El Cadáver de la Muñeca de Porcelana

Slash
NC-21
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planificada Maxi, escritos 67 páginas, 37.240 palabras, 9 capítulos
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Capítulo 7: Damnation Aeternae, Pte 1.

Ajustes
¿Cuáles eran los motivos de Thomas para regresar a ese lugar junto a su “adorable” mujer? Era algo que el rubio no dejaba de preguntarse. Lo observaba de reojo, estaba de pie junto a él bajo aquel antiguo árbol aún más viejo que la casa misma. La situación en aquella familia era crónica de una muerte anunciada, en algún momento el perverso linaje debería llegar a su fin. Mientras Thommy decidía marcharse a una nueva vida lejos de la monótona localidad de Monse, orgullo de la colonización un par de siglos atrás, rezagada en el pasado, negándose a abrazar los avances que el tiempo y la tecnología brindaban; él debió asumir todas las labores que, al médico, por naturaleza, le correspondían. Mientras Thom buscaba un destino fuera de aquel pequeño pueblo, Matt era condenado, en cierta forma, a convertirse en su reemplazo. Mientras Thomas desplegaba las alas, a Matt se las cercenaban. Cambió tanto durante esos años que ya no lo reconocía. Los primeros veranos detectó pequeños rasgos sutiles que solamente los más observadores (o más cercanos) hubieran podido percibir. De hecho, al segundo verano, el de ojos azules lo intuía: Thomas no volvería. Para Mathew, una mínima chispa interna le aseguraba que seguía siendo el mismo de toda la vida, quien estuvo a su lado, con quien experimentó los momentos más felices de su historia. Si tan solo el médico hubiera confiado en él, lo hubiese apoyado siempre, aunque para ello debiera atar su destino a esa triste casona. Cualquiera podría decir que Matt sentía envidia, celos de las oportunidades brindadas al hijo legítimo de los Bramstock, en comparación al destino ineludible del huérfano niño recogido. De hecho, cualquiera afirmaría que no había mayor suerte que, de no tener nada, pasara a ser prácticamente heredero del legado de la familia más adinerada de la zona e, incluso, encontrarían estúpido que lo rechazara o se quejara por ello. Sin embargo, no podía evitar sentirse incómodo con esa responsabilidad, sobre todo si era su mejor amigo quién debía ocupar esa posición. ¿Cuánto hacía que ellos no hablaban? Matt no estaba del todo seguro, era consciente de que su amistad se resquebrajó en un único instante, antes de que Thomas se marchara. En aquel entonces, Thomas estuvo raro por semanas, lo evitaba, lucía preocupado y ausente. Cuando Mathew se enteró de que se iría de Monse, no lo pudo creer, tuvo que preguntárselo mil veces. Tenían tantos planes y de pronto parecía abandonarlo con una inmensa carga que no podía y no le correspondía soportar. Los motivos de su repentina decisión de querer irse a estudiar no se los creyó, lo conocía, sabía que había algo más. “Quizás tiene que ver con su matrimonio arreglado” se repetía intentando convencerse de alguna razón para que él decidiera huir de ahí. Su mayor temor era ser el culpable de esa decisión, ser la razón por la cual lo dejaba todo. Fuese lo que fuese, él lo habría apoyado hasta la muerte; pero los motivos para tratarlo de esa manera eran incomprensibles. Recordaba esas palabras como si hubiese sido ayer, aquella noche fue en su búsqueda, como cientos de noches en las que salieron a caminar y a conversar bajo el castaño que parecía ser guardián de todos sus secretos. Caminaron en silencio por largo tiempo, un incómodo silencio desesperante, opacado por las conversaciones de las lechuzas en los árboles cercanos. Necesitaba hacer la pregunta que rondaba en su mente, saberlo antes de que se marchara. El de cabellos negros había prometido ir todos los veranos, ¿y si no era así? ¿y si nunca más volvía? Ambos se sentaron a los pies del inmortal castaño, observaban el horizonte, las aguas se hacían una con la noche. El de ojos azules buscaba la forma de hacer la pregunta, tenía miedo de la respuesta, pero era lógico pensar que no habría otra oportunidad. —T-thommy… —dijo con voz trémula, intentando llamar su atención posando suavemente la mano sobre la suya, a lo cual el de cabello oscuro reaccionó retirándola con rapidez. —No hay nada que puedas decir que me haga cambiar de opinión. —Se adelantó, antes de que el chico de cabellos dorados continuara. —N-no, no es eso… —intentó aclararle. ¿Estaba enojado por algo que hizo? —¿Sabes? —dijo respirando profundamente—. Estoy cansado de tus niñerías. Siempre