Capítulo 8: La Marcha Negra, Parte 2
14 de mayo de 2026, 18:10
Tragó saliva, sentía una contracción en las extremidades, el frío en la nuca, aquellas instintivas reacciones que produce el cerebro cuando advierte alguna situación de peligro. Quiso contar hasta tres mentalmente para darse valor y abalanzarse sobre lo que le estuviera esperando al otro lado del pasillo, no obstante, parecía que su cuerpo no le respondía. ¿Cuánto tiempo transcurrió? Le parecían eternos minutos a lo que, probablemente fueran escasos segundos. <<La mente puede ser muy ágil>>, se dijo a sí mismo.
—¿Doctor Bramstock? —escuchó una voz proveniente desde la puerta principal, seguida de unos pasos. Era la voz temblorosa y carrasposa de una mujer, no le parecía familiar, aunque sin duda se alegraba de oír a alguien más con él.
Le costó un instante responder, intentó aclarar la garganta, pero seguía petrificado.
—¿S-sí?… —respondió al fin—. Aquí estoy.
—No creí que fuese a llegar tan temprano —dijo la mujer saliendo a su encuentro. Tendría más de 60 años, de ojos negros, piel bronceada y arrugada. Podía deducirse, por su aspecto, que trabajó toda una vida en el campo. Llevaba su canoso cabello negro amarrado en una trenza maría que le llegaba a la espalda. Vestía un blusón color café y una larga falda negra que le cubría los zapatos negros cubiertos de tierra. Era bajita y redondita, sin embargo, a simple vista resaltaba que, lo que le faltaba de porte, le sobraba de carácter—. Soy Mirta, me envió el superintendente Meyer, para limpiar el desastre que dejó ese otro médico. Desde hoy estoy a sus servicios —añadió humildemente, casi reverenciándose.
—Ah, sí, es verdad, muchas gracias. Para ser sincero, pensé que vendría más tarde, me doy cuenta de que a la gente de este pueblo le gusta madrugar.
—Ya sabe lo que dicen, señor, “a quien madruga, Dios le ayuda”. —Le dedicó una amable sonrisa, para luego ir a abrir cada ventana—. Esto está peor que un chiquero, ese hombre no tenía sentido de la decencia, mucho menos del orden —agregó—. No se preocupe, dejaré esto como nuevo.
El médico se mantuvo observando el despacho por largo rato, todo parecía estar igual. ¿Serían aquellos ruidos producto de su imaginación? Lo más probable era que así lo fueran, pero dejó de ser una preocupación en cuanto llegó a la tienda de provisiones y se percató de la muchedumbre agolpada frente a ella. No le dio buena espina, por lo que apresuró el paso y subió para encontrar que el sacerdote, no solo entró al dormitorio donde se hallaba el occiso, sino que, además, limpió el cuerpo, cambiado la ropa de este, la ropa de cama y ventilado la habitación. Básicamente nada se podría rescatar para hacer algún análisis.
—¿Q-qué ha ocurrido aquí? —preguntó consternado.
—Hemos dispuesto todo para comenzar el velatorio, Sr. Bramstock.
—¿Cómo? Hay que hacer exámenes, una autopsia para determinar la causa de muerte.
—Doctor, Dios ha llamado a nuestro hermano a su lado, no hagamos sufrir a su familia más de lo necesario, si la realidad es que ha fallecido, entonces ¿para qué dilatar el sufrimiento de sus deudos? Una respuesta no aliviará su pesar, mas la espera, ahh, la espera simplemente lo agudizará —replicó con la entonación de quien explica una parábola.
—Siento estar en desacuerdo, es importante, no sabemos qué lo aquejaba ¿y si es contagioso? ¿Quién preparará a esta gente para enfrentarse a una enfermedad desconocida? —preguntó el médico incrédulo de la situación.
—Hijo, no sea como sus padres, no reniegue del amor de Dios, esa fue su perdición en primer lugar, si usted duda de Él ¿cómo cree que podrá obrar? Debería confiar más en Jesucristo, él bendice a su pueblo, lo protege de las garras del demonio. Lamentablemente, para Walter, las garras del príncipe de las tinieblas fueron más poderosas, no hubo nada que se pudiera hacer.
—¿De qué está hablando? Ese hombre estaba enfermo. ¡Deliraba! Además, ¿qué sabe de mis padres? —espetó con inusitada turbación.
