Introspectiva -El primer café, dulce y amargo a la vez. Pt. 1
14 de mayo de 2026, 18:15
Era un acuerdo irrevocable, desde el momento en que nuestras voluntades convergieron y decidieron expresamente que nunca volveríamos a buscarnos, desistí, entonces, de acudir a cualquier lugar donde fuese posible encontrarte. Había decidido no pasar por aquel café y pedir que trasladaran la única clase que tenía fuera del área de la Facultad de Humanidades, con el fin de evitar toparme contigo en alguno de los pasillos. Supuse que no acudías frecuentemente a la biblioteca, por ello me he refugiado allí durante las interminables horas de mis descansos. ¿Podría quedarme en mi oficina? Desde luego, pero inconscientemente busco una excusa para salir, deambular por las calles de la Universidad, para ver si, al menos desde lejos, puedo distinguir tu silueta.
Durante varios días no he podido evitar el sentarme en la ventana de mi habitación, aquel ventanal alto como el cielo raso, cuyo marco inferior es tan ancho y profundo que hace de perfecto banco; acomodando un par de cojines bicolores en combinación con el diseño del cuarto, apoyando mi espalda en el blanco marco y, acompañado de un té humeante, observo cómo se precipita la lluvia contra sus cristales, muchas veces no encontrando mayor imagen que mi propio reflejo. Es imposible no pensar en ti.
Probablemente se ha transformado en una enfermiza obsesión, de aquellas prohibidas. Es inevitable sentirse así, poseído por algún maleficio que me obliga a no pensar en nada que no tuviera relación contigo. No lo sabes, pero aquel día en el café, el día que te pregunté si podía sentarme contigo, no era la primera vez que te veía. Si bien, en aquel entonces, llevaba recién un mes viviendo en este país, lo cierto es que no había pasado más que un par de días desde que comencé a trabajar en el campus. La primera vez que te cruzaste en mi camino ibas por la solitaria alameda, en una agradable mañana de otoño; serio, como acostumbras a verte, con tu cabello azabache mecido por el viento, sintiendo el crujir de cada hoja bajo tus pies. Venías en dirección hacia mí, podía ver tu largo cuerpo cubierto con aquel impermeable negro, el que llevabas desabrochado, con el cinturón cayendo a los costados, dejabas ver una bufanda rodeando tu cuello, llevabas una tenida formal del mismo color. Inmerso en tus pensamientos, de pronto, detuviste tus pasos y miraste el vacío que se confundía con el follaje de los álamos, cerraste tus ojos y respiraste profundamente, tenías una mirada fría. Reanudaste tu camino y pasaste a mi lado como un espejismo desvanecido. Desde esa mañana mi corazón fue maldito, no pude olvidar tu rostro, tu mirada tormentosa, el aroma que dejaste tras tu paso que se desvanecía en el viento.
A medida que pasaban los días, más me preguntaba si había sido real lo que había visto. Para cuando estaba por convencerme de que era un juego de mis pensamientos, volví a encontrarte. Era inevitable no observarte, alto, de cabellos negros, tez blanca y ojos como océano embravecido. Tu melena meciéndose ligeramente con el viento, caminando sin prisas a la cafetería, aquella cercana a mi facultad. Dudé por un instante, pero decidí seguirte con la mirada, ni yo sabía qué estaba haciendo, jamás había hecho algo así, jamás me había sentido así. ¿Qué extraña sensación era aquella? No importaban las preguntas, era hora de mi clase, no podía darme el lujo de demorarme.
El tiempo avanzaba y, luego de dos semanas, la casualidad quiso que te volviera a encontrar. La imagen de tu rostro frío se había apoderado de mis sueños, no lo pensé, fue un impulso de aquellos a los que no estoy acostumbrado. La cafetería estaba llena, colapsada y, en un acto de valentía que no sé de dónde emanó, te pregunté si podía sentarme en tu mesa. Fue un momento incómodo, no imaginas lo nervioso que estaba, levantaste la vista y me escudriñaste de pies a cabeza, con tu semblante arisco, asentiste. Los nervios me carcomían por dentro, no estaba seguro de la razón por la cual se me hacía tan difícil estar cerca de ti. Cuando notaba que no me observabas, entonces, en un acto de tremenda osadía, contemplaba tu rostro, pero en cuanto tus ojos se posaban sobre mi mirada, entonces, cual saeta la desviaba y observaba el ya memorizado diseño del vaso que sostenía. Esperaba que no te hubieras percatado de mis pensamientos. Me debatía entre hablarte y no hacerlo. ¿Qué rayos me estaba pasando?