tengo que estar cuidándote —espetó con una indolencia inusitada, causando tal impacto en el de ojos color zafiro, que pareció congelarse un instante. —¿Por qué dices eso tan repentinamente? —preguntó consternado, sin saber qué más decir. —¿Por qué? Porque no te despegas de mí ni un instante, no puedo tomar mis decisiones sin que las critiques o que sientas tener el derecho a decirme algo. Hasta donde yo sé, no tengo por qué pedir tu opinión respecto a mis decisiones. No pienso quedarme en este condenado lugar, Matthew. —Thom, nunca ha sido mi intención… —Una cosa es que mis padres te hayan recogido por mera caridad y otra muy distinta es que confundas la lástima que te tengo con algo más —agregó mirando fijamente a las aguas turbulentas que parecían devorarse al volcán que rodeaban. El cielo comenzaba a nublarse, al parecer una tormenta venía aproximándose. —¿Lástima? —susurró para sí, incrédulo, poseído por la confusión de tan sorpresivas declaraciones. El corazón comenzaba a dolerle con cada pálpito que daba, sus manos ardían de gélidas, el temblor de sus dedos era incontrolable. —Sí, lástima. L-Á-S-T-I-M-A. ¿Acaso no sabes lo que significa? —provocó. —P-pero Thom, n-nosotros… c-creí que… —las lágrimas intentaban arrancar sin control de sus ojos, se mordía los labios con fuerza para evitar que se arrancara alguna de ellas, hacía un esfuerzo sobrehumano para no llorar frente a él. ¿Podría ser más humillante? —¡Ah! Además de todo, ¿vas a llorar ahora? —aquellas crudas palabras fueron el detonante, sus ojos zafiro se inundaron, haciéndolos más brillantes aún. —L-lo siento, Thommy, no sé qué fue lo que te hice, ¿por qué me tratas así? Y-yo de verdad pensé que teníamos algo… —¿Algo? ¿A eso le llamas algo? ¿Acaso eres una mujercita? —pareció por un momento que su voz se quebraría. —Thom, lo siento —estaba destrozado, jamás habría imaginado que lo trataría de esa manera. Siempre creyó en todo lo que dijo, siempre confió en él, se mantuvo a su lado porque era lo mejor que pudo haberle pasado, habría hecho cualquier cosa que le hubiera pedido, dispuesto incluso a abandonarse a sí mismo de ser necesario. —¿Sabes? Tú más que nadie debería estar agradecido con mi decisión. Si yo me voy a mi padre no le quedará otra opción más que nombrarte su sucesor. ¿Te imaginas? ¡Todo esto será tuyo! Nada mal para un pobre huérfano recogido, ¿no? <<huérfano recogido>> repitió para sí el de cabellos dorados. —¿Entonces, es eso lo q-que piensas de mí? ¿Q-que he buscado aprovecharme de m-mi situación? ¿Utilizándote para obtener a-algo? A mí n-no me interesan tus tierras, T-thom, n-no me interesa ser parte d-de tu familia tampoco —replicó titubeante con más que el orgullo maltrecho. ¿Era posible, era verdad todo eso? ¿Por qué le decía cosas tan horribles? —Sí, claro. Veremos en un par de años más cómo te haces amo y señor de todo esto —agregó poniéndose de pie—. Solo para que sepas, si quieres podemos seguir siendo amigos, por ello era necesario que tuvieras las cosas claras —finalizó. Se alejó a paso rápido y seguro, sin voltear, dejando atrás al chico de cabello dorado. Aquel golpe fue difícil de superar, pasó toda esa madrugada bajo el gran castaño cómplice de aquellas noches. Aún sentía el toque de sus manos recorrer su cuerpo, el cosquilleo en el estómago de la primera vez; nunca podría olvidarla, era el recuerdo más atesorado de su vida, un par de años atrás: Thomas apareció aquella madrugada en su cuarto, lo despertó y muy silenciosos salieron de la mansión. Le asombró la claridad de la noche, la luna llena, de un amarillo rojizo casi sobrenatural, se elevaba majestuosamente sobre ellos, guiándolos hasta el gran árbol donde solían pasar horas conversando, leyendo, acompañándose. Siempre lo había admirado, al principio, creía que lo veía como se ve a un hermano mayor, hasta que, una tarde jugando, sin intención alguna, tropezó y cayó de bruces sobre el de cabello negro, quedando a centímetros de sus labios. Fue la primera vez que se preguntó qué se sentiría besarlo. Arrepentido por sus pensamientos, no pudo evitar enrojecerse, cosa que no pasó desapercibida para el mayor, quien aprovechó el momento y acomodó un mechón dorado detrás de la oreja del más joven. Esa tarde comprendió que el sentimiento que le quitaba el sueño era algo mucho más complejo que la simple admiración. Se sentaron bajo el árbol, contemplando el reflejo de la luna sobre el lago, bañados en su luz. A Matt le parecía que el cabello de Thomas brillaba bajo los rayos que los iluminaban, por