—Satanás es astuto, no es coincidencia de que fuera quemado en vida. Gracias al Todopoderoso, que se apiadó de su alma, purgó sus pecados y ahora podrá descansar en paz, ¿no cree, joven Bramstock? Gracias a la rebeldía de sus padres es que usted carga con la tremenda ignorancia sobre la misericordia de nuestro Señor, aún es tiempo, joven médico, para que acepte a nuestro Salvador —sermoneó con acostumbrada calma.
—¿Está loco? ¿Qué sabe sobre mis padres y su fe? ¿Qué tiene que ver esto con el hecho de que ha alterado toda posibilidad de descubrir qué ocurrió con el paciente? —increpó al sacerdote sin poder contener el volumen de su voz.
—Debería calmarse doctor, no vaya a ser que su corazón impío sirva de casa para el príncipe de las tinieblas —dijo esto último, se persignó frente al cuerpo del almacenero y se retiró de la habitación, dejando a un consternado médico observando fijamente aquel cuerpo, cuyos indicios de muerte fueron delicadamente disimulados.
No asistió al funeral, se sentiría extraño en medio de aquellas personas a las que ni siquiera conocía, aún no fue presentado formalmente a la comunidad y ya había tenido un encontrón con el párroco. Sumado a la desconfianza de la gente de aquel pueblo, su presencia no sería más que incómoda para todos. El joven hijo del almacenero vestía por completo de negro, contrastando excesivamente con la demacrada palidez de su rostro, sus ojos ennegrecidos y hundidos preocupaban al médico, quien no pudo más que dedicarle un gesto al encontrarlo de salida. Caminó lentamente hasta la hospedería, no se hallaría nadie, todo el pueblo acompañaría al joven atendedor a darle el último adiós a su padre. En la calle sentía cómo la mirada desaprobadora de los pobladores se le clavaba en la nuca, de modo que caminó sin intentar mirar más allá de un punto fijo, la presencia de las personas siempre lo hacía sentir incómodo, sobre todo cuando las murmuraciones eran producidas por su presencia. Pese a ello, no pudo evitar girarse completamente al escuchar a un par de mujeres cuchicheando camino a la iglesia. La más anciana de las dos comentaba algo sobre un hecho similar acaecido casi una treintena de años atrás, de alguna especie de maldición desencadenada por una familia, cuyo linaje se había extinto. El médico quedó tan intrigado que apenas notó haber clavado la mirada en ellas, las que respondieron guardando automático silencio, para continuar caminando, ignorando su presencia. Finalmente, se limitó a ver cómo la caravana enlutada se alejaba.
Mientras subía por las escaleras recordaba las palabras del superintendente en aquella estación, realmente parecía que el párroco poseía una irresistible influencia sobre los pobladores, más allá de lo racional. Por eso quiso llamarlo, no obstante, al tomar el teléfono móvil recordó que en aquel lugar no había ni un atisbo de señal. Se sentó en su cama, observando la pantalla que indicaba la falta de cobertura. Finalmente, dejó el aparato a un costado, perdió la mirada más allá del reflejo de su cuerpo en el espejo de la cómoda, no podía negar que la situación se tornaba cada vez más extraña, necesitaba pensar.
Le preocupaba el hijo del almacenero, creía que no estaba en buenas manos cerca del clérigo, lo convenció de no esperarlo, de hacer el funeral ese mismo día, de no hacer ningún examen que determinara la causa de muerte, de una muerte tan extraña como esa. No lo reprochaba, era un chico bastante joven, probablemente en el estupor que se encontraba, aquella mezcla entre la pérdida y la desorientación de no saber qué hacer, era normal seguir los consejos de una figura de confianza, sobre todo de quien se supone el protector del pueblo, de los feligreses, probablemente de todos los monseínos. Después de todo, él también sabía lo que era quedarse completamente solo a temprana edad.
En ese sentido, la conducta del párroco le parecía errática, anormal, no había visto algo similar en Evanz, es cierto que su familia no era creyente, pero conocía gente relacionada con la fe y la iglesia; y jamás se enteró de una forma de actuar tan poco coherente, de un sacerdote que le aconsejase a sus feligreses a no indagar en la causa de muerte de alguno de los deudos o de encerrarlos en una mitológica burbuja, solo de sectas había escuchado, alguna vez, que renegaran con tanta pasión de la ciencia.
