Invítame un Café
12 de abril de 2026, 9:43
La alarma sonó una vez más, eran las 06:45 y ese día, como todos los demás, no tenía ganas de levantarse, de moverse, de vivir. Casi a las 08:00 horas abrió letárgicamente los ojos, sus largas, curvas y negras pestañas caían pesadas, ocultando sus hermosos iris azul petróleo detrás de sus blancos párpados. Por suerte era sábado, por suerte ese fin de semana no tendría visitas, por suerte podría quedarse regodeándose en sus lamentos durante todo el día, sin interrupción; sin tener que mostrar su ensayada sonrisa al mundo real. Eso, al menos, pensaba mientras se dirigía al baño interrumpido por la melodía de “I'd Lie for You” de Meat Loaf en su celular. No pudo evitarlo, su corazón dio un brinco, su presión descendió drásticamente, su respiración se volvió agitada, el cuerpo le temblaba, transpiraba en frío, las lágrimas brotaron de sus ojos. Todo ese tiempo había mantenido guardado su número de teléfono con la esperanza de una llamada.
—¿Aló? —dijo con una voz suave y temblorosa, casi en un susurro.
—¿Andrés, eres tú? Necesito verte, ¿puedo ir a tu departamento? ¿Está bien en una hora? —el chico de cabellos rojizos parecía serio, preocupado.
—Hmmm... —Andrés no podía contestar, no sabía si decir que sí, tenía miedo de verlo, de no poder contenerse, no soportaría su rechazo.
Tres años habían pasado desde la última vez que escuchó su voz, que se perdió en su mirada esmeralda, que sintió sus caricias. Habían pasado muchas cosas.
Escuchó rumores acerca de su regreso, su hermana había sido, “sin querer”, quien le dio la noticia. Desde ese día estuvo nervioso, distraído, sintiéndose mal, como si le hubieran propinado una patada en el estómago. Solo en una oportunidad se sintió así antes: la última vez que lo vio, el día que se despidió de él en aquel Café. Apenas recordaba lo mal que lo había pasado, lo mucho que había sentido su partida y lo que le costó superar su "capricho". Había transcurrido tanto tiempo que eso le parecía un mal sabor de boca, pero, a medida que recordaba, se sentía cada vez más como ese día...
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3 años atrás...
—Creí que ya no vendrías —dijo con un dejo de molestia en su voz, tomó un sorbo de café posando su mirada en el tazón que sostenía en sus manos.
—Lo siento, se me hizo tarde —respondió con tristeza.
El pelirrojo había esperado por ese encuentro hacía tanto tiempo, temía que un estúpido error arruinara todo. Había imaginado ese momento durante días, temía ceder a sus impulsos, por ello repasó lo que debía hacer y decir con meticulosidad, aunque su corazón latía a mil por hora cuando pensaba en sentarse frente a él —mirada con mirada—, tan cerca que su aroma despertara sus sentidos. Una y otra vez se imaginaba acercándose a su rostro, a su mirada azul profunda, besando sus labios, escapando a su departamento para desatar su ansiedad sin frenesí. Luego recordaba el vacío de su mirada, la soledad de haber caído en sus garras nuevamente; significar nada más que una aventura pasajera como muchas otras. Contuvo las lágrimas que quisieron arrancar.
—¿De qué querías hablar?— dijo secamente el jurista, sin dejar de mirar su tazón de café.
Andrés sabía que era la única forma de no rendirse a su deseo, debía evitar mirarle a toda costa, no soportaría perderse en ese mar de ojos verdes vibrantes, pensar en su tersa piel ya era suficiente tentación, su cintura delgada... ¡No! Debía detener sus pensamientos a como diera lugar o nada contendría la vorágine de pasiones que juntos desataban. No tenía seguridad de lo que le pasaba, no podía casi respirar en su ausencia, se repetía una y otra vez que no significaba nada en su vida, que era solo una persona más con la que había compartido su cama y ni eso siquiera.
—Lo...siento... —dijo entrecortadamente, tosió un poco, intentó tomar aliento, sacar fuerzas de alguna parte, el cuerpo le temblaba, al fin, con mucho trabajo, logró decir con unas palabras ahogadas—. Regreso a casa.
Hubo unos minutos de silencio...
—Ya veo, ¿por cuánto tiempo? —respondió lacónicamente, pareciendo no darse cuenta del real alcance de las palabras.