su parte, Thom estaba convencido de que los ojos azules de Matt eran aún más intensos de lo normal. —Somos amigos, ¿verdad Matty? —preguntó de repente. —¿Eh? ¿A qué va esa pregunta? ¿Acaso he hecho algo como para que pienses que no lo somos? —respondió sorprendido, intentando ocultar su nerviosismo. —Entonces, si yo te contara un secreto… sea cual sea —recalcó mirándolo fijamente a los ojos —¿prometes que nadie más lo sabrá? —Obvio, Thommy —respondió, no lograba comprender tanto misterio. —No, no es tan obvio, Matt —dijo observando al firmamento—. Hay cosas que son demasiado complejas como para decir “obvio”. Supongamos que te cuento algo sumamente extraño, inquietante, algo que no encuentras correcto o normal… ¿qué harías? ¿Le dirías a alguien? —No te entiendo, Thom, me estás intrigando —¿qué era tan grave que no sería capaz de soportarlo? ¿No eran inseparables? ¿No se suponía que se apoyarían siempre en todo?—. Creí que podías confiar en mí —agregó. El joven de 16 años se arrodilló frente al de cabellos color oro, levantó su mentón con suavidad, apoyando una mano en el césped, se inclinó lo suficiente como para darle un beso en los labios al chico de ojos azules que, debido a la impresión, se alejó instintivamente de él. —Lo… siento —se disculpó Thomas angustiado—. No quise asustarte… de verdad —dijo preocupado, había esperado ese momento mucho tiempo, imaginándose la posibilidad de darle un beso, pero temía haberlo asustado, haberse precipitado. —N-no, está bien —dijo evitando su mirada—. Es simplemente que me sorprendí un poco, nunca creí que fueras a hacer eso. —En serio lo lamento mucho, no sé en qué estaba pensando. ¡Vamos! —dijo poniéndose de pie y extendiendo su mano para ayudarlo a levantarse—. Será mejor que regresemos. —¡No! —exclamó tan efusivamente que se sonrojó. No quería dejar pasar esa oportunidad, no podía creerlo, era eso nada más—. Es que no puedo creerlo, parece un sueño. —¿Qué es un sueño? —preguntó acercándose lo suficiente a su cuerpo. Buscaba su mirada mientras le acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja. Su cabello era tan suave, su piel tan delicada que no pudo contenerse. Sus labios eran dulces, sus besos eran decididos, no pasó mucho tiempo para que el joven de cabello negro comenzara a recorrer el cuello del chico de ojos zafiro. Sintió cómo temblaba y se detuvo. —¿Estás bien? ¿Me detengo? No quiero presionarte —preguntó abrazándolo. Únicamente quería tenerlo para sí, aunque tuviera que esperar una eternidad, no quería dejarlo ir. —Sí, estoy bien, algo nervioso —susurró en su oído. Una sonrisa se dibujó en el rostro de Thomas. Lo recostó en el suelo, a los pies de aquel castaño que los protegía del rocío de la madrugada, cubiertos de la luz de la luna, única testigo. Desabotonó la camisa de su pijama, besaba sus labios, su cuello, su pecho. Percibía su temblor, por eso intentaba ser lo más delicado posible. Atesoraría ese momento para siempre, llevaba tanto tiempo pensando en él, en la tribulación causada por el desconocimiento, preguntándose qué pasaría si se declaraba, que no quería arruinarlo. —Avísame si te sientes incómodo, no quiero ser brusco Matty. —Tranquilo, sabes que confío en ti, no harás nada que no desee —respondió acariciando su rostro. Pensaba que ese momento era una especie de milagro, jamás imaginó que existiera alguna posibilidad de estar junto a él. Con suavidad deslizó el pantalón e interiores del chico de cabello rubio, titubeó un instante, finalmente se decidió, bajó por su pecho, llenándolo de besos y caricias, recorrió su abdomen hasta llegar a su parte íntima. Matthew solo podía cerrar los ojos, era algo que deseaba, pero al mismo tiempo lo hacía sentirse nervioso, no sabía qué pensaría de su cuerpo, después de todo, se consideraba muy delgado y sin gracia. Sentía las manos del joven de 16 años acariciándolo, luego, una lengua húmeda degustando su glande, era una sensación que lo llevaba al éxtasis. Thomas tomó la mano del rubio y la guio hacia el interior de sus pantalones, Matt comprendió el significado de aquello y, con timidez, comenzó a acariciar el miembro erecto del chico de cabellos azabache. —Matti —susurró en su oído —¿Estás dispuesto a llegar al final? —¿Al final? —repitió casi sin comprender. —Si no quieres, no hay problema. No quiero presionarte, este momento es de los dos. —Thommy, ¿pensarás mal de mí si te digo que sí quiero? —preguntó sonrojado, escondiendo su rostro de la vista de Thomas quien soltó una pequeña risita mientras sonreía. —¿Cómo crees? Si