Lo consumía el cansancio y entre más cerraba los ojos más revivían aquellas imágenes del cuerpo de aquel hombre cincuentón. Tomó su libreta e intentó dibujar las características que alcanzó a observar antes de dejarlo. Claramente, esperaba que fuera un caso aislado. Quizás no era algo tan inusual como él se temía, después de todo, el hombre ya tenía una historia clínica complicada y los medicamentos que tomaba tal vez podrían influir en alguna medida, especialmente si tomaba anticoagulantes. <<La respuesta no la encontrarás simplemente viéndote al espejo>>, se dijo a sí mismo luego de un rato. Si quería llegar al fondo del asunto no dejaría que nada lo detuviera, volvería a la consulta y buscaría allí cualquier referencia. Si Nielsen fue médico en aquella localidad tantos años, algo debía haber registrado, quizás algún pequeño brote, algún accidente, cualquier cosa. Fue a toda prisa a la consulta, lo carcomía ese presentimiento de estar contra tiempo y, en efecto, así lo era. Cuando llegó, la mujer a cargo de limpiar aquella casa estaba desechando todos los archivos, documentos y papeles que encontró en el despacho.
—¿Para qué quiere papeles viejos? —insistió la mujer.
—Pueden ser importantes, pueden contener registros de cosas relevantes, información de cada paciente —intentó explicar.
—Mire, joven, papeles son papeles, están todos desordenados, arrugados y manchados. Es mejor deshacerse de ellos, ya podrá usted ir haciendo sus propias fichas.
—No me entiende, Mirta, son registros de años, contienen información relevante, delicada. Alergias, enfermedades crónicas, grupos sanguíneos, operaciones… por dar ejemplos. Historial familiar. —Intentaba convencerla. —La información que hay allí es irrecuperable —añadió.
La mujer lo miraba poco convencida, fue una discusión extensa, por alguna razón defendía con dientes y garras la posesión de aquellos documentos que, insistía, debían parar a la basura, ya que “no tenían ninguna utilidad”. Luego de un tiempo fue cediendo ante la presión del médico, quien no perdería la que, probablemente, fuera la única fuente de información fidedigna del lugar. Eran cajas de papeles desorganizados, algunos muy maltratados, las fichas estaban revueltas y, aun si desde ese punto de vista fuera imposible recuperar verídicamente los antecedentes de cada paciente, para lo que buscaba no era imprescindible dar con el historial de un paciente específico; por lo que, apenas se marchó la mujer, se instaló en el despacho y comenzó la intensa navegación de ese mar de hojas marrones. Papeles dispersos por el escritorio, sobre las repisas, incluso algunos cúmulos sobre el suelo. Si alguien ajeno al lugar hubiera llegado en ese mismo instante, jamás habría sospechado que un par de días atrás se encontraron los restos carcomidos del antiguo médico. Era cierto que el hedor aún podía percibirse con fijeza, pero manteniendo las ventanas abiertas y con un desinfectante en aerosol, lograba hacerse bastante tolerable. No advirtió que comenzaba a oscurecer, encendió las luces de la oficina solo cuando la oscuridad le impidió continuar leyendo y, por algún extraño presentimiento, fue a encender las del pasillo; no se sentía muy convencido de estar a solas inmerso en la lobreguez de la consulta. Finalmente, halló indicios que tendrían algún atisbo de relación con lo sucedido aquella mañana, pequeñas anotaciones al margen de un par de fichas. Se sobresaltó al escuchar fuertes golpes en la puerta principal, por lo que se mantuvo inmóvil sin pronunciar palabra alguna, quizás se debatía ante la duda de la veracidad del ruido. Le alertó el crujido de la puerta al ser abierta y unos pasos acercándose con lentitud.
—¿Señor Bramstock? —escuchó al fin aquella fría voz familiar.
—A-aquí —respondió sin saber si estaba aliviado realmente de escucharlo.
—Preguntaban por usted —dijo aquel joven de ojos azules que brillaban como gemas, al aparecer tras el umbral—. Vine a buscarlo.
—Y-ya veo —respondió mecánicamente, mientas guardaba los archivos que había descubierto en una de las cajas—. El tiempo se fue tan rápido que no me di cuenta de lo tarde que era, no quise alarmar a nadie —agregó.
