El Café de la Mañana

Slash
NC-17
En progreso
3
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planificada Midi, escritos 57 páginas, 32.941 palabras, 9 capítulos
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¡¿Joseph?!

Ajustes
3 años atrás. Un jadeo resonó por la habitación mientras sentía sus grandes manos recorrer su espalda. Un beso intenso, esa lengua buceadora dentro de su boca tocando cada centímetro: su paladar, sus encías, enredándose en su propia lengua. Otro jadeo casi incontenible. El chico de mirada azul profunda comenzó a desabotonar ágilmente su camisa, acariciaba sus pectorales definidos, apretaba sus pezones con el índice y el pulgar, primero uno, lo besaba, lo succionaba y luego repetía la acción con el otro. Decía palabras seductoras al oído del chico de mirada esmeralda, quien entrecerraba sus ojos, una media sonrisa de placer se dibujaba en su rostro. Descendió con su boca hasta su ombligo, metió la lengua y unas cuantas cosquillas seguidas de una risita infantil arrancaron del joven inexperto, las que se escucharon por todo el departamento. El joven de mirada seria frunció el ceño, puso su dedo en la boca del pelirrojo y con un suave <<shhh>> lo hizo callar. Después de esto, siguió su camino desde donde había quedado, para él todo salía a la perfección, eran movimientos casi mecánicos, todo un experto, no por nada sus numerosos acompañantes, hombres y, en algunos casos, mujeres, habían pensado que era el dios del sexo. Recorría con su lengua el camino de vellos rojizos, esa piel blanca como la leche lo tenía loco. Llegó al botón del jeans y, con una mano, lo desabrochó sin dejar de besar el “camino de la felicidad”, siguió bajando sus pantalones y bóxer hasta que se encontró con el aroma salado y calor de su miembro erecto, sin dejar de mirar un segundo al joven, excitándose al ver lo que sus caricias expertas despertaban en su carita de muñeca de porcelana. No lo pensó, sintió el olor de aquel miembro jugoso y lo introdujo vorazmente en su boca, poco le importaba si Demian nunca había estado con un hombre en su vida. —Hnnnn —gimió el pelirrojo, retorciéndose de placer. —Yo sé que te gusta, ¡ohh sí, cómo te gusta! —dijo el pelinegro con lascivia en la mirada, mientras jugaba con una habilidad nivel dios con su miembro—. Te dije que te mostraría las maravillas de ser mi amante y esto recién comienza. Andrés despojó de su vestimenta completamente a su acompañante recostándolo boca abajo, nunca se había sentido tan extasiado, como un niño en una tienda de dulces sin saber qué elegir ni por dónde comenzar. Lentamente penetró a aquel joven, se sentía tan estrecho y caliente, era un pedazo de cielo… casi tan estimulante que por poco se va. Lo puso en cuatro, se sujetó con fuerza de sus delgadas caderas y comenzó a embestirlo, cada arremetida era más y más intensa, el joven no podía evitar gritar de placer, lo que a él lo excitaba enormemente. —¡Ahh! ¡Ya no puedo más, me voy a ir! —gritó Andrés, seguido de unas contracciones y gemidos. Inundó por completo el interior del joven pelirrojo, mientras tiraba de sus cabellos retorciéndose de placer. Sonó el bip de la alarma y despertó sobresaltado, Henry dormía y roncaba como tronco, vio la hora, eran las 6:00 de la mañana y se percató de lo que había sido el tercer sueño erótico que había tenido desde que vio a ese joven extranjero. Pensaba en lo mucho que se había obsesionado con él, en lo exótico que era, su piel blanca, sus cabellos rojos, su mirada verde esmeralda profunda y pensativa; en sus labios rojos, su rostro de muñeca y el deseo irrefrenable de montarlo, enseñarle todo el placer que podía experimentar. No había notado que Henry se despertó y comenzó a recorrer su cuerpo, se detuvo a la altura de su miembro y retiró la mano rápidamente sacándolo de su ensoñación. —¡Cielos “honey”! No sabía que te ponía tan caliente, si tenías ganas de más era cosa de avisar, tú sabes que siempre estoy dispuesto —dijo con asombro y una mirada burlesca. —¡No es lo que