eres lo más lindo del mundo, nada de lo que hagas o digas me hará pensar mal de ti. —¿No creerás que soy un chico fácil? —preguntó incrédulo. —¿Por qué iba a pensar eso? —N—no sé… —titubeó. —Mírame Matti —dijo sujetando su rostro. Su piel blanca resaltaba con aquellos ojos azules que, bajo la luz de la luna, le daban la apariencia de una muñeca de porcelana—. Hoy para mí es igual que para ti —dijo dándole un suave beso, mientras introducía un dedo en la rosada abertura del de cabellos de oro. Matthew gemía, intentaba contener los sonidos que emitía, no se sentía cómodo demostrando todas aquellas sensaciones que el joven de cabello negro le provocaba. Cuando estuvo preparado pudo sentir el calor del miembro de su primer amante buscando aquella abertura. Thomas quedó debajo, sentando a horcajadas al chico de 14 años, mientras suavemente se introducía en él. —Avísame si no puedes soportarlo —dijo abrazándolo—. No quiero lastimarte. —Está bien —respondió conteniendo el dolor. Si bien era más intenso de lo que imaginaba, la sola idea de dejar todo eso hasta ahí no le gustaba nada. El chico de cabellos de oro se movía lentamente, no terminaba de acostumbrarse al grosor de aquel miembro. De vez en cuando observaba el rostro del chico de cabello negro, parecía sentirse bien, si él era capaz de hacerlo sentir así, entonces todo valía la pena. Permanecían abrazados, moviéndose acompasadamente, no tenían apuro, ese momento era mágico, era perfecto. Era todo lo que podían haber deseado. —Matti… no imaginas cuánto tiempo he deseado esto —comentó a su oído—. No imaginas cuánto tiempo he esperado para poder decirte lo que siento. —¿Lo que sientes? —preguntó, no comprendía. —Mírame, Matti —pidió—. Matthew Volte, yo te amo, te amo desde hace tanto tiempo, que temí que jamás podría decírtelo. Has sido la razón de mi existencia más allá de lo que podrás imaginar jamás. —¿E-es en ser-rio? —no cabía en su asombro. ¿Era posible? —No jugaría nunca con algo así, Matt —le reprochó. —Es que, yo también te amo, Thommy. Nunca pensé en que existiera la posibilidad de que sintieras algo por mí. El joven de dieciséis años sonrió, su corazón latía impetuoso, sentía que no soportaría mucho tiempo si continuaba así. ¿Cómo era posible que el amor fuera tan dolorosamente intenso y aun así seguir vivo?Tendió al chico de ojos zafiro y se introdujo nuevamente en su interior, esta vez con más fuerza, más rápido. Oía los gemidos intensos que el rubio no podía contener, acariciando su miembro a la vez, no demoraron mucho más en dejarse llevar por aquellos escalofríos que recorrían la parte baja de su abdomen. Mientras Matt estaba avergonzado, Thom se limitaba a besarlo, tenía la convicción de que nada en el mundo superaría ese momento. Ayudó al rubio a vestirse nuevamente, amaba su cuerpo, deseaba tocarlo todo lo que fuera posible, pero debía ser consciente también de la posibilidad de enfermarse. Él, como el mayor, tenía el deber de cuidarlo. Sin embargo, se mantuvieron largos minutos recostados bajo el árbol, abrazados, sin querer alejarse, como si su unión tuviera cuenta regresiva. Matt apoyaba la cabeza en el pecho de Thom, percibía los latidos de su corazón tan claramente que le parecía una hermosa melodía. Thom, por su parte, acariciaba los cabellos del menor, atesorando cada segundo. —Thom… —Hmmm… —¿Puedo preguntarte algo? —dijo con mirada suplicante y tímida. —Por supuesto, Matt, lo que quieras —respondió con una sonrisa. —E-esto… ¿lo hice bien?... —¿A qué va eso? —preguntó extrañado. —Es que como yo no… bueno… tú sabes… —dijo tan avergonzado que no fue capaz de terminar la idea. —En ese caso yo preguntaría lo mismo, ¿no crees? Después de todo, ahora tú eres tan mío como yo soy tuyo. —¿Qué quieres decir? —preguntó con asombro, intentando ocultar su sonrojado rostro. —Matt, por eso te dije que este momento es de los dos, tan tuyo como mío. Siempre hemos estado en igualdad de condiciones, eres el primero en mi vida. ——— Palabras y recuerdos que lo bombardearon aquella fatídica noche. Con los ojos hinchados a más no poder de tanto llorar, apenas logró distinguir la luz del día. Pese a desearlo, no podía odiarlo, si bien no entendía las razones para actuar de esa manera, estaba seguro de la falsedad de sus palabras. Lo que más le afligía era que el de cabellos azabache no le tenía la confianza suficiente como para compartirle sus preocupaciones. ¿Qué podía ser tan terrible como para deber marcharse? ¿En qué momento dejó de sentir algo por él? << ¿Cuándo me volví una carga para él?