—Mi nombre es Andrés —dijiste de repente con una insinuante sonrisa—. Estoy en 5to año de Derecho.
—Soy... Demian —respondí, poseído por los nervios que me causabas, no pude evitar ruborizarme y, en un intento de detenerlo, me mordí el labio.
—Es un gusto, Demian —te acercaste viéndome fijamente a los ojos.
Era imposible disimular la calma… aún con esos hermosos y fríos ojos azul petróleo, ese rostro parecía esculpido a mano. Era una belleza paralizante que me estaba arrastrando al lado más oscuro de mis pensamientos.
<<¿Qué estoy haciendo?>>
—Ha sido un gusto... ¿Andrés? ... me temo que debo irme, tengo clase en 10 minutos —decidí terminar con eso ahí.
¿En qué estaba pensando? Salí como pude, debía huir de tu poder de atracción, sería mi perdición si permanecía más tiempo bajo tu hechizo.
¿Por qué no era capaz de alejar el recuerdo de tu mirada fría? He ahí la pregunta que no puedo dejar de formular en mi mente. Las palabras, que rondan cada uno de mis pensamientos, conspiran para volver a este tema. Probablemente sea el otoño, debe ser que, de alguna manera —que quizás no haya sido comprobada, todavía, científicamente— emane algún tipo de sustancia hipnótica que produzca que uno se sienta más propenso a ser seducido con cualquier insignificante detalle, tenga o no esa finalidad.
Afuera cae la lluvia sin compasión, golpea con fuerza el ventanal, intentando alcanzarme. El té se enfría mientras no soy capaz de llegar a alguna conclusión. ¿Cómo es que le he estado dando tanta vuelta a esto? Sé que es raro, va contra los principios de mi esencia, pero tu semblante frío, tu personalidad elitista, tu comportamiento seductor, tu forma de hablar y, por supuesto, tu intelectualidad hace que sea, de cierta forma, irresistible, al tiempo que intimidante. Realmente había llegado a pensar que bastaría una noche para poder romper esta maldición, necesitaba una única noche para darle fin a esta peligrosa obsesión.
Es innegable la sorpresa de la que fui presa cuando, en la fiesta de aniversario, Emma nos presentó. Cómo iba a imaginar que aquel que había ocupado mis pensamientos durante las últimas semanas estaba tan íntimamente relacionado con un miembro de mi familia. Aún sin conocernos, sin saber el vínculo que nos unía, la atracción era abrumadoramente intensa, sofocante, la razón por la cual ignoré a conciencia las advertencias de Joseph. ¿Qué tan terrible asunto pudo haber ocurrido entre ustedes para que él te odie de esa manera? Jamás lo vi comportarse así antes.
————
—No debes acercarte a Andrés Antzas, Demian —dijo resolutivo mientras las luces de la carretera iluminaban con una tonalidad anaranjada su rostro intermitentemente—. No, no hay nada que puedas decir a su favor —se adelantó a lo que le pudiera responder—. Él es un desgraciado, un homosexual, promiscuo, alcohólico, narcisista, egoísta y calculador. Es de lo más bajo que puedes encontrar en esta sociedad.
—Hermano… —quise preguntarle—. ¿Acaso… acaso… tú…? —pero no pude, me detuve antes de que fuera capaz de formular la pregunta. Afuera solo se veían los árboles y los extensos prados camuflándose con la oscuridad de la noche.
—No tiene importancia que te diga la razón por la que detesto a ese infeliz —dijo secamente—. Lo único que debes tener claro, es que te protegeré de él cueste lo que cueste. Cualquiera que haya pasado por la cama de ese bastardo pierde su alma, es mil veces peor que hacer un trato con un demonio, pues tú no obtienes nada y lo pierdes todo —terminó de hablar con la voz apagada. Parecía que una sombra de tristeza empañaba sus ojos.