Tardaba en sospechar que lo que acababa de decirle era un adiós. Sintió como una patada en el estómago, algo de náuseas tal vez; en realidad no sabía qué era lo que sentía porque nunca le había pasado. Habría dicho cualquier cosa para que se quedara, pero ¿arriesgarse a ser rechazado, humillado y vilipendiado por perder la cabeza locamente? Quizás era mejor así, solo era un capricho, nada que otro clavo no pudiera sacar.
—Mucho tiempo —respondió con un nudo en la garganta, hizo una pausa esperando una especie de milagro, que dijera lo que fuera para retenerlo allí—. Me han ofrecido una buena oportunidad...
El joven pelirrojo había entendido finalmente que no encontraría paz si tenía que verlo, siempre volvían a encontrarse, el destino parecía no compadecerse de su angustia. No podría seguir fingiendo mucho tiempo que no le importaba, aun cuando a plena consciencia se prestó para su juego, sus sentimientos habían sobrepasado toda barrera de racionalidad. Debía abandonar ese país, el continente, su vida actual —todo—, para poder borrar de su cuerpo y de su recuerdo las caricias que le habían hecho perderse de sí.
Allí estaban, sentados en la mesa de siempre en la acogedora cafetería universitaria, todo el mundo se encontraba inmerso en sus propias conversaciones, en sus rutinas; pero ellos eran ajenos a lo que ocurría a su alrededor, luchando contra sus sentimientos, intentando ganar una batalla que ya habían perdido.
De pronto, sus pensamientos viajaron a toda prisa hasta el día en que se conocieron.
Era un frío día de otoño, más frío del que se hubiera tenido registro. Los estudiantes caminaban rápidamente por la alameda, se acercaba el primer bloque de clases. Andrés lo hacía tranquilamente, deleitándose al sentir crujir la reciente alfombra de hojas de tonos marrones, era el otoño en todo su esplendor, su estación favorita del año. No tenía clases hasta dentro de un par de horas, había decidido ir temprano, comprar un mocachino en el casino de siempre y aprovechar la mañana para estudiar. Los rayos del sol penetraban frágilmente a través de las copas de los árboles. Se sentó en la mesa de siempre con el café humeante y una tajada de pie de limón, era la forma más dulce de hacerle frente a una de las clases más detestadas. De repente le interrumpió una voz masculina:
—¿Te molesta si me siento aquí? —dijo un joven de cabellos rojizos cuyos ojos verdes brillaban intensamente.
Tenía las mejillas sonrojadas, un café late en la mano y un bolso de cuero cruzado que llegaba hasta su cadera. Solo cuando el jurista siguió el recorrido del bolso del pelirrojo, apreció su cintura menuda, frágil como el de una muñeca; no pudo evitar mirar hacia su zona íntima, la cual parecía bastante abultada. Sintió ardor en sus mejillas, cayó en cuenta de sus pensamientos morbosos y solo atinó a decir un sí, cortante y serio.
El joven de cabellos rojizos, piel blanca como la leche y ojos verdes como la esmeralda —vibrantes, alegres, brillantes— tomaba su café lentamente. No parecía muy cómodo al haberse sentado en una mesa ya ocupada, pero a la hora del break el pequeño casino —casi poético— que se encontraba prácticamente oculto en la zona más apartada del campus, colapsaba. Alumnos, profesores, hasta escolares llegaban a disfrutar del exquisito café y de la compañía de amigos: ya fuera para estudiar o simplemente relajarse un momento. Andrés estaba atontado, no había visto antes a ese joven, quedó cautivado por su belleza, por la delicadeza de su cuerpo. Pensó que llevaba casi un mes sin tener una aventura, pero no recordaba cuándo había tenido una con alguien tan exquisito como el joven que, a ratos, bajaba la mirada, evitándolo.
—Mi nombre es Andrés —dijo con una insinuante sonrisa—. Estoy en 5to año de Derecho.
—Soy... Demian —dijo esquivando su mirada, se sonrojó levemente y se mordió su rojo labio inferior.
—Es un gusto Demian —se acercó más a él asegurándose de hacer contacto visual. Era una de sus tácticas infalibles, cuando notaba el nerviosismo, el rubor, era cuando más fácil sucumbían ante él.
—Ha sido un gusto ... ¿Andrés? ... me temo que debo irme, tengo clases en 10 minutos —dijo con nerviosismo y torpeza, saliendo prácticamente corriendo.