imaginas! —musitó Andrés molesto, se envolvió en la sábana y se dirigió al baño—. ¡Anda, apúrate! Ya sabes que no me gusta que mis amantes se queden a dormir conmigo, cuando salga del baño te quiero ¡”OUUUT”! —terminó gritando aquella oración mientras se metía en el baño. Abrió la llave de la ducha y se metió bajo el chorro de agua caliente, habían transcurrido varios días desde aquel encuentro inesperado con el joven pelirrojo, eso lo traía más caliente de lo habitual, no solo caliente en el sentido de excitado, porque un cuerpo de esos te deja pensando todo el día en querer ensartárselo, sino caliente porque estaba emputecido de no haberlo podido encontrar, pese a los intentos de dar con él en el campus. No podía quitárselo de la cabeza y las ganas de follarlo eran tan intensas que esa semana había tenido que llamar a Henry 3 veces. ¡3 veces! Rompiendo así la regla número 5: “no llamarás al amante de turno más de una vez por semana”. <<Si sigo así creerá que está en camino a formalizar una relación. ¡Todo es culpa de Nicolai!>>, exclamó molesto para sí. <<Ahora la muy perra cree que puede decirme que no y dejarme con las ganas>>. Nicolai era su colega en el estudio jurídico donde trabajaba como procurador. Él ya había egresado y trabajaba un par de horas a la semana mientras hacía la práctica. Era muy cercano a su jefe, el Señor Dietrich, básicamente su mano derecha. Cuando comenzó a trabajar estaba bajo la supervisión de Nicolai, quien desde el primer momento le pareció apetecible: una sonrisa blanca y labios carnosos, su piel bronceada naturalmente, cabellos castaños y ojos color miel, eran una irresistible invitación a tener problemas. En esa época Nicolai estaba en 5to año y lo ubicaba de algunas asambleas a las que había asistido. De carácter fuerte, inteligente y reservado, como todo abogado que se respete se dedicaba a sus labores de supervisión profesionalmente, muy objetivo y crítico-constructivo. Incluso, llegó a dudar en algún momento si Nicolai sería de aquellos que prefieren o no la compañía masculina. En más de una ocasión intentó hacerlo caer en sus deseos, pero era casi imposible, siempre había una negativa y parecía no inmutarse por sus seducciones. Así, recordó la conversación que mantuvieron los dos la noche anterior. —Andrés, eres un joven muy capaz, has logrado avanzar en los casos que se te han asignado de forma más que satisfactoria. Si sigues así lo más probable es que el señor Dietrich te invite a unirte al bufete apenas recibas el título. Es increíble cómo ha pasado el tiempo, terminaré mi práctica en un mes y medio, luego del informe, eso sí, viajaré a hacerme cargo de unos asuntos que nuestro jefe me ha pedido que personalmente me dedique. Es casi seguro que durante mi ausencia tú serás mi reemplazo, le he dado excelentes recomendaciones de tu trabajo y profesionalismo. Lo único que me preocupa es que temo que eres demasiado ingenuo, he notado que sientes cierta atracción por mí y no puedo negar que seas bien parecido, pero, lo siento, nuestra relación no es nada más que profesional. No quiero que te ilusiones conmigo, ni con nadie en esta oficina, eso te puede traer problemas, no solo en el ámbito de tu trabajo, sino problemas en todo aspecto. Esta gente no es de corazones, no son personas que valoren los sentimientos sinceros de un joven inexperto como tú. No me malentiendas, no quiero herir tus sentimientos, pero intentes lo que intentes, no conseguirás más que hacerte sufrir. —Nicolai —dijo con resolución—. Solo pido una noche, nada más, no me ilusiono con falsas promesas de amor. —Se acercó lentamente hacia el sillón donde Nicolai sostenía la copa de vino con su mano derecha, mientras la izquierda la pasaba por sus finos cabellos castaños. Su mirada miel yacía posada sobre el rojo líquido hasta que se encontró con la profunda mirada azul océano del joven. —Andrés, no confundas las cosas… —Shh, Nicolai. —Interrumpió posando sus dedos índice y corazón sobre sus labios—. Yo sé que en el fondo deseas que esto suceda. No