—Claro, como siempre, parece haberse acostumbrado a que sea yo quien vaya por usted —comentó el rubio seriamente.
—¿Qué dices? —intentó no tomarse en serio sus palabras, lo miró fijamente por un instante, regresaba esa extraña sensación que le producía su fría mirada. ¿Cómo unos ojos tan cristalinos podían parecerle tan fríos?
—Va por el pueblo sin cuidado alguno, doctor —dijo avanzando hasta el escritorio sin desviar la mirada de él. Apoyó ambas palmas en la madera y quedó a escasos centímetros del rostro del médico—. Siempre “se le pasa la hora” y termino buscándolo por todas partes, como si no tuviera nada más que hacer.
—Perdón, Liam, no es necesario que vayas cuidándome la espalda, creo que ya te lo había mencionado —respondió levantando la caja con los documentos que acababa de guardar.
—Pues creo que ya le había advertido que en este pueblo no gustan de los forasteros —le recordó. Observó la caja de cartón que el médico sujetaba—. ¿Ya terminó aquí? Es hora de volver, entonces —agregó arrancando la caja de las manos del de cabellos color plata.
—No es necesario que hagas eso. —Intentó quitársela, pero el joven se adelantó a salir de aquel lugar.
El médico no tuvo más remedio que apagar las luces, al darle la espalda a la oficina, un intenso escalofrío en la nuca lo obligó a voltear. Ese lugar no le agradaba, se sentía extraño, aunque se intentaba tranquilizar, simplemente aquel malestar era causado por la impresión que se llevó durante su primer día en Monse.
Como de costumbre caminaron en silencio, Johannes intentando no perderle el paso al rubio, quien daba la impresión de ir en su propio mundo. Las calles cargaban con absoluto silencio, la noche se apoderó de cada rincón, probablemente todos estuvieran dormidos. El hostal estaba completamente a oscuras, Liam ingresó primero y fue encendiendo una a una las luces, seguido por el médico quien advirtió que la casa había estado sin calefacción durante horas.
—¿Y tus padres? —preguntó al notar el frío intenso que no era habitual en aquella casona.
—Están en el almacén, no quieren dejar a Niels solo, después de todo, él ya no tiene a nadie más. Quizás no regresen hasta mañana, así que, si tiene hambre, deberá prepararse algo usted mismo.
—Bueno, entonces subiré a mi habitación, no te molestaré más… ¡Ah! Liam, gracias —dijo mientras le quitaba la caja a Liam de sus manos.
—No se acostumbre, doctor —dijo el hijo de los hospederos, observando a su interlocutor subir las escaleras y perderse en el descansillo.
Electrizado por su hallazgo, continuó analizando la escasa información relevante que contenía la caja que custodiaba receloso; quizás había un patrón. Los registros databan de años atrás, a casi una década, el caso de una joven de 19 años que sufrió síntomas similares a los del almacenero. Más de un cuarto de siglo atrás, algo que aparecía llamado como “la marcha negra”, se daba a entender que decenas de personas cedieron ante una extraña condición, la que apareció de forma repentina y, en menos de medio año, entró en remisión. Los informes tenían comentarios al margen con la que reconoció como la letra de su predecesor. Le llamó la atención uno de ellos: “posible enfermedad genética”. Aquello cobraba sentido, podía existir algún tipo de condición que se manifestaba cada cierto tiempo, cuando los portadores de algún gen mutado contraían algún tipo de infección. Consideraba que aquella teoría era mucho más positiva que la sola idea de ser víctimas de una peste desconocida. Sin embargo, no tenía cómo probar algo como eso, se necesitaban cientos de estudios a la población para determinar cuál era el gen mutante, además, no veía ninguna relación en cuanto a los posibles catalizadores de la enfermedad, el rango etario de las víctimas fue tan diverso como el grupo poblacional total. Algunas de las familias perdieron a todos sus miembros, en otras sucumbieron los más ancianos o los más jóvenes, así, era difícil hacer cualquier tipo de especulación.
