo. Me sorprendió que ud. accediera a trasladarse a vivir a ese pueblo, Monse tiene mala fama, esa gente confía más en el cura y le tiene mayor temor a los brujos y al demonio que confianza a su médico o miedo a las enfermedades que sabemos tienen una causa demostrada científicamente. —Ya lo creo —respondió intentando que se relajara, sin comprender en su totalidad el mensaje. En realidad, ya había meditado sobre aquello, dejar la ciudad e irse a un lugar perdido en el espacio tiempo. El superintendente requirió su presencia para un proyecto en el cual se establecería una consulta médica permanente en dicha localidad sin mencionar que sería él mismo quien estaría a cargo. De todas formas, necesitaba un cambio, no huía de algo en realidad, pero, por alguna razón no muy clara, sentía un deber de estar allí. —Nunca he creído que se pueda ser un buen profesional si uno atiende a sus pacientes de vez en cuando, dejándolos a la deriva el resto del tiempo —agregó antes de percatarse de que aquella era una opinión demasiado personal. —¡Ah! —exclamó con una sonrisa—. Es Ud. muy joven, mi querido amigo, joven e idealista. Ya aprenderá con los años que a los locos es mejor dejarlos solos. Le llamó la atención profundamente aquellas palabras egoístas. ¿No decía, acaso, en el juramento hipocrático algo sobre que la práctica debía ser realizada en beneficio de los enfermos? Subieron a un auto clásico y brillante, el motor ronroneaba con una suavidad impresionante dada la cantidad de años que ese vehículo tenía. Nunca le había llamado la atención eso de coleccionar autos o lucir lujosos y aerodinámicos modelos. Para él, el automóvil era un simple medio de transporte, si bien facilita mucho las cosas cuando se requiere recorrer grandes distancias, siempre se ha considerado a sí mismo un caminante, no hay otra forma en la que prefiera desplazarse. Nada se compara a la experiencia de observar con calma el mundo que lo rodea, sentir la mente funcionando mejor al caminar, las ideas fluyendo constantemente como un manantial inagotable. Y, si iba de una ciudad a otra, prefería tomar el tren, una experiencia mágica transportadora a otras realidades; la observación de un paisaje, la apreciación de tonalidades, una sensación tan difícil de explicar que pareciera acariciar el alma de una manera que, en un auto, jamás se podría experimentar. Los primeros cien kilómetros estaban pavimentados, aunque infinitud de baches hacían saltar el auto sin piedad. El temor se apoderaba de él, le daba la impresión de que saldrían despedidos hacia la berma; para su tranquilidad, en el siguiente tramo, tras doblar a la derecha en un cruce que dividía la carretera en 2 caminos, la ruta era de ripio. El vehículo no brincaba menos, pero al no poder avanzar a gran velocidad, se sentía más relajado frente al incierto destino deparado con ese hombre que, a duras penas, logró enganchar el cinturón de seguridad a su cintura. Durante el trayecto le llamó la atención una cruz de madera blanca pintada y martillada al tronco de un árbol junto al camino, si bien las leyendas y mitos locales le fascinaban, prefirió dejar las preguntas para después, parecía no quedar mucho por recorrer. Cerca de las quince horas, luego de una curva en pendiente pronunciada y rodeada por un espeso bosque, pudo distinguir las primeras casas tipo que componían aquel pueblo. Era aún más pequeño de lo imaginado, muy pocas personas se veían por las angostas calles que dibujaban la villa. Frente a él se veía majestuoso un imponente lago de un azul tan intenso que podría haber jurado era el océano, mas la presencia del titánico volcán al otro extremo le recordaba estar equivocado. El antiguo vehículo se detuvo ante una pequeña casa de no más de 60 metros cuadrados, ubicada en el extremo más desolado del pueblo y construida casi al borde de un precipicio, no la rodeaba más que pasto reseco y tierra. Aquello no le llamó la atención en demasía, pues dentro del poco material encontrado sobre la localidad, se documentaba un terremoto de gran magnitud que sacudió el distrito ocasionando que una gran parte del pueblo y del sector rural se precipitara a las profundas aguas del lago. No se veía ni un alma en las cercanías, ni siquiera para observar curiosos a aquellos forasteros. Ambos bajaron del vehículo, el hombre entrado en años abrió la puerta que hizo un intenso crujido junto a su desplazamiento, el de cabellos grises le siguió el paso y entró a una sucia y oscura casucha que expelía un hedor casi imposible de soportar. Corrieron bajo sus pies un grupo de ratas haciendo unos extraños ruidos, en la oficina se encontraba el cadáver absolutamente descompuesto de quien parecía haber sido el médico del pueblo.
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