te confundas conmigo, no soy un colegial esperando promesas de amor, desde el primer día que ingresé en el bufete te vi y sentí esta necesidad de hacerte mío. Rodeó su cuerpo por detrás del sillón y le abrazó. —Yo sé que la pasarás muy bien, soy un experto en amar, deberías dejarte llevar por el deseo, no pienses en lo que vendrá después. Dijo esto y comenzó a besar su cuello lentamente, podía sentir su deseo a través de sus poros, erizarse su piel, agitarse su respiración, parecía que, al fin, después de casi 2 años de infructuosos intentos, había logrado tener la chance de devorarse a su compañero de trabajo. Deslizaba sus manos por los pectorales de un asombrado Nicolai, cuando sintió que lo tomaban firmemente de sus antebrazos. Impactado vio cómo el joven de ojos miel lo apartaba con fuerza de su cuerpo, su rostro lucía iracundo. —¡Ya te he dicho que no soy de este tipo de chicos! Eres atractivo y, en cierta forma muy retorcida, me gustas, pero lo siento, no voy a arriesgar mi futuro profesional por un affaire con un chiquillo —le gritó Nicolai furioso—. Espero que desde este momento solo te refieras a mí como señor, jefe o algo similar, nuestra relación es estrictamente profesional, creí que había quedado claro. Si vuelves a intentar algo no dudaré en interponer una denuncia por acoso sexual. ¡No olvides que soy tu superior! —Dirigió una mirada despectiva hacia él y se dirigió a la salida del despacho. —¡Ahora te haces la mosca muerta! —gritó despechado—. No puedes decir que no te gustó, que no te gustaba las cosas que te decía, cómo me insinuaba, cómo te hacía sentir deseado. ¡No eres más que una perra calienta sopas, Nicolai! —Lanzó la copa de vino a la puerta que acababa de cerrarse, escuchándose el estruendo por todo el piso—. ¡Maldita hija de perra! Eres un puto, Nicolai, a todo el mundo le prestas el culo, no me vengas ahora con que no eres de “esos” chicos. Inspiró profundo, caminó hacia el escritorio por una caja de pañuelos desechables, sujetó el cubo de basura y con cuidado recogió los pedazos de la copa de fino cristal y limpió lo mejor que pudo el vino derramado. Cuando salió del despacho hubo un incómodo silencio en la oficina, las secretarias habían dejado de tipear, los asistentes soltaron los teléfonos —o se detuvieron a medio camino—, todos mirando fijamente hacia él. —¿Qué les pasa? ¿No habían visto antes discutir a dos personas por una diferencia de opinión? —dijo molesto. Los empleados continuaron con sus asuntos, no sin emitir comentarios cada vez más altos a medida que el joven procurador abandonaba las dependencias. —Aló, Henry, quiero que estés en media hora en el departamento, sí, media hora, no me hagas esperar —colgó el celular y quedó pensativo. La mañana avanzaba, iba llegando a la universidad, era un buen día para caminar y, aunque recordar los sucesos de la noche anterior con Nicolai le había revuelto un poco el estómago, en ese momento nada le preocupaba tanto como el asunto de Henry. Aunque no era una persona que perdiera su tiempo divagando cómo solucionar esos asuntos, las últimas dos semanas habían sido la excepción a todas las reglas que se había auto impuesto y que mantenían su vida con equilibrio. Estaba en la cúspide de su historia académica, laboral y su fama de “conquistador” le precedía. Podía tener todo lo que quisiera cuando lo quisiera y no quería que nada alterara ese perfecto momento, por eso el tema de Henry se había vuelto digno de su atención, ya que, hasta ahora, había sido el amante de turno y se estaba dando cuenta de que cada vez que, por algún motivo, no lograba concretar, lo llamaba. Era un problema, ya que a Henry lo conocía desde siempre, sus familias eran amigas desde antes de nacer, fueron amigos en el jardín, el kinder y el colegio, fueron a distintas universidades, estudiaron carreras diferentes, pero seguían siendo amigos y, hasta el día de su reencuentro, nunca había sentido alguna inclinación por tirárselo. Le tenía aprecio, era uno de sus más grandes amigos. No le estaba