—Jos… —me detuve.
Nada de lo que pudiera decirle le haría cambiar de opinión. ¿Y por qué yo querría abogar por alguien a quien no conocía? ¿A alguien que había corrompido cada uno de mis pensamientos aún sin él estar consciente de aquello?
—Como si fuera posible que me fuera a echar el ojo a mí —musité con algo de frustración.
Ya estábamos llegando a la Casona, el trayecto se nos había hecho bastante corto, era la ansiedad de regresar y olvidar el impasse.
No recordaba haber visto a Joseph con esa cara, no lograba dilucidar qué era lo que expresaba. ¿Angustia? ¿Tristeza? ¿Dolor? ¿Pensamientos que le acuchillaban el pecho como agujas sin compasión? Jamás había visto esa mirada oscura. Antes de abrir la puerta principal, me sujetó de los hombros y mirándome fijamente a los ojos solo dijo:
—Júrame por la tumba de tu madre que te mantendrás lejos de Andrés Antzas, Demian.
Tenía un semblante tan grave que, por un instante, me sentí intimidado, pensé que, al final, lo correcto sería hacerle caso, pero antes de que pudiera responder a su solicitud, se abrió la puerta.
—¡Ah, jóvenes! —exclamó Sebastian, el mayordomo—. Estaba seguro de que los había sentido llegar, sin embargo, como no ingresaban pensé que tal vez habían olvidado las llaves. ¿Pasaron una velada agradable? ¿Desean algo los señores? —preguntó inclinándose hacia adelante y con un ademán nos invitaba a entrar.
—No, Sebastian, gracias, estamos bien. La velada fue bastante agradable, pero agotadora. Por mi parte, lo único que quiero en este momento es dormir —mintió Joseph dirigiéndose a las escaleras—. ¿Vienes también, Demian? —Detuvo sus pasos buscando la respuesta en mi mirada.
—¿Eh? Sí, un momento, iré a la cocina por un té, primero —respondí intuyendo su intención de volver a quedarse a solas conmigo para terminar la conversación. Una mueca de disgusto se dibujó en su rostro antes de desaparecer tras el descanso de la escalera.
—Bueno joven, si desea algo, no dude en llamarme, sin importar la hora —dijo gentilmente esbozando una sonrisa.
—No te preocupes, Sebastian, ve a descansar —dije devolviéndole la sonrisa.
Era un hombre ya entrado en años, siempre al servicio de la familia. Su amabilidad y fidelidad habían sido un sello inconfundible en el desempeño de sus labores y era, de cierta forma, inevitable no tenerle un gran aprecio.
Evité a toda costa mantenerme a solas con Joseph, no quería volver a esa conversación. Durante algunos días me mantuve encerrado en mi habitación con la excusa de estar trabajando en un nuevo proyecto literario y bajo total prohibición de acercarse a perturbar mi tranquilidad. Era absolutamente necesario dedicarme a pensar, antes de enloquecer. Sebastian me traía comida y té o café, según mis indicaciones. Joseph no se rendía y yo tampoco le quería dar señales equívocas.
—No te preocupes por mí, ya no soy un niño pequeño del que debas ocuparte —dije hastiado por sus insistencias, abriendo la puerta, esperando encontrarlo detrás de ella—. Además… no hay ningún indicio de que él desee hacerme su blanco, por mi parte, tampoco estoy interesado en eso, ¿olvidas lo de mi compromiso?
Joseph me miraba aliviado.
—Solo quiero que estés bien, no quiero verte sufrir, no por él ni por nadie —posó su mano sobre mi cabeza y suavemente me despeinó. Realmente parecía haberse quitado un gran peso de encima—. Si tú dices que no te acercarás a él, no tengo que preocuparme más —dijo con una sonrisa—. Ahora, en todo caso, deberías bajar, tenemos una visita.