>> se preguntaba. Fue devastador, hubo días en los que creyó no poder superarlo, le pasó en incontables ocasiones que, cuando al fin parecía estabilizarse dentro de su aflicción, Thomas regresaba al pueblo, como desafiándolo a olvidarlo, si es que lo conseguía. Aun así, decidió respetar sus deseos, cuando Thom iba al pueblo, únicamente le devolvía el saludo de lejos. Jamás volvió a cruzar palabra alguna con él, hasta el día que apareció con su mujer. Quizás los recuerdos que lo golpearon de repente no pasaron inadvertidos para el médico, quien se acercó lentamente hasta donde se encontraba. Quizás, en el fondo, deseaba hacer las paces, disculparse por su actuar tan infantil. No importaba, dijera lo que dijera, estaba dispuesto a perdonarlo, aun así, no podía continuar en ese pueblo ni un día más. Las cosas nunca volverían a ser como antes, aunque muriera por volver a sentir su cuerpo, por ser envuelto entre sus brazos, permanecería lo más lejos posible. No deseaba ser una carga para él, no quería ser la razón por la cual dejó todo. Además, ya había hecho su vida, por más difícil que fuera aceptarlo, pese a siempre conservar viva la esperanza, Thomas decidió formar una familia y eso era algo que debía respetar. —Gracias por tu ayuda, Matty, sin ella no habría podido hacer nada. Eres realmente un gran apoyo. —No lo hago por ti —respondió agrestemente—. Lo hice por la amistad que alguna vez tuvimos, nada más eso. Supongo que ahora puedes encargarte de esto tú solo. —Matty…yo —quiso explicarle, pero ahogó aquellas palabras que harían aún más daño del hecho. —Thomas, no es necesario que digas algo —respondió con frialdad evitando su mirada. Incapaz de hacer otra cosa que dirigir sus ojos al horizonte, donde el lago y el cielo convergían exclusivamente bajo aquel juego de sombras. —Lo siento mucho, tú sabes que significas mucho para mí. Soy egoísta, realmente no quiero perder tu cercanía —confesó el médico. —¡Ja! —carcajeó secamente el rubio—. Lo que cuenta aquí es que tu prometida se suicidó en este árbol, tus padres se volvieron locos, hasta pensaron en dejarme esto a mí. —Indicó la propiedad—. Quisieron renegar de quien socavó el glorioso apellido que llevas, yo los convencí darte tiempo, espacio. Lo único importante es que te casaste y dentro de poco serás padre. Supuestamente en este momento debo felicitarte ¿no? —La voz se le quebraba más y más a medida que hablaba—. Supuestamente éramos amigos y no fuiste capaz de avisarme, tuve que enterarme por otros de tus decisiones, tuve que saber a través de los chismes de este pueblo lo que habías hecho y la respuesta que tenías para mí. —Enmudeció cuando sintió que el nudo de su garganta le impediría continuar sin estallar en llanto. No podía permitirse llorar frente a él. —No quise dañarte, Matt —dijo suavemente, le dolían aquellas palabras. —No te preocupes. —Intentó controlar aquellas emociones que lo inundaban—. Tal y como quedamos, mañana me marcharé. Sea como sea, se me hace imposible estar en el mismo lugar —se apresuró a decir y sin dedicarle ni la más fugaz mirada comenzó a caminar—. Adiós Dr. Bramstock, larga vida y prosperidad a su noble familia —se despidió irónico. —¿Entonces, es verdad que te irás? ¿Sabes a dónde irás? ¿Tienes dónde quedarte? —preguntó con preocupación. —El papel de hermano mayor no te queda, Bramstock —respondió—. Aun si tuviera elegido un destino, no te lo diría, no es algo que te incumba —agregó alejándose. —Matt… —Lo detuvo. Estaban bajo el mismo árbol que tantos recuerdos añorados custodiaba. —Suéltame, Thomas, no es gracioso. —Se quedaron observando fijamente, sin atreverse a reaccionar. Percibíael aroma que emanaba de su cuerpo, de su cabello. Matthew lo miró por un instante, luego perdió aquella mirada acuosa en algún punto lejano del firmamento. Estaban tan cerca el uno del otro que sentía que su corazón no se tranquilizaría, el médico no soportaba ver aquella mirada vidriosa, esos ojos que siempre brillaban como el lago, ahora se ensombrecían y le horadaban el pecho. Haría cualquier cosa con tal de hacerlo feliz, no importaba el costo, era la única persona capaz protegerlo, él debía velar por su felicidad. No pudo evitar acariciar su rostro, los ojos de aquel joven de 24 años se cerraron lentamente, parecía un pequeño gatito mojado. Sujetó su mentón y, con cuidado, se acercó; era ineludible, se perdía en el lago azul profundo de su mirada, en el aroma de su cuello, tan cerca que alcanzaba a saborear sus labios sin tocarlos, pudo notar el rubor en las mejillas