gustando la dirección que estaba tomando esto, pero lo hecho, estaba hecho. Se lo había comido y ¡vaya que sí lo disfrutó! Llego al café de siempre y, como casi todas las mañanas, se sentó en la misma mesa, a la misma hora con un mocachino y un trozo de pie de limón. Pensaba que tener un “Henry” le servía de todas formas cuando necesitaba coger y no tenía tiempo para buscar con quién. Pensaba que una conversación franca, dejando las cosas claras: <<solo te quiero para follar y ya>> podría hacer que funcionara un “algo” entre ellos. La idea parecía tener buena forma en su cabeza. Seguía en sus pensamientos cuando una joven rubia se sentó frente a él con un vaso gigante de jugo de naranja. —Algo me decía que te encontraría aquí —dijo con una cálida sonrisa en su rostro. —Hola, Emma ¿qué te trae por este lugar? —saludó dejando su café en la mesa con una mirada escudriñadora. —¡¿Qué?! ¿No puedo venir a visitar a mi hermanastro a su casa de estudios? —dijo irónicamente, vio el rostro interrogante de Andrés, soltó una risita burlesca y le extendió un pequeño sobre blanco—. Tu padre está organizando las bodas de diamante de los abuelos, será el próximo viernes, quiere que vayas, por eso he venido, para que no inventes otra excusa tonta. Hay asuntos con los que se debe cumplir sin objeciones, la familia es uno de ellos. —Emma, tú mejor que nadie sabe que detesto estos eventos sociales... —¡Vamos! —interrumpió—. Tu padre ha estado muy ocupado organizando este evento, ninguno de tus tíos ha querido involucrarse. 60 años de matrimonio no se cumplen todo el tiempo, probablemente no volvamos a ver una pareja tan feliz y longeva en nuestras familias. Tu padre se ha casado más de 3 veces y mi madre, por otra parte, también, no creo que si su matrimonio perdurara vaya a ser más allá de unos 5 años más. ¿Cuánto tiempo nos queda para seguir siendo hermanos? ¿Para seguir perteneciendo a la misma familia antes de que mi madre “cace” a otro millonario? ¡Si esto sigue así me sentiré más huérfana que nunca, he cambiado de padre como 3 veces! —dijo melodramáticamente apoyando el dorso de su mano en la frente, haciendo como que desmayaba. —Ja, ja, ja, ridícula Emma. ¿No eres bastante mayor ya? Hasta donde recuerdo eres solo un año menor que yo. ¡Eres una mujer adulta, por Dios! ¿En qué te afectaría que se case de nuevo si no te cambias el apellido desde que tu madre se casó con el francés? —No seas “ridi” ¿no te das cuenta cómo afecta mi sensibilidad tener un padre nuevo cada 4 o 5 años? Además, el apellido de Phillippe me ayudará a ingresar con buen pie a la industria del diseño, queridito —dijo haciendo un guiño—. Es puro marketing. —¿Y Phillippe sabe que usarás el apellido con el que gentilmente te cobijó para puro marketing? ¡Pero por supuesto! A veces se me olvida que él ha sido casi como un verdadero padre para ti y que consiente casi todos tus caprichos. —No seas tan serio, Andy, no te olvides que Phillippe es el único que le ha dado estabilidad a mi vida. No siendo mi padre se preocupó de mí, a pesar de que mi madre se casó dos veces más después de él. Y todavía lo hace, de hecho, está invitado a la celebración de bodas de TUS abuelos. —¿Qué viene a hacer el francés? ¿No andaba de viaje con la modelo con la que tiene una relación casi seria? —preguntó inquisitivo. —Bien, sí, andaba de viaje con Joan, pero su hijo menor ha regresado de París, viene a vivir a la casa de Phillippe, le han ofrecido un puesto de trabajo nada despreciable en la universidad. Algo de idiomas, que fue en lo que él se especializó. —¿Su hijo menor? —Sí, su hijo menor, debe tener unos 21. Tú no lo conoces, se fue a vivir con sus abuelos a París desde los 13 años, llegó hace un mes más o menos. No lo he visto aún, pero se espera que asista a la celebración; Phillippe es un gran amigo de tu abuelo, por si no recordabas qué pito tocaba en esta historia. —Ya veo, entonces, ¿cuántos hijos tiene Phillippe? Pensé que el chico con el que ibas y volvías todos los días del colegio era el hijo