Mi desconcierto fue grande, ¿visita? Eso era extraño. Bajé al recibidor y allí estaba ella, con un abrigo gris perla, mirándome fijamente con sus ojos zafiro, sonriente, como siempre, iluminando hasta la más oscura de las habitaciones con su carisma.
—Emma, qué grata sorpresa —dije sorprendido por la inesperada visita.
—¿Ah? ¿Cómo que sorpresa? Siempre suelo venir a ver a mi padre y a Joseph —dijo fingiendo indignación—. Que tú te la pases encerrado en ese cuarto tuyo con tus escritos es una cosa muy diferente —reprochó haciendo un guiño y media sonrisa.
—Ah, pero qué cosas dices, este último mes no viniste ni siquiera una vez —se escuchó, al otro lado de la habitación, una voz profunda con un acento extranjero, pero en un perfecto español.
—Padre, me alegra tanto verte —dijo entusiastamente colgándose del cuello de nuestro padre, como una niña pequeña—. Es que estuve muy ocupada ayudando al padre de Andrés con la preparación de la fiesta —explicó sin darse cuenta de la perturbación que causaba en el ambiente.
Solo con escuchar ese nombre, parecía que a Joseph le vendría un ataque. Su rostro se había puesto pálido, tenía una mirada amenazadora que se posaba en ella, parecía que en cualquier momento descargaría su ira.
—Ja, ja, ja, si no te estoy reprochando nada querida Emma, yo sé muy bien que tienes tus compromisos —dijo—. De todas formas, lamento mucho no poder pasar tiempo contigo en este momento, debo ir a atender un asunto importante. Joseph, ¿podrías acompañarme, por favor? Necesitaré ayuda —preguntó dirigiéndose a él, quién había regresado a su tranquilidad habitual.
Con un asentimiento de cabeza, se despidió de nosotros con un ademán y siguió a Phillippe.
—Lo lamento chicos, se los compensaré para la próxima vez —se despidió Phillippe afectuoso.
Se escucharon sus pasos recorrer el vestíbulo, hasta que desaparecieron tras cerrar la puerta principal.
—Y bien, ¿cómo va todo? —preguntó Emma.
—¿Todo? Este… bien —respondí titubeante. ¿A qué se refiere con ‘’todo’’?
—Ahh, claro —me miró como queriendo decir ‘’sabes a lo que me refiero’’. No pude sino más que hacerme el desentendido.
—He estado muy ocupado, a decir verdad —mentí con facilidad—. Las investigaciones se han vuelto un poco complejas, ya que desde acá no es frecuente encontrar buen material. Así que debo dedicar bastante tiempo a contactarme con librerías y tiendas de antigüedades europeas —eso era cierto, así que me salió más natural.
—Ahhh… —dijo como creyéndose mis palabras—. Claro, cuando Joseph me dijo que te habías encerrado en tu habitación, la verdad es que me preocupé. La forma en que actuó esa vez fue tan extraña que me tenías preocupada, me pasé mil películas por la cabeza. Él odia a Andy, pero supongo que te habrás dado cuenta de aquello. Nadie sabe por qué, ninguno ha dicho jamás por qué la fricción de ellos es tan intensa. De hecho, en años jamás habían estado juntos en el mismo evento, realmente fue una mala idea dejarlos juntos en la misma mesa, pero de verdad creía que si pasaban un tiempo juntos se darían cuenta de que no son personas desagradables del todo. Digo, Andy tiene un carácter difícil y no es fácil tratar con él, para nada. Es sumamente caprichoso, pero, así como se ve de frío, perverso y calculador, en el fondo yo sé que está desesperado por tener a alguien que le comprenda
Hablaba con una voz bajita, casi como a sí misma.
—Por eso siempre he estado ahí para él, a pesar de todo. Y creo que soy una de las pocas personas en las que confía. Al menos, aun cuando no tolera a nadie cerca de su espacio, a mí me soporta todas las intromisiones. Si de verdad quisiera que lo dejase en paz, me diría las mismas cosas hirientes que le dice a los demás, quizás sea la única persona que vea un lado humano en él. —Sonrió algo ¿entristecida? —. De todas formas, quiero pedirte, aun estando en contra de lo que Joseph cree, que no te dejes influenciar por su rencor. Quizás a Andy le falte tener un amigo como tú, eres una persona buena y gentil.