del de cabellos dorados. No lo pensó, estuvieron demasiado tiempo separados y, si bien lo dejó por una razón absolutamente justificada, nadie sabía el padecimiento que debió cargar, aunque hubiera luchado no habría podido, jamás dejaría de sentir el ardor en el pecho, aquella herida que le despedazaba el alma al compás de sus latidos. Besó los labios del joven de ojos zafiro, quien no pudo resistirse, parecía que se desgarrarían los labios, la fuerza, la desesperación, la melancolía del último beso que nunca existió. —¿Tommy? ¿Dónde estás? —se escuchaba una voz femenina proveniente del portal de la casona. Matthew se apartó del médico en cuanto la escuchó llamarlo. —Deberías ir con tu mujercita, de ella sí deberías preocuparte. Sobre todo, en este lugar, te aseguro que les harán la vida imposible —espetó, sonando más a amenaza que otra cosa. —Matt… —No, Thom, ella no merece que le hagas esto. Asume tus decisiones, así como me las has impuesto. Thomas fue al encuentro de su mujer, quien había salido de la casa en su búsqueda. Al parecer aún no sabía nada de lo ocurrido y no quería que nadie del servicio doméstico fuera a comentarle algo, si se enterarse de la grotesca realidad, debía ser por él, después de todo, era su responsabilidad haberla traído a sabiendas de que sería una situación delicada y compleja, aunque nunca imaginara la magnitud de ello. Rebecca alcanzó a atisbar al rubio alejándose del lugar de donde también provenía su marido, lucía ¿cansado, molesto, triste? No lo sabía con claridad, pero le daba la impresión de que algo sucedía y no parecía ser nada bueno. Intentó poner la mejor cara posible, ella intuía que no sería bien recibida, por eso no iba a volverse una preocupación más para el joven médico que llegaba a su lado fingiendo una sonrisa de despreocupación. Después de todo, en cuanto se solucionaran las cosas, volverían a Evanz y todo quedaría en el olvido. —Cielo, estaba preocupada por ti, hace horas que no sé nada —dijo en cuanto estuvo lo suficientemente cerca como para oírla. —Lo siento, mi vida, las cosas han sido un poquito más complejas de lo que imaginamos —respondió pasando su brazo por la espalda de la mujer para guiarla hacia el interior de la casa. —¿Qué quieres decir? —preguntó. Ella sabía que algo anormal pasaba, todos actuaban de una manera muy extraña. —Vamos adentro, te explicaré con calma —dijo abriendo la puerta principal. Todo estaba en silencio en el interior de la casa. No tardaría en salir el sol tras el bosque de arrayanes, lo más probable era que el normal ajetreo despertara en cualquier momento. Guio a su mujer a través de un largo pasillo en el primer piso que conectaba con una escalera. Era el lugar más apartado de la casa, una parte del segundo piso a la que, por el interior, no se accedía más que por ese lugar. Allí había una especie de recibidor con sillones, estantes y libros, además de un atril y un escritorio. Distinguía entre los estantes tres puertas, él le indicó que la del medio era el baño, a la izquierda se encontraba la que fue la habitación de Matthew, la de la derecha era la suya. Ingresaron a un dormitorio bastante grande como para ser de una sola persona, dividido en dos ambientes, lo primero que se veía desde la entrada era un bergere junto a una lámpara de pie casi tan alta como el techo; frente a la puerta un gran ventanal desde el que se podía ver a la perfección el lago fundirse con el volcán. Tenía un escritorio, más estantes, una mesa de centro. Parecía ser el lugar perfecto para traer a tus amigos a estudiar o divertirte, sin embargo, Thomas no tuvo amigo alguno en ese lugar. Luego de subir tres escalones, en un ambiente separado por un biombo gigantesco, se ubicaba la cama del médico, era de dos plazas, un velador a cada lado, ambos con luces de noche, sin ninguna fuente de luz natural. Las maletas y bolsos del viaje ya estaban acomodados en la habitación. Rebecca se sentó en el bergere dispuesta a oír los acontecimientos. Su marido le contó sobre el hallazgo de su padre muerto y que su madre seguía en estado de shock, no era buena idea salir por el momento. Lamentaba retenerla en un lugar así, pero como Matt se iba, él debería hacerse cargo de algo que jamás quiso aceptar. Nadie esperaba una noticia como esa, pese a saber que sería difícil por las circunstancias del matrimonio, ella jamás imaginó ser prisionera dentro de una habitación, mucho menos que su integridad física corriera peligro. —No entiendo, ¿por qué tu amigo se va ahora? ¿qué pasó entre ustedes como