menor. —Hablas de Joseph, pero no, él es el menor del matrimonio anterior. Debe tener unos 23, si mal no recuerdo, pero el chico del que te hablo es el menor de todos los hijos de Phillippe, creo que son 4 en total. ¡Todos hombres y unos guapetones! Es una lástima tener el mismo apellido que ellos —dijo revolviendo el jugo de naranja con la bombilla un tanto apesadumbrada. —Joseph —dijo dubitativo. —Sí, Joseph —le dijo inquisitiva—. Yo creo que sí lo recuerdas, fue con nosotros al campamento de verano el año en que nuestros padres se casaron, después de esa ocasión nunca más quiso volver a entrar a la casa ni acompañarme a fiestas familiares, siempre he pensado que tú le dijiste algo para espantarlo, Andy. —Mmmm... ahh sí, parece que si lo recuerdo algo... Joseph, ¿eh? Claro que lo recordaba, Joseph, con quien Andrés había tenido una de sus numerosas aventuras. En ese campamento de verano pasó de todo, fue cuando tenía 17 años y su familia aún no sabía de su orientación sexual. Joseph y Emma eran muy cercanos, así que se les ocurrió que era una buena idea pasar un par de semanas, como todos los años, en la cabaña de la montaña. Fueron Andrés, Emma, Joseph, Henry y su novia; y William, un amigo en común también con su novia. Partieron un viernes y pasarían una semana solos, la semana siguiente llegarían los padres de Emma y Andrés quienes en ese momento estaban de luna de miel. Andrés ya sabía que le gustaban los chicos, de hecho, ya tenía cierta fama de ser todo un semental. Joseph, por su parte era un chico guapísimo, tenía fama con las mujeres, pero era tímido. Todos habrían apostado un riñón a que Joseph estaba perdidamente enamorado de Emma, la cuidaba, la ayudaba, era casi como su guardaespaldas, pero ella, a pesar de encontrarlo muy apuesto, se sentía entre la espada y la pared, entre sus sentimientos de hermana hacia Joseph y los de lealtad a su mejor amiga Alice, quien le había confesado que él le gustaba, pidiéndole ayuda. Uno de los días del campamento, los chicos decidieron que era buena idea ir de excursión. Tomaron su equipo de montaña y se aprontaron a salir. Andrés no podía evitar sentirse atraído por Joseph, era muy guapo y a esa edad las hormonas revolotean sin control. Todos la estaban pasando de maravilla, llevaron cámaras, se sacaban fotografías pintorescas y hacían morisquetas. Andrés llevaba todo el día pensando cómo hacer para apartar a Joseph del grupo, estaba obsesionado con la idea de robarle un beso. Recordó que cerca de ahí había una cueva lo suficientemente oculta como para esconderse por unas horas. Mientras descendían, casi en medio de la oscuridad, le dijo a Emma que necesitaba ir al baño, que era urgente. Ella se ofreció a acompañarlo, pero él le dijo que era peligroso, que como estaban cerca del camino mejor siguiera con el grupo, que Henry conocía muy bien esos senderos, pues como siempre habían sido amigos, desde hacía años lo acompañaba a las excursiones. Entonces Emma reaccionó tal como lo había planeado, le preguntó a Joseph si tendría la amabilidad de acompañar a su hermano y como él casi no se negaba a nada de lo que ella le pidiera, accedió. Andrés se alejó junto con Joseph unos metros en la dirección opuesta y, con la excusa de buscar un lugar lo suficientemente adecuado, lo hizo caminar unos minutos. —Es que no puedo, me da vergüenza —dijo Andrés fingiendo con la excusa de alejarse más del grupo y de acercarse a la cueva. —No hay nadie que pueda verte, de hecho, las únicas personas que están en este paraje somos tú y yo. —Joseph, entonces debo buscar un arbusto más grande, no quiero que me veas. Mira, allá hay una zona con matorrales. Vamos hasta allá y te juro que después volveremos al camino. —Vale —dijo con resignación—. Apura, que está haciendo frío. Luego de que Andrés fingiera haber ido al baño, guio a Joseph por un sendero equivocado. Hasta que estuvo lo suficientemente cerca de la cueva como para decirle que se había perdido. —¡¿Cómo es posible que te hayas perdido?! ¿Qué va a ser de nosotros