—De verdad lo quieres mucho, ¿no? —le pregunté asombrado por la forma en que defendía a un indefendible.
—¿Qué puedo hacer? ¿No te parece que es un niño perdido, después de todo? Lo único que quiero es que cuando toque fondo, sepa que puede contar conmigo y que no lo voy a abandonar.
—Ya veo —dije sorprendido, mirando fijamente su rostro iluminado. Emma, a pesar de su carácter frívolo y un tanto despistado, parecía más consciente que todos nosotros sobre nuestros verdaderos sentimientos.
— Bien, Demi, debo irme. La verdad es que la visita era una excusa para conversar contigo. Estaba algo preocupada por ti y también lo estoy por Andy —Vio mi cara de interrogación al escuchar esas palabras y añadió—: Él no contesta sus llamadas, su mejor amigo se ha ido del país sin decirle nada a nadie, sus padres llamaron a casa para saber si Andy sabía algo, pero él se hace el desentendido. Me preocupa que haya podido pasar algo malo entre ellos y que Andy no lo sepa afrontar. Al final, es una persona sumamente sensible y pierde el rumbo con facilidad cuando se siente agobiado.
—Emma… —quise decirle algo, pero la verdad es que no sabía qué.
—Gracias por escuchar lo que tenía que decir, Demi. Te llamaré pronto para que coordinemos una salida, hace tiempo que no lo hacemos —dijo con su alegría habitual. Lanzó un beso al aire y desapareció tras el corredor.
Sus palabras eran inesperadas. Por un lado, tenía a Joseph que había intentado hacerme jurar que no volvería a ver a Andrés en ninguna circunstancia y, por otro lado, estaba Emma quien lo defendía como si se tratase de un niño perdido. La verdad es que sus palabras me tranquilizaron un poco, si Emma lo quería tanto, entonces no podía ser una persona tan despreciable. Aun así, el que lo fuera o no, no cambiaba las cosas.
Durante mi receso, sin darme cuenta, dirigí mis pasos hasta ese café. <<¿Cuál es la probabilidad de que esté aquí?>>, pensé.
Al entrar lo divisé, sentado en la misma mesa de antes, tenía la mirada perdida como la primera vez que lo vi, parecía estar en un tortuoso debate interno. Compré un café y me armé de valor, cuando me di vuelta para buscarlo, se había agachado. Ocultaba su rostro bajo sus manos, sus mechones color azabache contrastaban con la palidez de sus dedos. Parecía afligido y no me podía ser indiferente su sufrimiento.
—¿Te encuentras bien? —dije acercándome por detrás, mientras caminaba a sentarme en el sillón frente a él—. ¿Interrumpo algo? —Intenté entablar algún tipo de conversación que lo sacara de ese sopor.
—¿Demian? —escuché que susurraba por lo bajo.
Lentamente levantó su mirada y la posó fijamente en mí, con una expresión de incredulidad en su rostro que no podía disimular. No pude evitar sonreír a tan tierna imagen, aún alguien con una reputación tan vilipendiada podía parecer, de alguna forma, angelical. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? Su café ya estaba frío, pero parecía no importarle en absoluto. Era imposible abstraerse del impulso que me producía, por lo que no pude observarlo por mucho tiempo, habría hecho cualquier cosa que me hubiera pedido en ese momento.
Pasaron varias semanas en las cuales iba al café solo para verlo. Me sentaba en su mesa, casi sin pronunciar palabra alguna, fingiendo leer algún libro clásico, so pretexto de estar trabajando en mi investigación o algo por el estilo. Él se veía concentrado en su tesis, por lo que no intentaba distraer su atención. Muy pocas veces cruzábamos alguna palabra. Su mundo se veía interesante, pero ¿qué esperanza podría tener alguien obsesionado con un demonio?
Luego, ese acuerdo tácito al que habíamos llegado de reunirnos allí todos los días se quebrantó. Hice una pregunta, toqué un tema absolutamente prohibido y el resultado: una confesión poseída por la ira y la arrogancia.