para que no te soporte? —preguntó intrigada. —Bueno, Matt es más que un amigo, Rebe. Es casi mi hermano, hemos estado juntos desde que era un niño y mis padres lo criaron como si fuera un hijo. El resentimiento que me tiene es culpa absolutamente mía, yo decidí irme y, en consecuencia, él debió cargar con las responsabilidades que a mí me correspondían. Ahora que he vuelto, ha sido claro en decir que no estará ni un día más en este lugar. Y, en cierto sentido, él tiene razón, se le ha obligado a convertirse en terrateniente cuando su deseo es otro muy diferente. —Vaya Tommy, no esperábamos que las cosas salieran así, ¿no? ¿Qué más puedes hacer? Si bien no me agrada la idea de quedarme en este lugar, si es lo que se debe hacer, no te preocupes por mí. Primero tienes que resolver estos asuntos tan complicados, luego veremos qué hacemos para volver a Evanz. ¿Te parece? —¿Es en serio, Rebecca? Porque si tú lo pides, no tengo problema en hacer que te lleven hasta Río Empedrado, para que regreses a casa. No quiero que te sientas obligada a estar aquí, sé que va a ser una experiencia desagradable, quizás las cosas no mejoren —arguyó tomándole las manos entre las suyas. Se sentía culpable, arrepentido y preocupado. —Tranquilo, Thom, estoy para apoyarte, para nada más. ¿Qué clase de mujer sería si te dejara en un momento tan difícil como éste? —dijo acariciando el rostro del médico con ternura—. No seas tontito —agregó pellizcándole la nariz suavemente. Era cerca del mediodía, el sol brillaba con toda su fuerza, todos volvieron a sus labores cotidianas con normalidad, nadie hubiera adivinado la atrocidad que ocurrida en el interior de la mansión durante aquellos días. Su mujer dormía, él casi no pudo cerrar los ojos por lo que, luego de encargarle el cuidado de su mujer a Cristi, fue a ver a su madre, a quien sedaron fuertemente. La encerraron en una de las habitaciones para evitar que arrancara y se hiciera daño —o a alguien más—. Luego de eso, fue en busca del joven de cabellos dorados. Pensó que tal vez aún sería posible encontrarlo. Caminó con paso rápido, tenía el presentimiento de que cada segundo contaba, si no atajaba su partida, al menos quería tener la conciencia tranquila, necesitaba pedirle perdón, no quería que lo odiara. Llegó hasta la cabaña donde vivía desde hacía incontables años, cuando decidió mantenerse lo suficientemente lejos como para no encontrarse. Golpeó la puerta, la primera vez con suavidad, al ver que nadie respondía golpeó más fuerte. ¿Era posible que ya se hubiera ido? Entonces, ¿ni siquiera durmió? Tras otro intento la puerta se abrió, la empujó para comprobar, finalmente, que no se hallaba nadie. Corrió hasta el dormitorio, la cama estaba completamente hecha, el armario limpio, no había ni el más mínimo indicio de que alguien hubiera estado viviendo allí. Jamás sintió un dolor tan intenso como aquel, pero al mismo tiempo no dejaba de repetirse a sí mismo “te lo mereces” una y otra vez. Despertó tarde, el sol apenas se filtraba entre las pesadas cortinas de la habitación. Llamó a Thomas, de inmediato la puerta se abrió y entró una muchacha, no mucho mayor que ella, y con una amable sonrisa se dirigió a ella. —Disculpe Señora, el Señor salió —informó—. Me ha dejado a su cuidado, si necesita algo, no dude en llamarme, estaré afuera de la habitación. —¿No dijo a dónde iba? —preguntó. —Bueno, la verdad es que no dijo exactamente qué iba a hacer, debe haber ido al pueblo, hay que preparar los detalles del funeral y, además, conseguir un médico especialista para su madre, que no se encuentra nada bien —chismoseó. —Oh, es verdad —susurró—. ¿Cómo se encuentra ella? —La verdad, yo no estoy muy segura de que un médico vaya a poder ayudarla. En esta casa pareciera que todos se hubieran vuelto locos, debe ser la maldición que recae sobre esta familia… —¿Maldición? —interrumpió. —¡Ay! Creo que he hablado demasiado, estas cosas no deberían decirse, señora. —Ya comenzaste, dilo de una vez —ordenó Rebecca, sin darse cuenta del tono que había usado. —En esta casa solo ocurren desgracias. Nadie que lleve el apellido de los Bramstock está libre. Es el demonio quien viene personalmente a cobrar su parte del trato —comentó en susurros. —¿Por qué dices eso? —Bueno, siempre han corrido muchos rumores en torno a esta casa y esta familia. Existen desde que se fundó el pueblo, nunca han sido demasiado longevos. Poco a poco la familia se fue desintegrando, todos han muerto en extrañas circunstancias. —¿Extrañas circunstancias? —Sí, usted