El cansancio comenzaba a notarse, se debatía entre tomar una ducha o simplemente irse a dormir, era tarde y no estaba seguro de que hubiera agua caliente, por lo que se inclinaba más por la segunda opción, después de todo, su anfitrión probablemente ya se hubiera ido a la cama y, aún si no fuera así, la sola idea de pedirle algún favor hacía que se le contrajera el pecho. Se disponía a ordenar toda la documentación que había esparcido por su cama, cuando unos suaves golpes a la puerta lo detuvieron.
—Pase, está abierto —autorizó el médico.
—¿Tiene usted hambre? —preguntó el joven que, a simple vista, se notaba que había tomado un baño.
Su cabello dorado goteaba y llevaba una camiseta manga corta color negro que se ajustaba a la forma de sus músculos. El de ojos plateados lo observó un instante, la forma de su pecho se marcaba y sus brazos ¿eran tan firmes como parecían serlo? Llevaba un pantalón de franela celeste que, a pesar de ser holgado, resaltaba sutilmente aquel bulto entre sus piernas. El médico cayó en cuenta de sus pensamientos y desvió la mirada sonrojándose, implorando que el hijo de los posaderos no percibiera el rubor de sus mejillas. Evitó durante todo el día esos pensamientos, ¿por qué resurgían justo frente a él?
—Imaginé que no ha comido nada en todo el día, por eso le traje estos bocadillos. No es gran cosa, pero podría ser peor —dijo sin intención de sonar amable.
—Aprecio el detalle —agradeció, recibiendo la bandeja que contenía unos sándwiches y té. Le extrañaba esa actitud, no podía evitar mirarlo con desconfianza.
—Claro, claro —contestó con su habitual apatía.
—¿Hay agua caliente? —preguntó repentinamente el médico. Necesitaba un baño, necesitaba relajarse de alguna manera.
—¿Cómo? —No alcanzó a oír la pregunta del médico.
—Para bañarse, ¿hay agua caliente? —repitió.
—Sí, los calentadores funcionan aparte de la caldera.
—Muchas gracias, Liam, de verdad.
—Solo no se acostumbre, no es que lo haya hecho por usted, simplemente hice más té y sándwiches de los que comería —replicó bajándole el perfil.
—A propósito, quería preguntarte, hace un rato, cuando fuiste a buscarme dijiste que te habían enviado. ¿Quiénes dices preguntaban por mí?
— Mis padres —respondió sin pensarlo.
—Ya veo… —respondió pensativo —¿cómo supieron que no me encontraba si ellos no han llegado en todo el día? —agregó dejando entrever que no estaba muy convencido.
—Ya es bastante tarde y tengo cosas importantes que hacer temprano, señor Bramstock. ¿Necesita algo más? —cambió el tema dedicándole una mirada amenazante.
—No realmente. Gracias de nuevo —se limitó. Ese chico lo intimidaba.
—No se repetirá —agregó antes de salir de la habitación.
El médico había llenado la bañera, el agua estaba tan caliente como la podía soportar, lo necesitaba, si no pensaba en el extraño caso de Walter Montt, entonces recordaba aquel sueño tan vívido de la noche anterior. Era como si pudiera sentir las caricias, el calor de su cuerpo, esa mirada indómita que le congelaba el corazón, el aliento que acariciaba su cuello. No era correcto, después de todo, le llevaba por 4 años y era el hijo de quienes, tan amorosamente, lo acogieron. Quizás se confundía, no era esa la razón por la que se sentía tan extraño frente a él, no, era más una cuestión de actitud; le incomodaba la petulancia con la que ese muchacho lo trataba, jamás se había sentido tan desprotegido. Se sumergió en las aguas y cerró los ojos, probablemente no fuera más que un pestañeo en el que se revivían una y otra vez aquellas imágenes.
No sabía por qué volvía a esa vieja casa, todo lucía tal cual a la época que el temor deambulaba frente a él. Identificó la voz de su madre en alguna de las habitaciones del segundo piso… “¡No, Gabriel, detente!”, escuchó que decía. ¿Con quién discutía? Quiso seguir el origen de su voz, ayudarla, pero algo lo detuvo, el toque de la puerta. Un hombre alto y rubio, el de aquella cálida sonrisa que parecía hacer brillar sus ojos azules, ingresó al salón luego de que el ama de llaves le abriera.
—¿Dónde está la señora? —preguntó a la joven, dedicando una mirada amable al niño que lo observaba con grandes ojos azules.