ahora? —Es que estaba muy oscuro y me confundí, ¡lo siento mucho! Estoy muy arrepentido. ¡Oh, Joseph! En serio, no era mi intención, habría preferido mil veces haberme quedado solo y pasar por esto sin haberte involucrado —dijo fingiendo aflicción. —No te culpes, tienes razón, está muy oscuro, hasta los más expertos excursionistas tienen problemas de orientación en noches como estas, sin luna —dijo en un tono más comprensivo. —No, no debes intentar de hacerme sentir mejor ¡soy un maldito desgraciado! ¿En qué estaba pensando? —Junto con este ataque de supuesta furia pateó una linterna que pasó de largo hacia el interior de la cueva, iluminando hacia su interior. —¿Es eso una cueva? —¿A ver? —dijo Andrés fingiendo sorpresa—. ¡Oh, sí, es una cueva! Maravilloso, al menos tenemos refugio para pasar la noche. —¿Pasar la noche? —Sí, tendremos que pasar la noche acá, no es seguro que deambulemos en la penumbra por la montaña, podríamos alejarnos aún más del camino. Lo más seguro es que esperemos acá y al amanecer reanudemos el camino. Confía en mí, por favor, Joseph. —Vale, si no tenemos otro modo. ¿Qué debemos hacer? Prepararon el refugio, llevaban en sus mochilas agua, alimento y un par de mantas para intentar mantenerse abrigados en el frío de la montaña. Andrés salió a buscar algo que le sirviera para hacer una fogata y, ya casi cómodos al calor de ella, Andrés comenzó con el paso número dos. Se acercó a Joseph lo más posible sin parecer una distancia intimidante. Observó su rostro y se dio cuenta de las ganas que tenía de besarlo, sintió cómo se abultaba su miembro con su excitación, pero sabía que debía ser cauteloso, Joseph estaba enamorado de su ahora hermana, tenía que seducirlo primero. Entonces notó que temblaba. —¿Estás bien? ¿Tienes frío? —preguntó demostrando preocupación —Tengo algo de frío, pero no te preocupes, no creo que esto vaya a matarme —le mostró una sonrisa amable. —No te creo, ¡tienes los labios azules! ¡Quítate la ropa! —le ordenó, comenzando a quitarse la suya rápidamente. —¡Qué! —gritó confundido. —No seas tonto, quítate la ropa, el calor del ser humano es lo más eficaz para los casos de hipotermia. Cuando uno se pierde en la montaña el frío te puede matar, tienes que quitarte la ropa, así con nuestro calor podremos calentar nuestros cuerpos de una manera más eficaz que con estas frazadas. Se tendió en el suelo sobre una manta y tapándose con otra cerca del fuego, Joseph dudoso y tímido accedió a meterse bajo ella junto con Andrés. Este notó que tenía fiebre, así que depositó un suave beso en su frente. —¡Hey! ¿Qué haces? —lo apartó. —Estoy viendo si tienes fiebre, genio. Ven, ahora acércate, yo no muerdo. —Es que esto es tan vergonzoso —se cubrió y esquivó la mirada—. Nunca había estado así antes. —¿Nunca con un hombre antes? —No, nunca con alguien antes. —¿Nunca, nunca, nada de nada con alguien? —No, sé que va a sonar tonto, yo he... he estado esperando a alguien, pero... —Pero... ¿qué? —No puedo decirlo, me odiarías —calló súbitamente, los nervios lo habían traicionado. <<Bingo>> — Joseph...  —Tomó esa cara de gatito asustado con su mano, la levantó desde el mentón e hizo que quedaran mirada con mirada—. Yo también he estado esperando a alguien, pero creo que, si supiera lo que soy, lo que me produce, no volverías a hablarme nunca más. Los ojos de Joseph brillaron, Andrés se acercó a sus labios y lo besó tiernamente. Sintió cómo se endurecía el miembro de su acompañante bajo él, era la prueba que necesitaba para saber que iba por buen camino. Era toda una sorpresa que Joseph fuera virgen, sabía que probablemente nunca se había acostado con un hombre, pero la posibilidad de que fuera gay no la había imaginado, no con la reputación de galán que se traía con las estudiantes del colegio donde estudiaba, ¿sería acaso una pantalla? —Andrés, por favor, no me rompas el corazón. —Jamás —dijo en un susurro. Lo besó apasionadamente, descendió por su cuello, lo succionaba, pero siempre siendo cuidadoso de no dejar marcas. Llegó hasta