Andrés quedó pensativo el resto de la mañana, parecía un recuerdo ilusorio, casi como un espejismo. ¿Realmente había visto a un joven tan apuesto como el que recordaba? Miró su reloj y se percató de que iba retrasado, se levantó intempestivamente y corrió hasta el salón, pero era demasiado tarde, el profesor había cerrado las puertas. Se dibujó una mueca de disgusto en su rostro. ¿Cómo era posible que perdiera la cabeza por un jovencito que ni siquiera conocía? Bufó y, en ese instante, escuchó una risita a su espalda, se giró y lo vio, dos veces el mismo día le parecían demasiada coincidencia.
—Nos volvemos a encontrar, Demian, ¿Qué tal tu clase?
—¿Eh? Bien —respondió titubeante—. Pero me temo que no has corrido con la misma suerte...—dijo señalando hacia el auditorio.
—¡Ja! ¿Lo dices por ese viejo loco? Tiene la manía de cerrar las puertas justo a la hora de comienzo de clases. ¡¿Qué más se va a hacer?! ¿Te gustaría acompañarme a tomar un café al casino? —preguntó lentamente, buscando sus verdes ojos fijos en la lejanía.
—Me temo que no —dijo algo incómodo—. Estoy... esperando a alguien —añadió con una voz casi inaudible, buscaba con la mirada en el horizonte...
—¡Vamos! Si no nos demoramos nada, puedes llamar a quien estás esperando para que se nos una en el casino —insistió aproximándose. Notaba cómo se agitaba la respiración del joven cuya mirada seguía clavada en el pasillo.
Repentinamente, el joven de cabellos rojizos suspiró, parecía que su suplicio llegaba a su fin cuando una hermosa joven de cabello negro, liso y corto hasta el mentón hizo su entrada. Buscó con la mirada entre los rostros de la gente del hall hasta que lo divisó y caminó rápidamente hasta él.
—¡Querido! —dijo efusivamente, con acento extranjero, abalanzándose sobre él y depositando un beso en sus labios—. ¿Cómo te ha ido hoy? Saliste más temprano y.… veo que no has perdido el tiempo... ¿Quién es este chico tan guapo? ¿Es un estudiante? —dijo inquisitivamente, mirando al joven de cabello azabache de pies a cabeza.
—No es nadie —respondió aturdido—. ¿Vamos?
—Por supuesto, ¿dónde quieres almorzar?
—Me da igual —se encogió de hombros mirando disimuladamente a Andrés. Se despidió con un ademán y una sonrisa tímida, pero cautivadora.
Andrés no estaba acostumbrado a que lo rechazaran, de hecho, nunca lo habían hecho. Era el perfecto adonis, su rostro cuadrado, su piel blanca y tersa, su cabello negro rizado en una melena escalonada hasta los hombros; sus labios rojos y sus ojos azul petróleo, una nariz y cuerpo casi esculpidos a mano —que atraían a hombres y mujeres—, no eran fáciles de resistir. Pero algo en aquel joven era diferente, era un interesante reto, eso pensaba mientras observaba algo confundido cómo su blanco se alejaba abrazado de la chica de cabellos cortos.
————
Pensaba en aquellos agridulces momentos acaecidos algunos años atrás, cuando aún era estudiante, cuando todo se encontraba a su mero capricho. Recordaba los momentos que más profundo le habían calado, cuando una voz distante lo trajo a la realidad.
—¿Andrés? ¿Estás ahí? ¿Hola?... sé que es algo impertinente de mi parte, pero necesito hablar contigo hoy.
—Sí, estaba pensando... ¿por qué mejor no me invitas un café en aquel lugar?
—¿Te refieres a “ese” lugar? ¿El café...? —no pudo seguir, era algo que le traía demasiados recuerdos.
—Sí, me refiero al casino donde tomábamos café aquellas mañanas. ¿Te parece bien en una hora y media?
—¿Eh? Sí, supongo que es mejor así, adiós.
Andrés se quedó inmóvil, con el corazón acelerado. No sabía a qué se debía la urgencia de verlo, no sabía qué hacer. Moría de ganas de comérselo a besos, de pedirle perdón, de darle flores y corazones, de suplicar una oportunidad. Verse en el departamento era demasiado riesgoso, no podría controlarse, volvería a poseerlo, de eso estaba seguro, sus cuerpos se atraían absolutamente, como los polos opuestos: una vez cerca nada ni nadie puede separarlos hasta que han saciado su sed.
<<Sí, lo mejor es vernos en un lugar donde haya público>>, se dijo a sí mismo con la convicción de que fuera lo que tuviera que hacer, se robaría el corazón del joven de ojos verde esmeralda.