—En el segundo piso, lo está esperando —respondió indicando con la mano el trayecto—. Está con el señor Gabriel, debe detenerlo —agregó la joven, intentando no ser oída por su pequeño amo.
—Ya veo —murmuró. Dirigió otra mirada al jovencito, posando la mano sobre su cabeza, revolviendo así sus negros cabellos—. Deberías ir a tu cuarto, Johann, iré en un rato a leerte un cuento ¿te parece? —Le invitó.
El niño asintió y él subió rápidamente, ni siquiera volteó a despedirse del pequeño, quien lo observaba a los pies de la escalera.
—¡Gracias al cielo que llegaste, Matt! —dijo la mujer—. ¡Por favor, hazlo entrar en razón! ¡Es mi hijo, es el hijo de Thomas…! —Se oía alterada.
—Tranquila, Rebecca, todo va a estar bien…
Oía los llantos de su madre, la discusión arriba retumbaba por toda aquella gigantesca y oscura casa. La muchacha que lo acompañaba no lograba distraerlo de lo que ocurría. “Pase lo que pase, no lo dejes solo”, fueron las instrucciones al ama de llaves. Fue un instante en que el niño caminó hasta el baño de su habitación, la aflicción oprimía su pecho. “¿Por qué estás tan triste, pequeño? ¿Por qué tienes tanto miedo?”, quiso preguntarle mientras lo seguía, sin embargo, en el baño no había nadie, únicamente proyectaba el reflejo de aquel niño en el espejo. ¿Quién era? Le costó comprenderlo, reconocía esa mirada, fue antes de que sus ojos palidecieran.
—¡Doctor! ¡Doctor Bramstock! —Escuchaba que alguien lo llamaba desde un lugar lejano. De pronto sintió el roce del agua, abrió los ojos y no pudo ver nada, por lo que se alertó y se sentó rápidamente en la tina, no sin salpicar agua por todas partes.
—¿Está usted bien? —pudo escuchar la voz proveniente de la puerta del baño, la que se abrió y dejó entrar la luz de una vela, mas no el rostro de su portador.
—S-sí —dijo conmocionado. —¿Qué ha pasado?
—Se fue la luz hace un par de minutos, doctor. Disculpe que haya ingresado sin más, como mencionó lo de tomar un baño, pensé que no tendría velas a su alcance. ¿Realmente se encuentra bien? Parece algo atontado —observó.
—Sí, es… que me quedé dor-mi-do… —respondió recordando escasamente aquel extraño sueño, cuales recuerdos enterrados queriendo resurgir.
—¿Necesita algo?
—No, no te preocupes por mí. Ve a descansar, tienes cosas que hacer temprano, no quiero ser una molestia para ti —dijo alcanzando la toalla para salir de la bañera. Sus ojos se acostumbraron por completo a la luminiscencia de la vela, podía observar perfectamente su rostro, el que palidecía bajo la naranja fluorescencia, sus ojos azules parecían arder en llamas intensas. Se sentía más que desnudo frente a él, absolutamente vulnerable. Hizo una mueca al descubrir que la toalla que había tomado se había empapado con el agua que lanzó.
—¿Necesita una toalla? Si quiere… —ofreció el joven con impropia amabilidad.
—No, en serio, no es necesario. —Se adelantó.
—¿Por qué no? ¿Le incomoda mi presencia, Dr. Bramstock? —dijo acercándose con su usual arrogancia y aquella mirada que parecía escudriñar su alma.
—N—no, no es eso…
—¿Entonces? ¿Por qué evita mirarme?
—Tonterías, ¿por qué iba a querer evitarte? —preguntó de forma retórica, cubriéndose rápida y nerviosamente con la toalla mojada, a medida que el rubio se le acercaba. Salió como pudo de la bañera rehuyendo.
—¿No? ¿Qué es lo que está haciendo en este momento, entonces?
—S-solo voy a mi dormitorio a vestirme. Gracias por avisarme lo de la electricidad. Tengo velas en mi habitación, así que no es necesario que te preocupes por mí.
—No se confunda, no lo hago por usted —respondió agriamente aquel joven saliendo detrás de él—. ¡Está dejando todo el piso mojado! —exclamó alcanzándolo.
—No importa, limpiaré en cuanto me vista —respondió caminando hacia la puerta de la habitación para despedir al rubio. Estaba demasiado cerca, temblaba de pensar que podía sentir el roce de su piel o su fría voz susurrando en sus oídos. Temblaba de tan solo desear que eso sucediera.