—Verás, yo no me fijo en la vida de nadie. Vivo como a mí me place y hago lo que quiero. Siempre consigo lo que quiero sin importar el precio, en algún momento, por mucha resistencia que exista, siempre termino siendo vencedor. No me interesa qué cosas haya dicho él de mí, pero puedes estar tranquilo y tu hermano también, si de verdad me hubieras interesado habría intentado acostarme contigo hace bastante tiempo —dijo frío y engreído.
<<Si de verdad me hubieras interesado habría intentado acostarme contigo hace bastante tiempo>>
<<Si de verdad me hubieras interesado habría intentado acostarme contigo hace bastante tiempo>>
Dolía, pero era la verdad, jamás había intentado algo conmigo. ¿Sería porque Joseph era mi hermano? O ¿simplemente yo no le gustaba lo suficiente? ¿Quizás si solo aspirara a ser uno de sus juguetes?
<<Solo una noche, una noche para erradicar este deseo irracional>>.
Pasaron días sin verlo, cambié la rutina de ir al café, no debía aparecer frente a él, ya lo había hecho enojar. Preguntar lo impreguntable, alejar a lo inalcanzable. Los días nunca me habían parecido más tristes hasta ese momento… o al menos eso creía.
Una fría tarde sin lluvia, para intentar escapar de mis pensamientos, que siempre terminaban llevándome en la misma dirección, fui a sentarme bajo un gran castaño en el bosque del jardín. El sonido del agua al correr y los árboles que se mecían con cada ráfaga de viento me tranquilizaban de alguna manera. Podía quedarme horas allí, cerrando mis ojos y dejando mi mente en blanco.
<<Solo debo soportar esta clase de angustia por un breve período de tiempo, luego de eso, probablemente me olvide de estas extrañas inclinaciones hacia él>>.
El tiempo supone que lo cura todo, <<¿me hará capaz de olvidar?>>.
Casi como una trampa del destino, aquel al cual había estado evitando, se dirigía lentamente al lugar donde me hallaba. Se veía tan ¿triste? ¿Solo? ¿Nostálgico?
—No pensé que pudiera encontrarte en este lugar —me atreví a llamar su atención.
De todas las posibilidades, de todos los caminos que el inmenso jardín tenía ¿cómo podía ser tanta la casualidad?
—Andrés, lo siento mucho, sé que te importuné ese día —me apresuré a decir ante la expresión de sorpresa que se dibujaba en su rostro. Sus ojos azulosos parecían perderse en una tormenta.
—¿Ah? —respondió, algo ¿confundido?—. ¡Ah! No, no pasa nada, no te preocupes, en realidad, quien debería pedirte disculpas soy yo, creo que sobre reaccioné. En todo caso, es posible que tu hermano tenga razón después de todo, no me interesa más que mi propia satisfacción, siempre voy haciendo lo que quiero sin considerar los sentimientos de los demás. Quizás sea lo mejor mantenerte lejos de mí, no puedo seguir conteniéndome así, no en la forma que te deseo, te deseo como un depredador a su presa, esperando el momento oportuno para atacar. Te usaré y luego te desecharé, destruiré tu dignidad, te volveré miserable y vivirás con la marca de haber sido tocado por mí.
Dijo aquellas palabras con una expresión tan diferente al usual Andrés que todos decían conocer, parecía realmente acomplejado por ese hecho.
—No me importa ser tu presa —dije suavemente sin estar muy seguro de si podía alcanzar a oír mis palabras—. Sé cómo eres, sé lo que quieres y no te haré perder el tiempo con esperanzas de amor, lo que me está volviendo loco es sentirme así por alguien como tú.
Fuera como fuera, el hecho de que no lo podía sacar de mi cabeza era innegable. No importaba el precio, una noche era lo que necesitaba para saciar esta sed y volver a la normalidad.
Lucía confundido, mirándome fijamente con esos ojos que parecían desbordarse en una oscuridad acechante.
—En el fondo no creo que seas tan despreciable como todo el mundo cree, o Emma no te querría como lo hace —intenté hacerle sentir bien.