su tórax, besó sus tetillas, las acarició suavemente, las mordisqueó, sentía como el cuerpo inexperto de su amante reaccionaba en una mezcla de placer y dolor. Lo recostó de espaldas y comenzó a descender lentamente por su abdomen, le hizo cosquillas en su ombligo con la lengua y siguió descendiendo hasta su miembro. —¿Quieres que siga? —Sí, por favor. Introdujo el caliente miembro en su boca, sentía el sabor salado, la humedad y lo acariciaba suavemente con su lengua. Con una de sus manos acariciaba sus tetillas y las pellizcaba. Sujetaba con su otra mano el escroto de su amante y luego comenzó a meter un dedo en su abertura. —Si te duele me dices para que me detenga, ¿está bien? El otro joven asintió, casi no abría los ojos, le daba vergüenza mirar, sentir lo que lo que experimentaba. —¡Mírame! Me gusta verte así de excitado, quiero que veas lo que hago contigo, lo que te hago sentir —ordenó. Penetraba lentamente con su dedo a su compañero, lo metía y lo sacaba, se excitaba viendo los placeres que producía en ese cuerpo virginal, escucharlo gemir le producía una explosión de sensaciones. Tomó al joven y lo giró, lo recostó, siempre masajeando con su mano el miembro del adolescente de 16 años. Cuando sintió que estaba listo comenzó a penetrarlo suave, lento. —Relájate, siénteme dentro de ti —le susurró al oído. Andrés se movía con delicadeza, no era que le importara en realidad si a Joseph le dolía o no, pero debía evitar lastimarlo: ¿después de pasar una noche perdidos en la montaña solos y que uno de ellos al otro día no se pueda ni sentar? Definitivamente no era una idea muy brillante. —¡Dame más, lo quiero más fuerte! —Jadeó Joseph—. Quiero sentirte dentro de mí. —¿En serio crees que podrías soportarlo? —preguntó sorprendido. —Sí, por favor, te deseo —dijo, estaba extasiado y totalmente enrojecido de pasión o tal vez de vergüenza. Entonces, lo puso en cuatro, se sujetó de sus caderas y comenzó a embestirlo con fuerza, rítmicamente, circularmente, tan intenso que Joseph gritaba de placer y de dolor. Andrés estimulaba su miembro hasta que llegó al clímax, en cuanto se dio cuenta de que el joven se dejaba ir, mojó su agujero con el caliente líquido que salía de su interior. Cuando salió de Joseph se dio cuenta de que lo había lastimado mucho. Sacó el botiquín, lo limpió con agua y le puso una crema cicatrizante. Antes de que hubiera podido decirle algo, Joseph se quedó dormido. Lo dejó dormir, después de todo, necesitaba recuperarse. Apenas amaneció lo despertó para que fueran hacia la cabaña. Aún no habían comenzado el camino de regreso cuando lo sorprendió: —Fue maravilloso, te amo. <<Te amo>>, resonaba en sus tímpanos, eso destruyó el mundo de Andrés. Él no sentía nada por ese chiquillo, solo había tenido unas ganas asfixiantes de hacerlo suyo y ya estaba. Resolvió que lo mejor era dejar las cosas claras antes de que Joseph gritara a los cuatro vientos sobre su condición. —Joseph, no te confundas, lo pasamos bien, pero no por eso vas a hablar de amor. —Andrés, yo te amo, no me digas que soy uno más de tu lista. ¡No, por favor! Te he dado mi virginidad, pensé que por fin te habías fijado en mí. —¡Hey, hey, hey! Creo que estás confundido, si conoces mi reputación, entonces estás consciente de cómo funciono. Nunca hablé de amor, nunca te prometí nada, para mí eres uno más, te tenía ganas, eso es todo. —¡Cómo puedes ser tan cruel! Eres una perra. ¿cómo puedes jugar conmigo de esta manera? ————  Hubo un largo momento de silencio un tanto incómodo. Luego de recorrer aquellos pasajes de su memoria, regresó a la realidad, tomó un sorbo de café, de vez en cuando mirándola, preguntándose si se habría enterado de lo que pasó aquella noche. No recordaba en qué momento la joven pecosa y atolondrada de 16 años se transformó en una dama refinada. Observaba el corte de pelo a la moda, rubio natural, sus ojos azules maquillados muy al smokey eyes que resaltaban su mirada; la blusa de seda gris y el pantalón de jeans azul oscuro y tacones a juego con la