sabe, accidentes, tragedias, cosas por el estilo. Muchas muertes que no se pueden explicar sin atribuirle la responsabilidad a algo del “más allá”. —Ja, ja, ja, ja —no pudo evitar reírse—. ¡Vamos! No me vas a decir que de verdad crees esas historias ¿o sí? Tranquila, yo creo que es más probable que se deba a desafortunados eventos más que a otra cosa —agregó sentándose en el sillón. —De verdad le digo, si yo fuera usted, regresaría a casa. Disculpe que se lo diga, pero es cierto que nada bueno puede traer si usted y su marido se quedan, sé que las muertes seguirán. Aquella advertencia la remeció un poco, era casi como una sentencia. Hubiera deseado decirle que eso no eran más que cuentos y asegurarle que las cosas malas que pudieran suceder no tenían, realmente, relación causal con su presencia. ¿Cómo era eso posible? No le encontraba lógica, antes bien pudiera hacer ese alcance, llamaron a la puerta y la mucama disculpándose salió de la habitación. La tarde avanzaba ajena al horror que se cernía sobre Monse. Ni siquiera los habitantes de la casona intuían que el final de sus tormentos estaba lejos de venir. El funeral se realizó ese mismo día, ya no se podía esperar más, se transformaría en un problema de salubridad pública. Su madre parecía pasar por períodos de lucidez cada vez más frecuentes, por lo que decidió bajar la sedación. Había enviado unos cuantos telegramas a conocidos para ver si alguno haría el viaje, por lo menos hasta Río Empedrado. La idea de tener que internarla en un centro de salud mental no le agradaba, la casa era lo suficientemente grande como para cuidarla, no importaba la cantidad de enfermeros que se requirieran. Ingresó por primera vez en años al despacho de su padre, observando atónito el desorden frente a sus ojos, un desastre, lleno de papeles por doquier, totalmente inconcebible en un hombre que siempre fue muy organizado. Daba la impresión de que alguien había entrado a la fuerza, buscando algo que, dada su prolongada ausencia, si faltaba, no lo podría saber. Si bien por un instante pensó en la posibilidad de que Matthew hubiera hecho tal desorden, la desechó en el acto, prácticamente manejaba todos los asuntos de los Bramstock, si alguien en esa casa sabía dónde hallar cada documento importante, era él. No advirtió el momento en que cayó la noche, lo último que recordaba era comenzar a organizar los documentos desperdigados por toda la oficina. La única razón para observar hacia la ventana fueron los pasos que lo distrajeron. Estuvo esperando unos segundos a que apareciera por la puerta quien se dirigía hacia él, sin embargo, al tiempo que levantó la vista desde los documentos que revisaba hacia la puerta, cesaron. —¿Quién es? —preguntó con la voz lo suficientemente audible como para interpelar a quien se acercaba, con la intención de que entrara, mas los pasos no se reanudaron. Le atribuyó aquel episodio al agotamiento, el estrés provocaba muchas cosas. Volvió a concentrarse en la tediosa labor de organizar la documentación, cuando comenzó a oír susurros que provenían desde el pasillo. No alcanzaba a oír claramente lo que decían, parecía ser la conversación entre dos hombres. Lograba percibir que uno de ellos hablaba pausado y el otro parecía molesto. Extrañado por la situación, Thomas se levantó del asiento y caminó hacia la puerta. Si alguien quería decirle algo, perfectamente podía entrar, la puerta estaba totalmente abierta y, si creían que no iba a escucharlos susurrar, pues se equivocaban. A medida que se acercaba comenzaba a sentirse más mareado, la habitación comenzó a dar vueltas a su alrededor, al punto que debió apoyarse del marco de la puerta. <<Debe ser fatiga>>, pensó.Almirar al lugar de donde provenían las voces pudo ver dos siluetas, una de ellas de espaldas a él. Súbitamente, ambas fijaron su atención en el médico, cuando la segunda giró hacia él pudo verlo claramente, ninguno de ellos tenía rostro, en lugar de eso eran como dos agujeros negros que parecían tragarse todo a su alrededor. Se acercaron a él a gran velocidad, soltando un alarido que lo paralizó. Sobresaltado abrió los ojos, sujetaba el extraño sobre amarillo sellado con el escudo de su familia en la mano, se había quedado dormido en la silla que era de su padre. Unos intensos gritos desgarradores se oían desde mucho más allá del pasillo. No tuvo tiempo para analizar la situación, descolocado, únicamente pudo ponerse a correr hasta llegar a la habitación donde lo esperaba su mujer.
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