El rubio se apresuró y acorraló al médico en la puerta, impidiendo con su brazo izquierdo que pudiera abrirla. El joven de ojos color plata azulada miraba fijamente la madera con la respiración entrecortada, mientras el hijo de los posaderos se apegaba a su cuerpo, apoyando el mentón sobre su hombro izquierdo.
—No puede negar que lo desea doc-tor… —susurró en su oído, exhalando fuertemente en su cuello. Aquella sensación hacía que se le erizara la piel—. No puede negar que lo ha ansiado en sus sueños, el roce de nuestra piel… —agregó mordisqueando suavemente el cuello del médico—. No puede negarlo.
—Li-am, no —intentó rechazarlo, su corazón bullía, no era únicamente el roce de los labios del rubio en su cuello, también era el toque de su mano derecha en el pecho—. N-no es co-rrecto —murmuró apelando a la sensatez.
—¿Por qué no? —preguntó con voz sugerente.
—T-tus padres —dijo con dificultad, intentando zafarse de su brazo.
—Ellos no están —respondió mordisqueando su oreja, al tiempo que lo rodeaba con su brazo izquierdo, el cual descendía por su abdomen hacia la ingle.
—Liam, por favor, no… d-deten-te —¿Qué era lo que ese muchacho loco quería hacer? Si no lo detenía ¿qué iba a ocurrir? No habría marcha atrás, no podría controlar ese impulso.
—¿Realmente quiere que me detenga? —preguntó alejándose de él—. No lo creo —agregó sujetando su brazo, girando la llave de la puerta y tirando con fuerza hacia él, guiándolo a la cama.
—No juegues conmigo de esta manera —lo desafío observándolo fijamente a los ojos, cuyas frías llamas azules parecían querer alcanzarlo.
—No es un juego —respondió con ese tono de voz acerado, mientras lo recostaba en la cama—. Dr. Bramstock, yo sé que usted ha soñado con este momento tanto como yo —comentó el rubio al momento en que besaba sus labios.
El médico comenzaba a claudicar, era verdad, no podía mentirse a sí mismo, desde el momento en que se encontró con su fría mirada pudo sentirlo, esa atracción que iba más allá de lo racional. Aun así, sus principios eran fuertes, por lo cual le costaba dejarse llevar completamente, hecho que, para el hijo de los hospederos, no pasó inadvertido.
—¿Por qué no me toca? —preguntó de forma insinuante. Sujetó su mano derecha y la puso sobre su propio pecho—. ¿No le gustaría arrancarme la camiseta?
El médico no respondió, siguió aquella pregunta como si fuera una orden, se incorporó en la cama y lentamente comenzó a subir la remera que llevaba puesta el de ojos azules. Sentía sus músculos tonificados a medida que avanzaba por su torso, sus brazos. Recorrió parte de su pecho con los dedos índice y mediano, como comprobando su dureza; estaba lo suficientemente cerca como para sentir el aroma de su piel. Por reflejo observó el rostro del joven y se encontró con aquella mirada fija sobre él, retiró su mano y se alejó del de cabellos dorados por instinto. El joven sonrió y dejó ver sus blancos dientes, buscó la mano del médico y nuevamente la guio hasta su pecho, haciendo que lo recorriera con ella. Se acercó lo que pudo, sujetó su mentón y lo obligó a mirarle, sin decir una sola palabra. Se limitó a besarlo apasionadamente, recorrió su cuerpo, hasta llegar a la ingle del médico, le sacó la toalla y dejó al descubierto la desnudez del de cabellos platinados. Liam sujetó su miembro y suavemente lo masajeó, oyéndose un leve gemido proveniente del facultativo. Humedeció sus labios y pasó la lengua por el glande, dejando escapar un gemido más. Luego, hizo un movimiento más lento y largo, recorriendo toda la cabeza de su órgano viril, para engullirlo por completo. Lo recorría con la lengua, lo masajeaba con sus manos, cada vez los jadeos del médico eran más y más intensos, hasta que, para su sorpresa, el joven de ojos color plata, estiró el brazo y dio con el miembro del rubio y comenzó a masajearlo también.
—¿Quieres jugar conmigo, también? —preguntó el rubio lascivamente.