El frío se había hecho casi intolerable, el viento cortaba la piel, sus cabellos azabaches danzaban a su ritmo. Estaba de pie a unos 2 metros de distancia, en un silencio sepulcral, con sus ojos azul petróleo totalmente enfocados en los míos. Traía el impermeable con el que lo vi la primera vez, su belleza parecía un pecado.
Hasta que al fin rio suavemente.
—¿Puedes comprender el alcance de tus palabras? —preguntó con una sonrisa que parecía no creer lo que oía.
—Sé que es peligroso, pero estoy dispuesto a correr el riesgo. Estoy dispuesto a jugar tu juego y asumir las consecuencias. Eres un imán para mí, es algo que jamás había experimentado y siento que voy a volverme loco si solo doy un paso al costado y dejo esto pasar.
Era verdad, ya no podía dormir sin que su imagen perturbara mis sueños, el inalcanzable demonio de ojos tormentosos, una fruta prohibida que deseaba probar con todas mis fuerzas.
—Dispuesto a asumir las consecuencias, ¿eh? Te aseguro que no tendré compasión de ti, no porque tengas esa carita de porcelana tendré un trato especial contigo, serás uno más, uno sin nombre —dijo amenazante, acercándose lentamente a mí.
Era inevitable temblar, el intenso frío que calaba mis huesos, la emoción de poder estar en sus brazos, lograr lo que parecía lejano, y, al mismo tiempo, saber lo efímero de ese encuentro, producían una ansiedad incontrolable. Tan cerca estaba, que no me atrevía a buscar sus ojos, su intensa mirada parecía devorarme, mi corazón palpitaba tan fuerte que dolía. Levantó mi cabeza con firmeza y, con la seguridad que siempre lo ha caracterizado, me obligó a mirarlo fijamente. Me perdía en la inmensidad del océano que me observaba ardientemente. Me abrazó tan fuerte con uno de sus brazos que quedamos lo suficientemente cerca como para que él pudiera percibir el latido de mi corazón, de mi acelerado y extasiado corazón; no quería que se percatara de lo nervioso que me ponía. Debía apreciar cada segundo, ya que nunca más en la vida podría volver a acercarme.
<<Solo una noche, nada más>>, me repetía una y otra vez, tratando de sujetar las esperanzas que se precipitaban.
Me besó suavemente, como si fuese a romperme. El viento jugueteaba con nuestros cabellos, Andrés sujetaba mi nuca enredando sus dedos en mi pelo, estaba entre el árbol y su cuerpo, no había salida, el único camino era seguir el sendero de sus besos. Su aroma me sedaba, su cuerpo hacía que lo deseara aún más, lo que se volvió un beso apasionado, desesperado; tiraba un poco de mis cabellos, alzó mi cabeza y comenzó a besar mi cuello de una manera que solo podía pensar en que no me importaba nada más que ese momento. El aquí y ahora, que se detuviera el tiempo. De pronto, se alejó dando un paso atrás con una expresión de terror en su cara.
—¿Qué ocurre? —pregunté con temor a no haber sido lo suficientemente bueno, a su arrepentimiento.
—Demian —dijo seriamente con una mirada angustiada—. ¿De verdad es esto lo que quieres? —preguntó con tristeza.
—Sí, ya te dije que soy consciente de las consecuencias. Mañana no correré a tus brazos, ni te dedicaré cartas de amor, no te buscaré ni intentaré contactarte, no es como si me fuera a enamorar de ti.
Respondí engañándome a mí mismo, restándole importancia a lo que su presencia había hecho en mi mente las últimas semanas, intentando convencerme de que pasara lo que pasara, esa noche debía morir ahí, Andrés era incapaz de amar, para él todos eran juguetes, yo no haría ninguna diferencia en él.
Pareció meditativo unos segundos. De pronto me miró.
—Bien, entonces, vámonos a mi departamento —dijo con frialdad.
Sujetó mi brazo y comenzamos a caminar. Como fuese, debía atesorar cada momento: caminar a su lado y sentir el aroma de su cabello, la calidez de su piel, impregnarme del elixir de sus besos, de sus suaves caricias, ya que nunca volvería a estar con él.