blusa. Observó el bolso, era exactamente del mismo tono gris que los tacones, realmente Emma se había transformado en una mujer elegante y no solo eso, sino que además tenía un enorme talento para el diseño. Andrés fue hijo único y la llegada de Emma a su vida fue lo más cercano a una hermana. Sus padres llevaban casados unos 7 años y, aunque al principio con Emma parecieron no congeniar, terminaron siendo muy buenos amigos. Ella fue la primera persona de la “familia” en saber de su orientación homosexual. La primera que lo apoyó en todo, la que le bajaba el perfil a los problemas y lo hacía reír cuando nadie lograba sacarlo de su “aura maligna” como lo denominaba ella. Muchos pensarían que es una joven superficial, incluso tonta, pero esa es la máscara que tiene para quienes no la conocen bien, ella siempre está escudriñando el interior de las personas, evaluando en quien confiar y en quien no. —Bueno Emma —interrumpió Andrés la ola de silencio—. Llegó la hora de decir adiós, tengo que ir a mi clase. Ha sido increíble conversar contigo, ¿por qué no lo habíamos hecho? —Tú has desaparecido —le reprochó—. ¡Y no creas que no me he enterado de lo que le has hecho al pobre de Henry! Eres un puto, Andy —le susurró al oído mientras lo abrazaba. —¡Uy! ¡Pero qué rápido vuelan las noticias! No creas en todo lo que te digan, fue cuestión de una sola noche, ya sabes cómo soy. Mejor dale mis pesares a mi padre porque tendrá que montarle guardia a tu madre durante toda la noche si no quiere que termine haciendo de las suyas. —¡Uff! ¡Con mi madre, queridito, es mejor que las mujeres mantengan a sus maridos en casa! Pero tu pobre padre es un hombre centrado, al menos ha estado tan ocupado que no ha pensado en qué locuras podrá desatar su mujercita. Eso si es que aparece por la cena y no le da otro “patatús” de esos que recuerdas con tanto terror. —Mejor no pensemos en eso “hermanita” saliste igual de melodramática que la loca de tu madre. —Y, aunque no es tu madre biológica, saliste igual de puta que ella, ¡jajaja! —Touché. Emma se despidió con un ademán y caminó hacia la salida. Había sido una conversación muy interesante, no sabía que Phillippe, el ex padrastro de Emma, tuviera cuatro hijos. Le pareció curioso y trágico que Joseph hubiera salido en la conversación, no había vuelto a hablar con él después del suceso. Y, por supuesto, le molestó que ya tuvieran el chisme de lo sucedido con Henry, en eso estaba pensando cuando recordó que tenía que ver cómo quitárselo de encima, además tenía que ir a la fiesta de aniversario de bodas, para lo que no tenía ningún interés. Caminaba hacia la facultad un tanto molesto por esos recuerdos, cuando vio frente a él al joven pelirrojo, era más guapo aún de lo que podía recordar. Quiso acercarse, pero advirtió que estaba acompañado por un joven de cabellos negros. Le dio curiosidad y decidió acercarse lo más posible. La proximidad del sujeto “x” le parecía sospechosa, notó que se dirigían hacia los estacionamientos, así que tenía que darse prisa si quería reconocer al acompañante misterioso. Escuchaba risas, de repente el sujeto “x” lo abrazaba disimuladamente. Andrés pensó que no se había dado cuenta del redondo trasero que Demian tenía, se notaba tonificado, casi como el de una chica, de hecho, parecía una chica si se le miraba desde atrás, cintura delgada, caderas delicadas, trasero redondo... recordaba las imágenes de su parte delantera cuando siguió el camino del bolso de cuero que traía el día que lo conoció y del bulto que sobresalía entre sus pantalones. ¿Cómo era posible que otro le hubiera tomado ventaja? Los siguió hasta esconderse detrás de los contenedores, vio que se acercaron a un Audi negro, el joven de cabellos azabache le abrió caballerosamente la puerta del acompañante, le susurró algo al oído, el pelirrojo sonrío e ingresó al vehículo. Cuando el sujeto “x” rodeó el vehículo para subir al lado del conductor, Andrés pudo verlo muy bien... <<¡¿Joseph?!>>
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