—Si no te molesta… —dijo casi susurrando.
El joven sonrió y acarició su rostro con el pulgar, bajándose el pantalón de pijama, dejando al descubierto el hecho de que no llevaba ropa interior. Se sentó al borde de la cama y con gentileza guio al de cabello color plateado, quien lentamente comenzó a jugar con él. Se sentía bien, muy bien, mas no era una sorpresa para el de cabellos dorados, había imaginado que el médico debía de ser muy apasionado.
Invirtieron los papeles una última vez, en esta ocasión, el rubio comenzó a preparar a su amante, quien al sentir aquel dedo invadiendo su cuerpo, se contrajo.
—Tranquilo —intentó calmarlo acariciando su mejilla—. Todo va a salir bien, confía en mí.
Johannes no comprendía del todo, si bien era tan frío, petulante y antipático, en ese momento estaba siendo dulce y preocupado; aquella actitud lo confundía, no sabía qué esperar. Claro, no era que imaginara que fuera algo más allá de una sola noche, después de todo, no transcurrían ni cinco días desde su llegada. Tampoco se consideraba alguien “enamoradizo”; algo en ese chico le indicaba que todo estaría bien si se encontraba junto a él.
El rubio se introdujo en él con suavidad, el médico jadeaba de dolor, aunque en ningún momento le pidió que se detuviera. Liam se movía despacio, esperando que fuera el propio facultativo quien comenzara a guiarlo, así, solo cuando estuvo seguro de que podía soportarlo, comenzó a embestirlo, desatando gemidos que intentaba ahogar. Buscaba sus labios con desesperación, se abrazaba a su cuello, susurraba cosas en su oído. El aroma del joven hijo de los posaderos lo embriagaba, el timbre de su voz lo excitaba, se sujetaba de él con fuerza a cada embestida, intentaba acallar en vano los jadeos que le producía el rítmico movimiento del joven de cabellos dorados.
—Hazme un favor —dijo entre jadeos el de voz acerada.
—S-s-si —respondió el facultativo intentando ocultar la excitación en tu voz.
—Déjame oírte gemir, no sabes cómo me encanta escucharte —solicitó con la voz cargada de erotismo.
—P-pero, p-pueden oír…
—No hay nadie en casa, mis padres no llegarán —le recordó al oído, aprovechando de lamer su oreja.
—Li…am… —llamó con la voz entrecortada.
—¿Sí?
—C-reo que no podré resistir más…
—¿Ah sí? —interpeló moviéndose más intensamente—. Entonces se lo daré todo, Doctor Bramstock… con una sola condición…
—¿C-cuál…?
—Quiero ver tu rostro cuando acabes.
—¡N-no!
—Nada me impedirá verlo, Doctor y quiero que usted me mire cuando yo acabe también, nada de hacer trampa —sentenció.
Aquello no le parecía buena idea al médico, ni siquiera él sabía qué cara hacía cuando llegaba al clímax, ¿podía ser más vergonzoso? Liam tomó las manos del joven de ojos azul plata y las entrelazó con las suyas, se movía con fuerza, los únicos ruidos que se oían en aquella habitación eran los gemidos de los dos amantes. Cuando llegaron al clímax, el de cabellos dorados acarició, nuevamente, el rostro del facultativo, quien intentó quitarle la mirada, sin éxito.
—¿Se encuentra bien? —preguntó el joven hijo de los posaderos con un tono frío.
—Sí —respondió sin más, esa voz lo intimidaba.
—¿Seguro, Doctor? —insistió.
—Liam, no es necesario, en serio —quiso explicarle que comprendía que ambos eran adultos, que sabía que no significaba nada más que una noche.
—Sí, lo es —respondió mirándolo—. Esto no debe malinterpretarse —agregó mientras buscaba su ropa.
—No te preocupes, eso ya lo sé —respondió.
—Hablo muy en serio, Doctor Bramstock —agregó con esa mirada fría, había terminado de vestirse.
—Yo también, Liam, no me interesa tener “ese” tipo de problemas.
—Me alegro, Doctor. Buenas noches —se despidió saliendo de la habitación.
—Buenas —respondió el médico, quien, totalmente exhausto, se quedó dormido de inmediato, deseando al menos por esa noche no soñar con muertos, casas extrañas, ni reflejos en el espejo.